Venga, va, os subo el 15 para zanjar el asunto de una vez y mañana, Odín dirá.
Voy a aprovechar a responder una pregunta que he leído en los comentarios (no sé por qué motivo no puedo responder en mi propio fic...): la ausencia de lemmon, escenas erótico festivas o sexo salvaje explícito, en mi historia.
Bien, veamos... yo no tengo nada en contra del estilo y advierto que por estos lares hay writters que lo usan de manera excepcional (os recomiendo los fics de LovingHannibal, de verdad... requieren saber inglés o usar un traductor, pero merecen mucho la pena); pero mi estilo a la hora de escribir es usar la sugerencia; encuentro mucho más sexy insinuar un acto que mostrarlo de manera explícita; en mi opinión da al lector ese "empuje" para que imagine que hay en esas "escenas perdidas" (cada lector lo imagina de una manera y ahí... ahí...ahí es dónde reside la mágia, y no en Disneyland... en hacer partícipe de tu historia a las personas que la leen)
Así que, lamento mucho comunicar que en mis historias nunca vais a encontrar escenas de sexo explicito...
Dicho esto, os dejo con un...
Enjoy!
—Hay que salir de aquí —dijo Hannibal aun sobre el cuerpo de Clarice. Fuera, el helicóptero permanecía suspendido a escasos metros del jardín, los árboles se movían fuertemente y el agua de la piscina salpicaba la hierba. Desde el punto de vista del piloto, ambos estaban ocultos por la cama. Los disparos comenzaron a acertar en paredes y muebles y al comprobar que la puerta estaba abierta, Clarice vio una vía de escape.
—¡Vamos! —gritó poniéndose boca abajo en el suelo y comenzando a reptar.
—¡Clarice!
—¡Vamos, Hannibal! ¡Hay que salir de aquí!
Las balas impactaban con fuerza, haciendo trozos de pared por todas partes. Algunas habían conseguido abrir una seria brecha sobre el cabecero de la cama y el pasillo comenzaba a recibir la metralla. Cuando por fin llegaron a las escaleras, y creyéndose a salvo a ese lado de la casa, se pusieron en píe para bajar las escaleras.
—¡No! ¡Cuidado, Clarice! — dijo Hannibal al ver otro helicóptero frente a la puerta de entrada. El doctor agarró el brazo de chica en el mismo instante en el que la puerta saltaba frente a sus ojos. Poniendo una mano en la espalda de Clarice la obligó a caminar encorvada y así consiguieron llegar a la cocina.
—Nos tienen rodeados —musitó ella mirando hacia el techo. Hannibal la abrazó con fuerza y ambos quedaron acurrucados contra un rincón.
—¿Cuánta munición puede tener un helicóptero? —preguntó el doctor atónito por el incesante sonido de las balas destruyendo la casa.
—Depende de lo que lleven de recarga —el último de los estruendos hizo temblar la estructura de la casa y el ventanal de la cocina estalló sobre ellos. Hannibal protegió la cabeza de Clarice de la lluvia de cristales y notó cómo varios impactaban contra su propio cuerpo. La cocina parecía que iba a estallar por momentos y todos los objetos de las estanterías comenzaron a caer al suelo.
—Tenemos que intentar llegar al garaje —el ruido de las balas había cesado y no había indicios de que los helicópteros continuaran cerca de la propiedad. Hannibal se levantó lentamente y miró a través de la ventana; todo estaba en calma—. Vamos, Clarice.
Ambos corrieron sobre la alfombra de escombros y llegaron a la puerta de acceso al garaje. Sin entretenerse en encender la luz, bajaron a toda prisa los pocos escalones que llevaban al coche y se lanzaron al interior. Durante unos minutos estuvieron en silencio, escuchando cómo sus respiraciones agitadas poco a poco se iban calmando. Hannibal sonrió y buscó la mano de Clarice.
—Estás sangrando —advirtió ella asustada acercándose al doctor—. Hannibal, estás herido —tenía varios arañazos por los brazos y algún corte profundo; pero nada que revistiera importancia.
—No es nada.
—Tu cara —respondió la chica encendiendo la luz interior del Bentley y moviendo el retrovisor hacia Hannibal. Al mirarse comprendió por qué Clarice estaba tan alterada; una gran cantidad de sangre cubría la parte derecha de su rostro. Su pelo alborotado y salpicado de cascotes no dejaba ver con claridad dónde estaba la herida. Clarice retiró con cuidado unos mechones de la frente del doctor y fue cuando vio la pequeña herida sobre su ceja. No era demasiado grande; pero sangraba de manera abundante—. ¿No te duele?
—No demasiado... —Hannibal alzó la mano para indicar que necesitaban silencio.
Bajó la ventanilla y unas voces extrañas entraron en el coche. No hablaban castellano ni inglés. A Clarice la resultó complicado detectar la procedencia de sus dueños; para Hannibal fue mucho más fácil. Eran franceses y por la distinción de tonos, calculó que habría unas cinco personas accediendo en ese momento a la casa—. Clarice, agáchate —susurró abrochándose el cinturón.
No sabía qué había fuera; pero tenían que salir de la villa cuanto antes. La puerta que daba acceso al garaje desde el interior de la casa, estaba cerrada; pero en cuanto los asaltantes se dieran cuenta de que no había ni rastro de ellos en el piso superior, recorrerían todos los rincones en su busca. Sus dedos pasaron despacio por el llavero del coche e hizo intención de arrancar; pero algo le detenía. No estaba convencido al completo de que ese fuera el mejor momento y prefirió esperar unos minutos más. Las voces de los hombres se oían cada vez más lejos; sin duda estaban ascendiendo las escaleras.
Clarice había echado hacia atrás el asiento del copiloto y permanecía acurrucada entre este y el salpicadero. Miraba al doctor en silencio, tratando de analizar sus gestos.
—Hannibal —susurró para llamar la atención del doctor. Este desvió la mirada hacia la chica y sonrió pacientemente—, te quiero —el doctor alzó las cejas sorprendido y sus labios se abrieron para hablar; pero no dijo nada. La declaración de Clarice, aunque breve y sencilla, le había dejado completamente descolocado; nunca antes le había mostrado verbalmente de manera tan directa sus sentimientos—. No sé que va a pasar ahora; pero quería que lo supieras —Clarice alargó su brazo y acarició la mano con la que Hannibal agarraba fuertemente la palanca de cambios. Un grito rompió la intensidad del momento e hizo reaccionar al doctor.
Encendió el motor del coche y accionó el interruptor de la puerta del garaje. Con el corazón bombeandole con fuerza dentro de su pecho, se agarró al volante y contuvo el aliento. Tenía la mirada fija en la puerta y se humedeció lentamente los labios con la lengua; en otras ocasiones, aquel gesto era un detonante para Clarice. Se limpió la mezcla de sudor y sangre con la manga de la camisa e hizo crujir su cuello. La chica soltó su mano y se preparó.
—Ahora no va a pasar nada —contestó Hannibal dejando escapar un nervioso suspiro. La luz de la calle comenzaba a colarse bajo la puerta. El doctor aceleró sin accionar ninguna marcha; el motor estaba preparado para salir disparado. Dirigió una última mirada a Clarice y sonrió—. Yo también te quiero —dijo llevando la palanca al punto "Drive".
El techo del coche pasó a escasos milímetros de la puerta cuando salió del garaje; Ivan había escuchado el ruido y corrió a la entrada con intención de detener al Bentley. Hannibal no lo vio venir y se lo llevó por delante haciéndole saltar por encima del coche. Clarice gritó cuando notó el fuerte impacto contra la luna
—No te haces una idea de lo grandes que son las moscas en este lugar, mi amor —dijo riendo mientras el coche dejaba una densa nube de polvo tras de sí.
Dominique salió corriendo junto a sus hombres al escuchar los ruidos; una vez en la calle se encontraron con la extensa polvareda y el cuerpo Ivan junto a la puerta del garaje. El hombre se acercó al chico maldiciendo a gritos.
—Muchacho —suspiró arrodillándose junto al chico. Nada más ver su cara supo que no podría hacer nada por él; la potencia del coche y la fuerte carrocería habían destrozado a Ivan.
—Dom... Dom... —los intentos de comunicarse con el hombre quedaron en sangrientos balbuceos. Dominique puso su mano sobre la frente del chico y esperó a su lado hasta que llegara lo peor.
Mientras, el Bentley se alejaba a gran velocidad por la carretera que rodeaba la costa. Clarice salió de su escondite y se sentó en el asiento del copiloto; estaba pálida y su cuerpo temblaba de manera incontrolable. Hannibal se recostó en su asiento y encendió la radio; cuando las primeras notas de las Variaciones Golberg sonaron dentro del coche, comenzó a relajarse. Su pulso volvía a la normalidad.
—Iremos a buscarlos antes de que ellos nos encuentren de nuevo —anunció sin apartar la vista de la carretera.
—Pero, ¿a quienes, Hannibal? No has dejado de repetir que ya vienen, que nos buscan... pero, ¿a quién te refieres?
—¿Recuerdas que me contaste lo de la chapa identificativa en el asesinato de Ardelia?
—Sí, la chapa de Petras Kolnas.
—Yo asesiné a Kolnas —confesó Hannibal—. Fue uno de los hombres que asesinó y... se comió a Mischa.
—Hannibal...
—Acababa de cumplir dieciocho años y había obtenido una plaza como residente en el John Hopkins; pero no podía abandonar Francia sin haber cerrado un capítulo de mi vida —Clarice se mantuvo en silencio; mirando al doctor casi sin parpadear—. Grutas era el máximo responsable de todo; el que había dado la orden de que Mischa fuera sacrificada y mi única vía para llegar a él era Kolnas; que residía en Francia bajo el nombre de...
—Jean-Luc Kleber —Clarice recordó que lo habían nombrado durante su interrogatorio.
—Efectivamente. Monsieur Kleber residía en Fontainebleau con su esposa Astrid y sus dos hijos, un muchacho llamado Adrien y una preciosa niña; Natalya. Era dueño de un pequeño, aunque próspero restaurante al que tuve que acudir para... rendir cuentas.
—¿Y sus hijos?
—Confieso que hice una visita al hogar de monsieur Kleber para recuperar algo que su querida Natalya tenía en su poder; un brazalete que había pertenecido a Mischa. Te aseguro que a los críos no les ocurrió nada malo... aunque ahora me esté arrepintiendo —dijo entre dientes.
—Eran unos niños, Hannibal...
—Unos niños que, a día de hoy, nos están tratando de matar.
—¿Cómo sabes que son ellos?
—Yo maté a su padre, Clarice —dijo Hannibal mirándola un segundo—, aparece la chapa de Kolnas y de pronto, unos franceses quieren asesinarnos. No sé tú; pero yo no creo en las casualidades.
—Vale, de acuerdo —respondió ella alzando las manos—. Y, ¿sabes cómo encontrarlos? —Hannibal no respondió, tan solo se dedicó a mirar a Clarice con una amplia sonrisa dibujada en la cara—. Por supuesto... —murmuró Clarice alzando los ojos al techo.
—¡Sonríe, Clarice! —exclamó Hannibal sin mostrar alegría—. Vamos a realizar un precioso viaje a Francia.
—No quiero aviones —avisó la chica señalando a Hannibal con el dedo índice—. Ni un puto avión más en lo que me queda de vida, ¿entendido?
—No hace falta que uses ese lenguaje, querida; me doy por enterado de que no deseas utilizar ese medio de transporte.
—Iría antes nadando que coger otro avión —farfulló hundiéndose en el asiento con los brazos cruzados—. No he podido ni darme una ducha antes de salir corriendo —Hannibal advirtió un tono triste en las palabras de Clarice; había pasado del enfado a la pena en cuestión de segundos. Estaba comenzado a hacer frente a lo que habían vivido.
—Esto es lo que haremos —dijo Hannibal poniendo su mano sobre la rodilla de Clarice—; iremos a la capital, compraremos ropa para el viaje, un billete para el próximo ferry con destino a la península, desayunaremos y disfrutaremos de unas agradables vacaciones.
—¿Vacaciones?
—Vamos, Clarice. Será como en tus viejos tiempos como la agente especial Starling —la chica chasqueó la lengua.
—Sabes que no me gusta escuchar eso, Hannibal —él sonrió con fingida inocencia.
—Sé que ahora disfrutas actuando como la señora Lecter —respondió en tono adulador mientras la guiñaba un ojo. Clarice alzó una ceja y soltó una carcajada.
—Una cosa es que no quiera el "agente federal" delante de mi nombre y otra que quiera dejar de ser una Starling.
—Así que, ¿no quieres ser una Lecter? —Clarice miró al doctor confundida; era difícil saber si se refería a vivir como una fugitiva o llevar el apellido de manera legal—. Es una lástima.
—¿Hannibal?
—¿Si, Clarice? —ella sacudió la cabeza y cerró los ojos.
—¿Acabas de insinuar...? —él la miró esperando que continuara con la pregunta; ella le miró sin saber cómo seguir—. Olvídalo —respondió después de buscar las palabras adecuadas y no encontrarlas.
—Te escucho, Clarice —Hannibal se divertía con aquello. Ver a Clarice debatir internamente sobre la interpretación de su pregunta le hizo olvidar momentáneamente el motivo por el cual se encontraban camino a la capital de la isla.
—Déjalo, Hannibal. Estoy cansada —alegó antes de cerrar los ojos derrotada.
—Este no es el momento para hablar de eso, Clarice —dijo suavemente—. Tenemos por delante unos días intensos; pero después...
—¿Sí? —preguntó ella sin abrir los ojos—. ¿Qué pasará después?
—Discutiremos largo y tendido sobre si quieres ser una Starling o una Lecter, ¿uhm? —Clarice sonrió y bostezó.
—Me parece perfecto —respondió girándose hacia él y buscando una postura cómoda para dormir.
Bueno, la de hoy es una parte cortita (no todos los días me salían 9 folios y eso...)
Como veis, en esta historia no voy a dejar a estos dos quietos en un mismo sitio ni dos horas; pero bueno, que hagan algo de ejercicio, que a Lecter lo encontré un poco boloncho en "Hannibal" (boloncho pero comestible, you know what i mean..)
La próxima entrega... puede que mañana, puede que pasado, puede que al otro... a partir de ahora usaré el factor sorpresa xD
Nos vemos! Ta ta. Z
