La letra y el título pertenecen a la canción de Pink Floyd I Wish You Were Here


I wish you were here

So, so you think you can tell
heaven from hell,
blue skys from pain.
can you tell a green field
from a cold steel rail?
a smile from a veil?

Beth estaba sentada en una esquina de la sala de música sin prestar mucha atención, en realidad estaba ahí porque Finn Hudson se lo había pedido y eso debía ser algo importante… aparte le gustaba cantar y era buena cantante. Pero no tan buena bailarina, aunque se manejaba en el baile.

–… Bueno, chicos, –prosiguió Hudson– ante ustedes les presento a las grandes leyendas de McKinley, Rachel Berry, Noah Puckerman, Quinn Fabray…

La mente de Beth se fue cuando escuchó aquellos nombres, ¿Ellos estaban ahí? ¿Parados frente a ella? Esto no era posible, de seguro era un sueño. Beth levantó la mano y miró a Finn.

– ¿Profesor Hudson? –preguntó la rubia.

– ¿Pasa algo? –preguntó de vuelta Hudson.

– ¿Puedo preguntarle a alguien que me golpee porque creo que estoy soñando? –dijo Beth mirando a sus padres quienes la miraron arqueando las cejas.

– ¡Yo te golpeo! –dijo Kate, una chica una clase más abajo que Beth antes de darle un golpe en el brazo.

– ¡AY! –gritó Corcoran con el ceño fruncido.

– Tú lo preguntaste –le dijo Kate encogiéndose de hombros.

Beth simplemente frunció el ceño aguantando las ganas de golpear a la chica de cabello largo y ojos oscuros. Dios, como odiaba a esa chica. Era irritante y se creía buena cantante cuando en realidad chillaba… o eso era para los oídos de Beth.

Kate sonrió satisfactoriamente.

–Les juro que la odio –le dijo Beth a sus amigos–. Es una pesadilla.

Kate se volteó a mirarla. Todo esto pasaba mientras los exalumnos de McKinley estaban hablando de sus vidas. En otras palabras, a nadie le importaba lo que pasaba entre los alumnos.

– ¿Yo soy una pesadilla? –repitió la chica mirando a Beth– Yo no soy a la que sus padres ¡ABANDONARON!

– ¡AHORA SÍ QUE ME HARTASTE! –gritó Beth lanzándose sobre la chica para golpearla, lo cual comenzó a hacer apenas pudo.

En menos de dos segundos sintió que la tomaron de la cintura, pero ella sólo siguió pataleando.

–¡Beth es suficiente! –gritó Finn levantando del piso a Kate.

Un momento, si Finn estaba ahí, ¿Entonces quién la tenía en brazos? Se volteó a mirar y lo pudo ver. Era Noah Puckerman quién la tenía agarrada de la cintura para que no golpeara a su compañera. ¿Esto era un sueño o Kate la había golpeado que de tal manera de que estuviera alucinando? ¡Dios, no, esto era cierto! Lo primero que llegó a la mente de Beth, fue soltarse de él para abrazarlo con fuerza, pero supuso que eso asustaría. Así que simplemente le sonrió. Él le sonrió de vuelta. ¡Oh santo Dios! Tenían la misma sonrisa. Miró a Quinn Fabray y quien también le sonrió. No, no podía resistirse más. Se lanzó a los brazos de su padre y lo abrazó con fuerza sin darse cuenta de que empezaba a llorar. ¿Por qué lloraba? Era sólo un reencuentro. Algo que había tardado 15 años en ocurrir. Dios, aún no creía que estaba en los brazos de su padre. Toda su vida había soñado con este momento, conocer a su padre. Abrazarlo. Siempre se había preguntado a qué olería y lo único que pudo percibir era un olor del que tenía memoria, no recordaba donde, pero sí, sabía que lo había sentido en más de alguna ocasión cuando era pequeña. Ese aroma a Polo Sport, el cual curiosamente era su perfume favorito, la hacía adorarlo aún más. En cambio, por parte de Puck, solamente la abrazó. No sabía por qué aquella chica lo había abrazado, tal vez era una fan o algo… paren todo… ¿Dijo Beth? ¿Beth cuánto? ¡Tenía que saber el apellido de esta niña! Luego de unos segundos, Puck rompió el abrazo y miró a la pequeña de ojos avellanados.

– ¿Cómo te llamas? –fue lo primero que llegó a su cabeza.

–Beth –respondió su hija–. Beth Cor- Beth Puckerman.

Los ojos de Quinn se llenaron de lágrimas en ese instante y empujó a Puck lejos para poder abrazar a su hija, a la cual no veía hace 14 años. Estaba enorme, y ya podía ver a una mujer en ella. Era perfecta, era igual a su padre para sus ojos. La última vez que la vio, se parecía a ella. Pero ahora era toda una Puckerman, incluso en su actitud.

–Muy encantador –dijo Kate con sarcasmo– ¿Podemos seguir?

–Déjala –dijo Addison–. Tú estarías igual si jamás hubieras visto a tus padres.

Beth se volteó a mirar a Kate y le dio una bofetada. Luego miró a sus padres quienes la miraban boquiabiertos.

–Decía que me habían abandonado… la Sra. Schuester me dijo que ustedes no lo hicieron –hizo una pausa– ¿Verdad?

Puck y Quinn se miraron sin saber qué decir

– ¿Podríamos hablar en privado? –dijo Quinn mirando a su esposo y luego a su pequeña hija de 15 años.

– ¿Ahora? –preguntó Finn.

Quinn simplemente asintió. Finn la imitó dando el pase a que sacaran a Beth del salón. ¿Qué le dirían a la pequeña? ¿La convencerían de irse con ellos? ¿Era eso legal?

–Bien, ¿De qué quieren hablar? –preguntó Beth con su mejor sonrisa. Algo que no se veía en mucho tiempo– ¿Tengo hermanos? ¿Quieren llevarme con ustedes? ¡Yo sería feliz si lo hicieran, he planeado mi vida entera con mi padre en un cuaderno desde que sé escribir! Sin contar las muchas cartas a Santa que me hacían escribir cuando pequeña al igual que mis compañeros no judíos, en las cuales debía pedir algo para navidad y lo primero en mi lista era un papá… y no como los novios desagradables de Shelby que siempre me llevaban juguetes, uno de verdad que me enseñara a andar en bicicleta… fuera a jugar Baseball conmigo o me fuera a ver a los partidos de fútbol cuando era porrista o me fuera a ver a mis recitales de ballet… –hizo una pausa y miró a Puck– alguien a quien poder darle un regalo el día de los padres… –bajó la mirada y secó sus lágrimas. No quería que su padre la viera llorar. Debía ser fuerte– alguien que me defendiera de mi madre cuando hiciera una travesura… alguien que me hubiera enseñado a conducir…

–Para, por favor –suplicó Puck, quién se agachó para mirar a su hija–. Siento no haber estado ahí… en serio quería, Beth… pero sabes lo difícil que es ser padre a los 16 –acarició su mejilla limpiando sus lágrimas–. Estás hermosa. Mucho más de cuando te vi por última vez.

Los ojos de Beth se abrieron como platos. ¿Ya la había visto antes? ¿Por qué no lo recordaba?

– ¿Me habían visto antes?

–Un par de veces –asintió Quinn limpiando sus lágrimas–. Pero tenías un año y medio… no nos recordarías aunque lo quisieras.

–Oh… –dijo Beth asintiendo con la cabeza– hubiera deseado que ustedes hubieran estado ahí para mí cuando más lo necesité.

Puck y Quinn se miraron con culpabilidad. Nunca pensaron que Beth sería así, siempre la imaginaron como la típica niña mimada. Pero al parecer no. Lo único que quería era amor de parte de un padre y una madre. Sus verdaderos padres.

– ¿Les puedo preguntar algo? –preguntó Beth. Puck asintió– ¿Alguna vez se arrepintieron de ponerme en adopción?

Okay, ninguno de los dos se esperaba esa pregunta. Pero ambos sabían muy bien la respuesta. Ambos padres entraron en el salón más cercano a ellos y cerraron la puerta dejando que su hija se sentara frente a la mesa del profesor.

Puck conocía ese salón. Ahí dio el examen más difícil que ha dado en su vida. El de geografía. Se sentó en el escritorio donde se sentaría la Sta. Doosembury de brazos cruzados y miró a la rubia. Quinn se sentó junto a ella y la miró con seriedad.

–No han contestado mi pregunta… –dijo Beth bajando la mirada. De seguro nunca se arrepintieron.

–Sí nos arrepentimos –le dijo Puck–. Luego no… y luego mucho, eso fue cuando te encontramos otra vez –aclaró.

–Pero en el fondo sabíamos que estábamos haciendo lo mejor para ti –complementó Quinn mirando directamente a los ojos de su amada hija–. Sólo piénsalo, si nos hubiéramos quedado contigo, no tendrías la vida que tienes ahora.

– ¡Pero los necesitaba! –dijo Beth comenzando a llorar nuevamente– Shelby jamás me entendió bien –miró a Quinn– ¡Necesitaba a mi mamá!

–Shelby es tu mamá –dijo Puck.

– ¡No, no lo es! –le respondió Beth tal como Quinn le hubiera respondido– Tengo actitudes que ella jamás ha entendido, ¡Ustedes sí me entienden! Necesitaba un padre… una mamá de verdad… no una mujer que firmó un par de papeles… y por supuesto un hombre en mi vida que me diera amor y no juguetes –finalizó.

–Beth… nosotros… –intentó decir Quinn.

Beth se puso de pie.

–Ya olvídenlo –dijo caminando hacia la puerta–. Ustedes tampoco me van a entender nunca.

Dicho eso salió del salón para llorar nuevamente. Siempre lloraba, y ahora tenía una verdadera razón para llorar. Sus padres biológicos no la entendían… o peor aún. No la querían.

How i wish, how i wish you were here.
we're just two lost souls
swimming in a fish bowl,
year after year,
running over the same old ground.
what have we found?
the same old fears.
wish you were here.