Los personajes no son míos. Solo la historia lo es ¡Te odio Meyer! ¡Porque ha creado a Hombres/Vampiros/Lobos tan irresistible! ¡Yo también quiero uno!... A ti también te odio Bella Swan
Los murmullos de irá contenida que escapaban rápidamente de los labios de Edward aun resonaban en su mente, apuñalándola una y otra vez, envolviéndola en una silenciosa agonía.
Mutilare tu mente Recordaba como su voz aterciopelada pronunciaba lentamente aquella frase, con odio, con antelación. Ella nunca le había temido a nadie, pero en aquel momento debía admitir, él la había logrado aterrar.
Definitivamente, aquella noche, Edward Cullen, había terminado de enterrar por completo la dignidad de la heredera.
Bella inspiro desesperadamente, intentando respirar con normalidad, aun así seguía sintiendo cómo el oxígeno escapaba de sus pulmones, haciendo su cabeza dar vueltas…
Su pecho le dolía, casi al son de cada una de las campanadas que resonaban en la pequeña pero elegante capilla que se encontraba en aquel pueblo costero a kilómetros y kilómetros de distancia de New York, como si se encontraran sincronizados.
— No puedo hacerlo, no puedo… — murmuró lentamente, observándose a sí misma en el gran espejo de pie que se encontraba en la mitad del pequeño salón. Se iba a casar allí, en menos de una hora, y estaba aterrada. Apenas conocía a los invitados que se encontraban esperando a que la ceremonia diera inicio, su prometido había afirmado que sentía repulsión y odio hacia ella y claramente ella había comenzado a sentir lo mismo que él.
Su vida era un desastre, un gran y catastrófico desastre.
Suspiró. Sus ojos habían comenzado a escocer. Chilló audiblemente, furiosa consigo misma por todo, por querer llorar, por verse atrapada, por no ser capaz de remediarlo, por no actuar como debería. Se sentía tan débil… tan patética.
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Isabella aún no había reparado en su presencia, aunque el tampoco esperara que lo hiciera. Ella se veía especialmente concentrada en observar su blanco vestido. El vestido perfecto, pensó, incapaz de dejar de lado el sarcasmo, observándola enfundada en aquel peculiar vestido con encaje y trasparencias, que parecía estar inspirado en el siglo veinte, pues recordaba haber visto un diseño similar en la fotos del casamiento de en su madre con su vestido de novia.
En una situación normal, le hubiera importado muy poco qué vestido utilizaba aquella muchachita de cabellos castaños, pero aquella no era una situación normal, después de todo, se trataba de su boda, ambos se casarían en aproximadamente cuarenta minutos, y por más que no le gustara admitirlo, ella era hermosa y aquel vestido se le veía perfecto.
Carraspeo, incomodo por el rumbo que sus pensamientos tomaban. Dio un paso hacia delante, sonriendo al verla sobresaltarse tiernamente al percatarse de su presencia. Y es que él tampoco debería estar allí, pero se le había hecho imposible resistirse al hecho de que sabía, por lo que había dicho Alice, que su futura esposa se encontraba sola en el pequeño saloncito que la capilla le otorgaba a la novia.
Aquel era el momento indicado para hablar con ella, no solo por las amenazas que había recibido de su madre, sino porque realmente se sentía culpable por las hirientes e insensibles palabras que le había dedicado en su primer encuentro.
No tenía justificación, lo sabía, así como sabía que Esme tenía razón al haber repudiado su comportamiento en aquella fiesta, al escaparse con Brooke para tener sexo, pero en aquel momento, en el momento exacto en que su madre señaló a la deslumbrante castaña con mirada perdida detrás de ella, adjudicándole el título de su prometida, él no había podido hacer más que sentirse atacado, y por ende atacar con la misma furia y crueldad con la que lo había hecho…
Volvió a la realidad, alejando los recuerdos de su mente. No quería recordar los ojos decepcionados de su madre ni la mirada condescendiente de aquella castaña vestida con el color de la sangre. Sonrió ante ese pensamiento, observando como ella lo observaba con astucia.
— Siento interrumpirte yo…
— ¿Qué haces aquí? — se vio interrumpido por pregunta. La chica se encontraba en actitud completamente defensiva, cuadrando sus hombros y observándolo con sus profundos ojos chocolates casi con desconfianza. Y Edward no la culpaba, en realidad, él hubiera hecho lo mismo de encontrarse en su posición. — ¿Responderás? — inquirió, seguramente asombrada por su repentino mutismo.
— Vine a disculparme.
— No quiero verte. Vete.
— Me siento… apenado por la forma en que te he tratado hace…una semana— admitió, ignorándola por completo, avergonzado de sí mismo. No solo por tener que haber irrumpido su momento de reflexión, ni tampoco por tener que estar disculpándose al igual que un niño de cinco años, sino por haber estado tan ensimismado en su debate interno, cegado por su orgullo, y haber dejado así que pasaran una semana desde aquella noche en la que se comportó por primera vez en toda su vida como todo un maldito enfermo con una mujer. — Yo…
— No es…
— Entiendo que estés enojada, incluso que llegues a pensar que soy un…
— De verdad no…
— Idiota… — masculló entre dientes, obviando por segunda vez las interrupciones de la chica. Entrecerró los ojos, esperando que entendiera el mensaje y se mantuviera callada, para al fin dejarlo disculparse con ella, tal y como sentía la necesidad de hacer — Y merezco tu odio, incluso yo me odiaría de ser tú, me comporte como un jodido hijo de perra contigo, insultándote y…
— No debes disculparte, tú…
— ¡Podrías cerrar la boca y dejarme disculparme de un jodida vez! — las palabras habían escapado de su boca sin que nada pudiera hacer para detenerlas. Genial, pensó furioso consigo y con ella, otra vez volvía a comportarse como un maldito bastardo en su presencia. Cerró los ojos, masajeándose el puente de su nariz, en busca de un poco de equilibrio mental, ¡La situación lo estaba volviendo loco!
— ¿Disculpa? — la escuchó bufar. Abrió los ojos, curioso, enarcando inconscientemente una de sus cejas a la espera de que ella dijera algo más. — ¡Lárgate ahora mismo de aquí! No te necesito aquí, no en este momento, así como tampoco necesito esto. Tú… Realmente… eres tan… petulante que…
Isabella sintió su rostro arder. Estaba furiosa. Él, literalmente, le había gritado mandándola a callar. Eso era más de lo que podía resistir ese día. Había intentado ser benevolente con él, pues después de todo ambos veían su futuro empañado por un matrimonio que ninguno de los dos quería, pero aquello…
— ¿Qué que, Isabella? — arrugo su entrecejo al escucharlo pronunciar su nombre con cierto matiz de burla. ¡Primero la callaba y ahora se burlaba de ella! Aquello era demasiado, se iba a casar con un completo idiota, tal vez un machista que gozaba de hacer sentir débiles e inferiores a las mujeres, disfrutando del sufrimiento del género femenino, pensó horrorizada, observándolo suspirar derrotado. Era raro. — Bien. Lo siento, ¿Si? Solo pretendía pedirte disculpas, aunque creo que solo logre empeorar todo, ¿Verdad? Realmente lo siento.
La súbita y rápida disculpa del muchacho, la sorprendió. Realmente lo hizo.
Afuera, en el exterior, el día ya estaba terminando, el sol se ocultaba dejando escapar los últimos rayos de luz. Bella eludió la penetrante mirada verde, centrando a su vez la suya en mientras hacia los rosetones de vitral que iluminaban con sus colores el blanco vestido, salpicándolo de alegres colores.
— ¿Por qué pides disculpas, Edward?
— ¿A qué te refieres?
— ¿Qué es lo que te lleva a querer disculparte, tu madre, tu orgullo, la culpa, una táctica?
— No es ninguna táctica, Isabella. Yo de verdad me siento arrepentido por todo lo que sucedió, no pensaba con claridad, yo… jamás le hubiera dicho eso a nadie si…
— Puedes dejar de disculparte, Edward. Es molesto — masculló la castaña. — No te odio, ni pienso que eres un idiota, al menos no del todo. Creo que entiendo tu reacción de ayer, y si bien no disfrute tus mordaces insultos, en cierta manera… no me importaban. Ninguno de los dos compartimos nada, nos conocimos hacia solo una semana y ni siquiera fue un primer buen comienzo, y aun así… nosotros hoy…
— Nos casaremos en media hora — termino de decir él, tomando un asiento frente a ella. La castaña asintió levemente, frunciendo su ceño, casi como si recién en ese instante cayera en cuenta que lo minutos del reloj seguían corriendo… ajeno a lo que ambos querían. Edward gruño por lo bajo, volviendo a observar a su acompañante, esta vez más detalladamente. Ella realmente parecía un ángel, no solo por igualar la belleza que se suponía tenían esos seres celestiales, sino también por aquel halo de inocencia y ternura que irradiaba.
— Apenas eres una niña. — comentó casi con sorpresa. No estaba equivocado, ella realmente se veía como una niña ante sus ojos, tal vez incluso era menor que Alice. Realmente él se tendría que casar con alguien aún menor que Alice, su pequeña hermana, pensó casi con desasosiego. — ¿Cuántos años tienes Bella?
— Diecisiete años, ¿Tú?
— Dieciocho.
— Pareces de menos. — respondió ella.
— Lo mismo digo. — comento él con diversión, observando como la castaña, apoyaba su cuerpo sobre el costado del sofá, aun en actitud defensiva, preparada para tirarle algo si así fuera necesario. — Pareces asustada.
— Me casare con un extraño, y disculpa mi atrevimiento pero creo que no me agradas demasiado — confesó con la mirada baja, sintiéndose mal por soltar tal verdad. — Esto no debería ser legal.
Edward dejó escapar una pequeña y seca carcajada. La castaña era bastante elocuente a decir verdad. Un pequeña y elocuente damita inglesa.
— Cierto. Creo haberte escuchado decirme que era petulante.
— Y tú que yo era un superfluo, estamos a mano.
— Touché.
— Nos casaremos. ¿Lo sabes, no?
— Puedo ver tu vestido, sí. — comentó con tranquilidad, enarcando una de sus perfectas y pobladas cejas. Le sonrío de lado, esperando que ella pudiera relajarse, sintiendo como su tensión acrecía a cada segundo trascurrido. Podía imaginarse cómo se sentía ella en esa circunstancia, como había dicho antes, apenas era una niña y aquello debía de ser demasiado. — Esto no es legal, en realidad, solo se te permite casarte porque tu padre ha firmado una autorización para que ello suceda, en una situación normal, esto no estaría sucediendo…
— Lo sé, entiendo por qué me estoy cansando con tan solo diecisiete años recién cumplidos, de verdad — la súbita respuesta mordaz de Isabella fue suficiente para que él pudiera notar un atisbo del feroz carácter que esa pequeña muchachita tenía. Al parecer no le gustaba que la trataran como una niña. Sin embargo, eso era… — No deberías estar aquí, Edward, en unos minutos alguien vendrá y…
— Les explicaremos que nos amamos tanto que no podemos esperar a que comience la boda para vernos. — la naturalidad con la que el pelicobrizo asegura aquella afirmación, lograría incluso convencer a la persona más escéptica. Bella pensó sin lugar a dudas que él era un buen actor. — En solo minutos estaremos diciendo Acepto para comenzar a vivir una vida juntos hasta que esta farsa termine. Entonces, creo que es necesario dejarnos de estupideces y poner unas cuantas normas que ambos respetaremos sin chistar. Tú empiezas. — fue tan rotundo, sin dejar un mínimo espacio a replicas, fue tan directo que logro hacerla sonreír con admiración. Tal vez, volvió a pensar la castaña, no es tan idiota después de todo.
— Cada uno podrá hacer su vida. Solo seremos amigos, no compañeros de cama, ni novios, ni siquiera amigos con derechos. Yo respetare tus aventuras con otras mujeres, tu espacio, tu vida, y tú harás lo mismo conmigo. No intentaremos meternos en la vida personal de cada uno, se trata de eso, de la vida personal del otro. No nos mentiremos ni engañaremos. Jugamos para el mismo equipo, Edward, y dado a que nos encontramos atrapados en ese circo, ante lo demás fingiremos ser marido y mujer, enamorados, pero nada de demostraciones de afecto público ni apasionado…
— Eres toda una aguafiestas…
— Hablo de enserio, Cullen. — sentenció ella, reprendiendo el tono de voz divertido del muchacho. Él asintió. — Si esas reglas se rompen lo único que lograremos es terminar odiándonos el uno al otro, y no sé tú pero mi odio me ciega de tal manera que toda norma, ante la necesidad de conseguir una venganza, se torna invalida inmediatamente, destruyendo todo a su paso.
— Eres aterradora cuando quieres — afirmó — Me gusta como piensas, Swan. Acepto tus condiciones, has cubierto todos los aspectos primordiales por lo que por ahora no tengo nada que agregar. Supongo que a medida de que pase el tiempo más reglas se irán agregando, pero estás son suficientes. Ninguno de los dos romperá las reglas, porque de ser así, tienes razón, nos odiaremos, y créeme, pequeña, si comienzo a sentir repugnancia u odio hacia ti, ya te lo dije: Mutilare tu mente, Swan.
— ¿Amigos entonces?
— Amigos. — lentamente, casi con desconfianza sin perder de vista los ojos de su compañero ambos estrecharon sus manos cerrando así un pacto, una condena que perduraría en el tiempo, en sus mentes, un tratado tan embustero como peligroso que sin previo aviso podria destruirlos lentamente.
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La ceremonia del matrimonio era elegante y privada, pues si bien para los novios habían más personas de las necesarias, el grupo era reducido, solo amigos íntimos de ambas familias que de una manera u otra pudieran darle mayor legitimización a aquel matrimonio.
Ambos jóvenes, ignoraron las simples y sentimentales palabras del sacerdote, y en silencio, tal vez incluso agradecieron, aliviados, de que hubiera terminado con su monologo lleno de palabras de sincero amor, compromiso, cariño y fidelidad. Edward pensó que al menos dos de esas cuatro reglas él podría llegar a cumplir, tal vez incluso tres, ¿Quién sabía? Incluso podría llegar a sentir cierto cariño filial por la bonita castaña.
Observó de soslayo cómo Bella mordía sus labios al escuchar un fuerte y teatral sollozo proveniente de alguna de sus invitadas. Un nuevo sollozó interrumpió las palabras del sacerdote, está vez incluso a él le resultaba difícil no reír.
El sacerdote siguió hablando, ignorando a la escandalosa mujer, censurándolos con la mirada mientras ellos hacían su esfuerzo por no reír, pero al no cesar aquellos sollozos lesresultaba imposible. Ambos resistían, demonios que si lo hacían.
El pelicobrizo debió obligarse a mantener a raya su diversión en el momento exacto en el que el sacerdote, tras soltar un pequeña risilla ya incluso encontrando divertido el llanto de la desconocida invitada, le había ofrecido la palabra para declararle sus votos a su futura esposa.
Y así fue como ambos intercambiaron sus promesas en voz clara y serena para luego de un instante más tarde ser proclamados marido y mujer.
En un rápido movimento, sorprendiendo por completo a Isabella, la tomo por los hombros volteándola para darle un breve e intenso beso. Se alejó de ella, sonriente al igual que un niño que ha hecho una divertida travesura.
Era definitivo. Ambos estaban casados.
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La mujer abrazó efusivamente a Edward pese a la negativa de él por continuar aquel abrazo, para luego llegar hasta Bella y abrazarla con la misma fuerza que a su sobrino. Allí, frente a ellos se encontraba la tía política de Edward. Sue, era una mujer esbelta de tez morena, pómulos pronunciados y unos grandes ojos negros al igual que su largo cabello.
— Oh, de verdad jamás creí verte pronunciar tus votos. He llorado como una tonta.
— Lo sabemos tía, te hemos escuchado. — aseguró Edward ganándose un fuerte pisotón por parte de la mujer que enfurruñada lo fulmino con la mirada no sin antes dirigirles una rápida y sonriente amenaza. — Es una desquiciada. — masculló por lo bajo al ver como la mujer se dirigía hacia en donde se encontraba su primo coqueteando con una linda muchacha. Pobre Seth.
— Es divertida.
— Amiga de mi madre, casi una hermana, se criaron juntas. — Informo brevemente — Descuida, la recepción terminara y ambos podremos descansar de esta locura.
Pero en tanto sus palabras abandonaron sus labios, uno de los invitados le concedió la palabra a los allí presentes para brindarles sus mensajes de afecto y buenos deseos a la feliz pareja casada.
Ambos novios se miraron en silencio, sonriéndose con condescendencia en cuanto alguno de sus familiares les dedicaba uno de sus discursos. Muchos reían a carcajadas, otros guardaban silencio esperando a oír más, algunos incluso mantenían su postura y su rostro en su mejor perfil, preparados para cuando la video cámara los enfocaba.
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C. Corporartion y Entreteiment S.A el pasado mes de Octubre que ha logrado triplicar su caudal económico. Dicha fusión ha sido llevada a cabo luego de que ambos herederos hijos de los legítimos dueños y fundadores de las respectivas empresas, Edward Anthony Cullen e Isabela Marie Swan, se unieran en matrimonio. Dicha situación nos hace preguntar a nosotros, los trabajadores, si aquel casamiento no es más que una jugada para posicionarse en el primer lugar del mercadeo…
Edward bufó.
— Me sorprende que hayan tardado tanto en descubrirlo. Para ser una de las revistas más importantes del mundo de los negocios se mueven lento. Muy lento. — comento el chico con sorna, levantando su vista por sobre el diario para fijarla en la esbelta castaña que se encontraba leyendo. Ella no parecía demasiado interesada en su comentario, su atención estaba centrada en un fino libro que se encontraba entre sus manos, mientras sus labios pronunciaban silenciosas palabras siguiendo atentamente la lectura.
Él no pudo evitar poner sus ojos en blanco. Mejor seguiría la lectura, la castaña, desde luego no le prestaría demasiada atención si es que se encontraba en una parte del libro crucial. Él aun no podía entender como un libro de biología podía resultarle entretenido…
Tomo otra de las revistas que le habían enviado de la oficina de su abuelo para mantenerlo al día sobre sus apariciones en los distintos medios del país. Mierda, pensó casi con frustración, volviendo a observar a la castaña, era claro que ella había sido inteligente y encontrado una actividad que la eximiera de tener que leer todas esas basuras.
Abrió la revista, sonriéndole con falsa amabilidad al secretario de su abuelo que no se marcharía de allí hasta que Edward estuviera completamente informado de los pequeños reportes sobre su situación actual que rodeaban a la sociedad neoyorquina.
El hombre le devolvió la sonrisa, ignorando el enfado del chico mientras este comenzaba a leer.
Tal vez solo estamos desvariando, aplicando todo lo que algunos autores han utilizado como trama principal para sus novelas: ambos multimillonarios, amor, cariño… o tal vez un matrimonio arreglado en donde no hay mas que dolor, odio. Realmente no lo sabemos, pero lo que sí sabemos es que ambos jóvenes firmaron su acta de casamiento con ella, teniendo apenas diecisiete años y él, en sus gloriosos dieciocho. Entonces volvemos a preguntarnos, ¿Amor o dinero?
— Jodidas revistas amarillistas — lanzó con rabia aquella revista. Bien, si había algo que realmente odiara eran las revistas de corazón. No se trataba más que chismes que incrementaban el interés del público, entre su gran mayoría mujeres, adolescentes tal vez, que de un momento a otro tomaban tu vida como suya, persiguiéndote, amándote u odiándote sin razón alguna, porque ellas no lo conocían, no había razón por la que se interesaran en él, pero aquellas revistas siempre encontraban al menos una para que toda la atención se centrara en su vida.
Ellos vendían, la gente compraba y por consecuencia, él era el que se veía aislado en su departamento a la espera que la emoción por su intimidad terminara al ser descubierta otra gran noticia de otro pobre infeliz. La euforia por el terminaba, sí, pero siempre volvía.
Maldita sea él y su jodida puta suerte.
— ¿Qué sucede?
— Sucede que… —comentó con ironía remarcando exageradamente sus palabras. Ella se encogió en su lugar, arrepentida por haber abandonado la comodidad de su lectura para intentar tranquilizar, predecía, fallidamente, al furioso peli-cobrizo. —… somos el jodido ojo de la tormenta de las revistas amarillistas — terminó de asegurar mientras su manos viajaban por las páginas de otras tres revistas que se encontraban en la mesilla del salón. — Y dudo que esta vez se detengan al encontrar otra gran notica. No hay otra gran y reveladora noticia. Nadie te conoce, eres casi un misterio para muchos, apenas algunos sabían que Charlie tenía una hija que heredaría su imperio… — añadió pensativo.
— Y, ¿Eso es malo? — se atrevió a preguntar tras unos inquietantes minutos de silencio que Edward había tomado para reflexionar la situación en la que se encontraban.
Bella frunció el ceño al no recibir respuesta alguna. Ambos hombres la miraban con condescendencia, lo cual no lograba que se tranquilizara en absoluto. Aquello era molesto, declaró con sus ojos entrecerrados, casi sintiéndose fuera de una pequeña broma privada entre ambos hombres que parecían entender algo que ella no.
¡No pueden culparme!
Se sintio ofendida. Si algo había hecho bien Charlie, tal y como lo había mencionado Edward, fue ocultar del ojo público la vida e incluso existencia de sus hijos y herederos, por lo que ella realmente no entendía con exactitud si debía o no preocuparse por la reciente situación.
— Te arrancaran el corazón y lo comerán crudo — masculló Edward lo suficientemente alto como para que ella lo escuchara. Observo casi con diversión como ella curvaba sus labios, indignada por aquella afirmación. Decidió, por el momento, no molestarla demasiado, pese a que aquello se había tornado una de sus mejores entretenimientos. Ella le recordaba mucho a Alice. — Es desastroso, Bella. — Dijo — El que tú seas una novedad con la que pueden jugar, el que yo siempre intente mantenerme lejos de ellos, así como el que ambos seamos hijos de los dueños de Entreteiment S.A y C. Corporartion, mundialmente famosos e importantes… ¡Carajo! Siquiera terminaría de enumerar las razones por las cuáles en este momento somos igual de importantes que el jodido Brad Pitt y Angelina Jolie. Nos despedazaran en el intento de saber algo de nuestra vida privada y teniendo en cuenta nuestra situación, no podemos arriesgarnos a que descubran algo que no deben.
Bella entendió a la perfección a lo que se refería. Nadie podría ni debía enterarse que su joven matrimonio no era más que una farsa, y con la prensa rondando por allí aquello sería una faena casi imposible. O al menos así lo hacía ver Edward.
Siguió con su mirada el atlético cuerpo del muchacho mientras este abandonaba la estancia con un débil Intentare averiguar más sobre éste asunto. Vuelvo pronto a lo que era siguido por un silencioso hombre. La mano derecha del abuelo de Edward, si mal no recordaba.
Suspiro sonoramente, volviendo a centrar su vista en el libro que aún mantenía entre sus manos. Solo esperaba que aquel silencioso hombre también fuera paciente, porque estaba segura que Edward sería insoportable de camino a la empresa familiar. Podía incluso imaginarse al ojiverde insultar diestra y siniestra en cuanto pisara la oficina de su padre, Carlisle o la de su abuelo. Ella estaba segura, solo esos hombres podrían competir con el mal genio de su esposo.
Porque Edward Cullen era la gran parte del tiempo, insoportable, al igual que un niño al que siempre le gustaba ganar, tendía ser egoísta y sarcástico, pero también era sincero y divertido, protector e inteligente. Él era todo un enigma, la mayoría de las veces fascinante, otras tantas molesto. Y Bella agradeció internamente que para esas veces la estancia fuera lo suficientemente grande como para poder alejarse de el en cuanto se pusiera lo suficientemente insoportable como para querer lanzarle un plato de porcelana o tal vez incluso una olla de acero. Si, tal vez eso último.
Sonrió por lo tontos de sus pensamientos.
Ese último mes, desde su casamiento con Edward su vida había dado un giro de trescientos sesenta grados. Había comenzado a vivir en una de las mansiones de Charlie a las fuera de la metrópoli de New York, que les ofrecía la suficiente tranquilidad e intimidad como para que ambos pudieran enfocarse en sus asuntos por separado sin molestarse lo suficiente como para iniciar una pelea.
Edward aún seguía frecuentando a sus conquistas, y aquello a ella no le molestaba en lo absoluto, así como tampoco recibía quejas por parte de Edward al ella verse más tiempo en el departamento de sus primos que en la propia mansión que ambos compartían. Ambos continuaban con sus vidas de manera normal, desde luego, pues estaban de acuerdo en decir que solo los unía un contrato matrimonial, y tal vez, aunque ninguno de los dos lo dijera algo, una simpatía y camarería para con el otro.
Rió tenuemente.
Si bien ella se encontraba satisfecha al encontrarse iniciando un nuevo año escolar junto a sus primos en el American School of New Dawn, haciendo las cosas que en el internado no le permitían, dirigiendo sus horas libres a sus hobbies e intereses, debía de admitir, la convivencia con él no siempre resultaba ser del todo sencilla.
Edward tenía un carácter indomable y aún más cuando se encontraba enojado, por lo que en aquellos momentos, en la que el actuaba como un cretino haciéndola enfurecer, en aquella casa parecía comenzar a desencadenarse la tercera guerra mundial. Eran, tal y cómo había dicho la hermana de Edward, Alice, como el fuego y el hielo, enfrascados en una guerra en la cual el primero en marcharse perdía, y desde luego, ninguno de los dos estaba dispuesto a perder, por lo que sus peleas podían durar horas o incluso días…
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Gimió con dolor sintiendo los fríos dedos de Edward masajear su piel.
— Duele, Edward.
— Lo siento Bella — se disculpó sin realmente sentirlo. Ella arrugó su entrecejo, lanzándole dardos con la mirada, tentada a patearlo solo para que sintiera su mismo dolor. Desistió de aquel plan en cuanto sus ojos esmeraldas observaron los suyos con una clara advertencia, casi como si le hubiera leído la mente. Bufó para luego de un brusco movimiento por parte del chico, volver a sentir un agudo dolor que la hizo gemir aun con más fuerza.
— ¡Edward! — chilló, afianzando su agarre en una decorativa almohada que se encontraba a su lado, intentando no llorisquear al igual que una niña, estaba segura, él se burlaría de ella.
Edward sonrió.
— Intento ser delicado, Bella, pero es muy difícil si llorisqueas solo porque toco tu tobillo — replicó intentando no reír de la furiosa expresión de la castaña. Ella lo mataría si caía en la tentación y se reía en su rostro. — Cómo es que luego de tantas caídas aún no te has fracturado nada.
— Tal vez si me fracture. — él negó rápidamente.
— No. Créeme, solo llorisqueas como una niñita, el dolor que sientes es solo temporal, no hay ningún hueso roto.
— Oh, claro, y debo creerte porque resulta que juegas a ser un médico que… ¡Ay! ¡Edward! — gruñó al sentir el adrede apretón que él le había dado a su tobillo. Intento alejar sus manos de su pie con una patada pero aquello no dio resultado. — ¿Qué haces? — no necesitaba ser un genio para saber qué quería hacer él, es decir, aquel pack de hielo dudaba mucho que fuera para lanzarlo por algún lugar en la sala. Apenas tuvo tiempo a quejarse para cuando Edward termino de colocar el pack de hielo en su hinchado tobillo.
Suspiro con satisfacción al sentir como eso aliviaba un poco su dolor.
— ¿Mejor, pequeña llorona?
— Mucho — admitió con una sonrisa tonta. Edward rió, esta vez sin tapujos, encendiendo la televisión, buscando algo entretenido que mirar. Ella siguió observando su tobillo; esperndo que aquella hinchazón desapareciera pronto, sintiendo como una de las manos de Edward le ofrecía un torpe y distraído masaje a su otro pie, el cual al igual que el del tobillo dañado, se encontraba apoyado en un almohadón sobre el regazo del chico.
— ¿Qué mierda…? — sorprendida por su repentino momento de furia dirigió su mirada al pálido rostro de él. Sus ojos esmeraldas observaban la pantalla del televisión aún más asombrado que furioso.
Le fue imposible no voltear rápidamente la cabeza para poder ver lo que lo turbaba tanto. Y lo vio; allí en aquella gran y plana pantalla se podía ver una foto de ambos saliendo del instituto. Ambos con sus uniformes del instituto.
— Qué diablos es…
— Dime, Bella, ¿Todavía sigues pensando que exagero? — la respuesta era no. Ella ya no lo culparía más de paranoico. Después de todo, ahora había visto con sus propios ojos a lo que se refería él cuando hablaba de la prensa amarillista, y se preguntó, cómo había podido Edward soportar tales actitudes hacia él, y aún peor, cómo lo haría ella. Después de todo, la prensa británica era por lejos mucho más recatada que la americana, aquello había quedado más que claro luego de haber visto no solo un reportaje sobre ellos, sino otros tantos sobre distintas figuras publica en E! noticias.
