Vamos con un poco de diálogo de ese que tanto me gusta, ¿uhm?

Enjoy!


El doctor se había puesto al volante del coche en Barcelona y al llegar Montpellier, poco antes de alcanzar las tres de la madrugada, Clarice se empeñó en tomar el relevo. La adrenalina que corría descontrolada por su cuerpo la impedía sentirse cansada. Por otra parte, poder conducir el Bentley del doctor Lecter supuso para Clarice una experiencia altamente satisfactoria. Ella, que estaba acostumbrada al incesante traqueteo y a conducir bajo la presión de no saber cuando su viejo Pinto la dejaría tirada de nuevo, se sentía eufórica a los mandos de aquel elegante coche. Sentir la comodidad de los asientos adaptándose a su cuerpo y el no tener que preocuparse por las marchas en todo el recorrido, la llevaron a verse capacitada para realizar todo el camino ella misma.

Las carreteras, amplias y sin apenas tráfico a esas horas de la noche, comenzaron a resultar un poco monótonas. No muy lejos de la carretera, veía los focos de las máquinas cosechadoras que realizaban su trabajo al amparo del frescor de la noche. Pequeños pueblos salpicaban el paisaje y se preguntó cómo si la vida en aquellos lugares sería parecida a la que ella había tenido de niña en Weston. Para una mujer que, como ella, no había salido en toda su vida de Estados Unidos, aquella nueva vida la resultaba cada vez más interesante. En menos de dos meses había vivido bajo tres identidades diferentes y Clarice Starling se había quedado, tan solo, para los momentos de intimidad junto a Hannibal. Gabriella Dyer la había acompañado en su viaje hacia España y en su corta estancia en casa del doctor y Michelle Fell, que ya la había proporcionado protección en Barcelona, la acompañaba ahora mientras atravesaban Francia. Se preguntó por cuántos nombres más habría de pasar hasta quedarse con uno concreto o volver a ser simplemente Clarice.

Marco Fell descansaba tranquilo con el asiento del copiloto inclinado totalmente hacia atrás; Clarice ya se había acostumbrado a verle dormir sin preocupaciones y deseó que las terribles pesadillas que le hacían despertarse bañado en sudor al comienzo de su relación, hubieran quedado desterradas para siempre. Recordó cómo los gritos de la primera noche la despertaron aterrada; Hannibal se revolvía en sueños y luchaba contra enemigos invisibles mientras mordía con fuerza la almohada. La chica tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para tranquilizarse y calmar al doctor. Después de hablar de ello, los sueños parecieron ir remitiendo poco a poco, aunque aun hubo noches en las que el nombre de Mischa retumbaba en el dormitorio despertando a Clarice. Aquella no era una de esas. Tras los párpados, los ojos del doctor se movían lentamente y su respiración era tranquila y acompasada. Clarice sonrió satisfecha y bajó la ventanilla dejando que los últimos resquicios de la madrugada se colaran dentro del coche y el frescor del alba la despejaran.

—Debes estar agotada, ¿quieres que conduzca yo? —la voz del doctor sonaba como si aun siguiera inmersa en un sueño ligero. Colocó el asiento en posición normal y oteó el horizonte estirándose—. ¿Dónde estamos?

—En algún lugar de la Francia profunda —respondió Clarice con un fingido tono de misterio. Hannibal buscó la hora en el reloj del coche y se sorprendió.

—¿Has ido a una velocidad constante?

—Sí, claro, ¿por qué?

—Debemos de haber pasado por Lyon hará una media hora, más o menos, ¿cierto? —Clarice le dirigió una mirada de asombro. Aquel acierto la hizo llegar a sospechar que el doctor no había estado tan dormido como ella pensaba—. Llevas más de tres horas conduciendo, Clarice. Deberías descansar. Yo me ocuparé del resto del camino.

—Estoy bien, ¿de acuerdo? —sofocó un bostezo y Hannibal la miró alzando una ceja—. No tengo sueño, en serio; simplemente es...

—¿Sí?

—Se me hace extraño conducir en completo silencio, eso es todo —sin decir nada, Hannibal señaló la radio—. No quería despertarte.

—Agradezco el detalle, Clarice; pero, no me habría despertado. Todos mis años encerrado me capacitaron para dormir profundamente en las condiciones más adversas y, créeme, las condiciones de una celda en un hospital psiquiátrico son de lo más adverso que te puedes encontrar —dijo riendo.

—Es extraño, ¿sabes? —Hannibal la dejó continuar—. He trabajado al servicio de la ley y tú eres uno de los asesinos más buscados de todos los tiempos y, aun así... —la chica guardó silencio.

—Aun así, qué, Clarice.

—Aun así me alegro de que te escaparas —suspiró apoyando la cabeza en el asiento—. Y no sé si eso me convierte en más mala persona de lo que soy por haber huido del FBI.

—¿Te preocupa qué pensaría tu padre, Clarice? ¿Qué diría si te viera en brazos de alguien a quién deberías haber metido un tiro en la cabeza y habiendo abandonado una institución federal, seria y decente como es el FBI? ¿Uhm?—Clarice frunció el ceño y se negó a responder aquellas preguntas. No deseaba por nada del mundo volver a su Quid Pro Quo—. ¿Estaría orgulloso de su niña ahora que ha decidido dejar de lado el camino recto? Supongo que tu madre no esperaba tampoco algo así mientras recogía condones usados en las habitaciones del motel —ahí estaba el Lecter de siempre. El incisivo y mordaz doctor Hannibal Lecter dispuesto a traer a la mente los peores recuerdos y hacer que Clarice se enfrentara a ellos—. ¿Te imaginas cómo estará viviendo ahora ella todo esto? Dime, Clarice, ¿crees que vivirá avergonzada? ¿Que no saldrá de su casa por miedo a las críticas que tu decisión puedan provocarla?

—¡Cállate! —gritó Clarice. Hannibal la observó impasible mientras ella detenía el coche en el arden.

Las lágrimas luchaban por salir, pero ella no daría ese gusto a Hannibal. Por nada del mundo se mostraría vulnerable en ese momento al doctor Lecter; eso significaría una clara derrota. Apretó con fuerza el volante y apoyó la cabeza sobre sus manos, recapacitando las respuestas que podía dar al doctor—. No tienes ni puta idea... —siseó entre dientes.

—¿No tengo ni puta idea, dices? —preguntó acomodándose de frente a ella—. Entonces, ¿por qué no me muestra dónde he errado?

—Mi padre era un hombre fuerte y mi madre es una mujer fuerte; están por encima de lo que cuatro pelagatos escudados tras el título de periodista puedan decir.

—Pero son personas de carne y hueso... bueno, al menos tu madre lo es, tu padre no será ya más que hueso a estas alturas —Clarice se soltó del volante y mirando con rabia al doctor le propinó una sonora bofetada. Se desabrochó el cinturón y salió del coche a toda prisa.

—Hijo de...

—Te aconsejo que no continúes la frase, Clarice —la chica se giró hacia el doctor y se enfrentó a él.

—¿Yo tengo que tragar con todo lo que me has dicho y... —soltó una carcajada—, tú me aconsejas que no continúe esa frase? ¡Que te jodan!

—Si sabes que lo que has hecho no afectaría a tus padres, ¿por qué te afecta tanto? —Clarice se llevó las manos a la cintura y suspiró tratando de calmarse. Hannibal se acercó a ella con precaución; en ese momento estaba expuesto a recibir más bofetadas—. Ellos te educaron bajo el peso de sus ideales, con unos buenos valores. ¿Demostraron tus superiores algún tipo de valores mientras te daban la espalda? ¿Te dieron alguna vez tus padres la espalda?

—Mi madre...

—Tu madre hizo lo que pensó que era mejor para ti. Quería que llegaras lejos y que no te estancaras entre la mugre de un motel de carretera —un paso más hacia ella, despacio, calculando todos los detalles—. Lo que no sabía es que te estancarías en otro tipo de mugre. Los valores por los que murió tu padre son los mismos por los que tú has escapado, Clarice; verdad, justicia, lealtad... —Clarice había comenzado a llorar a espaldas del doctor—. ¿Fue tu padre una mala persona?

—¡Por supuesto que no! —respondió enfrentándose de nuevo a él.

Entonces, ¿por qué has de serlo tú? —Clarice se mordió las mejillas por dentro y contuvo el llanto. Hannibal se acercó a ella despacio—. Dime, Clarice...

—He desafiado a la ley —musitó ella sin apenas voz.

Sí, has desafiado a la ley porque la ley no ha hecho justicia contigo. Te entregaron a ella como ofrenda y se quedaron esperando a ver cómo su poder te vencía —Hannibal se permitió acariciar la mejilla de Clarice y despacio la atrajo a él. Habló en un susurro—. Hay quién te dirá que solo escapan los cobardes; a mi parecer, escapan los cobardes y los justos.

—¿Y tú qué eres? —Hannibal sonrió —. Porque te recuerdo que tú escapaste de una condena de nueve cadenas perpetuas.

—Las personas a las que asesiné se lo merecían —respondió seriamente.

—Y no lo pongo en duda, Hannibal, pero, ¿quién te nombró su juez y verdugo?

—Si no lo hubiera hecho yo, ¿quién se habría encargado? Eran violadores, eran pederastas, eran asesinos o simplemente personas que pensaba que por estar por encima de los demás, podían hacer lo que quisieran con total impunidad. La justicia decretó que no merecían un severo castigo por sus crímenes y los dejó libres y a ti, que eres inocente, te iban a otorgar la "prestigiosa" pena de muerte.

—Así que tus crímenes son, ¿un favor a la sociedad?

—Desde un punto de vista práctico, sí. La justicia es una zorra que se vende al mejor postor, Clarice; si ella falla, ¿no deberíamos nosotros ocuparnos de su trabajo?

—Esa zorra te libró de la pena de muerte, Hannibal.

—No, eso fue mi abogado —respondió sonriendo.

—¿Y el flautista? —Hannibal inclinó la cabeza hacia atrás mientras cerraba los ojos.

—¡Ah! Mi querido Benjamin —respondió con fingida emoción.

—¿Qué hizo Raspail para merecer la muerte? —Hannibal la miró de la misma manera que la miraba durante sus entrevistas en la mazmorra; con aquella frialdad que helaba la sangre.

—En mi defensa, alegaré que lo que hice con Benjamin Raspail fue más una obra de caridad que un asesinato —Clarice le miró perpleja ante tal respuesta—. Si recuerdas nuestras conversaciones, te hablé de Raspail y de su trastorno maníaco depresivo. Era muy agudo; el caso más fuerte que había visto en toda mi carrera como psiquiatra y sé que muchos, en mi situación, se habrían frotado las manos al tener un caso tan complicado.

—¿Era tratable?

—Con varios años de largas y tediosas sesiones, tal vez. A la larga podría haber notado cierta mejora; pero me tenía aburrido. Cada día era lo mismo que el anterior y que el pasado; por cada paso que avanzaba, retrocedía cinco.

—Y decidiste acabar con su vida.

—Decidimos —respondió Hannibal mirando cómo el cielo comenzaba a clarear.

—¿Perdón?

—Sabía que el bueno de Ben terminaría suicidándose a causa de los recuerdos que Jame Gumb le "regaló", así que le hablé de una, digamos, opción alternativa.

—¿Me estás diciendo que Benjamin Raspail consintió que acabaras con su vida y cocinaras sus órganos para los miembros del patronato de la Filarmónica?

—Yo dejé, por casualidad sobre mi escritorio un frasco de ansiolíticos —fue un despiste por mi parte— y Benjamin lo encontró mientras me esperaba.

Lo ayudaste con el suicidio...

—En varias ocasiones él me había pedido ayuda para "dar paz a su alma", tan solo le presté un poco de ayuda —respondió mostrando su impecable sonrisa.

Y ya que estabas, aprovechaste sus restos para una cena.

—¿Sabes lo difícil que es preparar una cena para doce personas cuándo te has olvidado del evento? Tenía que improvisar... —dijo con voz inocente—. Ahora dime, ¿eres mala persona por alegrarte de que me escapara?

—Depende de los ojos que lo miren —respondió tras unos segundos recapacitando—. Hay quién verá en mi alegría un acto repulsivo y desleal.

—¿Y para los tuyos? —preguntó rodeando la nuca de la chica con su cálida mano.

Me alegro de ver libre al hombre que amo —susurró acercándose a él—. Hannibal...

—¿Sí, Clarice?

—Lamento haberte golpeado —besó con suavidad la mejilla del doctor; aun era clara la marca de la mano de Clarice en su piel.

—Si mi dolor te ayuda a recapacitar, bienvenido sea —sonrió. Bajo el rosado cielo francés, revelador de un nuevo día de calor, Clarice regaló al doctor el beso más significativo hasta el momento—. ¿Volvemos al coche? —preguntó Hannibal contra sus labios—. Aun tenemos mucho camino por delante.


Por Odín, las ganas que tenía yo de hacer una escena en la que Clarice partiera la cara a Lecter. No me preguntéis por qué; siempre me ha resultado tentador imaginar que la pobre chica le cruzaba la cara a hostias cuando se ponía en plan adivino (de la muerte) con su pasado... aunque se la ha pasado pronto el enfado (es que no tengo término medio, o hago que se la pase pronto o le deja en la cuneta, y eso no habría resultado demasiado práctico para la continuidad de la historia...)

Bueno, aviso de que nos estamos acercando peligrosamente al final de la historia; pero aun no os desabrochéis el cinturón de seguridad.

También aprovecho para decir que me encuentro en un punto muerto en el siguiente fic que estoy escribiendo... tengo una historia cojonuda pero con muchas "ramas" y según acabo un capítulo me doy cuenta que delante de ese iría bien otro matizando detalles... así que, dudo mucho que pueda empezar a subirle nada más termine con este :(

¡Gracias por los coments!

Ta ta. Z