Disclaimer: El fandom de Inuyasha, su historia y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi, yo los tomo prestados sin fines de lucro.
…
The Butterfly and the Hurricane
Por: Hoshi no Negai
5. De despedidas y reencuentros
Rin miró muy disimuladamente al hombre que caminaba un poco más adelante y no pudo evitar sonreír para sí.
La mansión había quedado atrás hacía apenas un par de días, y el demonio la guiaba por las partes más ocultas e inhóspitas de los bosques que cruzaban, seguramente para evitar el contacto con transeúntes no deseados. Alzó la vista para admirar los pedazos de cielo que se asomaban entre las altas copas de los árboles, encontrándolo un poco nublado. Llovería en algunas horas.
Sesshomaru apenas había abierto la boca desde que iniciaron el trayecto, y la mayoría del tiempo actuaba como si ni siquiera estuviera ahí. Justo como en los viejos tiempos, pensaba ella. Sólo le prestaba un poco de atención cuando le pedía un momento para comer o descansar; y por las noches permanecía muy cerca, vigilando los alrededores con las espadas descansando en su regazo. No era fácil conciliar el sueño y podría decirse que pasaba más tiempo en vela que durmiendo, batallando contra tormentosos pensamientos que no dejaban de recordarle cómo había sido pasar la primera noche con él. Le era muy complicado no dejarse asustar, pero hacía todo lo posible por convencerse de que aquello a lo que tanto temía no sucedería de nuevo.
Intentando despejar su mente con algo diferente, recordó cómo había sido despedirse de sus pequeños kitsunes. Casi todos lloraron y se lamentaron mucho cuando les dijo que debía marcharse con el señor Sesshomaru. Por supuesto que los reclamos y súplicas por hacerla quedar no se hicieron esperar ―de haber estado Shippo ahí, sus miradas enojadas no las habría disimulado nada bien―. Lo más difícil fue separarse de Mikiko y Kiyo, sus cómplices y protectoras más devotas. Cuando ambas se aferraron por última vez a ella para despedirse, sintió claramente que algo en su interior se hacía trizas.
Pero pese a la tristeza general del ambiente, hubo algo en particular que pudo subirle mucho los ánimos antes de partir: la escandalosa llegada del señor Inuyasha.
―¿Qué, te irás sin despedirte de mí, mocosa? ―gruñó cuando llegó a la entrada de la casa, donde Rin estaba con todos los niños repartidos en las escaleras. Ella sólo pudo mirarlo incrédula:
―¿Señor Inuyasha? ¿Cómo supo…?
―Shippo me contó sobre la última visita del estúpido de Sesshomaru, así que quise cerciorarme de que todo estuviera en orden.
¡Había acertado! Sabía que Shippo se había ido a la aldea del hanyou para decirle sobre sus nuevos planes. Buscó al pequeño en los alrededores hasta que salió de detrás de las piernas de su amigo, mirándola entre desafiante y desconsolado.
―Shippo…
―Tuve que decirle, Rin ―dijo tratando de no sonar enojado.
―Y era lo que tenías que hacer, bien hecho. Kagome quería venir también, pero se quedó en casa con los cachorros y me encomendó ajustar cuentas contigo y ese tonto ―le aclaró cuando Rin estaba por preguntar por la sacerdotisa―. De todas formas tengo un trabajo con Miroku en la aldea al pie de la montaña, así que mato dos pájaros con una sola piedra. Aparentemente hay un ogro gigantesco que no deja de amenazar a las personas para que le paguen tributos exagerados ―roló los ojos con fastidio. Los niños intercambiaron miradas y Rin supo contener su impulso de soltar un ¡Se los dije!―. Shippo me pidió que te detuviera y que te hiciera entrar en razón.
Se fijó en el niño que intentaba demostrar confianza al fruncir el ceño y pararse muy erguido, pero con su pequeño tamaño no conseguía lo que quería.
―Es lo que tienes que hacer, Inuyasha.
―No, enano, no vine a detenerla ―y luego de un tétrico silencio añadió―. Vine a matar a ese imbécil.
Rin abrió la boca con asombro y Shippo con ilusión.
―¿De verdad?
―No ―el zorro se desinfló―. Mira, enano, no es cosa nuestra lo que ella quiera hacer, ya está muy grande para tomar sus propias decisiones. Te lo dije la otra vez.
La humana se veía tan sorprendida como el zorrito. Inuyasha se dirigió a ella con un rostro serio algo forzado. Parecía intentar contener sus ganas de dejar salir su explosiva personalidad para demostrar algo más de madurez.
―Kagome lo ha dicho y… no quiero aceptarlo, pero parece que tiene razón: puedes hacer lo que desees con tu vida y no podemos interferir por más que lo queramos. Y créeme que yo sí lo deseo. De todas formas sabes que cuentas con nosotros si llega a suceder algo, Kagome quería dejarlo muy claro. Espero que no nos llegues a necesitar, pero no confío para nada en que el idiota de Sesshomaru pueda cuidar de ti ―el híbrido soltó un resoplido e hizo una pausa. Rin estaba paralizada, jamás hubiera imaginado que el señor Inuyasha pudiera decir algo de ese estilo―. Por eso debo preguntarte una última vez, ¿estás segura de todo esto?
―Sí, lo estoy ―contestó ella, intimidada por su dura expresión.
―¿No hay nada que pueda hacer para que cambies de opinión?
―No, señor Inuyasha, no hay nada que pueda hacer.
―¿Y qué me dices de darle una paliza a Sesshomaru? Se la merece.
―¡No, claro que no!
―Suenas igual que Kagome ―murmuró con amargura.
Rin soltó una risita baja ante la derrota que expresaba el hanyou; ya comenzaba a recuperar su personalidad. Shippo tenía la cabeza gacha, decepcionado de que su amigo no hiciera lo que le había pedido.
―Le agradezco mucho, señor Inuyasha, es usted muy amable. Pero ¿si no vino a detenerme, entonces por qué…?
―¿Qué, no puedo despedirme? Además, de verdad tengo mis esperanzas de poder patearle el trasero al idiota ese, no estaría de más.
Sin previo aviso desenfundó su gran espada e hizo un movimiento certero entre los árboles detrás de él. Los niños se asustaron aún más por ver cómo el Viento Cortante era desvanecido por unos relámpagos verdes poco antes de llegar demasiado lejos. Entre el polvo levantado se distinguió una silueta con una katana en la mano. La mayoría de los kitsunes subieron los escalones y se refugiaron bajo el marco de la puerta. Ver a Sesshomaru era algo que sólo a unos pocos no les causaba pavor.
―Si me entero que le has vuelto a hacer algo a Rin ―vociferó Inuyasha, apuntándolo con su arma―, verás qué tan rápido puedo hacer todas las técnicas de Tessaiga al mismo tiempo. Te lo estoy diciendo en serio, Sesshomaru. Te perseguiré y te haré pedazos si se te ocurre volver a ser el mismo imbécil de antes. Aunque ser así es algo que está en tu naturaleza, no sé si lo puedas evitar.
―Cierra la boca, Inuyasha ―contestó fríamente su hermano. La muchacha sintió un pequeño tumbo en su pecho cuando esos ojos ambarinos se clavaron sobre ella―. Rin, nos vamos.
Con todas las miradas encima, tragó con dificultad antes de voltear hacia la casa donde los niños estaban agrupados en el umbral. Mikiko se había aferrado a los brazos de Kiyo, y no eran las únicas con gruesas lágrimas amenazando con salir. Shippo tenía la apariencia de alguien que se mordía la lengua para no decir ninguna palabrota e Inuyasha estaba en un estado similar, sólo que él no se aguantaría decir nada. De haber podido se habría despedido de todos una vez más, pero como sabía que el Daiyoukai no tenía la suficiente paciencia para esperarla, agitó enérgicamente el brazo hacia ellos, apretando instintivamente el pequeño bolso de viaje con sus pertenencias.
―Esto no me gusta ―refunfuñó Inuyasha cortándole el paso―. Si fuera por mí, el estúpido estaría hecho polvo. Más te vale cuidarte, ¿te quedó claro? Si vuelve a pasar algo, irás directo a la aldea y le daré su merecido, Kagome jamás me perdonaría si lo dejo vivo.
―Muévete, híbrido.
Inuyasha ignoró el siseo de su hermano y continuó:
―Busca la manera de comunicarte regularmente con nosotros, no me importa cómo, pero hazlo. De todas formas puedo encontrar ese lugar al que irás siguiendo tu aroma, así que quedas advertida de que si no recibimos noticias tuyas tendrás una visita de Shippo y mía.
―Señor Inuyasha… ―Rin no pudo evitar abrazarlo torpemente, dejando caer su saco al suelo con un ruido sordo. El hanyou se avergonzó por tal muestra de afecto, y el youkai entrecerró los ojos con disgusto―. Muchas gracias por todo ―le sonrió dulcemente al separarse―. No se preocupe, estaré bien.
―Eso espero, mocosa. Y más te vale a ti, imbécil, asegurarte de que eso suceda. No le temo a tu Bakusaiga, recuerda que Tessaiga y yo podemos darte una buena pelea y podemos derrotarte como lo hemos hecho antes. No es una advertencia, es una amenaza.
Rin estaba completamente segura de que el demonio deseaba cumplir la promesa de pelea justo en ese momento, pero se contenía con ofrecerle una mirada de desprecio que sólo le dedicaba a él.
―No me hagas reír, Inuyasha. El exceso de confianza en tus mediocres ataques provocará tu muerte tarde o temprano, por lo que no tengo deseos de perder mi tiempo con alguien como tú. Rin ―la chica tomó sus pertenencias con rapidez y le dedicó una sonrisa a modo de disculpa al mitad bestia, que apretaba fieramente la empuñadura de su espada mientras mantenía la mandíbula muy tensa. Susurró un nuevo agradecimiento antes de tomar su lugar al lado del Daiyoukai. Sesshomaru dejó de prestarle atención al hanyou, que continuaba con sus amenazas hacia él, se dio la vuelta y comenzó a internarse en el bosque. La muchacha dirigió una última mirada a la casa que había sido su hogar y se apresuró a seguir los pasos del mononoke, luchando contra la comezón que atacó sus ojos al momento de ver a los kitsunes gritándole sus despedidas y buenos deseos.
¡Y eso que quería pensar en algo alegre! Se dijo al notar que le habían entrado ganas de llorar al recordar eso. Se sentía bastante mal al dejarlos solos, pero tenía que recordarse constantemente que eran zorros, podían cuidarse por sí mismos a diferencia de los infantes humanos tan dependientes y vulnerables. Y aunque sabía que estarían perfectamente bien, le daba remordimiento dejarlos atrás.
Kiyo tenía razón al decir que se desanimaba con facilidad, era algo con lo que todavía luchaba. Oh, cómo extrañaba a esa niña, y eso que apenas habían pasado unos días…
―¿Sucede algo?
Sus cavilaciones se pausaron al escuchar la profunda voz. Alzó la cara del suelo y descubrió que la miraba sobre su hombro.
―No, estoy bien. ¿Por qué lo pregunta?
Él no respondió y continuó caminando con normalidad. Rin dirigió su atención al andar de sus pies por la tierra del bosque y suspiró con disimulo. Le resultaba raro permanecer tanto tiempo en silencio a diferencia de cómo había vivido en la Mansión. Y estar en la presencia de ese estoico mononoke era algo que todavía la abrumaba.
―Los cachorros no morirán.
Otra vez logró sacarla de los confines de su mente de golpe.
―¿Qué…?
―Los zorros no requieren de nadie para sobrevivir, son capaces de hacerlo por su propia cuenta. No tienes razones para preocuparte.
―Es que… son tan pequeños, no puedo evitarlo.
El mayor guardó silencio.
Esa era su peculiar manera de querer hacerla sentir mejor, no cabía duda. Rin notó lo considerado que podía llegar a ser cuando se lo proponía, cosa que agradecía. Realmente hubo un gran cambio en él, lo sentía con sólo verlo.
―Ten ―le había extendido el brazo unas horas después de abandonar la montaña donde se encontraba la morada de los kitsunes. Habían pasado todo ese tiempo en absoluto silencio, por lo que escuchar su voz tan repentinamente casi le había hecho pegar un brinco. Miró con curiosidad su mano cuando se acercó un tanto vacilante. Sujetaba un pequeño saquito rojo de terciopelo, y Rin no pudo evitar verlo con cierto reproche cuando lo recibió.
―Pero… señor Sesshomaru, le dije que no era necesario que me entregara nada.
―Te oí decirlo ―concedió monótonamente.
―¿Y por qué no me hizo caso?
―No quise hacerlo.
No pudo seguir ocultando su sonrisa y aceptó el regalo. De seguro ése era el hombre más terco sobre la faz de la tierra. ¿Cuál era su manía con obsequiarle cosas de todas formas?
―Se lo agradezco.
Como su curiosidad era más fuerte que su desaprobación, desanudó el lazo de la bolsita y dejó que el objeto cayera en su palma abierta. Su aliento se cortó al admirar una preciosa mariposa metálica de colores dorados y plateados. ¿Era el mismo broche que él había destruido o se trataba de uno nuevo?
Conmovida, llevó su mano libre hasta la boca para taparla. Hasta había dejado de caminar por la impresión. El youkai se detuvo varios pasos por delante de ella, escrutándola por el rabillo del ojo. Rin le había dedicado ese día una bonita sonrisa como agradecimiento a falta de las palabras que no podía decir, expresión que aún ahora era raro que abandonara su rostro.
Desde entonces llevaba ambos adornos guindando de la fina cadena de plata que rodeaba su cuello, como si se tratara de una promesa que ansiaba por ver cumplida.
Iba tan distraída jugueteando con las mariposas que casi chocó contra el demonio que había detenido su andar. Estuvo por preguntarle qué ocurría, pero algo más llamó su atención. Acababan de salir del bosque y ante ellos se extendía una pradera repleta de flores blancas dispersas por montones, resaltando gracias a los pequeños rayos de la luz del atardecer que se colaban entre las nubes. Maravillada, corrió hasta las más cercanas y se arrodilló para examinarlas. Eran las mismas que habían aparecido misteriosamente en la puerta de su recámara. No pudo evitar sentirse enternecida al acariciar los minúsculos pétalos, felizmente sorprendida. Volteó hasta su acompañante quien tomaba asiento entre las raíces de un gran arce, cerrando los ojos al cruzarse de brazos con Bakusaiga y Tenseiga descansando a su lado.
Una vez que hubo recolectado un racimo lo suficientemente grande fue a reunirse con él, ocupando el pequeño espacio entre una raíz levantada y la estola blanca. No le prestaba la más mínima atención, era como si estuviera durmiendo, aunque ella sabía que no era así.
Se llevó el ramillete a la nariz, sintiendo el aroma llenar sus pulmones. Era increíble lo bien que le sentaba algo tan simple como unas flores silvestres. ¿La había guiado por aquel camino sólo para mostrarle ese lugar?
―¿Sabe, milord? Siempre supe que usted era quien las dejaba en mi puerta. Algo me lo decía. Era bonito despertar y que fueran la primera cosa que viera al salir. Me alegraban el día ―añadió modestamente. Él no contestó ni dio indicios de haberla escuchado―. ¿Por qué…? ¿Por qué lo hacía?
―Dijiste que te gustaban.
El demonio no la estaba viendo, pero sabía exactamente el tipo de expresión que hacía. En ese instante sonreía con un ligero rubor en su rostro.
―Sí, son mis favoritas… Gracias.
Abrió uno de sus ojos al sentirla reclinarse en su hombro, usando su mullida estola para apoyar la cabeza. Era inusual tenerla de esa manera cuando hasta hacía poco aún rehuía de su contacto, a pesar de que él no intentara propiciarlo.
Hizo un montoncito de pétalos en la palma de su mano y dejó que la brisa los arrastrara con ella. Sesshomaru sólo mantenía la vista al frente. Luego de unos instantes repitiendo sus acciones, se quedó inmóvil, abrazando su pequeño bolso de viaje mientras se acurrucaba un poco más en la piel.
Esperó por alguna reacción, pero parecía haberse quedado dormida. La miró furtivamente y encontró el resto de las florecillas esparcidas a su alrededor. Una pequeña sonrisa adornaba sus facciones. Sintió una pizca de sosiego al ver que su rostro expresaba tal tranquilidad, algo que no había visto en ella desde hacía más tiempo del que recordaba.
Inclinó ligeramente la cabeza y tomó una inhalación. Era tan atrayente como lo había sido la primera vez que lo captó algunos años atrás. Pero ahora que era una mujer adulta, ese aroma despertaba en él ciertas reacciones que prefería encerrar. No dejaba de sorprenderse por lo increíble que era que una simple humana lograra mantenerlo en ese confuso estado.
Al cabo de unos momentos, Rin pareció percatarse de lo que hacía y levantó la cara para hallarlo mirándola inmutablemente. Ella hizo lo mismo, perdiéndose muy pronto en los ojos dorados como si estuviera en un transe. Y pensar que hubo una época en la que le aterraba ver su rostro...
Ni siquiera se dio cuenta cuando se fue acercando poco a poco, hasta el punto de ir cerrando los ojos sin dejar de enfocarlo. El youkai tampoco parecía notar lo que sucedía a juzgar de lo quieto que estaba. Su corazón comenzó a latir alocado en cuanto hicieron contacto, y de un simple roce pasaron a presionar sus labios con algo más de insistencia. Rin apretujó la falda de su kimono al sentir un muy conocido cosquilleo extendiéndose desde su boca hasta el resto de su cuerpo, y cuando parecía que sólo faltaba un poco más para profundizar la caricia, abrió los ojos de golpe y se retiró rápidamente. Se encogió en sí misma bajando la mirada hasta su bolso, pero no se apartó de él.
Sesshomaru se obligó a retirar su rostro para observar el cielo: la moribunda luz del sol apenas se distinguía entre las grises nubes de lluvia. Las gotas comenzarían a caer en cualquier momento, por lo que era hora de moverse.
―¿Señor Sesshomaru? ―preguntó cuando hizo el ademán de levantarse. Su voz sonaba como si le faltara el aliento y le costara subir el tono.
―Es momento de seguir.
Tomó un poco de valor para poder hacer una pregunta:
―¿No podemos… quedarnos aquí un poco más?
El demonio alzó una ceja al verla volver a esconder los ojos. Evaluó la copa del arce; sus ramas filtrarían el agua de lluvia apenas iniciara, por lo que no era un sitio muy apto para tener un campamento. Por un momento maldijo el otoño y su efecto de hacer caer las hojas.
―Lloverá, es necesario encontrar un lugar adecuado para pasar la noche.
Rin se percató entonces de los nubarrones que iban ganando terreno en el cielo. Era una lástima, le hubiera encantado permanecer en esa posición por mucho más tiempo.
Al estar en pie, un temblor se apoderó de sus rodillas. Sólo lo había besado lo más castamente posible y su cuerpo ya estaba inestable, ¡parecía mentira! Sin intercambiar ni una palabra más, se pusieron en marcha con una extraña complicidad entre ellos. Aquella noche Rin no tuvo ni una sola pesadilla.
…
Habían abandonado la casa cinco días atrás, y en opinión de Rin todo marchaba bastante bien. Seguían sin hablar, pero la situación había tenido un pequeño cambio, como si estuvieran más cómodos en la presencia del otro y las palabras no fueran necesarias. Se acercaba a él en cada descanso para quedarse a su lado silenciosamente; a veces también se apoyaba en la estola y la acariciaba distraídamente, recordando cómo había sido mantener contacto con el youkai en su forma canina. Él, como era usual, no decía nada ni ponía objeciones en lo que en el pasado hubiera considerado como un acto desagradable. Sólo le permitía hacer lo que quería.
Aquel día en particular se encontraban bordeando una empinada montaña. Según el mononoke, aún les quedaba un tramo importante que viajar para llegar hasta el Oeste. Rin se sorprendía mucho al reconocer algunos lugares por los que había pasado en su huída, pues nunca imaginó que hubiera recorrido tanto terreno. Pronto todo volvería a estar cubierto de blanco, y casi podía verse a sí misma años atrás, abriéndose paso entre la nieve mientras trataba de contener el llanto.
Excelente manera de animarte, refutó para sus adentros.
Un súbito remover de las ramas la sacó de sus cavilaciones, haciéndola detenerse al igual que a su acompañante, que llevaba la mano a su espada. Estaba tan acostumbrada a la quietud que habían tenido que se llevó una gran sorpresa al ver que un gran oni de color gris se abría paso gruñendo ferozmente, arrancando enormes ramas de su camino para llegar a ellos, bajando la pendiente dando tumbos.
Antes de que Rin pudiera reaccionar, un desgarrador grito inundó el bosque. Una poderosa llamarada a sus espaldas alcanzó al enorme monstruo y detuvo su andar, envolviéndolo en un fuego que tardó muy poco en hacerlo caer carbonizado. Era imposible que su señor lo hubiera hecho si ni siquiera había movido un dedo. Sesshomaru soltó la empuñadura de Bakusaiga, entrecerrando los ojos con desagrado.
―¡Amo, al fin lo encuentro! ―Rin se llevó una mano a la boca ¡No puede ser!
―Demoraste demasiado.
―Perdóneme, amo, nos costó un poco encontrar su rastro porque ha estado lloviendo mucho y…
―¡Señor Jaken!
Cuando salió al sendero en el que estaba su señor, todo lo que el pequeño demonio verde pudo ver fue un flash naranja y negro que se abalanzaba hacia él a toda velocidad. Rin lo abrazaba con los brazos temblorosos, y sus cálidas lágrimas no tardaron en empapar su ropa.
―Rin…
―¡Lo extrañé tanto, señor Jaken! ¡Qué alegría me da verlo!
El hombrecillo palmeó incómodamente su hombro a espera de que lo soltara. Al parecer la humana no era capaz de sentir la profunda mirada de desprecio del Daiyoukai por tal escena.
―Sí, niña, pero tienes que soltarme.
―¡No quiero! ¡No quiero soltarlo! ¡Oh, señor Jaken, no sabe cuánta falta me ha hecho!
Su voz quebrada por el llanto le hizo un nudo en la garganta al youkai verde. Él también estaba muy feliz de verla, pero ese no era ni el momento ni el lugar adecuado para ponerse al día.
―Vamos, suéltame que me tengo que ir.
―¿Qué? ¡No! ¡No se vaya, por favor!
―Sólo vine a entregar a Ah-Un, tengo que seguir con mi encomienda ―trató de explicarle cuando la chica lo apretujó con más fuerza contra sí.
―¿Qué encomienda? ¡No quiero que se vaya!
―Debo encontrar a Deshi y a su nieta, Rin. ¡Suéltame, no puedo respirar!
La muchacha lo dejó ir con un espasmo de sus músculos al abrir los brazos de golpe y mirarlo incrédula. Era cierto, el señor Sesshomaru le había dicho que su lacayo se encargaría de rastrear a Nagi y a Deshi, ¿cómo lo había olvidado? ¡De seguro estaba teniendo problemas para localizarlos! Se sintió muy avergonzada con su amigo, era culpa suya que estuviera pasando dificultades, y sin Ah-Un… Un momento, ¿sin Ah-Un?
―¿Vino… a dejar a Ah-Un? ―no se había dado cuenta de que el dragón estaba unos metros detrás de Jaken, mirándola ansiosamente como si esperara el momento adecuado para reunirse con ella. El youkai sapo asintió.
―Tú viajarás el camino que resta sobre él, claro.
―¿Qué? ¡No! ―se giró para ver a un muy serio Sesshomaru y volvió la vista al pequeño demonio, negando repetidamente con la cabeza―. Yo… no, usted debería llevárselo, no quisiera que se le hiciera más difícil o que tardara más… por mi culpa, de nuevo ―agregó en voz baja―. Llévelo con usted, por favor, será más seguro.
―Niña, ¿pero qué…?
―No es tu decisión, Rin ―sonó la profunda voz de Sesshomaru.
―¡Pero el señor Jaken puede tardar mucho tiempo si va solo! ¡Y puede sucederle algo, Ah-Un necesita ir con él!
―Jaken cumplirá su tarea de cualquier manera, ir solo no le supondrá inconveniente ―señaló acusadoramente―. El dragón se quedará contigo.
―¡No! ―se levantó hacia él―. Esto no es justo para el señor Jaken. Ya está en esta tarea por mí, no quiero que le resulte más difícil de lo que seguramente es.
―¿Dices que prefieres que no cumpla con su misión?
El aliento de Rin se cortó cuando el mononoke le afiló los ojos.
―Eso no fue lo que dije.
―Jaken, continúa con tu camino ―con esa orden, el dragón fue trotando impacientemente hasta Rin y restregó los hocicos cubiertos por los bozales contra su cuerpo con mucha alegría. La chica tuvo que aferrarse a uno de los cuellos para no caer al suelo.
―¡Espere, señor Jaken! ―Rin trató de calmar al animal para que la dejara avanzar, pero le costaba trabajo mantener ambas caras lejos de la suya―. Por favor, llévelo con usted. No me importa caminar, de verdad, es más seguro si van juntos.
―Niña, no insistas, déjalo así.
―¡Pero…!
―Suficiente, Rin. Nos vamos.
La humana no movió ni un músculo.
―No.
―¿Cómo dices? ―preguntó al detener su paso. Ah-Un se había quedado quieto al fin, y ambas cabezas estaban levemente giradas con confusión por no saber a quién hacerle caso. Rin tragó con dificultad pero se mantuvo firme.
―No necesito ir sobre Ah-Un, me gusta ir a pie y estoy perfectamente bien así. No permitiré que el señor Jaken tenga más complicaciones a causa mía y si yendo con Ah-Un su misión puede facilitarse, mejor. Perdone, pero como esto es algo que el señor Jaken hace por mí, me parece que tengo derecho a opinar. Y es lo justo que vayan juntos.
El hombrecillo verde se quedó atónito. ¿Desde cuándo esa niña tenía tantas agallas como para plantarle cara al Lord del Oeste? ¡Muy pocos podían hacerlo y salir con vida! Esa no podía ser la misma mujer que temblaba ante la presencia de su amo y había rogado con toda su alma poder alejarse de él. Parecía ser que ese tiempo separados le había hecho mucho bien. Aunque a juzgar por el rostro del Daiyoukai, ponía en duda la valentía de Rin y la clasificaba más bien como una enorme estupidez.
Sesshomaru no dijo nada ante lo que era una grave falta de respeto y sólo la vio dedicarle una mirada muy insistente. Estaba hablando en serio.
―Creí haberte dicho que no probaras mi paciencia ―siseó.
―Lo siento, pero está siendo injusto con el señor Jaken.
Con lo poco que le importaba Jaken… Rin era demasiado terca para su propio bien, ¿por qué le daría relevancia a un asunto tan trivial como lo mucho que podría demorar el youkai verde? Había cosas de esa mujer que nunca comprendería.
―¿Tanto deseas ver a esos imbéciles?
―No lo digo por ellos ―contestó con la voz más suave, obviando el insulto hacia sus amigos―, es sólo que no debería castigar al señor Jaken por mí, todo lo que quiero es que no se le dificulte la situación. Además… ―añadió con un sonrojo―, me agrada caminar con usted.
―El terreno por recorrer no es sencillo de atravesar a pie.
―Puedo hacerlo.
Sesshomaru resopló mudamente. Discutir con ella era como hacerlo con una pared, y sin importar lo que le dijera, no cambiaría de opinión.
―¿Prefieres sacrificar tu comodidad por Jaken? ―preguntó irónicamente, haciendo especial énfasis en el nombre con incrédulo desagrado.
―Si así puede su viaje ser más fácil, sí.
Guardó silencio por unos instantes más, y todo lo que hacía el objeto de la discusión era pasear los enormes ojos amarillos entre el hombre y la mujer como si a ambos les hubiera crecido una segunda cabeza. La niña estaba siendo demasiado osada y su amo era muy blando con ella. En otros tiempos ni siquiera estaría siguiéndole la corriente con esa conversación. Con Jaken nunca lo hacía ―aunque para ser sinceros, era raro que lo hiciera con cualquiera―, y eso ya decía bastante.
―Disfrutas llevarme la contraria.
―¡Eso no es cierto!
―Jaken ―la cortó Sesshomaru. El hombrecillo tembló―. Toma a Ah-Un y lárgate antes de que cambie de opinión. Ahora.
Rin sonrió con alivio al ver a su amiguito dirigirse hasta el dragón con una extraña cara de asombro. La criatura había comprendido que se iría con Jaken, por lo que volvió a restregar sus cabezas contra ella cariñosamente a modo de despedida. Jaken la miró confundido. Le hubiera gustado reclamarle por su actitud ―ya que contrariar a su amo era algo que era mejor no hacer―, pero el frío tono de su señor le había hecho saber que era mejor no demorarse.
―Muchas gracias por hacer esto ―le dijo ella al entregarle las riendas―, significa mucho para mí. Y lamento los inconvenientes que pueda tener.
―No seas tonta ―balbuceó.
Rin no pudo evitar su impulso de abrazarlo nuevamente.
―Le deseo un buen viaje ―Jaken tenía toda la pinta de alguien que no sabía qué rayos sucedía. La miró por unos segundos con la intención de hacerle muchas preguntas, pero ese no era el momento adecuado. Tendría que esperar un poco más para que le aclarara todo. Miró furtivamente a su amo que no estaba nada contento con lo que pasaba. Rin no era la única que había cambiado a lo largo de esos años.
Pero para Jaken todavía era demasiado pronto para bajar la guardia. Sólo esperaba que la muchacha no se arrepintiera nunca de haber roto su sortilegio y haber vuelto al lado del Daiyoukai. Cuando Ah-Un se impulsó con un salto para iniciar el vuelo, volvió la cabeza hacia atrás para ver que ella se despedía efusivamente, con un nada contento mononoke a sus espaldas. Lamentablemente lo único que podía hacer era esperar para ver si se preocupaba en vano o no.
Y con una última sonrisa a su acompañante, Rin emprendió el camino como si nada hubiera ocurrido. Sesshomaru, por el otro lado, la seguía con su andar tranquilo y el ceño ligeramente fruncido. Estaba en lo cierto al pensar que el regreso de Deshi y su nieta no era lo último que pediría, y ahora sin la compañía del dragón tardarían muchísimo más en regresar a sus tierras. Su semblante se relajó. Aunque eso no era del todo malo, pensó al verla andar tan distraídamente por el sendero.
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Vaya, esa niña es cada vez más y más lanzada, ¿no? Pero con la frente bien en alto, así me gusta xD Y pobre Jaken, no habrá tenido idea de todo lo que habrá pasado xD
En este capítulo, que fue más calmado, vimos un poco más de interacción entre esos dos, esta vez sin discusiones de por medio, lo cual es un gran cambio xD Lastimosamente es demasiado pronto como para que la confianza regrese a su lugar correspondiente, pero está en buen camino, tranquilas. Y cada vez falta menos para ver a Deshi y a Nagi, por lo que Rin y Sessho deben aprovechar lo que les queda de tiempo a solas xD
¡Arceus! ¡Más de 100 reviews con cuatro capítulos! Alucinante, de veras. Cada día las quiero más, chicas, ¿lo sabían? ¡Cómo me suben el ánimo! La recompensa de hoy es algodón de azúcar, así que vayan tomando el suyo. Mora, Anónima número 1, Yoko-zuki10, Sexy Style, Sayuri08, Hi no tamashi, Amafle, Cali, Ginny, Serena tsukino chiba, Claro de luna, KeyTen, Anónima número 2, Emihiromi, Dulce Locurilla, Seras, Ephemeras, Hadeyn chan, Brenda, Alexa Reynosa, Neko-chan, Faby sama y Evanna Leroy. Anónimas misteriosas, por favor déjenme sus nombres para agradecerles como se debe. Lo pueden escribir ahí arriba donde dice "Guest", o si no firmar con él al final (:
Bueno, ha sido todo por hoy. Espero que hayan disfrutado la entrega de hoy aunque haya sido algo cortita y tranquila. ¡Un beso a todas y hasta el próximo sábado!
