Os dejo el capítulo 17 tan pronto por una buena razón; no podré actualizar hasta el fin de semana y... como que son demasiados días, ¿uhm? Además que, una vez escrito entero el fic, es un poco raro tenerlo aquí parado y subir en cuentagotas... XD

Enjoy!


El Café de L'Este estaba bien situado en una de las calles más céntricas de Fontainebleau, una de las áreas metropolitanas más importantes de París. Desde su inauguración, había sido un lugar privilegiado para la clase alta, quienes, encontraban en aquel pequeño y discreto, aunque lujoso, establecimiento, el escondite perfecto donde dar rienda suelta a sus sórdidos comentarios y cotilleos. Hannibal había estado allí en dos ocasiones. En la primera visita estuvo acompañado por su tía, Lady Murasaki, quien asustada por lo que su sobrino era capaz de hacer, decidió no dejarlo solo con el convencimiento de que ante su presencia, no cometería ninguna necedad. La segunda visita la hizo a solas y de noche. Vladis Grutas había secuestrado a Lady Murasaki con la intención de incitar al joven Lecter a un enfrentamiento cara a cara y al contrario de lo que el mercenario pensaba, el chico decidió buscar información por medio Kolnas para pillarlo por sorpresa. Hannibal buscó la manera de meter miedo en el cuerpo de Kolnas para que actuara con rapidez y no hacerle perder demasiado tiempo. Una fugaz visita a la familia del hombre le bastó para tenerlo contra las cuerdas; Kolnas colaboró y Hannibal conmovido por la manera en la que el hombre había defendido a su familia, lo habría dejado con vida; pero Kolnas cometió en el último momento el error de atacar por la espalda al joven e insaciable Lecter. El hombre murió en la cocina de su restaurante, rodeado por el estridente cantar de los hortelanos que, nerviosos, revoloteaban dentro de su jaula.

Hannibal recordó todos aquellos aspectos de su pasado en silencio; no tenía intención de hacer partícipe a Clarice de ese infierno que había cambiado su vida. El Bentley recorría el asfalto que un día habían pisado las ruedas de su moto. "—Mi moto —," sonrió el doctor al recordar el vehículo que le había acompañado a lo largo de su adolescencia; aquella que había presenciado su primer asesinato. De pronto el aire de Francia le trajo demasiados recuerdos, y no todos eran agradables. Muchos de ellos suponían un paso más del monstruo en el que se convertiría con los años; recuerdos de los que no estaba orgulloso aunque tuviera que cargar con ellos durante el resto de si vida.

El coche se detuvo frente a la entrada del restaurante y Hannibal miró la puerta en silencio; parecía como si el tiempo se hubiera detenido en aquel lugar y el doctor llegó a pensar que se vería a sí mismo saliendo por la puerta escoltando a su tía. Sacudió la cabeza y miró a su acompañante, quién esperaba pacientemente a que él diera el primer paso. Hannibal sonrió; después de todo, la vida había cambiado para mejor.

Salió del coche y dirigiéndose a la puerta del copiloto, la abrió y extendió su mano para ayudar a Clarice a salir. Ella respondió con un apenas audible "gracias" y se quedó cogiéndole la mano. Caminaron juntos y en silencio hacia el restaurante.

Bonito lugar —musitó Clarice mirando asombrada a su alrededor. Frente a ellos, una gran jaula repleta de chillones y pequeños pájaros les daba la bienvenida. Hannibal recordaba la distribución del salón de otra manera; se acercaron a la jaula y el doctor golpeó suavemente uno de los barrotes haciendo que los animales estallaran con su incesante canto. Clarice los miró divertida; sus constantes piruetas y su afán por llamar la atención la encantaron.

—Hortelanos —explicó Hannibal introduciendo el dedo índice entre los barrotes con la intención de que alguno se acercara.

—Son preciosos —respondió Clarice maravillada por las acrobacias de los diminutos pájaros.

—Son como nosotros —susurró Hannibal con la mirada perdida dentro de la jaula—, huelen como cocinan a los otros y aun así, cantan —Clarice le miró confundida y apretó su mano con fuerza.

—¿Hannibal? ¿Estás bien? —él reaccionó ante la presión de la mano de Clarice y sonrió con nostalgia.

—Nunca me iré de tu lado —Clarice rió ante la respuesta de Hannibal y este se acercó a ella para besarla—. Te lo prometo.

—¿Estás bien? —volvió a preguntar la chica intrigada por el estado ausente de su compañero.

—La vida está llena de recuerdos, Clarice —respondió encaminándola hacia una de las mesas que había libres al fondo del establecimiento—. Algunos son buenos, otros son malos y con otros desearías poder tener la opción de borrarlos para siempre de tu memoria —separó la silla y se la ofreció a la joven—. Hoy crearé un nuevo recuerdo aquí, contigo. Un recuerdo que solapará un momento vivido que no deseo tener presente nunca más.

—Antes de deshacerte de ese recuerdo, ¿quieres compartirle conmigo? —escondido tras una inocente pregunta se encontraba el verdadero deseo de Clarice por saber qué había ocurrido en aquel lugar que atormentaba de esa manera al doctor—. Si quieres —matizó la chica.

Creía estar enamorado de ella y de igual manera pensaba que ella lo estaba de mi —comenzó a relatar Hannibal a media voz. Chasqueó la lengua y sonrió con amargura—. Las hormonas de un joven pueden llevar a los pensamientos más extravagantes, ¿no crees?

—¿Quién era ella? —preguntó Clarice removiéndose incómoda en su asiento. Hannibal percibió el toque de celos en las palabras de la chica y sonriendo complacido, puso su mano sobre la de ella.

—Alguien que me sacó de la soledad para mostrarme la belleza de la vida antes de arrojarme de nuevo al abandono —Clarice apretó los labios y entrecerró los ojos; sabía que el doctor había tenido un pasado tormentoso y que, sin duda, varias mujeres habrían compartido varios tramos de su vida; aun así, no podía evitar la sensación amarga y desagradable que dejaban los celos carcomiendo su tranquilidad—. Fue la esposa de mi tío.

—¿Te enamoraste de tu tía? —preguntó Clarice con incredulidad.

—Nunca me ha gustado usar ese término para designarla; no después de lo que pasó entre nosotros. Además, no era mi tía de sangre. Como te he dicho, era la mujer de mi tío; el único lazo familiar que nos unía era el hermano de mi padre, quién al morir, se lo llevó. No había nada de incestuoso en nuestra relación —aclaró finalmente.

—¿Y qué ocurrió? —la voz de Clarice era fría y denotaba cierta indiferencia. Hannibal sintió cómo se alejaba poco a poco de él conforme desvelada su historia y se reprochó haber comenzado el relato. Buscó de nuevo a la joven, pero esta no parecía dispuesta a un acercamiento.

—Sabía el terrible destino que había tenido Mischa y aun así quiso anteponer su propia felicidad a mi venganza. Me engañó con sus palabras cuidadas y sus gestos. Me hizo pensar que estaría a mi lado cuando todo hubiera terminado; pero al comprobar que yo no cejaría en mi empeño por encontrar a todos los responsables de la muerte de mi hermana, me dijo que no había nada en mi que se pudiera amar —agachó la cabeza—. Aquellas palabras se quedaron grabadas en mi mente y fueron las encargadas de abrir definitivamente la puerta del monstruo que vivía en mi interior.

Ambos guardaron silencio durante unos minutos. A su alrededor, el bullicio de las mesas iba en aumento conforme las rondas de alcohol aumentaban. Ellos estaban apartados en un rincón; donde apenas llegaba la luz y más íntimo parecía estar. Hannibal acarició la mano de Clarice, repasando uno a uno los dedos y trató, en vano, de entrelazarlos con los suyos.

—Tú me has hecho despertar —susurró.

—Y antes de mi, ¿cuántas más? —Hannibal se irguió en la silla y la miró con gravedad—. ¿A cuántas mujeres amó la bestia antes de convertirse en el príncipe?

—Clarice, ¿a qué viene todo esto? Fuiste tú la que quisiste saber qué había ocurrido —la chica no dijo nada—. Mírame, no soy ningún veinteañero. Por supuesto que he vivido experiencias a lo largo de mi vida; pero te puedo asegurar que ninguna como la que estoy viviendo contigo.

—¿Qué tengo de especial? —Hannibal la sonrió y esta vez no dejó que ella se escapara.

—A parte de que las demás no conocían lo que era en realidad, venían a mí por mi posición social. Buscaban mi dinero, no mi amor. Tú, por el contrario —continuó sin dejar de acariciar la mano de Clarice—, sabes quién soy, sabes cómo soy y aun así estás aquí —Clarice se ruborizó al recapacitar sobre su comportamiento.

Debes de pensar que no soy más que una niñata celosa —dijo bajando los ojos a la mesa.

—Sin duda no hay motivo para esos celos; pero me complace ver cómo cuidas y defiendes lo que es tuyo. Me siento halagado.

—No más celos —respondió ella alzando las manos—. Pero no me vuelvas a hacer caso cuando te pregunte algo sobre tu pasado que pueda hacerme saltar de esta manera.

—Lo que ocurriera en mi pasado y las personas que estuvieron presentes en él, no deben ser motivo de preocupación para ti, querida. Estás por encima de todo ello. No solo eres mi presente, si no que eres la primera mujer que me realmente me importa —uno de los camareros que había advertido la presencia de la pareja se acercó a ellos son una agradable sonrisa en el rostro. Se inclinó levemente a modo de saludo.

—¿Tomarán algo los señores? —Clarice miró al techo cuando recordó que se encontraban en Francia y Hannibal la dirigió una divertida mirada.

—¿Continúan teniendo en carta ese exquisito helado de champagne? —preguntó mirando vagamente la carta. El camarero asintió sonriendo.

—Veo que conoce bien este lugar, señor —respondió.

—Venía cuando era joven —buscó un tono casual y miró al camarero con interés—. ¿Sigue perteneciendo a la familia Kleber?

—Oh, sí, señor. Madame Kleber se hizo cargo de todo tras la trágica muerte de su marido.

—Esa es una trágica noticia —respondió Hannibal llevándose la barbilla.

—Pero yo entré a trabajar aquí cuando el local estaba a manos de sus hijos.

—¡Ah! —exclamó Hannibal abriendo los ojos—. Adrien y la encantadora Natalya.

—¿Los conoce, señor?

—Ya le he dicho que venía aquí de joven. Ellos eran tan solo unos niños; pero recuerdo lo bien que se lo pasaban correteando entre las mesas. Eran muy queridos por los clientes.

—Natalya hace tiempo que no pasa por aquí; pero Adrien viene a menudo. Quizás tenga suerte y se encuentre con él.

—Eso me encantaría —respondió Hannibal sonriendo malévolamente. Carraspeó y desvió su atención hacia Clarice—. ¿Te apetece un helado, cariño?

—¿Un helado? —pregunto la chica atónita—. ¿A las diez de la mañana? —el camarero esperó pacientemente a que la pareja se decidiera; hablaban en inglés y no era capaz de entender una sola palabra que salía de sus labios. Finalmente, Hannibal se volvió hacia el hombre.

—¿Dos helados de champagne, señor? —preguntó alzando la libreta. Hannibal asintió y dejó que el hombre se marchara.

—Punto a nuestro favor —siseó alisando el mantel—. Este antro sigue siendo de Kolnas.

—¿Y qué vamos a hacer, Hannibal? ¿Esperar que se presente y...? —el doctor soltó una carcajada y Clarice se mostró ofendida por aquel gesto.

—La sed de sangre es sorprendente en ti, mi amor —respondió Hannibal.

El doctor analizó cuidadosamente todos los rincones del local; a aquellas horas de la mañana apenas había una docena de clientes repartidos por las mesas y los camareros hablaban animadamente tras la barra. Los hortelanos parecían haberse tomado un descanso y solo de vez en cuando sonaba un leve trino que hacia saltar al resto de la bandada momentáneamente. A la izquierda de la barra, un pasillo daba acceso a los aseos y al comienzo había un pequeño mueble bar en el que se apilaban las libretas de los trabajadores. La campanilla de la puerta sonó y Hannibal observó al recién llegado. El hombre, de mediana edad, vestía uniforme de trabajador de correos y pasó saludando sin demasiado entusiasmo a los camareros; estos intercambiaron varias frases entre sí. El cartero llegó hasta el mueble bar y después de una lenta búsqueda en su bolsa, dejó un fajo de cartas. Se retiró del establecimiento con el mismo paso cansado con el que había entrado minutos antes.

—Espero que el helado siga estando a su gusto, señor —el camarero depositó las dos copas frente a ellos y cuadrándose abandonó la mesa.

—¡Disculpe! —exclamó Hannibal llamando su atención.

—¿Sí, señor?

—Los baños se encuentran en el mismo sitio, ¿verdad? —preguntó sonriente. El camarero señaló el largo pasillo y Hannibal sacudió la cabeza mostrando su agradecimiento—. ¿Me disculpas, querida? —preguntó guiñando un ojo a Clarice.

El doctor se levantó de la mesa y se encaminó hacia el pasillo; al llegar al mueble bar, se giró hacia Clarice y cuando estuvo convencido de que le miraba, señaló las cartas. Clarice comprendió las intenciones de Hannibal e hizo un barrido visual para cerciorarse de que nadie más había visto el gesto. Los clientes no parecían saber qué ocurría más allá de sus mesas y los camareros continuaban con su conversación.

Hannibal entró en el baño, se mojó la cara y miró su reloj; debería dar unos minutos de margen antes de salir sin levantar demasiadas sospechas. Clarice esperaba impaciente ver abrirse la puerta del lavabo de caballeros y cuando por fin se movió el picaporte, se enderezó en la silla e hizo un nuevo reconocimiento del local. El camarero que los había atendido vio el movimiento de Clarice y creyendo que solicitaba su presencia, abandonó a sus dos compañeros y salió de la barra. Hannibal paró en seco en mitad del pasillo cuando vio salir al hombre.

—¿Desea algo más? —el camarero consciente de que Clarice no entendía el idioma, trató de hablar despacio. La chica miró nerviosa a Hannibal y rascándose la frente intentó pedir un vaso de agua. Si mantenía entretenido al camarero, el doctor tendría tiempo de sobra para realizar su maniobra.

—¿Agua? —respondió Clarice en voz baja. El camarero se inclinó ante ella e hizo un gesto animándola a repetir. Hannibal inició de nuevo la marcha y al pasar junto al mueble bar, se hizo con las cartas. Giró de nuevo hacia el pasillo y se cercioró de que quedaban bien ocultas bajo su chaqueta.

—¿Un vaso de agua? —preguntó el camarero algo contrariado por la situación. Hannibal regresó a la mesa.

—Sí, lo que mi mujer le pide es un vaso de agua —respondió sonriendo antes de introducir la cuchara en el dulce helado. El camarero respiró aliviado y los dejó solos.

Joder, Hannibal, podías haberme dado unas lecciones básicas de francés.

—¿No sabías que agua es eau? —Clarice abrió los ojos y se echó ligeramente sobre la mesa.

—¡Diablos! ¡Claro que lo sé! Pero no esperarás que estuviera centrada en ese momento —respondió señalando con la cabeza el pasillo—. ¿Y qué es esto? ¿Ahora robamos cartas?

—Si están dirigidas a Adrien Kleber, sí —abrió disimuladamente la chaqueta y echó una rápida ojeada al correo—. Si logramos encontrar algo más que facturas, claro —apuntó encarando las cejas.

—¿No hay nada? —de pronto, los ojos de Hannibal brillaron.

Desde luego que hay algo...


¿No son cucos estos dos tortolitos haciendo el moñas en un bar francés?

Tenía que ponerla a ella celosa sí o sí... siempre me he imaginado al personaje de Clarice como una mujer muy temperamental una vez estuviera con Hannibal; cuidando mucho su territorio y lanzando zarpazos a todas y cada una de las mujeres que se atrevieran a mirarle él, ¿no? xD

Bueno, queridos nabuconodosorcitos míos... no me esperéis levantada que hasta el sábado no podré actualizar. Sed buenos, echadme de menos en mi ausencia y seréis recompensados con la recta final de capítulos... ¡Que ahora llega ya lo más intenso! xD (Hay que saber vender el producto... hay que saber... xD)

Ta ta. Z