Los personajes no son míos. Solo la historia lo es ¡Te odio Meyer! ¡Porque ha creado a Hombres/Vampiros/Lobos tan irresistible! ¡Yo también quiero uno!... A ti también te odio Bella Swan
Se adentro a la habitación del lujoso hotel, encontrándola allí, sentada en el alfeizar de la ventana, con la mirada completamente perdida y su cuerpo totalmente inmóvil. No pudo evitar compárala con un cuerpo sin vida alguna, sin embargo el acelerado movimiento que hacia su pecho al respirar entre sollozos le indicaba lo contrario.
Se acerco hacia ella, intentando no hacer demasiado ruido, sin embargo, para Emmett McCarty aquello era casi imposible. Tal vez su madre tenía razón, y los genes de su padre no le permitían pasar desapercibidos, aunque claro, las palabras de su madre, de manera indirecta, iban dirigidas hacia su progenitor de forma insinuante, aunque siendo completamente sincero, él jamás quiso terminar analizar del todo aquella insinuación.
Suspiro, volviendo a fijar el rumbo de sus pensamientos hacia la menuda castaña que lloraba silenciosamente a pocos pasos de él. Aun no entendía cómo es que Charlie Swan podría ser su tío, su tío preferido, se había escuchado decir en la grabaciones caseras que su madre le había mostrado; y se pregunto, si de niño su instinto o su habilidad para reconocer a las personas crueles le fallaba de manera caótica. La respuesta era sola y únicamente afirmativa. Charlie Swan era la persona más asquerosamente cruel que podría haber pisado el planeta.
La escucho suspirar, mientras se limpiaba las lágrimas con el fino sweater que llevaba.
— Lo odio, Emmett.
— Lo sé — aseguro el pelinegro, otorgándole ese abrazó que ella necesitaba para seguir manteniéndose cuerda. Y es que aun no lograba entender como aquel hombre, podría llegar a odiarla con tal magnitud, aunque claro, cada que esa pregunta se presentaba en su mente, la respuesta era brindada casi al ínstate por su traicionero inconsciente — No llores más — solo sus palabras lograron que fuera consciente de que había vuelto a llorar como una niña.
Dolor.
El dolor que sentía en ese momento, no era más que una ligera replica del que sentiría en cuanto el ultimátum de Charlie fuera cumplido. Lo sabía. Lo presentía con cada fibra de su ser, sumiéndola en un abismo rodeado de furia, coraje y aceptación, porque si bien sabía que podía negarse ante semejante orden, también sabía que había demasiadas cosas que perdería al hacerlo, y aquello era lo que la detenía.
— A veces creo que él también me odia a mí — dijo la joven, abrazándose aun más al musculoso cuerpo del chico. — Tal vez debería de haberme muerto hace diez años, tal vez él…
— Siquiera se te ocurra pensarlo, Isabella Swan — el gruñido que había soltado, amenazante y furioso, logro detener a la chica del rumbo por el cual iban sus pensamientos. — Escucha — ordenó, mientras sujetaba su delicado rostro entre sus manos, obligándola a que mirase a los ojos. — Jamás... Nunca, pienses que las cosas serias diferentes de haber muerto tú con ella, porque sabes que no sería así, ¿Entiendes? — Gruño mientras ella asentía — No existen los tal vez, así como tampoco existe el qué hubiera sucedido sí… Tu estas aquí, y créeme que sí él no lo sabe apreciar, los demás si sabemos.
— Me odia — volvió a repetir la castaña, como si aquella verdad le doliera aun más que el agarre que su primo ejercía sobre ella.
— Eso no importa.
— Es mi padre, Emmett. Es mi padre y me odia, claro que importa — aseguro, recostando su cabeza en el cristal del ventanal, sintiendo el frío hacer contacto con su piel, volviendo a observar a los pájaros volar tan cerca, y a las personas caminar tan lejos, pareciendo, desde allí, ser pequeñas motitas de colores moviéndose por el frondoso parque.
Emmett guardó silencio por unos instantes, pensando en la respuesta adecuada para tal afirmación, que, siendo completamente sincero, no parecía estar muy alejada de la realidad.
La castaña sonrió con tristeza.
— ¡Estamos en pleno siglo XXI y me obligan a casarme! — Chilló con sorna — Te imaginas lo que dirá medio mundo cuando sepan que la adolescente hija del multimillonario Charlie Swan, se casara con el hijo del magnate Carlisle Cullen. — Emmett negó, concediéndole de manera respetuosa un momento para que ella descargara su furia en suposiciones sin un fin determinado — Edward Cullen es guapo, y tiene un futuro brillante por delante, dijo — la castaña, recordó, bufando con furia — ¡Me importa un cuerno él y su futuro! ¡Solo tengo diecisiete años!
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Caminó un largo rato dejándose guiar por sus pasos, sin tener un rumbo fijo. Necesitaba despejarse. Sus pensamientos parecían multiplicarse de manera considerable cada que se encontraba en la mansión, lugar en donde su familia aprovechaba para abordarlo con la mas insustanciales de la preguntas, que lograban sacarlo de quicio, generando largas y molestas discusiones con su padre.
Tomó aire llenando sus pulmones de oxigeno. Se sentía atrapado, arrinconado y denigrado a no ser más que un peón que debía obedecer las órdenes que dictaminaba su rey.
Odiaba sentirse así.
Toda su vida había sido dueño de sus elecciones, porque pese a tener unos abuelos chapados a la antigua, creyentes de que el deber de todo primogénito era mantener el honor del apellido Cullen, él siempre había logrado salirse con la suya. Siempre encontraba la manera de saltarse toda regla, toda orden, obrando como una locomotora, arrastrando todo a su paso, pero ahora, allí, no hacía más que sentir que aquella libertad que creía poseer, no era más que una ilusión que habían creado para mantenerlo a raya, y tal vez, después de todo, así era...
Apenas rozaba la media noche cuando su presencia había sido requerida en la biblioteca, y es que aunque en circunstancias normales se hubiera negado a asistir a dicha reunión de negocios, de su padre y su abuelo, esta vez, la curiosidad había logrado que en esos momentos se encontrara caminando hacia la puerta de caoba que separaba la sala de invitados de la biblioteca.
Se adentro sin siquiera golpear, sabiendo que no recibiría más que una mirada de censura por parte de su abuelo. Él sonrió campante, adentrándose al lugar hasta sentarse en el reconfortante sofá que se encontraba en uno de los laterales de la habitación.
— Llegas tarde Edward — le recordó su abuelo. Si había algo que Peter Cullen respetara más que la inteligencia, era la puntualidad, y aunque Edward lo supiera, el molestarlo era algo que a lo largo de los años, parecía haberlo adquirido como un habito, divertido, molesto e irremediable, habito. Y ambos lo sabían
— Lo siento — la disculpa hubiera estado bien, de no ser por el matiz burlón que desprendían las palabras del cobrizo. Ambos hombres mayores, fruncieron el ceño, para luego suspirar con cansancio. El muchacho jamás cambiaría — ¿Por qué se supone que nos encontramos aquí, a mitad de la noche, en esta reunión?
Carlisle fue el primero que se atrevió a hablar, y acorde la voz titubeante de su padre iba tomando forma, explicándole los distintos sucesos por lo cual la empresa familiar se encontraba en un estado catastrófico, Edward no hacía más que arrepentirse de haberles dado el pie para que ellos continuaran hablando de manera incesante, aprovechando su momentáneo mutismo.
— ¡Están jodidamente locos! — había gritado con rabia, sintiendo su cuerpo temblar. Aun no podía, ni quería, comprender aquella orden camuflada en un patético relato. Lo estaban encerrando. Lo obligaban a atar su vida a otra persona, una completa desconocida — ¿Qué clase de…? ¿Cómo...? ¿Quién se prestaría para semejante farsa? — termino de preguntar sin mucha resolución, sabiendo que su voz se encontraba dos octava más alta que la normal, y que posiblemente ya había despertado a todos los que en algún momento se encontraban durmiendo.
Observo a su padre, intentado buscar en sus ojos algún indicio que le indicara que todas aquellas palabras no habían sido más que un cruel y patética broma. Nada. Ni un destello de alegría.
— Hijo, solo es una… opción — dijo Carlisle en tono conciliado, pero Edward, por el momento, no pretendía ser en absoluto dejarse apaciguar por aquel tono.
— Una opción que nos salvaría de perder millones de dólares y nuestros socios más importantes — agregó Peter, no siendo capaz de observar como los ojos de su nito se encontraban inyectados por una furia tan avasalladora que siquiera el soldado más valiente podría atreverse a enfrentarla. La voz de Edward al hablar, carecía de emoción alguna.
— No lo hare. Apenas tengo dieciocho años.
— Piénsalo muchacho. Piensa en tu familia — había escuchado decir a su abuelo, mientras se alejaba a grandes zancadas de aquel lugar que parecía reducirse con cada instante que pasaba.
Y desde ese día, las relaciones que parecía tener con su padre y su abuelo, había desmejorado considerablemente, porque él no podía hacer otra cosa que ver en los rasgos de los hombres que una vez admiro, pequeños indicios de orgullo. Ambos estaban orgullosos de que él hubiera aceptado aquella maquiavélica propuesta, y aquello le parecía asqueroso.
— Hoy es el gran día — aseguro una voz su espalda. No necesito voltear, ¿Para qué? Esa voz lo había acompañado desde que ambos habían aprendido a hablar, por lo que ya estaba más que familiarizado con aquella tonada melodiosa y cantarina. — Hoy la conocerás, ¿no? — Edward asintió, palmeando la hierba húmeda, indicándole a su melliza que se sentara junto a él. Ella así lo hizo — Oí que es hermosa
— Y yo que es una frígida — no pudo evitar responder, recibiendo como respuesta un golpe en su antebrazo. Rodó los ojos ante esa camarería inexplicable que las mujeres sentían por las de su propio género. El ruñido que Alice le había profesado le resulto hasta cómico, haciéndolo sonreír de manera tenue — No me dejare guiar por lo que dicen, de ser así, debería de empezar a idear algún plan para quitarle lo frígida, ¿No crees? —tal vez Alice Cullen era pequeña pero, Edward reconoció, que le había enseñado a golpear como todo una profesional. — Mierda, Alice, ese sí dolió
— Jodete, zopenco
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Él les lograba quitar el aliento, brindándoles con una sola mirada más erotismo del que habían recibido de sus amantes, y es que nadie podría resistirse al muchacho de ojos jades y cabello cobrizo.
La translucida piel de Edward centelleaba tenuemente a la luz de la luna que se filtraba por los grandes ventanales del salón, logrando que las mujeres de rededor no pudieran hacer más que admirar aquel traje negro que se adhería a cada parte del cuerpo que ellas observaban con algo más que curiosidad, y sin sentirse decepcionadas, terminaban paseando su vista por sus duras fracciones y magnéticos ojos.
— ¿Cómo te encuentras? — escuchó que le preguntaban desde atrás. Esbozó una ligera sonrisa, volteando con exagerada lentitud, encontrándose con uno de los pocos rostros familiares que podría reconocer en aquel desfile de falsedad.
— Jasper. — aprovecho a saludar al muchacho de cabellos dorados y ojos azules, escabulléndose de aquella aburrida charla sobre buques, que segundos antes estaba condenado a escuchar. El rubio le sonrió — Alice te ha quitado la correa — el comentario sarcástico no hizo más que hacer reír al chico, quien con un asentimiento se dispuso a contestar.
— El que sea novio de tu hermana, no significa que deje de ser tu mejor mejor amigo
— Mi hermanita. — corrigió. Una mueca de desagrado se dibujaba en los carnosos labios del pelicobrizo, quien moviendo su cabeza de manera negativa, intentaba alejar los pensamientos que colocaban su hermana menor y a su mejor amigo, besándose, o en situaciones mucho mas… intimas. Bufó. Aun no lograba acostumbrarse al hecho de que amos parecían amarse
El rubio negó con notable diversión. Conocía lo suficiente al chico como para saber qué era lo que pensaba cada que lo observaba de la mano de la dulce y temperamental Alice Cullen.
— Apenas es un año menor que tú — corrigió — No soy un pedófilo Edward
— Lo eres para mí.
— ¿De verdad debemos discutir esto? — Ironizó Jasper — ¿Por qué no mejor me engañas contándome que tan bien te encuentras? — Edward no pudo evitar poner sus ojos en blanco. Su amigo era un maldito enfermo que no podía vivir si hacer un jodida pregunta retorica en cada conversación, y está, parecía ser una de ellas.
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Parpadeo casi con incredulidad. No era ciego. Sabía de la belleza natural y exótica que poseía su prima, pero el verla enfundada en aquel vestido que remarcaba sus curvas, lo hacía sentirse extraño. La volvió a observar, sabiendo que ella hacía lo mismo con él a través de reflejo que le ofrecía el espejo.
Sonrió embelesado.
— Te ves maravillosa — aseguro la mujer. Y era verdad, ese vestido largo hasta el piso, lograba amoldarse a su esbelto cuerpo, resaltando en la medida justa cada una de sus curvas, destacando a su vez, la palidez de su piel con lo rojo del color. Rió al ver como la castaña se entretenía acariciando las pequeñas piedrecillas plateadas que adornaban la cintura tipo imperio que tornaba la caída del vestido en línea A
— El escote… — la voz disconforme de Emmett lo hizo voltear hacia la puerta. Allí se encontraba el grandulón, intentando acomodar su cabello rizado que parecía presentarle lucha — No me gusta — todos en la habitación fruncieron el ceño. Emmett, disconforme. Kristie, molesta. Bella, avergonzada por la momentánea atención que estaba recibiendo el escote de su vestido, y él, evaluando las palabras de Emmett… El escote con forma de corazón acentuaba y realza tus perfectos senos, luciéndolos tersos y apetecibles ante los ojos de cualquiera que se atreviera a mirar.
— A mí tampoco me gusta
— Pero a mí sí — aseguro Kristie siendo la voz cantante e ignorando las palabras de ambos muchachos.
Kristie Campbell. La institutriz de Bella. Ella era una mujer de rasgos finos, ojos grises y cabello negro que contrarrestaban a la perfección con la característica palidez que poseían todos los ingleses. Había logrado con tan solo cuarenta y dos años ser una de las institutrices más reconocidas y prestigiosas de su país.
— ¿Crees que permitiremos que la vean como un alimento?
— No me importa. Hoy conocerá a su prometido y debe verse bien — aseguró la mujer. Kristen los miro con los ojos entrecerrados, asegurando en modo de advertencia futuras interrupciones — Y no, no se ve burda, sino sofisticada, solo que ustedes los hombres no observan en absoluto el vestido, solo las partes visibles que les interesan
Emmett y Jacob compartieron una mirada de complicidad, para luego asentir de manera curiosamente monocorde.
— Me gusta el vestido — dijo la chica por fin, girando sobre sí misma para observarse de todo los ángulos posibles. Kristie sonrió con orgullo, encaminándose hacia el armario para buscar algún ligero abrigo que combinara con tan exquisita prenda — Pero los zapatos... son una tortura — se quejo con una mueca graciosilla que hizo reír a ambos jóvenes
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Se encontraba platicando cálidamente en la compañía de la compañía de la curvilínea rubia, que no era más que un fiel retrato de los rasgos de su hermano, pero con la belleza digna de toda una modelo con fama mundial. Rosalie Hale era de manera indiscutida mucho más bella que el traidor de su mellizo.
Edward sonrió ante la indignación de la rubia.
— Aun no entiendo porque Esme me hace esto — dramatizo notablemente, señalando su perfecta figura enfundada en un costoso vestido — Mi madre se vuelve loca con estas fiestas, y usualmente Jasper logra escaparse con la excusa de que Alice lo necesita, para no ir de compras con ella, ¿Sabes quién ha tenido que recorrer treinta tiendas para encontrar el vestido perfecto?
— Supongo que tú
— ¡Exacto! — chillo la rubia, sosteniéndose del fuerte brazo del chico mientras continuaba bebiendo la copa de champán que, literalmente,le había arrebatado a un camarero mientras este circulaba con la bandeja, ofreciendo las bebidas. — Odio estas fiestas. Prefiero ir a los pubs en donde los únicos que me observan de manera provocativa pueden hacer algo más que dormir cada que tocan la cama
Edward rió melodiosamente, quitándole la copa a la chica.
— ¡Devuélveme eso!
— Las burbujas del champán te han hecho mal, Rose — dijo no sin cierta burla, guiándola entre la multitud que observaba con curiosidad a la pareja. El muchacho fingió no darse cuenta, mientras que la rubia no hacía más que reírse por los comentarios que escuchaba a su pasar — Uno pensaría que luego de tantos años perderían la esperanza de que formalicemos algún tipo de relación — ironizó, poniendo sus ojos en blanco al escuchar el malicioso comentario que había hecho la esposa del intendente
— ¿Bromeas? Ni mi madre pierde las esperanzas — refunfuño Rosalie, terminando de acercarse a la fuerte figura de su hermano que la observo de hito a hito — ¿Qué miras?
— Demasiado champán — indagó el rubio, poniendo sus ojos en blanco ante el tosco comportamiento de ella. Edward asintió, divertido por la pequeña pelea de mierdas que se había formado entre los mellizos, hasta el momento exacto en el que ella se sintió lo suficientemente mal como para querer tomar aire fresco de la mano de Alice. — Por cierto Edward, ¿Ya la has visto? — pregunto jovialmente, buscando entablar un tema de conversación
— ¿A quién?
— A tu prometida. Ha llegado hace más de veinte minutos…
¡Lo prometido es deuda linduras!
Pues bien, he decidido reescribir esta historia, ya que al ser borrada por un "listillo" he perdido TODO, porque jamás guarde los capítulos ya que jamás pensé que alguien podría borrar mi historia, fuera de eso, quiero agradecerles a todos el apoyo que he recibido a los largo de este tiempo, y aun mas en estos momentos en los que me encuentro atravesando diversos problemas…
¡Gracias bonitos, espero seguir contando con su apoyo SIEMPRE!
¡Los quiero muchísimo!
Besos: Bella-Ragaza
¡Dejen Reviews…!
