Puesto que pasaré unos días alejada de lo que viene siendo el "mundo tecnológico", os dejo el capítulo 13 (uno de los largos y con mucho diálogo) para que no se haga tan largo el tiempo entre actualización y actualización.
Aprovecho para decir que yo también quiero que Lecter me empotre salvajemente contra un frigorífico, de la misma manera que hace con Clarice... Sé que no viene a cuento; pero quería compartirlo con vosotros... xD
Enjoy!
Clarice se despertó poco antes del atardecer. Por la ventana de la habitación del hotel se colaba la mortecina luz de últimos rayos del sol y una suave brisa con intenso aroma a mar; se estiró lentamente y metiendo ambas manos bajo al almohada, hundió la cabeza para ahogar un bostezo. Restregó perezosamente su cara contra la tela y se incorporó apoyando su peso sobre los codos. Miró al doctor Lecter y sonrió.
Hannibal aun dormía profundamente boca arriba junto a ella; su cabeza estaba vuelta hacia la chica y esta pudo deleitarse unos minutos observando la calma de su rostro. Su pecho subía y bajaba suavemente con cada respiración; la mano izquierda reposaba sobre su abdomen. La cicatriz entre los dedos corazón y anular llamó la atención de Clarice y deslizando su propia mano por el colchón, llegó hasta la del doctor. Acarició levemente el blanquecino rastro de la herida. Fue un toque sutil y breve; pero suficiente para que Hannibal despertara. Clarice no se dio cuenta de que ahora era el doctor quien la observaba a ella furtivamente. El torso de Hannibal estaba desnudo; ante el calor de la tarde, el doctor pidió permiso a Clarice para deshacerse de la prenda con la intención de dormir más cómodamente; ahora ella estaba disfrutando con la propuesta. Tras dedicar unos segundos a la cicatriz de la mano, Clarice empezó una pequeña exploración a través del resto de las cicatrices de su cuerpo. Pasó los dedos con cuidado sobre las heridas que las balas de Will Graham habían hecho a Hannibal; una en el lado derecho de su pecho y la otra en el abdomen. En el lado opuesto a la última, en la cadera, se encontraba la tercera herida que Lecter había sufrido la noche de su detención; Will Graham le había clavado una flecha de las que decoraban el estudio de Hannibal. Por su situación, la cicatriz estaba parcialmente cubierta por el pantalón del pijama y Clarice retiró con cuidado la goma de la prenda para poder ver mejor la herida. Aquel roce tan cercano provocó que el doctor se moviera involuntariamente y Clarice se sobresaltó cuando alzó la cabeza y se encontró con los ojos de Hannibal mirándola fijamente.
—Hannibal... —susurró con el rostro completamente rojo.
—Te aseguro que están completamente curadas —el doctor se había tranquilizado y volvía a tener una postura relajada. Clarice por el contrario estaba cada vez más ruborizada.
—Estaba mirando las cicatrices —respondió girando sobre si misma y sentándose en la cama—. ¿Te duelen? —Hannibal la observaba en silencio, con una provocativa sonrisa pintada en la cara y un extraño brillo en los ojos.
—Esta fue la peor —recordó mientras guiaba la mano de Clarice de nuevo hacia la última herida—. Al romper la flecha, la madera de astilló y varios fragmentos quedaron incrustados en la carne. Dolió bastante.
—¿Y la del cuello? —Hannibal respiró hondo y deslizó los dedos de su mano izquierda sobre la ancha cicatriz de su cuello.
—Fue hace mucho —susurró recordando la cadena que le mantuvo preso cuando tan solo era un niño—; para algunos, una eternidad.
—¿Qué ocurrió? —Clarice sabía que aquella herida no era como las otras, que no se correspondía con su detención o golpes sufridos durante los años que pasó preso en el hospital.
Hannibal se sentó con la espalda pegada al cabecero de la cama y Clarice se situó frente a él, con las piernas cruzadas y las manos reposando sobre sus rodillas.
—Fue durante la guerra —comenzó Hannibal—; mi familia y yo estábamos refugiados en una de las cabañas que teníamos en el bosque y tras morir mis padres, mi hermana y yo fuimos secuestrados por una banda de desertores lituanos. Nos encadenaron y el frío del invierno hizo que el metal se pegara mejor a la piel.
—Hannibal... —Clarice le miró confusa—, esa parte de tu biografía no consta en ningún archivo ni expediente —él sonrió con amargura mientras acariciaba el brazo de Clarice con suavidad.
—Para el mundo comencé a existir cuando cumplí dieciocho años y emigré a Estados Unidos; todo lo que pasó antes lo mantuve oculto. Eran cosas demasiado personales como para que terminaran siendo filtradas a la prensa y se hiciera un circo con mi infancia.
—¿Con qué años perdiste a tus padres?
—Seis —respondió en un tono apenas audible—. Mischa tenía tres.
—¿Dónde está ella? ¿Dónde está tu hermana ahora, Hannibal? —el doctor miró a Clarice con inmensa tristeza. Se mantuvo callado durante unos minutos; acariciando la piel de la chica y siguiendo su mano con la mirada. Ella comprendió que había llegado a un punto importante para Hannibal. Deslizó una de sus manos hacia el muslo del doctor y lo acarició con suavidad.
—Murió unos días después de que nos hubieran capturado —dijo pegando la cabeza en la pared—. Ellos la mataron para... —Clarice se sobrecogió al ver lágrimas en el rostro del doctor. ¿Hannibal Lecter llorando? Se preguntó cuántas personas habrían llegado a aquel nivel de intimidad con el doctor Lecter.
—Hannibal... —el susurro fue apenas audible; su mano había dejado de moverse sobre el muslo del doctor y ahora agarraba el pantalón de su pijama con fuerza
—La mataron para comérsela —Clarice cerró los ojos sintiendo cómo la angustia se aferraba a su garganta; no sabía cómo ni por qué, pero estaba sintiendo el dolor de Hannibal en lo más profundo de su corazón. Sintió como el instinto de protección afloraba y soltando la tela del pijama, se hizo con la mano del doctor y besó sus nudillos—. Hicieron que yo...
—Shh —Clarice no necesitaba escuchar nada más; sabía cuales eran las siguientes palabras que el doctor pronunciaría y, ni quería escucharlas ni quería que él las dijera—. Lamento haberte hecho recordar aquello, Hannibal —él negó.
—Lo llevo siempre conmigo, Clarice. La muerte de Mischa es algo de lo que jamás podré desprenderme.
—¿Cómo era Mischa? —aunque su especialidad era la psicología criminológica y la común no la había puesto en práctica nunca; Clarice sabía que era capaz de guiar los recuerdos de Hannibal por otro camino. Separarle de los dolorosos por medio de otros más agradables. Dudó un instante, pues estaba de sobra convencida de que él se daría cuenta de su estrategia y no sabía muy bien cómo podría reaccionar.
—¿Estás tratando de manipular mi mente? —preguntó clavando su mirada en los ojos de ella. Su boca quedó ligeramente abierta, mostrando sus blancos y perfectos dientes apretados con fuerza.
—No... yo... —por un momento Clarice sintió pánico; los ojos de Hannibal brillaban de la misma manera que la vez en la que le intentó hacer el cuestionario. Recordó la anécdota que Hannibal le había contado en aquella ocasión; cómo había ingerido el hígado de un hombre que trató de hacerle una encuesta para el censo.
—Era una broma —respondió relajando la expresión de su rostros e inclinándose hacia ella El pecho de Clarice comenzó a subir y bajar con violencia Hannibal notó cómo su pulso se había acelerado en cuestión de segundos; tenía el ritmo cardíaco por las nubes—. Clarice, lo siento —agarró los brazos de la chica con fuerza—. No pretendía asustarte; pensé que... —Clarice trató de sonreír—. Ha sido una idea estúpida. Te pido que me disculpes, por favor.
—Sólo quería saber como era Mischa —susurró agachando la cabeza. Para su sorpresa, Hannibal se puso en pie y caminó hacia el armario. Tras un par de minutos oculto tras la puerta, regresó a la cama con la única fotografía de su hermana que había conseguido salvar de la cabaña. Se sentó de nuevo junto a Clarice y se la dio.
La imagen mostraba a dos niños sentados sobre la verde hierba de una pequeña ladera. Tras ello, la pared de una gran edificación los proporcionaba sombra. La niña sonreía mostrando una tres diminutos dientes blancos en la encía inferior. Su pelo, corto y liso, tenía un tono tan claro que parecía blanco y sus ojos, azules y brillantes, resaltaban sobre su piel nívea. Clarice calculó que la niña no tendría mucho más de un año. Estaba sentada en el regazo de un niño. Tenían el mismo gesto y los rasgos idénticos; la diferencia estaba en que el crío tenía el pelo oscuro y los ojos granates. Clarice alzó sorprendida las cejas cuando le miró bien.
—¡Pero si es el terrible Hannibal Lecter! —exclamó Clarice riendo. Volvió su mirada a la fotografía y sonrió tiernamente—. Tu hermana era una niña verdaderamente preciosa, Hannibal; y tú un niño guapísimo.
—Gracias —susurró él agarrando una esquina de la imagen para girarla—. Mi padre nos tomó esta fotografía. Creo recordar que nos estábamos preparando para pasar el verano en Milán.
—Debíais tener una casa grande —observó Clarice señalando la pared. Hannibal sonrió ampliamente.
—Era un castillo, Clarice —la chica le lanzó una mirada de incredulidad —. No te miento; era un castillo. Pertenecía a la familia de mi padre, fue construido por mi pentabuelo.
—¿Un castillo? —Hannibal asintió en silencio.
—Mi antepasado lo mandó construir tras adquirir el título de Conde gracias a su contribución en la batalla de Zalgiris. Por lo que mi padre me contó, debía tratarse de un hombre con bastante arroja en la lucha. Tras su muerte, la fortificación y el título fueron pasando a sus descendientes.
—Hasta llegar a ti...
—Los alemanes nos arrebataron el castillo y tras morir mi padre, el título pasó a mi tío; pero como este murió sin dejar ningún heredero, regresó a mi.
—Eres un conde —a Clarice la costaba demasiado asimilar toda aquella información; todo lo que sabía del doctor Hannibal Lecter era que había emigrado desde Lituania siendo muy joven y en los Estados Unidos se había convertido en uno de los mejores psiquiatras del momento.
—Desde los trece años; pero, como es obvio, esa información quedó escondida a las autoridades. Al igual que el hecho de que en los ochenta, y estando ya encarcelado, los alemanes decidieron que era hora de devolver el Castillo Lecter a sus legítimos dueños —Hannibal sonrió al recordar el día en que se enteró. Chilton había pasado horas y horas tratando de descifrar aquella extraña carta y tras sentirse derrotado, ordenó a Hannibal que tradujera lo que decía. Este, asegurando que se trataba de las palabras de un admirador compatriota suyo, consiguió que Chilton se convenciera de que no era más que otra carta sin importancia.
—¿Aun lo conservas?
—Cedido a una organización que cuida de huérfanos —Hannibal volvió a recostarse cómodamente—. Cuando fui rescatado por los rusos, viví unos años de nuevo en el castillo junto con otros chicos que habían perdido todo. Sé que quién viva ahora allí, lo necesita más que yo.
—Ese es un gesto muy noble por tu parte, Hannibal.
—Creo que no podría volver a Lituania —confesó el doctor desviando su mirada a la ventana. Al escuchar el nombre, Clarice recordó algo importante.
—¡Hannibal! —dijo agarrándose con fuerza al brazo del doctor—. Durante el interrogatorio que me hicieron, me mostraron las pruebas que había encontrado en mi apartamento. Había una especie de medalla, en forma de media luna, perteneciente a una especie de mercenario lituano.
—¿Mercenario? —Hannibal se sentó erguido y miró a Clarice. Una sensación que creía olvidada avanzó con rapidez por su cuerpo.
—El nombre era algo como Kotlas o Koldas —el doctor tragó saliva y cerró los ojos. Ahí estaba de nuevo; la rabia envenenando su sangre.
—¿Kolnas? ¿Petras Kolnas? —musitó con los dientes apretados.
—¡Sí! ¡Eso es! —Clarice se acercó a Hannibal y habló en voz baja, temiendo que las paredes pudieran escuchar sus palabras—. El FBI pensaba que tú me diste esa chapa. ¿Crees que fue él, Hannibal? ¿Crees que ese tal Kolnas mató a Ardelia?
—Lo dudo mucho, Clarice —respondió Hannibal usando el mismo tono—. Kolnas está muerto.
—¿Estás seguro?
—Completamente —respondió dibujando una macabra sonrisa en su rostro.
—¿Y por qué estaba esa chapa en mi casa? ¿Quién la colgó del cuello de Ardelia?
—La última vez que vi esa chapa, fue en el bolsillo de la hija pequeña de Kolnas, Natalya. La metí como mensaje para su padre.
Hannibal lo supo instantáneamente. Sabía que el peso de una venganza podía llevar a las personas a realizar las cosas más atroces y enrevesadas que se pudieran imaginar. Kolnas había asesinado a su hermana, él había asesinado a Kolnas y la secuencia lógica era que los hijos de Kolnas hicieran lo propio con él mismo. Pero, ¿por qué matar a Ardelia? ¿Qué necesidad cubrían asesinando a una agente del FBI? Le querían a él y estaba desaparecido; no había manera de encontrar al doctor Lecter, salvo...
Hannibal encaró las cejas y se puso en pie de un salto.
—Hannibal, ¿qué ocurre?
—Tenemos que irnos, Clarice —dijo precipitándose hacia el armario y sacándolo todo. Clarice se cruzó de brazos en mitad de la habitación y le observó en silencio—. No sé si aquí estamos seguros.
—¿Cómo que no sabes si aquí estamos seguros? —Clarice intentó acercarse a él; pero Hannibal iba a venía a toda velocidad.
—Vístete, tenemos que marcharnos.
—Pero, ¿a dónde? El barco no zarpa hasta mañana a mediodía —recordó.
—Tenemos que buscar otra manera... —Clarice por fin interceptó el paso de Hannibal y le obligó a pararse frente a ella.
—Qué coño está pasando —dijo agarrándole por los brazos. Hannibal tensó la espalda y abrió la boca sin emitir ningún sonido—. ¡Hannibal, dime qué pasa!
—Creo que Ardelia murió por un error —dijo después de un rato en silencio—. Quien la asesinó no la buscaba a ella.
—¿Cómo que no la buscaba a ella? —susurró Clarice perpleja. Un extraño frío la recorrió de la cabeza a los píes y sin darse cuenta, dio un paso hacia el doctor.
—Tengo razones para pensar que quién te ha metido en este lío, te ha querido usar para hacerme salir de mi escondite.
—¿Por que yo?
—Porque el Tattler se dedicó a difamar sobre nuestra relación durante el caso de Jame Gumb. Fueron un paso más allá y, sí mal no recuerdo, te adjudicaron un curioso mote.
—Sí, ya... —recordó Clarice alzando la mirada al techo.
—Tenemos que irnos —dijo Hannibal recuperando la atención de Clarice—. Cuanto antes.
Hannibal recordaba perfectamente como Vladis Grutas y sus hombres habían conseguido localizarle una vez; ellos habían desaparecido, muertos en la guerra o asesinados por sus propias manos; pero los hijos de Kolnas seguían con vida y estaba seguro de que dispondrían de la misma facilidad para rastrear. Más rápidos y eficaces que la propia policía. Bajo la identidad de Jean-Luc Kleber, Kolnas había conseguido amasar una pequeña fortuna; herencia que ahora disfrutarían sus hijos y que les daría una amplia variedad de posibilidades para localizar, perseguir y atrapar.
De pronto se sentía acechado; su cuerpo estaba en estado de alerta y sus sentidos se habían agudizado. Ahora él no era el cazador; era la presa y sabía que debía esconderse hasta que tuviera listo un contraataque.
Era tarde y les costó encontrar alguien dispuesto a alquilar un barco. Tras una breve negociación y una gran cantidad de dinero, Hannibal consiguió alquilar un pequeño barco de recreo, lo suficientemente cómodo para el viaje. Estudió la ruta y en menos de diez minutos sabía perfectamente cómo y por dónde tenía que ir; carecía de licencia para navegar; pero el precio que había pagado por la embarcación era más que suficiente para tener callado al dueño.
Estaba ya bien entrada la noche cuando llegaron al puerto con todo lo necesario para el viaje; Clarice nunca había realizado un viaje de ese tipo y se encontraba extrañamente nerviosa. Procuró no separarse ni un centímetro del doctor. No se habían subido al barco y ya se sentía mareada.
—¿Durará mucho el viaje? —preguntó mirando la embarcación desde la plataforma. Era un barco de no más de tres metros de eslora, equipado con una cabina de mando con espacio suficiente para cuatro personas y un pequeño camarote en la parte inferior dotado con dos pares de literas y un baño de pequeñas dimensiones. Sobre la cabina había un espacio destinado a la pesca; un lugar desde dónde se podía disfrutar del horizonte del mar en total tranquilidad.
—Amb vent favorable, unes sis hores —respondió el dueño del barco en catalán. Clarice le observó con atención, con los ojos entrecerrados, esperando una nueva respuesta. El hombre, al darse cuenta de que había usado su propia lengua, rio y lo repitió en un más que aceptable inglés—. Si el viento es favorable, serán unas seis horas de viaje.
—Pero no tendremos esa suerte —contestó Hannibal echando el equipaje sobre el suelo de la embarcación—. La mar está algo picada; por algo esta zona se llama Costa Brava.
—Es posible que se encuentren con alguna pequeña tormenta.
—¿Tormenta? ¿En alta mar? —Clarice se cruzó de brazos ofuscada—. Perfecto —Hannibal sonrió y se acercó a ella.
—No no encontraremos con ningún tifón ni nada por el estilo, Clarice —susurró acariciando sus brazos para tranquilizarla—. Unos rayos, unos truenos, unas pocas olas altas y estaremos en Mallorca antes de que te des cuenta. Será divertido.
—¿Qué animales hay por aquí? —preguntó mirando con desconfianza el agua antes de embarcar. Hannibal la tomó de la mano y la ayudó a subir a bordo.
—Mmm, barracudas, bonitos, peces espada... —Clarice ladeó la cabeza de la misma manera que hacía él.
—No hablo de animales que me yo pueda comer, doctor Lecter —susurró a escasos centímetros de su cara—; me refiero a animales que me puedan comer a mi —Hannibal se echó a reír y tras despedirse del dueño del barco se adentró en la cabina. Clarice le siguió a la espera de un respuesta—. ¿Hannibal?
—Clarice, aquí no hay ningún animal que pueda comerte —la chica se cruzó de brazos haciendo ver que aquella no era la respuesta que esperaba. Hannibal se apoyó ligeramente sobre el cuadro de mandos y sonrió malévolamente—. El depredador más peligroso que te encontrarás durante esta travesía va a estar a tu lado en todo momento.
—Muy gracioso —respondió ella saliendo de la cabina. Hannibal soltó una carcajada y salió en su busca.
—Clariiice —ronroneó apoyando ambas manos en la parte superior de la entrada a cabina.
—No me gusta demasiado el mar, Hannibal. Soy una mujer de tierra firme —él se aclaró la voz y buscó un tono reconfortante.
—Hay tiburones, si eso es lo que te preocupa; tiburones blancos, azules... pero muy pocos ejemplares y el porcentaje de posibilidades de que nos ataque esta noche uno debe de rondar el... cero coma uno por ciento.
—Riesgo hay —Hannibal se echó a reír y regresó a los mandos para poner el barco en marcha.
—Desde luego que hay riesgo. Más o menos el mismo que tenemos a sufrir el asalto de un barco pirata —bromeó. Clarice se relajó un poco y se sentó junto a él—. ¿No quieres descansar? —preguntó posando su mano izquierda sobre el hombro de Clarice sin dejar de mirar al frente.
—Creo que en breve necesitaré algo de aire fresco —Hannibal la miró durante un breve segundo.
—No te estarás mareando ya. Acabamos de zarpar.
—A mi ritmo, ¿de acuerdo? —dijo ella levantando ambas manos.
—Ven, me ayudarás a dirigir el barco; así estarás distraída y no habrá mareos inoportunos.
La sensación de libertad de Clarice se incrementaba conforme el barco se adentraba en alta mar. Encontrarse en medio de la nada, junto con el doctor Hannibal Lecter y escapando de los que habían sido sus compañeros hasta hacía unos días, era la situación más absurda en la que Clarice jamás imaginó estar. Tenía unas terribles ganas de salir a proa y gritar con todas sus fuerzas. Se había olvidado el motivo por el cual habían decidido dejar Barcelona varias horas antes de lo previsto y estaba disfrutando de aquella noche. Las estrellas brillaban con fuerza sobre su cabeza y la ausencia de luna potenciaba su presencia. Podía ver como las nubes ganaban lentamente terreno a los astros. Cuando el doctor decidió que era un buen momento para hacer un descanso y paró el motor, Clarice pudo disfrutar del silencio roto por el murmullo del agua. Solos, rodeados de oscuridad, ambos se sentían por primera vez en mucho tiempo ajenos al mundo.
Estaba apoyada en la barandilla de popa cuando sintió su presencia a sus espaldas. Sonrió abiertamente, reconfortada al saberse protegida por la oscuridad de la noche y se aferró, nerviosa, a la barra metálica. Hannibal se detuvo a escasos centímetros de su espalda y se abrazó a su cintura poniendo la barbilla sobre el hombro de la chica. Clarice agradeció el contacto, la suave brisa se estaba convirtiendo en un viento más frío.
—Nos pondremos en marcha antes de que se acerque la tormenta —susurró acercando su boca al lóbulo de la chica. Clarice se estremeció en sus brazos.
—¿Crees que está cerca? —preguntó ella girando un poco la cabeza hacia él.
—No sabría decirte. Las nubes son cada vez más numerosas y se está levantado un viento fuerte. No nos conviene quedarnos aquí parados más de cinco minutos.
—Cinco minutos a oscuras con el doctor Lecter —murmuró Clarice tratando de ignorar los suaves mordiscos que Hannibal estaba dando en su cuello—. Qué tentador...
—Niños gritando, necesidad de descansar, tormentas... Dime, Clarice, ¿cuándo crees que el universo dejará de conspirar en nuestra contra y nos concederá un rato para nosotros? —Clarice se echó a reír y girándose entre el cuerpo de Hannibal y la barandilla, le empujó levemente hacia el interior del barco—. Quizás no sea el universo el que no quiere vernos disfrutar —respondió al no comprender el comportamiento de Clarice. Sabía que estaba cerca de él; pero no la veía. Cuando sintió las manos de la chica apoyadas en su pecho, sonrió aliviado.
—Creo que el universo nos dejará en paz cuando estemos en tierra firme —respondió antes de besarle. Hannibal aprovechó para aprisionarla contra la pared de la cabina y por primera vez se permitió un poco de lasciva agresividad. Su lengua buscaba con desesperación una pequeña guerra con la de Clarice y cuando ella aceptó el desafío, Hannibal vio el camino libre para su particular expedición. Redujo el espacio entre él y la pared y Clarice se vio obligada a abrazarse con fuerza al doctor. Este la levantó con suma facilidad y la chica rodeó con las piernas las caderas de Hannibal. El beso comenzaba a hacerse más salvaje e intenso y la ropa comenzaba a estorbar. Clarice apenas había puesto las manos sobre el pecho del doctor en busca de los botones de la camisa, cuando un rayo rasgó la oscuridad de la noche. Tras él, un potente trueno anunció la proximidad de la tormenta.
—Universo... —gruñó Hannibal dejando libre el cuerpo de Clarice.
—Piensa que quizás no nos odie —rió ella siguiéndole hasta los mandos de la embarcación—. Piensa que nos está reservando un lugar y un momento mejor.
—Este momento era perfecto —murmuró él en voz baja.
—Pero el lugar... —respondió Clarice mirando a su alrededor cuando él, por fin, encendió la luz de la cabina.
Gruesas gotas comenzaron a chocar contra el cristal del barco y este se zarandeó con fuerza. Los rayos y los truenos eran cada vez más fuertes y seguidos. Las olas chocaban contra el casco elevándose un par de metros por encima de ellos.
El radar estaba limpio y mostraba un camino recto y despejado de tráfico. Hannibal sujetó los mandos con fuerza y encendió el potente foco superior de la embarcación. Clarice se acercó al doctor y entrecerrando los ojos miró con atención al frente. Entre la lluvia y las olas creía haber visto algo extraño a la derecha de la proa. Los truenos y los fuertes golpes del agua contra el casco hacían casi imposible escuchar nada más fuera del barco. El radar seguía sin dar indicios de que nada entorpeciera la ruta; pero Clarice agudizó su visión todo lo que pudo. Estaba casi de rodillas sobre el tablero de control, con la cara prácticamente pegada al cristal. Ahora estaba convencida de que había visto algo.
—Hannibal... —dijo con voz temblorosa buscando el brazo del doctor—. ¡Hannibal, gira!
—Pero, ¿qué...? —Clarice se abalanzó sobre él y giró bruscamente al lado contrario de las agujas del reloj.
—¡Para el motor, Hannibal! —gritó mirando con horror al frente—. ¡Para el motor! ¡Hay un barco delante!
Hannibal sujetó el timón que giraba sin control. Cuando volvió a posicionarlo en la dirección correcta, detuvo el motor y se dejó caer sobre el mando.
La potente bocina del carguero retumbó por encima de la tormenta y Hannibal atrajo a Clarice hacia él. El foco iluminaba ahora el casco de color azul cielo del enorme barco. Los contenedores, firmemente amarrados, crujían unos contra otros a causa del bamboleo del carguero. Clarice sentía que el corazón quería escaparse por su boca. Cerró los ojos y buscó a tientas el asiento. Hannibal la miraba en silencio. Se arrodilló frente a ella.
—El radar no mostraba nada —dijo con la voz rota por el susto—. Según esto, el camino estaba libre.
—Lo sé.
—Mi valiente y sagaz Clarice —suspiró apoyando la frente contra las rodillas de la chica. Ella llevó su mano sobre la cabeza de Hannibal y acarició el pelo lentamente. Su mirada seguía fija al frente.
—Me pregunto si saldremos vivos de esta —bromeó Clarice tratando de relajar la situación.
—Los medios de transporte me odian —susurró contra las piernas de Clarice—. Un avión me quiso matar, ahora un barco... Empiezo a pensar que trabajan para el FBI.
—Creo que ni el FBI sería tan infalible —rio ella haciéndole levantar—. Vamos, tenemos que intentar llegar a tu casa... vivos.
Punto 1: he robado una frase a V (sí, el de la Vendetta, mi otra gran pasión) y la he puesto en los labios de Hannibal... no diré cual para no quitar la "magia"; quien haya visto la película puede saber a qué me refiero.
Punto 2: Hannibal Lecter llorando, sí... es raro; pero pienso que, por muy psicópata que sea el hombre, ante el recuerdo de la pérdida de su hermana, un par de lágrimas le podemos conceder; ¿no?
Punto 3: habría querido estirar un poco más el tema de la tensión sexual entre ellos; pero no sé por qué razón, termina siendo casi imposible; es ponerlos juntos y a solas en cualquier situación y como que sale solo... (y ninguno de los fanficwriters tenemos la culpa, la culpa es de Harris, que ya impuso esa tensión sexual en el libro de "los corderos")
Punto 4: no hay más puntos. Me callo y os dejo tranquilos para comentar xDD
Ta ta. Z
