Disclaimer: El fandom de Inuyasha, su historia y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi, yo los tomo prestados sin fines de lucro.

The Butterfly and the Hurricane
Por: Hoshi no Negai

6. Adaptándose de nuevo

Les había tomado alrededor de otros diez u once días llegar a su destino gracias a los paisajes tan inhóspitos y complicados de atravesar. Rin se dio cuenta que rechazar la montura de Ah-Un fue quizás algo muy tonto, pero no se arrepentía. Y por supuesto que tampoco se quejó en lo más mínimo ni demostró enojo ante las obvias miradas del Daiyoukai que le decían cuánta razón había tenido al insistir en llevar al dragón con ellos. No quería darle el gusto de verla cansada, por lo que se esmeró en pretender que subir y bajar montañas casi todos los días no era nada para ella. Aunque nunca estuvo realmente molesta, disfrutaba caminar al lado de su señor sin importar lo muerta que se desplomara por las noches.

Algo bastante favorable fue que su acompañante le hizo las cosas más fáciles al dejarla descansar cuando se lo pedía, y ayudarla a pasar por terrenos demasiado inestables. Rin se había preguntado a menudo por qué el mononoke había querido hacerla montar en Ah-Un, si todo lo que quería era acortar el tiempo de viaje podía transportarlos a ambos convertido en una esfera de luz, como hacía regularmente. En cambio llevó un paso lento y paciente para permitirle seguir su ritmo, ni siquiera parecía apurado por arribar a la fortaleza. Tal vez, pensó, a él tampoco le desagradaba caminar con ella.

Después de un arduo viaje en medio de constantes lluvias, finalmente habían llegado.

El castillo del Oeste se alzaba imponente, y no había absolutamente nada que Rin no recordara tal cual como lo vislumbró la primera vez que llegó. Sus piernas dejaron de responderle en cuanto se acercaron a los amplios escalones de piedra de la entrada; todo su cuerpo en sí se había congelado. Por un momento juró que revivía aquel día que pisó esas escaleras con tanta ilusión, y no dejaba de admirar los alrededores como una niña ingenua. Oh, si antes se creía pequeña e insignificante en aquel inmenso sitio, lo que sentía ahora no era ni remotamente parecido.

Sesshomaru dejó el pie derecho reposar sobre el primer escalón y se volvió hacia ella, que contemplaba la fortaleza con los ojos muy abiertos. Daba la impresión que su mayor deseo era salir corriendo cuanto antes, pero lo único que era capaz de hacer era quedarse ahí plantada como si se tratase de una estatua.

―¿Rin?

Respira profundo, se dijo. Todo está bien. Sólo camina, no pasará nada por subir unas escaleras.

Lentamente y con la mirada pegada al piso, avanzó. Con cada peldaño que subía podía sentir cómo el nudo en su estómago se apretaba más y más. Tuvo que hacer algunos ejercicios de respiración que la sacerdotisa Kagome le había enseñado para asegurarse de tener algo más de estabilidad al sentirse tan mareada. Había imaginado que le resultaría difícil llegar hasta ahí, pero jamás había reparado en cuánto. ¡Si ni siquiera habían entrado y ya sentía el pánico en cada poro de su piel!

Cuando finalmente alcanzaron la entrada ―luego de lo que la humana supuso una tortuosa eternidad―, se encogió en sí misma y se apegó al Daiyoukai en un vano intento de resguardarse de un peligro que sólo existía en su cabeza. No vio el recibimiento que los guardias le dedicaron a su amo, ni las miradas curiosas que se dirigían a ella en cuanto atravesaron las grandes puertas para entrar en el recibidor. Una vez sabiéndose a la sombra del moribundo atardecer, y de haber escuchado las puertas cerrarse a sus espaldas, se atrevió a mirar alrededor. Era imposible no sentirse como un ave en una jaula.

―Sígueme ―tenía los sentidos tan alertas que no pudo esconder a tiempo el pequeño espasmo al oír la voz del mononoke cortando el críptico silencio.

Se apresuró para no quedarse sola en medio del corredor, mirando furtivamente las paredes que tan amargos recuerdos llevaban a su mente. Le hubiera encantado poder cerrar los ojos, pero prefería no arriesgarse a tropezar y caer. La estaba guiando por un camino que recordaba muy vagamente, en dirección al ala norte. Optó por enfocar las puntas de su blanco cabello, distrayéndose con el ritmo que seguían de su andar.

Antes de que pudiera preverlo, se detuvieron. Delante de ellos había una puerta adornada con un árbol de cerezos en flor hecho en tinta. Los finos detalles de las flores que se perdían en la profundidad imaginaria de la pintura se le hizo tan realista que logró poner de lado aquello que tanto la angustiaba. Nunca había visto eso antes.

―Ésta es tu recámara.

Abrió la puerta para dejarle ver el interior. Era sencilla, pero muy bonita y acogedora. El futón estaba cubierto por un grueso edredón color lila con florecillas blancas bordadas muy detalladamente. Había dos altos jarrones en los rincones, y pensó instintivamente que estaban hechos para decorarlos con flores y plantas recién cortadas. Embelesada, dio unos pasos admirando la estancia. Contaba con una hoguera en el extremo contrario donde se encontraba la cama, y una estantería pegada a la pared exhibía pequeños adornos con forma de bonsáis y varios elementos naturales. Al fondo, justo en frente de la entrada, encontró algo que le llamó la atención. Se sorprendió mucho al ser recibida por una fresca brisa para cuando deslizó la puerta: tenía una espléndida vista del patio norte. El sonido de una campanilla de viento la sacó de su trance, y vio que justo sobre su cabeza estaba el pequeño objeto de cerámica ondeando con la brisa del crepúsculo.

―Esto es… hermoso ―logró decir sin salir de su asombro―. E-espere ―le pidió al ver que hacía el ademán de retirarse. Dubitativa y tambaleante, se acercó hasta donde estaba, alternando la mirada entre su cara y el suelo―. Se lo agradezco mucho, yo… no sé qué decir.

―Si requieres algo, los sirvientes te atenderán ―dijo fríamente―. Siéntete libre de cambiar lo que desees.

―Gracias, señor Sesshomaru.

―Rin ―ella borró su sonrisa y escuchó atentamente. Estaba complacido por saber que su alcoba lograba opacar un poco su temor, pero las palabras jamás saldrían de su boca. Sesshomaru no estaba hecho para esa clase de demostraciones. Aún así, le pareció que los ojos de Rin lo miraban con comprensión, como si supiera lo que quería decir―. Descansa.

La chica volvió a sonreír cuando asintió. Daba la impresión de que quería asegurarse de darle una bienvenida adecuada, y bien que lo había logrado. Una vez sola se dio la media vuelta para volver a admirar la estancia. Parte del miedo que la había invadido al momento de entrar en la fortaleza parecía haberse esfumado repentinamente. Era un nuevo comienzo después de todo, lo más difícil estaba por terminar.

Los primeros días que Rin pasó en aquel sitio fueron un tanto tensos y estresantes.

No salía mucho de su recámara, y pasaba la mayor parte del día en el patio norte, admirando los alrededores mientras dejaba que su mente se distrajera con cualquier tontería. Veía muy de vez en cuando al Daimio, y sólo era para las cenas en las que se mostraba encogida y ciertamente temerosa de estar lejos de su habitación. Al menos, a su parecer el demonio no daba indicios de querer apresurar nada, lo que le parecía perfecto: necesitaba mucho tiempo para acostumbrarse a su nueva vida. Oh, cómo extrañaba recorrer bosques a sus anchas, sin ningunas paredes que lo limitaran, o jugar con los pequeñines que habían sido su familia por tanto tiempo… Pero, reparó, quizás aquella era una etapa que tenía que quemar de una vez por todas. No podía ser una niña para siempre, una que deambula por terrenos inhóspitos para aislarse del mundo. No, aquel era su mundo ahora, por lo que debía intentar integrarse a él por más que le costara.

Ya para el cuarto día, se animó a dar el siguiente paso: recorrer el castillo.

Salió temprano en la mañana y comenzó a andar con un rumbo fijo en la cabeza. Mantenía la frente en alto, forzándose a mirar los pasillos que conocía a la perfección. Había algo en ese lugar que se le hacía tan familiar como diferente. Era como si de repente hubiera más luz en el interior, como si las paredes, suelo y techo hubieran perdido sus opacos colores y el sol los atravesara de alguna manera. ¡Hasta las personas parecían distintas! La saludaban con cordialidad y seguían su camino como si nada, muy pocos la miraban furtivamente como lo habían hecho antes. Varios hasta le sonrieron al hacer la reverencia, dándole la bienvenida. ¿El señor Sesshomaru los había amenazado a todos ―cosa tremendamente probable―, o de verdad se alegraban de verla? Era algo que quizás prefería no saber.

Para cuando llegó al patio de entrenamiento, se alivió de encontrarlo casi totalmente vacío. Había algunos soldados y guardias esparcidos por ahí, hablando o ejercitándose con combates de práctica. Varios alzaron la cabeza al verla dirigirse al establo del dragón, y algunos cuántos la saludaron con una reverencia a la distancia.

Se llevó una gran desilusión al encontrar el establo vacío para cuando abrió la ruidosa puerta. Obviamente Ah-Un no estaba ahí, pero como también tenía un área de depósito pensó que Kenta podría estar utilizándola. Se acercó tímidamente al hombre más cercano para preguntarle sobre su amigo. Era un youkai alto de mirada severa y una barba corta de colores terrosos, que portaba una oscura armadura. Se trataba del general Tanabe.

―Buenos días ―saludó agachando la cabeza―. Di-disculpe, general, ¿no ha visto a Kenta por aquí? Es el muchacho encargado de los establos: bajito, delgado y de cabello rojo.

―Sé quién es, señorita. Creo recordar haberlo visto en el pueblo, no sube mucho al castillo desde hace meses ―su tono respetuoso contrastaba mucho con la frialdad que lo asemejaba a su Daimio, por lo que Rin no pudo evitar mirarlo un tanto extrañada.

―Oh, vaya… P-perdone, pero… ¿cree que podría pedirle que venga cuando lo vea? Si no es mucha… ¡Disculpe! Mejor olvídelo, no quiero causarle molestias, no tuve que haber dicho nada.

―No causa molestias, señorita. Le diré que lo mandó a llamar.

La chica se sonrojó al darse cuenta de que le había pedido un favor al general de un ejército de demonios y él había aceptado como si nada.

―S-se lo agradezco mucho.

Hizo una nueva reverencia para despedirse y se marchó lo más rápido que pudo. ¡Qué vergüenza! Si se tratara de un soldado no pasaba nada, pero había sido alguien con alto rango a quien le había dicho que le dejara un recado a un cuidador de establos. Tenía que tener más cuidado para la próxima vez.

Iba tan distraída ahogándose en su propia pena que no notó que sus pies la guiaban por sí solos. Los pasillos se le iban haciendo cada vez más familiares hasta que cayó en cuenta de dónde estaba. Como era un camino que había recorrido tantas veces, su mente la llevó hasta ese lugar automáticamente. El corazón le dejó de latir al estar frente a las puertas de su antigua habitación.

Se quedó tiesa y casi sin respirar, contemplando la madera y el papel de arroz con los ojos muy abiertos. Era como revivir una vieja y aterradora pesadilla. Pero esta vez era real, completamente real. No supo durante cuánto tiempo había permanecido ahí, ni siquiera sintió el correr de los minutos. Para ella, el tiempo se había detenido. Estiró la mano temblorosa y acarició con la punta de sus dedos la superficie de papel. Parecía que sólo fue ayer el día que Tsukune la llevó hasta ahí.

Tres años. Habían transcurrido tres años desde aquel entonces, y el peso de ese tiempo la hizo regresar a la realidad de un solo golpe. Cualquier persona más lista se habría marchado de ese pasillo para nunca más volver a cruzarlo. Y de hecho, eso era lo que más le apetecía hacer. Pero no quería ser así. Quizás no era muy inteligente, pero… tarde o temprano tenía que enfrentar lo que había ahí adentro, ignorarlo no lo haría desaparecer por arte de magia sin importar lo mucho que así lo quisiera.

Se quedó un momento más con la mano paralizada, dándose valor para hacer lo siguiente. Algo en su interior le pedía a gritos que se fuera cuanto antes, pero una pequeña voz la incitaba a continuar.

Abrió la puerta de un tirón respirando muy fuerte y entró con los ojos cerrados. Trató de ignorar el temblor de sus rodillas al avanzar y siguió adelante. Una vez a tres o cuatro pasos de la puerta, los abrió lentamente. Casi podía jurar que algo podría haberle saltado encima, como si sus mayores temores tuvieran forma física y pudieran atacarla.

Estaba vacía, completamente vacía. Una gruesa capa de polvo cubría el suelo dándole a entender que nadie la había pisado desde hacía mucho. Si los muebles y el futón siguieran ahí, creería que fue ella la última que estuvo en su interior. Avanzó, permitiéndole a sus ojos recorrer las paredes desnudas que eran iluminadas sólo gracias a la alta ventana. El ambiente era pesado, como si se tratara de alguna extraña clase de gas capaz de marearla.

Se obligó a permanecer quieta, reviviendo de manera muy real el momento exacto en el que todo comenzó, y cómo esos ojos dorados que tanto le gustaban la observaban con odio. Podía sentirlos justo ahora sobre su nuca, y por más que se dijera que eran producto de su imaginación, no podía evitar estremecerse.

No es real. No hay nada aquí contigo, sólo tus recuerdos. Exhaló lentamente, con las extremidades amenazando con dejarla caer.

Miró la hoguera que carecía hasta de cenizas. Cuántas noches se había acurrucado junto al fuego, llorando y arrepintiéndose de tantas cosas… El rincón más alejado de la puerta de entrada había sido en el que se había quedado durante algunos días luego de enterarse de la pérdida de sus pequeños, el mismo sitio en el que el señor Sesshomaru había acariciado su mejilla e intentado hablar con ella. Si no se hubiera negado a escucharlo, ¿qué le habría dicho? ¿Habría mejorado algo?

Era una lástima que fuera imposible de saber. Y también era una lástima todo lo que había tenido que pasar por las malas decisiones que ambos habían tomado. Sí, los dos tenían la culpa de lo desastroso que había resultado todo, aunque fuera él el mayor responsable. Al final, todo había sucedido gracias a acciones y decisiones erróneas.

Pero a pesar de eso, hubo un momento en el que todo estuvo bien. Rin suspiró, sintiendo cómo su cuerpo se desinflaba ante la pérdida de aire. Aquella habitación no sólo había sido una prisión, también se había convertido en su refugio, el único sitio en el que irónicamente podía sentirse vagamente a salvo. Había vivido cosas horribles en ese lugar, sí, pero no todo había sido un mar de lágrimas. También había experimentado cosas maravillosas, aunque fuera por muy poco tiempo.

Fue pequeño y hasta insignificante, algo demasiado corto como para tal vez ser considerado, pero ahora lo sabía… aquello fue completamente real, sólo que no pudo durar lo suficiente.

Cómo quería recuperarlo...

Ese no era más que un cuarto vacío, lleno de recuerdos tanto buenos como malos, y aunque no pudiera deshacerse de ellos para siempre, sabía que podía dejarlos definitivamente atrás.

Para cuando salió de la estancia y cerró la puerta, una extraña paz ahogó sus sentidos hasta el punto de humedecerle los ojos. Quizás era una tontería llorar, pero eran demasiados los pensamientos que rondaban por su cabeza como para no hacerlo.

Cuando abandonaba el pasillo, sintiéndose algo más ligera, se sorprendió al encontrarse con el Daiyoukai apoyado contra la pared con los brazos cruzados sobre el pecho. Abrió los ojos al tenerla al lado, buscando algo que delatara algún malestar. Rin le mostró una pequeña sonrisa. Su rostro ya no le recordaba a aquel monstruo que la había atormentado, ahora en su lugar estaba el mismo ser que la había protegido y cuidado siendo una niña, aquel que tanto admiraba y adoraba. La horrible criatura que lo había reemplazado en su mente tenía que aprender que era hora de irse.

Sin intercambiar ni una palabra, el demonio se despegó de la pared y comenzó a caminar. Rin entendió enseguida que quería que lo siguiera. Su sonrisa nunca la abandonó.

Por los próximos días, la joven se le fue acercando un poco más al mononoke, o mejor dicho, lo trataba de manera más abierta, y él solía acompañarla durante la cena o algunas caminatas por los pasillos, pues aún se sentía algo intimidada entre ellos. Pero cuando Rin se dirigía a los jardines, su rostro se iluminaba por completo. El demonio prefería quedarse resguardado a la sombra del castillo, viéndola recoger las últimas flores que no se habían secado gracias al otoño para adornar los jarrones de su recámara. Las palabras seguían sin abundar, pero eso era algo sin importancia. El silencio también podía ser bastante agradable.

Aquel día en particular se había llevado una grata sorpresa en su camino a la cámara de guerra. Kenta estaba abriendo la puerta del establo con una mano mientras que con el otro brazo sostenía largas y gruesas tiras de cuero negro. Rin no pudo controlarse y comenzó a correr hacia él, sin fijarse en las miradas extrañadas de los soldados que se encontraban entrenando. El muchacho se percató antes de que llegara a su lado, y justo cuando estaba volteando para saludarla, Rin le arrojó los brazos al cuello estrechándolo en un fuerte abrazo.

―¡Kenta! ¡Qué bueno que estás aquí, te he extrañado mucho! ¿Cómo has estado? ¿Cómo te va en el trabajo? ¡Estás más alto que yo, cómo has crecido! ¡Me alegro tanto de verte de nuevo! He estado pasando todos los días por el establo para ver si te encontraba, pero como no aparecías pensé que…

―Espera, hablas muy rápido ―pidió la voz del ya no tan niño. Rin se separó de él y lo miró detenidamente. Había ganado varios centímetros de altura, y algunos cuántos kilos de músculos; lo que era un gran cambio en comparación a la delgadez a la que estaba acostumbrada a ver. Su cabello rojo estaba atado en una pequeña coleta a lo alto de su cabeza y sus facciones infantiles comenzaban a desaparecer para ser reemplazadas por las de un hombre joven. ¡Cómo volaba el tiempo!

―Lo siento, no puedo evitarlo ―se excusó apenada―. Te he echado mucho de menos.

―Y yo a ti, Rin. Me alegra encontrarte de vuelta sana y salva.

La chica se sonrojó y bajó el rostro.

―¿De verdad te alegra… verme aquí?

―Claro que sí ―aseguró el youkai con una cabezada―, ¿por qué no?

―Considerando que me fui por lo que sucedió... No creí que te diera gusto ver que… regresé.

Kenta suspiró incómodo. Nagi se había encargado de explicarle bastante bien el motivo de su recaída de salud y su súbita decisión de marcharse ―claro que había adaptado todo cuidadosamente para los oídos infantiles―, y él lo comprendió y aceptó bastante bien. Le sorprendió enterarse de la cruda verdad, pero tenía que admitir que lo sospechaba desde hacía mucho.

―No estás aquí en contra de tu voluntad, ¿verdad?

―¡Por supuesto que no! El señor Sesshomaru me lo pidió, y yo… yo quería venir.

―Entonces no tengo por qué estar molesto contigo.

Kenta la miró por un momento más. Estaba un tanto nerviosa y dubitativa, y aunque quisiera hacerle muchas preguntas, había cosas de las que era mejor simplemente no hablar. Después de todo, era una persona tímida, prefería no indagar en nada demasiado comprometedor.

―¿Cómo te sientes ahora?

―¿Eh? ―se sonrojó―. Bueno… bien, eso creo. Es raro volver a estar aquí, pero… me gusta. Es muy diferente a donde estaba antes, hay demasiada calma y silencio en comparación, pero aún así… ―su voz se apagó, presa de la pena. Rin nunca cambiaría.

El chico rió entre dientes.

―¿Sabes algo? El amo realmente quería que estuvieras aquí.

―¿A qué te refieres?

―Hace unas semanas mandó a remodelar una habitación en el ala norte. Construyeron las puertas para que se abrieran de cara al jardín, y lo amueblaron todo según sus instrucciones. Tenía a varias personas trabajando ahí, siempre los veía ir y venir, así fue como me enteré de que regresabas. Era de lo único que se hablaba ―por un momento Rin sintió como si midiera diez centímetros―. También habló con los encargados de los sirvientes y varios soldados de alto rango y amenazó a todo el personal para que no se les ocurriera ponerte una mano encima, y dijo que siempre deberían estar a tu disposición; también hizo que se fueran los que se quejaron de sus órdenes, aunque no sé si sólo los exilió o los… ―Kenta se aclaró la garganta al ver los ojos muy abiertos de Rin―. Como no subo mucho por aquí no me enteré muy bien, perdona, pero todos los demás tomaron muy en serio sus advertencias.

Rin guardó silencio. Sabía que había hecho algunos arreglos en cuanto a sus lacayos y su hogar, pero no pensó que hubiera sido algo tan drástico. Aunque pensándolo bien era un hombre muy extremista, no tenía por qué asombrarle que amenazara a todos para que no se le acercaran demasiado, tomando en cuenta lo sobreprotector que era. Sólo esperaba no generar resentimiento entre los trabajadores, el estar amenazados de muerte por su causa seguramente no laconvertía su persona favorita. Oh, ¿ahora cómo no los miraría sin sentirse mal?

―No me has respondido mis preguntas, Kenta ―recordó ella suavemente―. ¿Cómo estás tú?

―¿Yo? ¡Muy bien! ―el chico pareció aliviado por el cambio de tema―. ¡Nunca me cansaré de agradecerte! Me encanta mi trabajo, los otros cuidadores son bastante buenos conmigo y cada vez me encargan tareas más avanzadas, creo que ya confían plenamente en mí ―Rin se alegró genuinamente. Al menos algo positivo había resultado de todo lo anterior―. Por ejemplo, al comienzo del año me pidieron que asistiera al caballo demonio del general Tanabe después de que quedara herido en una pelea, y pude salvarle la pata luego de esa horrible infección ―relató entusiasmado―. Desde entonces el general siempre me llama si tiene algún problema con sus animales. Le gustan mucho los conejos, ¿sabes?

―¿De verdad?

―¡Sí! Tiene unos quince, siempre que nacen más se emociona y se queda mirándolos por un buen rato. Fue muy raro cuando lo vi hacerlo porque no va con su personalidad. Y no es algo que le guste que se sepa, por cierto, así que no lo repitas.

Rin rió por lo bajo. Ahora comprendía por qué el estricto hombre se había mostrado tan amable al mencionar a Kenta. Podían ser muy opuestos, pero vaya que tenían cosas en común. A partir de ese momento le costaría no imaginarse al escrupuloso demonio rodeado de conejos recién nacidos.

―Oye, ¿y qué tal está…?

―Eh... ¿Rin? ―la interrumpió. Su divertido semblante se había reducido a una mueca completamente seria. La chica giró la cabeza para encontrarse al Daiyoukai parado bajo el arco de piedra que hacía de entrada hacia el patio de entrenamiento. Estaba de perfil, como si su andar se hubiera detenido justo ahí, y la miraba severamente por el rabillo del ojo. Acababa de recordar lo posesivo que podía llegar a ser.

―Creo que será mejor que hablemos en otro momento.

―Buena idea ―concedió el chico con una cabezada.

―Me gustó mucho verte, espero que subas aquí más a menudo, ¿de acuerdo? ¡Tenemos tanto de qué hablar!

―Cuenta con ello. Nos vemos.

Kenta se apresuró a entrar en el establo para librarse de los afilados ojos del Daimio. Rin se veía muy contenta y segura al querer estar con él, pero habían cosas que definitivamente no cambiaban. Y el pavor que sentía él hacia el demonio de blanco cada vez que lo veía cerca de Rin era una de ellas.

Siento que esto ya lo he vivido antes, pensó la muchacha al alcanzar al Daiyoukai en el pasillo. Rió disimuladamente cuando notó que tenía la misma cara que aquella vez que la sorprendió hablando muy animadamente con Kenta y Takanari, donde casi parecía querer arrancarles la cabeza. Sí, de seguro eso era en lo que pensaba en este momento. Tuvo que contener la risita cuando se fijó en ella como si la retara a que continuara riendo.

Por fortuna llegaron pronto a la cámara de guerra, donde el demonio se mostró más apacible mientras se sentaba frente a su escritorio y comenzaba a leer el primer pergamino del montón. Rin tomó lugar a su derecha abrazando sus rodillas, intentando no volver a soltar una disimulada carcajada. De repente se había imaginado al general llorando de alegría al restregarse conejos en la cara. Voy a matar a Kenta por haberme dicho eso.

―Te he dicho que me desagrada verte confraternizar con los sirvientes.

La chica tragó con dificultad.

―Pero Kenta es mi amigo.

―Independientemente de lo que sea, no es de mi agrado.

Rin resopló. Sesshomaru sabía quién era ese mocoso, se trataba del niño soldado por el que había hecho un pacto con él para asegurarle un trabajo menos peligroso. Tal vez no era nadie de quien preocuparse, pero de todas formas lo hacía. Nunca se podía ser demasiado precavido.

―Entonces, ¿qué puedo hacer?

―Mantener distancia.

―No, no ―negó jocosa―. Me gustaría saber qué es lo que puedo hacer estando en este sitio.

―¿A qué te refieres? ―preguntó desinteresadamente sin dejar de leer.

―Bueno… Sabe que odio quedarme quieta en un solo lugar sin hacer nada, me frustra mucho.

―¿Odias estar aquí?

―No, eso no es… ―titubeó―. Quiero decir… debe haber algo que pueda hacer, alguna actividad o algo así. Supongo que está en contra de que tome un trabajo, ¿verdad?

―Absolutamente.

Rin roló los ojos.

―¿Y podría alguna vez bajar al pueblo con Kenta?

―No.

―¿Y si usted nos acompaña?

―No.

―Vaya… ―suspiró. Tenía la impresión de que no era su palabra favorita.

―Entonces, si no le molesta ¿podría venir aquí a hacerle compañía? Ya no me gusta pasar tanto tiempo sola en mi recámara ―añadió en voz baja. Sesshomaru no quitaba la mirada del pergamino.

―Si así lo prefieres.

La mujer se volvió a encoger de hombros mientras se fijaba en el suelo. ¿Era normal que de nuevo se sintiera incómoda estando con él? En el viaje de ida no tenía inconveniente en sentarse a su lado ―más precisamente porque no tenía otra opción―, pero ahora el ambiente se le hacía un tanto tenso, justo como cuando reanudaron sus tratos luego de tener esa larga conversación. Tenía la gran esperanza que, al igual que aquella vez, podría llegar a sentirse gradualmente más tranquila en su presencia.

―¿Puedo preguntarle algo? ―probó. Como siempre, el silencio le dio a entender que podía proceder―. ¿Es verdad que… exilió a parte de su personal antes de yo venir?

El demonio alzó una ceja y la miró fugazmente antes de seguir leyendo.

―¿Exiliar?

―No me diga que los… ―sus palabras dejaron de salir. Él no negaba ni afirmaba nada, y eso significaba que no estaba equivocada―. ¿De verdad… los mató?

―Tienes un extraño interés sobre mis sirvientes.

―Eso no responde mi pregunta.

―¿Qué importancia tiene? ―continuó sin interés.

―Ninguna, seguramente, pero aún así quisiera saberlo.

Sesshomaru parecía estar a punto de rolar los ojos al escuchar su demandante tono. ¿Cómo podía pasar de ser sumisa y recatada a llegar al extremo contrario de su personalidad en menos de un minuto?

―Hice lo que era necesario.

Rin suspiró pesadamente. Para él, deshacerse de las vidas de los demás era algo tan cotidiano que lo encontraba normal. Pero para ella era algo grave: toda vida tenía valor, y que él la despreciara como si nada…

―¿También los tiene a todos amenazados para que no se acerquen a mí, verdad? ―de nuevo permaneció callado, por lo que supo que estaba en lo cierto―. No me parece justo… No todos son malas personas, no debería ser tan duro con ellos cuando no han hecho nada.

―Una parte de mi personal estuvo planeando acabar contigo y casi lo logran. Puedes pensar lo que desees sobre ellos, pero no correrás más riesgos innecesarios por más mínimos que puedan ser ―contestó fríamente.

Ella no dijo nada por un momento, aún con el ceño fruncido. Sabía lo que quería decir con eso, pero de todas formas le inquietaba su poco interés en la vida de los demás, especialmente de aquellos que no tenían ninguna culpa.

―Es sólo que… me siento un poco mal por los que no han hecho nada. Hay muchas buenas personas aquí, ¿sabe? ―no hubo respuesta―. ¿No hay alguna manera en la que no tengan que vivir amenazados? Quizás si sólo habla con ellos en mejores términos…

―Tu seguridad no se trata de cómo vivan los sirvientes, Rin ―le dijo severamente. Para Sesshomaru era ridículo que se preocupara por algo tan trivial como aquello―, por lo que interceder por ellos carece de importancia.

―Me parece que también tienen sus derechos.

―Los tendrán siempre y cuando acaten mis órdenes ―concluyó él.

Rin apretó los labios y lo miró un tanto molesta.

―Usted es demasiado estricto.

El demonio alzó ligeramente una ceja. ¿Alguna vez había pensado que no lo era?

―¡Oh, es verdad! ―saltó ella al cabo de unos pocos minutos, cambiando por completo su semblante a uno más animado―. ¿Cuándo planea marcarme, señor Sesshomaru? No hemos vuelto a discutir el tema.

Era más que obvio que esa pregunta lo tomó con la guardia baja.

―Ciertas cosas no suceden por medio de un plan ―le contestó serenamente luego de pensarlo.

―¿No? ¿Por qué? Sólo tendría que… m-morderme… y… ―tragó con dificultad― ¿Y eso n-no es todo? No… no creo que requiera de nada especial.

Sesshomaru estaba ligeramente sorprendido por la inocencia humana, pero pensó que era mejor no decirle bajo qué condiciones su cuerpo producía el veneno. No le apetecía hablar de ello.

―Quizás no.

Rin meditó por unos instantes, mirándolo de reojo.

―¿Sigue sin querer hacerlo, verdad?

―¿Es tu deseo que lo haga?

―B-bueno, sí. Claro que sí. Me gustaría poder estar con usted… ―siempre, agregó en su cabeza―. Pe-pero eso no tiene nada que ver. ¿Quiere usted marcarme o sigue oponiéndose?

―No es importante lo que quiera o no quiera hacer ―dijo con simpleza, sin dignarse a levantar la cara del pergamino.

―¡Nunca da respuestas claras! Al final no consigo enterarme de qué es lo que quiere decir. ¿Lo hace a propósito, verdad? ―refunfuñó. Sesshomaru le dio la razón mudamente. El puchero no le duró demasiado, y su curiosidad natural salió a flote en un santiamén―. Y… ¿cómo es eso de… la marca de pertenencia exactamente? ¿Dónde se hace, por ejemplo?

El Daiyoukai pensó que tal vez debería seguirle la corriente. Había descubierto que era más fácil contentarla de esa manera.

―En un músculo con acceso directo a una arteria.

―¿En serio? ¿Por qué?

―El veneno puede alcanzar el flujo sanguíneo con mayor rapidez, el proceso sería más rápido y efectivo.

―Oh… ya veo. ¿Y es cierto que es muy doloroso?

―Lo es.

―¿Cómo es que sabe sobre eso? ¿Quién se lo ha dicho, su madre?

Sesshomaru arrugó la nariz con desagrado.

―Es algo obvio, Rin, nadie necesita explicarlo.

―¿Y quiere marcarme o no?

―Creí haberte dado mi respuesta.

El puchero de Rin volvió a aparecer. ¡Rayos! Creyó que podía tomarlo desprevenido otra vez.

―Es que usted no se explica bien, me deja siempre con las dudas. ¡Si tan sólo pudiera ser un poco más directo!

―Le das demasiada importancia a algo irrelevante.

―¡Pero no es nada irrelevante!

―Suficientes preguntas por hoy ―la cortó suavemente. Sus ojos jamás habían abandonado la lectura, y aunque ni siquiera hubiera un atisbo de cambio en su serio rostro, le dio la impresión de que estaba ligeramente entretenido.

Ella quería continuar, pero sabía que no tenía ningún sentido hacerlo. Podría salirse con la suya en muchas ocasiones, pero esa no sería una de ellas. Si no quería hablar sobre algo ―lo cual era común, lo extraño era que se uniera a una conversación―, nada lo haría involucrarse. Infló las mejillas como señal de derrota y se cruzó de brazos.

De nuevo le pareció ver un atisbo de conformidad en sus facciones, como si se alegrara de saber que la humana se había dado por vencida. Claro que le alegra, ganar es lo que más le gusta en el mundo, pensó.

Lo volvió a mirar furtivamente un par de minutos después, descubriéndolo extrañamente tranquilo. Una cosa buena de esa tonta disputa era que la incomodidad se había esfumado, siendo reemplazada con una extraña y familiar sensación de calma. Pese al supuesto disgusto que debía sentir, no pudo evitar formar una minúscula sonrisa. Pasar las siguientes tardes con él no sería algo de lo que se quejaría.

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Bien, creo que aunque este capítulo no sea… "intenso", es una montaña rusa de emociones. Primero la tranquilidad del viaje, luego el miedo de llegar al destino, lo tenso de estar entre esas paredes, el drama del cuarto y cerramos de nuevo con la tranquilidad. A Rin estar ahí no se le hace fácil (¿cómo podría hacérsele fácil a alguien?), pero al menos Sesshomaru colabora dejándola a su aire. Claro, sin contar cuando socializa con otras personas. Aparentemente si quieres ser pareja de Sesshomaru tienes que ser igual de huraño que él xD

Creo que lo que quise resaltar en el capítulo de hoy es que, aunque la niña esté nerviosa y no muy cómoda, eso no significa que deba consumirse de miedo y permanecer encerrada, evitando pasar por los sitios que tan malos recuerdos le traen. Lamento si ha quedado algo soso y fato de acción, pero era un capítulo necesario. Al menos vimos a Kenta de nuevo, y Rin y Sessho tienen interacción al final. Rin puede ser muy avispada cuando quiere, ¿verdad? Pero Fluffy no siempre se deja sonsacar la información xD

El premio de hoy para los que dejaron reviews es… helado. Los sabores disponibles son chocolate, fresa, mantecado, limón, oreo, pistacho y coco. Hagan una fila ordenada para reclamar el suyo, ¡y que lo disfruten! xD Sayuri08, Blue, Evanna Leroy, Black Urora, Cali, Hanabi-ness, Ukkas, Faby-sama, Kyoko-chan, KeyTen, Brenda, Seras, Yoko-zuki10, Alexandra Reynoza, Sexy Style, Saori-san, Nodoka-san, QuinzMoon, Kay, Hi no Tamashi, Neko-chan, Claro de Luna, Anónimo número 1, SerenityFullmoon y Scaarlet. Leer sus comentarios es tan bonito xD de verdad, muchas gracias por comentar y dar sus opiniones, es gratificante saber que les gusta cómo va quedando la cosa. Y por favor, si tienen alguna observación o lo que sea, háganmelo saber.

Bien, ha sido todo por esta semana. Ya nos veremos el siguiente sábado, con una aparición especial de aquellos personajes que tantas de ustedes extrañan. ¡Hasta entonces!