Capítulo 24 Cuenta Cuentos y el Retorno del Refunfuñador

La tarde de domingo estuvo tranquila, con los tres chicos profundamente dormidos. Pero, cuando iba a ser hora de la cena, Dumbledore consideró que tal vez los había dejado dormir demasiado. Los despertó, y los tres se sintieron algo desorientados. Harry intentó rascarse la cabeza, y se dio cuenta de que seguía calvo.

-¿Cuándo nos va a devolver el pelo? –Preguntó con la voz algo seca.

-Si se portan bien, mañana –respondió Dumbledore.

Los tres gruñeron, incluso Hermione, que se sentía algo malhumorada después de haber dormido tanto. Pero los elfos aparecieron con la cena, y se dieron cuenta de que volvían a estar muy hambrientos. Y, en menos de media hora, habían hecho desaparecer la lasaña e incluso toda la ensalada. Para el postre había arroz con leche, y fue el turno de Dumbledore de devorar con gusto.

-Como no creo que tengan mucho sueño –dijo el director-, pensé que podríamos dormirnos más tarde y hacer algo divertido.

-¿Cómo qué? –Preguntó Draco, y los otros dos también miraron con interés al director esperando a ver qué proponía.

-Estaba pensando en una excursión –explicó el anciano-. Algo tenebroso y emocionante.

-Pero… Es de noche… -Explicó Hermione.

-Bueno, esa es la idea señorita Granger.

-¿Y a dónde iremos de excursión? –Preguntó Harry, entusiasmado. Suponía que no saldrían del colegio. Escabullirse de noche por el castillo no era nada nuevo para él, pero hacerlo con el director del colegio podría ser una experiencia diferente, suponía.

-Estaba pensando en recorrer los pasillos, y contarles la historia de las distintas pinturas que los adornan.

-¿Y qué tiene eso de tenebroso? –Se burló Draco.

-Lo tenebroso, señor Malfoy, es que mañana los interrogaré sobre eso y el que repruebe permanecerá calvo.

-¿QUÉ? –preguntaron los tres chicos a la vez.

-¡Eso no es justo! –Agregó Draco.

-¿Pero podremos tomar notas, profesor? –Preguntó Hermione medio resignada.

-Claro –respondió Dumbledore con entusiasmo.

A Harry no le desagradaba tanto la idea de la expedición "museo", pero la idea de tener que tomar notas y de tener una interrogación al otro día no le gustaba para nada.

-Profesor… -Dijo Harry poniendo cara de cansado-. Yo me siento algo enfermo todavía. ¿Me puedo quedar aquí y dormir?

-Bueno… -Dijo Dumbledore-. Supongo que sí.

-¡Ah no! –Exclamó Draco cruzándose de brazos-. Si Potter puede quedarse entonces yo también quiero quedarme.

-¿Esto es un motín? –Preguntó Dumbledore con una gran sonrisa. Y sin esperar a que le contestaran continuó-. Entonces les daré una alternativa: los cuatro nos quedamos aquí, leyendo historias en voz alta por turno.

Los chicos lo pensaron unos segundos, mirándose.

-¿Y sin interrogación mañana? –Preguntó Draco.

-Sin interrogación mañana, señor Malfoy –aseguró el anciano.

-Entonces yo voto por lo de las historias –dijo Draco levantando la mano como si estuviera votando. Se quedó mirando a los otros, que de inmediato levantaron también la mano y los tres se quedaron mirando al director.

-Bueno, lectura de historias entonces –dijo el director aplaudiendo una vez y poniéndose de pie. Se acercó a una estantería y sacó un libro. Luego con su varita acercó su silla favorita a los sillones de la sala y se sentó-. Siéntense –los invitó indicando los sillones.

Los chicos obedecieron, y cuando se hubieron sentado el anciano le pasó el libro a Hermione.

-Comience usted, señorita Granger –le dijo pasándole un libro-. Escoja una historia y comience a leer para nosotros. Luego será el turno de Draco, luego de Harry, y luego leeré otra historia yo. Y, si después de eso todavía no tienen sueño, continuaremos hasta que se duerman.

Harry y Draco se miraron, y ambos coincidieron sin hablar en que parecía aburrido, pero que diablos…

-El Desenterrador, por Robert Louis Stevenson –comenzó a leer Hermione-. Durante las noches del año…

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Cuando llegó el turno del director, y Harry le pasó el libro reprimiendo un bostezo, el anciano supo que no habría segunda ronda. Hermione ya había renunciado a quedarse sentada y en cambio se había estirado en su sillón, medio tapada con una manta, mientras que Draco de a poco había pasado de la posición sentada a la posición "ovillo" en el suyo, abrazándose las rodillas. Harry en cambio seguía sentado, pero cuando se desprendió del libro apoyó la cabeza en el respaldo del sillón y quedó mirando al techo. Además, los tres chicos tenían los ojos a medio abrir.

-Un socio, por Joseph Conrad –comenzó a leer el anciano, con una voz algo lenta y monótona. Sonrió al ver que el chico Malfoy reprimía un bostezo apretando los dientes, y continuó-: ¡Y que cosa más idiota! Años y años…

Algunas páginas más tarde, Dumbledore se detuvo. Era evidente que ya nadie lo escuchaba. Cerró el libro con cuidado, y sin hacer ruido lo fue a dejar de vuelta a la repisa. Luego tapó a Draco, que había cedido al relajo y estaba estirado cuan largo era en su sillón y luego a Harry, que había caído rendido de bruces en el suyo. Hermione en cambio ya se había envuelto ella misma en su manta, y parecía una crisálida.

Dumbledore contempló un segundo la escena, sonriendo, apagó las velas con un movimiento de su varita y se fue escalera arriba.

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Al alba, unos ruidos que venían del piso de abajo despertaron al anciano. Miró la hora y gruñó. Eran recién pasadas las cinco de la mañana. Resignado se levantó y bajó a ver qué se traían los chicos. Pero los encontró simplemente conversando, y como no era una emergencia volvió a subir a arreglarse para el día.

Desayunaron temprano, con chocolate caliente, tostadas y huevos con tocino entre otras cosas.

-¿A qué hora llega Snape? –Preguntó Draco.

-El profesor Snape, Draco –corrigió Dumbledore-. Llegará esta tarde, presumiblemente a tiempo para cenar.

-Mis padres ya deben estar en casa –recordó Hermione-, ya que tiene que trabajar hoy. ¿A qué hora me voy profesor?

-Puedo ir a dejarla después del desayuno si lo desea –respondió el anciano-, o más tarde, como usted prefiera.

La chica pensó en su casa, en sus cosas, en Crookshanks que había quedado a cargo de su vecina, pero luego recordó que sus padres estarían todo el día en el trabajo.

-Más tarde, no hay apuro –respondió finalmente.

-¿Y qué vamos a hacer hoy? –Preguntó Harry, poniéndole mermelada a una tostada.

-El profesor Snape me comentó que ustedes habían ido algunas veces a trabajar al huerto –dijo Dumbledore mirando a Harry y a Draco-. Y como el día está soleado, y la señorita Granger no ha tenido ocasión de conocerlo, pensé que a lo mejor podríamos ir los cuatro a ver cómo crece el pasto.

Harry y Draco se miraron, y se encogieron de hombros. ¿Por qué no?

-Pero profesor… -respondió Hermione-. ¿Será bueno para Harry?

-Harry pasó toda la mañana de ayer pataleando en una piscina, señorita Granger –respondió el anciano-. Estoy seguro que podrá sobrevivir a una breve caminata en el huerto.

-Si puedo –aseguró Harry.

-Paseo al huerto entonces –decidió el anciano.

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Los elfos se acercaron a saludar Dumbledore de inmediato cuando lo vieron salir al huerto (aunque a Hermione la miraron bien feo, pues todavía no la perdonaban por haber intentado obligarlos a aceptar prendas dos años antes). De inmediato comenzaron a ofrecerle diversas frutas al Jefe, pero él sólo probó unas frambuesas, alegando que acababa de desayunar y que tenía que cuidar la línea.

Los chicos se miraron, y bajaron la vista sonriendo. ¡Si el director era muy delgado!

Aunque los chicos ya conocían bien el huerto, se sumaron con gusto al tour que los elfos (a regañadientes) aceptaron hacerle a Hermione. Recorrieron hileras e hileras de plantas en diversos estados de crecimiento, el gallinero, y finalmente se sentaron un rato a descansar debajo de unos manzanos a comer un montón de cosas que los elfos les habían dado, ya que después del paseo ya volvían a tener un poco de hambre.

Harry se tendió en el pasto. Se sentía mucho mejor que en los días anteriores, y sólo estaba un poco cansado. Miró las ramas del manzano, cargadas de fruta, que se mecían al viento sobre su cabeza, y recordó cuando se había caído de uno de los nogales en casa de la señora Hartmann. Sonrió al recordar que le habían estado tirando nueces verdes a su padrino, justo antes del accidente. Luego recordó que Snape se había ido de vacaciones sin él y recordó que tenía que odiarlo. Pero, por alguna razón, le resultó difícil. Al repasar los diferentes momentos que había vivido con el brujo sintió que la rabia desaparecía. ¿Qué importancia tenía que hubiera desaparecido por un fin de semana? Decidió que cuando el brujo volviera ya no lo miraría feo como había planeado cuando el brujo se había despedido de ellos.

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Después del almuerzo, cuando Hermione guardó en su mochila las cosas que durante el fin de semana había ido dejando en la sala de Dumbledore, la chica recordó lo del proyecto y que los libros que habían traído de la biblioteca seguían ahí. Se acercó al director (que estaba bordando en su lugar habitual) y le devolvió la llave de la biblioteca que el anciano le había confiado al llegar.

-Profesor… -le dijo, luego de que se guardara la llave en un bolsillo de su túnica-. El otro día trajimos unos libros de la biblioteca. ¿Quiere que los vaya a dejar de vuelta a la biblioteca?

-No se preocupe señorita Granger –le dijo el director-. Se lo pediré más tarde a los elfos. No hay ningún apuro. ¿Quiere que la vaya a dejar ahora, o prefiere sentarse a bordar conmigo un rato?

Hermione sonrió, fue a buscar el bordado que había empezado ese fin de semana y que ya había guardado en su mochila, y volvió a sentarse junto al director.

Mientras tanto, Draco recordó los apuntes sobre destilación que había escondido en el fondo de su mochila, y comenzó a planear cómo instalaría una pequeña destilería clandestina en el colegio. Pensó que todos los aparatos que según el libro necesitaría, y decidió que intentaría pedírselos a la sala multipropósito. Y, si eso no resultaba, intentaría transformarlos el mismo a partir de otros objetos. Ya tenía una idea bastante buena de cómo tenían que ser. Sobre el destilado, todo sería más sencillo: usaría agua pura, azúcar que podría obtener de los azucareros del desayuno, y levadura que pensaba conseguir en la cocina apenas se presentara la ocasión. Fingir que visitaba a Silvester podía ser una buena excusa para ir a la cocina. Hace mucho que no veía a su gato. De hecho, no lo había visto desde el fin del año escolar. ¿Se lo habría llevado el viejo Filch? El gato parecía muy apegado a su gata, la Sra. Norris… Le dio un poco de rabia, pero luego decidió que no importaba. De todos modos rara vez se acordaba de su gato.

Harry dejó el castillo de naipes que había estado construyendo sobre la mesa del comedor al notar que Draco llevaba mucho rato quieto, mirando la nada. Se acercó, y se sentó a su lado.

-¿En qué estás pensando? –Le preguntó sin rodeos.

A: ¡No tenías por qué ir a distraerlo! ¡Estaba perfectamente bien armando su castillo de naipes!

D: ¡Bah! ¡Alguien tenía que darle un empujoncito! Llevo dos días viendo como el chico vive en una especie de cuento infantil empalagoso. Quiero vomitar…

Draco le guiñó un ojo, y respondió que no era problema suyo. Pero hizo con la boca una mueca indicando al director, y Harry comprendió el "más tarde, cuando no haya moros en la costa" implícito. Muerto de curiosidad, volvió a su castillo de naipes para matar el tiempo.

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Snape volvió algunas horas más tarde. Cuando apareció por la puerta de la sala, a los chicos les pareció que efectivamente se veía más descansado. De hecho, estaba ligeramente bronceado. Les llamó la atención que no llevara su maleta.

-¡Severus! ¿Qué tal el viaje? –Saludó Dumbledore dejando su casi terminado bordado en el canasto y acercándose a saludarlo.

-Excelente director –respondió Snape. Luego indicó a los chicos y agregó-. ¿Por qué me parece que estos tres tenían pelo cuando me fui?

-¡Ahhhh! –Dijo Dumbledore encantado-. Tal vez si haces mérito alguna vez te cuenta esa interesante historia. O tal vez los mismos chicos te la terminen contando, algún día, en algún pasillo, si sientes curiosidad.

Snape levantó una ceja sin entender, y luego miró a Draco y a Harry como pidiendo una explicación. Pero los chicos se hicieron los tontos y se encogieron de hombros.

-¿Y asumo, por su calvicie, que la señorita Granger tuvo una participación activa en lo que sea que haya ocurrido? –Preguntó Snape con una sonrisa sarcástica. Observó con placer que la chica se sonrojaba y bajaba la vista.

-Asumes bien, Severus –respondió el anciano-. Y recuérdame que te de más crédito la próxima vez.

Snape se preguntó qué diablos habrían hecho, pero al ver que todos parecían sanos y perfectamente felices decidió que tal vez prefería no saberlo.

-Bueno –dijo Snape dirigiéndose a Draco y Harry y apuntando a la puerta, detrás de él-. Traigan sus mochilas y vamos.

-¿Por qué no mejor te quedas un rato, Severus, y cenamos todos juntos? –Propuso el anciano con cordialidad-. Así nos cuentas sobre tu fascinante viaje.

Snape lo miró con una expresión que Harry recordaba le dirigía a él en sus primeros años en Hogwarts, y asumió que su padrino no se sentía muy deseoso de contar nada.

Pero Dumbledore sólo soltó una pequeña carcajada, y llamó a un elfo para pedir la cena para los cinco.

Parecía que la comida hubiera sido escogida para aplacar a Snape, ya que los elfos trajeron comida de la que usualmente se servía en su estancia en las mazmorras. Draco miró la gigantesca ensaladera con zanahorias, betarragas, coliflor y espárragos hervidos y la fuente con fritos de pescado e hizo una mueca en dirección al director, como rogándole que hiciera algo al respecto. Pero el anciano sólo exclamó "¡Mmmmhhhh!" como si nada le produjera más placer que disfrutar de esas delicias.

Se sentaron en medio de un incómodo silencio. Draco tomó un pan de la panera y lo untó con mantequilla sin darle una segunda mirada a la fuente o la ensaladera. Pero Snape agarró la gran cuchara para servir y le llenó el plato con fritos y ensalada. Draco gruñó, e iba a cruzarse de brazos. Pero Snape le dirigió una mirada de esas que usaba para darles la bienvenida a los novatos, y Draco reconsideró sus opciones y terminó tomando el tenedor y comiendo sin poder disimular muy bien el asco.

Harry en cambió se sirvió y comió callado. Comida era comida. Y nadie hubiera podido adivinar si a Hermione le gustaba o no, ya que la chica comía siempre con impecables modales lo que sea que los elfos sirvieran, ya fuera el mejor de los asados o la más insípida de las avenas.

El postre hizo reír a cuatro de los cinco. Los elfos parecían haber querido hacer un chiste personal al señor profesor Snape, y sirvieron una especie de pastel bajo cubierto de glaseado de colores, representando una isla con palmeras en medio del océano. Y, lo que más hilaridad causó, fueron unos diminutos muñequitos de chocolate blanco y chocolate negro que descansaban sobre la arena y que representaban claramente brujos vestidos con capa negra, pelo negro, y nariz ganchuda.

Snape gruñó al ver el descaro de los elfos, e intentó recordar si había alguna poción para la que se necesitaran tripas de elfo doméstico. Ojalá tripas que tuvieran que ser cogidas con la criatura aún viva. Pero no pudo recordar ninguna.

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Cuando la cena por fin terminó, Snape ya había perdido parte de la alegría de vivir que había sentido hasta antes de llegar al castillo. Les ladró a sus cargas que tomaran sus mochilas y lo siguieran.

-Tal vez ya es hora de que la vaya a dejar también señorita Granger. O sus padres comenzarán a preocuparse –dijo Dumbledore.

Los tres chicos agarraron sus mochilas y salieron al pasillo. Dumbledore apagó las luces y cerró la puerta.

La larga caminata por el castillo se hizo en silencio, con los chicos acomodando sus pasos a las grandes zancadas del iracundo profesor de pociones. Dumbledore cerraba la marcha, de un humor más bien apagado.

Cuando llegaron al vestíbulo, Dumbledore finalmente apuntó a los chicos con su varita y éstos volvieron a tener su pelo. Finalmente se separaron, luego de que los chicos se despidieran. Hermione se sonrojó cuando Snape (como en cierta otra vez, en casa de la señora Helena) le acercó la mejilla para que también se despidiera de besito de él, y Snape sintió un malévolo placer al ver cómo había conseguido incomodarla.

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La estancia de Snape estaba algo helada, y el brujo prendió la chimenea de un movimiento de varita. Luego se dirigió a los chicos, les ordenó que se lavaran los dientes y se pusieran pijama, y les informó que ahora que Harry parecía estar bien volverían a su mazmorra.

Harry gruñó, y se sorprendió cuando Draco respondió "está bien" de buena manera, sin armar escándalo. Pero luego comprendió que algo se traía Draco, cuando Snape ya no los miraba y su amigo le guiñó un ojo.

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Luego de pedir a los elfos que trasladaran los muebles de los chicos abajo y que dejaran su cuarto como estaba antes, Snape los mandó a la cama sin decirles ni preguntarles nada. Harry se sintió un poco ofendido y resentido, ya que él tenía la mejor disposición a hacer las paces con su padrino pero el brujo ni siquiera parecía dispuesto a conversar. De hecho, Harry sintió algo desagradable en el estómago, como un temor que ya había olvidado. Era esa sensación desagradable que solía sentir cuando vivía con los Dursley y sabía que sólo toleraban su presencia en la casa por que no tenían alternativa.

Mientras se metía en la cama, Harry sintió terror. No el tipo de terror que produce el encontrarse cara a cara con un perro de tres cabezas y que te hace correr despavorido, sino el terror que te produce perder algo que amabas, y que te hace taparte hasta la cabeza en la cama y llorar hasta quedarte dormido. A lo mejor Snape ya no lo quería. Harry, que a ese paso ya estaba seguro de tener una familia, no se había planteado la posibilidad de que ésta pudiera desaparecer. Es cierto que había temido que el brujo muriera, pero lo que estaba sintiendo era diferente. Snape no estaba muerto, sino simplemente parecía estar cansado de él.

Cuando Snape bajó la escalera a darles las buenas noches y a apagar la luz, Harry prefirió seguir tapado hasta las orejas y hacerse el dormido. Sintió el peso de la mano del brujo encima del hombro, y le escuchó claramente decir "Buenas noches Harry" bajito. Pero no contestó, porque sabía que tenía los ojos rojos y no quería que lo vieran así.

Snape no insistió, y tras despedirse bajito de Draco, y recordarle que lo despertara si ocurría cualquier cosa, apagó todas las antorchas salvo la que siempre dejaba prendida cerca de la escalera para que los chicos no quedaran en la completa oscuridad.

Harry sintió que el terror desaparecía un poco. A lo mejor sólo habían sido ideas suyas. Se sintió un poco ridículo. Ya tenía dieciséis años, pronto sería mayor de edad. Era ridículo ponerse a llorar.

Un par de minutos después, escuchó que Draco se levantaba.

-Harry… -Le dijo remeciéndolo-. ¿De verdad que ya te dormiste?

-No –respondió Harry sentándose en la cama-. ¿Qué pasa?

-Es que hay algo que quiero mostrarte -explicó Draco, yendo hacia su mochila y revolviéndola hasta extraer el pergamino que buscaba. Luego volvió y se sentó al lado de Harry-. Es que estuve leyendo y se me ocurrió una idea.

-¿Qué se te ocurrió? –Preguntó Harry entre divertido y escéptico, suponiendo que si había esperado a estar a solas para contarle no podía ser más que algo que terminaría trayéndoles problemas.

A: ¿Ves? ¡Te dije que nuestro niño tiene sentido común!

B: Espera y verás plumífero… Yo conozco esa mirada…

Draco indicó los esquemas que había copiado del libro y explicó.

-Estaba pensando en aplicar esta técnica muggle, y fabricar aguardiente. Mira: sólo necesitamos conseguir o fabricar un equipo de destilación como este, y un recipiente donde podamos fermentar. Creo que si todo va bien podríamos tener nuestra propia fuente de tragos en cosa de semanas.

-¿Y tu crees que se puede hacer todo eso sin que nos descubran? –Se burló Harry-. Y, aunque lo consiguiéramos y nadie nos descubriera, ¿qué crees que va a pasar cuando bebamos y nos sientan el olor, o nos encuentren ebrios?

-Tengo todo pensado cabeza rajada –explicó Draco-. Nos quedan poco más de dos semanas de vacaciones, y confío en que si jugamos bien nuestras cartas podamos escapar de la supervisión de Snape, o en el peor de los casos trabajar de noche. Estaba pensando en usar las mazmorras de más abajo, esas donde te llevamos cuando… Bueno cuando te poseyó el innombrable. A esas creo que podemos llegar desde aquí abajo. Y estaba pensando que el equipo lo podemos intentar encontrar en la sala multipropósito, o incluso instalar descaradamente la destilaría ahí. O, si no resulta eso, pensaba intentar fabricar yo mismo el equipo transformando algunas cosas.

Harry lo miró con el ceño fruncido, no muy convencido, pero el otro chico continuó.

-Y luego que tengamos el equipo listo, pensaba en usar agua, y sacar azúcar del desayuno o descaradamente robarla de la cocina, donde de hecho tendremos que robarnos la levadura porque no sé de dónde más podríamos sacarla. Luego metemos todo eso en el frasco de aquí –explicó indicando un punto del esquema-, y esperamos. Según el libro en unas semanas las levaduras esas habrán transformado el azúcar en alcohol. Entonces nosotros metemos eso acá –dijo moviendo el dedo a otro punto del esquema-, y saldrá alcohol por acá –indicó moviendo el dedo al extremo del esquema. ¿Qué te parece?

Draco tenía una cara de alegría y entusiasmo, y Harry odiaba tener que aterrizarlo. Pero prefirió ser honesto.

-Creo que sería más sencillo colarnos en la cava, o preguntarle a Seamus cómo lo hace para transformar el agua en ron…

Draco se quedó callado, decepcionado, y sin decir una palabra más volvió a enrollar el pergamino y lo guardó en su mochila.

-Draco… Perdona… Pero es que prefiero ser honesto, y tu plan de verdad apesta… -intentó explicar Harry.

-Está bien, no participes si no quieres –respondió Draco, y se volvió a meter a su cama, donde se volvió hacia el otro lado dándole la espalda-. Buenas noches.

Harry suspiró, y tras unos segundos se resignó.

-Está bien, hagámoslo.

-Ya no sé si quiero que tú participes Potter –respondió Draco sin volverse, haciéndose de rogar.

-No seas idiota…

Pero Draco no le respondió, así que Harry insistió.

-Si quieres vamos ahora a la sala multipropósito. ¿Qué tal?

Harry consiguió el efecto deseado, ya que Draco se volvió y sonrió.

-¿Lo dices en serio?

-Sí, en serio… Aunque sospecho que nos vamos a terminar arrepintiendo.

Draco se levantó y se puso las pantuflas.

-Si de verdad lo tengo todo pensado, Harry –argumentó Draco, con entusiasmo-. Incluso si nos descubren mientras armamos todo, podemos decir que queríamos ver cómo era eso de la química que aprenden los estudiantes muggles. "Con fines puramente académicos" como dicen los sabelotodos como tu amiga Granger.

-No te metas con Hermione… -Le advirtió Harry-. O le cuento todo a Snape…

Draco se puso más pálido de lo habitual.

-No serías capaz…

-No, claro que no –lo tranquilizó Harry sonriendo.

Pero Draco recordó cuando lo había invitado a una fiesta en casa de sus padres y el chico le había ido con el cuento a Snape. Lo miró con desconfianza.

-Júralo…

-En serio… No te delataré porque yo también me metería en problemas y no quiero que mi padrino nos haga –Harry puso cara ceñuda e intentó imitar la voz ronca de Snape- "Limpiar las mazmorras con la lenguaaaa".

Draco se rió, y ambos salieron por la puerta del fondo de la mazmorra cuidando de poner un zapato de tranca para que la puerta no se cerrara.