Axel no sabía cómo sentirse.
Durante el discurso de Xehanort había estado escondido, aguantándose la risa al pensar en el corte que le iba a meter en cuanto intentase utilizar el cuerpo de Sora. Se había preparado hasta lo que iba a decirle. Desde luego, las caras que había podido ver habían merecido la pena: Xigbar se había quedado tan a cuadros que se le había ido su típica actitud pasota y cabrona, Xemnas parecía a punto de romper su récord de no utilizar palabrotas, a "Ansem" había estado a punto de explotarle una vena y a Xehanort se le había ido por un momento el exceso de confianza. El único que no parecía haber reaccionado era la versión joven de Xehanort.
Oh, Axel no podía esperar a ver sus caras cuando viesen su nueva y brillante llave espada.
El problema lo había tenido cuando uno de los encapuchados atacó. No hizo falta que se quitase la capucha, Axel reconocería aquella arma en cualquier sitio. Saïx. Isa.
Era algo que había sospechado desde el momento en que descubrió el verdadero propósito de la Organización XIII, algo en lo que no había querido pararse a pensar por más de unos segundos y para lo que siempre había tratado de buscar una explicación diferente: tal vez su amigo se había vuelto tan arisco por su creencia de no tener corazón y, por tanto, no ser capaz de sentir; tal vez tantas peleas lo habían afectado tanto que había creado un muro para defenderse; puede que, simplemente, se hubiese vuelto un capullo.
Axel nunca había querido aceptar que Saïx hubiese sucumbido a la oscuridad tal y como Xehanort lo había designado.
