Como dicen que lo prometido es deuda y yo no quiero ser ni más ni menos; aquí os dejo el capítulo 10.

Os tengo que avisar que este "capi" es largo; pero no largo de "joder, te has pasado", no... ¡largo como un verano sin Calippo!

Avisados quedáis, así que...

Enjoy!


—No tenemos mucho con lo que poder trabajar, agente Starling —Clarice estaba sentada en el catre, con la cabeza apoyada en la pared y las piernas rodeadas por sus brazos. Tenía la mirada perdida en algún punto fuera de la celda. Llevaba en esa postura media hora; el tiempo que hacía que su abogado había entrado a la celda.

—Es un poco irónico, ¿no cree? —preguntó con la voz ronca; la garganta la ardió al hablar. Había pasado casi una semana desde su arresto y en todo ese tiempo apenas había pronunciado dos frases seguidas. A sus oídos sonaba extraña, pero con un toque familiar. Su tono estaba comenzando a adquirir esas aspereza metálica que tanto la había impresionado cuando conoció al doctor Lecter.

—¿A qué se refiere, agente Starling? —ella sonrió amargamente y rodó la cabeza sobre la fría pared de hormigón para poder mirar a la cara al abogado.

Y ahí está de nuevo —dijo con ironía. El hombre la miró dubitativo y Clarice chasqueó la lengua—. Desde que ha entrado a esta celda no ha parado de dirigirse a mi con mi título. Agente Starling esto, agente Starling aquello... —sus manos jugueteaban con la tela del pantalón. Crawford había tenido el detalle de romper el cordón policial y adentrarse en la escena del crimen para proporcionar a Clarice algo de de ropa limpia con la que poderse cambiar.

—La llamo agente Starling porque es lo que es; agente especial del FBI Clarice Starling.

—Se le ha olvidado el Michelle —respondió bostezando.

—¿Disculpe? —el abogado alzó las cejas y cerró la carpeta marrón que tenía entre manos.

Michelle —repitió la chica con tono cansado—. Mi segundo nombre es Michelle.

—De Clarice M —susurró el hombre asintiendo. Clarice le dedicó una sonrisa socarrona.

Es un usted un lince, ¿eh? No se le escapa ni una —la chica sacudió la cabeza. ¿En qué momento se había convertido ella en el doctor Lecter? Pensó que la mordacidad sería algo que se adquiría dentro de una celda. Miró al abogado y sintió una punzada de remordimiento; ella no era Lecter y aquel hombre no era más que un mandado de los superiores. Una marioneta que estaba bailando al compás que los altos cargos del FBI mandaban—. ¿Qué decía de que hay poco con lo que trabajar?

Tiene todas las pruebas en su contra —suspiró el hombre. Abrió de nuevo la carpeta y navegó entre la marea de papeles que amenazaban con escapar—. Defiendo a agentes del FBI contra causas ajenas al FBI; es la primera vez que todo queda dentro de casa, por así decirlo.

—¿Qué pasa con Harvey Roth? Pedí que le llamaran para que llevara el caso.

—Me temo que hicieron oídos sordos a su petición, agente Starling —Clarice cerró los ojos y apretó los dientes con rabia.

—Deje de llamarme así, ¿quiere? Ni ellos desean que yo lleve ese título ni yo quiero que vaya delante de mi nombre. Hace un par de años estaba orgullosa porque alguien lo mencionara, ahora me repugna.

—No sé como debe sentirse; pero sé como me siento yo. Estoy indignado con todo esto. En recibimos su petición de cambiar de abogado me alegré por usted, porque pensé que de esa manera tendría manera de poderse salvar —confesó el hombre—; pero Harvey Roth es de sobra conocido en el FBI, agen... señorita Starling.

—Habría sido demasiado sospechoso que el abogado que consiguió que el doctor Hannibal Lecter se librara de la inyección letal ahora defendiera mi causa, ¿no? —el abogado asintió.

—Es un buen abogado. Habría conseguido un buen trato para usted.

—El FBI no quiere buenos tratos para mi —rió la chica con amargura—. Un juicio en menos de una semana, pruebas que salen de no sé dónde... ¿quién podría imaginarse que habría huellas mías en mi propia casa? Está claro que esa es una prueba más que concluyente de que soy la asesina —respondió con ironía.

Haré todo lo que esté en mi mano por desmontar esas teorías, señorita Starling; pero sepa que ellos tendrán estrategias para volver a poner todo en su contra con otra prueba.

—Sacaran el arma del crimen y a nadie le importará el hecho de que yo no me realizara ni una sola lesión con él al asesinar a mi amiga, ¿verdad? —se incorporó—. ¿Usará eso? ¿Lo usará en el juicio? Una de las maneras más fáciles de identificar a un asesino que ha usado un arma blanca en el crimen es por los cortes que se realiza al empuñar ese cuchillo o hacha o lo que sea que use...

—El doctor Lecter no sufría lesión alguna y creo recordar que usaba una navaja en sus crímenes, ¿me equivoco? —Clarice volvió a recostarse, derrotada.

—El doctor Lecter sabía como usar el arma. ¿Le dice algo el título de doctor, señor Finch?

—Usted estaba en su dormitorio, bajó las escaleras y se encontró con todo. Lo que el jurado escuchará será que cuando llegó la policía y el FBI se la encontraron bañada en sangre en el pasillo del apartamento y que sus huellas abundaban en el escenario. No querrán escuchar nada más.

—¿Me está defendiendo o solo me recuerda lo que me espera? —el hombre se puso en píe y se ajustó la chaqueta.

—Soy su abogado, señorita Starling; pero no puedo ayudarla. El veredicto está dictado desde el momento en el que la pusieron las esposas y la trajeron a esta celda.

—¿Qué me espera? —preguntó la chica casi sin voz. El hombre bajó la cabeza y tragó saliva.

—Es mejor que se ponga en lo peor. Si conseguimos una cadena perpetua habremos ganado.

—¿A qué hora vendrán a buscarme? —Finch miró el reloj y sacudió la cabeza.

—El juicio comenzará en poco menos de dos horas. La agente que la custodia tiene orden de venir a buscarla, para que pueda usted prepararse, en cuanto yo me vaya —dos golpes anunciando la finalización de la reunión y un agente abrió la puerta. El hombre se giró antes de salir y miró en silencio a Clarice unos instantes—. Procure mantener la calma; aun puede suceder un milagro.

Clarice pensó que necesitaba algo más que un milagro para poder salir de aquella situación con vida. Hacía tiempo que había dejado de luchar contra aquello que un día consideró algo parecido a una sustitución de su familia. Sentía rabia e impotencia de ver como su idolatrado FBI no solo la daba la espalda, sino que la acusaba de crimen del que era inocente. Ella estaba entrenada para enviar a criminales a prisión, no para ser ella la que estuviera dentro de la misma.

La agente Jamie Clarck apareció en la celda cinco minutos después de que el abogado de Clarice se hubiera marchado. La chica había cambiado ligeramente su postura; ahora se encontraba hecha un ovillo contra el rincón de la cama. Abrazaba la almohada fuertemente y su cara permanecía hundida en la misma. Vista de aquella manera parecía mucho más frágil de lo que en realidad era; pero los días encerradas, su negativa a comer y el continuo funcionamiento de su cabeza estaban llevándola a un estado lamentable.

—Más vale que te arregles un poco, hija. No querrás presentarte en el juzgado de esta guisa, ¿verdad? —Clarice no terminó de comprender por qué aquella mujer era tan amable con ella. El resto de los agentes que la habían vigilado durante aquella semana habían sido distantes y hostiles. La agente Clarck, por el contrario, había tratado a la chica con bastante atención. Parecía, incluso, como si la hubiera llegado a tomar cariño.

—¿Qué más da si ya soy mujer muerta? —la voz de Clarice sonaba muy lejana, ahogada por la almohada. La agente se acercó a la cama y evaluó la posibilidad de sentarse junto a la chica.

—Llevo aquí muchos años, niña, y he visto de todo —decidió no sentarse; pero acarició con suavidad el hombro de Clarice—. Mi madre siempre decía que nunca puedes darte por vencida antes de que el juego comience.

—¿Puedo ver esto como un juego? —preguntó alzando la cabeza. Tenía los ojos hinchados y los rastros en sus mejillas indicaban que había estado llorando no hacía mucho.

Suspirando, la agente Clarck tomó por el codo a Clarice y la obligó a levantarse; ella no opuso resistencia y prácticamente se dejó llevar. Juntas se encaminaron hacia los vestuarios; la agente había preparado una de las duchas para Clarice y su ropa estaba perfectamente doblada a la espera de ser usada.

Clarice había estado cada día en aquellos vestuarios; pero nunca les había prestado demasiada atención. En anteriores ocasiones había sido llevada allí por otros agentes y la habían dejado bien claro que no podría sobrepasar los diez minutos en las instalaciones. Clarck la aseguró que no debía preocuparse por nada, que tenía tiempo y que podía hacer uso de él como quisiera. Clarice alzó los ojos y miró por primera vez la zona de duchas. Era una sala estrecha y alargada de azulejos verdes y blancos colocados a modo de tablero de ajedrez. A mano derecha estaban las duchas; cubículos individuales con puertas en el mismo tono verde que los azulejos. Frente a las duchas, pegado a la pared, había un único banco de madera que recorría el vestuario de un lado a otro. En el centro de este, aguardaba la ropa de Clarice. La chica caminó despacio hacia la ducha situada enfrente y comenzó a desvestirse sin pararse a pensar si Clarck estaría o no mirando. Ya todo la daba igual.

El agua caliente salió a presión sobre el cuerpo de Clarice y esta se apartó de inmediato emitiendo un pequeño grito de dolor. Tanteó la pared hasta encontrar el regulador y buscó la temperatura adecuada. Cerró los ojos y dejó que el agua cayera sobre su cuerpo. Se preguntó cuántas veces en su vida podría volver a disfrutar de aquella sensación.


El doctor Lecter salió del apartamento en el preciso instante que Clarice entraba en la ducha. Estaba de muy buen humor y no podía disimular su sonrisa. Sus ojos granates brillaban de impaciencia bajo las gafas de sol. Vestía unos pantalones claros y una camisa de manga corta. En su mano, una bolsa de gimnasio con todo lo necesario. Su maleta había quedado preparada en el hall del apartamento y esperó poder recogerla pronto.

Viajaría hasta juzgado en autobús; tenía controlados los horarios y se permitió bajar el ritmo de su paseo para poder así disfrutar de la calurosa mañana de julio que Washington le regalaba. Mientras caminaba el plan era repasado una y otra vez en su cabeza. Había visitado el lugar tan solo en una ocasión; pero aquello era más que suficiente para él. Recordaba cada señal de la calle, cada ventana del edificio y hasta cada placa de la acera. Lo único que le preocupaba; la única cosa que le hacía perder momentáneamente la calma era pensar en la posibilidad de que, a la vez que el de Clarice, hubiera otro juicio celebrándose en el juzgado. Más juicios significaban más coches de policía parados en el aparcamiento trasero del edificio y, con total seguridad, más vigilancia.


Cuando Clarice salió de la ducha, el doctor Lecter ya había iniciado su viaje en autobús en dirección a encontrarse con ella. La chica se vistió con calma y solo cuando hubo terminado, alzó la voz para avisar a la agente.

—¿Ya estás, niña? —Clarck apareció en el vestuario y se apoyó en el marco de la puerta con los brazos cruzados. Miró de arriba abajo a Clarice en silencio. Al notar la insistencia de la mirada de la agente, ella misma se miró para comprobar que todo estaba en su sitio.

—¿Qué? —preguntó al no encontrar nada extraño. La mujer se echó a reír y se acercó a ella.

—Parece que haya sido tu hermana mayor la que te haya dejado esta ropa, niña —Clarice se volvió a mirar y comprendió a qué se refería la mujer. Debido a que su trabajo en los últimos meses se había basado en vigilancias y persecuciones, había decidido usar ropa más cómoda y desterrar los trajes de chaqueta a la parte más profunda del armario. Ser agente de campo era, sin duda, mucho más movido que hacer trabajo sentada en la oficina; su cuerpo lo había notado con un claro descenso de su peso.

—Podría ir en vaqueros —susurró alzando la mirada—. A ellos no creo que les importe.

—Eres una muchacha preciosa y lo tienes que hacer notar —dijo abriendo la chaqueta del traje.

—Bueno, me queda la esperanza de que siendo preciosa me dejen libre —comentó con ironía. La agente se echó a reír y colocó la ropa de Clarice. Era trabajo imposible ajustar la talla; pero si consiguió que se viera con mejor aspecto.

—¿Maquillaje? —preguntó mirando los ojos de Clarice—. Muchas deciden hacer uso del maquillaje en los juicios.

—Creo que no me he maquillado en mi vida —contestó Clarice sonriendo levemente—. No tengo demasiadas ganas de que hoy sea el primer día.

—Mejor al natural —respondió la agente dando un paso atrás para contemplar mejor a Clarice—. Bueno, niña —dijo frotándose las manos—, que comience el show.


Hannibal se bajó dos paradas antes de llegar al juzgado. Clarice era conducida al coche patrulla en ese momento. El doctor miró su Rolex y notó como su corazón comenzaba a bombear más deprisa; el juicio comenzaría en media hora y, sin duda, Clarice estaría viajando hacia allá en ese preciso instante. Hacía tres años desde la última vez que la había visto en la sala de la Sociedad Histórica del Condado de Shelby que había sido habilitada para su encarcelamiento en Memphis. Él la llamó para devolverla el expediente de Buffalo Bill y sus dedos se habían rozado; recordaba perfectamente y con todo detalle la sensación de la piel de Clarice contra la suya. Después de eso, fue escoltada a la salida por el indeseable del doctor Chilton y el sargento Pembry. El doctor Lecter recordó a Pembry y en lo útil que había resultado para su fuga; sonrió.

La parte delantera del juzgado estaba repleta de bandadas de reporteros que, al igual que los buitres, esperaban impacientes su carnaza. Hannibal pensó que muchos de los allí reunidos habrían estado presentes el día que el mismo fue juzgado. Estaba convencido de que si se acercaba lo suficiente podría llegar a reconocer a alguno que otro. Pero, por desgracia para él, no disponía de tiempo para dedicar a pasatiempos; aprovechando el barullo montado por los periodistas, llegó hasta la barrera levadiza que daba acceso al aparcamiento para comprobar cuántos coches de policía había estacionados esa mañana. Hannibal sonrió; solo había uno y todo indicaba que no se quedaría mucho tiempo. El caso de Clarice montaría demasiado revuelo, por lo que habían decidido aplazar o adelantar juicios para que no hubiera más gente de la debida por los pasillos aquel día.

El coche patrulla avanzaba a gran velocidad por entre el tráfico de Washington. Uno de los policías, el conductor, bromeó con la posibilidad de encender las luces para así adelantar a los demás coches sin problema. Clarice no prestó demasiada atención a las triviales conversaciones de los dos hombres; ni siquiera miró sus caras cuando fueron a buscarla a prisión. Se había limitado a agachar la cabeza y meterse en el coche sin mediar palabra. Durante el viaje no levantó la vista de sus manos esposadas sobre sus rodillas. Cuando el coche llegó al juzgado, no reparó en el par de ojos granates que la miraban desde el seto que circundaba el perímetro del juzgado.

El corazón de Hannibal saltó dentro de su pecho cuando reconoció el cabello pelirrojo de Clarice saliendo del coche. Un segundo después, una nube de cámaras ocultaron a la joven. Sin darse cuenta, el doctor caminó en dirección a la muchedumbre. Ella estaba allí; rodeada por una horda de reporteros que buscaban una respuesta jugosa que llevar a su titular. Varios agentes salieron al encuentro de la joven agente y la escoltaron escaleras arriba. Hannibal tuvo varios segundos para poder observar a Clarice casi por completo. Estaba mucho más delgada pero su figura seguía impresionando al doctor. Subió las escaleras entre los agentes con la cabeza alta.

—Mi guerrera —susurró Hannibal sonriendo.

Un minuto después, todo estaba en calma. Los reporteros abandonaron las escaleras para volver a situarse en la acera. Hubo un ligero murmullo de datos e impresiones intercambiadas. El coche patrulla arrancó y pasó ante el doctor para adentrarse en el aparcamiento. La barrera se levantó sola y Hannibal supo que algún dispositivo instalado en el coche hacía posible el acceso.

Decidió que sería mejor esperar unos minutos antes de comenzar sus maniobras. Entró a uno de los concurridos bares de la zona y pidió un café. Su pulso estaba en ochenta y cinco.


Clarice se sentó en el banquillo y saludó con gesto cansado al abogado. Este sonrió cortésmente antes de sentarse junto a la chica. Al otro lado, sentados detrás del abogado de la acusación, los padres de Ardelia miraban a Clarice con gesto serio. Ella les devolvió la mirada incapaz de pronunciar una palabra y las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. Quería gritar que era inocente; que habría dado su vida por proteger a su amiga; pero el nudo que tenía en la garganta la impedía hablar. Sintió que la faltaba el aire y cerró los ojos para concentrarse en su respiración. La madre de Ardelia miraba Clarice sin apartar la mirada; por alguna razón, no creía que aquella chica de la que tanto había hablado su hija, hubiera sido la encargada de darla muerte. Cuando Clarice abrió los ojos vio como el agente de asuntos internos McGill se acercaba a conversar con los padres de su amiga. La dirigió una petulante sonrisa a Clarice y regreso a su asiento junto a su compañero. Al hacer un barrido visual de la sala, la chica se encontró con la mirada de Crawford y del agente Brigham. Todo aquello la hizo recordar el día del funeral. Ambos hombres estaban plenamente convencidos de la inocencia de Starling. John sonrió a Clarice y esta asintió con la cabeza. Se giró antes de que ambos viera como rompía, de nuevo, a llorar.

—En pie —dijo una voz en la zona delantera de la sala. Clarice se incorporó como por un resorte—. Preside el honorable juez Hicks.


Hannibal salió de la cafetería y regresó al acceso de entrada. Tras comprobar que el coche seguía allí y que en su ausencia no había llegado ningún otro, rodeó la barrera y se adentró en el aparcamiento. Unos contenedores de papel le sirvieron de parapeto para vigilar a los dos agentes de policía que esperaban la salida de la acusada. El doctor analizó a la pareja con tranquilidad. El que caminaba alrededor del coche tendría, más o menos la mitad de años que el doctor; un agente novato en una de sus primeras misiones, sin duda. El otro, un veterano abrumado por la hiperactividad de su joven compañero, fumaba apoyado contra el capó. El chico joven era mucho más alto y grande que el doctor, por lo que rechazó de manera automática el usarlo como presa. El veterano podría pasar; era solo un poco más alto que Hannibal y su constitución era parecida.

—¿Tardarán mucho? —preguntó el joven chocando ambas manos con impaciencia. Su compañero cabeceó con fuerza.

—Por amor de Dios, Arthur, da tiempo a que el juez ponga el puto culo en su sillón, ¿quieres?

—Yo la habría juzgado mucho más rápido. Alguien que mata a su compañero de trabajo no debería ni tener juicio; directamente a la silla —respondió sin dejar de caminar.

—¿En serio? —sonrió el compañero—. ¿En serio mandarías a ese bomboncito a la silla? —Lecter se tensó al escuchar las palabras del policía y prestó atención a la conversación.

—Que tenga un buen polvo no quiere decir que no merezca terminar en la silla —el joven soltó una carcajada y se metió las manos en los bolsillos mientras inclinaba el cuerpo hacia su compañero—. Quizás me la follaría y luego, adiós —rió—. Así te quitas de problemas de llamadas al día siguiente —Hannibal apretó los puños con fuerza y respiró para recuperar la paciencia que ese chico le estaba haciendo perder. Su pulso había comenzado a aumentar sin que se diera cuenta.

Lávate esa boca, Martin Aun tienes mucho que aprender. No eres más que un crío —respondió el veterano tirando el cigarro al suelo.

—¿Me vas a negar que no te la tirarías?

—Es demasiado joven para mi, muchacho. Yo las prefiero con mucha más experiencia —Lecter se asomó por uno de los lados del contenedor para comprobar si había cámaras de vigilancia en la zona. Tras una rápida ojeada concluyó que no había ningún dispositivo que pudiera impedirle actuar.

El doctor conocía bien el proceder de los juicios. El suyo se había alargado por las numerosas víctimas y pruebas; pero estaba seguro que el de Clarice se resolvería en dos jornadas, tres a lo sumo. Miró de nuevo su reloj y calculó el tiempo que quedaba para que aquella primera sesión se diera por concluida. Si el juicio se continuaba por la tarde, la sesión se aplazaría llegadas las doce del mediodía. Si, por el contrarío, la segunda parte se celebrara al día siguiente, aguantarían una hora más. El de Clarice sería un juicio fácil, a la luz de la información que los medios de comunicación difundían; todo indicaba que ya estaba prácticamente juzgada, así que el FBI no invertiría una tarde analizando pruebas pudiendo hacerlo a la mañana siguiente. Hannibal había pensado que eso sería lo que ocurriría y rezó para que nada cambiara; todo estaba preparado para ese supuesto.


Clarice vio pasar ante sus ojos todo un desfile de personalidades del FBI que analizaban su personalidad. El psicólogo que la había visitado en prisión tres días después de ser encarcelada acusó indirectamente a Crawford por haberla mandado a realizar el trabajo de un agente plenamente formado cuando aun era una estudiante; para el psicólogo aquello había marcado profundamente a la chica.

—Está claro que el principal error fue enviarla a entrevistar a Lecter sin haber acabado su formación. Ese hombre se metió en la cabeza de la joven y la cambió para siempre —Clarice abrió la boca e hizo ademán de levantarse; pero su abogado la agarró por el brazo y la obligó a sentarse.

—Eso es mentira —murmuró Clarice al oído de su abogado.

—¡Protesto! —Finch se levantó y miró al psicólogo—. Están basando todo el caso en un hecho que ocurrió hace tres años.

—Denegada —concluyó el juez sin levantar la vista del informe—. Continúe, por favor.

—A mi entender como psicólogo, y como cualquier otro psicólogo les diría, la mente inmadura de la agente Starling se vio violada por la sagacidad del doctor Hannibal Lecter; quién influyó de manera negativa en ella y terminó ocurriendo lo que ha ocurrido.

—¡Soy psicóloga y eso que dice es una gilipollez! —Clarice se levantó de su asiento y golpeó la mesa con fuerza.

¡Agente Starling, haga el favor de sentarse ahora mismo! —pronunció el juez golpeando con la maza—. Letrado Finch, mantenga en silencio a su defendida o me veré obligado a condenarla por desacato.

Clarice se dejó caer en la silla y se cruzó de brazos enfadada; si su suerte estaba ya resuelta, ¿qué más daba si incordiaba un poco durante el juicio? ¿Qué más podía pasarla ya?


Agazapado en su escondite Hannibal vio como el joven agente Martin desaparecía dentro del edificio; su compañero continuaba apoyado en el capó del coche fumando de nuevo. Era la una menos diez y el calor apretaba con fuerza bajo aquel sol de julio. Estaba empapado en sudor y miró con desagrado el uniforme del policía; no le quedaba más remedio, pensó. Caminó en cuclillas hasta el final de la fila de contenedores y miró a la puerta por la que el joven agente había entrado; no sabía si tendría mucho tiempo para actuar, por lo que se puso en pie y caminó con cautela hasta el coche. Estaba justo detrás del policía y no tenía manera de llegar a él sin ser descubierto; tenía que buscar alguna solución, y rápido.

Miró a su alrededor y solo encontró pequeñas piedras sueltas en el asfalto. Cogió una y sonriendo la hizo saltar en su mano. Levantó la cabeza y lanzó la piedra hacia el lado izquierdo del agente; este, alertado por el ruido se incorporó del capó y miró en dirección hacia donde la piedra había caído. Hannibal no perdió tiempo y rodeó el coche corriendo; el agente se giró hacia el doctor en el preciso instante en el que este clavaba una aguja hipodérmica en su cuello. El policía no tuvo tiempo de reaccionar; una vez la anestesia había entrado en su organismo, no tardó ni dos segundos en caer inconsciente en los brazos del doctor.

Hannibal miró a ambos lados del aparcamiento para comprobar que nadie estaba cerca y cogiendo al agente, se encaminó de nuevo hacia su escondite tras los contenedores. El policía tardaría horas en despertar.

—Lamento tener que dejarle sin ropa, señor agente; pero entienda que la necesito —bromeó Hannibal mientras desabrochaba la camisa y los pantalones del hombre.

El doctor agradeció la fresca brisa que recorrió su espalda cuando se despojó de su camisa. No sentía ningún agrado por tener que enfundarse el usado uniforme del policía; pero sería por poco tiempo. Se ajustó el cinturón a su medida; le estaba un poco grande, pero sentado en el coche no se notaría demasiado. Abrió el contenedor y lanzó a su interior al inconsciente policía.

La puerta se abrió y Hannibal contuvo el aliento.

—Ey, Mitch, ¿qué haces? ¡Están a punto de salir! —Hannibal se mantuvo de espaldas al hombre. Alzó la mano y guardó silencio a la espera de que aquel gesto valiera al joven—. Está bien, termina de mear tranquilo.

Cuando la puerta se cerró de nuevo, Hannibal agarró la bolsa de gimnasio y caminó rápidamente hacia el coche. Guardó la bolsa en la parte trasera y se sentó en el asiento del conductor. Su pulso se había vuelto a relajar. Palpó el bolsillo de la camisa y sonrió al notar su arpía guardada en el interior; arrancó el coche y le estacionó en dirección a la salida. Se ajustó la gorra del uniforme y escondió el rostro tras el brazo apoyado en la ventanilla.

El chirrido de la puerta le hizo mirar de reojo; el joven agente sujetaba la puerta a la espera de que la acusada fuera llevada a ese punto. Dos agentes del juzgado condujeron a Clarice a la salida; la chica iba con la mirada fija en el suelo. El corazón de Hannibal volvió a latir con fuerza cuando el aroma de Clarice llegó a él; por primera vez en la vida sintió un sudor frío recorriendo las palmas de sus manos. Se aferró al volante con la mano derecha hasta que los nudillos se quedaron blancos.

Aguantó sin decir nada cuando el joven policía metió a Clarice en el coche patrulla; ni siquiera miró por el espejo retrovisor. Sentía su presencia y eso valía; por fin estaba junto a ella.

—Arranca Mitch —gritó el joven agente antes de subirse al coche—. Esos cabrones ya están agolpándose en la puerta —Hannibal miró al frente y vio a los periodistas tras la barrera de seguridad—. Acelera con fuerza y verás como se apartan —respondió el chico sin apartar la mirada.

El agente estaba demasiado pendiente de los periodistas como para pararse a mirar a su compañero; aquello fue un grave error para él. Hannibal aceleró a fondo y la barrera se elevó. Al ver la velocidad del coche, los periodistas se retiraron asustados y lo dejaron pasar con miradas atónitas. El chico soltó una gran carcajada mientras se golpeaba la rodilla.

—¡Coño, Mitch! Eso sí que ha sido una buena salida —exclamó excitado. Hannibal sonrió y alargó la mano en dirección al chico. El agente se giró y comprobó horrorizado que aquel hombre no era su compañero—. Pero, ¿que cojones...? —el doctor Lecter forcejeó con el chico y al ver que no podría hacerse con él tan fácilmente, sacó la arpía del bolsillo de la camisa y se la clavó al joven agente en la ingle. El chico aulló de dolor y Clarice levantó la mirada. No entendía nada. Hannibal agarró la nuca del joven y estrelló su frente contra el salpicadero. La sangre manaba de la pierna del joven y Hannibal aceleró en dirección a Rochembeau Memorial Bridge.

Clarice se removió inquieta en su asiento y más calmado, Hannibal buscó su mirada en el retrovisor. La chica abrió la boca cuando se topó con aquellos ojos granates que brillaban tras el espejo.

—Hola, Clarice...


Es largo pero con motivo... que un juicio y una fuga no son cosa de dos líneas (y me daba pereza hacerlo por separado en dos capítulos distintos, así soy yo...)

AVISO que la historia ya está terminada y que tan solo queda subirla; no diré de cuántos capítulos constará, pero hasta septiembre habrá tema (para qué no digáis que no os entretengo en vacaciones... ¡Mejor que los cuadernillos Santillana!)

MIL GRACIAS por los comentarios que animan mogollón a seguir escribiendo, muchachada, así que seguid así :D ;)


Aprovecho para decir (aunque no venga a cuento con el fic) lo inmensamente feliz que estoy de que España haya eliminado a Francia en basket en los JJOO (¡SÍ SEÑOR, SÍ SEÑOR!)

Hala, ya sí que me voy... xD