Sí, sé que dije que el domingo actualizaba; pero esto de estar sola en casa es de lo más entretenido... jijiiji.
Bueno, este capítulo supone el punto de inicio del desenlace (o cómo nombre a un capítulo pasado "El principio del fin". Consta de dos partes; la primera, con nuestros chicos y la segunda, el avance de los antagonistas.
Enjoy!
Hannibal descorrió despacio la cortina, para no despertar a Clarice, y miró en silencio la calle. No podía dormir; su cuerpo estaba en alerta, preparándose para la lucha que se le venía encima. Notaba sus músculos tensos y realizaba pequeños ejercicios para relajar mientras su mente permanecía igual de fría que siempre.
Sobre la mesilla de noche de su lado de la cama estaba la única carta que había conservado tras salir del Café de L'Este; en el sobre, una valiosa dirección.
Clarice descansaba en total tranquilidad frente a él; ahora que por fin la adrenalina había desaparecido de su cuerpo, el agotamiento de tantas horas en pie y sucesos vividos, había podido con ella. Su postura era relajada y Hannibal sintió envidia al verla dormir de manera tan plácida. Su brazo derecho abrazaba la almohada y el izquierdo estaba extendido sobre el trozo de colchón que había pertenecido a Hannibal; la pierna derecha estaba flexionada y descansaba sobre la almohada. Su pelo estaba revuelto y las mejillas sonrosadas por el calor de la pequeña habitación. Dormía completamente desnuda.
La luz de la calle se colaba entre la oscuridad de la noche por cada rincón de la habitación creando fantasmagóricas siluetas; Hannibal las miró tratando de crear mentalmente todo tipo de criaturas. Las formas caprichosas danzaban por las paredes y subían al techo cuando los focos de algún coche pasaba por la calle. Cuando un haz de luz iluminó a Clarice, Hannibal pudo ver como la piel de la chica estaba erizada a causa del leve viento que pasaba por la ventana. Caminó despacio, amortiguando el sonido de sus pisadas, hacia ella y tras sentarse a su lado, cubrió su cuerpo. Desde su nueva localización continuó buscando más formas entre las sombras. Clarice, al notar la presencia de Hannibal junto a ella, estiró la mano y se agarró a su brazo. El doctor parpadeó un par de veces y sin cambiar el gesto de su cara acercó sus dedos al hombro desnudo de Clarice. El índice recorrió la níveo piel despacio, disfrutando de cada centímetro, como si quisiera memorizar el cuerpo de la chica con el tacto.
Hannibal la miró embelesado; recorriendo en silencio su cuerpo y en ese momento fue consciente de que podría pasarse la vida entera mirándola. Sin comer. Sin dormir. La serenidad de Clarice sería su descanso y su tranquilidad el consuelo de saber que a pesar de su pasado, ella estaría a su lado cada noche.
El suave y repentino ulular de un búho se coló por la ventana abierta provocando que Clarice abriera pesadamente los ojos y buscara, desorientada, la fuente del sonido. Hannibal acarició su pelo con suavidad y susurrando la dijo que volviera a dormir. Clarice respondió a la caricia con un beso en el brazo del doctor y acurrucándose contra él, trató de volver a dormir.
La cabeza de Clarice descansaba sobre el pecho de Hannibal y el aroma de su cabello inundó los sentidos del doctor haciendo que cerrara los ojos para disfrutar plenamente de la sensación. El olor a lilas del champú jugueteaba con el olfato del doctor y le llevó a la sala de su palacio en la que guardaba el recuerdo de la primera noche que hicieron el amor. Era la fragancia de la chica y él había aprendido a amarla casi tanto como a ella.
Hannibal depositó un beso en la cabeza de Clarice y sonrió al sentirse el hombre más feliz del mundo teniéndola entre sus brazos. Estaba apresado por su cuerpo y cautivo en la dulce condena que el amor de Clarice le había impuesto.
El majestuoso búho no tenía intención de acallar sus chillidos y siendo cada vez más fuertes y constantes, consiguieron sacar a Clarice por completo de su sueño. Bostezó en silencio mientras se estiraba como una gata sobre el colchón. Alargó su brazo para rozar, de manera intencionada, la cara de Hannibal robándole una sonrisa. Besó la palma de su mano y dejó que continuara acariciando su cara. Los dedos de Clarice ascendieron hasta el pelo del doctor y se enredaron en los cortos y alborotados mechones.
La chica suspiró dirigiendo una mirada hacia el balcón, buscando al culpable su sueño frustrado. Se incorporó con sigilo y su pelo se deslizó sobre su espalda desnuda. Hannibal lo encontró irresistible.
—Duerme —murmuró el doctor acariciando la espalda de Clarice.
—No —respondió ella dibujando una sonrisa en su cara.
—Es tarde y estás cansada.
—Nunca es tarde, Hannibal.
Clarice se puso en pie y el doctor la miró embobado mientras sus pies descalzos caminaban casi de puntillas hacia la noche. Hannibal se sintió desprotegido, igual que cuando era un niño. Deseó con todas sus fuerzas que Clarice centrara su atención en él; pero la chica continuó su camino sin detenerse. Se abrazó a sí misma cuando sintió la leve brisa de la noche; Hannibal notó su estremecimiento. La luz recortó su silueta desnuda y el doctor no pudo resistir más. Saltó de la cama, de nuevo, y se aproximó con rapidez a Clarice. El cálido aliento de Hannibal en el cuello de la chica provocó en ella un escalofrío y él se abrazó a su cuerpo mientras Clarice sonreía mirando a la calle.
La mano de la chica buscaba el cuello de Hannibal mientras apoyaba la cabeza en su pecho. Él comenzó a besar su antebrazo mientras sus manos comenzaron un descenso por el cuerpo de Clarice. Los besos del doctor bajaban de la misma manera que sus manos y al toparse con el cuello de la chica, dio rienda suelta a su pasión. Clarice se giró haciendo que Hannibal se separara de ella unos segundos, los suficientes para crear en él una frustración que se vería compensada momentos después.
—Hanni... —logró susurrar Clarice antes de que el doctor capturara de manera definitiva sus labios.
Consciente de la hora y el cansancio, Hannibal trató de encaminar de nuevo a Clarice hacia la cama entre tiernos y más calmados besos. Podía sentir el pulso de Clarice sobre su piel y su deseo bajo el tacto de sus manos. La chica comenzó a sospechar las intenciones de Hannibal y no la gustó la idea; volver a dormir no estaba entre sus planes a corto plazo e hizo ver su desacuerdo con un suspiro cansado.
—Es tarde —respondió Hannibal a media voz. .Clarice negó con la cabeza.
—¿Por qué?
Hannibal respondió a su pregunta con una sonrisa y a su enfado con un beso. Los ojos de Clarice brillaban vidriosos confirmando su cansancio. A pesar de intentar negar que el sueño estaba ganando la batalla, un mal disimulado bostezo se escapó entre sus labios y sonriendo trató de esconder su rostro en el pecho de Hannibal.
Clarice se rindió, miró al doctor y buscó su boca para despedirse de nuevo. En aquel beso quiso transmitir el deseo por despertar antes de tiempo y poder reunirse de nuevo con los ojos de Hannibal.
—Mañana será un día largo.
—Lo sé —respondió Clarice antes de morder los labios de Hannibal con lujuría. El calor los ahogaba a los dos y lo único que calmaba la sensación era continuar con besos cada vez más intensos y exigentes.
—Tengo miedo de perderte —aquello fue un descuido por parte de Hannibal; él jamás había bajado tanto la guardia como para confesar miedos a otra persona. Clarice abrió los ojos sorprendida y se separó de sus labios. El monstruo que había atormentado a tanta gente se encontraba muy lejos de aquella habitación en ese momento; tan lejos que a Clarice la resultaba imposible creer las cosas que sabía. Pero la frase ya había sido pronunciada y Hannibal no tenía manera de defenderse; tan solo podía hacer una cosa, enfrentarse a ello—. No quiero perderte, Clarice.
—Ni yo a ti —respondió ella con total tranquilidad. Hannibal vio que para Clarice no había nada de extraño en bajar la barrera y decir abiertamente sus inseguridades. Pensó que las personas normales lo hacían más a menudo de lo que podía imaginarse.
Satisfecha por lo que había conseguido con Hannibal, Clarice sonrió y sus ojos comenzaron a cerrarse mientras buscaba la comodidad del cuerpo del doctor para caer de nuevo en la redes del sueño. En cuestión de segundos, ese sueño había llevado a Clarice a lugares a los que la mente de Hannibal deseaba poder seguir. El doctor cerró los ojos y se lanzó a la búsqueda de su Clarice. Se sintió egoísta, pero hasta en sueño deseaba ser suyo.
El amanecer sorprendió a Adrien en la terraza de la mansión; esperaba la llegada de "El Galo" con impaciencia. El silencio era absoluto y conforme los rayos del sol comenzaban a iluminar el terreno, pudo comprobar que los vigilantes permanecían en sus puestos. Dos flanqueaban la puerta de entrada, justo debajo de él, había otros dos en la puerta de acceso a la finca y tres más hacían pequeñas guardias alrededor del perímetro. En la parte trasera, el helipuerto estaba vacío y sin vigilancia; el helicóptero que había llevado a Natalya a la mansión había regresado a París a las pocas horas.
Adrien bajó a la destartalada planta principal y Dominique, al verle, se puso en píe y se frotó los ojos con energía. Lo acompañó fuera de la mansión en silencio, pocos metros por detrás. Adrien murmuró un leve "buenos días" a los dos hombres que estaban parados en la puerta y Dominique se paró junto a él.
—¿A qué hora dijo que llegaría? —preguntó mirando al horizonte.
—A primera hora, monsieur; pero ya lo conoce —se excusó Dominique.
—"El Galo" es un asesino extraordinario, pero es un puto vago —dijo entre dientes—. Si a mediodía no ha aparecido, coge a dos hombres e id a buscarlo.
—Confiemos en no tener que llegar a eso —respondió Dominique suspirando.
—Pero no podemos hacer que todo dependa de él —Adrien se giró por primera vez hacia el hombre—. ¿Cómo van las cosas?
—Tenemos todo preparado, monsieur. Acondicionamos el sótano ayer por la tarde —Adrien encaró las cejas.
—¿El sótano? —Dominique sonrió mostrando sus irregulares y amarillentos dientes mientras buscaba un paquete de cigarros dentro de su chaqueta.
—Pensamos que, quizás, querría un poco de … intimidad... con Lecter —Adrien asintió satisfecho y golpeó el hombro de Dominique de manera amistosa—. Fabrice se ocupó de afilar algunos cuchillos.
—Eso se lo dejaré a Natalya; siempre la ha gustado cortar carne —sonrió Adrien—. Venderemos bien la historia, Dom; seremos conocidos como los que logramos acabar con el infame doctor Hannibal Lecter.
—El gobierno americano estará muy agradecido; será una buena manera de meter cabeza en los Estados Unidos —uno de los hombres que vigilaban el perímetro de la finca se acercó corriendo a ellos.
—Un helicóptero, señor —dijo con un marcado acento británico—. ¿Llevo a los hombres a la zona de aterrizaje?
—"El Galo" —aseguró Dominique bajando las escaleras mientras se cubría la frente con la mano para tapar el sol.
—Dominique y yo nos ocuparemos. Vuelve a tu puesto; no podemos reducir la vigilancia —el hombre asintió y regresó corriendo.
Ollivier Tausiet, más conocido como "El Galo", era un hombre de apariencia frágil pero con una fuerza asombrosa. Se había criado en Marsella y desde muy pequeño había tenido claro que su futuro estaría entre armas. Cuando llegó a la mayoría de edad se alistó en el ejército francés y allí hizo saber que no se dejaría pisar por nadie; comenzó a ascender puestos y al llegar a coronel pensó que tenía la preparación necesaria para continuar por su cuenta. Ya había hecho varios buenos contactos en diversas secciones de su propio ejército y de otros. El dinero que conseguía gracias a la venta de armas y a la intimidación le hizo más avaricioso, lo que le llevó a ser descuidado con sus movimientos y contactos. En los años setenta su propio ejército se enteró de las maniobras que estaba llevando a cabo y fue perseguido para ser sometido a juicio. Adrien Kleber, que era uno de sus clientes más fieles, le ayudó a escapar y le ofreció el exilio en Australia, de manera que Francia se olvidaría de él y podría continuar con su negocio. Tras regresar a Francia, habiéndose hecho más fuerte y sanguinario en Australia, se vio en la situación de ayudar a Adrien cuando este lo requiriera; cuando fue informado sobre el asunto de Lecter, no tuvo ningún inconveniente en acudir junto a su antiguo cliente para ayudarlo.
El helicóptero aterrizó cinco minutos después de que fuera dada la señal de aviso y Adrien, junto a Dominique, esperaba el desembarco. "El Galo" bajó de un salto y deshaciéndose de los cascos, hizo una seña a uno de los hombres que viajaba con él para que descargara las maletas con la munición. Con una sonrisa dibujada en su bronceado rostro, caminó con paso firme hacia los dos hombres. Vestía un traje de lino blanco con la camisa casi desabrochada que dejando al descubierto su moreno pecho y una gran cadena de oro. Era notablemente más bajo que Adrien y este sacó pecho cuando el hombre se situó frente a él a modo de recordatorio de quién mandaba allí. "El Galo" extendió su mano hacia Adrien y cuando este aceptó, la sacudió con fuerza antes de abrazarlo.
—Llegué a pensar que no vendrías, maldito holgazán —dijo Adrien separándose del hombre.
—Un asuntillo de última hora, camarada —respondió chasqueando la lengua. Se quitó las gafas y guiñó uno de sus grandes ojos marrones—. Uno de los putos del norte se presentó poco antes de que saliera a dar un poco por culo y tuve que mancharme la camisa.
—Mira bien a quién liquidas, Ollivier, porque Brisbane no estará a tu disposición una segunda vez —el tono de Adrien era alegre, pero dejó claro que el aviso iba totalmente en serio.
—¿Y aquí qué ha pasado? ¿Es verdad que el chico ha muerto? —Adrien asintió en silencio mientras señalaba a su invitado el camino hacia el interior de la mansión—. Siempre pensé que sería bueno tener a Lecter como aliado.
—Lecter no se acercaría ni diez metros a alguien como tú, "Galo"—los tres hombres se echaron a reír y fue el invitado el primero en entrar. Natalya los esperaba en la sala principal; cuando vio al hombre aparecer en el pasillo, se acercó a él con una enorme sonrisa y los brazos abiertos.
—Mi querido Ollivier —dijo fundiéndose en un abrazo—. Tenía ganas de verte.
—No me lo habría perdido por nada del mundo —respondió besando la frente de la mujer—. ¿De cuánto tiempo disponemos?
—Sabemos que hace dos días Lecter pasó por el Café de L'este; así que su visita puede ser inminente —informó Adrien desabrochándose uno de los botones de su polo; el calor de primera hora presagiaba un día caldeado.
—Tranquilo, ese cabrón lituano os molestará mucho más —sonrió "El Galo"—. He traído algunas cosas para entretenernos.
—Ellos ya lo saben, "Galo"; Lecter es mío y de mi hermana. Su muerte nos corresponde a nosotros por lo que le hizo a nuestro padre. Podréis divertiros con su "jovencita"; pero Lecter es nuestro.
—Comprendido —respondió el hombre alzando los brazos en señal de rendición—. Su "jovencita" es federal, ¿no es así? Debe de ser muy convincente el doctor para llevarse con él a un miembro del FBI.
—Ex federal —matizo Natalya—. Gracias a nosotros salió de la institución —sonrió.
"El Galo" chasqueó los dedos y dos de sus hombres aparecieron a su lado en cuestión de segundos. Portaban dos grandes maletas con armas de corto y largo alcance. Adrien sonrió asombrado al comprobar la calidad del material militar que "El Galo" había llevado para tal ocasión.
—Dame un par de puntos elevados y estos dos hombres mantendrán la zona a raya —explicó girándose hacia ellos.
—En la azotea hay buena visibilidad —indicó Adrien—. Dominique, haz el favor de acompañar a estos hombres arriba.
No prometo que mañana intentaré subir nuevo capítulo, pero intentaré intentarlo, ¿uhm? xD
Bueno, ya me diréis que os parece ;)
Sed buenos!
Ta ta. Z
