Hola

Feliz navidad a todas, les deseo lo mejor

aquí les traigo un nuevo capitulo de esta adaptación, como es navidad mañana les regalare otro

así que pásenla rico y beso

Nessa


Capítulo 3

Y AHORA qué va a pasar? -preguntó Alice. Habían pasado dieciocho meses desde que Edward había ofrecido el puesto de trabajo a Bella, que estaba en aquellos momentos en una cafetería con su amiga.

Bella se mordió el labio nerviosamente, pues sabía lo que se avecinaba.

-¿Qué quieres decir? -preguntó para ganar tiempo.

Al principio, Alice se había alegrado enormemente por la suerte que había tenido su amiga al conseguir aquel trabajo tan cómodo. Bella había tenido que renunciar a su puesto de profesora ayudante, pero a cambio había podido terminar su curso y estaba lista para ejercer su profesión.

Para Alice, una mujer quedaba definida por su profesión. Ella misma había querido ser abogada desde los cinco años y había hecho que su sueño se convirtiera en realidad a base de no desviarse nunca de su propósito.

Bella admiraba profundamente la ambición y fuerza de voluntad de su amiga. Tanto, que al principio se esforzó para que no se notara que en realidad había aceptado el trabajo que le había ofrecido Edward por su necesidad de estar cerca de él. Pero no se le daba bien disimular y había acabado confiando sus sentimientos a su amiga... y desde entonces había tenido que aguantar los ocasionales comentarios de ésta, que opinaba que estaba siendo utilizada por Edward.

-Quiero saber si ahora que has terminado el curso vas a trasladarte de piso y a conseguir un trabajo con esa agencia de publicidad. Porque supongo que has enviado la solicitud, ¿no?

Bella bajó la mirada y murmuró que aún quería darle unos toques a su currículo. Pero lo cierto era que el sobre llevaba quince días en su bolso, quince días durante los que había tratado de no pensar en la desagradable perspectiva de dejar atrás una situación que no iba a llevarla a ninguna parte, pero que para ella estaba funcionando muy bien.

Pero mientras ella seguía alimentando las llamas de aquel encaprichamiento, Edward seguía demostrando tan poco interés sexual por ella como siempre. Ella había desarrollado una dependencia emocional y él había conseguida la perfecta asistenta. Lo cierto era que las tareas de mantenimiento de la casa apenas le llevaban tiempo. Cocinaba un poco cuando Edward iba a cenar, pero había acabado por convertirse en una curiosa mezcla de secretaria a deshoras y chica para todo.

Edward le hablaba de sus asuntos de trabajo y ya casi nunca le recordaba que todo lo que le decía debía quedar en el más estricto secreto. Bella solía reír y decirle que no conocía a nadie que pudiera estar ni remotamente interesado en los tratos que implicaban a empresas de las que ni siquiera habían oído hablar.

Edward encontraba a Bella relajante y divertida y, sobre todo, nada exigente. A diferencia de las mujeres con las que seguía saliendo de vez en cuando, Bella no era nada pegajosa y no ambicionaba cosas que se hallaban más allá de su alcance. Desde su punto de vista, tenían una relación perfecta. Él le pagaba generosamente y, a cambio, ella lo ayudaba como ni siquiera su propia secretaria lo habría hecho en horas de trabajo.

A Bella no le importaba repasar su correo con él, o escribir cartas que no había tenido tiempo de acabar en el despacho. Tampoco le importaba comprar joyas para sus amigas, o incluso ocuparse de enviar el acostumbrado ramo de rosas cuando una relación se acercaba a su fin natural.

No había nada que Alice pudiera decir a Bella sobre su trabajo que ésta no supiera ya. Pero en aquella ocasión la cosa era diferente. Bella había terminado su curso de ilustración y había sacado las mejores notas de la clase. Ya no necesitaba ahorrar como loca. Gracias al salario que le pagaba Edward y a que no había tenido que gastar dinero en alquilar una casa, había podido pagarse el curso, comprar todo el material necesario, acudir a todas las exposiciones que había querido y aún tener dinero en el banco. No bastante como para comprarse su propia casa, pero suficiente para alquilar algo.

-Me he enterado de que alquilan un apartamento en mi bloque -dijo Alice, que miró su reloj porque tenía que volver al trabajo después del almuerzo-. Sólo tiene un dormitorio, pero te encantará. Así no tendrás que aguantar que tu jefe llame a tu puerta a cualquier hora de la noche para que escribas una carta que su secretaria podría haber escrito al día siguiente.

«A mí no me importa hacerlo», quiso decir Bella, pero se limitó a asentir y a tratar de parecer entusiasmada.

-Podría ir a verlo... -dijo.

Alice se tomó aquello como un sí definitivo y se levantó.

-Bien. Avísame cuándo vas a estar libre y te concertaré una cita para verlo. Pero no te duermas porque de lo contrario te lo quitarán de las manos -consciente de su severo tono, Alice sonrió y abrazó a su amiga-. Me preocupo por ti.

-Lo sé.

-Y odio pensar que estás languideciendo en la casa de ese hombre, esperando con desesperación que se fije en ti mientras te ocupas de hacer sus recados.

-Yo no...

-¡Claro que sí! -Alice interrumpió a su amiga sin contemplaciones. Había notado hacía tiempo que Bella siempre se las arreglaba para justificar el mal comportamiento de su jefe. Ella lo había visto en un par de ocasiones y sabía que el infierno tendría que congelarse antes de que Edward mirara a Bella de un modo distinto al de un afortunado jefe con una empleada que lo adorara y estuviera siempre a su entera disposición. A él le gustaba que sus mujeres fueran altas, delgadas y superfluas, y Bella no encajaba en ninguna de aquellas categorías-. Y ahora me voy, cariño. Cuídate... y llámame, ¿de acuerdo?

-De acuerdo -contestó Bella que, aunque no descartaba por completo la posibilidad de trasladarse, tampoco pensaba darle demasiada importancia al tema.

El destino la había reunido con Edward y, al parecer, el destino aún no estaba listo para separarlos.

Pero la solicitud que llevaba en su bolso, la posibilidad de conseguir un apartamento y la charla de su amiga le dieron qué pensar.

En el camino de regreso se detuvo para comprar lo necesario para preparar unos espagueti boloñesa para la cena. A Edward le encantaban y, aunque iba a ausentarse el fin de semana, aquella noche iba a dormir en casa.

Trató de no pensar en sus actividades del fin de semana. Estaba viendo a otra de sus preciosas morenas. Aquélla se llamaba Heidi, un nombre que le iba a las mil maravillas. Con tacones era casi tan alta como él, sólo vestía ropa de diseño y en la única ocasión en que vio a Bella la trató con la superioridad de alguien muy bello en presencia de un troll.

Bella jamás habría manifestado sus celos a Edward, pero, encima de todo lo demás, éstos se filtraron en su cuerpo como veneno.

Ya no se contentaba con el tonto engaño de pensar que estar con él le bastaba. Seguía encontrándolo fascinante con su atractiva arrogancia, su agudeza y sus momentos de amabilidad, ¿pero era eso suficiente?

Hacía dos semanas que Bella había terminado su curso, y la repentina falta de actividad le estaba haciendo recordar que tenía que seguir adelante con su vida, que ésta no podía seguir girando en tomo a un hombre que apenas le prestaba atención, a pesar de que, de algún modo inexplicable, Bella sabía que era prácticamente imprescindible para él.

«¿o no lo eres?», susurró una molesta vocecita en su interior. «Te gustaría pensar que los eres, ¿pero no nos dedicamos casi todos a creer lo que queremos creer y a descartar el resto?»

Edward tenía su piso en la planta superior de un elegante edificio en Knightsbridge, pero Bella subió las escaleras andando. Había empezado a hacerlo hacía unas semanas como forma de ejercicio y para contrarrestar su pasión por el chocolate y los dulces en general.

El piso había sido decorado por uno de los interioristas más famosos de Londres. Las únicas instrucciones que le dio Edward fueron que utilizara los menos colores posibles y que no hubiera plantas que requirieran cuidados.

Bella no había hecho nada respecto a los colores a lo largo de aquellos meses, pero sí había comprado diversas plantas que cuidaba religiosamente.

También había animado las paredes con algunas de sus ilustraciones, sin dejarse afectar por la reacción inicialmente gruñona de Edward, que luego se transformó en ocasionales y gratificantes comentarios de aprecio.

Tras dejar las compras en la cocina fue a tomar una ducha sin lograr dejar de pensar en los comentarios de su amiga Alice. Aunque el verano estaba a punto de acabar aún hacía calor y la ducha resultó maravillosamente refrescante. Aún estaba disfrutando del agua cuando oyó que llamaban a la puerta.

No podía ser Edward, porque nunca volvía antes de las siete y además tenía su llave. Teniendo en cuenta que el portero de aquel lujoso edificio jamás permitía que subieran vendedores y repartidores de propaganda, ¿de quién podía tratarse?

Mientras iba a abrir, Bella sintió que los latidos de su corazón se aceleraban al pensar en la posibilidad de que fuera Edward.

Pero no era Edward. Y tampoco era ningún vendedor. Se trataba de una mujer más bien baja y morena de unos sesenta años, con un rostro de marcado carácter, pero que en aquellos momentos parecía exhausto.

Bella no supo cuál de las dos se sintió más sorprendida. Rompieron el silencio al mismo tiempo, la mujer hablando en griego y ella pidiéndole que se identificara. Finalmente, ambas permanecieron en silencio hasta que Bella habló.

-Lo siento, pero, ¿le importaría decirme quién es? El portero no suele dejar subir a nadie que no sea esperado... -sonrió para suavizar cualquier posible ofensa y ciñó el cinturón del albornoz, lo único que le había dado tiempo a ponerse antes de ir a abrir.

-¿Y quién eres tú? -preguntó la mujer-. ¿Dónde está mi hijo? ¿Está aquí? El portero me ha dicho que habría alguien para abrirme y he pensado que se refería a Edward. ¿Dónde está?

Bella se quedó boquiabierta. Edward había mencionado a su madre de vez en cuando, una madre por la que sentía un profundo respeto y admiración, pero que nunca se aventuraba a ir a Londres porque las multitudes la confundían.

-Pase, por favor... señora Cullen. Me alegra mucho conocerla. Yo soy Bella...

-¿Bella? ¿Bella qué? Edward nunca me ha mencionado una Bella, pero lo cierto es que mi hijo nunca me habla de sus novias. ¡Empezaba a pensar que no tenía ninguna! o tal vez demasiadas –la madre de Edward entró en el piso y se dirigió al sofá más cercano, donde se sentó con un suspiro de alivio-. Ven aquí, niña. Déjame verte

-Pero se equivoca...

La señora Cullen apoyó un dedo sobre los labios de Bella.

-Shh. Sigue la corriente a una anciana que lleva mucho tiempo rezando para que su hijo encuentre una buena chica con la que sentar la cabeza. Y no podría haber sucedido en mejor momento, hija mía. Sí. Pareces llenita y bien alimentada.

-Estoy a régimen... -murmuró Bella, decidida a aclarar las cosas cuanto antes-. Siento decepcionarla, pero...

-¿Decepcionarme? ¡No estoy decepcionada, cariño! -el anciano rostro de la mujer se iluminó de pronto con una sonrisa a la que Bella no tuvo más remedio que corresponder-. A Edward le gusta pensar que soy una anticuada... tal vez por eso no me ha hablado de ti... debe pensar que no me parece bien que viváis juntos...

-No, señora Cullen... -Bella se sentó en el borde del sofá, consciente de que su vestimenta, o más bien su falta de ella, no estaba haciendo nada por aclarar la verdad-. Es cierto que vivimos juntos, técnicamente, pero...

-Pero no soy tan vieja como para no darme cuenta de que los tiempos han cambiado -continuó la madre de Edward, imperturbable-. En mi época las cosas eran muy distintas, pero eso no quiere decir que no entienda a los jóvenes de hoy en día -de repente alzó una mano y la apoyó en la mejilla de Bella-. Me hace feliz saber que mi querido Edward ha encontrado a alguien, y puedo ver en tus ojos que eres una buena persona.

Bella se preguntó cómo podía confundirse con tanta facilidad la bondad con el pánico.

-Y no debes llamarme señora Cullen, querida -continuó la madre de Edward-. Me llamo Esme.

-Edward no me había dicho que iba a venir.

-Esperaba que... -el rostro de Esme adquirió momentáneamente una expresión preocupada-. Será mejor que se lo explique a él en persona... Ahora, estoy cansada... ¿Podrías llamar a Edward para decirle que estoy aquí?

-¡Por supuesto!

Dado que a Esme prácticamente se le cerraban los ojos a causa del cansancio, a Bella no le pareció adecuado ponerse a explicarle en aquellos momentos por qué estaba en casa de Edward vestida con un albornoz. Decidió que tal vez sería mejor que fuera su hijo quien le hiciera llevarse aquella pequeña decepción.

Entretanto podía acompañar a Esme a una de las habitaciones libres del piso para que se acostara.

La madre de Edward, que de pronto le había parecido muy frágil, como una pieza de porcelana a punto de romperse, se quedó dormida casi antes de que tuviera tiempo de quitarle la chaqueta y los zapatos. Luego echó las cortinas con el menor ruido posible y la cubrió con una manta.

Los dedos le temblaban cuando marcó el número del móvil de Edward. Éste contestó casi de inmediato, en un tono que indicaba que se hallaba en medio de algo importante. Pero en cuanto se enteró de que su madre estaba en Londres se olvidó de todo lo demás.

Su madre nunca iba a Londres, ni con advertencia previa ni sin ella. El hecho de que hubiera hecho aquel viaje sin avisarlo era inaudito.

Veinte minutos más tarde entraba en el piso como una exhalación. Bella lo estaba esperando, ansiosa, vestida con sus habituales leotardos y una camiseta ancha de rayas.

-Está profundamente dormida -dijo, poniéndose en pie de un salto para sujetar a Edward por un brazo antes de que entrara en el dormitorio a hacer preguntas-. Deja que te prepare un café -añadió en tono apaciguador-. Tenemos que hablar.

Por unos instantes temió que Edward fuera a hacer caso omiso de sus palabras, pero, en lugar de ello, se pasó una mano por el pelo y asintió.

Unos minutos después Bella dejaba una taza de café ante él antes de sentarse al otro lado de la mesa de la cocina.

-¿Hay algún problema? -preguntó Edward-. Mi madre nunca visita este país sin avisarme, así que supongo que sí lo hay. ¿Te ha dicho por qué ha venido?

Bella negó lentamente con la cabeza mientras pensaba en cómo explicarle que su madre había sacado algunas conclusiones precipitadas al verla. Había tratado de hacerlo por teléfono, pero, después de saber que su madre estaba allí, Edward no había escuchado nada más.

-¿Se encuentra bien físicamente, Edward? Me ha parecido muy... frágil.

La mirada de Edward se oscureció a la vez que se inclinaba hacia ella.

-Explícate.

-Me ha parecido muy delicada...

-¿Y has podido darte cuenta de eso en unos minutos? ¿Acaso estás estudiando medicina en lugar de pintura?

Bella captó el miedo que había tras la irónica risa que dejó escapar Edward y lo miró compasivamente.

Él se levantó bruscamente, apoyó ambas manos en la mesa y la miró con dureza.

-Y haz el favor de no mostrarte compasiva conmigo. No estoy de humor para eso.

-De acuerdo -Bella sintió la punzada de las lágrimas en los ojos y se mordió el labio.

Edward contempló su cabeza agachada y supo que había sido innecesariamente cruel, pero la disculpa que se sintió obligado a ofrecer no llegó a alcanzar sus labios. ¿Tendría idea de cómo había aumentado su preocupación el simple comentario que había hecho sobre el estado de su madre? Golpeó la mesa con un puño y Bella se sobresaltó.

-Lo siento -susurró.

-¿Qué sientes? -espetó Edward-. ¿Haber ofrecido tu opinión cuando nadie te la había pedido?

-Siento que estés asustado -Bella lo miró valientemente a los ojos y sintió un ligero alivio al ver que al menos volvía a sentarse. Nunca lo había visto asustado. Si quería tomarla con ella, adelante. A fin de cuentas, ¿no era de eso de lo que trataba el amor? ¿Y no lo amaba ella?

De todos modos, supo instintivamente que ahondar en ello no era buena idea, de manera que le dedicó una acuosa sonrisa y suspiró.

-Hay algo más -dijo con cautela-. He tratado de explicártelo por teléfono, pero no me has escuchado. Ya sabes que a veces hablo demasiado...

Edward sintió que parte de su tensión lo abandonaba y sonrió a regañadientes.

-Ya lo he notado.

Bella asintió.

-Cuando... cuando tu madre ha llamado a la puerta yo estaba en la ducha. Sé que te parecerá una hora extraña para darme una ducha, pero acababa de subir las escaleras andando para hacer algo de ejercicio y me sentía acalorada. El caso es que he ido a abrir la puerta en albornoz...

-¿Piensas llegar al meollo de la cuestión este año o el siguiente?

-Olvida el albornoz. Da igual. El asunto es que... y no sé si te vas a enfadar por esto, pero no ha sido culpa mía... tu madre no esperaba verme.

-¿Y por qué no le ha pedido a Hal que la acompañara arriba si no esperaba encontrar a nadie en el piso?

-Porque Hal le dijo que había alguien para abrirle la puerta... y ella esperaba que ese alguien fueras tú. Pero me temo que al verme se ha llevado una impresión equivocada.

Edward frunció el ceño.

-¿A qué te refieres?

-Ha pensado que... que estaba relacionada contigo...

-Y lo estás. Entre otras cosas eres la encargada de mi casa.

-No me refiero a esa clase de relación... sino a una relación romántica. Tu madre ha pensado que soy tu novia.

La reacción de Edward fue totalmente inesperada. Rompió a reír.

-Sé que es increíble -dijo Bella, tensa-. Sé que no soy la clase de mujer a la que mirarías dos veces seguidas...

Edward dejó de reír y la miró con el ceño fruncido.

-Pero supongo que la has sacado de su error, ¿no?

-No he podido.

-¿Que no has podido? -repitió Edward, perplejo-. Mi madre empieza a decirte lo satisfecha que está porque su hijo haya encontrado por fin una buena mujer... ¿y tú no has podido sacarla de su error?

-Apenas me ha dejado hablar, y cuando de pronto ha parecido perder las fuerzas no he tenido valor para aclararle su error...

-Yo me ocuparé de aclarárselo -Edward tomó un sorbo de su café y miró a Bella por encima del borde de la taza. ¿Bella? ¿Su novia? ¡Qué idea tan ridícula! Contempló su rostro, sus definidos rasgos y expresivos ojos, y luego bajó la mirada hacia la poco favorecedora camiseta que vestía.

Era una mujer con personalidad, sin duda, pero la personalidad no aparecía muy alta en su lista de cualidades deseables en una mujer.

-No supondrá ningún problema -añadió.

-¿Lo dices porque nadie en su sano juicio podría encontrarme atractiva? -Bella se escuchó decir aquello con auténtica sorpresa, pero siguió hablando rápidamente para distraer a Edward-. Tal vez deberías ir a ver qué tal está. Ya lleva un rato dormida...

-¿A qué ha venido ese comentario? -preguntó Edward con el ceño fruncido. Era posible que Bella no fuera candidata a convertirse en modelo, pero nunca le había visto mostrarse realmente insegura respecto a -su aspecto. Solía bromear de vez en cuando sobre su figura y siempre parecía estar siguiendo algún régimen, pero eso era todo-. ¿Te ha ofendido algún hombre? -preguntó, sintiendo una llamarada de repentina rabia.

-No seas tonto, Edward. Sólo estoy... de un humor raro. Supongo que se debe a la repentina aparición de tu madre.

Edward asintió y se levantó.

-Voy a ver qué tal está.

-No la despiertes si aún está dormida. Parecía necesitar un descanso. Puede que haya venido aquí a relajarse -aquello no tenía sentido, pero Bella no podía soportar ver la tensión que reflejaba el rostro de Edward. Verlo tan vulnerable le dolía de un modo indefinido.

-No me trates con condescendencia -dijo Edward.

Bella pensó que al menos no parecía enfadado, y sonrió.

-Lo haré si así dejas de preocuparte.

-¿Por qué?

-Porque... porque lo haría por cualquiera -aquello era al menos una versión de la verdad-. No puedo soportar ver a alguien sufriendo.

-¿Eres la buena samaritana? -dijo Edward sin apartar la mirada de ella-. Ahora voy a ver a mi madre y acabaré siendo el mal samaritano cuando le informe de que se ha equivocado respecto a nosotros -rió y agitó la cabeza como si aún le pareciera increíble que su madre hubiera llegado a aquella absurda conclusión.

Mientras él iba a la habitación, Bella se quedó pensando en lo importante que de pronto se había vuelto mudarse. No podía culpar a Edward porque considerara risible la idea de que tuvieran una relación romántica. Pero era ella la que resultaba risible. Se había encaprichado tontamente de él desde la primera vez que lo había visto sentado tras su escritorio, totalmente concentrado en su trabajo y apenas consciente de su existencia mientras limpiaba a su alrededor. Y aquello la había llevado en última instancia hasta su piso, alentando unos sentimientos que nunca iban a ser correspondidos. Alice tenía razón. Necesitaba controlar y orientar su vida en la dirección que quería en lugar de permitir que sus emociones le dictaran el camino a seguir.

Todo adquirió pleno sentido en su mente durante los cuarenta y cinco minutos que estuvo esperando a que Edward volviera a la cocina. Cuando lo hizo supo por su expresión que las noticias que había recibido no eran buenas.

-Necesito algo más fuerte que el café -fue lo primero que dijo cuando se sentó a la mesa de la cocina-. Y sugiero que tú también tomes algo.

Bella sirvió dos vasos de vino y luego se sentó frente a Edward.

-Mi madre no quería que me preocupara -dijo él finalmente-. Hace un tiempo empezó a sentir dolor y opresión en el pecho, pero lo achacó a la edad y al cansancio. Al ver que no se le pasaba tras unos días de descanso pidió una cita con su médico, que la remitió a un colega suyo en Londres, un especialista en cirugía del corazón.

-¿Y no te dijo nada? -preguntó Bella, extrañada.

-Si lo hubiera hecho, ¿crees que habría permitido que llevara esa carga sola? -espetó Edward, irritado-. Voló ayer a Londres para acudir hoy al médico, quien, tras hacerle unas pruebas, le ha dicho que no le convenía hacer el viaje de regreso a Grecia. Por eso ha decidido venir aquí, a mi piso. Y así es como te ha conocido...