Esta es una historia alterna de misterio escrita sólo para entretenimiento . Los personajes originales le pertenecen a Kyoto Misuki; sólo el orden de los acontecimientos y personajes secundarios son de mi propia imaginación.
NOS VOLVEREMOS A VER… ALGUN DIA
Capítulo 2
Al llegar a la mansión sintió que lo mejor seria ir a descansar. No quería ver a nadie; sabia que debía convocar a una reunión familiar en los próximos días para poner a los responsables en su sitio y actuar de acuerdo a las circunstancias.
Devolvería a cada quien lo que era suyo y luego asumiría el papel para el cual había sido preparado desde pequeño.
George, por favor, avisa a los demás que el próximo lunes los espero a todos en mi despacho a las diez de la mañana. La presencia será obligatoria; aquel que no asista tendrá que apegarse a las decisiones que tomemos le guste o no. Así que recomiéndales que lo más conveniente será que acudan puntualmente.
Si, Sr. William, no se preocupe Usted que yo me encargaré de poner a todos sobre aviso. Ahora le recomiendo que se retire a descansar, me preocupa su salud, ya no somos tan jóvenes y debemos cuidarnos.
Gracias George, tienes razón, me siento muy cansado, no quiero que nadie me moleste por ningún motivo.
Como ordene, señor. Le contestó y haciendo una venia se retiro de la biblioteca donde habían estado conversando.
Albert se levanto del sillón de su escritorio y se encamino hacia la ventana. Candy… pensó; tu recuerdo será lo que me mantendrá en pie lo que me reste de vida. Te prometo que cumpliré la promesa que te hice en tu lecho de muerte…
Las sombras de la noche se superponían a la luz del atardecer. Ya todo estaba hecho y no podía volver el tiempo atrás.
Que tonto fui, si tan sólo la hubiese escuchado esa vez cuando me suplicó que no me fuera… pero, ¿que podía saber yo? Un hombre desesperado y sin memoria, ella era una niña tan dulce, no podía arriesgarla a que se metiera en problemas por mi causa.
Albert se remontó al pasado, durante el largo tiempo en que su mente estuvo sumida en las sombras, cuando sus recuerdos se vieron nublados en aquel accidente en Italia. Cómo se podía imaginar que aquella dulce enfermera que tanto se preocupó por él mientras los demás lo tomaban por un espía despreciable, hubiese sido su pequeña Candy, la tierna niña pecosa de ojos verdes que un día encontró en aquella colina y se rió de su atuendo y del sonido de su gaita. La misma que casi pereció ahogada en aquella cascada, aquella que adoptó y protegió después de la muerte de su sobrino. No, eso era algo inimaginable, para él la jovial jovencita que le devolvió el ánimo de vivir era una enfermera inocente que no se daba cuenta de lo que le estaba pidiendo. Un hombre mayor como él no podía vivir con una doncella sin haberla desposado, no hubiese sido bien visto, no podía arriesgar su reputación de esa manera. Por eso la había dejado aquella vez que ella lo encontró en el parque, no escuchó sus ruegos y partió como siempre acostumbraba, sin saberlo, para perderse por años recorriendo el país y desempeñando todo tipo de trabajos para subsistir. Llevando una vida sin complicaciones y libre. Llegó a sentirse bien consigo mismo. No era rico pero eso nunca le importó; no necesitaba el dinero, lo más importante para él era su libertad. Nunca se había casado, no le gustaba quedarse por mucho tiempo en un solo lugar, en el fondo buscaba algo y no sabía que era… ahora todo estaba claro, la había estado buscando a ella, a la misma que rechazó y abandonó en aquel parque sumida en un mar de lágrimas. A ella… a su princesa… a su Candy.
Quince largos años habían pasado, en los cuales vivió con relativa facilidad sin preocuparse de nada, hasta el día en que sufrió ese otro accidente. Estuvo inconsciente varios días en un hospital en Florida. Con el tiempo había logrado hacerse de una identidad falsa, había mantenido el nombre que la pecosa enfermera le asumiera, el apellido era lo menos importante, así que adoptó uno común, Albert Smith, así se hacía llamar, por medio de un conocido algo mafioso logro conseguir los papeles que verificaban su identidad. Lo demás fue fácil y gracias a que tenía esa identificación es que recibió un tratamiento adecuado y pudo recuperarse, aunque no tenia familia, con los pequeños ahorros que tenía logró pagar los gastos de la hospitalización. Eran años difíciles, se había producido una gran caída económica en el país a consecuencia de malos manejos en las inversiones financieras, la crisis había llegado a afectar inclusive al viejo continente, allí donde él había perdido su memoria. Había oído hablar de muchas familias otrora multimillonarias y poderosas que lo habían perdido todo de la noche a la mañana, entre ellos los Andrew, su propia familia… aunque él era ignorante de esa realidad en ese momento de su vida.
Su memoria regresó totalmente después de que dejó el hospital, primero fueron flashes donde se veía rodeado de gente a la que no podía reconocer, hasta que una imagen se le hizo mas clara. ¡Era ella... la enfermera! Un fuerte dolor de cabeza lo dejó inconsciente mientras estaba en el trabajo, cuando despertó en la sala de descanso, se sintió como en una nube, Albert…
William Albert Andrew… Si, esa era su verdadera identidad.
Lo demás cayó sobre él como una avalancha. Sus padres fallecidos, su hermana, su sobrino. La adusta tía que se encargó de hacer de él heredero solitario que añoraba ser libre, el fiel amigo George que siempre lo apoyaba en todo, sus primos, sus sobrinos y ella… Candy, la dulce niña de ojos verdes y la cara llena de pecas, aquella por la que sentía algo especial, a la que había añorado sin darse cuenta, la que siempre le hacia falta. ¿Qué habría sido de ella y de los demás? Eso debía averiguarlo enseguida. Así que tomó su morral y se encaminó a Chicago para ponerse en contacto con ellos. Primero averiguaría que había pasado con los bancos de los Andrew, la mansión y encontraría a George a como diera lugar. Eso sería lo mejor…
…..
Los recuerdos lo seguían abrumando. Me iré a mi habitación, - se dijo - debo descansar; mañana comenzaré la tarea de reconstruir lo perdido y lo lograré por ti mi dulce princesa, ahora sueña y espérame, ten por seguro que algún día estaremos juntos nuevamente y no volveré dejarte. Lucharé con todas mis fuerzas para hacerte feliz.
Le costo un poco dormirse, se sentía inquieto, no se dió cuenta cómo ni cuándo, pero una dulce sensación lo envolvió y le permitió conciliar el sueño. Se veía en el jardín de las rosas, delante del portal que fuera de su amado sobrino, las plantas marchitas empezaron a cobrar vida y se llenaron de hojas verdes, pequeños botones empezaron a brotar y a abrirse soltando un delicioso aroma, se escucharon risas, no podía reconocer de quienes eran, cada vez se sentían más fuertes así que decidió acercarse. No sentía temor, sólo una inquietante curiosidad. El jardín ahora lucía hermoso como en sus épocas de vagabundo dentro de su misma propiedad. Las risas se sentían más cercanas y logro distinguir unas siluetas. Eran dos jóvenes que corrían alegres por el jardín en medio de un juego, era como si quisieran esconderse de alguien, se acerco más y grande fue su sorpresa al reconocer a sus queridos sobrinos que lo miraban sonrientes y le hacían señas para que no hiciera ruido y los descubriera. ¿Anthony? ¿Stear? ¡Eso es imposible! De puntillas se acercaron a él y lo saludaron en voz baja…
Shhhhh…Albert, no nos descubras, ella es muy hábil y se dará cuenta donde nos estamos escondiendo.
Ella, pero ¿de quien me hablas? Anthony, ¿realmente eres tú?
Por supuesto tío, siempre he estado cerca de ti, solo no te habías dado cuenta.
Hola Albert, ¡que gusto me da verte!
¡Stear, sobrino!
Albert no daba crédito a lo que veía, estaba frente a sus sobrinos, tal y como los recordaba, aquellos jóvenes que habían partido hacia tantos años y de los cuales no se había podido despedir. Entonces, sintió una voz familiar que los llamaba, ¡Stear, Anthony! ¡No se escondan de mi, pillos! ¡Ya verán cuando los encuentre!
Albert no podía articular palabra, esa voz, era… era la de Candy. Se asomó de entre los rosales donde se habían escondido y la vió, tan hermosa y jóven como cuando retozaba en el jardín con sus sobrinos después de haber sido adoptada por él.
¡Candy! - No se pudo contener - ¡Candy, princesa estoy aquí!
