Capítulo 8: Mala bienvenida.
El general se acercaba a la choza. Blu salió corriendo y se escondió en la oscuridad del pasillo.
"¡General, necesito hablar con usted!" – gritó alguien desde afuera.
"¡Espérenme un segundo!" – exclamó – "¡Voy a saludar a mi hija!"
Antes de que el general pudiera dar otro paso, alguien saltó sobre él y lo derribó.
"¡Padre!" – exclamó la chica.
"¡Oh, hija, te extrañé tanto!" – dijo el general, abrazando con fuerza a su hija.
Ambos se pusieron de pie y entraron a la casa.
"Bueno, cuéntame, hija" – inquirió el general – "¿Ya has encontrado algún candidato?"
"¿Candidato?" – preguntó ella – "No te entiendo"
"Ya sabes, alguien que te guste"
"No, tengo otras responsabilidades que son más importantes que encontrar a un candidato como dices" – respondió con voz suave.
El general estaba por decir algo, hasta que…
"¡General Plutarch!" – gritó alguien a lo lejos.
"¡Dime qué quieres!" – gritó Plutarch, fastidiado.
"¡Tengo que hablar con usted!"
"Dios… creo que nunca podré estar en paz ni cinco segundos…" – murmuró Plutarch, agotado – "En fin, Fiorela, luego podremos hablar, ¿de acuerdo?"
"Espera, tengo que decirte algo" – dijo ella.
"¿Qué es?" – preguntó Plutarch, apresurado.
"¿Qué harías tú si un desconocido entra a esta casa sin tu permiso?" – preguntó Fiorela, inocentemente.
"Vaya, esa sí que es una buena pregunta" – admitió Plutarch, rascándose la parte izquierda de su cabeza – "Lo ahorcaría con tanta fuerza que podría usar su cuello como una toalla, luego usaría su cuerpo para convertirlo en un tapete"
Blu tragó saliva y dejó escapar un silencioso chillido de terror.
"De hecho aquí nos faltan tapetes, ¿no crees?" – preguntó él, echándose a reír – "Un momento…"
"¿Qué?" – preguntó Fiorela, nerviosa.
"Escucho algo…" – murmuró Plutarch, caminando por el pasillo oscuro.
"¡No!" – gritó ella, y Plutarch la miró sorprendido.
"¿Qué te ocurre?"
"No vayas por ahí… está… emh… muy oscuro"
"¿Oscuro dices? ¡Ja! He caminado por aquí miles de veces, hija, creo que me acuerdo de memoria cada detalle de este pasillo" – aseguró Plutarch, caminando entre la oscuridad y pisando la pata de Blu, pero por fortuna su armadura evitó la sensación – "Creo que sólo fue mi imaginación"
Volvió caminando por el pasillo y pisó la pata de Blu por segunda vez, y luego, sintió contacto.
"Mmm… no recuerdo que haya una almohada aquí" – dijo Plutarch, tocando el pecho de Blu – "¿Pero qué…?"
"¡AAAAAHHHHH!" – Blu salió corriendo.
"¡Un intruso!" – gritó Plutarch, persiguiéndolo.
"¡Por favor, no me ahorques ni me uses de tapete!" – gritó Blu, aterrado y corriendo por todos lados sin saber a donde ir.
"¡Ven acá!" – exclamó Plutarch, y se arrojó sobre Blu, rodando por el suelo para terminar ahorcándolo – "¡Estabas esperando a que yo me vaya para poder asesinar a mi hija, maldito asesino!" – gritó él.
"¡Padre, detente por favor!" – gritó Fiorela en un fallido intento por ayudar a Blu, ya que su padre la apartó de un fuerte empujón.
"¡No vas a matar a mi hija!" – exclamó Plutarch enfurecido, llevándose a Blu.
Quince minutos después…
Blu estaba encadenado a un altísimo tótem frente a toda la ciudad de Amkatar. En aquél alto tótem se llevaban a cabo todas las ejecuciones de traidores, desertores, espías, y, en este caso, de los intrusos.
Le habían atado el pico con una cuerda para que no grite groserías.
"¡Serás ejecutado por intentar asesinar a mi hija!" – gritó Plutarch, acercándose a Blu con una enorme hacha.
Otro guerrero se acercó a Blu, y de un golpe con sus alas de hierro lo dejó inconsciente.
Plutarch levantó el hacha, preparado para cortarle la cabeza.
"Me odiaré por siempre por decir esto…" – pensó Fiorela – "¡Padre, él es mi candidato!"
Plutarch tragó saliva e inmediatamente soltó el cuello de Blu y bajó su hacha.
"¡Oh, rayos!" – gritó él – "¿Por qué no me lo dijiste antes?" – preguntó observando el maltratado cuello de Blu.
La ciudad entera dejó escapar unos horribles abucheos.
"Yo… no lo sé… quería decírtelo, pero tenía miedo de que no lo aceptaras" – dijo Fiorela, siguiendo con su teatro.
Plutarch levantó su hacha de nuevo, a Fiorela se le congeló la sangre cuando vio que dio un fuerte golpe, por un segundo pensó que vería la cabeza de Blu rodando por el suelo, pero afortunadamente sólo vio las cadenas.
"Estará bien, sólo fue un golpe" – aseguró él, suspirando.
"Yo me quedaré con él hasta que despierte" – dijo Fiorela, sentándose junto a Blu a la espera de que por fin despierte.
Al cabo de unas horas, toda la ciudad había abandonado la zona de ejecuciones.
Blu abrió sus ojos y dio un suave chillido de dolor.
"Creo que me golpearon la cabeza con algo" – murmuró confundido.
Fiorela se puso de pie y comenzó a alejarse.
"¿Así que soy tu candidato?" – preguntó Blu, y Fiorela se paró en seco.
"¿No estabas inconsciente antes de que diga eso?" – preguntó ella, sorprendida.
"¿Crees que me quedaría inconsciente con un golpe como ese?" – preguntó Blu, presumiendo su físico.
"De todos modos, sólo lo dije para salvarte el pellejo, si no fuera por mí tu cabeza no estaría pegada al resto de tu cuerpo" – recordó ella.
Blu se echó a reír, de alguna forma u otra Fiorela tenía razón.
"Me llamo Blu, por si no te lo dije" – dijo él, acercándose.
"Yo soy Fiorela" – se presentó – "Mis amigos me dicen Fio"
"Bueno, Fio, me dijiste que-" – pero Blu se vio interrumpido, ya que Fiorela sacó dos espadas y las dejó a un milímetro del cuello de Blu.
"Dije que SÓLO mis amigos me llaman Fio" – recordó ella, presionando un poco sus espadas contra el cuello de su víctima – "No eres mi amigo"
Blu tragó saliva, y si se hubiese puesto más blanco por el terror, su plumaje se vería como la tela de la bata médica que el doctor Tulio siempre lleva puesta.
"¿Entendido?" – preguntó ella.
"En-ten-Entendido" – tartamudeó Blu.
Blu descansaba sobre la rama de una de las grandes ramas del árbol central de la ciudad de Amkatar. Por alguna razón no se atrevía a ingresar a la choza de Plutarch y Fiorela, ya que no deseaba encontrarse con las espadas de Fiorela ni con las alas de Plutarch ahorcándolo.
También se dio cuenta de que en todo este tiempo no había visto como eran realmente Plutarch y Fiorela, ya que siempre llevaban sus armaduras, y al parecer ninguno de los dos deseaba quitárselas. Eso le daba a Blu una sensación de curiosidad, obviamente quería ver como era Fiorela físicamente, ya que por su voz femenina, a Blu le interesaba. Por otro lado también quería ver como era Plutarch, a pesar de que se esperaba un inmenso y fuertísimo macho.
Blu sentía cada vez más curiosidad por Fiorela, que al principio parecía no ser agresiva, pero al final resultó ser una asesina a sangre fría. Era idéntica a su padre. Eran guerreros.
¿Pero guerreros que luchaban contra qué amenaza en un mundo tan maravilloso como este? ¿Habría amenazas ocultas más allá de esta isla flotante? ¿A qué se estaba enfrentando Blu en este lugar? ¿Debía considerar a Plutarch y a Fiorela como amigos o como enemigos?
Todas esas preguntas deberían ser respondidas al día siguiente…
Hasta la próxima actualización...
