Según la leyenda, los cisnes son aves que no saben cantar; pero que en el momento de morir, entonan un hermoso canto a modo de "despedida". "El canto del cisne" también se aplica a la última obra de una persona antes de morir y, en resumen, ese suspiro final que todos acabaremos dando un día.

El título de este capítulo y lo que estáis a punto de leer, bien podrían considerarse una metáfora de esa leyenda.

Enjoy...


Clarice caminaba varios metros por delante del Hannibal; lo hacía despacio, calculando cada paso y tratando de reducir todo lo posible el sonido del follaje crepitando bajo sus pies. El doctor pensó que parecía una leona vigilando un territorio repleto de enemigos. La chica se pegó a la tapia y con un gesto silencioso, indicó a Hannibal que hiciera lo mismo que ella; desde su situación podía ver la entrada de la finca custodiada por un único hombre armado; sospechando que otro no debería de andar muy lejos, se agarró a las piedras del muro y trepó muy despacio hasta alzar la cabeza por encima de la altura de la protección. Clarice pudo ver tres cabezas detrás de un seto; se movían de vez en cuando y el humo de los cigarros se elevaba por encima de los hombres indicando su posición. Bajó de nuevo al suelo e indicó al doctor que se acercara.

—Hay cuatro hombres en la entrada —susurró casi pegada a la oreja derecha de Hannibal—. El que vemos desde aquí y tres más fumando dentro. Creo que podríamos deshacernos de este sin demasiadas complicaciones.

—Tendremos que ir poco a poco —respondió Hannibal entrecerrando los ojos para visualizar con más nitidez al vigilante. El hombre parecía cansado y de vez en cuando se dejaba caer sobre el muro de piedra durante unos segundos.

—Tiene suerte de contar con una experimentada ex agente del FBI, doctor Lecter —bromeó Clarice sonriendo—. Necesito armas.

—Deja que me ocupe de este —Hannibal se adelantó a Clarice y se giró de nuevo hacia ella—. Podrás usar lo que lleve encima, ¿uhm? —la chica asintió y subió de nuevo al muro para poder tener controlados a los tres hombres que permanecían dentro.

Hannibal caminó pegado a la pared; protegido por la salvaje flora que crecía entre el muro y la carretera. Se llevó la mano al bolsillo y sacó su arpía. Sabía que no tenía demasiado tiempo ni tampoco podría acercarse mucho al vigilante; la mejor opción era atraer al hombre lo más lejos posible de la entrada. Buscó a su alrededor algo con lo que pudiera llamar la atención sin descubrir su posición.

Bingo —susurró recogiendo unas cuantas piedras de pequeño tamaño.

Miró a Clarice y esta con un gesto le indicó que, por el momento, no había ningún problema. Hizo saltar las piedras sobre la palma de su mano y cogiendo la primera la lanzó unos metros delante de su posición. El vigilante giró la cabeza y se levantó la gorra, pero no se movió. Hannibal arrojó dos piedras más y vio como el hombre se ponía en alerta. Con la cuarta consiguió que abandonara su puesto y se dirigiera para curiosear, estaba seguro de que se trataba de algún animal escarbando en la tierra; pero no se sentía cómodo con la presencia de alimañas cerca.

Hannibal se agachó y lanzó la última piedra justo delante de sí mismo; el ruido de las pisadas del hombre ayudaron a Hannibal a camuflar las suyas y rodeando el espeso arbusto salió justo detrás del vigilante con la arpía firmemente sujeta en su mano derecha. Agarró al hombre por la cara, tapando su boca para impedir que los gritos los delataran y le cortó la garganta al tiempo que arrastraba el cuerpo hacia el muro. Cuando estuvo convencido de que el hombre no podría emitir sonido, destapo su boca y hundió la arpía en su pecho, justo a la altura del corazón, para acelerar la muerte.

No le costó demasiado esfuerzo cargar con el cuerpo del vigilante para esconderle tras los arbustos. Clarice corrió a su lado y el doctor la recibió con dos armas en sus manos.

—Colt semiautomáticas —sonrió la chica al comprobar ambas pistolas—. Tiene que tener recambios, ¿haces el honor de registrarlo?

—Faltaría más —respondió Hannibal colando sus manos por los múltiples bolsillos de la ropa del vigilante. Los pantalones estaban vacíos, pero en el chaleco encontró tres cargadores llenos y en la parte interior, un cuchillo de combate de un tamaño ligeramente superior a su arpía—. ¿Te sirve?

—Es perfecto —Clarice analizó el arma con detenimiento y guardándolo en la funda, lo escondió dentro de su bota, de la misma manera que lo había hecho cuando era agente—. Tenemos que darnos prisa, en cuanto el otro vigilante se percate de la ausencia de su compañero, dará la voz de alarma.

Caminaron juntos hasta la mitad del trayecto y se pararon para analizar la situación; las voces de los hombres se oían cada vez más cerca, después, silencio y los pasos de un solo hombre acercándose por el camino de tierra.

El segundo vigilante no reparó en la ausencia de su compañero en un primer momento; se colocó en su posición y encendió un nuevo cigarro. Clarice contuvo la respiración cuando los ojos del hombre pasaron frente a su escondite y se agarró con fuerza al brazo de Hannibal.

—Es su turno, señorita —musitó el doctor besando el cuello de Clarice cuando vieron que el hombre dejaba su puesto para retirarse a un árbol cercano.

—¿Quieres que le ataque ahora? —preguntó la chica. El hombre estaba situado de espaldas a ellos y en ese momento se llevaba las manos a los pantalones—. No me gustaría tener que verle algo que no quiero.

—Vamos, Clarice —dijo Hannibal dando un pequeño empujón a la chica.

Clarice desenfundó el cuchillo y con la discreción que el FBI la había enseñado, se acercó al vigilante por la espalda y le clavó el cuchillo por la espalda; justo entre la tercera y la cuarta vértebra cervical. El vigilante no tuvo tiempo para chillar; el cuchillo salió por debajo de la mandíbula junto con un potente chorro de sangre. La chica se giró hacia el doctor y este la miró con orgullo. Las armas del hombre ya no servían a Clarice; pero las recargas y el silenciador la serían de utilidad.

La primera parte del trabajo estaba hecha; habían quitado de su camino a los dos primeros vigilantes de la finca. Clarice colocó el silenciador en una de los Colt y asegurándola, se la ajustó entre la cintura de los vaqueros y su cuerpo; una acción poco segura, pero en ese momento la única válida si quería tener las manos libres.

Uno de los hombres que recorrían el perímetro de la finca escuchó un ruido cerca de la entrada y se acercó para comprobar que todo estaba en orden; Clarice apenas tuvo tiempo de colocar el arma cuando se vio con ella entre las manos disparando un certero tiro en la frente del recién llegado. Aquella reacción dejó a Hannibal maravillado; Clarice parecía poseer unos reflejos a la altura de los suyos propios.

—Hay dos más en el tejado de la casa —dijo Hannibal posicionándose detrás de Clarice y guiando su mirada con el dedo índice—. ¿Crees que podrás acertarlos desde aquí?

Clarice ladeó la cabeza y calculó la distancia aproximada; en la galería de tiro había practicado desde blancos cercanos con una precisión increíble y los concursos ganados la daban confianza para poder alcanzar el objetivo. Caminó hacia la puerta de entrada, procurando ocultarse de la vista de los francotiradores y separando los pies, suspiró. Cerró los ojos e hizo que su cuello crujiera al girarle de izquierda a derecha. Hannibal permaneció en un segundo plano; observando con atención cada movimiento que Clarice hacía. La chica dio un paso al frente y levantado los brazos efectuó un disparo sin vacilar. Sin mover los pies, giró la cintura unos grados y disparó de nuevo. La bala impactó esta vez contra la fachada y vio como el hombre se escudaba tras la mira telescópica; los disparos fueron simultáneos. Clarice se lanzó al suelo al soltar el gatillo y rodó hacia el lado de Hannibal.

—¿Están muertos? —preguntó mirando en dirección a la mansión.

—El primero sí; el segundo, espero que también —respondió de manera indiferente.

—Eres increíble.

—Gracias —su tono de voz era frío y vacío; algo en ella había cambiado y Hannibal sintió cómo la sed de sangre se estaba apoderando de ella. De pronto Clarice se giró y miró a su alrededor.

—¿Sucede algo?

—Creo haber escuchado...

—¡Alto! —dos hombres salieron a su encuentro en el mismo punto que el tercer vigilante. Esta vez Clarice no tuvo tiempo de reaccionar, aunque se vio tentada a ello.

—No, Clarice —susurró Hannibal alzando los brazos—. Será mejor que no hagas eso.

Natalya estaba en el centro de la sala, escoltada a la derecha por su hermano y a la izquierda por "El Galo"; Dominique la cubría las espaldas. Los dos hermanos sonreían a la pareja que tenían enfrente. Hannibal miraba con curiosidad la estancia, como si no hubiera nadie delante de ellos; estaba completamente relajado. Ambos tenían las manos atadas a la espalda y Clarice había sido despojada de todas las armas. El atractivo de la chica era el centro de las miradas de todos los hombres que ya saboreaban lo que creían conseguido. Ella se sentía incómoda por ello, pero en ningún momento lo hizo ver.

Natalya caminó hacia ellos y parándose frente a Hannibal le asestó dos bofetadas.

—Una por mi padre —dijo—, y otra por Ivan.

—Deberías aprovechar y darme la tercera por tu hermano —respondió Hannibal sonriendo.

—Su arrogancia le precede, doctor Lecter; pero me temo que no le salvará la vida esta vez —Hannibal alzó las cejas y asintió con solemnidad.

—¿Será un juicio corto o terminamos rápido con esto?preguntó "El Galo" caminando alrededor de Clarice—. De pronto tengo unas ganas terribles de sentirme más hombre —rió. Los demás hombres le imitaron—. No te importa, ¿verdad? —preguntó a Hannibal.

—Terminarás sabiendo si me importa o no; pero deberías de saber que solo esa asquerosa mirada sobre ella merece la muerte.

—En un rato habrá más que una asquerosa mirada sobre ella, créame —fanfarroneó "El Galo" paseándose ahora frente a Hannibal.

—Ya lo veremos —susurró el doctor. Adrien se aproximó a él y le miró en silencio durante unos segundos.

—¿Sabe? Siempre pensé que usted era un hombre alto y robusto; era el monstruo que me acechaba por las noches cuando era niño. Me despertaba de mis sueños llorando porque en ellos le veía como una especie de ser invencible; alguien sobrehumano, ¿comprende? —miró de arriba abajo al doctor y dejó escapar una carcajada—. Ahora, al verle, me parece ridículo que temiera a un hombre como usted y no comprendo como mi padre no pudo con un enclenque adolescente.

—La vista nos puede engañar, monsieur Kolnas —Adrien apretó los dientes a escasos centímetros del rostro de Hannibal y este sonrió—. No se enfade, ese es su verdadero nombre y lo sabe. Adrien Kolnas, hijo de un cobarde lituano que prefirió cobijarse bajo el cómodo abrigo de los nazis traicionando así a sus compatriotas. ¿Se siente orgullo de ello, monsieur Kolnas? El nazismo ayudó a pagar esta hermosa mansión.

—No sé que pretende pavoneándose de esa manera en este momento. No vivirá mucho, debería estar pensando en el reencuentro con sus seres queridos, ¿no? —Hannibal cerró los ojos. Frío, nieve, Kolnas cogiendo la mano derecha de Mischa; Grutas la izquierda. El chillido de la niña retumbó en sus oídos y, como pudo, regresó al presente. Abrió los ojos y miró impasible a Adrien. El hombre retrocedió unos pasos cuando sintió los iris granates del doctor clavándose en sus propios ojos.

Recuerdo la última vez que os vi —dijo fríamente Hannibal—, tú debías de tener unos siete años y tu hermana —se giró hacia Natalya—, ¿tres? Que niña tan dulce gateando por el local del próspero Herr Kolnas, atrayendo las miradas y las sonrisas de los clientes. Mi error fue sentir compasión por aquellos dos niños que dormían plácidamente en sus camas; pero jamás haría daño a un niño, ni aun sabiendo que se terminarán convirtiendo en despreciables adultos —Clarice recordaba perfectamente el tono que Hannibal estaba usando; lo había oído en una ocasión en el hospital de Baltimore, durante su primera entrevista. Un tono directo, serio, monótono, que se metía en lo más profundo de las personas y perforaba los recuerdos dejando escapar los más bajos instintos. Era una voz retadora, que llamaba a la lucha y a la vez decía las peores verdades de quién estaba escuchando—. Su padre no era de la misma opinión. ¿Sabéis lo que hacía cuando servía bajo el mando alemán? ¿Os contó alguna vez cómo devoraba niños huérfanos evitando así a la muerte? —Natalya abrió la boca horrorizada y Adrien dio un paso al frente.

—Mientes —siseó—. Natalya, no le escuches, solo quiere confundirnos.

—Yo jamás miento —respondió Hannibal sin parpadear—. Al contrario que vuestro padre.

—¡Ya basta! —cortó Adrien—. Natalya, llévate a la chica al piso de arriba; no creo que sea necesario que vea esto —se volvió hacia Hannibal—. Como puede ver, doctor Lecter, siento compasión por su... ¿amante? —miró a Clarice y sonrió dibujando una graciosa cara de disgusto—. ¿De verdad una preciosidad como tú se puede tirar a este tipo?

Natalya agarró por el brazo a Clarice y entre los murmullos de disgusto de los hombres, sacó a la chica de la sala. Tiró de ella por todo el pasillo y al llegar a las escaleras la empujó para que las subiera delante de ella. Clarice ascendió despacio parándose en cada escalón y provocando la ira de Natalya, que deseaba regresar al salón principal cuanto antes.

—¿Viste morir a Ivan? —la pregunta había rondado la cabeza de Natalya desde el primer instante en el que había agarrado a Clarice por el brazo.

—No sé quién es Ivan —respondió Clarice subiendo un escalón más. La mujer la agarró con fuerza por el brazo y la obligó a girarse.

—En Mallorca —Clarice vio la desesperación en los ojos de Natalya—. Era el único que destacaba en el grupo debido a su edad.

—No vi morir a nadie en Mallorca —dijo Clarice apoyando el peso de su cuerpo en la pierna derecha—. ¿Viste tú morir a la agente Mapp? —preguntó con un envenenado desdén. La mujer hizo girar de nuevo a Clarice y la golpeó para que continuara.

El piso superior estaba en bastante mejor estado que el principal. Había un largo pasillo que recorría la mansión y más de una docena de puertas, colocadas a ambos lados del pasillo, de manera lineal, flanqueaban el camino. Justo en el centro del pasillo había una enorme vidriera que permitía la entrada de luces de varios colores a todo el pasillo. El motivo que decoraba la vidriera eran dos plantas enredaderas que trepaban desde el suelo hasta el techo enroscándose en unas columnas corintias. Los vidrios del centro, a pesar de ser opalizados, dejaban pasar gran cantidad de luz, creando diversas formas y sombras en la pared de enfrente.

Mientras caminaba, Clarice calculó el peso de Natalya y el esfuerzo que debería de hacer para quitársela de encima sin armar demasiado jaleo. Miró los tiradores de las puertas, serían una buena herramienta para deshacerse de las ataduras que mantenían sus manos unidas delante de su cuerpo; pero no estaba del todo segura de que fuera una buena idea; no sabía si las puertas estaban cerradas ni el estado en el que se encontraban; pero no tenía más opciones. Se volvió hacia Natalya; caminaba muy cerca de ella, por lo que debería actuar con rapidez. Al girarse respiró hondo y con un rápido gesto alzó los brazos y los bajó de golpe sobre uno de los tiradores. Las cuerdas se rompieron.

—Pero, ¿qué coño...? —Natalya se abalanzó sobre Clarice y ambas mujeres iniciaron una lucha que las llevaba al centro del pasillo.

Clarice golpeó a Natalya en la cara y esta se lanzó contra ella haciendo que ambas cayeran al suelo. La chica forcejeó con ella esquivando los golpes que lanzaba; pero cuando la mujer logró sentarse sobre el cuerpo de Clarice, esta perdió fuerza. Natalya se agarró al cuello de Clarice y lo apretó con fuerza. Intentó patalear, pero la mujer la aprisionó con firmeza contra el suelo. La chica miró a su alrededor con urgencia buscando ayuda; pero sentía como la vista se la nublaba cada vez más. Natalya redujo momentáneamente la presión en el cuello de Clarice y esta aprovechó para lanzar un contraataque.

Jadeantes y claramente cansadas, ambas mujeres se miraron frente a frente una última vez; Natalya arremetió contra Clarice, quién se hizo a un lado dejando pasar de largo a la mujer. Viendo que perdía el equilibrio frente al ventanal, Natalya se agarró en un último y desesperado segundo al brazo de Clarice y el peso de las dos las hizo caer hacia atrás, atravesando el cristal y precipitándose al vacío.

El ruido de los cristales rotos y los siguientes golpes secos fuera hizo que los hombres del piso de abajo corrieran a las ventanas. Adrien descorrió las cortinas y al ver lo que había ocurrido, lanzó un agónico grito de dolor y salió corriendo hacia el pasillo. Dominique le siguió apresuradamente y Hannibal caminó hacia la ventana para encontrarse con lo que jamás habría deseado ver.

Clarice y Natalya habían caído al suelo entre una lluvia de cristales rotos; los cuerpos de ambas mujeres yacían ensangrentados e inmóviles. Hannibal sintió que le faltaba el aliento y alzando las manos al cristal de la ventana, golpeó con desesperación antes de que "El Galo" le detuviera.

—¡Clariiiice!

...


... el canto del cisne...

Ta ta. Z

Ta ta. Z