El sonido de una mano llamando a su puerta devolvió a Sansa a la realidad. No sabía qué hora era, pero sabía que era demasiado temprano como para que vinieran a despertarla. Dejó el libro de canciones que había estado leyendo y que tanto la había absorbido encima de su mecedora y, cubriéndose con sus mantos, se dirigió a la puerta.

La sorpresa de descubrir el rostro que la esperaba al otro lado casi la hizo sonreír . Margaery Tyrell había llegado esa misma mañana a Invernalia, después de haber pedido a la reina Daenerys Targaryen la libertad de poder establecerse en Invernalia, al servicio de la reina del Norte. Durante la guerra, y con la gran pérdida de miembros en la familia, los Tyrell habían perdido la posesión de Altojardín y ahora todo Altojardín, o al menos lo que queda de él, había pasado a ser propiedad del trono de hieroo. Sansa enseguida supo que Margaery había pasado a ser miembro de la corte de la nueva reina, la Madre de Dragones como todos la llamaban, y desde que lo supo había estado enviando cuervos hacia Desembarco del Rey, haciendo saber a Margaery que siempre podría decidir acudir a Invernalia al servicio de la Reina del Norte. Sansa sabía lo que era estar sola en Desembarco; sabía por experiencia lo que era no tener familiares ni amigos en un lugar poblado de mentirosos y codiciosos y haría todo lo que estuviera en sus manos por ahorrarle esa vida a cualquiera, más aún a una amiga como Margaery. Por fin, después de meses de planear su partida, habían conseguido volver a reunirse tras largos años de separación.

-¿La molesto, mi reina?

-En absoluto.- Sansa esbozó una media sonrisa intentando no dejarse llevar por su mente, cansada tras un agotador día.- Pasad, los pasillos son fríos en Invernalia, y esta chimenea es lo suficientemente grande como para calentar a seis personas.

Cerró la puerta tras entrar Margaery y corrió el pestillo. Nunca antes había apestillado su puerta cuando vivía en el castillo con su familia, pero ya no vivía aquellos tiempos de seguridad, y toda precaución seguía siendo poca.

Margaery se tomó la libertad de sentarse en la cama cubierta de pieles de Sansa, acariciando los pelajes de osos que calentaban el colchón. Sansa seguía de pie, contemplando en silencio a su amiga mientras sonreía. Tenerla otra vez en su habitación, sentada en su cama... era como si nunca se hubieran separado, y eso la hacía sonreír de nuevo. Sin embargo, la entristecía a su vez, pues el tiempo no puede ser engañado, y ahí donde antes estuvo la mirada infantil y sincera de una joven que aspiraba a ser reina había dolor, angustia y una astucia que se había incrementado en estos últimos años, en los que para sobrevivir sólo podías confiar en ti misma, y a veces ni siquiera eso.

Sansa no pudo evitar compararse con su invitada. Tanto Margaery como ella misma estaban solas en el mundo. Sin una madre que les abrazara cuando lo necesitasen, sin un padre que las guiara, sin unos hermanos que las atormentasen pero que las quisieran por encima de cualquier reino. No, ninguna tenía ya esas comodidades que una vez tuvieron. Las dos había crecido y habían aprendido a sobrevivir por su cuenta. Pero, aún cuando sus historias eran aparentemente similares, una de ellas aún tenía un lugar al que llamar hogar, un pueblo al que cuidar y unas gentes que mantener. Margaery ya no tenía si quiera una casa para sí misma, se había visto obligada a vivir en un frío castillo, en nada parecido a Altojardín, bajo la tutela de la Reina del Norte. ''Debe de ser duro'' pensó para sí misma, ''tantos años ansiando llegar a ser la reina para acabar en la corte de una reina cuyo castillo aún está siendo reconstruido''. Perdida en estos pensamientos se dio cuenta de que había pasado demasiado tiempo contemplando los rizos de Margaery, y también ella se había percatado de su mirada.

-¿Va todo bien, Sansa?

''Sansa... Hacía demasiado tiempo que nadie decía mi nombre''. Había olvidado cómo sonaba su nombre de labios de otras personas. Ya nadie se refería a ella como ''Sansa''. Después de haberse acostumbrado a Alayne, había tardado en recordar que debía de responder ante Sansa de nuevo, y, ahora, todo el mundo la llamaba ''su alteza'' o ''mi reina''. Tantos nombres, tantos títulos, y ninguno había sonado nunca tan dulce como su propio nombre dicho de los labios de Margaery.

Se acercó a su cama, la antigua cama de Lord Eddard y Lady Catelyn Stark, y se sentó junto a Margaery, tomando la mano que jugueteaba con el manto entre las suyas. Margaery esbozó una sonrisa mientras buscaba con su mirada los ojos azules de su reina.

-No sabes...- Sansa suspiró al ver que las palabras se le atragantaban en la garganta. Levantó la vista y dejó que aquellos cálidos ojos que la observaban con paciencia la alentasen a seguir hablando.- No sabes lo mucho que necesitaba que vinieras aquí.

Margaery pudo ver cómo las mejillas de Sansa comenzaban a humedecerse y llevó su mano libre a una de ellas para secarla, haciendo lo mismo con la otra mejilla después.

-Shhh...- Margaery se levantó de la cama y se arrodilló frente a Sansa, agarrando sus dos manos entre las suyas.- Por eso he venido. Las dos... las dos hemos pasado por cosas que dos chicas... dos niñas no deberían pasar.- llevó lo cabellos rojizos de Sansa detrás de sus orejas y le acarició las mejillas con los pulgares.- Y sé que ya no somos esas dos niñas que soñaban con ser hermanas algún día, pero por mucho que haya crecido... por mucho que intente fingir que estoy bien... no lo estoy. Y sabía que necesitaba verte. Y también sabía que tú necesitabas lo mismo.- Se levantó un poco, lo suficiente como para apoyar su frente contra la de Sansa sin soltar sus manos. Sentir los dedos de Sansa entre los suyos era una cálida sensación que contrarrestaba el frío de el Norte.- Ya no estás sola, Sansa. No tienes que estarlo nunca más.

Hubo un momento de duda, al separarse Margaery escasas pulgadas de ella, dejando un pequeño hueco entre las dos, un momento en el que Margaery estuvo a punto de separarse por completo. Pero Sansa hizo desaparecer ese espacio entre ellas antes de que fuera demasiado tarde. No fue un beso pasional, sino un beso necesitado. Un beso lento y cálido, un beso que, por un momento, hizo que el mundo dejara de girar y se centrase en las dos jóvenes de la habitación. Sansa volvió a dejar un pequeño espacio entre ellas, algo arrepentida por lo que acababa de hacer, por la reacción que ello causaría, pero su arrepentimiento no duró demasiado. Sintió las manos de Margaery sobre sus mejillas otra vez, cubriéndolas, conduciéndola hacia ella para poder besarla de nuevo.

-Quédate...- Sansa consiguió susurrar algo entre los besos de Margaery, cuando aquel beso que comenzó siendo lento y necesitado se tornó en pasional y cada vez más hambriento.-Quédate... por favor.

Margaery dejó de besarla por un momento y la miró a los ojos con una triste sonrisa. Asientió con delicadeza y dejó que Sansa la guiase hasta su cama, debajo de las pieles. Allí, Sansa buscó desesperadamente los brazos de Margaery y enterró la cara en su cuello al sentir sus brazos rodearla y sus manos acariciarla.

Y no sabe por qué, pero de pronto estaba llorando. Y suaves caricias recorrían sus cabellos mientras Margaery la llamaba ''mi reina en el Norte'' al oído. Y durante no sabe cuánto tiempo decidió no ser más la reina del Norte. Decidió ser Sansa, decidió ser una niña que echa de menos a su familia y a la que se le está permitido llorar, y esta vez tiene a alguien que la abraza y hace que la pena sea menos amarga.