Hola chicas, si se dan cuentael fic tine nueva portada la diseño:
Daymelis Ramos
para aquellas que pensaran que no leo sus reviews si lo hago, es mas me encantan pero no tengo mucho tiempo para responderlos gracias por ellos y por las que me ponen en favoritos
disfruten de este capitulo
Nessa
Capítulo 5
ANALIZANDO su situación con imparcialidad, algo que a Edward se le daba muy bien, supo que debería sentirse atrapado e inquieto. A fin de cuentas, estaba viviendo su visión particular del infierno. Sus horas de trabajo se habían visto seriamente mermadas. Durante los pasados quince días había estado con su madre en el hospital, donde Esme se había sometido a una operación de corazón, y después en su piso cuando le habían dado el alta. Había insistido en que su madre se quedara al menos un par de semanas más allí, hasta que estuviera lo suficientemente recuperada como para volver a Grecia.
Litsa había protestado un poco, pero finalmente había cedido sin necesidad de demasiada persuasión.
Bella pasaba parte del día trabajando en sus diseños, pero no parecía importarle sacrificar parte de su tiempo para pasear con y experimentar bajo su supervisión en la cocina diversas recetas griegas. Esme estaba encantada relacionándose con la mujer que imaginaba como futura nuera... y Edward no podía culparla por ello. A fin de cuentas, llevaba mucho tiempo esperando.
El hecho de que su madre estuviera viviendo tan sólo una ilusión era algo que apenas preocupaba a su conciencia. Las ventajas de la situación en lo referente a la salud de su madre eran demasiado evidentes. El médico le había dicho hacía unos días que su mejoría estaba siendo impresionante, y Edward estaba convencido de que las cosas no habrían ido tan bien si su madre hubiera estado sola en el piso sin nada que hacer excepto pensar en sus preocupaciones.
De momento las cosas iban bien... a pesar de cómo estaban afectando a su trabajo.
Cerró la tapa de su ordenador y fue a buscar la chaqueta que colgaba en el armario de su despacho.
Angela, su secretaria, se asomó al despacho y miró su reloj disimuladamente. Sabía que la madre de Edward estaba pasando unos días con él porque había tenido algún problema de salud, pero aún le asombraba ver a su jefe preparándose para salir a las cinco y media.
-Sea lo que sea, Angela -dijo Edward sin volverse-, tendrás que cancelarlo. Me voy.
-Sí, pero...
-Nada de peros. Hasta que mi madre vuelva a Grecia, mi jornada de trabajo termina a las cinco y media.
Edward sabía que así debían ser las cosas, pues quería ocuparse de su madre... aunque la perspectiva de Bella esperándolo también era muy tentadora.
-¿Por qué no te vas tú también a casa, Angela? -dijo amablemente-. Los informes pueden esperar a mañana.
Angela sonrió.
-Creo que esta noche voy a anotar ese comentario en mi diario. Es la primera vez en tres años que te oigo admitir que algo puede esperar al día siguiente.
-Escribir un diario es una afición muy triste para una mujer de cuarenta años -dijo Edward con una sonrisa.
-Pues yo espero que tengas anotado en el tuyo la cita de mañana por la tarde.
Edward frunció el ceño y abrió la boca para protestar, pero Angela siguió hablando.
-Se trata de la fiesta anual de la empresa -dijo mientras se acercaba a él para entregarle la invitación-. Todo el mundo espera que asistas.
Edward sabía que sus empleados esperaban ver con qué mujer explosiva acudía a la fiesta aquel año. Durante la fiesta se consumía bastante alcohol, pero la comida solía ser bastante buena y el acontecimiento siempre era un éxito. El solía dar un breve discurso de saludo y se quedaba hasta el final, a pesar de que sus acompañantes siempre acababan aburridas y empezaban a hacer ruiditos de protesta poco después de los postres.
-No me la perdería por nada del mundo -murmuró mientras guardaba en el bolsillo la invitación.
-¿Vas a ir con una de tus preciosas chicas?
-Espera y verás, Angela. Y ahora, vete a casa. Tienes un diario que escribir y un marido y unos hijos a los que atender.
-Lo sé, lo sé. ¿No te parece que llevo una vida realmente excitante? -bromeó Angela en tono irónico.
Camino de su casa, Edward pensó en lo poco excitante que solía ser su vida. Normalmente no se habría ido del despacho antes de las ocho.
Para cuando llegó al apartamento su mente estaba llena de imágenes de Bella, que probablemente habría cocinado algo para él y lo estaría esperando con su madre.
Entró silbando.
Bella se levantó para recibirlo, sonriente.
-Tu madre está mucho mejor -dijo, mientras se ponía de puntillas para que la besara en los labios-. Hemos ido a dar un paseo y luego hemos hecho unas compras -miró por encima del hombro a Esme, que los contemplaba con expresión complacida desde el sofá-. ¿Te apetece algo de beber?
-Te diré lo que me apetece después, cuando estemos a solas -Edward deslizó una mano disimuladamente por los pechos de Bella y observó con placer cómo se ruborizaba.
Bella pensó en la noche que la esperaba. ¡La vida era maravillosa! Su plan de irse había abandonado por completo su mente gracias a las mágicas caricias de Edward. Además, adoraba a su madre, que era una mujer valiente, sabia y delicada... y no era habitual que a una mujer le gustara la madre de su novio.
Porque eso era lo que se consideraba: la novia de Edward. Era cierto que al principio no había sido más que una farsa, pero eso había sido entonces, y aquello era ahora. Edward le hacía el amor todas las noches y no hacía más que decirle que la encontraba irresistible.
¡La vida no podía ser mejor!
Cuando, más tarde, Edward la invitó a asistir a la fiesta de su empresa, ella cerró los ojos de felicidad y aceptó.
Divertido al ver su expresión embelesada, Edward se sintió obligado a decirle que el acontecimiento podía resultar bastante prosaico. Habría montones de comida y bebida y el habitual coqueteo entre los miembros más jóvenes de la plantilla de la empresa.
Bella apenas lo escuchó.
-¿Qué debería ponerme?
-Ve a comprarte algo -dijo Edward, que ya había perdido el interés en el tema. Llevaba toda la tarde deseando meter a Bella en la cama y, tras haberlo conseguido, no tenía intención de perder el tiempo hablando de ropa.
La besó lentamente, tomándose su tiempo. Aquella noche pensaba llevarla hasta el límite y, cuando descendiera, volvería a llevarla una vez más hasta la cima. La besó con delicadeza en el cuello y, cuando se inclinó para perderse en la maravilla de sus pechos, ella lo atrajo hacia sí.
-Podrías venir de compras conmigo...
-Mmm. ¿Por qué no? -murmuró Edward a la vez que le dedicaba una sonrisa muy sexy.
Bella suspiró de placer y se entregó de lleno a disfrutar de la noche.
Cuando despertó a la mañana siguiente, Edward encontró a Bella mirándolo de arriba abajo desde el otro lado de la cama y sonrió. Nunca había conocido a una mujer que manifestara tan abiertamente su atracción sexual, y eso le gustaba.
-¿Qué hora es? -preguntó a la vez que apartaba las sábanas para salir de la cama. Pero al ver el tentador cuerpo de Bella en todo su esplendor, decidió que daba lo mismo la hora que fuera.
-Uh, uh -dijo Bella a la vez que volvía a cubrirse con la sábana-. Las compras. ¿Recuerdas?
-¿Qué tengo que recordar?
-Anoche dijiste que hoy vendrías de compras conmigo. No tengo nada que ponerme para la fiesta de la empresa y soy muy indecisa a la hora de comprar. Siempre acabo comprando la ropa equivocada.
-¿Te prometí eso? -preguntó Edward, perplejo-. Lo cierto es que no lo recuerdo -añadió, odiándose por tener que echar aquel cubo de agua fría sobre Bella, pero consciente de que tomarse el día libre para ir de compras con una mujer, por muy sexy que ésta fuera, no era una opción-. Lo siento, Bella, pero no puedo acompañarte.
Bella sonrió. o al menos lo intentó. ¡Edward ni siquiera se acordaba! Había estado tan ocupado disfrutando de ella que no recordaba lo que le había prometido.
-De acuerdo. No hay problema -dijo mientras se encaminaba al baño de espaldas a él, con los ojos llenos de lágrimas.
Cuando salió veinte minutos más tarde, lo encontró vestido y esperándola.
Por un instante tuvo la esperanza de que hubiera cambiado de opinión, aunque sabía que aquello no era más que un indicio de su debilidad. En lugar de ello, Edward le dio su tarjeta de crédito y le dijo que fuera a Harrods a comprar lo que quisiera. Él les avisaría con antelación de que iba a ir.
-De acuerdo -Bella aceptó la tarjeta, aunque no tenía intención de usarla. ¿No tenía ya suficiente dinero en el banco gracias a él?
-Tal vez podríamos vernos para almorzar -dijo Edward. Por una vez estaba teniendo problemas con su conciencia... aunque Bella ya no parecía especialmente decepcionada. Un rato antes había temido que fuera a ponerse a llorar, pero, afortunadamente, no había sido así.
-No -dijo Bella animadamente-. Voy a tratar de quedar con Alice. Me gustaría llevarme a tu madre para que comprara algunas cosas antes de volver a Grecia el domingo, pero no creo que las multitudes vayan a hacerle ningún bien.
Esme se iba y Bella se preguntó qué pasaría entonces con ellos. ¿Esperaría Edward que las cosas volvieran a ser como antes? Una hora antes habría negado aquella posibilidad, pero las dudas empezaban a aflorar a través de la bruma optimista e irreal de sus sueños.
Permaneció ante él, deseando que le dijera algo que sus dudas se desvanecieran, pero Edward se limitó a sonreír y a acercarse a ella para besarla en los labios. Con un patético gemido de rendición, Bella lo tomó por la solapas de la chaqueta y lo atrajo hacia sí.
Satisfecho, Edward sonrió de nuevo y se preguntó de dónde habría salido el escalofrío de preocupación que había sentido un rato antes. Estaba tan seguro de que Bella lo deseaba como cualquier hombre podía estarlo de algo en su vida.
Tres horas más tarde Bella salía del apartamento para enfrentarse cara a cara con los recelos de su amiga Alice.
-Me temo que esto no va a acabar bien -dijo Alice, y aquello era precisamente lo último que Bella quería escuchar-. Si hubieras tenido el más mínimo sentido común no habrías aceptado participar en esa farsa de relación.
-Ya no es una farsa -dijo Bella a la defensiva-. Lo amo y sé que él siente algo por mí...
-¿Porque has sido lo suficientemente tonta como para acostarte con él? -Alice rió cariñosamente-. Tienes que volver al planeta tierra, Bella. Tienes que comprender que tu relación con él no es más real de las que ha tenido Edward en el pasado con todas esas mujeres sofisticadas. Tú misma te has ocupado de comprar los ramos de rosas que algunas de ellas han recibido a modo de despedida.
-Sí, lo sé, pero... -pero el caso de ella era distinto, ¿no? Pasaba las noches en la cama con Edward, en su piso... había conocido a su madre... ¿acaso no significaba nada todo aquello?
-Sólo estoy diciendo que tienes que ser realista, Bella -dijo Alice, que conocía suficientemente a los hombres como Edward como para saber que podían resultar letales para la salud de una mujer-. Cuando su madre se vaya, me temo que Edward pretenderá que las cosas vuelvan a ser como antes.
-Haces que parezca un monstruo -dijo Bella, que empezaba a arrepentirse de haber quedado con Alice para que la ayudara a comprar el vestido. Aparte de sus consejos respecto a éste, esperaba haber encontrado apoyo en ella para su teoría de que lo que estaba pasando «tenía que significar algo». Pero había iniciado la conversación contándole que Edward había incumplido su promesa de acompañarla y desde ese momento todo había ido cuesta abajo
De manera que, cuando terminaron de comer y se acabaron los sermones, se enfrentó a la tarde de compras que se avecinaba con un pequeño suspiro de resignación.
-Primero dime la clase de ropa en que has pensado y luego te digo lo que he pensado yo -dijo Alice.
Tras pensar un poco, Bella decidió que algo de color oscuro le sentaría bien a su figura. Algo elegante y serio, que no llamara la atención. Iba a encontrarse con gente que no conocía de nada y lo mejor que podía hacer era comprarse algo que la hiciera pasar desapercibida. Manifestó su opinión en tono indeciso, aunque trató de razonarla.
-No, no... y no -dijo Alice con una sonrisa satisfecha, y Bella sintió que había caído en una trampa mientras su amiga llamaba a un taxi-. Vas a sorprender a ese bastardo con tu atuendo, lo que significa que vas a verte con él directamente en la fiesta. Puedes cambiarte en mi apartamento. Yo te llevaré luego.
-Edward no es un bastardo -murmuró Bella.
Durante el trayecto en taxi, Alice fue enumerando todos los motivos por los que Bella debía seguir sus consejos. Debía demostrar a Edward que era una mujer independiente, y no el felpudo que él asumía que era. Tenía que romper con el hábito de vestir como lo hacía, porque el mar estaba lleno de peces coloridos, juguetones y divertidos y no tenía por qué atarse al mayor tiburón de la ciudad. Pronto llegaría el día en que no podría seguir ocultándose en su mundo de sueños. ¿Qué pasaría si huía de la realidad y se ocultaba en su apartamento, si sólo salía con una ropa que la hiciera invisible? ¿Sería capaz de encontrar alguna vez un compañero?
-No me quedan bien los colores vistosos -protestó Bella, asustada por el panorama que estaba pintando su amiga-. Y no puedo quedarme en tu apartamento hasta que llegue la hora de irme.
-¿Por qué no?
-Porque... -la idea de presentarse sola en la fiesta aterrorizaba a Bella. Había logrado llegar hasta aquel momento de su vida sin tener que pasar por una experiencia como aquélla. Si llegaba con Edward, al menos podría esconderse tras él.
-No te preocupes. Todo irá bien. Mejor que bien -dijo Alice para animar a su amiga-. Confía en mí. Adelante. Llama a Edward antes de que te eches atrás.
A pesar de sí misma, Bella sabía que todo lo que estaba diciendo su amiga tenía mucho sentido. Su relación con Edward no era real. Porque Edward no se había enamorado locamente de ella. Su supuesta, relación no era apenas más que una relación sexal. Al parecer, y por motivos que no llegaba a comprender, Edward se sentía sexualmente atraído por ella. Pero, como había dicho Alice, eso no significaba nada.
Ella quería una relación significativa. Había querido creer que hacer el amor con Edward era el primer paso para conseguirla. Tal vez era así, pero probablemente... y, además, tampoco le vendría mal que Edward tuviera un toque de advertencia. Estaba fantaseando sobre la posibilidad de sorprenderlo cuando Alice le puso el móvil en la mano.
La llamada a Edward sólo sirvió para reforzar su decisión. Su actitud fue realmente cortante. Según dijo estaba en una reunión y no podía dedicarle tiempo en aquellos momentos.
-Probablemente no podré volver al piso a tiempo para acudir a la fiesta contigo -dijo Bella rápidamente.
-En ese caso, nos vemos allí -replicó Edward-. Ya eres mayorcita para ir sola.
Bella sintió una absurda decepción por su actitud. Pero no era culpa de Edward estar ocupado, y hacía tiempo que sabía que el trabajo era lo más importante de su vida.
-¿Y bien? -preguntó Alice cuando vio que colgaba.
-Estoy en tus manos -dijo Bella con un suspiro.
Alice sonrió de oreja a oreja.
-Bien. A partir de ahora, no esperes descansos.
Y no los hubo.
Primero se centraron en la ropa. Alice hizo caso omiso de las protestas de Bella sobre su figura y le hizo probarse todo tipo de vestidos. Cuando iban por el tercero dejó de protestar por la cantidad de carne expuesta y se entregó dócilmente a la experiencia de ser transformada. Para el sexto ya empezaba a pensar que en realidad no estaba tan mal con menos ropa. Los pechos que había ocultado avergonzada desde los trece años eran perfectos para los generosos escotes de los modernos vestidos que se estaba probando,, y sus piernas tampoco estaban mal. Sí, su figura era de ánfora, pero eso no tenía por qué ser necesariamente malo. Era posible que Rosalie tuviera una figura de modelo, pero ella poseía su propio encanto físico.
Perdió la cuenta de todos los vestidos que se probó hasta elegir el definitivo. Su delicada tela de color azul turquesa realzaba el tono de su marfileña piel y se ceñía a su cuerpo sin pegarse a él, y el corte, con un atrevido escote, revelaba el inicio de unos pechos que, según Alice, muchas mujeres habrían querido poseer.
Elegir los zapatos les llevó menos tiempo.
-Nunca podré caminar con ésos -dijo Bella, mirando con escepticismo los zapatos color crema de tacón alto elegidos por su amiga.
-No tienes que andar. Tienes que pavonearte.
A continuación fueron a la peluquería, donde, tras teñirle el pelo con mechones rojizos, el peluquero, en connivencia con Alice, decidió dejarle sus rebeldes rizos naturales porque, según dijo, le daban un aspecto muy provocativo, que contrastaba con su aspecto de inocencia.
Alice soltó un prolongado silbido cuando, ya en su apartamento, Bella se detuvo frente al espejo y se quedó boquiabierta ante la desconocida que le devolvía la mirada.
Estaba asombrosa. Lo contrario a invisible. El delicado trabajo de Alice con el maquillaje había sido increíble. Tenía un aspecto... ¡muy sexy!
El silbido de Alice fue seguido de diversas recomendaciones. «No camines deprisa, no bebas demasiado, no hables demasiado, no hables demasiado poco, no coquetees con los jóvenes y, sobre todo, ¡no te acuestes con el jefe!»
-Creo que esto ha sido buena idea -dijo Bella cuando Alice detuvo el coche ante el hotel en que iba a celebrarse la fiesta-. Me aterroriza la idea de entrar sola, pero...
-Tienes que hacer cosas por tu cuenta de vez en cuando. Se llama independencia. Y ahora, ¡fuera!
Cuando Bella entró en el hotel, dando pasos muy cortos para no estropear su nueva imagen, descubrió por primera vez en su vida lo que era que se volvieran a mirarla.
¡De manera que aquello era lo que se sentía al entrar en un sitio con la cabeza alta y recibir aquellas miradas de reojo! Desde luego, la experiencia no se parecía nada a entrar ocultándose tras un grupo de gente.
Un botones la condujo hasta el salón en que iba a celebrarse la fiesta, que ya estaba abarrotado de gente. Localizó casi de inmediato a Edward. Estaba charlando desenfadadamente con un grupo de empleados de la empresa.
Avanzó hacia él entre la multitud, notando que las miradas de interés no habían remitido. Cuando Edward la vio, Bella agradeció en silencio que Alice la hubiera presionado para hacer aquello, porque sólo le faltó quedarse boquiabierto.
Un momento después Edward la estaba presentando a varios de sus colegas y a su secretaria Angela, que en determinado momento durante la cena, cuando el vino ya había circulado generosamente, le dijo que había supuesto un gran cambio conocer finalmente a una amiga de Edward que tenía algo que decir por sí misma.
Bella se encontraba en su elemento. No entendía por qué se había sentido tan insegura antes, porque Edward no dejaba de mirarla con evidente admiración, y cuando, a punto de finalizar la fiesta, le susurró al oído que si no se iban pronto iba a tener que llevársela al guardarropa más cercano para hacer lo que realmente le apetecía con ella, Bella temió desmayarse allí mismo.
Cuando salieron un rato después, el chófer de Edward los estaba esperando fuera.
-Has estado brillante -le dijo Edward una vez que
estuvieron en el coche, mientras le masajeaba el cuello con una mano.
-¿En serio? -preguntó Bella, orgullosa-. ¿Crees que ha tenido algo que ver mi aspecto?
-Te has relacionado como una veterana -dijo Edward a la vez que la atraía hacia sí-. Y sí, tu aspecto es... deslumbrante -añadió mientras pasaba una mano tras su cintura y la curvaba hacia el tentador ese cote del vestido-. Totalmente deslumbrante...
Bella tembló de placer ante la expectativa de ser acariciada... ¡en la parte trasera de un coche, nada menos, otra nueva experiencia para ella!
Edward no dejó de besarla y acariciarla durante todo el trayecto y, cuanto llegaron al piso, Bella se alegró de que Esme tuviera el sueño profundo y de que su habitación no estuviera cerca de la Edward, porque prácticamente fueron corriendo al dormitorio en su ansia por colmar la promesa de lo que habían iniciado en el coche.
