Capítulo 16: Orden de marcha, Pt. II.
-Blu-
No había podido dormir en toda la noche. El miedo de estar en medio de una matanza había podido conmigo.
Mi cuerpo me suplicaba desesperadamente el poder dormir, pero era algo que yo no podía cumplir.
Cuando las luces del sol comenzaron a brillar en el horizonte, unas trompetas produjeron un estruendoso sonido.
"¡Arriba, señoritas, es hora de irnos!" – exclamó el comandante Seg mientras golpeaba su escudo con su lanza para evitar que siguiéramos durmiendo.
"¡Queremos dormir!" – exclamó alguien.
"¡Tendrán tiempo para dormir cuando estén muertos!" – gritó el comandante en respuesta – "¡Ahora, en marcha!
Casi no podía mantener los ojos abiertos. Me fue imposible dormir en toda la noche. No podría resistir el viaje, ¿cuál sería la distancia que tendríamos que caminar hasta llegar a nuestro destino? Podrían ser kilómetros, o cientos de kilómetros. Los de alto mando fueron inteligentes al reservarse la distancia a recorrer, para evitar quejas o baja moral.
Nos hicieron formar prolijamente junto a la plataforma de entrenamiento y esperamos. Esperamos y esperamos lo que parecieron unos minutos interminables hasta que por fin apareció Bardek sobre la plataforma de entrenamiento.
"¡Pero qué bien dormí anoche!" – exclamó el jefe, y los soldados murmuraron varios insultos – "Dejaré pasar solo por esta vez esos insultos captados por mi agudo sentido auditivo, porque sé que se están orinando del miedo, novatos"
A su lado apareció Dincyl.
"Ahora, damas y caballeros, les explicaré las reglas" – dijo ella – "Primera regla, y la más importante, no se separen jamás del resto del grupo, hay muchos grupos de forajidos obstaculizando el camino. Segunda regla, respetar las órdenes de los superiores. Y finalmente, la tercera regla se trata de obedecer la primera y la segunda, ¿han entendido?"
"No hay nada como un buen discurso para levantarte el ánimo" – me dijo Chaser.
"¿Y tú de dónde saliste?" – le pregunté.
"Estaba aquí antes que tú" – respondió.
"¿Y Ayla?"
"A tu derecha"
Miré en esa dirección, y allí estaba ella, saludándonos con su ala metálica.
"¡Todos vayan a la armería en orden, serán armados y preparados!" – bramó Bardek, y entonces todos apresuramos el paso.
Muchos de los novatos me gritaban que caminara más rápido, pero yo estaba exhausto.
"¡Muévete, soldado, o tendré que perseguirte con mi espada para que lo hagas!" – me gritó Bardek.
Apresuré el paso por todo el tiempo que pude hasta que por fin llegamos a la armería.
Dincyl estaba a la cabeza del lugar junto con Bardek. Habían varias filas para recibir las armas y la protección necesaria.
Los repartidores te preguntaban qué especialidad habías escogido, y, según la respuesta, eras armado según las normas de aquella especialidad. Por ejemplo, si alguien había escogido el combate cuerpo a cuerpo recibía una espada y una armadura normal pero pesada. Los demás, como por ejemplo los asesinos, recibían las típicas dagas con una armadura mucho más ligera para un fácil movimiento.
Miré hacia todos lados en busca de algo para descansar mis patas, y afortunadamente encontré unos banquitos.
"Chaser, estoy muy cansado, ¿puedes traerme mis cosas?" – le pregunté.
"No sé si me permitirán llevar las cosas de otro, pero haré el intento" – respondió.
"Gracias" – rápidamente me dirigí a los banquitos. Apoyé la cabeza en el cabezal y antes de que pudiera darme cuenta me quedé dormido.
"Es hora de levantarse" – me dijo una voz femenina.
"Mmm… no quiero…" – murmuré.
"Pues no tienes elección"
Abrí mis ojos y vi a alguien que no pude reconocer.
"¿Quién eres tú?" – le pregunté.
Me fijé en su casco. Tenía unos agujeros en la sección de los ojos para que no tuviera dificultad al observar. Miré detenidamente y vi que eran violetas.
"¿Y tú quién crees?" – se rió.
"Fiorela, pensé que te quedarías aquí, ya sabes, en un lugar seguro" – le dije.
"Soy una chica, pero no soy cobarde" – me di cuenta de que se fastidió un poco con mi comentario. Le devolví una sonrisa estúpida.
"Te ves bonita con esa armadura" – fue la cosa más estúpida que se me ocurrió decir.
Ella se miró de arriba abajo.
"Emh… pues gracias… por ese lindo pero inadecuado comentario" – murmuró, y por su casco no pude ver si estaba ruborizada o avergonzada. Pero lo más probable era que pensara que yo era un idiota, pues no podía decir que era bonita ya que su armadura cubría todo su cuerpo a excepción de sus ojos violetas.
"Aquí tienes tus cosas" – me dijo Chaser, y me entregó lo que me correspondía: la espada y la armadura completa.
"Te ves guapo con tu armadura" – Fiorela me devolvió aquél cumplido de broma.
Me reí.
"Vamos a ello" – dijo Chaser, y Ayla apareció por detrás de él.
"¿Ya están listos para el viaje?" – nos preguntó, y todos asintieron con la cabeza excepto yo.
"Estoy cansado" – dije.
Ayla estaba por decir algo, pero entonces miró a Fiorela.
"¿Y tú eres…?"
"Nadie en especial" – contestó ella.
"Reconozco esa voz, es la pequeña de Plutarch" – dijo Chaser, y Fiorela le dio un pisotón en la pata.
"¡De pequeñita nada!" – exclamó, y apretó el pisotón.
"¡Ah, sólo porque eres una chica no te doy una golpiza!" – gruñó Chaser.
"¡Por las tetas de Anaya! ¿Qué está pasando aquí?" – Plutarch llegó para rescatar a Chaser.
"¡Su hija me rompió una pata!" – se quejó Chaser.
"Hija, te dije que te quedarás aquí"
"¡Papá!" – exclamó Fiorela.
"¡Nada! ¡Son órdenes directas, señorita!" – bramó Plutarch.
"¡Ya no soy una niña!" – gritó ella – "¡Ahora soy una adulta, y me puedo cuidar sola!"
"Sabes que no quiero que se repita lo que pasó con tu madre" – murmuró Plutarch recordando la horrenda muerte de Laina.
"Te aseguro que eso no pasará" – dijo Fiorela.
"En ese caso, quiero que alguien te cuide" – Plutarch señaló a Chaser – "Tú la cuidarás, con tu vida"
"¿Quieres que la cuide después de romperme una pata? No, gracias" – Chaser rechazó la oferta.
"¿Y tú, jovencita?" – señaló a Ayla, que se estaba riendo de Chaser.
"Ya tengo que cuidar de un niño" – respondió mirando a Chaser, cuya pata estaba siendo atendida por Dincyl.
"No seas llorón" – le dijo Dincyl a Chaser al ver que hacía muecas de dolor.
"Pues asegúrate que no le falten los pañales" – dijo Plutarch, y Chaser gruñó – "Lo harás tú, y no habrá nadie más" – me señaló a mí.
"Soy el peor guardaespaldas del mundo" – dije, tratando de zafar del tema, si no podía mantenerme en pie, ¿cómo quiere Plutarch que cuide a Fiorela?
"Confío en ti, chico" – me dijo Plutarch – "No me decepciones, pues yo soy el único que podría salvar tu vida en medio de la batalla"
"De acuerdo, lo haré" – lo de salvarme el culo me convenció.
"Excelente" – dijo Plutarch, y luego fue con Dincyl – "Hora de empezar la fiesta"
"A la orden" – dijo Dincyl en respuesta y le hizo una reverencia.
"No necesito que me cuides la espalda" – me dijo Fiorela, y luego siguió a Plutarch.
"Pero tu padre me dijo que-"
"Ya sé lo que dijo mi padre, y la respuesta es no, no quiero que me cuides, ¿vale?"
"Como quieras" – respondí, indignado pero aliviado.
"¡Bien, damas y caballos, en el nombre del Señor de la Guerra Eonor, declaro que empecemos la marcha!" – bramó Plutarch, y entonces nos formamos prolijamente – "¡Que la protección de la bellísima Anaya esté con ustedes para salvarles el culo cuando estén por ser asesinados!"
"¡Ya escucharon al jefe!" – exclamó Dincyl – "¡En marcha!"
Hasta la próxima.
