Os puedo asegurar que la tardanza no ha sido intencionada, aunque eso pueda parecer teniendo en cuenta cómo terminó el capítulo anterior; pero el caso es que todo ha sido culpa de un pequeño accidente. Por suerte no ha sido más que un susto, no obstante os pido disculpas por la tardanza adicional.

Este es el penúltimo capítulo y os aviso que es doble (este no es solo más largo que un verano sin Calippo... es eso y más largo que unas navidades sin turrón Suchard, así que, preparaos... xD)

Enjoy!


La fuerza de "El Galo" no fue suficiente para separar a Hannibal de la ventana; la resistencia que el doctor opuso hizo que el hombre tuviera que llamar a uno de sus chicos para que lo ayudase. Clarice no se movía. Los ojos de Hannibal no se retiraban del pecho de la chica, confiando en ver un leve movimiento, pero nada parecía indicar que respirara.

Hannibal había recordado durante gran parte de su vida los rostros de todos y cada uno de los hombres que habían terminado con la vida de Mischa; curiosamente, conforme fue asesinándolos, esas caras se borraron de su memoria y tan solo quedaron los nombres. Cuando Adrien se arrodilló junto a su hermana, un recuerdo llegó como un rayo a su memoria; una imagen sin sonido, solo el frío y las caras sonrientes bailaban en los párpados cerrados de Hannibal; abrió los ojos para ver el rostro de Kolnas en su hijo. Una furia se desató en su interior; el monstruo pedía paso y había alguien que se lo impedía. Los ojos de Hannibal brillaban y el hombre que ayuda a "El Galo" a sujetarlo, soltó el brazo del doctor.

—¡¿Qué coño crees que haces?! —Hannibal era más bajo y delgado que él; pero superaba su fuerza de manera asombrosa. "El Galo" se aferró con ambas manos a su brazo y volvió a gritar al hombre—. ¡Sujétalo, joder!

—Es...

—¡Ya sé quién cojones es, por eso te digo que lo sujetes! —el hombre vaciló unos instantes antes de volver a rodear el codo de Hannibal con la mano derecha. Tardó unos segundos más en acercarse del todo para agarrar al doctor con la otra mano.

Fuera, los gritos repentinos de Adrien confirmaron la muerte de su hermana. Hannibal volvió a la carga, tratando de llegar a la ventana; pero esta vez ambos hombres estaban preparados y un tercero se acercó por la espalda para colocar el cañón de su arma en la nuca del doctor. Sabía que de esa manera no iba a conseguir nada, por lo que volvió a un estado de aparente calma. Los hombres relajaron la presión y el pudo dejar caer sus manos atadas. La atención estaba puesta en el exterior y en los gritos de Adrien, por lo que no le resultó demasiado complicado palpar sus pantalones para comprobar que la arpía continuaba en su sitio. Sonrió cuando sus dedos localizaron el duro acero. Si Clarice estaba muerta nada importaba ya para él; no dudaría en morir tratando de escapar.

Dominique entró a toda prisa en la mansión y atravesó el pasillo a gran velocidad; cuando llegó al salón principal se detuvo y habló al oído a uno de sus hombres.

—¿Natalya ha muerto? —preguntó "El Galo" mirando fijamente a Dominique. Este asintió en silencio antes de desviar la mirada hacia Hannibal.

—Tu chica vive, caníbal; pero no creo que duré demasiado sin atención médica. Es una lástima que para un doctor que hay en la finca este esté preso.

La noticia de que Clarice continuaba con vida animó a Hannibal; sabía que la chica era fuerte y que no dejaría de luchar por su vida. Ahora todo dependía de él y de salir de aquella mansión en el menor tiempo posible. Cada minuto perdido por su parte acercaría a Clarice a la muerte.

—¡¿Dónde está?! —la voz de Adrien tronó en el pasillo; todos los que permanecían en el salón le dirigieron su mirada. El hombre entró con las manos y la camisa llenas de sangre y la cara roja de irá y desesperación. Se dirigió directo hacia Hannibal y se encaró a él—. ¡Ha matado a mi hermana! ¡Tu zorra ha matado a mi hermana!

—¿Has barajado la posibilidad de que fuera tu hermana la que tratara de matarla? —preguntó Hannibal con total tranquilidad.

—Mi hermana ha muerto en mis brazos, doctor Lecter —susurró entre dientes a escasos centímetros de la cara de Hannibal—; puedo llevarme conmigo ese recuerdo. Pero usted no estará al lado de Starling cuando muera. No morirá en sus brazos y no escuchará su último aliento.

—Desde luego que no, Adrien —respondió Hannibal sonriendo—. Clarice morirá muchos años después que yo; por lo que no podré tenerla entre mis brazos en ese momento.

—Tiene un corte en el cuello, no esté tan seguro de que le quedan muchos años de vida —ahora era Adrien quien sonreía; los rastros de sangre por su cara, unidos a las lágrimas y al tono rojo que su piel había adquirido a fuerza de gritar, hacían que la sonrisa fuera grotesca; como la de uno de los maníacos que habían acompañado al doctor durante los años que estuvo preso en Baltimore—. Y no, no morirá antes que ella; dejaré que sufra lo que he tenido que sufrir yo durante toda mi vida.

—No solo no morirá, si no que, te puedo prometer que te verá morir a ti —Adrien escuchó las palabras del doctor sin abandonar la sonrisa y la mantuvo unos segundos más, mientras pensaba si terminar ahí mismo con la vida del doctor o esperar un poco más.

—Dominique, llevadle abajo —ordenó Adrien sin apartar la mirada de Hannibal.

Con un leve gesto de cabeza, Dominique se dio por enterado y apartando al hombre de "El Galo" de su camino, agarró el mismo al doctor y le empujó hacia el pasillo. Adrien se derrumbó en el sillón cuando Lecter hubo desaparecido de su vista; se llevó las manos a la cara y sin importarle quién estuviera delante y mirándole en silencio, rompió a llorar.

Dominique apretaba con fuerza el brazo del doctor, haciendo que el hombro de este permaneciera en una posición antinatural y dolorosa; la lesión que Barney le había provocado años atrás al tratar de separarle de la enfermera se vio reavivada en aquel momento. Hannibal cerró los ojos momentáneamente para hacer frente al intenso dolor que estaba sufriendo; sabía que debía mantenerse entero por Clarice. Con Dominique a su espalda tenía libertad para llevar sus manos hasta el bolsillo y sacar la arpía, pero el dolor era cada vez más fuerte. Bajaron unas maltrechas escaleras casi en total oscuridad y el hombre se asombró al comprobar la facilidad con la que el doctor descendía sin problema alguno los peldaños; el llevaba la mano pegada a la pared y con todo y eso, sentía cierto respeto. Cuando llegaron abajo, Dominique hizo parar a Hannibal y buscó a tientas el interruptor; ahora el doctor sí podía llevar sus manos al bolsillo. Antes de que Dominique encendiera la luz, Hannibal ya había deslizado la arpía por la tela del bolsillo interno hasta sacarla de él; la ajustó a la palma de su mano derecha, poniendo la izquierda encima a modo de protección y la sujetó contra su cuerpo.

El pasillo que tuvieron que recorrer era casi tan largo como la mansión; lo único que había allí eran unas viejas luces que no dejaban de parpadear y una puerta metálica al fondo. El recorrido era lo suficientemente largo y tenue como para que Hannibal tuviera tiempo de ir cortando las cuerdas que sujetaban sus manos. Para cuando hubieron llegado al final del pasillo, las manos del doctor estaban libres y la cuerda tan solo se sujetaba con la presión que hacía Hannibal en su propio cuerpo.

Permitió que Dominique abriera la puerta y entrara delante de él antes de iniciar el ataque; no estaba seguro de que alguno de los hombres los hubieran seguido y pudieran escuchar los gritos de Dominique.

—Se quedará aquí hasta que Adrien decida que hacer con usted —había cometido el terrible error de dar la espalda a Hannibal Lecter. Este dejó que el hombre caminará un par de pasos más y cerró la puerta con el pie. Dominique se giró al escuchar el golpe metálico y sonrió—. ¿Pretende meterme miedo, doctor? Aquí estamos los dos solos y usted no es que esté en una situación demasiado favorable.

—¿Seguro? —Hannibal sonrió y alzó los brazos; los trozos de cuerda cayeron ante sus pies y Dominique los miró horrorizado.

—¡No! —gritó buscando la manera de llegar hasta la puerta. Hannibal caminó de un lado a otro lentamente, cerrándole el paso por cada lugar por el que trataba de escapar. Por primera vez en mucho tiempo, el monstruo volvería a atacar.

—Yo creo que sí —respondió él sonriendo malévolamente.

En un acto suicida y como última opción, Dominique se lanzó contra el doctor. Hannibal bloqueó el placaje y valiéndose de la inercia del cuerpo del hombre, se giró hacia la derecha para dejar caer a Dominique y cortar su cuello durante el rápido descenso al suelo. El chorro de sangre salpicó la pared y Hannibal permaneció en la misma posición hasta que Dominique dejó de convulsionar. Se agachó junto al cuerpo y tiró ligeramente de la camisa del hombre para limpiar su arma. La volvió a guardar en su bolsillo y abriendo la puerta, echó un rápido vistazo al exterior para comprobar que nadie más había bajado hasta ese nivel.


Clarice despertó minutos después de la caída y tardó otros tantos en recordar dónde estaba y por qué se encontraba tumbada en el suelo. A través de los párpados la luz del día se veía rojiza y Clarice sintió una punzada de dolor aun sin abrir los ojos. Sentía nauseas pero no se veía ni con fuerzas para girarse a vomitar; respiró hondo unas cuantas veces y esperó a que se pasara.

Poco a poco, fue haciéndose consciente de su propio dolor y quiso saber el alcance de la gravedad de las heridas. La costaba respirar y al recordar la caída supo que no sería raro que alguna costilla estuviera rota. Las piernas las movía sin demasiada dificultad, al igual que el brazo derecho; aunque por la sensación húmeda y pegajosa, intuía que había cortes de cierta importancia. Por el contrario, el brazo izquierdo no podía moverlo; había caído sobre él y, sin duda, estaba roto. Notaba el pelo pegado a su cara y un dolor punzante en la frente. Alzó la mano y pasó los dedos suavemente sobre la zona; al retirarla comprobó que estaba sangrando demasiado. Cuando miró hacia la ventana rota y calculó la altura, rezó porque no hubiera ningún daño interno; lo extraño era que siguiera con vida.

Giró la cabeza y vio el cuerpo de Natalya tendido a su lado; un cristal de gran tamaño atravesaba la garganta de la mujer. Tenía los ojos y la boca abiertos en gesto de terror. Clarice parpadeó y volvió a poner su cabeza en la posición inicial; se entristeció cuando se dio cuenta de que ya no la afectaba ver muertes como aquella.

¿En qué la habían convertido?

Escuchó unas voces extranjeras acercarse a ella y cerró los ojos. No sabía si habían sido ya encontradas ni si sabían que seguía con vida; por lo que optó por hacerse la muerta para asegurarse. Dos hombres se pararon justo delante del cuerpo de Natalya y comenzaron a discutir; Clarice no comprendía nada de lo que decían, pero podía intuir que no estaban de acuerdo en algo. Abrió un poco el ojo derecho y vio como cubrían el cuerpo de la mujer con una sábana blanca. Uno de los hombres miraba a su alrededor nervioso mientras encendía un cigarro. Las manos le temblaban y las cerrillas se le cayeron al suelo; junto a Clarice. El otro se agachó e incorporó el cuerpo de Natalya mientras, con un gesto, indicaba a su compañero que hiciera lo mismo con las piernas; el hombre no parecía estar satisfecho con la orden que estaba recibiendo y tirando el cigarro de mala gana, a los pies de Clarice, agarró las piernas de la mujer. Lo siguiente que dijeron sí que lo entendió Clarice; habían contado hasta tres antes de alzar el cuerpo. Con los ojos entornados vio como los hombres se llevaban a Natalya; los perdió de vista cuando dieron la vuelta a la esquina de la mansión.

Haciendo un enorme esfuerzo, Clarice se sentó en el suelo. Bajo la mano derecha había algo que se la estaba clavando en la palma; cuando la retiró, observó una de las cerillas que se le habían caído al hombre. La sujetó entre los dedos y la guardó. Tuvo que cerrar los ojos con fuerza para ahuyentar el mareo, pero sólo se pudo apoyar con una mano en el suelo. Lentamente comenzó la maniobra para ponerse en pie. Las nauseas se hicieron más intensas y tuvo que parar unos minutos cuando ya se encontraba arrodillada. Se llevó la mano al estómago y arrugó con fuerza la camiseta; estaba furiosa consigo misma. Había sido entrenada para superar momentos como ese y recordando las lecciones recibidas en el FBI, terminó de incorporarse. Se tambaleó cuando tuvo los dos pies firmemente plantados en el suelo y se vio obligada a extender, como pudo, los brazos para guardar el equilibrio.

No podía permanecer demasiado tiempo allí; no había escondites cercanos y si aparecía alguien, estaría perdida. Sopesó la posibilidad de seguir el camino que habían hecho los dos hombres con el cadáver de Natalya; pero era demasiado arriesgado, con lo que optó por caminar hacia su izquierda. Sus pasos eran cortos, lentos y torpes. Llevaba el brazo izquierdo completamente pegado a su pecho, en la única posición en la que el dolor era menos intenso. Por momentos su vista se nublaba y se apresuró a llegar a la fachada de la mansión; pegada a la pared se sentía más segura e, incluso, se permitió caminar a mayor rapidez.

De manera instintiva, se había llevado la mano sana a la cadera en un par de ocasiones; la resultaba difícil eso de ir desarmada. Desde el momento en que la habían dado su pistola, pocas habían sido las veces en las que se había separado de ella y ahora deseaba más que nunca tenerla. Recordó que estaría archivada dentro de una caja de cartón, junto con el resto de sus pertenencias de agente; también recordó el por qué se encontraba en el sótano del edificio J. Edgar Hoover. Ardelia ya no la esperaba en casa, echa un ovillo en el sillón y deseosa por iniciar una de aquellas interminables conversaciones que se solían alargar hasta pasada la madrugada. Si en adelante, alguien la puteaba, Ardelia no estaría allí para animarla soltando una retahíla de improperios contra quién se hubiera dignado a decirla nada. Ser consciente de que no volvería a ver más a su amiga fue lo más doloroso de todo; hasta entonces sabía que Ardelia había muerto y que ella había cargado con las culpas, pero no había pensado en los detalles.

Apoyó la espalda contra la pared y, por primera vez en muchos días, lloró desconsoladamente la pérdida de su mejor amiga. Sentía rabia por todo, por su pérdida, por la traición del FBI, por el accidente que acababa de tener... y fue entonces, al rememorar el accidente y ver de nuevo el cuerpo de Natalya en su memoria, cuando comprendió que las personas contra las que estaba luchando en ese preciso momento, eran las responsables de la muerte de Ardelia. Abrió los ojos, respiró hondo y limpiándose las lágrimas del rostro reanudó la marcha con una renovada motivación.

Hannibal seguía en el interior de la mansión, pero sería una locura entrar allí para ayudarle; primero debería asegurarse de que no había nadie en el exterior antes de pensar un plan para entrar. Echando cálculos, y sin tener en cuenta lo que podría estar pasando dentro, ni a Natalya, llegó a la conclusión de que en el perímetro de la finca había siete hombres muertos. No tenía ni la más remota idea de la manera de trabajar de los hermanos Kleber; pero más de diez vigilantes para una finca de aquellas dimensiones sería absurdo. Estaban los otros dos que habían cargado con el cuerpo de la mujer y esos serían los siguientes en caer.

El viento golpeó su cara cuando llegó al patio trasero de la mansión. Se pegó a la pared y observó con detenimiento su alrededor. Justo en el centro, sobre una pequeña parcela de asfalto con marcas de pintura desgastadas, había un helicóptero de los que se usaban para realizar visitas turísticas sobre los lugares más importantes de las ciudades. No había ni rastro de los dos hombres ni de ningún piloto; pero la puerta lateral del vehículo estaba abierta y pudo ver el bulto blanco sobre los asientos. El viento, más constante en aquella cara de la mansión, hacía que la sábana se moviera dejando al descubierto, momentáneamente, los pies de Natalya.

Vio aparecer a uno de los hombres y retrocedió unos pasos sin dejar de prestar atención a lo que había a su espalda. Oyó como cerraban la puerta del helicóptero y su cabeza comenzó a funcionar con rapidez en busca de una solución.

—Vamos, Clarice, piensa —se dijo mientras apoyaba la cabeza en la fachada. Tenía los ojos fuertemente cerrados; como siempre que se encontraba en una situación crítica y necesitaba dar lo mejor de sí misma—. Hay un helicóptero —se susurró—; tienen que tener material para su mantenimiento.

Clarice abrió los ojos de golpe y sonrió. "Combustible" —musitó. Las piezas de su plan comenzaban a unirse en su cabeza. Dejó a un lado el dolor de su cuerpo y comprobando que nadie podía verla, caminó hasta el helicóptero lo más rápido que pudo. El dolor del brazo la estaba matando y se sentía muy cansada; pero aun así, continuó adelante.

La sábana que cubría el cuerpo de Natalya estaba parcialmente empapada de sangre y esto hacía que la tela se adhiriera al cadáver con facilidad. Había sido colocada en los asientos traseros; sin duda con idea de sacarla de allí en cualquier momento. Ante la incógnita de cuánto tiempo tendría para actuar, Clarice buscó con rapidez la entrada del tanque de combustible para comprobar si estaba lleno y listo para un viaje de emergencia. La costó varios minutos abrir la cerradura sólo con la mano derecha; cuando lo consiguió se dejó caer sobre fuselaje del aparato y descansó brevemente.

Vio la cabaña de chapa a su derecha; la puerta estaba entornada y se acercó a comprobar si había algo que pudiera serla de ayuda. Apoyada en uno de los laterales había una moto de cross de 125 color amarillo. Por dentro, las paredes estaban llenas de soportes para herramientas y estanterías repletas de pequeñas y oxidadas piezas. Había varios bidones de diferentes tamaños repartidos por el suelo; algunos conservaban el cierre intacto mientras que otros habían sido usados como improvisadas papeleras o para el almacenaje de trapos llenos de grasa. Clarice se acercó a uno de los más pequeños y lo alzó para olisquear el tapón; contenía gasolina, sin duda para la moto que estaba aparcada fuera. Supuso que los bidones grandes contendrían el queroseno del helicóptero. Lo dejó sobre la mesa de madera que había en el centro y continuó recorriendo la cabaña. Buscó entre los trapos los que más grasa tuvieran y cogió un par de ellos. Aprovechó la cercanía de la mesa a la puerta para comprobar si seguía sola en la parte trasera; cuando se cercioró de que ninguno de los dos hombres parecía andar cerca; agarró uno de los bidones más grandes y un destornillador y los sacó a rastras de la caseta. El sol calentaba con fuerza y Clarice tuvo que parar un par de veces a recuperar el aliento; el bidón pesaba demasiado para transportarle sólo con una mano. Con ayuda de la pierna, tumbó el recipiente y clavó el destornillador en la tapa haciendo que el contenido comenzara a brotar sobre el suelo. Perforó el plástico tres veces más en distintos puntos y esperó a que el queroseno se esparciera y el bidón perdiera peso. Cuando comprobó que lo podía arrastrar con facilidad, lo agarró de la parte trasera y regresó lo más rápido que pudo a la caseta.

Casi sin darse tiempo a respirar, cogió la lata pequeña de gasolina y los trapos y salió corriendo hacia la vegetación de la finca. Los árboles y altos arbustos la darían un escondite aceptable. Abrió la lata y metió los trapos bien dentro, hasta dejar solo un pedazo de tela a modo de mecha.

Salió de su escondrijo y volvió al helicóptero; la había parecido escuchar voces al otro lado de la mansión. Paralizada por el miedo, aguardó unos instantes para ver si las voces se repetían. Los dos hombres hablaban, pero no parecía que el sonido fuera cada vez más cercano, por lo que abrió la puerta del piloto y buscó la palanca de arranque; sabía que una vez que la accionara debería de regresar a su escondite lo más rápido posible.

Cerró los ojos y respiró hondo mientras agarraba la palanca con fuerza. Movió los dedos sobre ella y aguantando el aliento, tiró de ella hacia abajo y salió corriendo del helipuerto. Oía cómo las hélices cogían velocidad y la vegetación la parecía que cada vez estaba más alejada. Cuando llegó a los primeros arbustos, se tiró al suelo.

Los dos hombres, al escuchar el sonido del helicóptero en funcionamiento, corrieron a la parte trasera. Sorprendidos al ver que no había nadie más allí, se acercaron con cautela. Clarice esperaba con la lata de gasolina en la mano. Buscó en su bolsillo la cerilla que había recogido en el lugar donde había caído junto a Natalya y esperó a que ambos hombres fueran conscientes del líquido del suelo.

—Allá vamos —susurró pasando la cabeza de la cerilla por el tronco de uno de los árboles.

Caminó varios metros hacia la pista y prendiendo el trapo, lanzó la lata con todas sus fuerzas hacia el queroseno. Este se inflamó en cuestión de segundos, rodeando con rapidez a los dos hombres y avanzando hacia el helicóptero. Clarice corrió atravesando la espesura, lo más lejos posible de la zona de explosión. Había dejado atrás la mansión cuando un terrible estallido retumbó a sus espaldas haciéndola caer al suelo. Miró por encima del hombro y vio como la lengua de fuego alcanzaba los árboles bajo los que había estado resguardada. Sin perder un momento, abandonó la vegetación y corrió por el patio hacia la fachada de la mansión.


Hannibal se encontraba agazapado en las escaleras por las que había bajado en compañía de Dominique, la oscuridad le protegería si alguien atravesaba el pasillo o entraba en la mansión. Un hombre de "El Galo" montaba guardia en las otras escaleras, las que llevaban al piso superior. El doctor había fijado su siguiente escondite en ellas; pero primero debería deshacerse de él.

La explosión le pilló, como a todos, por sorpresa. Su instinto le hizo ascender varios escalones para salir del techo abovedado ante la posibilidad de un desprendimiento. Los cimientos de la mansión se sacudieron con violencia y las luces de la galería parpadearon; algunas se fundieron. El sonido que precedió a la detonación fue la de miles de cristales impactando contra el suelo; la onda expansiva había reventado todas y cada una de las ventanas de la casa.

Hannibal vio como el hombre se agarraba al pasamanos y miraba al techo asustado; nadie sabía que había sucedido y el doctor actuó con rapidez antes de que los demás se pusieran en movimiento. Salió de su escondite y se cruzó a toda velocidad el pequeño tramo que iba de unas escaleras a otras. El vigilante parecía dudar entre quedarse en el sitio o salir en busca de los demás; aquella duda fue su perdición. Hannibal le atacó por la espalda y con un rápido gesto de brazos y manos, le rompió el cuello. Le agarró por las axilas y le arrastró, como pudo, hacia la mitad de la escalera.

En la sala principal tan solo quedaban Adrien, "El Galo" y su hombre de confianza. Los tres habían superado el susto inicial, pero se encontraban desorientados. Fue el dueño de la casa el primero en abandonar el lugar. Dando tumbos a lo largo de la galería y apoyándose de vez en cuando en la pared, logró llegar a la puerta de salida. Hannibal lo observó en silencio, sin pestañear; podría haberlo matado en ese mismo instante, pero Adrien se merecía un final mejor, pensó el doctor. Tras él salió el hombre de "El Galo"; ninguno de los dos lo esperó. Hannibal pensó en atacarle frente a frente, salir a su encuentro y acabar con él; pero de seguro que iría armado y una pistola siempre era más rápida que su arpía. "El Galo" avanzaba por la galería y el doctor buscó la manera de deshacerse de él.

Justo a sus pies, el arma del vigilante parecía estar llamándolo a gritos. Hannibal frunció el ceño y miró con recelo la pistola; nunca en la vida había usado un arma de fuego contra una persona. Se acordó de Clarice y chasqueó la lengua; no le iba a quedar más remedio. Se agachó sin apartar la mirada de la esquina de la pared y recogió el arma. Ahora podía salir al encuentro de "El Galo" sin problema; sería un duelo igualado y Hannibal llevaba la ventaja de que el otro desconocía su presencia.

Una tabla suelta en el suelo puso en alerta al hombre y la ventaja se esfumó para Hannibal, quién pensaba que el breve crujido habría pasado desapercibido para "El Galo"; pero tras la explosión, sus sentidos se habían agudizado y percibía con sobresaltos cualquier mínimo ruido a su alrededor.

Hannibal abandonó su escondite con el arma preparada; cuando se dejó ver ante "El Galo" este disparó asustado. La bala de el doctor salió segundos después, pero no vio dónde impactó, pues cayó al suelo de espaldas con la visión completamente nublada. Se llevó la mano al costado y presionó; la bala había pasado rozando su cuerpo abriendo una profunda herida. "El Galo" yacía en el suelo con un disparo en el centro del pecho.


Clarice se tuvo que acostumbrar al desagradable zumbido de sus oídos. Escuchó a Adrien hablar a voces en francés y se llevó la mano al bolsillo trasero de sus vaqueros dónde aun estaba guardado el destornillador. La costaba distinguir la distancia a la que podía encontrarse el hombre, por lo que caminó con precaución a lo largo de la pared lateral de la mansión. El susto que se llevó al ver aparecer frente a ella al guardaespaldas de "El Galo" la hizo actuar sin pensar; alzó el destornillador y se lo clavó al hombre en la yugular. Este profirió un alarido de dolor y Adrien desvió su atención descubriendo a Clarice. Con una sonrisa socarrona alzó su arma y la indicó que se acercara.

—¡Pero si la zorrita sigue con vida! —gritó haciendo un disparo al aire. Clarice se agachó instintivamente y Adrien se rió a carcajadas. De pronto la risa y la sonrisa cesaron y miró a Clarice con dureza—. Has asesinado a mi hermana —otro disparo; este más cerca de la chica—. ¿Sabes dónde está tu amado doctor? —preguntó acercándose a ella—. Muerto en el sótano de mi casa, ¿qué pasará ahora contigo?

¿A eso se dedicó el bueno de Kolnas los últimos años de su vida? ¿A enseñar a mentir a sus hijos? —Clarice y Adrien se giraron al escuchar la voz de Hannibal. Este no perdió el tiempo y disparó al hombre en la pierna.

—¡Hannibal! —lloró Clarice levantándose del suelo y corriendo hacia él.

Te dije que ella te vería morir —susurró cuando descendió las escaleras de entrada y pasó al lado de Adrien. Abrió los brazos y Clarice se precipitó a ellos—. Mi valiente Clarice —susurró contra su pelo.

Estás sangrando —dijo la chica entre lágrimas olvidando que ella misma se encontraba en las mismas condiciones. Hannibal se separó de ella y la observó. Ella bajó la cabeza—. Creo que tengo roto el brazo y alguna costilla.

Nada que un buen descanso no pueda arreglar —sonrió el doctor acariciando su rostro.

—Tu herida... —dijo ella mirando la camisa ensangrentada de Hannibal.

—No hay de qué preocuparse; la bala pasó rozando —respondió con cierta indiferencia.

—¿Qué pasa con él? —preguntó sacudiendo la cabeza hacia Adrien, quién se retorcía de dolor en el suelo.

—No me corresponde a mi decidir sobre su futuro, Clarice; el ordenó asesinarte y es el culpable de la muerte de la agente Mapp.

—Hannibal... —susurró Clarice mirando con los ojos muy abiertos a su compañero. El león la estaba ofreciendo su presa—. ¿Cuánto te importo?

—¿Disculpa? —el doctor alzó las cejas ante la pregunta de la chica.

—¿Cuánto te importo, Hannibal? —él sonrió y la besó suavemente.

—Más de lo que nadie antes me hubiera importado, Clarice.

—Entonces, esta decisión no sólo me corresponde a mi —Hannibal sonrió al comprender el por qué de esa pregunta.

No podría permitir que vieras cómo... —Clarice puso su dedo índice en los labios de Hannibal y se acercó para besarle.

Su padre asesinó a tu hermana, Hannibal, y él ha querido asesinar a la mujer que amas —lo miró duramente y dijo la última frase sin dudar—. Quiero ver cómo actúa el temido doctor Hannibal Lecter.

Lo asesinó con una cuchillada en la cabeza —Adrien ni siquiera los miró. Hannibal se arrodillo a su lado y sonrió.

Si tu padre no hubiera sido tan estúpido os habría visto crecer a Natalya y a ti —le susurró—. Di la posibilidad a Kolnas de vivir; por vosotros, para que sus hijos no crecieran sin su padre; pero él prefirió hacerse el héroe antes que volver a casa con su familia.

—Eso es mentira. ¡Mientes! ¡Lo asesinaste igual que a los demás!

—Di a tu padre una muerte rápida; sus compañeros perecieron durante largos y agónicos minutos mientras se ahogaban o les fileteaba el cuerpo —la mirada de Hannibal era salvaje, prácticamente animal. Sacó la arpía de sus pantalones y sin dejar de mirar a Adrien se la entregó a Clarice.

—Aquí tienes, mi amor, haz lo que creas justo —sonrió—; después yo tendré mi parte correspondiente.

Clarice cogió la arpía del doctor y se arrodilló junto a los dos hombres mientras Hannibal sujetaba a Adrien. La chica apretó con fuerza los dientes y miró con odio al hombre.

—Esto es por Ardelia...


Me he ahorrado el cómo muere Adrien; al igual que las escenas "hot", me parece más divertido que cada lector imagine la muerte a su manera.

Pero, ¡no os levantéis todavía! La función no ha terminado, que aun queda el epílogo... ;)