Nota: ¡Penúltimo capítulo!
Capítulo 25 Draco don Destilado
Llegaron a la sala multipropósito sin problemas, y se pusieron a pasear delante pidiendo "un lugar donde destilar alcohol, un lugar donde destilar alcohol, un lugar donde destilar alcohol…". Pero se sorprendieron desagradablemente cuando en vez de aparecer una puerta apareció un tablero de anuncios con varios pergaminos viejos. Estaban todos escritos con una caligrafía esmerada y anticuada, y comenzaron a leer el único párrafo que por alguna razón estaba subrayado.
Draco gruñó y Harry rió, ya que parecía ser parte del reglamento del colegio, y ese párrafo establecía expresamente que estaba prohibido el consumo, compra, venta o fabricación de cualquier bebida alcohólica dentro del castillo y terrenos del colegio, o en cualquier actividad académica o estudiantil realizada al exterior de éstos.
-Bueno, ya vimos –dijo Harry divertido (y aliviado)-. No se puede, si lo hacemos nos expulsan. Volvamos.
-¡No pienso dejar que un muro me diga lo que puedo o no puedo hacer! –Respondió Draco, decidido-. Sólo necesito hacer la pregunta en forma adecuada. Espera…
Draco se alejó de la sala multipropósito, y Harry lo siguió resignado. Esperaron un momento, a la vuelta de la esquina, hasta que desapareció el tablero de anuncios. Draco se volvió a acercar con paso decidido, y paseó delante del muro diciendo "Necesito un laboratorio como los que usan los estudiantes muggles para estudiar química… Necesito un laboratorio como los que usan los estudiantes muggles para estudiar química… Necesito un laboratorio como los que usan los estudiantes muggles para estudiar química…".
Una puerta apareció en el muro, y Draco miró a Harry con cara de "Te lo dije". El chico entró triunfante, y Harry lo siguió con una sensación de "por qué me metí en esto".
El lugar era mucho más grande de lo que Draco esperaba. Se puso a mirar y a registrar todo, sin entender para qué servía la mayoría de los cachivaches. Pero al final, revisando cajones y estanterías, fue encontrando las cosas que recordaba que necesitarían para armar su destilería.
-Harry, ahora necesitaré tu ayuda… No puedo cargar todo esto yo solo…
Se repartieron los trastos y salieron. A sus espaldas la puerta desapareció, y también desaparecieron las cosas que llevaban en los brazos. Draco gruñó.
-A lo mejor todo esto es medio premonitorio –sugirió Harry-. ¿Por qué mejor no vamos a la cava, nos robamos una botella de vino, y nos lo tomamos de a poco durante las próximas noches para que Snape no nos sienta el tufo?
-¡No! –Respondió Draco, con una expresión de ferviente determinación que Harry no veía desde que Hermione andaba molestando a todos con lo de la P.E.D.D.O.-. ¡Si no nos dejan sacar el equipo de aquí, entonces destilaremos dentro de la sala!
-Pero no tenemos azúcar, ni levadura… -Insistió Harry.
Draco lo quedó mirando, y respondió:
-Entonces vamos a la cocina.
Se alejó caminando con decisión, y Harry se fue tras él alcanzándolo.
-Si vamos a la cocina ahora –razonó-, a los elfos les extrañará que estemos ahí. Y seguro que uno de ellos irá a despertar a Snape…
Draco se detuvo, y Harry tuvo la esperanza de haberlo hecho entrar en razón. Pero Draco se dio media vuelta y volvió con grandes zancadas a la sala multipropósito. Harry gruñó, y lo siguió.
Draco no esperó a Harry, y se puso a caminar frente a la sala multipropósito repitiendo "Necesito un laboratorio que no desaparezca, como los que usan los estudiantes muggles para estudiar química, y un gran cajón de uvas… Necesito un laboratorio que no desaparezca, como los que usan los estudiantes muggles para estudiar química, y un gran cajón de uvas… Necesito un laboratorio que no desaparezca, como los que usan los estudiantes muggles para estudiar química, y un gran cajón de uvas…".
La misma puerta de antes volvió a aparecer, y Draco entró con decisión. Harry lo siguió, entre divertido y preocupado por la testarudez de su amigo.
Draco encontró todo lo que había pedido, y se puso manos a la obra. Harry lo detuvo y apuntó a un pizarrón que había en el muro, donde por alguna ironía de la sala había un dibujo con tiza que representaba un brujo con capa que tenía agarrados de las orejas a dos brujos más chicos.
-¿Tienes miedo cabeza rajada? –Se burló Draco.
-Draco… Mira… -Le hizo notar Harry, apuntando al dibujo-. Uno de los más chicos tiene lentes y un rayo en la frente. Creo que la sala nos está advirtiendo.
-¿Sabes qué? –Respondió Draco molesto, caminando hacia el pizarrón y agarrando el borrador-. Creo que me las puedo arreglar perfectamente solo de ahora en adelante.
Y diciendo esto borró con un solo movimiento el brujo de lentes con el rayo en la cabeza.
-Draco…
-Lárgate o quédate, me da lo mismo –dijo el chico, y se puso a buscar con qué prensar las uvas.
Harry se fue al pizarrón y borró el resto del dibujo, y luego se fue a ayudar a su amigo que lo aceptó de vuelta sin hacer comentarios.
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Lograron volver a la mazmorra sin problemas, cuando afuera ya cantaban los pajaritos y en el oriente una luz fría comenzaba a dibujar las montañas. Se acostaron agotados, pero satisfechos. Habían conseguido prensar toda la uva y confiaban que dentro del gran frasco donde habían echado el jugo ocurriera el milagro. Harry se durmió pensando que en realidad no le hubiera importado que no resultara. No sentía una especial inclinación a tomar vino, y sólo había participado para seguirle la corriente a Draco.
Draco en cambio se durmió con una sensación de triunfo que no había sentido desde que habían condenado al hipogrifo ese que le había roto el brazo en tercero.
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Al desayuno disimularon bien, conversando animadamente. Pero Snape se preocupó al verles las ojeras. Les preguntó si habían dormido bien, y los chicos dijeron que sí.
El brujo pensó que tal vez se estaba poniendo paranoico, y que probablemente los chicos estaban pálidos y algo verdosos por la poca luz de la mazmorra y porque no habían tomado sol en muchos días.
De modo que el brujo decidió dejar por un día todas sus resoluciones paranoicas.
-Hoy quiero que hagamos algo especial –les dijo-. Los chicos lo miraron con interés, y continuó-. Vamos a hacer una caminata alrededor del lago. ¿Qué les parece?
Los chicos se obligaron a sonreír con entusiasmo, a pesar de que por primera vez hubieran deseado que Snape los dejara simplemente en paz como lo había venido haciendo desde hace un tiempo.
Los elfos les prepararon una cesta con alimentos y jugo para el picnic. Aperados con unos gorros para el sol que Snape les había traído de regalo de sus vacaciones, subieron al vestíbulo y salieron al sol de la mañana.
La caminata fue larga, pero no desagradable. Harry sintió algo de pena cuando pasaron por el punto en el que los dementores habían estado a punto de matarlos a él, a Sirius y a Hermione tres años antes. Se detuvo un momento, contemplando el lugar en el que había creído ver a su padre. Snape pareció comprender lo que le pasaba, porque le puso una mano en el hombro, y lo empujó suavemente hacia él hasta abrazarlo. Le frotó un poco la espalda, hasta que Harry se sintió mejor y se separó. Draco se aclaró sonoramente la garganta y, cuando los otros se volvieron a verlo, el chico hizo como que tocaba el violín y preguntó con una voz desagradable.
-¿Molesto?
-¿Qué insinúas? –Preguntó Snape con los ojos como platos, e irritado apuntó al chico con su varita. Pero Draco puso sus manos frente a él como defendiéndose.
-¡Era una broma! ¡Era una broma! ¡Lo siento! –Dijo rápidamente. Snape frunció el ceño pero bajó la varita.
-¿Por qué no te guardas tus bromitas para ti, tonto? –Le preguntó Harry de mal modo, y comenzó a alejarse del lugar.
-Perdón… En serio… Sólo estaba bromeando… -Insistió Draco, caminando detrás de Harry-. Fue de mal gusto, lo reconozco.
-De pésimo gusto –insistió Snape, dándole un coscacho en la cabeza al pasar junto a él.
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Un poco más tarde, se sentaron en un hermoso lugar a almorzar. Los chicos estaban agotados. Comieron los sándwiches y se tomaron el jugo de calabaza como si no hubiesen probado nada mejor en la vida, y cuando acabaron con todo se tiraron en el pasto y cerraron los ojos un rato. Y a los cinco minutos se habían quedado dormidos.
A Snape le extrañó un poco, aunque decidió dejarlos dormir un poco. Pero cuando ya habían pasado casi tres cuartos de hora y los chicos no se despertaban se levantó del pasto, se sacudió las hojas y ramitas que se le habían quedado pegadas en la túnica y los remeció.
Los chicos se pusieron de pie resignados, y tras estirarse siguieron al brujo para terminar de darle la vuelta al lago.
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Esa noche, a la hora de la cena, los chicos se comieron todo rápido y sin reclamar, a pesar de que a ninguno de los dos les gustaba el hígado. Snape los observó sorprendido y, cuando les dijo que se lavaran los dientes y se fueran a la cama y ambos obedecieron de inmediato sin quejarse, se sintió un poco alarmado.
-¿Están bien? –Les preguntó extrañado.
Los dos, que iban camino al baño se volvieron, y al ver la cara de extrañado del brujo respondieron de inmediato, y al mismo tiempo.
-Sí.
El brujo lo dejó pasar. Después de todo, habían caminado todo el día y él mismo estaba agotado y sólo quería dormir.
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Esa noche los chicos no salieron a ninguna parte. Ni bien apoyaron la cabeza en la almohada que ambos se quedaron dormidos.
Cuando Snape bajó a darles las buenas noches y a apagar las luces los encontró profundamente dormidos. Se sintió un poco desconcertado, extrañado de que se estuvieran portando tan bien. Pero eso era algo bueno ¿no?
Frunciendo el ceño, subió la escalera y se fue a dormir.
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Pasaron algunos días en que los chicos no volvieron a la sala multipropósito, pues Draco había leído en sus apuntes que la fermentación se tomaba unos cuantos días, sino semanas. Pero sentía curiosidad.
Como durante el paseo del martes no había ocurrido nada, Snape se animó a llevar a los chicos a caminar todos los días, aunque sin salir de los terrenos del colegio. Incluso, al igual que Dumbledore, transformó unas camisetas en trajes de baño (más modernos y bonitos que los del director) y se fueron a bañar al lago. Harry fue completamente feliz, y estaba seguro de que nunca había tenido unos días de vacaciones tan agradables como esos. Atrás había quedado la pelea que había tenido con su padrino cuando este se había ido de vacaciones sin él, al igual que esos sentimientos que lo atormentaron cuando regresó.
Dumbledore volvió el miércoles a ver cómo andaban las cosas, pero al ver que los tres parecían perfectamente felices se fue y no volvió en el resto de la semana.
El domingo por la noche, cuando Snape se fue después de haber apagado las antorchas, Draco se levantó y decidió ir a la sala multipropósito a ver cómo avanzaba el experimento. Harry puso la cara larga, y Draco se encogió de hombros, afirmando que podía perfectamente ir solo.
Harry no se logró quedar dormido hasta que su amigo volvió, media hora más tarde, afirmando que todo parecía marchar bien, que había sacado un poquito del líquido y que ya tenía olorcito a alcohol.
Luego de eso, Draco se durmió feliz porque su plan marchaba sobre ruedas, y Harry se durmió feliz porque no los habían pillado y porque la sala multipropósito no había estallado como los calderos de Neville.
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Cuando salieron a caminar, el lunes por la mañana, pasó algo diferente. Acababan de alejarse del castillo cuando se acercó Hagrid dando grandes zancadas. Se detuvieron a esperarlo, y lo saludaron cordialmente cuando llegó. El semigigante se cruzó de brazos y les dijo sin rodeos.
-Hola. No he podido dejar de notar que han salido a pasear por los terrenos del colegio todos los días. He esperado pacientemente que se dignen a invitarme, pero aparentemente no piensan hacerlo. ¿Tienen algo en mi contra? ¡Yo también vivo aquí!
Harry se sintió pésimo, pero Snape fue el que habló.
-Hagrid, tienes toda la razón. No tengo nada que decir salvo pedirte que perdones nuestra desconsideración, y que aceptes por favor acompañarnos de ahora en adelante. Nada nos alegraría más.
Harry encontró el discurso algo falso, pero Hagrid sonrió francamente y simplemente respondió "OK".
Acompañados por Hagrid y por Fang, siguieron caminando. Era algo difícil seguir el ritmo del semigigante, y este tuvo que devolverse varias veces al ver que los otros quedaban atrás.
Lo bueno de que los acompañara Hagrid es que de entre los árboles del bosque salían toda clase de criaturas, atraídas por el guardaparque, que siempre parecía andar trayendo en uno de sus numerosos bolsillos algún alimento para darles. Aun así, Harry pensó que Hagrid era un poco exagerado cuando un bowtruckle se dejó caer desde un árbol frente a ellos, y el semigigante sacó un puñado de insectos vivos para darle. ¿Quién en su sano juicio andaba por la vida con cucarachas vivas en los bolsillos?
Pero, dentro de todo, Harry sentía que en esos paseos aprendía más de cuidado de las criaturas mágicas que en todas las clases que había tenido con Hagrid a lo largo de los años. Incluso Malfoy ponía atención a las explicaciones y no interrumpía como lo hacía usualmente en clases.
El otro lado positivo de pasear con Hagrid y con Fang era que comenzaron a adentrarse también en el bosque prohibido. Harry tenía ganas de pasar cerca de la cueva de los hongos, para ver si seguía habiendo un monstruo cuidando la entrada. Pero los adultos evitaron estratégicamente esa zona del bosque.
El miércoles ocurrió algo que resultó un poco terrorífico: una pequeña acromántula se acercó a Hagrid. Era pequeña, comparada con las que los habían atacado el verano anterior, pero tenía de todos modos el alarmante tamaño de Fang. Los chicos retrocedieron de inmediato, y Snape retrocedió poniéndose entre ellos y el monstruito. Incluso Fang emitió un quejido y se escondió detrás de los chicos y de Snape. Pero Hagrid se agachó y le acarició su peludo cuerpo, y lo más curioso es que a la arañita parecía gustarle. Arqueó las patas y el cuerpo como si fuera un gato, y los otros tres hicieron muecas de asco.
Hagrid se volvió hacia ellos e insistió en que se acercaran a conocerla (era una hembra). Snape y Draco no se movieron, y Harry se acercó lentamente, sólo por el cariño que le tenía a Hagrid. Pero no sintió ningún placer cuando su amigo prácticamente lo obligó a acariciarla. Era peluda, pero no suave. Estaba fría, y sus pelos eran tiesos y pinchudos. Harry sintió una repulsión que le salía desde el fondo del estómago, y se alejó con piernas temblorosas cuando Hagrid por fin se dio por satisfecho.
El jueves, durante el paseo, también ocurrió algo interesante. El día había amanecido hermoso, como había estado toda la semana, pero cuando paseaban por la linde del bosque oyeron un canto como de pájaro, pero era triste como un lamento. Snape hizo una mueca y Hagrid miró al cielo.
-Mejor volvamos, va a llover –dijo.
Draco miró el cielo azul, en el que sólo había algunas nubes blancas y miró de reojo al guardaparque. Pero Snape parecía estar de acuerdo con Hagrid.
-Esta cantando un augurey –explicó Hagrid, al ver la cara de pregunta de los más chicos-. Siempre lo hacen cuando va a llover.
-Ahh, sí… –dijo Draco-. Creo que he escuchado hablar de esos.
Harry lamentó una vez más el haberse criado con muggles. ¡Había tantas cosas que los demás sabían y él no!
Alcanzaron a llegar al castillo, pero cuando entraron en la mazmorra de Snape vieron por la pequeña ventana de la sala que afuera se había nublado completamente y que empezaban a caer goterones.
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El sábado por la noche, Draco ya no aguantó más y decidió que quería destilar lo que fuera que hubiera en el fermentador. Aunque según los apuntes que había tomado era posible que hubiera que esperar más tiempo, el chico estaba demasiado ansioso para seguir esperando. Resignado, Harry lo acompañó esa noche de vuelta a la sala multipropósito.
Cuando Draco abrió el frasco, Harry retrocedió. Es cierto que olía a alcohol, pero no era algo agradable.
-¿Estás seguro de esto? –Le preguntó Harry.
-Sí… -Respondió Draco, aunque había algo de duda en su voz-. Lo que pasa es que tenemos que destilar esto para obtener el alcohol.
Draco comenzó a instalar todo, consultando sus apuntes. Harry se sentó algo aburrido a mirarlo, pensando en su cama calientita que lo esperaba abajo, en la mazmorra.
Cuando Draco prendió un fósforo y lo lanzó lejos asustado, Harry recordó el mundial de quidditch y al señor Weasley intentando prender una fogata.
-Déjame a mí –le dijo a Draco acercándose y tomando la caja de fósforos.
Draco observó muy interesado como lo hacía, pero cuando el fuego estuvo listo hizo un lado a Harry para seguir él. Harry volvió a sentarse lejos, sin ofenderse. De todos modos él sólo estaba ahí por la gran amistad que los unía.
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Mucho más tarde, hasta Draco se estaba cuestionando el interés del experimento. Era demasiado lento para su gusto. Era innegable que estaban obteniendo alcohol (se había acercado a oler, e incluso había metido un dedo y se lo había chupado, haciendo una mueca de dolor cuando se quemó la lengua), pero se preguntaba si valía la pena tanta molestia y espera para ver caer una miserable gotita de vez en cuando.
Cuando ya no podían más de sueño y a ambos se les cerraban los ojos comenzó a salir un olor desagradable. El nivel del "jugo" había bajado considerablemente, y lo que había adentro se veía asqueroso. Sin preguntarle a Draco, que parecía no saber qué hacer, Harry apagó el fuego.
-Creo que ya va a amanecer de todos modos –explicó-. Mejor volvamos que no quiero tener que explicar donde estábamos.
Draco estuvo de acuerdo, y tapó el frasquito en el que había quedado el fruto de tanto trabajo. Se lo hubiera guardado en el bolsillo, pero su pijama no tenía.
Alcanzaron a volver a la mazmorra a tiempo, y Draco guardó el frasquito dentro de un calcetín, al fondo de su mochila. Se metieron en sus camas, pero no alcanzaron a dormir casi nada. Snape llegó tempranito a buscarlos para desayunar.
Ambos se levantaron y se estiraron fingiendo, y Snape se fue sin notar nada raro. ¡Por Suerte!
