Disclaimer: El fandom de Inuyasha, su historia y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi, yo los tomo prestados sin fines de lucro.
…
The Butterfly and the Hurricane
Por: Hoshi no Negai
4. Cediendo terreno
Sesshomaru emprendió el rumbo hasta la Mansión Kitsune, dejando atrás el paraje destrozado gracias a su última pelea. Como ya era algo común a esas alturas, de entre sus pensamientos saltó la joven humana casi por inercia. Sin importar lo ocupado que pudiera estar con asuntos políticos o territoriales, Rin solía ingeniárselas para hacerse presente sin siquiera proponérselo. Esta vez recordaba como se habían ido desarrollando las cosas desde que ocurrió aquella desagradable discusión poco más de dos meses atrás.
Era curioso, se dijo al admirar el paisaje montañoso desde gran altura, la manera en la que sucedían las cosas, como piezas que se encajaban entre ellas sin que nadie se diera cuenta.
Rin había regresado a su carácter tranquilo y soñador apenas una semana después de la disputa, como si nada fuera de lo normal hubiera sucedido. Aunque sonriera y se mostrara relajada, seguía percibiendo cierta tensión en sus músculos al estar en su presencia; algo que lo incitaba a retroceder. Pero a pesar de luchar con sus constantes nerviosismos, se esforzaba en demostrar que se encontraba perfectamente, hasta el punto de que poco a poco, con el pasar del tiempo, fue aplacándose hasta casi desaparecer. Estaba decidida a superarse, y lo estaba logrando.
Sin lugar a dudas, Rin era muy extraña, pensó. Parecía más interesada por él, con su fijación de reparar lo que antes el demonio creía un caso perdido, que por su propia comodidad o seguridad. No sabía medir las consecuencias, o quizás no le importaba.
Siempre había sido así y hasta podía compararla con la mujer de su estúpido hermano, que saltaba a todas las peleas en las que el híbrido se veía involucrado para protegerlo.
Los humanos son estúpidos, se dijo al recordar cómo Rin se había lanzado a cubrirlo de los ataques de los ineptos del Clan Yazi. Una pequeña parte de él admitía su preferencia por esa actitud osada y testaruda, la misma que le había hecho permanecer con ella de una manera más cercana de la que tenía planeada desde un principio. Aún le resultaba un tanto incómodo ―muchas veces revivía las súplicas que le había hecho para que detuviera sus actos y sentía deseos de alejarse―, pero cada vez le resultaba un poco más fácil. Sesshomaru no estaba hecho para lidiar con situaciones ni remotamente parecidas a la que vivía gracias a esa humana. Era un guerrero, y los guerreros luchan, conquistan, vencen. Por lo que tenía que admitir que todo aquello por lo que Rin le hacía pasar era, sin más ni menos, extraño.
El mononoke estuvo por curvar la comisura de sus labios en una minúscula sonrisa irónica, pero se contuvo. No había forma en la que Rin se diera por vencida, y ya no estaba seguro de que aquello le desagradara como lo había hecho antes.
Movió ágilmente la garra derecha hacia atrás, destrozando de un tajo de su látigo de luz a las tres aves monstruosas que habían sobrevivido a la masacre de su parvada y pretendían atacarlo por la espalda. Estúpidos cuervos youkai, no eran más que una plaga sin importancia a la que se había visto obligado a exterminar. Las criaturas chillaron de dolor y no tardaron en desaparecer en el viento, como si sus cuerpos se hubieran convertido en cenizas.
No les prestó la más mínima atención, pues su mente se había situado en una bien disimulada ansiedad por separar a Rin de los kitsunes de una vez por todas; el olor de esos chiquillos sobre ella le desagradaba de una manera que jamás admitiría.
Apresuró su andar un poco. El egoísmo era algo que lo caracterizaba.
…
Rin estaba en su puesto habitual en el pórtico de su recámara, balanceando distraídamente las piernas mientras veía hacia ningún punto en particular entre los árboles. Uno de sus arcos estaba apoyado junto a un carcaj lleno de flechas al otro lado de la columna en la que reclinaba su hombro, y ya se había olvidado por completo por qué los había llevado con ella.
Su rostro se coloreó suavemente de carmín al revivir un acontecimiento en particular. No había pasado más de una semana de aquello, pero Rin seguía pensando que había sucedido hacía apenas una hora.
Estaba con el señor Sesshomaru en el lago a las afueras de la Mansión, donde siempre se encontraban para… bueno, nunca hacían nada, simplemente se veían y estaban en la compañía del otro en un silencio casi absoluto. Rin quiso cambiar la situación en aquella ocasión, por lo que se puso a caminar con cuidado por un tronco recientemente caído, fingiendo que avanzaba por una cuerda a mucha distancia del suelo con gran habilidad. Sabía que eso a él le molestaba; nunca le parecía entretenido verla haciendo algo que desaprobaba por más tonto que fuera.
Fingiendo que no le prestaba atención, el demonio estaba parado cerca de ella con los brazos cruzados dentro de sus largas mangas y la vista fija en las lejanas montañas hacia el oeste. Su cara expresaba disgusto ante lo que sea que pudiera percibir. Pero eso no era algo que fuera un inconveniente. Al contrario, estaba tan acostumbrada que casi ni lo notaba. Y a decir verdad, el sólo hecho de que estuviera unos minutos en su compañía era suficiente para hacerla sonreír.
Sus ojos se fijaron en un paquetito café cuidadosamente puesto en la hierba, haciendo que una pequeña incomodidad saliera a flote en sus facciones. Se trataba del regalo de aquel día: un precioso peinecillo de coral rojo minuciosamente tallado y adornado, otra de las tantas cosas que le parecía raro poseer debido a su delicadeza digna de alguien de la realeza. El Daiyoukai parecía creer necesarios tales detalles aunque ella no lo viera así.
―Señor Sesshomaru, no debería obsequiarme objetos de tanto valor ―exclamó, volviendo su atención a caminar en línea recta para no caerse. Le había dado insinuaciones varias veces, pero ya venía siendo hora de ser más directa.
―¿No son de tu agrado?
―¡Claro que sí! Me encantan, son preciosos, pero…
―Si es así no deberías quejarte.
―Pero me temo que no los necesito, mi señor―continuó con una risita como si no la hubiera interrumpido―. ¡Son demasiado para mí! A decir verdad tengo miedo de perderlos o romperlos, presiento que en cualquier momento sufrirán algún daño, contando con mi mala suerte. Y… usted tampoco precisa entregarme nada para venir a visitarme.
―No me digas qué es lo que puedo hacer y lo que no, Rin.
―No he dicho tal cosa ―se encogió de hombros al darse la vuelta sobre el tronco al llegar a un extremo para volver a pasar sobre él de nuevo―. Además de que también me parece que el espacio de mi habitación está menguando y siento que me estoy volviendo algo presumida con regalos tan bonitos.
―Exageras.
―De acuerdo, exagero ―concedió―. Pero aún así preferiría que no se tomara la molestia de... ¡Ay! ―Sesshomaru giró la cara hacia ella, captando el momento en el que resbalaba de la limosa superficie y caía sentada al suelo. Llevó las manos a su zona adolorida, frotándola mientras se quejaba entre dientes.
―Te dije que no subieras ―la regañó al acercársele. Rin volvió a reír calladamente al ponerse en pie, sacudiéndose el pasto y tierra del kimono. Había logrado su objetivo llamar su atención, ¿qué más daba si lo seguía haciendo por un poco más? Ignorando la mirada de advertencia del demonio, volvió a montarse al tronco de un salto y reanudó sus pasos con los brazos extendidos para mantener el equilibrio. Era divertido sentirse como una niña pequeña de nuevo, además de que se le hacía más fácil tratar con él de esa manera, por algún extraño motivo.
―Hablo en serio, milord, de verdad no tiene la obligación de obsequiarme nada ―continuó poco después mientras disminuía su andar para mirarlo de reojo―. ¡No lo digo porque me moleste ni nada del estilo! Al contrario, me alegra mucho que tenga tanta consideración conmigo, pero por más que me gusten sus regalos, si le digo la verdad me es más que suficiente con sólo verlo a…
Sus palabras se vieron cortadas por una nueva caída ocasionada por un torpe resbalón. Pero esta vez el youkai la atrapó envolviéndola con un brazo antes de que diera contra el suelo. La expresión de su rostro seguía siendo severa e inmutable, por lo que Rin sintió la necesidad de apartar los ojos de los suyos. Apretó en débiles puños las manos que había posado sobre su armadura mientras se enderezaba lentamente. Su sonrojo se intensificó al notar la proximidad que compartían, una que no habían tenido desde hace tiempo. Y no estaba segura si le resultaba incómodo o agradable.
―Continuaré haciéndolo aunque no lo desees ―el tono del youkai le hizo volver en sí con una débil sonrisa. Aquel hombre era increíblemente obstinado. Cuando el brazo enfundado de blanco la soltó, Rin aprovechó para saltar una vez más hacia el tronco. Su compañero entrecerró los ojos―. Volverás a caer ―advirtió. La sonrisa de la humana se pronunció tímidamente al saber que si eso llegara a pasar, él evitaría su caída otra vez.
¿Cómo era posible aquello? ¿Por qué ahora todo le resultaba tan fácil de llevar? Se había mostrado muy reacio al principio de todo, pero ahora aquello no parecía ser más que un recuerdo al que se lo llevó el viento, como si no hubiera existido. Y cómo le alegraba que así fuera.
―¡Hey, Rin! ―llamó una vocecita haciéndola saltar de repente―. Uy, lo siento, no quería asustarte ¡Deberías estar más alerta! Llegarán en cualquier momento, no dejes que te atrapen con la guardia baja, ¿eh?
Rin volvió en sí y se encontró con un entusiasmado Kisho a su lado. Acababa de acordarse de porqué había llevado consigo su arco y flechas.
―Pero son ustedes los que se encargan de ellos antes de que puedan llegar aquí, y como todavía no han dado señales de aparecer…
―Shippo dice que están por llegar, así que será mejor que no te confíes. Bueno, las crías de ciempiés son demasiado patéticas, lo máximo que pueden hacer es caminar sobre ti y morder tu cabello… de nuevo ―el pequeño se encogió de hombros―. ¿Segura que no quieres participar? El año pasado lo hiciste bien pese a tu posición.
―Sí, estoy segura. Prefiero dejarles el juego a ustedes ―asintió. Cada año al finalizar el verano, los terrenos de la mansión eran invadidos por una horda de crías de youkais ciempiés recién salidos del cascarón, por lo que los niños las utilizaban para practicar un poco sus habilidades de pelea y hacer una competencia de caza. No era nada difícil, pero ayudaba a mantener entrenados los reflejos. Los dos años anteriores Rin había permanecido cerca de la casa para eliminar a las criaturas que se escapaban de los demás y evitar que entraran en las habitaciones a hacer desastres. Le servía más que nada para mejorar la puntería con el arco y las flechas, así que no se quejaba.
El zorrito alzó la cabeza de golpe y se quedó muy quieto, moviendo ocasionalmente la nariz un par de veces. Su rostro se iluminó cuando se dirigió de nuevo a Rin.
―Ya están aquí, será mejor que vayamos con los demás. Procura quedarte cerca de las escaleras, recuerda que esa es tu área.
―Lo sé, ya será la tercera vez que lo haga ―dijo al ponerse en pie. A todos los kitsunes les encantaba participar en ese juego, y ninguno se quedaba fuera. Ni siquiera la pequeña y asustadiza Mikiko, que se mantendría a pocos metros de Rin reuniendo el valor para lo que sería su primer encuentro con los ciempiés luego de ser convencida por sus compañeros.
Una vez en la entrada con el arco en la mano, vio que a la distancia las criaturas comenzaban a llegar de quién sabía dónde. Tenían un opaco color verde con la cabeza y antenas rojas. No eran más grandes que un niño humano acostado y poseían la misma ferocidad de un polluelo recién nacido. Eran las presas perfectas para kitsunes en entrenamiento, aunque para algunos más habilidosos como Kiyo y Shippo no significaban ningún reto.
La pelea comenzó entre risas y gritos de ataque muy agudos, más las llamaradas de fuego verde invocadas por los más experimentados y varios trucos que hacían saltar a las criaturas por el aire, repartiéndolas por todas las direcciones posibles.
―¡Ah! ¡Quítamelo, quítamelo! ―gritó la pequeña youkai cuando uno de los gusanos le cayó en la cabeza haciéndola caer. Rin bajó de los escalones corriendo, agarró al ciempiés con ambos brazos mientras sus patitas se movían furiosamente para liberarse y lo lanzó hasta el zorro más cercano para que se encargara de él―. ¡Fue tan rápido que no pude verlo, no me dio tiempo a atacarlo!
―¡No mientas, te dio miedo! ―gritó Kiyo desde otro extremo de la entrada.
―¡Claro que no!
―Tranquila, lo harás mejor con el próximo. Mira, ahí viene uno ―Rin señaló al siguiente insignificante demonio que corría hacia ellas, pero al ver que la niña lo miraba con horror, decidió lanzarle una flecha para clavarlo en el suelo. Tuvo que explicarle que no había nada que temer y que de todas formas los demás correrían a ayudarla por si le sucedía algo―. Tengo que volver a las escaleras, pero te cuidaré las espaldas desde ahí arriba, ¿de acuerdo?
La kitsune asintió temblorosamente y corrió a reunirse con Shippo, que estaba luchando algo lejos de la casa mientras discutía acaloradamente con Kisho y Kiyo sobre quién tenía más habilidad en combate.
―Ah, no, tú no entras ―le dijo a uno cuando reptaba apuradamente por las escaleras de piedra, atinándole con una flecha en el centro de la cabeza―. Al menos mi puntería es mucho mejor que antes.
Giró la cara hacia la izquierda y regresó la vista hacia el frente para no perderse la escena que estaban montando los infantes. Sólo le llevó uno o dos segundos darse cuenta que había alguien en el sitio que enfocó por mero reflejo.
―¡Señor Sesshomaru! ―exclamó sorprendida. ¡Jamás se esperó encontrarlo tan cerca de la Mansión Kitsune! ¿La habría estado esperando en el lago por mucho tiempo? El demonio estaba parado con los brazos cruzados a la sombra de un árbol, paseando disimuladamente los ojos entre ella y los zorritos. Un par de los niños se percataron de la presencia del inuyoukai y lo vieron nerviosos, deteniendo sus ataques en el acto. Rin recordó fugazmente que los perros y los zorros eran enemigos naturales, por lo que era normal que le tuvieran cierto miedo ―sin contar con su intimidante apariencia, claro―, así que se apresuró a saltar los escalones para llegar a su lado―. Perdone, mi señor, no sabía que se encontraba por los alrededores.
―¡Aquí está el nido! ―anunció Kiyo con júbilo al prenderle fuego a un pequeño túnel entre las raíces de un viejo pino.
―¡Genial, ahora nos atacan ciempiés en llamas, gran trabajo! ―se quejó alguien cuando las criaturas emergían de su madriguera a gran velocidad ardiendo en fuego verde.
―¡Ups!
La humana rió disimuladamente ante los grititos y todas las maniobras exageradas que hacían para derrotar a sus enemigos antes de que incendiaran algo o causaran serios problemas. Claro, sólo peleaban los que no se habían dado cuenta del mononoke, los otros dos más cercanos a él lo observaban con los ojos desorbitados y corrían temblorosamente para reunirse con sus compañeros.
―¿Está todo bien, señor Sesshomaru?
El Daiyoukai no contestó, sólo se quedó viendo vacíamente la batalla entre los zorros y los gusanos con el rostro ligeramente irritado. En su mente los criticaba despectivamente por sus decadentes habilidades y la cantidad de ruido que hacían por enfrentarse contra contrincantes tan patéticos.
―Regresarás al Oeste.
―¿Qué?
Antes de que tuviera la oportunidad de escucharlo de nuevo ―ya que los gritos infantiles habían interferido―, el hombre hizo un rápido movimiento con su mano derecha, eliminando el par de docenas de ciempiés de un tajo de su látigo sólo para detener el escándalo que le causaba tanto desagrado. Ahora se había ganado la atención de todos los cachorros, haciéndolos detenerse al quedar sin enemigos que derrotar. Algunos se quejaron por la intromisión, otros se quedaron asombrados del golpe tan certero, y el resto se encogió con temor, clavando sus patitas en el suelo a la espera de que aquel latigazo venenoso no se repitiera. Shippo no pudo evitar formar un rostro de puro resentimiento, y se acercó a ellos apretando sus puños con una rabia terrible.
―Ya me has oído ―contestó él ignorando las miradas zorrunas―. Vendré por ti en tres días, está preparada para entonces.
―Espere, no se vaya ―cuando se daba la vuelta elegantemente para volver al bosque, Rin consiguió agarrar su manga para detenerlo.
―¿Pero quién te crees que eres para darle órdenes así? ―saltó repentinamente Shippo al llegar al lado de la muchacha― ¡No tienes ningún derecho sobre ella, lo menos que puedes hacer es tratarla con más respeto, tonto!
Sesshomaru giró ligeramente la cabeza para verlo por el rabillo del ojo de una manera tan amenazante que cualquier persona sensata retrocedería. Pero Shippo era o muy valiente, o muy estúpido.
―Shippo…
Aquel nombre le sonaba vagamente familiar. ¿No era ese el mismo cachorro que Inuyasha mantuvo con su grupo cuando estaban a la caza de Naraku? Aunque no fuera algo que le interesara porque todos los zorros eran iguales para él, le pareció inusual encontrar uno con la boca tan grande como para querer enfrentarse a un demonio perro. Sin embargo, no era nadie con quien tuviera que perder el tiempo. Sólo lo miró con indiferencia y se dispuso a retirarse.
―¡No me ignores! Rin es mi amiga, y no quiero que la lastimes otra vez, ¿me oíste? ―el youkai de blanco endureció sus facciones, pero Shippo no se dejó intimidar. Algo bueno de haber vivido con Inuyasha era que había aprendido a perder el miedo por los adversarios más grandes que él―. No te atrevas a hacerle nada, Sesshomaru, ¡lo digo en serio!
―Guarda silencio.
―¡A mí no me mandas a callar!
―¡Suficiente! ―intervino Rin cuando creyó que el Daiyoukai tensaba la mano derecha para atacar―. Shippo, te agradezco que te preocupes por mí pero debes ser un poco más prudente y pensar antes de actuar ―miró de reojo al otro adulto, como pidiéndole mudamente que no le hiciera nada a su pequeño amigo mientras apretaba aún más su manga―. También te pido que no te dirijas al señor Sesshomaru de ese modo, no hay razones para ser grosero.
―¡Pero él…!
―Lo sé, pero entiende que…
―¡Deja el drama, mujer! Lo que no quiere es que te hagan pedazos, Shippo, así que mejor cállate ―resopló Kiyo.
―Mami, ¿te vas a ir? ―Mikiko le jaló la falda para llamar su atención; se había acercado a ella sin que pudiera ni preverlo. Rin sintió una espinita en el pecho al ver su mirada que suplicaba que dijera que no.
―Mikiko, yo… la verdad… ―miró dubitativamente a su compañero.
―Lo harás.
Qué carácter, pensó. ¿Por qué nunca podía hacerle las cosas más sencillas, al menos por una sola vez? Volvió a fijarse en la pequeña que parecía estar por romper en llanto. ¡No podía lidiar con los dos al mismo tiempo!
―Milord, todavía no he dicho nada al respecto.
―No recuerdo habértelo pedido ―extrañamente no parecía estar enojado, pero era obvio que la presencia de los kitsunes era algo que encontraba desagradable como para querer sonar muy educado.
―¡No le hables así, amargado! ―reclamó Shippo fieramente. Rin sentía que iba a estallar.
―¡Basta! Niños, por favor entren a la casa. Sí, tú también, Shippo, déjame hablar un momento con el señor Sesshomaru, ¿sí? Vamos, si no quieren entrar entonces comiencen limpiando este desastre, no queremos que los ciempiés se descompongan en la entrada, ya nos pasó una vez y fue asqueroso. ¡Lo digo en serio! Kiyo, ¿qué haces? ―cuando los demás niños se resignaron, e iniciaron la tarea de levantar los cuerpos de los demonios a regañadientes, la niña se paró a su lado de brazos cruzados mientras miraba minuciosamente al Daiyoukai, quien le devolvía el gesto con desprecio. El duelo de miradas no se prolongó mucho más y luego de un pequeño silencio, Kiyo hizo un gesto con los brazos como si se diera por vencida.
―Qué suerte tienes, Rin ―exclamó al darse la vuelta y reunirse con Mikiko. A la chica no le dio tiempo de sonrojarse pues notó que Shippo también se había quedado con ella, sólo escrutando duramente al mononoke con sus ojos verdes, como si luchara con sus ansias de combatir contra él.
―Shippo, por favor, ve con los demás.
El aludido la miró a ella frunciendo los labios sin comprender. Se veía tan dolido que de nuevo se sintió la persona más horrible del mundo, como si le hubiera hecho algo que no tenía perdón. Estaba tentada a hablarle, pero sabía que no querría escucharla en ese momento. El zorro finalmente retrocedió para darse la vuelta y saltar hasta el tejado de la casa, perdiéndose por el otro lado. La muchacha suspiró cuando ya no pudo verlo más y se volvió a su acompañante. Primero tenía que aclarar las cosas con él, más tarde iría con su amigo. Respiró hondamente para ganar algo de calma y prosiguió:
―¿Quiere que regrese con usted al Oeste, señor Sesshomaru?
―Es lo que dije ―contestó, alzando levemente una ceja al escuchar el tono incrédulo. También pudo percibir con mucha claridad cómo el ritmo cardiaco de Rin se aceleraba.
―Disculpe, pero ¿p-por qué quiere que vuelva ahora? Es decir, casi no ha pasado tiempo desde que… bueno, usted sabe, y no sé si esté todavía lista para…
―No encuentro preciso emplear más tiempo en este lugar. No es donde perteneces.
―Yo… ―titubeó nerviosa―. C-creo que… que es algo pronto…
El youkai entrecerró los ojos. Cuando habló, su voz sonaba más calmada.
―¿No es lo que querías en primera instancia?
Rin se sonrojó furiosamente y tuvo las inmensas ganas de poder desvanecerse. Ese castillo tenía muchos significados: una jaula de hermosos barrotes de los que había deseado escapar durante tanto tiempo, el lugar donde la pesadilla había comenzado y había perdido lo más valioso para ella. Se llevó un brazo inconscientemente a su abdomen, cosa que el demonio notó.
Nunca se había planteado el regresar a la fortaleza. Durante los meses pasados sólo quería creer que no había sucedido absolutamente nada, que el youkai seguía siendo su mayor admiración y podía disfrutar de su compañía de la manera más simple e inocente. Pero ir de nuevo al castillo… oh, Dioses, imaginarse entre esas lujosas paredes fue como si el peso de la realidad la golpeara en la boca del estómago. Si regresaban, entonces ellos tendrían que… Apretó la tela de su kimono con la mano y dejó que su flequillo tapara sus ojos. No era que no deseara mantener una relación oficial con su Lord, pero aún no se sentía lista para… bueno, aquel paso en específico. Eso era lo que ese sitio más significaba para Rin.
Sesshomaru la vio retraerse, encogiéndose en sí misma como si deseara que no la viera. Tenía miedo. Cerró las manos en puños y tuvo el impulso de acercársele, pero bien sabía que eso no la calmaría.
―¿Te retractas de tus palabras, Rin?
Alzó nuevamente la cara hacia él, con el corazón latiéndole ferozmente en el pecho. Por un momento se imaginó que era el mismo hombre que la había forzado la primera vez, que era el mismo monstruo que había destrozado su confianza con una facilidad terrible. Una muy conocida ansiedad le hizo querer retroceder, pero supo quedarse inmóvil. Parpadeó un par de veces, enfocándolo mejor y tomó una honda exhalación, obligando a su mente a quitar esa capa oscura que imaginaba sobre el mononoke.
Él no es malo, entiéndelo. Sólo quiere rectificar todo, ya te ha dicho que no desea lastimarte. Y sabes que es cierto. Esa fortaleza era uno de sus mayores temores, y superarlo no le sería una labor sencilla, pero… era muy cierto que tendría que hacerlo en algún momento, y quedándose estancada en sus miedos no resolvería nada.
Un poco más tranquila al recordar las charlas anteriores que había mantenido con él, pensó que no tenía sentido invertir los papeles que antes poseían. Aunque fuera difícil, tenía que poner de su parte para hacer que eso funcionara. Lánzate a lo desconocido y sólo confía en ti misma, diría la señora Kagome con una sonrisa conciliadora.
―No, nunca me retractaría ―dijo al fin negando con la cabeza. Su tono era cauteloso, lo suficiente para hacerle entender al hombre que aunque tuviera dudas intentaba sobreponerse a ellas. Un nuevo silencio los rodeó, lapso que ocupó Rin en frotarse un brazo con la mano, haciendo de todo para no verlo.
―¿Y bien?
―¿Y bien… qué cosa?
―¿Cuál es tu respuesta?
―Pensé que no era una petición, milord ―sonrió furtivamente. Le dio la vaga impresión de distinguir un atisbo de satisfacción en el rostro masculino cuando alzó los ojos hacia él―. Sólo pensaba en que… si no quiere marcarme, ¿por qué desea hacerme regresar tan pronto?
Dije algo que no quería oír. Rin sintió cómo el bufido casi inaudible terminaba de cortar el penoso mutismo del ambiente, lo que subió sus ánimos de entablar conversación. El fastidio del hombre la ayudó a ignorar un poco su incomodidad.
―Eso no tiene nada que ver.
―Me parece que sí, señor Sesshomaru. Creo que antes de acceder a volver al Oeste con usted, debería formalizar… esto ―hizo un bochornoso gesto señalándolos a ambos, tratando de no reírse―. Le pedí que me marcara, ¿recuerda?
Esta vez el gruñido del youkai fue perfectamente audible y ella trataba de contener la risita.
Sesshomaru, al contrario, fallaba en ver aquello que tanta gracia le causaba a la mujer. ¿Cómo podía pensar que la marca de pertenencia podía hacerse en cualquier momento, como si fuera una mordedura ordinaria? ¡Ridículo! Una de las razones por las que se había negado a marcarla anteriormente era porque el veneno sólo bajaba a sus colmillos justo al culminar el acto sexual, e imaginarse en tal posición con Rin luego de todo lo que había pasado le era inconcebible a esas alturas.
―Ese tema no entra en discusión ―contestó entre dientes.
―¿No me marcará?
―Es mi deseo que regreses a mis tierras.
―Pero no me ha dicho si…
―¿Existe algún otro motivo en particular por el cual te rehúses, Rin? ―preguntó con absoluta calma sólo para acabar con el tópico. Rin enmudeció y encogió los hombros cuando fijó la vista hacia un lado.
―La verdad es que… tengo algo de miedo.
El youkai guardó silencio al igual que ella, frunciendo levemente los labios al apretar la mandíbula. No tuvo que haberle hecho esa pregunta cuando conocía muy bien la respuesta. Hablar de eso era una de las últimas cosas que deseaba, pero pensó que tal vez era necesario hacerlo de una vez por todas.
―No deberías.
―¿Qué…?
―Fuiste tú quien insistió en mi estadía, no existe nada a lo que debas temerle.
La humana parpadeó confundida y dejó escapar una sonrisa muy disimulada. Era tan raro verlo actuar así, casi parecía como si quisiera consolarla o hacerla sentir mejor. Tenía una manera muy peculiar de hacer las cosas, y Rin era perfectamente capaz de ver a través de ellas.
―Lo sé, mi señor ―murmuró con un sonrojo―. Pero me refería a mis amigos. Cuando me fui todos pensamos que era lo correcto y que no había otra alternativa. Hicieron cuanto estuvo en su alcance para ayudarme, y apoyaron mi decisión en todo momento. Si regreso… ―bajó la cabeza mordiéndose el labio inferior. ¡Le parecía tan extraño contarle eso!―. Si regreso sentiría que les fallé, ¿sabe? Quiero volver a verlos, claro, pero… me daría vergüenza mirarlos a la cara, es como si estuviera despreciando sus esfuerzos.
―¿Dices que prefieres permanecer en este lugar sólo por eso? ―cuestionó el demonio altivamente. Su carácter apacible parecía estar por desaparecer.
―No, eso no fue lo que…
―Ninguno de tus llamados amigos se encuentran en mis dominios, huyeron como los cobardes que son antes de que les hiciera pagar por su traición. No debería importarte la opinión de nadie más, mucho menos la de simples sirvientes.
Es cierto, me dijo que se habían ido. Pero esa afirmación no la hacía sentir mejor, al contrario, la entristecía todavía más. No quería evitar volver a verlos, y mucho menos darles las explicaciones que se merecían luego de lo mucho que hicieron por ella. Por lo que si regresaba, quería asegurarse de que tanto Deshi como Nagi ―y el señor Jaken y Kenta también, por supuesto―, supieran por qué había tomado una decisión tan distinta a la que todos se esperaban. Era lo mínimo que podía hacer.
―No son simples sirvientes ―negó luego de un corto silencio―. Perdone que lo contradiga, milord, pero resulta que sus opiniones sí me importan. Los aprecio mucho más de lo que cree, ya que fueron ellos quienes cuidaron de mí y estuvieron a mi lado cuando más los necesité. Por supuesto que quiero estar con usted ―se sonrojó e hizo una pausa―, y es por eso que tengo una condición para regresar a las tierras del Oeste ―el demonio entrecerró los ojos dorados pero no dijo absolutamente nada. Rin se dio valor con una nueva bocanada y prosiguió―. Quisiera que absolviera de cualquier castigo a Nagi y a Deshi por lo que han hecho, y que les permita volver a trabajar en el castillo.
―Absurdo ―renegó él.
―Ellos hicieron lo que consideraron correcto por mi bien, arriesgaron sus vidas sólo con el propósito de facilitar la mía. ¡Y el señor Jaken también! No tiene nada de malo que tengan intenciones de socorrerme cuando lo necesite, mi señor. Y usted mismo admitió que había obrado bien al… irme, ¿o no? Si pensaba de esa manera no puede culparlos por ayudarme ―tragó incómodamente al sentir su pulso acelerarse―. Por favor, ¿podría permitirles regresar? Quiero verlos y hacerles saber que me encuentro bien, y… también los echo mucho de menos, no me gustaría estar sola en ese enorme lugar ―agregó por lo bajo. Sesshomaru acrecentó su mueca de desagrado.
Esa mujer se contradecía a sí misma. ¿Por qué querría estar en la presencia de esos individuos cuando afirmaba sentirse incómoda ante ellos? Además, ¿primero le pedía que se quedara con ella como su compañero y ahora lo chantajeaba con eso? ¿No se daba cuenta de que le pedía evitar cobrar las vidas de esos traidores que la habían hecho escapar? Jaken era un caso aparte, era el único ser lo suficientemente estúpido como para querer seguir a su servicio luego de haber facilitado la huída de Rin, y aunque nunca hubiera dicho nada al respecto, sabía a la perfección que el sapo era consciente de lo mucho que conocía el Daiyoukai sobre su sortilegio. No lo había matado sólo porque pudo encontrar a la humana en poco tiempo ―y no había perseguido a los otros dos traidores por la misma razón―, por lo que le hacía pagar con misiones y trabajos más difíciles de los que le había puesto nunca, además de que lo mantenía lo más lejos posible de su persona, casi en un exilio. Tuvo que haberlo matado, pero por alguna extraña razón, al momento de querer hacerlo, pensó en que a Rin no le gustaría que su estúpido cómplice estuviera muerto.
―¿Podría? ―volvió a probar esperanzada. El demonio gruñó gravemente.
―Me estás pidiendo que admita en mis dominios a los responsables de tu desaparición y no cobre sus vidas como debería hacer.
―Sí. Por favor ―se apresuró a agregar―. Ellos… son buenas personas.
Él no lo creía así.
―También me pides que, además de aceptarlos como mis lacayos, los busque y lleve hasta mis tierras.
―Oh… no había pensado en eso, pero… supongo que sí. O si ellos no quieren regresar, yo podría ir hasta donde se encuentran, creo que sería más fácil.
―No ―la interrumpió. Su paciencia se estaba agotando y Rin lo sabía―. No irás a ningún otro lugar, menos fuera del Oeste.
―Pero si Deshi y Nagi no quieren regresar, o es difícil encontrarlos no veo el problema en hacerlo. Sólo quiero hablar con ellos.
El demonio soltó un resoplido que se asemejaba más a un bufido bajo.
―Bien ―le dijo, mirando momentáneamente hacia el lugar en el que se encontraban los kitsunes levantando un ciempiés. La niña que se le había quedado viendo minutos atrás tenía los ojos clavados en él de una manera que extrañamente le recordaba a Jaken―. Jaken se encargará de su búsqueda y los llevará ante ti.
Rin mostró un rostro lleno de genuina alegría. Aunque fuera de muy mala gana, se aliviaba con el hecho de que hubiera cedido con algo de tal importancia. Quizás la señora Irasue no se equivocaba del todo al decir que tenía cierto control sobre él. No, esto no fue más que un golpe de suerte. Uno muy grande.
―¡Oh, muchas gracias, señor Sesshomaru! Era justo lo que necesitaba oír. ¡Gracias, gracias, gracias!
―Tres días, Rin, no lo olvides ―el demonio ignoró los saltitos de júbilo de la mujer. Tener a esos dos imbéciles de vuelta en el castillo ―en especial a Deshi― no era algo que le causara la más mínima gracia.
―No, necesito diez días.
Cuando se volvía a dar la vuelta para desaparecer del nido de los zorros ―con bastante malhumor, cabe destacar―, todo su cuerpo se detuvo, y volvió la cabeza lentamente hacia una sonriente Rin.
―¿Qué has dicho?
―Tres días son muy poco tiempo, señor Sesshomaru, necesito dejar las cosas en orden aquí antes de irme. Son sólo niños, no los puedo dejar así.
―Eso es algo que me importa muy poco ―siseó entre dientes. Rin contuvo la risa. ¡Cómo odiaba ese hombre que le llevaran la contraria! Aunque tal vez era mejor no abusar de su suerte, así que se apresuró a rectificar.
―O creo que con seis días estaré bien, sí eso suena mejor. Por favor, son sólo tres días más de los que está diciendo, pasarán muy rápido. Estos niños me necesitan, y también hay algunos cuántos asuntos que debo atender antes de irme. ¡Es lo último que le pido, se lo prometo!
El Daiyoukai meditó por unos segundos la nueva petición. Preferiría acabar con las vidas de esos zorros si eran la razón por la cual Rin quería retrasarse tanto, pero de nuevo supo que eso a ella no le gustaría. Aunque deshacerse de esos mocosos era algo que lo tentaba demasiado.
―Estás presionando mi paciencia, Rin ―la muchacha se sintió encoger ante su tono severo―. Que sea la última vez.
―¡Muchas gracias, milord! ―exclamó aliviada como despedida, ya que el demonio había decidido retirarse antes de que se le ocurriera algo más con lo que hacerlo poner a prueba su serenidad. Sólo esperaba que Rin estuviera diciendo la verdad al prometer que era lo último que le pediría. Pero él sabía muy bien que no sería así.
...
Para cuando Rin regresó a la entrada de la casa, los niños la miraban de reojo como si le tuvieran miedo. Estaban terminando de apilar en un sólo lugar los pedazos y cuerpos sin vida de ciempiés que habían quedado esparcidos para prenderles fuego. No dijo nada y se les unió en la labor, procurando no reparar en las miradas furtivas de los más asustados.
―Creo que es el último ―suspiró Syouji cuando lanzó la mitad de un youkai al montón, limpiándose el sudor de la frente―. Vamos todos, que se hace tarde y hay que cenar.
―¡Kitsunebi! ―gritaron los zorritos al unísono, despidiendo de sus palmas abiertas llamaradas de color verde que rápidamente se esparcieron por toda la pila de cadáveres.
―¿Has visto a Shippo? ―preguntó Rin a Kiyo cuando se acercó a ella. La niña negó con la cabeza, apenas apartando la vista de la hoguera. El fuego se apagaría en menos de una hora, y como estaba en un sitio despejado no había riesgo de incendiar nada más, los otros niños dejaron de prestarle atención a Rin y se pusieron en marcha hacia la casa. Luego de uno o dos minutos de un tenso silencio, la voz infantil acompañó al crepitar de las llamas:
―Entonces ¿te vas a ir?
Rin se sentía algo incómoda con esa pregunta, pero prefirió no mentirle.
―Sí, voy a ir con él.
La kitsune infló las mejillas al retener el aire y lo dejó escapar lentamente con un silencioso suspiro.
―Qué pena, te echaré de menos ―le dijo. Kiyo podría quererla mucho, pero tampoco le impediría marcharse ni pediría que se quedara con ellos. Aunque era una niña, tenía la suficiente inteligencia como para entender que la humana tenía derecho de hacer con su vida lo que quisiera, y si era algo que la hacía feliz, no se pondría en su camino por más que le doliera verla partir―. Tendrás que enseñarnos a cocinar cosas decentes antes de irte o si no todos moriremos de hambre. Nos acostumbramos mucho a tu comida.
Rin rió aliviada. Antes de su llegada a la casa los pequeños comían las cosas crudas o mal preparadas, por lo que tener los alimentos medianamente buenos de Rin les había parecido la cosa más maravillosa del mundo.
―Sí, por supuesto ―asintió ella.
―¿Cuándo te irás?
―En seis días ―respondió con la voz baja. La niña volvió a resoplar con abatimiento mientras contemplaba vacíamente el danzar de las llamas verdes. Sentía una terrible comezón en los ojos, pero hizo lo mejor posible para aguantar las ganas de llorar. Rin lo notó, y le fue imposible no admirar a Kiyo por su madurez. Cualquier otro niño se habría puesto a patalear con histeria, mientras que ella se hacía la dura y le brindaba apoyo a su propia manera.
―Bueno… ―pateó una piedrita hacia la hoguera y se dio la vuelta hacia la humana. Era obvio que en cuanto estuviera sola soltaría un par de lágrimas―, me consuelo al saber que ese tipo te cuidará bien. Y más le vale hacerlo ―Rin sonrió mientras iban caminando juntas hacia la casa―. ¿No tiene algún hermano menor, de casualidad?
―Tiene uno, pero me temo que está casado.
―¡Diablos! ¡Tienes tanta suerte, cómo te envidio!
Rió de buena gana al subir los escalones de la entrada. Tras ellas, el fuego se iba apagando lentamente conforme el cielo se oscurecía con espesas nubes. Había estado amenazando con llover todo el día, y finalmente parecía que se decidiría a hacerlo pronto.
―Pensé que no te gustaban los perros.
―No me gustan, pero hay que reconocer que el tuyo no está mal.
―Kiyo, no tienes remedio ―negó con la cabeza―. ¿Sabes adónde fue Shippo? Quisiera hablar con él.
―No tengo idea, lo perdí de vista. No siento su olor en la casa, así que se fue. Pero me parece que vi a Mikiko ir tras él.
Rin suspiró con pesadez al recordar el rostro tan dolido de su pequeño amigo. Ya tenía una idea de dónde podría haber ido con tanta prisa.
―¡Mami! ―la más pequeña de las kitsunes salió de la nada y se le apegó a las piernas con gran velocidad, haciendo que se tambaleara. Un trueno sonó a la distancia y las primeras gruesas gotas de lluvia comenzaron a golpear la tierra, terminando de apagar la hoguera―. ¿Te vas a ir? ¡Te voy a extrañar tanto, tanto, tanto! ¡Ojalá pudieras quedarte!
―Oh, Mikiko… ―la humana se agachó para quedar a su altura cuando la infante la soltó―. Lo siento mucho, sé que quieres que me quede, pero…
―Pero tu perrito te necesita más que nosotros.
Rin se quedó sorprendida. Miró fugazmente a Kiyo, quien se veía más o menos como ella con las cejas bastante alzadas. La chiquilla tenía una manera muy peculiar de ver las cosas.
―Dime algo, ¿hablaste con Shippo antes de que se fuera?
La kitsune asintió enérgicamente con la cabeza.
―Sí, traté de detenerlo. Le dije que debería estar feliz por lo mucho que te quiere tu perrito y que no importa lo que pase, tú siempre serás nuestra mamá ―¿Alguna vez había mencionado que esa niña era adorable? Rin se maravilló de la simpleza de su afirmación y de lo mucho que significaba en realidad. Le sonrió cálidamente al acariciarle el cabello―. Oh, y también le dije que ya era muy grande como para tener esas rabietas porque había quedado como un tonto en frente de todos. Eso no le gustó y se marchó.
―Te he enseñado bien ―exclamó Kiyo orgullosa.
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No es por nada, pero creo que el Encantador de Perros estaría orgulloso de Rin xD
Antes que nada me gustaría aclarar algo. Quizás parezca que, en comparación a cómo quedaron las cosas en el capítulo pasado, este fue demasiado rápido con eso de que ya Rin se piensa marchar de la casa de los zorros. Siento si quedó algo apresurado, pero preferí ir directamente al grano en lugar de hacer un capítulo de relleno que mostrara cómo iban avanzando las cosas entre Rin y Sesshomaru, en el que tampoco pondría la gran cosa y estaría de más. Creo que hacer que las cosas vayan a su sitio de una vez es mejor que retrasarlo. Espero de todas formas que haya quedado bien así.
Ah, cierto, y también un par de personas preguntaron por qué Shippo sigue aparentando ser un niño pequeño si tiene más o menos la edad de Rin. Verán, los kitsunes pueden cambiar su apariencia a voluntad, siendo la real un zorro, ¿no? Si ese es el caso, creo que son perfectamente capaces de aparentar la edad que quieran sin ningún problema. Además de que su característica principal es que son criaturas juguetonas y traviesas, tal como son los niños. Es por eso que le hago mantener la misma edad que la de la historia original.
Creo que eso es todo.
¡Miércoles, 86 reviews! O_O Me asombra y asusta un poquito que sean tantos xD ¡Muchísimas gracias a todos! Mora, Hanabi-ness, Sayuri08, Serena tsuniko chiba, Black urora, Relenavivi, Sexy Style, Silver Fox, KeyTen, Anónimo número 1, Neko-chan, Ginny, Anónimo número 2, Romina Z, Cali, Blue, Pathy Granger, Anónimo número 3, Kiri, Hi no tamashi, Julieta Juarez, Alexa Reynoza, Faby Sama, Kokoro Yolin Chan, Yoko-zuki10, Brenda, Anónimo número 4 y Claro de Luna. ¡Son lo máximo! Pastel de chocolate gratis para todos :D
Espero que hayan disfrutado este capítulo, y sepan perdonarme si encuentran algún dedazo o error por ahí. ¡Hasta la próxima semana!
