HOLA OTRA VEZ! MAÑANA ME TOCA DAR CLASES OTRA VEZ, POR LO QUE NO ESTARÉ EN LA PC EN TODO EL DÍA. ENTONCES DECIDÍ SUBIR AHORA MISMO OTRO CAPITULO MÁS DE ESTA NUEVA HISTORIA.
ESPERO QUE LES GUSTE.
GRACIAS MIS QUERIDAS/OS LECTORES, AMIGAS/OS POR LEERME SIEMPRE!
YO, QUILEUTE
CAPITULO 1 ~ CONOCIÉNDOME
El profesor Duran hacía su clase de biología frente a mí como si esas fueran las clases más maravillosas e interesantes del universo, pero en lo único que podía pensar era en llegar a casa y encerrarme en mi cuarto a escuchar música. Sabía que al llegar a la mansión Jake no estaría allí, pues el día anterior me había hablado acerca de que sus patrullas se habían extendido por más horas a causa de una "manada" de chupasangres que rondaban su territorio.
Nahuel tampoco estaría allí, ya que se había ido a Sudamérica a visitar a sus hermanas y a su tía Huilén. Él se había unido a nuestro aquelarre hacía unos tres años, había llegado justo el día de mi cumpleaños. Mi familia lo recibió con mucho cariño puesto que gracias a él no se había fomentado una guerra con los Vulturis aquella vez que habían venido por mi culpa. Al principio, había venido sólo de visitas, había escuchado que le decía a mi padre que quería verme a mí principalmente y en ese entonces nadie objetó nada, excepto Jake.
Mi tan celoso y protector mejor amigo. No había recuerdo en que no apareciese en mi memoria. Cada corta etapa de mi vida estaba custodiada por ese lobo. Desde un principio lo sentí unido a mí, nos pasábamos horas y horas jugando, hacía todo lo que le pedía, me hacía sonreír como ningún otro sabía hacerlo. Recuerdo claramente la vez en que se disfrazó de payaso para mí, porque yo deseaba con todas mis ganas ir al circo de la ciudad, pero mis padres no me dejaban ir pues jamás había estado, en ese entonces, en contacto con humanos, no querían arriesgarse a que mordiera a alguien cegada por la sed o por ese aroma tan dulce que provenía de sus venas. Entonces hizo su aparición en el jardín, llevaba largos zapatos verdes, pantalones anchos rojos y una camisa azul con lunares rosados. Traía peluca roja y su cara estaba completamente blanca como sus manos. En el primer instante no lo había reconocido, lo hice recién cuando miré sus ojos y me había perdido en ellos y en la blancura de su sonrisa. Era muy pequeña en ese entonces, tendría unos 7 años en lo que al físico respecta, y ya conocía sus virtudes en sus facciones. Me había reído como nunca lo había hecho, mi madre reía conmigo sentada en el suelo, a mi lado. Emmett también estaba disfrazado pero sólo tenía ojos para una sola persona.
Y como ese me inundaban billones de recuerdos, que estaban marcados en el interior de mi piel, para jamás salirse con el correr de los años.
- Señorita Cullen. Le he hecho una pregunta. – me había sacado de mis pensamientos el profesor, me sonrojé de inmediato y agaché mi cabeza para luego excusarme.
- Lo siento. – dijo mi voz tímida. – No he escuchado su pregunta.
- Me he dado cuenta. – me respondió sin volver a preguntarme, lo que agradecí pues no sabía de lo que estaba hablando en realidad, aunque seguramente ya había visto el tema en esos días en los que mi padre se había vuelto mi profesor.
Al salir de clases casi corrí hasta la puerta de entrada pero me vi frenada por Mary. Era mi única amiga desde que había empezado el instituto, sólo amigas en el colegio, jamás habíamos compartido salidas o charlas demasiadas íntimas, no me interesaba hacerlo pues para eso tenía a Jake a mi lado, o a Nahuel, que se había vuelto mi mejor amigo también.
- ¿Necesitas que te lleven? Hoy he traído el auto de mi madre, me lo ha prestado por sacar diez en aritmética.
- Realmente eres de otro mundo. – le dije mientras continuábamos caminando hacia el exterior. – De hecho…, creo que sí. ¿Podrías acercarme aunque sea un trecho hasta casa? No tengo ganas de caminar.
- Qué va. Te llevaré hasta la puerta, de paso conoceré un poco más de tu mundo. – soltó moviendo las llaves entre sus dedos.
- ¿Por qué quieres saberlo todo de mí? – le pregunté ya que siempre había intentado obtener más respuestas a sus preguntas, de las que realmente solía darle.
- ¿Por qué te rehúsas a confiar en mí?
- Yo confío en ti.
- No lo suficiente. Yo te aprecio lo suficiente como para contarte de mi vida de vez en cuando.
- Yo también te aprecio, Mary. Siento mucho no ser la amiga que te mereces. – dije apenada mientras llegábamos a su auto.
- No se trata de eso. Eres una chica muy misteriosa, ¿lo sabes?
- Creo que sí. – le respondí recordando quién era en verdad. Una híbrida, mitad vampiro, mitad humana. No podía contarle eso. No podía salir a cenar con ella, ya que siempre mi plato preferido había sido la sangre, no podía contarle que mi padre tenía 17 años y mi madre 18. Que mis abuelos parecían de menos de 30 y que todos éramos un aquelarre de vampiros residiendo en Forks. No podía contarle cosas de mi vida, al menos que fueran mentiras. Y no quería mentirle. Era injusto después de que Mary confiara en mí para contarme sus secretos.
Subimos al auto y fuimos en silencio durante todo el rato. Iba a decirle que me dejara al comienzo del camino que dirigía a mi casa, pero mejor me callé la boca. Eso la haría sentirse rechazada y la decepcionaría, y no quería eso.
- Dobla en la siguiente. – le indiqué. Se sorprendió pero así lo hizo y pronto nos vimos en un camino de tierra lleno de árboles a nuestro alrededor.
- ¡Vaya! Jamás había estado tan adentrada en el bosque, me da miedo la oscuridad. – dijo mirando cada lugar con los ojos como platos.
- Si quieres puedes dejarme por aquí, sólo queda un trecho para llegar a mi casa. Yo no le temo a la oscuridad. – y era cierto, no podía hacerlo, ya que de los vampiros se decía que éramos hijos de la noche. Mis ojos veían más allá de lo que un simple humano veía realmente. No existía oscuridad para mis ojos, aún en un cuarto pequeño con todas las luces apagadas, siempre sería capaz de vislumbrar algo.
- No, dije que te llevaría hasta la puerta de tu casa y así lo haré. – dijo corajuda, sólo esbocé una sonrisilla.
Cuando llegamos a la mansión había detenido el auto en seco y sólo era capaz de ver mi casa con la boca casi tocándole el suelo. Las luces estaban encendidas y desde una ventana vi a mi madre observándonos.
- Mierda. – escuché que decía por lo bajo.
- Esta es mi… casa. – le dije desabrochándome el cinturón de seguridad. – Gracias por traerme.
- Jamás imaginé que serías de esas personas que tienen plata. Te ves tan normal, incluso más normal de lo que yo soy. Creí que me encontraría con una cabaña o algo así.
- Tenemos una cabaña a unos metros de aquí. – le dije con una sonrisa y ella sólo me miró asombrada. – Mis padres han ahorrado mucho a lo largo de su vida. – y era cierto. – Y a pesar de la riqueza, me han educado para ser común y corriente. Gracias a Dios.
- Eres… eres increíble, Renesmee. Cualquiera se dejaría llevar por…
- ¿El dinero? ¿La ambición? – la interrumpí. - Tú insististe en conocerme. Esta soy yo. No hay nada de cosas de lujos en mi interior, sólo soy Nessie.
- Tú eres un lujo. – me dijo e hizo una pausa para tragar saliva antes de continuar. – Me pregunto si…
- ¿Quieres pasar? – le pregunté sabiendo a lo que se refería.
- ¡Sí! – casi gritó. – Lo siento, sé que parezco un niño en un parque de diversiones. Sólo es tu… mansión de paredes de cristal y excesivamente enorme. – soltó atropelladamente.
Nos bajamos del auto mientras el sol terminaba de ocultar sus últimos rayos de sol por entre los árboles. Ingresamos y nos encontramos con un Edward sonriente.
Miré de reojo a mi amiga y fui testigo de cómo se le caía la baba por mi padre. Eso era asqueroso. Se había quedado prendida en sus ojos dorados.
- Hola, soy Edward, el… hermano de Renesmee. – le dijo tendiéndole la mano, tenía esa sonrisa suya cuando leía los pensamientos de las personas y le gustaban. Seguramente mi amiga se estaba babeando hasta en su mente. Ni siquiera notó la dureza y la frialdad de su mano cuando la sostuvo, sólo sé que no quiso soltarla tan deprisa.
- Ho… hola. – tartamudeó. – Nessie jamás me ha dicho que tuviera un hermano. Realmente se parecen, sólo que tú… tienes los ojos más hermosos que jamás haya visto. ¿Son lentes de contacto? – la muy descarada se le estaba tirando a mi padre, sólo sentí un poco de rechazo pero luego reí para mis adentros cuando mi madre se apareció a su lado.
- Hola. Tú debes ser Mary. Soy Bella, la novia de Edward. – sus ojos estaban oscuros. Mi madre siempre tan celosa de mi padre, aun sabiendo que él jamás pensaría en otra mujer que no fuese en ella.
- Oh, y tienes novia. – le dijo a mi padre casi ignorando por completo la presencia de mi madre.
- Sí. Ningún integrante de mi familia está soltero. Todos casados, excepto yo, claro, que soy joven para eso. – le comenté.
- Muy joven. – dijo por la bajo Edward de modo que sólo Bella y yo lo escuchamos.
- Espera un segundo. ¿Quieres decir que hay más como él? – preguntó mi amiga y pude sentir cómo su corazón se aceleraba. Era absurdo, ni siquiera le gustaba en serio mi padre, sólo se sentía atraída por su belleza como cualquier presa se siente atraída a su depredador. Me lo había explicado mi padre una vez. De modo que todos los vampiros eran hermosos y no podía decir lo contrario, en mi familia todos lo eran, incluidas las mujeres.
- Sí. Hay más. – sonreí. – Tranquila.
- Vale. – suspiró. Mi padre sonreía.
- Qué bueno que Renesmee te haya traído a conocer nuestra casa. Jamás trae a sus amigos aquí. – habló mi madre.
- Es porque no los tengo, salvo Mary.
- Tú tampoco te das mucho. – respondió ella. – Si yo no me hubiese acercado a ti, tú seguirías deambulando sola por el instituto.
- Vale, vale. Demasiado información para mis… mi hermano y su novia. – hice una pausa. - ¿Quieres que subamos a mi habitación? El atardecer se ve genial desde allí.
- ¡Pues claro! – dijo eufórica. – Vamos.
Pareció olvidarse de la presencia de Edward y comenzó a caminar hacia las escaleras sin saber siquiera dónde estaba mi cuarto. La seguí y subimos juntas hasta llegar a mis aposentos.
Era una habitación extensa, a primera vista se veía mi cama grande y llena de almohadones violetas. Tenía un ventanal gigante que daba a un pequeño balcón donde descansaban dos sillas. Allí me pasaba horas hablando con Jake cuando entraba a mi casa a hurtadillas.
También había un espejo de pie dónde había pegadas unas cuántas fotos. Tras de él estaba el vestidor enorme que había instalado tía Alice allí. Mary casi se cae de rodillas cuando lo vio. Corrió de inmediato allí, sabía lo adicta que era a la moda, pero se encontró con ropa corriente, pues mi madre la había llenado de mis prendas favoritas, aunque Rose también había metido allí unos cuantos vestidos que estaban metidos en bolsas oscuras, de modo que no los vio.
- Es un cuarto de princesas. Toda mi vida he soñado con una habitación así. Salvo que llenaría ese vestidor con miles de zapatos y miles de mini faldas, vestidos y blusas a la moda. No entiendo tu desprecio hacia la moda. – me dijo con los brazos en su cintura.
- No me gusta la moda, me gusta la ropa cómoda. – me excusé sentada sobre mi cama.
- ¿Tienes tu propio baño? – asentí y se perdió tras él. – Esto es genial. – la oí decir. Luego salió refregándose las manos, podía oler un poco de mi crema en su piel. Sonreí, mi amiga parecía una niña en una juguetería realmente. – ¿Quieres que te ayude a decorar tu habitación? Primero cambiaría el color, ¿paredes blancas y violetas? Eso es aburrido.
- Oh por favor, no empieces. Me asustas, te estás pareciendo a Alice.
- ¿Quién es Alice?
- Mi hermana. – mentí y mi corazón se estrujó un poco, no me gustaba mentirle. – Es amante a la moda, diseña ropa y también se encarga de meterme cosas en la habitación, como ese vestidor. Por suerte tengo a Bella que me entiende.
- ¿Bella vive aquí? – preguntó de pie junto al espejo. Luego miró detenidamente las fotografías que había allí.
- Sí, está casada con Edward, hace unos años ya.
- ¿Quién es él? – preguntó entonces señalando una de las fotos.
- ¿Quién? – estiré el cuello para ver mejor y vi a Jake. Sonreí a mi lado mientras yo lo miraba embobada y sostenía un pequeño ramo de flores en mis manos. Mi cabello estaba suelto, su torso al descubierto. – Es Jake. – le respondí recordando ese día. Era el día de la amistad y había venido a verme con aquellas flores en su torpe mano. Alice nos había tomado esa foto.
- ¿Es tu… novio? – me preguntó mirando las demás. – Está en todas aquí. Tiene que serlo.
- Oh, no. – me ruboricé. – Es mi amigo, de hecho es mi mejor amigo. Nos conocemos hace muchos años ya.
- ¿Y te gusta? – dijo caminando hasta que se sentó a mi lado.
- No. – respondí de inmediato fijando la mirada en mis manos. Estaba comportándome absurdamente. Sólo eran unas tontas preguntas acerca de Jake, seguramente se lo quería tirar.
- Ah. – dijo. - ¿Tiene novia? – lo sabía. Sólo preguntaba porque le había gustado su cuerpo. Jake era hermoso también, al igual que cada integrante de mi familia. Sólo que su tez era cobriza y cálida, sus ojos no eran dorados, más bien marrones oscuros en los que siempre lograba perderme. Podrían parecer unos ojos comunes pero cuando él me miraba, no lo eran. Pues su mirada era intensa, como lo era todo en él. Suspiré.
- No tiene novia. ¿Acaso te lo quieres tirar?
- ¿Quién no? – sonrió. - ¿Nunca lo has mirado con otros ojos? Me refiero a sí siempre lo has visto como un amigo…
- Claro que sí. Es Jake. Es como mi hermano, crecí junto a él. Sería… asqueroso mirarlo con otros ojos. - ¿realmente lo sería?
- Pues a mí no me resulta para nada asqueroso verlo. Tiene una sonrisa preciosa.
- Bueno ya. Algún día te lo presentaré pero prométeme no hablarme de esa forma de él.
- ¿Por qué no?
- Pues porque es Jake. – "mi Jake".
- De acuerdo. – se dio por vencida levantando la cabeza y mirando todo a su alrededor. - ¿Nos sentamos fuera?
- Bien. – dije poniéndome de pie y caminando hacia el balcón.
El bosque estaba a mis pies, tan oscuro, tan tranquilo. El sol al frente ocultándose completamente en el horizonte, las estrellas inundando el azul oscuro cielo.
- Es hermoso. Jamás había prestado atención al cielo.
- Te dije que desde aquí los atardeceres son geniales. – le dije mirando al cielo como ella.
