Que no se me queje nadie que no he sido demasiado mala; solo he tardado tres días en actualizar y... vale, va... veamos a ver si Hannibal se encuentra ahí apachurrado entre el amasijo de hierros del avión o anda por ahí zascandileando, ¿uhm? (sí, soy mala, lo sé... )
ENJOY!
—¿En que avión venía su marido? —Clarice alzó los hombros con cierta desesperación—. Señora...
—Fell.
—Señora Fell, lamento decirla esto; pero esta mañana ha habido un terrible accidente en una de la rutas entre París y Barcelona —Clarice abrió la boca y sintió que las piernas comenzaban a fallarla—. Dos aviones chocaron en pleno vuelo.
La mirada de Clarice se perdió en el cuadro que decoraba la pared de la recepción del hotel. Sus manos permanecían sobre el mostrador; sus dedos se fueron encogiendo lentamente mientras ella trataba por todos los medios de mantener una respiración adecuada.
—Señora Fell, ¿puede decirme el número del vuelo de su marido? —Clarice negó cerrando los ojos.
—No lo sé. No sé el número de su vuelo; solo sé que su vuelo salía de París a las ocho de la mañana —la mujer miró al muchacho y este agachó la cabeza—. ¿Qué ocurre?
—Uno de los aviones siniestrados era el de las ocho, señora Fell —Clarice se llevó las manos a la boca y sacudió la cabeza. La mujer salió del mostrador y se acercó a la chica—. Venga a sentarse, tiene que tranquilizarse. Marc, ¿quieres hacer el favor de avisar a alguien del aeropuerto?
Clarice pensó si aquello no sería el castigo por escapar de la justicia de aquella manera. Se sentía abrumada por todo el cúmulo de acontecimientos y, sin poder remediar, rompió a llorar. Cinco minutos después, tres hombre perfectamente trajeados entraron en el hall del hotel y se encaminaron hacia Clarice. Esta se puso en pie y esperó su llegada.
—Buenos días —saludó el primero. Clarice se limpió rápidamente las lágrimas—. Soy Xavier Alarcó, uno de los responsables del aeropuerto. Este es mi compañero Enric Alted, y la encargada de investigación de accidentes Laura Torres.
—Buenos días —respondió Clarice cruzándose de brazos.
—¿Quiere hacer el favor de acompañarnos? —preguntó uno de los hombres cuando ya la habían hecho comenzar a andar.
Fue conducida a través del aeropuerto a una zona de oficinas; escoltada entre los dos hombres y la mujer caminaba detrás de ella, cerrando la comitiva. Llegaba el fin de semana y eso se dejaba notar en el intenso movimiento del aeropuerto.
—¿Su marido viajaba en el vuelo 1121 procedente de París?
—No recuerdo el número, ¿de acuerdo? Solo sé que salía a las ocho en punto.
—¿Puede decirme el nombre de su marido? —Clarice suspiró.
—Marco Fell —la mujer se sentó al ordenador y comenzó a buscar en las largas listas de pasajeros. Tras unos minutos en silencio, sacudió la cabeza.
—No encuentro a ningún Marco Fell entre los pasajeros —dijo frunciendo el ceño—. ¿Está segura de que ese era su vuelo?
—Me llamó para decirme que el avión salía a las ocho de la mañana. Ambos veníamos de Washington, pero el tenía que pasar por París antes y quedamos en encontrarnos aquí —dijo llevándose los dedos al puente de la nariz.
—Habrá que esperar un poco, Laura, sabes que hay veces que las listas se traspapelan. Hasta que Orly no nos mande la definitiva no haremos nada.
—¿Alguien me quiere explicar qué es lo que ha pasado? —preguntó Clarice con voz cansada. El hombre que se había dirigido a ella en primer lugar se sentó sobre la mesa, justo frente a Clarice, con las manos cruzadas sobre su regazo.
—Están en plena investigación, pero al parecer, hubo un fallo en la torre de control de Orly y dieron vía libre al vuelo 1121 sin tener en cuenta que otro procedente de Palermo estaba entrando en el espacio aéreo del avión. Chocaron a diez kilómetros de Orly, pasado Draveil, uno de los distritos del sur de País.
—¿Hay alguien que haya...? —el hombre negó con la cabeza en silencio.
—Lo lamento —dijo—, ambos aviones cayeron sobre un bosque cercano, completamente envueltos en llamas,
—Dijo usted que su marido venía de un vuelo procedente de Washington, ¿cierto? —Clarice asintió.
—Así es —respondió limpiándose las lágrimas de las mejillas.
—Voy a pedir a Orly que me manden las listas de pasajeros de ese vuelo.
—¿Crees que puede haber relación? —preguntó uno de los hombres.
—Este hombre tenía que estar en ese vuelo y por alguna razón, no estaba.
—¿Podría... —Clarice se puso en pie tambaleándose—, salir fuera a tomar un poco el aire?
—Desde luego. Permítame que la acompañe, por favor.
Había perdido a Ardelia hacía menos de quince días y, ¿ahora también a Hannibal? ¿Podía el destino estar diciéndola algo o simplemente era una de esas casualidad que se dan en la vida? Clarice no creía en las casualidades; la habían educado bajo la creencia de que las cosas no ocurren porque sí, que siempre hay una razón para todo. Pero no había razón alguna para aquello; era absurdo. Él la había dicho que a encontraría allí y Lecter siempre cumplía sus palabras. Se enfureció con ese él; Hannibal había faltado a su palabra. Tras varios minutos, Clarice se calmó y más racionalmente pensó en la tontería que había hecho al enfadarse él. Ninguna persona, por mucho que nunca falta a su palabra, puede escapar de la muerte.
Recordó la última vez que le había mirado en el aeropuerto Ronald Reagan y sintió una enorme impotencia al pensar que, por no atreverse, había perdido la oportunidad de su vida de abrazarle. Había subido a un avión varias horas atrás con el deseo de estar entre sus brazos y su cobardía la habían echado para atrás en el último momento. Sintió como la tristeza golpeaba con fuerza su corazón y subía por la garganta con el amargo sabor de ese sentimiento.
—¡Espere un momento! —gritó la mujer con la mirada fija en la pantalla del ordenador.
—¿Qué ocurre? —preguntó uno de sus compañeros acercándose a ella.
—Creo que sé por qué el nombre de su marido no aparece en la lista de pasajeros —dijo apoyando el dedo índice en la pantalla del ordenador.
—El vuelo 2036 procedente de Washington tuvo un retraso de una hora y media; hay un Marco Fell en la lista de pasajeros —leyó su compañero.
—¿Y dónde está él? —Clarice permanecía apoyada en el marco de la puerta, sin atrever a entrar en el despacho.
—Perdió el vuelo, señora Fell —respondió la mujer sonriendo a Clarice—. No iba en el avión siniestrado.
—¿Cuál ha sido el siguiente vuelo? ¿Han cancelado todos? —la mujer volvió al ordenador y buscó.
—Se reanudó el tráfico aéreo a las once de la mañana, con lo que, es posible que su marido se encuentre ahora mismo llegando aquí —Clarice cerró los ojos y respiró. Soltó una carcajada cuando pensó en que la suerte siempre acompañaba a Lecter fuera donde fuera. Se había librado de la muerte en dos ocasiones, que ella supiera. Definitivamente aquel hombre tenía algo excepcional.
—Puede bajar, si lo desea, a llegadas internacionales; no creo que el avión tarde más de quince minutos en aterrizar. Está en la terminal 2.
—Gracias —suspiró Clarice juntando las manos—. Muchísimas gracias.
Clarice caminó por el laberinto de pasillos de la zona de los despachos; a cada paso que daba iba más deprisa. Cuando salió al pasillo central del aeropuerto, buscó el cartel que indicara en qué dirección se encontraba la terminal 2. Tras varios agónicos minutos de infructuosa búsqueda, decidió preguntar a uno de los chicos de información. Había ido en dirección contraría todo el tiempo; cuando se despidió del muchacho, echó a correr en la dirección por la que había venido. Cuando por fin vio el letrero de la terminal, redujo el paso y recuperó el aliento. No podía quitarse la sonrisa de la cara.
El panel de información anunciaba la llegada del vuelo para la una y cuarenta; se giró y fue al enorme ventanal desde el que se veían las pistas. En cuanto vio el punto de brillante acercándose al suelo y haciéndose cada vez más grande, no dudó un momento y se encaminó a la zona de salida. No tenía manera de saber si aquel era el avión de Lecter o no; simplemente lo sabía.
Las puertas se abrieron por fin y los pasajeros comenzaron a salir. Clarice respiró hondo sin perder de vista la puerta y sintió como su corazón se aceleraba conforme más y más pasajeros salían. Pronto aquel lugar se llenó de gente y la empezó a resultar más difícil mantener vigilado el acceso. Se dirigió a su derecha y Lecter apareció en su campo de visión. Sintió una grandes ganas de salir corriendo hacia él; pero mantuvo la calma y esperó que estuviera más cerca de ella.
Clarice vio que estaba cansado. Sobre la camisa llevaba una fina cazadora de color azul marino abrochada hasta la altura del pecho. Tiraba con desgana de la maleta y Clarice sonrió al verle de esa manera tan natural.
Hannibal alzó la vista cuando notó que alguien le vigilaba; al ver a la chica paró y soltó la maleta. Clarice caminó un par de metros hacia él y se detuvo; el corazón iba a escaparse de su pecho. Retomó el paso y sin poder aguantar, se lanzó hacia él. Hannibal sorprendido solo tuvo tiempo de abrir los brazos para recibirla. Ella se abrazó a su cuello y rompió a llorar.
—Clarice... —susurró él envolviendo el cuerpo de la joven con los brazos.
—No me vuelvas a hacer esto —consiguió decir con la voz rota.—, ¿me has oído?
—Clarice... —se separó de él y bajó las manos a las solapas de la cazadora. Agarrándolas fuertemente, y sin que el doctor pudiera reaccionar, le atrajo hacia ella y le besó con furia. Hannibal cerró los ojos y se dejó llevar por aquella inesperada acción.
Cuando Clarice se dio cuenta de lo que estaba haciendo, abrió los ojos sorprendida y se retiró lentamente. Hannibal siguió la calidez de los labios de la chica lanzando un gruñido de frustración. Clarice agachó la mirada y el doctor recuperó su posición inicial.
—Lo siento, doctor Lecter —se disculpó la chica sin atreverse a mirarle a la cara—. Estaba muy nerviosa y...
—No es preciso disculparse, Clarice —respondió él sin dar aparente importancia a lo ocurrido—; comprendo que haya sido angustioso para ti.
—Me dijeron que... —Clarice se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y abrazándose a si misma desvió la mirada hacia la salida—. Yo no sabía el número de vuelo...
—Clarice —dijo cogiendo su barbilla entre sus dedos índice y pulgar para obligarla a mirarle —, está bien. No tienes por qué preocuparte por nada —la chica aguantó la respiración y le miró directamente a los ojos. Estaba demasiado cerca de él y sabía que notaba como su cuerpo vibraba por el contacto. Él siempre lo sabía.
—Pensé que le había perdido también, doctor Lecter —Hannibal decidió que había llegado el momento para devolverla el beso. Sin dejar de mirarla, trasladó sus manos de la barbilla a su pelo; dejando que sus dedos se enredaran entre los cobrizos mechones—. Doctor Lecter... —murmuró Clarice con los ojos entrecerrados a causa de la delicadeza de las caricias.
Hannibal usó su brazo libre para rodear la cintura de la chica con suavidad y disfrutando de aquellos momentos previos, del nerviosismo de Clarice y del alivio de encontrarse a salvo, la fue acercando a su cuerpo despacio, encerrándola en un abrazo firme. Notaba el temblor de su cuerpo cada vez más cerca del suyo, la presión arterial de la chica disparándose a cada centímetro que el recortaba distancias. No quería asustarla; quería demostrarla que detrás de la máscara de monstruo que le habían otorgado sus acciones había un hombre normal; con sus inseguridades, sus miedos y sus gustos. Clarice fijó su mirada en los labios del doctor sin percatarse que ella se estaba mordiendo los suyos con impaciencia. Notaba el cálido aliento mezclándose ya con el suyo. Apenas quedaba distancia entre ellos cuando los estridentes gritos de un par de niños que pasaban correteando a su lado les hizo separarse de nuevo. El doctor les lanzó una mirada fulminante y Clarice rió con nerviosismo
—Por cierto, aun no le he dado las gracias por salvarme —dijo ella volviendo a la normalidad.
—Un placer, Clarice —respondió Hannibal estirando la espalda y agarrando de nuevo la maleta.
—¿Cómo se encuentra? —preguntó la chica comenzando a andar delante de él. Hannibal alcanzó a Clarice con dos pasos y rodeó sus hombros con el brazo izquierdo; quería hacerla saber que aun tenían algo pendiente.
—Cansado.
—¿Sólo? —cuestionó Clarice mirándole sorprendida. El doctor Lecter caminaba mirando al frente—. Se podría decir que ha sobrevivido a una catástrofe y, ¿sólo se encuentra cansado?
—Prefiero no pensar en lo que pudo ser, Clarice. Prefiero solo sentirme cansado —dijo suavemente.
Hicieron el recorrido hasta el hotel en silencio; disfrutando de la presencia del otro y alegrándose de poder estar haciendo algo tan simple como andar juntos. Cuando llegaron a la habitación el cartel del tirador de la puerta estaba por el lado verde; a pesar de no haber podido dar aviso, habían entrado a arreglar la habitación y eso reconfortó a Clarice.
—Bueno —dijo abriendo la puerta y dejando el paso libre al doctor—, no es el Four Season, pero se duerme bien —Hannibal la indicó con una sonrisa que entrara antes que él.
—No pretendo que permanezcamos aquí demasiado tiempo —respondió Hannibal mirando a su alrededor. La habitación era bastante sencilla; cama de matrimonio grande, dos sillones pequeños a cada lado del balcón, dos mesillas custodiando la cama y un mueble con televisión frente a esta. El acceso al baño estaba a la derecha del mueble y estaba equipado con lo esencial. En el corto pasillo de entrada había un armario empotrado que llegaba al techo.
—Debería descansar —respondió ella parándose en mitad de la habitación.
—Tú también —Hannibal inició de nuevo una maniobra de aproximación entre ambos—; pareces cansada.
—No, solo es que...
—¿Sí? —se metió las manos en los bolsillos y observó a una Clarice cada vez más nerviosa.
—Me gustaría no volver a ver un avión en una larga temporada —confesó sentándose sobre la cama—. Tampoco tengo muchas ganas de ver, leer o escuchar noticias en mucho, mucho tiempo.
—Tranquila —respondió Hannibal sentándose a su lado—, nuestro próximo viaje lo realizaremos en un barco. Será una manera tranquila y segura de llegar a la isla.
—¡Perfecto! —Clarice se puso en pie nerviosa al notar la proximidad de Hannibal; este dejó escapar un suspiro y sonrió—. Lo último que querría en este momento es meterme en otro avión.
—Clarice... —ronroneó Hannibal mientras apoyaba firmemente los brazos en el colchón
—Doctor... —él la miró con suspicacia alzando una ceja—. ¿Qué ocurre?
—¿Aun soy doctor para ti, Clarice? —preguntó divertido.
—Creía que era lo más adecuado para mi edad y condición —recordó Clarice con un brillo de maldad en la mirada.
—Chica lista —murmuró él mirándola de arriba abajo.
—Será mejor que descanse —cuando Clarice trató de acercarse al balcón, Lecter se estiró para cogerla de la mano. Se detuvo y él se puso en pie tras ella poniendo ambas manos en sus caderas.
—Clariiice... —ella no se movió, pero Hannibal notó como temblaba bajo sus manos—. No hay motivo ya para que uses ese título conmigo —la susurró justo detrás del oído. La respiración de ella se hizo más pesada cuando notó el pecho del doctor pegado a su espalda—, tengo un nombre y estaría encantando de que hiciera uso de él.
—¿Víctor o Marco? —preguntó ella con tono inocente. Él se echó a reír y aprovechó ese instante de relax para terminar de abrazarse a su cintura.
—Vamos a dejar ese para cuándo estemos de cara al público, ¿uhm? —Clarice se retorció entre sus brazos hasta quedar cara a cara con él—. No es que me agrade especialmente.
—Lo elegiste tú mismo... Hannibal —al escuchar su propio nombre en labios de Clarice, Lecter sintió algo que creía ya olvidado; aunque esta sensación era más intensa que la vivida cuando era tan solo un niño. La mano de Clarice estaba posada ligeramente sobre su corazón y él la miró atónito—. ¿Qué ocurre? —preguntó ella extrañada retirando la mano. Hannibal cerró los ojos, con expresión dolorida, cuando notó la ausencia de Clarice en su cuerpo y la buscó, a tientas, para volverla a colocar sobre su pecho.
—Has hecho que reviva —susurró presionando la mano de Clarice sobre él—. Lo has hecho renacer.
—Hannibal...
—No había sentido nada igual en muchas décadas, Clarice —la chica acarició el rostro del doctor; de pronto parecía tan vulnerable que la asustó. Hannibal abrió los ojos y Clarice se echó hacia atrás impresionada; sus ojos brillaban con un tono rojo intenso a causa de la luz que se proyectaba sobre ellos. Nunca en toda su vida había visto nada igual.
—Debes descansar —susurró ella sin dejar de mirarle.
—Descansa conmigo —respondió él en tono suplicante—; por favor —tiró suavemente de su mano y la guió hacia la cama. Clarice no se resistió y se acomodó entre sus brazos cuando él se lo ofreció.
Ella escondió la cara en su cuello y restregó la nariz pesadamente sobre la piel de él. Aquella caricia derribó todas las defensas del doctor; había imaginado aquel momento en muchas ocasiones, pero nunca había creído que lo viviría. Sonriente, rodó la cabeza sobre la almohada para dejar la cara de Clarice al descubierto e mirándola, poco a poco se fue quedando dormido.
Pasteloso no... lo siguiente; pero bueno, supongo que no todo van a ser tripas, sangres y hombres maduros y potencialmente atractivos comiendo hígados y sesos, ¿no? xD
Gracias a los que seguís ahí, al pie del cañón... ¡que no os he matado a Lecter! jejeje
El siguiente capítulo... en breve.
Ta ta.
