Disclaimer: El fandom de Inuyasha, su historia y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi, sólo los tomo prestados sin fines de lucro.

The Butterfly and the Hurricane
Por: Hoshi no Negai

9. Vínculo

Rin pasaba por los pasillos, mirando furtivamente a las personas con las que se cruzaba con la esperanza de que no supieran lo que acababa de sucederle. Era imposible, pero cuando posaban los ojos en su cara ruborizada, no podía dejar de pensar que todo el mundo se había enterado.

Oh, por favor, que el general Tanabe y los otros no se lo cuenten a nadie. Pero era tan inútil rogar…

Se dirigió sigilosamente hasta el patio de entrenamiento, donde Nagi se le quedó mirando extrañada cuando se le acercó.

―¿Y ahora qué te pasó? ―ladeó la cabeza.

―¿Has visto al señor Jaken? ―preguntó Rin con la voz ida.

―De hecho, sí. Hace unos minutos se fue por ese pasillo ―señaló el corredor a sus espaldas con la interrogación marcada en sus raros ojos―. ¿Por qué?

Rin balbuceó algo sin sentido y fue hacia la dirección que apuntaba, caminando de una manera un tanto rara: como si le costara doblar las rodillas o como si su cuerpo estuviera demasiado tieso. Nagi la siguió hasta que desapareció de su vista, aún con la cabeza torcida.

―Entró en aquella estancia, señorita ―dijo con una voz muy áspera el siguiente guardia al que le preguntó, haciendo un gesto hacia la puerta que estaba justo frente a ella. El hombre aguardó unos momentos más a la espera de alguna otra pregunta, pero Rin sólo le agradeció quedamente y se dio la vuelta para entrar en la siguiente sala.

La chica no tardó en estrellar una mano contra su frente cuando cerró la puerta detrás de ella. ¡No sabía qué hacer para deshacerse de toda esa vergüenza! El corazón aún le latía asustado al recordar el rostro del general y lo condenadamente cerca que habían estado de ser encontrados en algo mucho, mucho más revelador.

―Cómo quiero que me trague la tierra...

―Y que no te devuelva ―completó maliciosamente alguien a su lado.

Jaken la veía ceñudo mientras sujetaba con firmeza un pergamino que parecía ser de gran valor, a juzgar por el cuidado con el que el hombrecillo lo sujetaba.

―¿Qué te pasa, niña? ¿Por qué esa cara?

―Señor Jaken, el amo Sesshomaru lo mandó a llamar ―le dijo ella, temblando ligeramente al pronunciar el nombre. El enanito verde se olvidó de la confusión y pegó un brinco, apretando el rollo contra su pecho.

―¿De verdad? ¡Oh, pero no estoy listo! ¡Aún no tengo las coordenadas que necesita! ―se quejó nervioso―. Será mejor que vaya, debe ser algo muy importante como para que pida por mí tan pronto ―dijo para sí, componiéndose―. No puedo fallarle, tendré que hacer los cálculos frente a él, al menos así podrá comprobar que son correctos. ¿Está en la cámara de guerra? ¡Ya voy en camino, amo! ―se apresuró en salir sin siquiera volverla a mirar.

Rin tuvo suficiente control de sus extremidades como para que la guiaran hacia el almohadón más cercano y desplomarse sobre él. Escondió la cara entre sus manos, apoyando los codos en la mesita baja y dejó salir un suspiro. No sólo estaba alterada porque los habían pillado justo en un momento comprometedor, sino que en realidad le aterraba lo que hubiera pasado si nadie los hubiera interrumpido.

Había tenido un impulso tan fuerte que ni siquiera fue muy consciente de lo que estaba haciendo. Sólo quería… sólo quería besarlo, sentir su calor, sentirlo a él. Pero por más curioso que pareciera, su mente nunca había hecho la conexión entre lo que deseaba en ése momento y lo que sucedería después. Y eso le asustaba como ninguna otra cosa.

Levantó la cara al sentir la presencia de alguien y resopló sonoramente antes de volver a ocultarse.

―Oh, no. Usted no.

Pero el bibliotecario no estaba ofendido, parecía ser el tipo más feliz de la tierra. Hasta le dedicaba una radiante sonrisa que, para ser sincera, era un tanto espeluznante. Como si ese sujeto no fuera ya lo suficientemente raro.

―Tranquila, humana, no deseo hacerte ninguna pregunta ―le aclaró él jovialmente como si no se diera por aludido ante el malhumor de Rin―. Bueno, en realidad sí, pero no por el momento. Sólo quería agradecerte. ¡Con toda la información que recogí mis estudios están casi completos!

―Vaya, qué bien ―murmuró ella.

―¡Lo sé! ―juntó sus palmas soñadoramente―. Después de tantos años recaudando datos y haciendo anotaciones, al fin estoy por terminar lo único que me faltaba ―aquel estoy por terminar le decía exactamente con qué quería rellenar el espacio en blanco de su pergamino, cosa que le hizo recordar sin querer lo que tanto le avergonzaba―. Debo decir que nunca imaginé que la señora Irasue pudiera decir con tanta precisión justo lo que necesitaba oír, me has hecho un gran favor al transmitirme sus palabras.

¿Transmitirle?

―Usted estaba escondido ahí, yo no le dije nada ―corrigió rápidamente. ¿Pero por qué discuto con él? ¡Una vez que empiece a hablar no habrá quién lo calle!

―A veces hay que recurrir a los métodos más simples de la observación, ¡y cómo me alegro que dieran resultado! Quizás debería emplearlos más seguido, pero necesito mejorar mis técnicas de ocultamiento, especialmente si el amo está cerca.

Bien, eso ya era bastante pavoroso para su gusto, así que era mejor irse cuanto antes. ¿Qué era peor, enfrentar las miradas del general y sus compañeros o aguantar las locuras de ese anciano que sólo la veía como si fuera un pergamino? Difícil decisión, muy difícil.

―¡Oh, hay tantas cosas que me gustaría que me aclararas…! No digo que te faltara aclarar nada, lo entendí todo muy bien, pero hay algunos pequeños puntos que quisiera discutir ―suspiró emocionado el hombre cuando Rin se puso en pie―. Aunque no sería prudente compartir demasiado tiempo y espacio contigo dada la situación en la que estás, sería algo muy peligroso. Y debo terminar mis investigaciones antes de morir. Aunque me tienta tanto… quizás un par de preguntas no hagan daño.

La muchacha detuvo su andar hacia la salida y giró la cara hacia él, frunciendo el ceño.

―¿Dada la situación en la que estoy? ―le preguntó. Era imposible que ese tipo supiera lo que había pasado hacía unos minutos, ¡el Daiyoukai lo habría matado si los hubiera espiado!―. ¿C-cuál es ésa exactamente?

―Estás en celo, claro. ¿No te das cuenta? ―se asombró él como si su ignorancia fuera fascinante. Rin casi se traga la lengua de la impresión.

―¿Qué estoy en qué? ¡Eso es muy grosero! ―reclamó indignada―. ¡No soy ningún animal, ni una… ni una…!

―¿Por qué te alteras? Quizás sea algo normal en tu época de celo, a muchas youkais les sucede. Se tornan más agresivas e irritables, a las humanas parece pasarle algo similar ―sus ojos azules se agrandaron, como si tomara nota mentalmente. Rin no podía creerlo. ¡Ese hombre no tenía escrúpulos! ¿Cómo era siquiera posible que siendo humana…?―. Es algo muy común entre las hembras de todas las especies y naturalezas. Tu cuerpo está receptivo, por lo que liberas ciertos aromas que se lo advierten a tu compañero. Buscas reproducirte, ¿verdad?

―¡¿Que qué?! ―¿Era posible tener la cara más roja? ¿No? Pues creía haber alcanzado el límite―. ¿Cómo se le ocurre…? ¡Esto es demasiado! No, no puedo lidiar con usted ahora, esto es… no, no puedo.

―¡Pero es muy natural! ―le dijo cuando comenzó a dar zancadas para salir lo más pronto posible de esa habitación. Con el permiso de su señor, pintaría una gran equis roja en la puerta de la biblioteca para recordarse no volver a entrar jamás. Justo cuando puso un pie afuera, juró oír el rápido movimiento de un pincel sobre el papel, por lo que cerró con fuerza.

―Hombrecillo perturbado ―musitó entre dientes al alejarse a gran velocidad.

Volvió a recostarse en el arco de piedra y se quedó quieta para despejar su mente. Al cabo de varios minutos, los abrió y vio que a lo lejos, en el patio de entrenamiento, el grupo se había disuelto y Nagi estaba al lado de Takanari, regañándolo por algo mientras él se reía.

Se veían tan bien, sin ningún problema… ¿Cómo sería eso? ¿Cómo sería vivir con total seguridad de tus acciones, sin ningún miedo que te acechara? Se llevó una mano a los labios, recordando el contacto que había compartido recientemente con el mononoke. Había algo en eso que le encantaba y le aterraba al mismo tiempo, pues no sabía si estaba lista para… el siguiente paso. Cada vez que pensaba en eso, evocaba sin querer lo que había sido su primera noche con él, como si su mente le pidiera a gritos que corriera con todas sus fuerzas para que no volviese a ocurrir.

Justo entonces escuchó pesados pasos aproximándose por uno de los pasillos, y tuvo que disimular su pequeño sobresalto al ver al grupo de demonios de alto rango que los habían descubierto en la cámara, siendo liderados por Sesshomaru. Agachó la cabeza en señal de respeto. Jaken iba tras ellos, sujetando el pergamino como si la vida le dependiera de eso y no se percató de ella. Los demás soldados tampoco le prestaron atención, por lo que se sintió con libertad para alzar un poco la mirada. El Daiyoukai seguía estando enojado, pero no sabía si era por la interrupción o por algo más. Rin sintió un escalofrío al tener los fríos ojos dorados sobre ella al pasar por su lado. Sólo fue por un segundo, pero le dio la impresión de que quería decirle algo.

No, seguramente fue su imaginación.

Pasó el resto de la tarde en el pórtico de su recámara, abrazándose las rodillas mientras veía distraídamente el lúgubre cielo gris. Pronto nevaría, la temperatura había dado un bajón espantoso. Aunque nada podría comparársele al frío constante que la había invadido gracias al veneno, por lo que no se preocupaba mucho de buscar más abrigo.

Enterró la barbilla entre sus brazos y suspiró. Estaba muy confundida y la cabeza comenzaba a dolerle. ¿Qué había sentido en la cámara de guerra? ¿Habría sido capaz de detenerse en determinado punto? Y si no se hubieran detenido, si nada hubiera irrumpido en el lugar, ¿habría recordado la razón de sus miedos justo en el momento menos oportuno?

―No sé qué pensar ―admitió para sí―. Tampoco sé qué hacer…

Es natural que tengas miedo todavía, no tiene nada de malo ―recordó que la consoló la sacerdotisa meses atrás―. Pero no puedes quedarte así o nunca avanzarás. Si lo que quieres es estar con Sesshomaru, debes luchar para regresar a la normalidad y vencer tus temores. Dime una cosa, ¿confías en él?

―Sí, sí confío en él. Ahora ―rectificó.

Pero tenía tanto miedo…

¿Qué podía hacer? Enfrentar su temor, sí, pero… rayos, eso era algo serio. Era afrontar cara a cara el primer motivo ―y el más fuerte, también― de todas sus inseguridades.

No, eso no es cierto, se dijo al respirar profundamente. De nuevo practicaba los ejercicios de relajación y meditación que le había aconsejado la señora Kagome. Cuando todo se encontraba en orden entre ambos, Rin no sentía dudas por estar con él de ésa manera, sino que lo veía como algo natural, algo que ansiaba que ocurriera. Compartir esa intimidad la hizo sentir tranquila, como si lo previo a su acuerdo fuera producto de su imaginación.

¿Por qué no podía hacerlo ahora? Había llegado tan lejos…

Se puso de pie, dando apresuradas bocanadas. No sabía exactamente cómo acabaría todo, pero de lo que sí estaba segura era de que necesitaba hablar con él, no quería aplazarlo por más tiempo. No se quedaría ahí toda la vida esperando a sentirse más valiente.

Pero al contrario de sus planes, Sesshomaru había abandonado el castillo junto a Jaken. Algo sobre unas criaturas que causaban disturbios en uno de los bordes del territorio, le dijo un guardia cuando le preguntó. Parecía ser algo importante si había tenido que salir, al contrario de la poca relevancia que el mononoke siempre le daba a esos asuntos.

Desanimada al escuchar de nuevo que no era seguro cuándo el mononoke y su acompañante regresarían, emprendió el camino de vuelta a su cuarto. Por una vez que se animaba a dar ese paso, él ni siquiera estaba ahí. Pero a medio trayecto, sus pies se detuvieron. Su corazón dio un pequeño tumbo cuando giró sobre los talones para cambiar de dirección. Cerró los ojos con fuerza y comenzó a caminar apresuradamente, como si quisiera ganar la mayor distancia antes de arrepentirse.

En menos tiempo del que hubiera esperado, estaba subiendo unas escaleras para encontrarse cara a cara con un inmenso perro blanco ilustrado. Luego de contemplarlo largamente, se acercó a él, y acarició con los dedos el contorno del hocico. La imagen seguía siendo tan imponente como la primera vez que la había visto, pero había algo diferente en ella. Sus ojos. Sus ojos rojos no la miraban con burla ni severidad, ni siquiera parecían querer atemorizarla. Sólo la observaban fijamente, como si la criatura esperara algo de ella. Era tonto pensar que lo hacía ya que sólo era un dibujo, pero de todas formas… parecía vivo, tal como el real al que tanto cariño le guardaba.

Tomó asiento, pegando el costado a la puerta, y volvió a abrazar sus piernas. Se imaginó a inicios de la primavera, justo cuando se había encontrado con el verdadero can colosal, y cómo éste la había recibido tan pacíficamente. Verlo de nuevo había sido un bálsamo para su corazón, y en ese momento creía sentir algo parecido.

Nunca supo cuanto tiempo estuvo ahí sentada―podían haber pasado algunas cuántas horas, o sólo unos pocos minutos―, y tampoco le importó. Sin darse cuenta había estado dormitando; pero al sentir unos pasos hacer eco en la madera, abrió los ojos y alzó el rostro. Sesshomaru había regresado.

Vestía su armadura completa, y Bakusaiga reposaba orgullosa en su cintura. No parecía haber estado involucrado en ninguna confrontación, pero aún así Rin siempre se preocupaba por él. Se puso en pie, vacilante, apenas despegando la mirada del suelo para verlo de reojo. Él, como era normal, no mostraba emoción alguna en sus facciones, por lo que sólo estaba ahí parado, esperando.

―¿Podría hablar con usted, milord? ―preguntó con timidez, con los furiosos latidos en la garganta.

―Es tarde, deberías estar dormida.

―Lo sé, pero realmente necesito hablarle.

El demonio guardó silencio por un momento, mirándola duramente. Su rostro decía un claro no, pero por alguna razón no dijo nada. Rin dudó, nerviosa. De repente había recordado la estatura del hombre en comparación a la suya.

―Sobre lo que pasó esta tarde en la cámara…

―No volverá a ocurrir ―tajó él, pasando por su lado para entrar en su habitación. Rin no tuvo mucho tiempo para descolocarse, pues había tomado su manga para detenerlo. Sesshomaru se veía molesto.

―¡N-no! No quiero reclamarle nada, sólo quería decirle que…

―Fue un desliz, eso es todo ―volvió a decir indiferente. Y no tuvo que haberle seguido el juego, agregó para sí. Rin se estremeció y bajó la mirada al susurrar:

―Para mí no lo fue. Tampoco fue un error, ¿cómo podría serlo?

Se quedó callado, y en cuanto vio que la presión sobre sus ropas disminuía, continuó avanzando. Ella lo siguió, tratando de ver su rostro.

―No me hizo daño ¿sabe? En ningún momento ―aclaró en voz baja. La habitación estaba sumida en la oscuridad, pero gracias a algunos rayos de la media luna que se colaban por el ventanal, podía ver que el youkai se había detenido quedando de espaldas―. Y sé que nunca lo hará, sin importar que usted así lo piense. No me arrepiento de haber hecho… lo que hice esta tarde. De no ser por el general y los demás…

―¿Qué haces aquí? ¿Qué es lo que quieres? ―la interrumpió con la voz ronca. La mujer titubeó por unos instantes, pero dio otro paso hacia él. Había tomado su decisión.

―Sólo una oportunidad.

Sesshomaru bufó silenciosamente.

―No sabes de lo que hablas.

Rin no pudo evitar sonreír para sus adentros. Siempre, siempre negaba todo, era como si estuvieran hechos para no estar de acuerdo en nada.

―Por supuesto que sí. De otro modo no estaría aquí.

―Retírate. No repetiré algo que sabes muy bien ―siseó.

―¿Si no lo hago, qué hará? En la cámara de guerra no me pidió que me marchara.

―Me dejé llevar por tus juegos. Y no sucederá de nuevo ―agregó al oír que ella tomaba aire para responderle.

―¿Juegos? ―preguntó abochornada―. Yo… De acuerdo, en ese momento no estaba… pensando muy claramente, pero eso no quiere decir que no sentía nada o que estaba tomándome las cosas a la ligera. ¡Eso es obvio! Sólo quería estar con usted. Tampoco es tan terrible ―murmuró cabizbaja.

―Lo es. Conoces las consecuencias.

―Las conozco y no me importan. ¿No lo entiende? ¡No me importa!

―A mí sí ―contestó al verla por el rabillo del ojo. Rin se quedó helada.

―¿De verdad cree… que pueda herirme? ¿Cree que todo pueda repetirse? ―cuestionó entrecortadamente poco después―. Yo no. De verdad, no lo hago ―aseguró con la voz más firme. Cada vez se le hacía un poco más sencillo comprenderlo―. ¿Qué sentido tendría haber llegado hasta aquí si no queremos seguir avanzando? ¿Si nos estancamos en un mismo lugar? Sí, fue un… arrebato lo que sucedió en la tarde ―hizo una mueca, avergonzada―, pero nunca temí ni me lamenté por lo que hacía. De hecho, me sentí muy… segura.

―¿Por qué? ―esta vez le dio la cara luego de un corto silencio.

―Me hizo esa misma pregunta meses atrás, ¿lo recuerda? ―dijo suavemente―. Y en ese entonces le di mi respuesta. No ha cambiado, nunca cambiará ―toda la sangre de su cuerpo estaba acoplada en su rostro, sus extremidades le cosquilleaban y las rodillas parecían amenazarla con dejarla caer, pero eso no le importó.

―Suficiente. No lo repetiré.

―Entonces no lo haga ―se encogió de hombros al dar otro paso.

―Rin ―advirtió.

―Siempre hace lo mismo, siempre dice que no ―musitó tristemente―. Como si lo que le digo fuera algo incorrecto. Sólo quiero… estar con usted.

El youkai guardó silencio y aprovechó para verlo directamente a los ojos. Sesshomaru no parecía estar del todo molesto, sino más bien contrariado, o al menos esa era la impresión que le daba. Rin no pudo soportarlo más. Terminó de acortar la distancia que los separaba y lo besó. Su respiración era lenta y profunda, y sus manos ligeramente temblorosas se deslizaron por la armadura hasta llegar a la base de su cuello.

―Sólo… sólo una oportunidad más. Es lo único que le pido ―susurró al separarse de él.

Como el demonio no hizo ni dijo nada, tiró del lazo amarillo en su cintura hasta deshacerlo y dejarlo caer. Adentró los dedos en los cordones que mantenían unidas las piezas inferiores de su negra armadura, permitiendo también que cayeran sin la menor importancia. Procedió a retirar las partes de hierro, desatando las cintas rojas que las unían para depositarlas en el suelo con algo más de cuidado. Eran pesadas, por lo que no podía arrojarlas sin prestarle atención adónde terminaran. Nunca dejó de mirarlo, como si temiera que al romper ese vínculo el momento se perdería. Rozó sin querer su costado al quitar la pechera y dejarla caer entre ellos con un sonido sordo.

Él sólo la miraba altivo, con una apariencia ciertamente más humana sin su armadura encima.

Rin se mantuvo estática por un instante, pensando en qué hacer a continuación. Su mente quedó súbitamente en blanco. Rayos, en la cámara de guerra le había parecido algo muy fácil, como una mecha que se enciende a toda velocidad. Ahora… ahora no tenía ni idea de cómo proceder.

Posó las manos en su pecho y se alzó de puntillas para volver a besarlo. Pero calculó mal y besó la comisura de su boca. ¡Ah! ¿Pero qué le pasaba? Su corazón volvió a latir muy deprisa presa de la vergüenza. Y pensar que quería seducirlo, pero era demasiado torpe como para hacerlo bien.

―No tienes idea de lo que haces ―se fijó él.

―N-no, no mucha ―admitió con una risilla nerviosa al mirar hacia otro lado.

Apoyó la frente en el centro de su pecho. Era irónicamente gracioso que metiera la pata en el momento menos oportuno.

―Regresa a tu habitación.

―Pero… ―levantó nuevamente la cara, encontrándolo más cerca de lo que había imaginado. Su mandíbula tembló y tuvo el inevitable impulso de alejarse.

―Tienes miedo, Rin.

Abrió la boca para decir algo, pero la cerró poco después. Su cuerpo se estremeció.

―No es cierto.

―Nunca fuiste buena mintiendo. Y temer es algo que deberías hacer, sabes lo que puede suceder.

Sonrió levemente al volver a apegarse a él.

―Tener miedo no siempre es malo ―murmuró―, es una respuesta natural ante algo incierto, pero no significa que quiera salir huyendo. Yo… no quiero escapar nunca más ―agregó cuando sus ojos se encontraron de nuevo―. ¿Usted nunca ha sentido temor por nada, verdad?

Sesshomaru no respondió. Había cosas de las que él, gracias a su estoica personalidad, nunca revelaría sentir aversión. Pero eso no significaba que no existieran. Mientras sentía el calor de Rin con el único estorbo de sus ropas de por medio, admitió para sí mismo que lo que temía era escucharla suplicarle que se detuviera, y verla llorar como lo había hecho antes. Pero más que nada, no quería volver a infringirle dolor. Por más habilidoso que fuera en combate y en muchos otros campos, había cosas que simplemente se escapaban de su control. Y sus instintos eran una de ellas. Después de todo, no se espera que un demonio sea gentil, no está en su naturaleza. Sus garras estaban hechas para destruir, para tomar vidas. Había estado muy cerca de tomar la de Rin en muchas ocasiones, y lo que menos quería era cumplir esa posibilidad.

Rin apartó algunos mechones blancos de su camino y rozó las marcas de sus mejillas con la punta de los dedos para captar su atención. Recorrió con la mirada castaña cada tramo de su pálido rostro, deteniéndose por más tiempo en sus ojos. Parecía querer entrar en ellos, descifrarlos de alguna manera. Pero ya era capaz de hacerlo a la perfección, algo que nunca nadie había conseguido antes.

―Confío en usted ―susurró contra sus labios, como si hubiera adivinado lo que pensaba―. Señor Sesshomaru…

Esta vez el demonio respondió el gesto poco a poco, como si le costara dejarse llevar. O mejor dicho, como si no quisiera hacerlo. Rin rodeó su cuello con ambos brazos, incitándolo a continuar. Hasta que lo logró.

La besó de vuelta de manera demandante, apresándola por la nuca con más fuerza de la necesaria. A la mujer no le importó en lo absoluto, sólo le correspondió lo mejor que pudo. Se separaron una vez más, pero había algo diferente en él. Sus pupilas estaban más dilatadas y la miraban de otra forma. Parecía que Rin contemplaba a un demonio ―a un verdadero demonio― a punto de saltar sobre su presa. Y eso no la aterraba. Volvió a acariciar su rostro con cuidado, notando lo tensa que estaba su mandíbula.

―Estoy segura, milord ―contestó a la inexistente pregunta, sonriéndole con sinceridad.

Sesshomaru aguardó, momento que ocupó en estudiar la expresión de Rin para encontrar ese último atisbo de seguridad que ella decía tener. Realmente quería serle fiel a su negativa, pero cada vez lo encontraba más difícil. Antes de que pudiera reaccionar, la joven mujer volvió a aprisionar sus labios con insistencia. La paciencia no parecía acompañarla aquella noche, y para ser sincero, lo prefería así. Podía llegar a ser muy apasionada cuando sus nervios no la entorpecían.

Llevó una mano a su espalda, subiéndola lentamente conforme exploraba con su lengua el interior de la boca femenina, sintiendo cómo buscaba corresponderlo adecuadamente. Sus dedos llegaron hasta su nuca otra vez, apartando el espeso cabello negro para poder acariciar su piel sin nada de por medio, y tuvo el cuidado suficiente como para no dejarle marcas con sus garras tan afiladas. La tersa piel de Rin ardía bajo su tacto, y un tímido gemido llegó hasta sus oídos para cuando se adentró bajo las telas que cubrían su hombro.

Como en muchas ocasiones pasadas ―por no decir todas―, el mononoke sintió la necesidad casi animal de despedazar el kimono de su compañera para tenerla expuesta cuanto antes. Le gustaba aquella visión. Aunque fuera un cuerpo humano, encontraba muy complaciente cada suave curva que poseía, así como cada parte de su figura parecía estar en el lugar exacto y ser del tamaño justo. Así había sido desde la primera vez que la contempló, y apenas era ahora que su orgullo le permitía admitirlo.

Pero tenía que ser paciente y saber llevar todo con la calma necesaria. Por fortuna, encontraba recompensa en los sonidos que ella hacía con cada caricia que le propiciaba.

Su boca bajó por la línea de la mandíbula hasta su cuello, dejando un rastro de pequeños mordiscos en el camino. Podía oír perfectamente lo pesada que su respiración se había vuelto, y sus intentos por acallar sus quejidos al morderse el labio no surtían efecto.

Las pequeñas manos de Rin abrieron las telas de su haori para acariciar su pecho. Un suspiro de sorpresa se escapó de su boca cuando desapareció la presión del obi en su cintura. Comenzó a dar fuertes bocanadas al sentir las capas de tela correrse por sus hombros, y lo único que fue capaz de hacer fue apegarse nuevamente a él.

―Estoy bien ―dijo antes de que hiciera algún comentario―. L-lo siento, estoy algo nerviosa, pero no es nada.

Sesshomaru se detuvo y frunció el entrecejo sin que pudiera verlo.

―No es necesario que hagas esto. Si no quieres continuar…

―¿Quién dice que no quiero hacerlo? ―preguntó indignada, mirándolo directamente. Su cara tenía un puchero muy rojo y hasta algo gracioso―. Y-ya se lo dije, estoy segura y confío en usted. Además, parece que mi señor Sesshomaru sí quiere continuar ―agregó en tono bajo.

El hombre resopló mudamente luego de meditarlo.

―Eres muy testaruda.

―Es un buen maestro, milord ―sonrió un poco más calmada, antes de tener sus labios presos una vez más. El youkai rozó su rostro con el dorso de la mano, profundizando el beso lejos de la lujuria. Era cuidadoso, como seguramente ninguna otra criatura sobrenatural podría llegar a ser. Rin consiguió la paz que necesitaba y pronto se abandonó por completo, olvidando cualquier otro pensamiento que ocupaba su mente.

Sin que se hubiera dado cuenta, y de algún modo, habían terminado sentados sobre el mullido futón. Estaba en su regazo, enredando las manos en su cabellera plateada mientras él se ocupaba de bajar la boca por el frágil cuello humano.

Rin dirigió sus manos de nuevo hasta el haori blanco, abriéndolo trabajosamente gracias al poco espacio con el que contaba. Sesshomaru captó el mensaje y se deshizo de las prendas que lo cubrían, permitiéndole a su compañera recorrer su torso con la vista antes de volver a hundir el rostro en su cuello. Las propias ropas de Rin se resbalaron por sus hombros para ser sujetas únicamente por la cara interna de sus codos flexionados. Estaba casi igual de expuesta que él, y no pudo evitar alejarse con vergüenza al sentir los ojos dorados admirarla sin disimulo.

―No tienes nada que ocultar ―le susurró roncamente en el oído―. Eres hermosa.

―S-si usted lo dice… ―murmuró desconcertada. Era la primera vez que le hacía un halago. Y francamente, lo encontraba un tanto difícil de creer.

―El Gran Sesshomaru nunca miente, Rin. No lo olvides ―volvió a decirle, mordiendo el lóbulo de su oreja.

Rin gimió cuando una fría palma avanzó desde sus costillas hasta uno de sus pechos, contorneándolo con una parsimonia que parecía adrede. Los labios del demonio continuaron bajando mientras la reclinaba sobre su brazo libre para ganar más espacio. La mujer arqueó la espalda al sentir que unos dientes mordisqueaban débilmente en el área más sensible de su seno derecho, succionándolo hasta dejarlo al rojo vivo para luego repetir la misma acción con el izquierdo.

No pasó mucho hasta que su espalda terminó contra la mullida estola, que se interponía entre ella y la cama. Parecía esforzarse por hacerla sentir lo más cómoda posible, pues se movía con ligereza, tratando de no presionar sus manos sobre ella con demasiada fuerza. Apretó la peluda piel al sentir los cálidos besos bajar hasta su vientre. Retiró las telas que cubrían sus piernas ―ambas rodillas estaban juntas y flexionadas―, y dejó que sus dedos subieran desde las caderas hasta las rodillas.

Rin, que tenía la mirada entornada y perdida en la pared, no se percató de cuando volvió a situarse a su altura, mordiendo y besando en aquel espacio entre su mandíbula y su oreja. Los cortos gemidos que inundaban la habitación se intensificaron cuando algo se presionó contra el hueso de su cadera, palpitando. Aunque hubiera ropa de por medio, el calor que emitía era fácilmente reconocible.

Ahí fue cuando regresó a la realidad. Recuperó la visión de un solo golpe y comenzó a inhalar con algo más de rapidez al ver de reojo que el hombre se apretaba un poco más contra su cuerpo, alzándola con el brazo para tener mejor acceso a su cuello.

Me parece haberte dejado claro cuál era tu propósito en este lugar.

Un espasmo la hizo pegar un salto que desconcertó al youkai. Se encogió en sí misma y llevó ambas manos a la cara, con los ojos fuertemente cerrados. Temblaba cual hoja frente a una tempestad y estaba segura que pocas veces su corazón había latido con tal violencia.

―Rin…

Abre los ojos. Ahora, Rin. Quiero que me mires.

―¡No!

Sesshomaru retiró la mano que se dirigía a su brazo en un intento para calmarla de su ataque de pánico. La joven mujer gimoteaba con la voz entrecortada, cubriendo su mirada con unas manos muy inestables. Su mandíbula crujió. Tuvo que haberse detenido antes, Rin no estaba lista para lo que pedía.

Se hizo hacia atrás para alejarse. Odiaba verla así.

―Suficiente.

Rin descubrió su rostro lentamente. Aún vacilante, se enderezó lo suficiente como para sentarse con las piernas recogidas a un lado. Trataba de regular su respiración, pero le costaba bastante, y sentía como si algún ser invisible la estuviera sacudiendo por lo mucho que temblaba. Se encogió un poco, llevando las manos a su cuello en un intento inconsciente de protegerse. Bajó los ojos a su regazo, descubriendo algunas marcas de garras a lo largo de su torso y brazos. Ni siquiera las había notado. También tenía muy enrojecidas ciertas zonas de sus pechos, por lo que no dudaba que se convertirían en moretones en cuestión de horas.

Delineó el contorno de su labio inferior, preguntándose si también estaría lastimado. El que no desee provocarte dolor no significa que pueda evitarlo, recordó que le había dicho. Entonces lo miró, apretando tanto los dientes como los puños, distante como no lo había estado desde hacía mucho. Su pecho subía y bajaba con un poco más de rapidez que la normal, y su piel estaba brillante por la capa de sudor que se le había formado.

―E-espere, por favor ―le pidió al ver que hacía el ademán para levantarse. El Daiyoukai clavó sus claros ojos en los suyos, ordenándole, pidiéndole que no continuara. Se acercó a él, aún jadeando sin liberar ni un sonido.

―No continuaré con esto.

―Pero…

―Ha sido suficiente ―tajó severamente.

Rin tomó sus dedos para detenerlo y lo observó de lleno, analizándolo. Una traicionera lágrima se le escapó al abrazarlo con fuerza aún teniendo los brazos temblorosos, y enterró la frente en el hueco entre su cuello y hombro.

―Señor Sesshomaru…

¿Cómo podía dudar tanto? No existía ningún monstruo, ni ningún ser maligno que buscara lastimarla. Aquel ser se había ido, sólo existía en sus lejanas pesadillas. No tenía sentido seguir temiéndole a algo que ya estaba muerto.

―Lo siento… lo siento tanto, mi señor ―musitó ahogadamente.

―No existe razón para que te lamentes. Y menos para que te disculpes.

―Lamento… lamento no ser tan fuerte como debería serlo.

Sesshomaru se extrañó. ¿No ser fuerte? Era la única mujer humana, o mejor dicho, el único ser humano al que le concedería ese título. Sólo ella se lo merecía.

Pasó un momento en el que Rin sólo lo abrazaba con fuerza, sollozando muy calladamente. Por primera vez, el Gran Demonio no sabía qué hacer.

―¿Qué es lo que deseas? ―preguntó, sintiendo su cálida respiración remover sus cabellos blancos―. Dímelo.

La chica restregó débilmente su rostro contra su piel, mojándolo sin querer con sus lágrimas.

―No me suelte.

―Rin.

―Por favor, no me deje ir. Eso es lo único que quiero.

El mononoke la separó para verla a la cara. Rin le dedicaba una mirada casi suplicante.

―No te someteré de nuevo, esto ha llegado demasiado lejos.

―No me está sometiendo, yo se lo estoy pidiendo ―negó con la voz entrecortada―. Quizás… quizás no esté lista, quizás tenga miedo y dude, p-pero… me harté de huir y de esconderme. Nunca solucionaré nada de esa manera.

―No te expondré otra vez. No permitiré que resultes lastimada.

―¿Lo dice por esto? ―dijo, señalando las marcas de garras y colmillos en su pecho y brazos―. Son sólo heridas, y las heridas sanan. Siempre lo han hecho, el dolor físico no es nada que no se pueda superar. Es la menor de mis preocupaciones ―agregó dulcemente―. Todo lo que quiero es… es poder expresar lo que siento, ser capaz de hacerlo después de tanto tiempo ―se acercó un poco más, dejando la mano en su pecho―. Te amo, Sesshomaru…

El demonio abrió un poco más sus ojos. Rin jamás lo había tuteado, ni había dicho su nombre sin honoríficos. Hizo un movimiento para que volvieran a quedar de frente, dedicándole una mirada interrogante durante largos segundos.

―¿Esto es lo que quieres en realidad?

Ella asintió quedamente, con la vista empañada gracias a las lágrimas que querían seguir saliendo.

―Lo es.

Tomó un momento más para decidirse, analizando su expresión detenidamente. Atrajo su cara hacia la suya y besó sus labios buscando apaciguarla. Hasta sus instintos parecían haberse frenado un poco. Todo lo que su mente quería era que dejara de temer, aún si eso significaba no volver a tocarla. Pero la jovencita humana no pensaba de la misma manera.

Luego de varios besos más, el cuerpo femenino se relajó lo suficiente como para dejarse reposar nuevamente en la estola. Aún lo abrazaba, temiendo que si se separaba de su cálido agarre, sus malos recuerdos regresarían. Una garra bajó por su menudo cuerpo, acariciándolo lentamente. Rin no pudo distinguir si iba dejando rasguños en su camino, aunque estuvo segura de que así era. Y qué poco le importaba.

Al cabo de unos segundos, pudo escuchar el susurro de ropas moviéndose. El demonio desataba la cinta que mantenía la hakama en su cintura. Rin no supo qué más hacer sino aferrarse a él con insistencia. Poco a poco, los tensos músculos humanos volvieron a relajarse, y para cuando lo soltó para permitirle moverse con mayor libertad, no tuvo reparos en dejarlo posicionarse entre sus piernas, ligeramente temblorosas. Una vez en su nueva locación, volvió a inclinarse hacia ella para permitirle acunarse en su pecho, mientras él se apoyaba sobre un brazo. La respiración de ambos comenzó a acelerarse una vez más, al igual que la temperatura que los rodeaba.

Rin podía sentir la hombría del youkai apenas tocándola, mientras que usaba su mano libre para recorrer su muslo, sin bajar hasta la ingle, mordisqueando levemente la base de su cuello para tranquilizarla. Comenzó a gemir calladamente al sentir algo más de presión en su intimidad. No tenía ni idea de que fuera capaz de lograr semejante control de sus instintos cuando le había dicho que era algo que no siempre era capaz de manejar. Tardó un poco en comprender que el demonio esperaba su consentimiento, por lo que asintió apresuradamente contra su hombro para hacerlo proceder.

Rin ahogó un suspiro cuando comenzó a moverse con estocadas profundas y lentas, tomándose su tiempo para que pudiera adaptarse a él. Poco después, los gemidos aumentaron al igual que los movimientos del mononoke, que comenzaban a abandonar su paso calmado para darle lugar a uno más agitado. Tal vez era muy pronto para hablar de autocontrol.

Rin dijo su nombre una infinidad de veces, sin contenerse ante los graves siseos que él mismo dejaba escapar. El Daiyoukai buscó sus labios una vez más, apresándolos en un beso rudo y posesivo. Podía sentir los gruñidos nacer en su garganta conforme el ritmo aceleraba. Mordió su labio inferior con hambre, y sus garras se clavaron tanto en su hombro como en su muslo, cerrándolas para mantener el agarre más firme de lo que ya era. Esta vez reconoció el dolor de sus heridas, pero no le dio importancia alguna. Sabía que podía dominarse lo suficiente como para no lastimarla de gravedad.

Sesshomaru, por su parte, encontraba cada vez más difícil no dejarse llevar por sus instintos. Los jadeos en su oído no se lo hacía más pasable, y mucho menos lo hacía el sentir el menudo cuerpo femenino bajo el suyo, respondiendo a cada gesto que generaba y temblando en lo que no podía ser otra cosa sino placer. El roce de sus pieles, el olor, los sonidos, el calor abrazador… no tardaría mucho en dominarlo y hacerlo perder el control.

Y estaba cerca, la molestia en sus mandíbulas se lo revelaba. Aquel era el veneno bajando hasta sus colmillos; quemaba y generaba mucha presión, cosa que no le permitía manejar sus impulsos, sino que lo incitaba a sucumbir ante ellos con mayor rapidez. Siempre había luchado contra esa sensación que le decía que la mordiera con fuerza, dejando salir las grandes cantidades de ponzoña. Antes había sido capaz de controlarlo, aunque a veces, cuando la mordía, dejaba escapar un poco. Sí, su veneno había entrado en Rin desde hacía mucho tiempo, pero eran dosis tan pequeñas que apenas habían generado un cambio notable. Y ahora… ahora estaba dispuesto finalmente a deshacerse del líquido hirviente para que lo portara ella. Rin era su compañera, ya no trataría de negarlo ante nadie, y mucho menos ante sí mismo.

―Te dolerá ―dijo con la voz ronca e ida. Rin salió de alguna clase de trance y le prestó atención. Sus ojos brillaban con un tinte rojizo, algo que cualquier otro ser encontraría aterrador―. Sufrirás durante horas. ¿Aún así lo quieres?

La humana cayó en cuenta rápidamente.

―N-no me… no me importa ―contestó agitada. Ella también estaba cerca―. P-puedo soportarlo. Por favor, señor Sesshomaru…

El destello rojo se oscureció en sus ojos durante los últimos vaivenes, más rudos y profundos, y, siendo incitado por los jadeos finales de la mujer, sofocó un gruñido al morder agresivamente el músculo entre su cuello y hombro.

Rin trató de no gritar de dolor, pero fue inevitable. Los dientes le perforaron la piel en su totalidad, con una presión tal que creía que si alzaba la cabeza, se llevaría un buen pedazo de ella con él. Pero esa fue la parte más suave. En cuanto el veneno penetró su cuerpo, se estremeció violentamente en un intento inconsciente para alejarse. Era como tener hierro fundido esparciéndose por sus venas, quemando y puyando su interior poco a poco en una lenta agonía. Podía sentir muy vagamente las mandíbulas del hombre temblar ante el agarre, como si también le resultara algo doloroso.

Sus cortas uñas se enterraron en la espalda del mononoke al sentir el líquido bajar por su cuerpo, inundando sus huesos y órganos en un mar ardiente. Las lágrimas no tardaron en brotar de sus ojos cerrados y bajar a la carrera por sus mejillas. Era una de las sensaciones más horribles que había tenido que experimentar. Casi podía ver su interior carbonizándose hasta ser reducido a llameantes cenizas. Por un instante rogó morir para poder acabar esa tortura, pero no tardó en abandonar la idea. Morir no era una opción. Sólo le quedó aferrarse a él, esperando a que todo terminara. Y pese a sus intentos por retorcerse para librarse del dolor, el youkai cumplió su deseo y no la dejó ir.

Comenzaba a amanecer con pereza, y los tonos apagados inundaban la estancia gracias a la influencia de la estación. Rin despertó, sintiendo como si una manada de caballos la hubiera pisoteado gran parte de la noche. Los huesos le dolían y tenía muchas nauseas. Apenas era consciente de lo que le rodeaba, pues captaba las luces y las sombras muy vagamente. Agradeció mentalmente el haber cenado muy poco la noche anterior, de lo contrario estaba segura de que lo habría devuelto todo en ese momento.

Se apoyó en su brazo derecho para incorporarse, pero un agudo dolor en las articulaciones la hizo volver a caer con un quejido. Miró alrededor con curiosidad, haciendo grandes esfuerzos por enfocar la vista borrosa. Lo que sí fue capaz de notar era que estaba nuevamente vestida, con el obi amarrado muy flojamente en su cintura y un pesado edredón la cubría. La estola seguía envolviéndola con su suave calidez, como si se tratara de alguna clase de nido gigante.

Llevó la mano izquierda hasta su cuello, buscando aquel bulto que le escocía y parecía tener pulso propio. Quería sentir qué tan inflamado estaba.

―No lo toques.

―¿Qué? ―su propia voz sonaba pastosa, como si apenas pudiera abrir la boca y mover la lengua.

―Puedes infectarlo, te causará mayor dolor si lo hace ―contestó mientras ella aún hacía intentos por incorporarse, pero su cuerpo no conseguía sincronizar bien los movimientos que le decía hacer―. Permanece recostada ―le ordenó―. ¿Te encuentras bien?

―N-no ―admitió al volver a tumbarse, cansada de seguir intentando―. Todavía quema. Es muy incómodo.

―Advertí que lo sería.

―Sí, pe-pero en algún momento tiene que acabar. ¿En c-cuánto, exactamente? ―agregó trabajosamente, tratando de darle algo de humor a la situación.

―Tu cuerpo debe asimilarlo por completo. Probablemente hasta el mediodía ―Rin se quejó, removiéndose al sentir una desagradable sensación subirle por la espalda―. Duerme hasta entonces.

―No puedo ―se movió incómoda para apaciguar el dolor. No había conseguido dormir más de una o dos horas según sus cálculos, y eso fue gracias a que perdió el conocimiento luego de estar aguantando durante más tiempo del que creía posible―. Señor Sesshomaru, me ayudaría mu-mucho si me noquea por lo que resta de la mañana. S-se lo agradecería ―hizo una mueca parecida a una sonrisa, apretando los dientes para no dejar salir un sonoro quejido.

―Usa mi nombre ―clamó la seria voz masculina.

―E-eso hago, milord.

―Elimina el honorífico, no hay necesidad de que lo uses en mi presencia.

Rin trató de enfocarlo descolocada, pero no lo logró. Jamás imaginó que le pediría algo así, y tenía problemas en creer que realmente lo estaba haciendo.

―Pero… N-no quisiera faltarle al respeto. Usted e-es el Lord del Oeste, merece todos los honores necesarios.

―No soy tu amo, Rin, deja de tratarme como tal.

Técnicamente es algo así como mi dueño, ¿no? Pensó avergonzada.

―Oh… me r-resultaría muy extraño, no sé si pueda…

―Lo hiciste hace unas horas, ¿recuerdas? ―contestó con simpleza. Los colores de Rin volvieron a subir. Sí, le había dicho que lo amaba y había usado su nombre sin ningún distintivo de por medio, ¡pero había sido un momento especial, estaba justificado!

―E-eso… ¡eso fue…!

―No hay diferencia alguna ―finalizó firmemente. Rin suspiró. Era muy extraño que le exigiera aquello, pero también era ciertamente lógico. Eran pareja, se supone que deberían tratarse con más… cercanía. A eso le costaría acostumbrarse bastante.

Lo buscó, aún teniendo problemas para distinguir figuras. Supo que estaba sentado a su lado gracias a un manchón muy blanco a menos de un metro de ella. Suponía que la miraba, pero no estaba completamente segura.

Algo se removió en su estómago ―esta vez sin tener que ver con el veneno― al darse cuenta de que finalmente la había marcado como su compañera. Su tiempo de vida sería igual al suyo, y transcurriría con él, sólo con él. No más tropiezos, no más inseguridades ni malos entendidos. Todo había terminado. O mejor dicho, apenas comenzaba.

REVIEWS... REVIEWS... REVIEWS... REVIEWS...REVIEWS

¡Wow! ¿Alguien se lo esperaba? ¿Alguien había imaginado que eso pasaría tan pronto? Espero que no, a ver si las pillo desprevenidas alguna vez xD

Bien, es verdad que esto pasó quizás demasiado rápido. Es decir, Rin tiene en su nuevo hogar algunos cuántos meses y aunque su situación con Fluffy estuviera cada vez mejor, este fue un paso muy pero muy grande. Pensé dejar que pasara más tiempo para que se viera más natural, pero me di cuenta que no tenía sentido posponerlo. Rin tuvo su arranque, vale, pero si se hubiera enfriado y dejado pasar el tiempo quizás no habría tenido el valor para llegar al último escalón, y las cosas hubieran estado tensas e incómodas entre ambos. Además de que se nota que la mujercita no quería dejarlo para más tarde, ¿eh? xD

No les voy a mentir. Este lemon… em… no me desagradó escribirlo. No es por nada, pero creo que esta vez quedó mejor. ¡Hasta Ginny lo dijo! Así es, te delaté, Ginny. ¡Te pareció tierno y no lo niegues! *risa malvada de fondo* No porque fuera picante, porque en ese aspecto… ew, sino que me refiero más al lado emocional. Lo termino de leer al finalizar las correcciones y pienso "aww". Aunque el que me haya gustado más que los demás que he escrito no significa que es perfecto, y es por eso que necesito sus opiniones, chicas. Si ven algo por ahí que se tenga que mejorar, les ruego que me lo digan.

Y el bibliotecario apareció ooootra vez para atormentar a Rin xD Pero al menos decidió no seguirla esta vez porque sabe que puede ser peligroso xD Ah, ese viejito creepy me encanta y asusta al mismo tiempo.

*Gasp!* ¿Cómo he llegado tan pronto a más de 230 reviews? Nunca me esperé de verdad alcanzarlos con tan pocos capítulos. Pero ahora me doy cuenta por qué comentan tanto… Por los postres. ¡No me engañen, están aquí sólo por la comida! (xD) es broma, es broma. Pero de verdad, mis más sinceras gracias, me emociona ver lo mucho que les agrada esto y el apoyo que demuestran. Chicas, valen su peso en oro: Mora, Hadeyn-chan, Saori-san, Brenda, Hanabi ness, Serena tsukino chiba, Sexy S, QuinzMoon, Black Urora, Hi no Tamashi, Susume22, Sayuri08, Cali, Neko-chan, Ginny, Blue, Rinissita, Miztu Akari, Kat88-pbl, KeyTen, SerenityFullmoon, Yoko-zuki10, Helena, Faby Sama, Kay, Alexa Reynosa, Ako Nomura, Amafle, Kyoko-chan, Wiizyy, Nagisa-chan y Ephemerah.

Y el postre de hoy será… ¡galletas oreo! Galletas oreo con doble cremita y cubiertas de chocolate blanco (como las que sacan para navidad). Todo el mundo ama esas galletas, ¡así que aquí tienen! *lanza paquetes por todos lados*

Espero que hayan disfrutado la movidita entrega de hoy y estoy a espera de sus opiniones. ¡Hasta el próximo sábado!