Chicas me encantan sus RR son muy interesantes!
bueno aca les el capitulo sin mas
Nessa
Capítulo 8
HOLA, ¿qué te trae por aquí? -Bella se apartó para dejar pasar a Edward.
-De manera que éste es tu nuevo apartamento -dijo él, mirando a su alrededor.
-¿Te gusta? Es bastante pequeño, pero está en una buena zona de Londres. Aún no he terminado de decorarlo. Sólo he colgado un par de mis dibujos.
-Los he reconocido -aquellos dibujos también habían colgado de las paredes del piso de Edward, que se irritaba cada vez que veía el espacio vacío. Evidentemente, se había acostumbrado a verlos allí... lo que venía a demostrar lo malo que podía ser acostumbrarse a algo.
Se asomó al dormitorio, al baño y a la cocina antes de volverse de nuevo hacia Bella, que estaba de pie junto al sofá. Como había imaginado, su uniforme de prendas sin forma había quedado descartado a favor de unos vaqueros y una camiseta que hacía imposible no fijarse en sus pechos.
¡Menos mal que se había sentido lo suficientemente magnánimo como para decidir ayudarla y, como amigo que aún se consideraba de ella, advertirle sobre los peligros del sexo opuesto! Edward sintió un brote de satisfacción por lo desinteresado de su actitud.
-No está mal -dijo-. El apartamento es pequeño, pero no es el típico cuchitril en que son capaces de meterse la mayoría de los solteros.
-Yo no viviría en un cuchitril -protestó Bella, que se ruborizó al recordar el piso que compartía antes de trasladarse a vivir con Edward-. Al menos ahora -corrigió-. ¿Te apetece beber algo? ¿Té? ¿Café?
-¿No tienes whisky?
-Sabes que no bebo whisky -por lo visto, Edward no había ido a verla para arrojarse en sus brazos y decirle que había sido un estúpido por no haberse dado cuenta de cuánto la necesitaba, y Bella empezó a tener dudas sobre el motivo de su visita.
-¿Y vino?
-Sí tengo vino. Ayer tomé un vaso y el resto de la botella está en la nevera.
Bella fue a la cocina mientras Edward se preguntaba con quién habría compartido el vino. Bella no tenía por costumbre beber sola, lo que significaba que debía haber compartido el vino con alguien, y la única persona que surgió en la suspicaz mente de Edward fue el oportunista con que la había visto en el club hacía unos días. Su hostilidad afloró al instante, pero la reprimió rápidamente al recordar su generosa misión de aquella noche.
-¿Has comido? -preguntó Bella por encima del hombro.
-No hace falta que te molestes por mí, pero no, no he comido. He venido aquí directo del trabajo.
-Yo tampoco he comido -Bella sonrió, culpablemente consciente de que no debería estar disfrutando de la compañía de Edward, de que estuviera en su piso. Alice se subiría por las paredes si llegara a enterarse-. He pasado el día recopilando mi carpeta de trabajos para mi nuevo trabajo. Ya los vieron en la entrevista, pero voy a llevarlos de todos modos, para que mi jefe sepa lo que soy capaz de hacer. Alice dice que eso es lo que hay que hacer; asegurarse desde el principio que sepan que tengo potencial para trabajar en lo que quiero. La gente no sabe de qué eres capaz a no ser que hagas sonar la trompeta.
Edward tomó el vaso de vino que le ofreció Bella.
-Tu amiga Alice para ejercer una gran influencia sobre ti -comentó-. Si vas a cocinar algo para ti, puedo compartirlo. Hoy no tengo ninguna prisa.
Bella se moría por preguntarle qué había pasado con Michelle. Si eran una pareja, era extraño que no fueran a pasar la tarde juntos.
-Iba a prepararme algo de pasta.
-Háblame de tu trabajo.
-¿Te apetece un poco de pasta?
-¿Por qué no?
-No quiero presionarte para que la tomes -dijo Bella con un desacostumbrado brote de rebelión-. La salsa va a ser de lata y sé que no te gusta nada que esté enlatado.
Edward frunció el ceño.
-Simplemente porque lo que se cocina en casa suele ser más saludable y más sabroso. La comida enlatada está cargada de conservantes.
-Y, por supuesto, tú siempre has podido permitirte el lujo de no comer nada enlatado...
-No he venido aquí para mantener una inútil discusión contigo sobre las ventajas y las desventajas de comida enlatada -dijo Edward, que tuvo que esforzarse para controlar su irritación-. Ibas a hablarme de tu trabajo -de levantó para servirse más vino y rozó a Bella al pasar junto a ella.
Distraída por el breve contacto físico, Bella olvidó preguntarle por qué había ido a verla, ya que lo había mencionado, y se encontró contándole cómo había conseguido el trabajo.
Mientras charlaba, y como concesión al desagrado que Edward sentía por las latas, troceó unos tomates para añadirlos a la salsa. Le añadió unas hojas de albahaca y un poco de ajo para darle más sabor.
El resultado final parecía totalmente casero, y sirvió una generosa cantidad de salsa con los tallarines.
-Muy saludable -dijo Edward, mirándola con aprecio-. ¿Se trata de una nueva dieta a juego con tu nueva vida? Has perdido peso.
Bella estaba orgullosa de su logro. No pensaba revelarle que su tristeza había aplacado su apetito, y que en el proceso había sucedido algo extraño pero maravilloso: había perdido la ansiedad por comer cosas dulces. De manera que asintió y miró a Edward por encima del borde de su vaso de vino.
-No esperaba que fueras a notarlo -dijo, satisfecha-. Pero sospecho que nunca voy a ser un palillo. Aparte de mi cintura y mi estómago, lo demás sigue como antes.
-Ya lo he notado. Tus pechos parecen tan suculentos como siempre.
Bella se ruborizó y trató de no pensar que aquel cumplido pudiera ser indicio de algo. Pero no pudo evitar que sus esperanzas crecieran.
-No tienes que hacerme cumplidos sólo porque te haya preparado la cena. Además, tienes una novia, y estoy segura de que no le haría ninguna gracia enterarse de que estás sentado en mi cocina haciendo halagos a mi figura.
-Yo no llamaría a Michelle mi novia. Es una mujer con la que he salido en un par de ocasiones, nada más.
-¿Qué ha sucedido? ¿Se ha vuelto demasiado posesiva?
-De momento tengo demasiado trabajo como para dedicarme a cortejar a una mujer -dijo Edward, cuyo plan no consistía precisamente en hablar sobre su vida amorosa.
Bella movió la cabeza en un gesto admonitorio.
-Demasiado trabajo y nada de diversión...
Edward sintió una irritación inexplicable, pero su poderosa lógica le hizo comprender enseguida por qué. Durante el tiempo que Bella había convivido con él, escuchando y obedeciendo dócilmente, nunca lo había cuestionado en aquel tono. Era evidente que había salido del capullo al que él se había acostumbrado y estaba manifestando opiniones que iban más allá de lo aceptable.
-¿Más consejos marca Alice? -preguntó con suavidad y, como había sospechado, Bella se ruborizó intensamente. El no conocía a su amiga, aunque había oído hablar frecuentemente de ella.., normalmente en relación con algún ridículo tema feminista. Evidentemente, Bella se estaba dejando arrastrar por una oleada de «poder femenino» que nada tenía que ver con ella. Lo que demostraba lo crédula que era y hasta qué punto necesitaba que alguien la apartara de los posibles peligros que la acechaban. ¿Y quién iba a hacerlo si no? Desde luego, no su liberal amiga, que probablemente odiaba a los hombres.
-Alice tiene mucha experiencia -dijo Bella a la defensiva-. Tiene contacto con toda clase de gente en los tribunales, y es lógico que haya desarrollado una duro caparazón. Ella no se deja camelar así como así.
-Que es lo que te sucedió a ti, ¿no? -el enfado de Edward con la ausente pero influyente amiga de Bella no hacía más que aumentar.
Al ver el testarudo silencio en que se mantenía Bella, su expresión se endureció.
-No creo que nadie te pusiera una pistola en la cabeza para que trabajaras para mí. De hecho, yo ni siquiera tenía necesidad de ofrecerte ese trabajo, un trabajo muy generosamente pagado, por cierto. Pero siempre podrías haberlo rechazado.
Si había algo que Edward sabía hacer era ganar una discusión, y Bella era muy consciente de que había aceptado su oferta y alimentado el encaprichamiento que sentía por él sin que nadie la presionara.
Enfurecido ante la posibilidad de que Bella lo estuviera viendo en su mente como el «lobo malo», sobre todo teniendo en cuenta que había ido a visitarla por su propio bien, Edward decidió dejar las cosas claras.
-Cuando mi madre se presentó inesperadamente en mi casa y sacó conclusiones erróneas sobre nuestra relación platónica, admito que, por el bien de su salud, te pedí el favor de que no la sacáramos de su error. Pero no te obligué a meterte en la cama conmigo. Jamás te utilicé ni me aproveché de ti. Disfrutamos de lo que teníamos y siempre supiste que yo no era la clase de hombre que se comprometía. Pero no he venido aquí a discutir contigo
Sus palabras fueron como un mazazo para las frágiles esperanzas de Bella, que se levantó y se puso a recoger la mesa, rechazando la oferta de Edward de ayudarla. Cuando se encontró en condiciones de hablar, se volvió hacia él y se cruzó de brazos.
-Yo tampoco quiero discutir contigo. Teniendo en cuenta de que nos conocemos bastante bien, sería una pérdida de tiempo -dijo, en el tono más civilizado que pudo. Pero estaba claro que había malinterpretado el motivo de la visita de Edward. ¿Cuándo iba a aprender? ¿Habría cursos para las personas como ella? Personas que permitían que engulleran su corazón y que luego olvidaban los consejos de sus amigos y de su propia cabeza para poder volver a caer en la misma trampa y ser nuevamente devoradas.
Edward aún no le había dicho por qué había ido a verla, pero empezaba a pensar que debía tratarse de algo terriblemente banal. Probablemente quería que fuera a recoger algo que había olvidado en su piso en sus prisas por irse.
-¿Te apetece un café? Me temo que voy a tener que pedirte que te vayas bastante pronto. Estoy agotada.
-¿Estás saliendo mucho de juerga?
Bella detectó un matiz de diversión en el tono de Edward, y se obligó a sonreír animadamente.
-Entre otras cosas. Ahora que tengo mi propio piso, no veo sentido en quedarme metida en él todo el rato.
-¿Más consejos de tu sabia amiga?
-No está bien que critiques a Alice sin haberla conocido -dijo Bella, que a continuación miró su reloj y luego a Edward.
-Lo había olvidado. Estás agotada -Edward se levantó y flexionó sus músculos-. De acuerdo. Acepto esa taza de café. Todavía tengo que hablar contigo y por algún motivo aún no lo hemos logrado.
-Si quieres ve a sentarte al cuarto de estar y yo te llevo el café -Bella sabía que la presencia de Edward en la cocina le impedía concentrarse, y en aquellos momentos necesitaba hacerlo.
Ella no se sirvió un café... otra indirecta para que Edward se fuera cuanto antes. En su mente no dejaba de surgir la imagen de Alice diciéndole lo bien que había hecho marchándose del piso de Edward y haciéndose cargo de su vida.
Lo encontró sentado en el sofá, ojeando uno de sus libros de arte.
-Si tenías algo que decirme, podías haberme telefoneado -dijo mientras le entregaba el café.
-Tu número no figura en la guía telefónica.
-Oh, sí.
-Y no lograba conectar con tu móvil.
-Se me ha roto. Tengo intención de comprarme uno, pero aún no me he animado a hacerlo.
Edward chasqueó la lengua, irritado. En una época en que dominaba la tecnología, Bella era la única persona que conocía que podía vivir tranquilamente sin un móvil.
-No me sermonees con que tengo que salir a comprarme uno. Estoy bastante a gusto sin tenerlo.
-¿Y si alguien necesita ponerse en contacto contigo?
Bella se encogió de hombros.
-¿Por qué has venido?
Edward sabía reconocer cuando no iba a ganar, de manera que decidió dejar el tema.
-He venido porque al verte en ese club con el tal am...
-Jasper.
Edward ignoró la interrupción.
-... me di cuenta de lo incurablemente ingenua que eres.
-¿Disculpa? -desconcertada, Bella se humedecía los labios con la lengua.
Edward entrecerró los ojos. Aquél era un ejemplo perfecto de lo que estaba hablando. La mayoría de las mujeres con un poco de experiencia serían conscientes de que el gesto era muy provocativo... ¿pero era Bella consciente de ello? Desde luego que no. Bajó instintivamente la mirada hacia sus pechos y al escote que no pudo evitar ver cuando ella se inclinó hacia delante.
Sintió que se excitaba y tuvo que hacer un auténtico esfuerzo de voluntad para apartar la mirada.
-Mira cómo estás sentada.
Cada vez más perpleja, Bella frunció el ceño.
-¿Cómo estoy sentada? ¿De qué estás hablando? Supongo que no has venido aquí a hablar de mi postura, ¿no? Sé que cuando me siento encorvo la espalda... pero pienso corregirlo en cuanto me compre el móvil.
Edward no captó el intento de broma.
-Cuando te inclinas así se ve prácticamente todo.
Bella se irguió al instante, ruborizada, y se llevó una mano al cuello de la camiseta. -No tienes por qué mirar -replicó.
-Sería imposible no hacerlo -Edward se apoyó contra el respaldo del sofá y enlazó los dedos sobre su regazo-. o de verdad no eres consciente de las señales que envías con algo tan simple como eso, o me estás mostrando deliberadamente lo que está en oferta...
Bella no podía creer que Edward hubiera llegado a aquella humillante conclusión. Su ego era grande, pero nunca había sabido hasta qué punto. ¿De verdad pensaba que trataba de excitarlo, que estaba tan desesperada por recuperarlo?
Por supuesto que lo pensaba, se dijo, avergonzada. Le había abierto la puerta de su casa dispuesta a perdonárselo todo a cambio de que hubiera vuelto con intención de reconciliarse. Naturalmente, Edward había asumido con su espléndida arrogancia que haría cualquier cosa por recuperarlo. Incluso mostrarle su cuerpo.
Por unos momentos no supo qué decir, pero enseguida notó cómo crecía su rabia.
-¿De verdad piensas que estoy aquí sentada tratando de provocarte? -preguntó con voz temblorosa—. Esa es la suposición más arrogante... engreída y ridícula que podrías hacer...
Edward se encogió de hombros.
-En ese caso, está claro que no tienes idea de cómo sobrevivir en un mundo lleno de depredadores masculinos...
-¿Depredadores masculinos? -repitió Bella, aturdida-. El mundo no está lleno de depredadores masculinos, Edward. ¡No todo el mundo es como tú!
-Yo estoy muy lejos de ser un depredador -replicó él con una calma insufrible-. Los depredadores se mueven por la necesidad de encontrar y atrapar a su presa. Yo nunca he sentido tal necesidad. De hecho, diría que soy más una presa que un depredador...
Bella se quedó boquiabierta.
-¿Tratas de hacerme creer que eres tan inocente romo un niño?
-No. Sólo trato de decir que normalmente son las mujeres las que me persiguen.
Probablemente aquello era cierto... pero no por ello dejaba de ser un depredador de primer orden. Pero, consciente de que aquélla era otra discusión que corría peligro de perder, Bella se contentó con fulminarlo con la mirada.
-Lo que me lleva de nuevo a tu novio...
Bella abrió la boca para negar que Jasper fuera su novio, pero volvió a cerrarla de inmediato. Su cita con él había resultado encantadora. Después del club fueron a su apartamento y estuvieron charlando mucho rato. Jasper se desahogó hablando de su ex novia, de la que seguía obviamente enamorado, y se despidieron prometiendo mantenerse en contacto.
-Jasper no es ningún depredador.
-¿Cómo lo sabes? El modo en que ibas vestida en cl club era una auténtica invitación para cualquier hombre sin compromiso. Te estoy diciendo esto por tu propio bien, Bella.
-¿Has venido a sermonearme? ¿Acaso crees que no soy lo suficientemente adulta como para cuidar de mí misma? -Bella se levantó y alargó una mano para que Edward le entregara su taza-. Creo que es hora de que te vayas. No deberías haber venido aquí. ¡No tienes derecho a venir a mi apartamento a tratarme como a una cría!
-Cálmate. Empiezas a parecer un poco histérica.
Bella rió histéricamente y, al retirar la taza de manos de Edward, parte de su contenido se derramó sobre los pantalones de éste. Lo único que lamentó fue que el café se hubiera enfriado, aunque Edward se levantó de un salto.
-¡Y no pienso ofrecerme a lavarte los pantalones! -exclamó-. ¡Te lo mereces!
Aunque no lo manifestó, Edward estaba sorprendido por la muestra de genio de Bella. ¿Dónde estaba la jovencita calmada, atenta y alegre?
-¿Por qué? ¿Por haber sido lo suficientemente decente como para pensar en protegerte?
A pesar de su enfado, Bella se contuvo de gritarle que la única persona de la que necesitaba protección era de él... y sólo porque había sido lo suficientemente idiota como para enamorarse de él. Respiró profundamente para tratar de calmarse
-Ha sido todo un detalle por tu parte -dijo en tono gélido-. Me disculpo por haberte arrojado el café encima, pero no pienso pagar el recibo de la lavandería.
-¡Al diablo con los malditos pantalones! -explotó Edward, que se acercó hasta una pared y se apoyó en ella con los brazos cruzados-. ¡Me da igual si tengo que tirarlos! ¡Me gritas como una loca cuando soy yo el que debería sentirse ofendido! ¡Me has arrojado a la cara mis buenas intenciones!
Bella volvió a respirar profundamente unas cuantas veces.
-Puedo cuidar de mí misma -se cruzó de brazos en un gesto de autoprotección y notó que Edward la miraba atentamente.
-Un consejo: vigila lo que te pones y asegúrate de no exhibirte como lo estabas haciendo hace unos momentos.
-Lo recordaré. Gracias.
La repentina docilidad de Bella irritó a Edward, que la miró con los ojos entrecerrados. Tal vez estaba tratando de cerrar la verja después de que el caballo ya había huido. De pronto sintió la imperiosa necesidad de saber si Bella se había acostado con su cita, pero no podía achacar aquel interés a su afán por protegerla.
Se acercó lentamente hasta el sillón que ocupaba Bella y se inclinó hacia ella a la vez que apoyaba las manos en los reposabrazos.
Bella sintió que su corazón se desbocaba a causa de la cercanía de Edward y redobló sus intentos de calmarse a base de profundas respiraciones.
-¿Y lo recordaste cuando saliste con tu cita? ¿o imaginaste inocentemente que te estaba hablando a ti, y no a tus tetas?
-No te atrevas a insultarme así -dijo Bella, aunque su tono careció de convicción, pues no podía evitar sentirse hipnotizada por la mirada de los magníficos ojos de Edward.
-¿Acaso pretendes decirme que ese tipo no logró ponerte las manos encima?
-Lo que te estoy diciendo es que eso no es asunto tuyo. Lo cierto es que Jasper es un tipo encantador. Me respeta... ¡que es algo más de lo que puedo decir sobre ti!
Edward hizo un sonido despectivo y Bella lo miró con frialdad.
-Jasper nunca «hablaría a mis tetas»... que, por cierto, es una expresión realmente repugnante. Supongo que piensas que es un pelele, pero no lo es. ¡Y él nunca me hablaría con desdén!
Mientras contemplaba la expresión de Bella, una nueva emoción se sumó a la hiperactiva mente de Edward. No supo definir de qué se trataba, pero no le gustó.
Empezaba a lamentar profundamente el generoso impulso que lo había llevado a visitarla. Debería haber dejado que se sumergiera en la noche de Londres para luego esperar a que volviera arrastrándose a él. Naturalmente, no lo habría encontrado esperándola, pero habría aprendido una importante lección.
Bella seguía mirándolo con expresión tozudamente cauta y, con un suave gruñido, Edward inclinó la cabeza y la besó.
Sorprendida, Bella cedió por unos momentos al placer que sólo los labios de Edward podían ofrecerle y sintió que su cuerpo se encendía, pero cuando la realidad se impuso unos segundos después lo apartó de su lado de un empujón.
-¿Acaso pretendes mostrarme de primera mano la clase de hombre que debo evitar? -preguntó con voz temblorosa. Se sentía agredida... y terriblemente excitada. ¿Cómo podía traicionarla su cuerpo de aquel modo?
Edward se apartó de ella.
-Tal vez trataba de mostrarte que conformarte con un segundón después de haber estado conmigo no ha sido buena idea.
-¡Puede que yo no quiera ser la segundona! -espetó Bella, trémula-. ¡Puede que quiera ser la primera para alguien! ¿Qué tiene eso de malo?
Por primera vez desde que lo conocía, Bella vio que Edward se había quedado sin saber qué decir. A continuación, sin pronunciar palabra, giró sobre sus talones y salió del apartamento.
Cuando la puerta se cerró a sus espaldas, Bella rompió a llorar desconsoladamente.
