Los personajes no son míos. Solo la historia lo es ¡Te odio Meyer! ¡Porque ha creado a Hombres/Vampiros/Lobos tan irresistible! ¡Yo también quiero uno!... A ti también te odio Bella Swan
— Sabes, esto me recuerda a cuando eras pequeña. No, nunca pude llevarte a el instituto, pero una vez, cuando pasaste la navidad aquí, me rogaste que te llevara conmigo a la estación — asentí sin demasiada emoción, sintiendo como el frio de la ventanilla congelaba mi rostro. Por supuesto que recordaba ese día, era eso o quedarme en una casa oscura, sola, a las afueras de Forks, sin ningún vecino cerca por si, al igual que había visto diez minutos antes en un película de canal, algun psicópata quería matarme y enterrarme lejos, en donde nadie encontraría mi cadáver. Sí. Claro que lo recordaba, pero al escuchar a Charlie contarme la historia desde su punto de vista, decidí callar mis opiniones respecto a ese día. — ¿Lo recuerdas? Estabas tan emocionada que por un…
— ¡Detente! ¡Para el auto! — chille sin más, al observar por primera vez el camino. Estábamos acercándonos al instituto. Ambos. Mi padre y yo. Los dos… en su camioneta de policía.
— ¡¿Qué sucede?! — miré al rostro a Charlie, quién parecía a punto de desenfundar su arma. Le sonreí con diversión, intentándolo tranquilizarlo. Ninguno de los dos quería que un disparo saliera dentro de esa camioneta. — ¿Estás bien? ¿Por qué el grito?
— Estamos llegando al instituto — comenté como si tan solo aquello fuera suficiente para que entendiera mi punto. Su mirada confundida, tal vez debió ser un indicio para mí de que Charlie no entendía de qué hablaba, aun así, lo observe con obviedad, negándome a decirle lo que pensaba. Gruñí mentalmente. ¡Padres! — Papá, estamos llegando al instituto, juntos — asegure, entre dientes, abriendo de más mis ojos. Bien. Con aquello debía de entender el mensaje.
— Oh. — asintió con entendimiento. Sonreí — No quieres que te lleve a la puerta de tu instituto…
— No.
— Crees que tu padre no está a la onda como para que te vean con él. — entrecerré los ojos con confusión, ¿A la onda? De verdad se sigue usando esa palabra. Volví a mirarlos a los ojos, esperando que por alguna de esas extrañas situaciones de la vida a Charlie se le diera por estar bromeando. — Entiendo, te avergüenzas de mí.
— ¿Qué? — inquirí con voz extorsionada por la sorpresa. No. Él no estaba bromeando. Y, ¡Diablos! Yo quisiera sabía qué hacer en semejante situación. — ¿De qué hablas Charlie, yo no…?
— Sé que eres una mujer, y que te avergüenzas de muchas cosas, pero jamás creí que yo fuera una de ellas…
— ¡No me avergüenzo de ti, grandísimo….! ¡Ugh! — suspiré, en un intento por no insultar al jefe de policías de pueblo, que resultaba, era mi padre. — Papá, estás en la onda, lo que sea que eso signifique, solo que… eres el jefe de policías y… muchos de mis compañeros han sido amenazados por ti. Ya soy conocida por ser hija de la estrafalaria Renee y el jefe de policía del pueblo, no quiero que me conozcan porque mi padre me lleva al instituto. — bien. Eso no era del todo verdad, pero, él jamás se enteraría, y aquella mentira después de todo, era casi inofensiva.
— Uh. Y pensar que por un momento creí…
— Nos vemos papá… — le salude abriendo la puerta para bajarme de su camioneta — Oh, y no te preocupes, tomare el autobús de regreso.
— Pero no te deja muy cerca.
— Caminare.
— Bella — me llamo en cuanto intente cerrar la puerta. Rodé los ojos, observándolo con impaciencia — Sigo siendo la onda. Tienes un padre cool. — bufé, cerrando fuertemente la puerta del copiloto, sin ser capaz de seguir viendo su sonrisa engreída un minuto más.
Refunfuñe entre dientes, agilizando mi paso hacia el instituto.
Definitivamente, Leah Clearwater, era una jodida resentida. Si tan solo ella no se hubiera levantado más temprano de lo habitual, podría haberla emboscado y obligado, de una manera u otra, a que me trajera al instituto en su auto. Maldita sea mi suerte. Y todo porque mi pequeño se había descompuesto.
Solté un triste suspiro mientras recorría el aparcamiento, recordándome más tarde hablar con Seth sobre su pequeño amiguito Jacob; Él era el que estaba reparando a mi bebé. Y más le vale lo hiciera bien.
Un fuerte grito retumbo en el aparcamiento casi vacío. Lo ignoré. No me interesaban demasiado los dramas que al parecer las chicas del instituto vivían para hacerles a sus novios. A la gran mayoría de aquellas escenitas no las entendía, ni tampoco planeaba hacerlo, porque qué clase de sentido tenía que ellas se pusieran de novias con los chicos más deseados y mujeriegos el instituto si luego les gritaban y lloraban porque ellos las engañaban. Por favor, si el sujeto había sido un mujeriego antes de conocerte, lo seguiría siendo después, entonces, ¿Por qué actuaban sorprendidas cuando se enteraban de esas infidelidades? Los hombres eran eso… hombres, el amor para ellos era solo un palabra, un me gustas, no necesariamente quiere decir que se casará contigo, un te amo, mucho menos. Todas eran simples y estúpidas palabras que de una manera u otra siempre lograban que las mujeres terminaran en la cama de ellos.
Sonreí. Después de todo, Renee no era una asco como madre, al menos podía darme buenos y efectivos consejos respecto a la materia en la que ella era una experta: Hombres.
— ¡Espera! — una fuerte mano se posó sobre la puerta de entrada del edificio. Salte un poco, demasiado sorprendida como para soltar alguna palabra malsonante, al menos no en voz alta. Sus íncreíbles sus verdes brillaban con intensidad.
Fruncí mi gesto al verlo allí, de pie frente a mí, con sus ojos brillando y su sonrisa amable. Él era bueno, no genial, pero si bueno. Una tonta, tal vez una de sus anteriores conquistas, podrían haber caído ante él solo por verlo así… tan dulce. El sueño de toda chica, un Adonis con aspecto de chico malo y sonrisa de ángel, que te observe con ternura y te sonreía con alegría. Sí. Él sabía lo que hacía, pero si quería ganar esta apuesta, pobre de él, pues debía esforzarse más.
— Cullen — contesté con una nota de diversión. Cruce mis brazos, adoptando una pose casi casual al tenerlo frente a mí. Aquello, por el contrario de enojarlo, solo logro que sonriera aún más.
— Sabes, Bella, creo que detrás de esas holgadas camisas hay un buen par de tetas. — bufé. Si, definitivamente él estaba observando a mis chicas aun con más interés del necesario.
— Consíguete una muñeca inflable, Cullen— chille tres octavas más alto de lo normal, indignada por aquel comentario. No es como si nadie lo hubiera dicho antes, aun así no pude evitar sonrojarme intensamente. — Eres asqueroso — mi comentario solo logro que riera fuertemente. Incomoda por su estruendosa risa, observe a nuestro alrededor, sorprendiéndome al encontrarme con unos ojos azules tan cerca de nosotros que dudaba que Cullen no pudiera sentir su respiración.
— Oh, así que tú eres Bella. Sorprendente. — las inocentes palabras de James no hicieron más que hacerme dudar de la inteligencia de ambos como equipo. ¿De verdad? Eran dos contra uno y siquiera podían idear una táctica para tener un punto a su favor. Observe de manera criptica a Cullen; éste fulminaba con la mirada a su rubio amigo.
— Olvídalo —murmuró lo suficientemente bajo como para que yo no escuchara, desgracia para él que tenía un buen oído. Enarque una de mis cejar al ver cómo James tomaba el hombro de Cullen, obligándome a darme la espalda y así poder enfrentarse a su amigo. Las morisquetas con las que le respondía James, casi en silencio, intentando que yo no supiera de que hablaban eran no solo divertidas sino también ridículas.
Incline mi cuerpo hacia un costado, observando hacía en donde el segundo amigo de Cullen se encontraba a lo lejos, analizando la situación con una extraña expresión de vergüenza. El chico, Laurent, si no me equivoco, me saludo agitando su mano. Sonreí, devolviéndole el saludo de la misma manera. Está sin duda era una situación muy bizarra.
Me encogí de hombros lista para atravesar ese umbral. No había remedio, llegaría tarde a mi primera clase, por lo que tal vez y con un poco de suerte si me acercaba a profeso Johnson, y le explicaba que un idiota había interceptado mi camino a su clase, él accedería a dejarme entrar. O al menos eso esperaba.
Apenas intente tirar de la puerta, nuevamente una mano empujo de ella, cerrándola. Entrecerré los ojos, lista para mandar al diablo a Cullen. Sorpresa la mía al notar como era James el que había cerrado la puerta.
— Suéltala — gruñí por lo bajo. Al diablo el papel de Bella comprensiva, que se jodan todos. Nadie, y mucho menos un idiota hormonal me iba a impedir hacer algo que yo quería, en ese momento, situación y lugar, aquello era entrar a mi jodida clase de Geografía.
— Woaw. Tranquila, hormiguita, no te haré nada. Lo juro — aun después de escucharlo hablar, no sabía si sentirme indignada porque en su pequeño cerebro pensara que yo le temía o por el hecho de que me haya dicho hormiguita. Eso era insultante, en muchos sentidos, solo que por el momento debía descubrir a cuál de ellos se refería el rubio.
— Escucha, Aurora — conteste ya a la defensiva. Cullen a su rió a espaldas del chico mientras éste me observaba desconcertado. Bueno, al menos uno si sabe quién diablos es Aurora. — Vuelve a Disney Word con tu príncipe encantado y déjame entrar. Ya demasiado tengo con llegar tarde a mi clase.
— Sí que eres nerd.
— Se llama preocuparse por tus notas, obviamente eso no se aplica a ti, aunque supongo que la regla de las rubias tal vez sí. Ahora… aléjate de la puerta y déjame pasar.
— ¿Me has dicho vacío?
— ¿Lo estás reconociendo?
— ¡Oye, mocosa, tú eres…! — fruncí el ceño al ver como Cullen exclamaba un fuerte "Woow", tomando por la parte trasera de la chaqueta del equipo de James para alejarlo hacia atrás, volteando su cuerpo en el acto. La sorpresa inicial de James no hizo más que activar sus instintos de supervivencia, por lo que sin siquiera pensarlo sus brazos se agitaron en el aire, intentando liberarse del agarre de Cullen. — ¡Jodida mierda, suelta!
— Ve al entrenamiento de una puta vez. Ahora.
— ¿Qué quieres Cullen? — me rendí completamente a lo que sea que tuviera planeado decirme. Hoy me había despertado demasiado temprano como para soportar esté tipo de situaciones. No tenía la energía necesaria. — Llego tarde.
— Tienes Geografía. Johnson no deja jamás entrar a sus alumnos a destiempo, considera esa clase perdida. — cubrí mis ojos con mis manos, haciendo una pequeña rabieta. Pateé el suelo, maldiciendo a Leah por abandonarme y a Charlie por conducir tan lento.
Suspire, intentando recobrar la poca dignidad que me quedaba al montar esa pequeña escena frente a Cullen. Su mirada, su verde y jodida e hipnotizaste mirada, se encontró con la mía.
Él era guapo, una Adonis, como había dicho antes, sus labios, sus ojos, su rostro, su cuerpo eran atributos que hacían soñar a cualquier mujer con tenerlo junto a ella en una noche de sexo desenfrenado, o incluso para aquellas que se atrevían a soñar en alto, tenerlos junto a ellas durante cada amanecer de los siguientes años durmiendo a su lado con su expresión tranquila y labios entreabiertos, invitándote a pecar… porque pecar con él sería, desde luego, algo maravilloso para cualquiera.
Me estremecí, horrorizada por el rumbo que estaban tomando mis pensamientos. Sus ojos aun me observaban, atentos, curiosos. Solo tenía unos pocos segundos antes de que él sospechara de mi actitud, mis pensamientos, y sacara partido de ellos. Solo un segundo, debía hacer algo ingenioso, ¡Ahora!
— Tú… — nada. Mi mente se encontraba en blanco. ¡Joder! Lo volví a observar, un indicio de sonrisa estaba comenzando a aparecer en su rostro. Aquello era indignante.
Lejos de ser responderle de manera mordaz, inteligente o incluso burlona, lo único que atine a hacer fue a sacarle infantilmente la lengua, intentando de alguna manera desviar su atención cualquier cosa que lo alejaran de mi mente, porque aún recordaba lo que había dicho Alice: "Edward conoce a las mujeres, siempre estuvo rodeado de ellas, sabe cómo tratarlas, lo que piensan, como tocarlas hasta llevarla al límite. Entiéndelo, Bella, el maldito Casanova no es nadie al lado de Edward; Él sabe lo que hace, y aunque sea difícil decirlo y alagarlo, nadie es mejor que él, pues de una manera u otra siempre consigue saber lo que piensan y tomarlo a su favor. Créeme, no confíes demasiado si realmente quieres ganar."
Tal vez lo estaba tomando demasiado literal, tal ver creí demasiado en las palabras de la pequeña pelinegra, pero aun así no iba a arriesgarme, no ante Edward Cullen, ni mucho menos ante la perspectiva de un triunfo más que asegurado. Nadie iba a ganarme, no mientras pudiera evitarlo.
— Vamos. — comenzó a caminar esperando a que lo siguiera. No planeaba hacerlo a no ser que mi vida dependiera de ello. De verdad que no. — En la cafetería hay una máquina expendedora de café por si te interesa. — murmuró en tono conciliador. Suspire. — Oh, vamos, Bella. Es café, necesitas uno, te ves horrible en éste momento.
Buen punto, admití para mí misma. Bien, no era narcisista ni mucho menos poseía un ego más allá de lo normal, por lo que pese a que las palabras vinieran de él, debía aceptarlo, mi rostro se veía asqueroso. Las pocas horas de sueño, el hecho de que no usara maquillaje para intentar al menos disimular mis ojeras, todo se complementaba para darme un aspecto enfermo, cansado…
— Vamos — comencé a caminar no aguardando porque él me siguiera. Poco paso para que lograra caminar al mismo ritmo que yo, sin exasperarse por mi lento caminar. No había sido consciente de que de verdad me encontraba cansada hasta el momento en el que él me lo hizo notar.
No tardamos en llegar a la cafetería. Busque con mi mirada la máquina expendedora de café. Nada. Ni en el recóndito más oscuro de la desolada cafetería se encontraba una máquina expendedora.
— Me mentiste — aseguré, por sobre encima del ruido de charolas amontonándose. Su sonrisa no desapareció, lo cual, me hizo sospechar que aún mantenía un As bajo la manga y que después de todo tal vez yo sí tendría una caliente taza de café entre mis manos, aunque nada era seguro.
Él no hablo, solo siguió caminando hasta el mostrador en donde una de las mujeres de la cafetería lo esperaba con una sonrisa. Su fibroso cuerpo se inclinó sobre el mostrador, mientras una sonrisa iluminaba su rostro. Lo vi intercambiar unas cuantas palabras con la mujer, que le sonreía con cariño, para luego señalar con un movimiento de su cabeza hacia en donde me encontraba yo. Incomoda, me removí de mi lugar al sentirme observada por ambos, aquello era extraño.
Incapaz de poder soportar más mi curiosidad por lo que decían aquellos dos, decidí, sería lo mejor sentarme en una de las mesas más cercanas. Toda la cafetería se encontraba vacía, algo normal dado a que todos se encontraban en sus clases y lo que no, perdiendo su tiempo en algún lugar por el pueblo o algún salón vacío; a nadie se le ocurriría venir a la cafetería cuando las mujeres de allí estaban preparando todo para el primer receso, hacer eso sería como entregarte a una manada de osos. Ellas solían ser muy recelosas con su lugar de trabajo y, por lo que tenía entendido, la mayoría de ellas odiaban a los adolescentes.
Recosté mi cabeza en la mesa, estirando mi brazo a lo largo de ella para obtener así una posición más cómoda. Tal vez lo más conveniente sería faltar a clases mañana, ya era innegable el hecho de que debía dormir.
— Tu café. — lo escuche decir, sintiendo como algo de una temperatura elevada, pero placentera tocaba mi mano. Levante mi rostro, observándolo de pie, entregándome un vaso de café. Sonreí apenas, tomando el fino vaso de *plástico blanco entre mis manos.
— Gracias, Cullen.
— De nada. — respondió, tomando su asiento frente a mí. Suspire, volviendo a sentarme de manera normal. — Por cierto, creí que habíamos acordado que yo te diría Bella si tú me decías Edward.
— No te llamare por tu nombre.
— Siempre puede decirme Adonis sexual, chico perfecto… — inquirió con diversión — Bueno, solo esas recuerdo, pero sé que me han dicho de otra manera.
— ¿Idiota, tal vez?
— Mejor dime Adonis — ignoro por completo mi pregunta mordaz, dedicándome una sonrisa al terminar su oración. Mordí mi labio inferior. Adonis. Exactamente ella misma manera en la que lo había nombrado en mis pensamientos, ¿Acaso él podría leer mis pensamientos…? Por todo lo sagrado, ya había comenzado a desvariar. Estúpida, Swan, deja de pensar tonterías. — Tú elijes.
— Bien. Te llamare Edward, contento
— Satisfecho, sí, mucho.
— Era una pregunta retórica.
— Lo sé.
— Al menos entiendes la definición de retorico. Eso es bastante bueno. — murmuré, incapaz de seguir hablando sin tomar un poco de café. Tome un sorbo, sabia genial. — Cómo es que eres capaz de conseguir café dentro del instituto.
— He logrado hacerme amigos de las personas adecuadas. — aseguró, volteando su torso hacia atrás, para saludar a las mujeres que nos observaban. Sonreí al notar las sonrisas cariñosas de las mujeres. Al parecer Cullen había logrado que le tomaran afecto, casi como a un hijo, porque por más que intentara negarlo aquellas mujeres no hacían más que observarlo con cariño y orgullo, desgraciadamente para mí, y mis ganas de burlarme de él no había ni una sola que lo mirara de manera libidinosa
— ¿Te has acostado con sus hijas?
— No. — Contestó de manera automática — ¿Esos son celos? Interesante.
— No son celos, Cullen… — su mirada me censuro inmediatamente. Puse los ojos en blanco. Bien. — Edward — casi escupí a regañadientes. — Solo que si tú te acostaste con una de sus hijas eso implica que como toda madre quieren cortarte el cuello, entonces, quién me asegura a mí que éste café no tiene veneno. Tal vez quieren matarte y yo termino siendo una victima secundaria que estaba en el peor momento, en el peor lugar, y en compañía de la peor persona… ¿Qué? Sucede todo el tiempo en *CSI.
— Eres bastante fatalista, Bella.
— Precavida — corregí. No tardamos mucho en sumirnos en un molesto silencio que era acompañado con el sonido de las mujeres de allí trabajar dentro de la cocina: charolas apilados, agua corriendo, utensilios siendo acomodados. Miré a Edward por sobre mi baso de café, él hacía lo mismo conmigo. — ¿Qué?
— Nada.
— Oh por favor, ya dejémonos de juegos, sé que quieres algo. Nunca harías nada sin pensar en obtener algo a cambio. No eres ese tipo de persona
— ¿Y qué tipo de persona crees tú que soy, Swan? — respondió ya a la defensiva. Fastidiado por ni tono al hablar. Bien, no lo culpaba, tal vez me había extralimitado un poco al momento de hablar, tal vez estaba bastante en guardia, paranoica, por decirlo de algún a manera, pero es que no olvidaba nuestra apuesta, y su actitud era extraña.
Entrecerré los ojos.
— Edward.
— Bella.
— Cullen.
— Swan.
Perdí mi paciencia.
— ¡Puedes dejar de jugar! — exclamé dándole un sonoro golpe a la mesa, poniendo en manifiesto mi enojo. Era bastante enervante para mí, el que él no pudiera tomarse enserio mis palabras. Odiaba eso en cualquier persona. — Dime lo que quieres y ya. No estoy de ánimo para esto, ni ahora ni nunca.
— ¡Espera! — solté bruscamente mi brazo que había sido retenido por él en mi intento de partida. — Vuelve a sentarte… por favor — claramente noté su esfuerzo por mostrarse compasivo, paciente, pese a ser autoritario y arrogante. Aquello me hizo al menos respetarlo un poco, imperceptiblemente, pero aun así lo respetaba.
Enarque ambas cejas, a la espera de que dijera más, pero él parecía estar en blanco. En la nada. Suspiro, despeinando su cabello casi con desesperación.
— Tienes el mismo carácter jodido que Marie — admitió
— Nos insultaras a mi hermana y a mí. Genial. Gracias — comente con sarcasmo, volviendo a tomar mi vaso de café de la mesa, y tomar el último sorbo que había dejado.
— Aun debemos hablar de nuestro proyecto con el seños Banner. Termina dentro de cinco días y aunque crea que cuidar a Cosa es una mierda, ambos deberíamos comprometernos con esto. Desde el principio debimos hacerlo pero no podemos negar que desde ese mismo principio nos hemos comportado como dos idiotas. Y tú también has hecho tu parte en éste circo. Así que, por favor, Bella, escúchame.
— ¿Qué propones? — pregunté sorprendida. Por primera vez desde… siempre, parecía estar hablando un Edward Cullen maduro, serio, responsable. Aquello era sorprendente, por no decir extraño. Jamás creí que él pudiera tomarse las cosas de con seriedad.
— Trabajemos en equipo... Quién sabe, tal vez hasta tenga suerte de ver esas bonitas tetas en estos cinco días.
— ¡Ugh! ¡Ya sabía yo que estabas siendo demasiado serio y caballero para ser verdad! — farfullé indignada, lamentándome por haberme tomando todo el café, seguramente de no haber sido así se lo hubiera lanzado. Edward lanzo su cabeza hacia atrás comenzando a reír. — Ya aprenderás tu lección en cuanto seas mi esclavo… por seis meses. — sonreí maliciosa.
Su risa ceso.
— Demasiado confiada para estar a punto de perder.
— Lo mismo para ti.
— Serás una linda y servicial esclava.
— Para ello tendrías que conquistar a mi hermana, y aun peor, lograr que ella acceda a ser tu novia. Eso nunca sucederá. Ya te lo dije, no eres su tipo, Edward — conteste con falsa simpatía, palmeando su hombro para al fin dejar mi mano apoyada allí. Él se quedó observando mi mano caso con interés. Supuse, estaría pensando alguna respuesta ingeniosa que me dejara callada. ¡Buena suerte con ello! , pensé casi con sorna, lista para rematar. —No te desanimes, después de todo yo ganó.
— No soy su tipo — asintió con comprensión. Eso no estaba bien. Cullen no era comprensivo, era un jodido idiota. Entrecerré los ojos, curiosa por lo que tuviera que llegar a decir. — Eso quiere decir que… Mmm… ¿Soy el tuyo? — exhale por completo todo el aire que se encontraba en mis pulmones. Genial. No había manera de responderle con ingenio y normalidad al tener su rostro a menos de un palmo de distancia. Maldito buen jugador — El silencio — comento en apenas un susurró; no era necesario que levantara la voz, pues la distancia era tan pequeña que inclusive podría escuchar su respiración. — A veces dice más que mil palabras.
Sentí mis manos sudar, y lo odie por ello. Maldita sea encanto de chico Adonis. Bien, admitía que no era del todo indiferente a los encantos de éste chico, pero quién se atrevería a culparme, él sabía lo que tenía y no dudaba en usarlo para hacer sucumbir al género opuesto, y tal vez, lo más probable a algunos de su propio género, porque si de algo estaba segura es que Edward Cullen con sus encantos, había logrado conquistar a chicas y chicos por igual.
Me golpeé mentalmente. Él no lo lograría. Si, podría no serle indiferente a sus encantos, pero no por ello significaba que caería en sus redes, ¡Por favor! Se trataba de ganar, de honor, orgullo… y yo no sería la que lo perdería, nunca, mucho menos por un par de ojos verdes y cuerpo de infarto.
Lo resistiría, me haría inmune y lo haría caer en su propio juego.
Sería tan sencillo…
— El silencio carece de muchas cosas, Edward, pero no de vaguedad. — Suspiré melodramáticamente — Tú no eres el tipo de mi hermana, a ella le gustan más… hombres. Yo… bueno, creo en la esencia de las personas, y tú eres solo una casara vacía. Tan predecible.
— De verdad — su sarcasmo era perfectamente notorio. Sonreí al verlo alejarse unos centímetros. Había logrado mi objetivo. — Dime algo que tu pequeña cabecita… — siguió, dándole un ligero golpecito con unos de sus largos dedos a mi sien. Lo fulmine con la mirada. —…Haya predicho de mí. Ilumíname, Freud.
Sonreí. Tan fácil.
— Eres narcisista, egocentrista, carismático, audaz, temerario… — siseé entre dientes. Negando lentamente. — Tú egocentrismo es atrayente para muchas chicas, seguramente has ganado más de un beneficio con él…
— Incluso un pequeño idiota podría decir…
— Pero… — lo interrumpí sin más. Él enarco una de sus cejar, divertido, cruzándose de brazos a la espera de mis palabras — Tanto egocentrismo logra que me planteé las causas. No hay una causa exacta para esto, pero viéndote, Edward, podría decir que de niño carecías de afecto importante y de autoestima. Seguramente eras tímido, por lo que todas estas causas te levaron que en algún momento de tu vida, querer sobreponerte a esa situación. He allí el nacimiento de tu egocentrismo, Edward Cullen.
Observe su expresión. Aún mantenía su mirada jovial y divertida. Su postura, no había cambiad para nada. Sonreí internamente, justo y tal como lo esperaba.
Continúe hablando.
— Sin embargo, y me arriesgo a equivocarme, es un egocentrismo fingido, porque después de todo, seguramente aún sigues siendo un tímido niño que teme que lo dañen, por ello eres así: Evitas relacionarte sentimentalmente con las personas, las tomas y las desechas. Te parece más fácil, más lógico. Muchos dirían que eres un jodido idiota, yo… que tienes miedo, miedo a que te defrauden. Estás tan cansado que lo hagan que les pones prueba, casi imposibles de cumplir, una y otra vez, los pones a prueba tantas veces que, o te terminan defraudando, logrando que te alejes de ellos o se terminan alejando, cansados de tu estúpido juego.
— ¿Terminaste? — comentó con humor. Sin embargo podía notar la furia en cada una de sus fracciones. Dirigí mi vista hacia su mandíbula apretada, fuerte y marcada.
Me encogí de hombros.
— Apenas comencé, pero debo irme — aseguré señalando el gran reloj de pared de la cafetería. Él lo observo para luego asentir. — Mi próxima clase comienza dentro de cinco minutos, y no quiero volver a quedarme afuera.
— Ve. — su voz áspera y cortante no hizo más que hacerme regodear internamente en mi reciente triunfo. Fruncí mis labios con diversión, ignorando adrede su orden; nadie podría sacarme de mi alegría momentánea. Asentí, tomando mi bolso tres mis manos para luego lanzarlo a mi hombro.
Un paso…
Dos pasos…
Tres pasos…
Sus labios.
Fue un beso rápido. Tan rápido que siquiera fue consciente que realmente estaba siendo besada por el hasta el momento en el que sus labios se alejaron de los míos para con sus dientes poder morder juguetonamente mi labio inferior.
Roja, tal vez por la ira que invadía mi cuerpo en esos momentos, o la vergüenza que sentía, lo fulmine con la mirada. Su sonrisa de suficiencia no abandono su semblante en ningún momento.
Me encontraba anonadada, ¿De verdad se había atrevido a besarme? Y, ¿Cómo diablos se levantó tan rápido de la silla sin siquiera hacer ningún ruido? ¿Por qué no lo había golpeado? ¡ ¿Por qué carajos no estaba insultándolo o golpeándolo en éste preciso momento?!
— Cullen. — gruñí entre dientes, sintiendo mi presión ascender. Él había arruinado mi pequeño momento de gloria. Me dolía la cabeza.
— Por cierto, Bella, dile a tu hermana que en la tarde la pasare a buscar. Tendremos una cita, y tú la concertaras.
— ¿Qué?
Plástico blanco: En algunos lugares lo conocen como Tergopol, en mi país al menos es así, aunque lo puse de esa manera para intentar universalizar la palabra y dar a sí un mejor entendimiento.
CSI: La serie se centra en torno a un grupo de científicos forenses, criminólogos y policías que trabajan en la ciudad estadounidense de Las Vegas (Nevada), investigando los crímenes que suceden allí.
