DEBO CONFESARLES QUE HE SUFRIDO HACIENDO ESTE CAPITULO.

SÓLO ME QUEDA MANDALES BESOS Y PRONTO ESTARÉ SUBIENDO NUEVOS CAPITULOS.


YO, QUILEUTE


CAPITULO 17 ~ INESTABLE

Cuando abrí mis ojos, esperaba encontrarme volando en una nube o caminando en un espacio blanco o en una especie de paraíso. Cualquier cosa patética de las que hablan en las películas. Pero no, sólo estaba en mi cuarto lo que fue totalmente desilusionante.

Cuando me erguí para sentarme en la cama noté que estaba en mi cuarto pero no en el que yo pensaba. Estaba en la cabaña de mis padres. Todas mis cosas estaban igual a cuando era pequeña. Muñecas, libros, osos de felpa, todo estaba en el mismo lugar.

Decidí hace unos años no formar más parte de esto porque me sentía grande pero a la vez no quería que las paredes o el color del techo cambiasen, sólo quise que se congelara en el tiempo y exigí una habitación en la mansión. Obviamente, no dudaron en dármela. Me apropié del cuarto más grande y Alice lo había decorado fantástico, aunque fingí que era demasiado, era perfecto.

También había querido irme porque me aburría sola en casa. Siempre estaba sola o vivía prácticamente con mis tíos en la otra casa así que era absurdo seguir aquí por mucho tiempo más. Además mis padres cada vez se ponían más pesados y se la pasaban haciendo cosas asquerosas todo el tiempo y yo me tenía que aguantar los ruidos. Por eso no objetaron nada cuando tomé la decisión de dejarlos. Tampoco es que me iba a ir a otro Estado, más bien a un par de metros.

Me puse de pie y lo observé todo. Mis dedos rosaron cada centímetro del espacio, cada mueble, cada pequeño detalle. No me había dado cuenta lo mucho que había echado de menos este lugar. Mi crecimiento había sido muy acelerado, por lo que no le puse mucho enfoque a mi corta infancia y todo lo que tenía que ver con ella. Y cuando fijé finalmente mis ojos en la fotografía que estaba en la mesita al lado de la cama, imploré a cualquier persona con poder en el cielo que me dejase manejar el tiempo para regresarlo atrás.

Caí de rodillas con un dolor abrasador en el pecho mientras observaba su sonrisa. Mi mente trabajó en ese momento y recordé el día que Alice tomó la fotografía. Estaba nevando y solía salir a "cazar" copos de nieve cuando el tiempo estaba así. Él siempre me acompañaba a todos lados, jamás me había abandonado. Pero ese día Bella no me había dejado salir y yo me puse muy triste por aquello, vine a mi cuarto y me desplomé en la cama.

- Tss. – sentí al otro lado de la ventana. Cuando no vi nada volví a hundirme en la almohada. – Tss, Nessie.

Me puse de pie y corrí hacia donde venía la voz y ahí lo vi sonriéndome.

- Procura no hacer ruido, vayamos a cazar copos de nieve. - Sonreí y me lancé a sus brazos y nos fuimos lejos del lugar. Allí mi tía nos espiaba para congelar el instante.

Me levanté del suelo y me dirigí a esa misma ventana para ver si él estaba esperando allí por mí… pero no vi nada.

Intenté pensar en que eso no significaba nada. Que quizás si saliera de la habitación me lo cruzaría en el pasillo. O tal vez estaba en la mansión con Carlisle o en su propia casa con su padre.

Pero inesperadamente me invadieron los últimos momentos que habíamos pasado juntos, aquellos tan feos y condenadamente dolorosos. Sus ojos idos, sus ojos en un lugar, en la nada luego de que su dolor había parado. Me llevé la mano a mi estómago. Éste se retorcía y estaba segura que vomitaría allí mismo.

- ¿Estás bien? – una voz me sorprendió. No me había dado cuenta de que la puerta estaba abierta y de que mi padre estaba de pie allí, observándome derrumbarme.

- ¿Dónde están todos? – pregunté evitando hablar de mí. Aunque él leería mis pensamientos y pronto sabría cómo me encontraba.

- En la mansión. Yo estoy aquí contigo. Sólo los dos.

- ¿Y mi madre?

- Con Charlie.

Me acerqué a él y vi sus ojos oscuros, seguramente no había ido a cazar desde…

- ¿Cuánto tiempo llevo dormida? – pregunté, ya que no tenía idea de cuánto tiempo había pasado.

- Cuatro días.

- ¿Cuatro…? – era más de lo que me imaginaba. - ¿Puedes salir un momento? Me cambiaré y luego nos encontramos en la sala.

- De acuerdo. – se dio la vuelta pero antes de marcharse volvió a hablar. - ¿Quieres algo de comer?

- No… - mi maldito estómago rugió en ese momento provocándole una media sonrisa a mi padre.

- Te preparé algo rápido.

- Gracias.

Luego de cerrar la puerta me sentí enferma por mí misma. Era una verdadera mierda, tendría que estar tirada en la cama, llorando o haciendo algo en vez de tener hambre.

Cuando estuve en la sala, Edward estaba allí con un sándwich en la mano, me lo tendió y lo cogí rápidamente. Y así también, en pocos segundos, me lo devoré. Me volví a odiar.

- ¿Quieres…?

- No quiero hablar, papá.

- Pero debemos. Han pasado muchas cosas, Renesmee.

- Lo sé… - hice una pausa. - ¿Cómo han… terminado las cosas? – rogué porque mi padre entendiera que me refería al campo de batalla y no a… él.

- No muy bien. Hemos perdido gente, hija. – aquello me llamó la atención.

- ¿Qué ocurrió?

- Nahuel…

- ¡No! – grité. Él no podría…

- No está muerto. – aquella palabra me hizo estremecer. – Tranquila. Él perdió una mano. Maggie ha fallecido sin embargo. Nuestros amigos irlandeses estaban devastados. Ya se han vuelto a su casa.

- ¿Los… lobos? – "no lo nombres".

- Aaron y Elian… - agachó su cabeza y ya supe lo que vendría después. Elian debía de ser el otro lobo que estaba con nosotros en el río. Era tan sólo un niño, nuevo en la manada de… él.

- ¿Nosotros? ¿Estamos bien? – pregunté.

- Estamos todos bien.

- Papá… ¿cómo ha terminado todo? ¿Qué pasó con los Vulturis?

- Lo único que debes saber es que está todo saldado. Ya no volverán por nosotros. – no quise preguntar el por qué.

Bebí de un vaso con agua que también había traído mi padre. De repente me dieron ganas de llorar. Pero no lo hice.

- Debes hacerlo. Si te lo guardas, te va a matar.

- ¿Y qué más da? – pregunté enojada. – Ya no me importa nada.

- No digas esas cosas, hija.

- Por favor, detente. – le imploré, sentí que ya no podía seguir hablando. Él lo entendió pero sin embargo se acercó a mí y me envolvió en sus brazos. Estaba tan frío. Y de ahora en más, todo se volvería frío… ya no habría calidez alrededor.

Seguían pasando los días. ¿Por qué uno se siente tan sólo a pesar de estar rodeado de tanta gente? Mis tíos iban y venían de la cabaña a la mansión y así viceversa. Todo el tiempo querían levantarme el ánimo y eso me cabreaba aún más, pero nunca decía nada. Todo me lo guardaba. Es que no quería sacar toda la mierda a la luz. No quería recordar, no quería volver a vivir todo lo anterior. Aunque si hablamos enserio era una total hipocresía ya que cada noche revivía todo como si fuese una película, una y otra vez. El pecho se me desgarraba y era tanto el dolor que me despertaba pero no lloraba.

Mis abuelos también venían a verme, ya que yo no solía salir de la cabaña ni para tomar aire fresco, es que sentía que me ahogaría allí fuera, por suerte nadie me obligó a salir de mi internación patética. Charlie también asomaba sus narices, él me gustaba. No hablaba mucho, sólo se sentaba a mi lado y miraba televisión.

Todos estaban cambiados. Sus sonrisas se veían tan deprimidas y me sentí culpable porque era mi culpa. Sabía que me veía como una desnutrida, pálida y ojerosa. Tenía a todos preocupados pero yo no podía hacer nada para cambiarlo.

Mi madre no me hablaba mucho, pero siempre la encontraba mirándome. Sabía que se moría por correr a abrazarme, pero mis miradas le indicaban que no lo hicieran. No quería la compasión de nadie. Y además también me sentía culpable por la situación que habíamos pasado días antes cuando me había enterado de su pasado con él. Había sido una completa egoísta y me odiaba por eso.

- Cariño, alguien ha venido a verte. – dijo mi padre del otro lado de la puerta de mi habitación. Me miré en el espejo para ver si mi imagen no se veía tan trágica después de todo. Luego supe que no tendría importancia.

Abrí la puerta y antes de acercarme al pasillo escuché la risa de un niño. Sonreí. Corrí hasta llegar a la sala y allí estaba Emily y el pequeño Ian.

- Hola Nessie. – dijo con una enorme sonrisa, aunque no era la de siempre, ella también había cambiado. Al escuchar mi apodo me estremecí pero me pude controlar.

- Ey, Em. – saludé y tomé de sus brazos a su pequeño. – Ey, tú. Em este niño es igual a Sam.

- Lo es, ¿a que sí? – miré alrededor y noté que estábamos solas. - ¿Qué tal la estás pasando estos días?

- Bien. – mentí. - ¿Cómo están todos?

- Como tú. – dijo dándose cuenta de mi verdadero estado. – Te ves delgada.

- Y no sé por qué. Estoy comiendo bastante pero… - me frené antes de decirle que extrañarlo a él me estaba matando.

- Entiendo. – hizo una pausa. – Oye, siento mucho no haber podido venir antes. Suelo pasar los días junto a Billy últimamente. – eso despertó algo en mí.

- Oh por Dios.

- ¿Qué sucede? – preguntó cautelosa.

- En todos estos días no he ido a ver a Billy. He estado aquí encerrada y no he ido a La Push. – más motivos para sentirme una verdadera y extremadamente mierda.

- Tranquila, Nessie. Billy lo entiende. Aunque…

- ¿Qué? ¿Aunque…? – la apresuré. Ella sonrió.

- He venido aquí porque mañana en su cumpleaños. Él no está para festejos, ninguno de nosotros lo está, sin embargo pensamos en una pequeña cena con los chicos de la manada. Ya sabes. Para intentar levantarle el ánimo. No queremos dejarlo solo.

- Em… no creo estar preparada para festejos. – le dije meciendo a Ian en mis brazos, él ya estaba casi dormido.

- Anda, no pienses que será un festejo. Sólo una reunión, ninguno quiere festejar nada. Eso lo entendemos. Además, tú eres una quileute también. Yo… - ella se levantó nerviosa y empezó a gesticular con las manos. - … yo sólo quiero que te despejes un poco. Tú eres parte de nosotros y todos juntos nos apoyamos los unos a los otros para aliviar el dolor.

Quería decirle que eso en mí sería imposible… quería que supiera que yo estaba completamente rota por dentro y no tenía arreglo.

- Prometo que lo pensaré. – dije al fin luego de un largo suspenso, ella sonrió.

- Ojalá te podamos ver mañana en la noche allí. Todos te echamos mucho de menos.

- Gracias, yo también a ustedes. – y era cierto.

Emily se quedó un rato más contándome anécdotas sobre Ian. Realmente me había sentido mejor con su visita pero no lo suficiente. En cuanto se fue, volví a recluirme en mi cuarto.

Me quedé dormida en un instante a pesar de la hora. Aún era temprano pero mis párpados pronto se vencieron. Y ahí estaba yo, en otro sueño. Pero era distinto a pesar de que me encontraba en el mismo lugar, en la frontera que dividía los territorios. El día brillaba y mis pies tocaban el agua cristalina. Sabía que estaba esperando a alguien y los minutos seguían pasando y más impaciente lograba ponerme. Pero pronto sentí su efluvio y todo en mi cuerpo se relajó.

- Hola. – le dije mientras él se sentaba a mi lado.

- Hola Ness. – pasó su brazo por mis hombros y temblé ante el tacto, se sentía tan bien. - ¿Qué haces aquí?

- Te estaba esperando.

- De acuerdo, aquí me tienes, nena. Todo tuyo.

- ¿Podré hacer contigo lo que quiera? – le pregunté con picardía, algo que definitivamente había aprendido de él.

- ¿Estás traviesa, Nessie? – sonrió en una carcajada.

- Cierra la boca. – lo golpeé con el codo en las costillas.

- Bien. No hablaré más. Pero antes tienes que hacer algo por mí.

- Lo que sea.

- No me olvides.

En ese instante me desperté con el corazón encogido. Llevé mi mano a mi pecho intentando que el dolor no fuese tan intenso. Era imposible. La respiración me fallaba y el nudo en mi garganta subía y bajaba sin cesar. Me estaba mareando.

Pronto me di cuenta que todo aquello se debía a que estaba llorando. Y ya no tuve que oprimirlo más, liberé todo el malestar y lloré. Lloré con gritos desgarradores, lloré con temblores en mi cuerpo. Lloré recordando su sonrisa, nuestros momentos.

- Jake… - sollocé. Sabía que era absurdo pero necesitaba nombrarlo. – Jake. –Me ovillé en la cama llevando mis rodillas al pecho buscando cómo sentir menos dolor pero no podía. Me estaba matando. Era como si cada órgano, cada músculo de mi ser fuera cortado, mil veces en el mismo sitio. Me estaba desangrando. Y no podía respirar.

- Tranquila… - sentí la voz de mi madre. Luego su mano acarició mi espalda.

- ¡Jake! – grité lastimando mi garganta. De inmediato mi madre me dio la vuelta y me sostuvo en su regazo como si fuese un bebé. – Mamá, ¿por qué…? Yo no… yo no puedo. No puedo más. No aguanto el dolor. Tiene que parar. Haz que pare.

- Mi niña…

- Haz que pare, por favor, me estoy muriendo…

- Llamé a Jasper, viene en camino. – escuché decir a mi padre desde algún lugar en mi habitación.

- Mátame. No quiero estar más aquí. Oh, Dios, lo echo de menos. Lo echo de menos…

- Tranquilízate, Renesmee. – me pidió mi padre que ahora estaba sentado a mi lado. – Tienes que parar.

- Tú has que pare. Por favor, duele.

De repente sentí el dolor amortiguarse. Estaba allí, no se iba pero era como si una capa lo cubriera manteniéndolo aislado. Supe que mi tío ya estaba en el cuarto tranquilizándome con su don. Mi respiración volvió a la normalidad pero mi estado era catastrófico. Me quedé quieta, luego de que los temblores desaparecieran de mi cuerpo, mi mirada estaba perdida, perdida en los recuerdos que uno a uno fueron llegando a mi mente como queriéndose hacer ver.

Allí estaba Jake, con su sonrisa incandescente. Él acompañándome a mi primer día de escuela, él jugando con Emmett a los videojuegos. Él peleando con tía Rose o con mi padre. Él riendo con Bella, haciéndole chistes para que se enojara. Él devorando las comidas de mi abuela. Él llevándome en su moto y yo sintiendo la calidez que desprendía su cuerpo. Él peleando con Nahuel. Él molestando a Seth y cabreando a Leah. Él viendo un partido de fútbol con Charlie. Él confesándome su amor, nosotros dándonos nuestro primer beso, nosotros tomados de la mano, nosotros haciendo el amor… Todo me invadía, recorría mi torrente sanguíneo, mezclándose en cada célula. Y a medida que ocurría, sabía que ya no habría más. Que todo se había terminado para siempre.

Este no era el "para siempre" que yo había deseado. Antes me imaginaba viviendo la eternidad junto a Jacob y ahora que él se había ido… yo sólo me veía morir.


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