Hola chicas!
aqui esta el penultimo capitulo
espero que lo disfruten!
Capítulo 9
BELLA estaba dormida cuando sonó el teléfono. Aturdida, alargó la mano hacia la mesilla y descolgó el auricular. -Soy yo -dijo Edward desde el otro lado de la línea.
Desorientada, Bella se sentó en la cama y miró el reloj. Estaban a punto de dar las doce. ¡Hacía apenas dos horas que Edward se había ido de allí! Conmocionada, necesitó varios segundos para darse cuenta de que le estaba diciendo algo.
-¿Cómo has conseguido mi teléfono?
-¿Has escuchado algo de lo que te he dicho? -Edward volvió la mirada e hizo una mueca a la persona con la que estaba, que observaba con gran interés todo lo que la rodeaba-. Tu número estaba en un cuaderno que había junto al teléfono y lo he anotado... afortunadamente.
-¿Sabes qué hora es?
Edward reprimió un gemido. Había llegado a casa de un humor de perros y había tratado de superarlo trabajando un rato con su ordenador, pero ni siquiera los retos de su último acuerdo comercial habían podido aplacarlo.
Acostumbrado a tenerlo todo bajo control, no lograba asimilar la falta de control que sentía desde que Bella se había ido de su casa.
Había pasado aquellas semanas diciéndose que era lo mejor que podía haber pasado, y había supuesto que las cosas volverían a la normalidad en poco tiempo... aunque no pudiera evitar pensar en ella de vez en cuando.
Al notar que pensaba en ella más de lo que había anticipado, se dijo que se debía a que Bella había sido algo más que uno de sus habituales ligues. A fin de cuentas, ¿no había trabajado para él y había compartido su casa durante más de un año? Habría sido inhumano si no hubiera sentido algo de añoranza al perder su compañía.
Pero toda su capacidad de razonamiento se había ido por la ventana al verla con otro hombre. Había reaccionado con una furia que lo había dejado perplejo.
Mientras regresaba a su casa aquella noche había analizado la situación con honestidad y se había visto obligado a admitir que su plan de ir a verla para «aconsejarla como buen amigo» no había sido más que una burda excusa. Había ido a verla porque estaba celoso, para averiguar si iba en serio con el otro hombre.
Y, juzgando por cómo se había suavizado la expresión de Bella cuando había hablado de él, no había tenido más remedio que reconocer que, probablemente, la cosa iba en serio.
Y le había parecido muy injusto que Bella le hubiera dicho al irse que no se conformaba con ser la segundona.
¿Cuándo la había tratado él como una segundona? ¡Más bien al contrario! Nunca se había entregado a otra mujer como a ella.
Había pasado semanas regulando su trabajo para poder estar más con ella. La presencia de su madre había influido, desde luego, pero lo cierto era que se había esforzado por llegar a casa antes de lo habitual, e incluso la había acompañado algunas veces al supermercado... algo que no había hecho en su vida.
Pero pensar en todo aquello no le hizo sentirse mejor.
La única verdad de todo el asunto era que la echaba de menos. Su piso parecía repentinamente vacío y abandonado sin ella.
Tras llegar a aquella conclusión, para lo que tuvo que circular por avenidas mentales por las que nunca había circulado, dejó de tratar de concentrarse en su trabajo y abordó la situación desde un punto de vista mucho más pragmático.
Era posible que Bella estuviera saliendo con aquel tipo, y que tal vez encontrara ciertas ventajas en aquella relación, pero, en lo que a él se refería, aquello no suponía más que un mero contratiempo técnico.
Quería recuperar a Bella y lo lograría. Era así de sencillo.
Considerablemente animado por aquellos pensamientos, estaba a punto de irse a la cama cuando habían llamado a la puerta...
Edward volvió a centrar su atención en el motivo de su llamada.
-Sé que no son horas de llamar, pero tienes que venir aquí ahora mismo.
-¿Por qué? ¿Qué sucede? -repentinamente asustada por la tensión que captó en el tono de Edward, Bella encendió la luz de la mesilla de noche.
-Nada que pueda decirte por teléfono.
La mente de Bella se llenó de preguntas. Normalmente, Edward no era un hombre imprevisible. La visita que le había hecho aquella tarde ya había sido bastante imprevisible, pero aquella llamada de teléfono surgida de la nada hizo que su mente se llenara de toda clase de posibilidades preocupantes... incluyendo que Edward hubiera sufrido alguna clase de accidente y se encontrara en mal estado. Tal vez ya había pedido una ambulancia, pero necesitaba su ayuda... o al menos la necesitaba para que vigilara el piso mientras él estaba en el hospital.
-¿Necesitas que lleve algo? -preguntó mientras salía de la cama a toda prisa.
-¿Algo como qué?
-¡No sé! -Bella trató de imaginar qué necesitaría alguien con algún hueso roto-. Hay un botiquín de primeros auxilios en la cocina, en el armario que hay bajo el fregadero -que ella supiera, Edward jamás había abierto aquel armario.
-¿En serio? -dijo Edward, desconcertado-. Gracias, es una información muy útil. Ahora voy a colgar. Asegúrate de venir rápido. De hecho, mientras te vistes voy a enviar a mi chófer por ti. Estará allí en veinte minutos.
-De acuerdo -dijo Bella, y Edward colgó antes de que pudiera decir nada más.
Mientras se vestía a toda prisa pensó que debería pasar por el apartamento de Alice para decirle que no iba a estar en su piso aquella noche, pero la perspectiva de tener que enfrentarse a otro bien intencionado sermón de su amiga le disuadió de hacerlo.
Media hora después Edward le abría la puerta de su casa. Al ver que parecía estar en perfecto estado, Bella suspiró de alivio.
-Veo que no te has roto ningún hueso.
-¿Disculpa? -preguntó Edward mientras la miraba, perplejo. Se notaba que Bella se había vestido a toda prisa y que no había tenido tiempo de peinarse... lo que le daba un aspecto realmente sexy.
Tras decidir que quería reconquistarla, Edward había llegado a la conclusión de que debía abordarla de forma distinta. Reconocía que, como ella había dicho, no había sabido valorarla, pero tenía intención de rectificar muchos aspectos de su relación con ella, de manera que sonrió cálidamente a la vez que se apartaba de la puerta.
-Estás sonriendo -dijo Bella con expresión suspicaz-. ¿Por qué? No me ha parecido que estuvieras precisamente de buen humor cuando te has ido de mi apartamento. Creía que no querías volver a verme.
Edward se sonrojó. Ni siquiera quería recordar el modo en que se había ido. No había sido nada caballeroso. Afortunadamente, Bella parecía estar pensando en otra cosa, porque de pronto empezó a darle con un dedo en el pecho.
-¡Y veo que no te ha pasado nada malo!
Edward frunció el ceño.
-¿Esperabas que me hubiera pasado algo malo?
Bella estuvo a punto de empezar a protestar por lo preocupada que le había dejado su llamada, pero se contuvo justo a tiempo.
-No pienso pasar hasta que no me expliques por qué me has hecho salir de la cama y venir aquí a estas horas.
-No es la primera vez que te despierto a horas intempestivas -dijo Edward, pensando en las noches en que la había despertado por asuntos de trabajo... o, más adelante, para hacerle el amor.
Bella trató de no dejarse afectar por la sensual sonrisa que le dedicó Edward.
-Eso no importaba cuando sólo implicaba ponerme una bata para ir a tu despacho -entrecerró los ojos-. No me digas que me has hecho venir porque necesitas que te ayude con algún trabajo...
-Todo quedará aclarado en cuanto pases -Edward hizo un gesto con la mano para que entrara-. De hecho, ni siquiera voy a tener que darte una explicación.
Intrigada, pero aún suspicaz, Bella pasó al interior esforzándose por no rozar a Edward.
-De acuerdo. ¿Qué se supone que debo hacer ahora? Es tarde y no estoy de humor para jueguecitos.
-Espera un momento. ¿Te apetece beber algo?
Sin esperar su respuesta, Edward fue a servirle un vaso de vino.
-Ven a sentarte al sofá -dijo tras entregárselo-. Siento haberte despertado -añadió, tratando de mostrarse arrepentido, algo que no le resultaba especialmente fácil-. Yo también estaba trabajando cuando...
-¿Cuando...? ¿Cuando qué...?
Edward no contestó porque no necesitó hacerlo. Bella giró la cabeza para seguir la dirección de su mirada y se quedó boquiabierta.
De pie, en todo su esplendor, se hallaba la hermana a la que no veía desde hacía no sabía cuánto tiempo. Rosalie apenas había cambiado, aunque su pelo parecía más rubio que hacía unos años.
Una sonrisa de puro placer iluminó el rostro de Bella que, tras la sorpresa inicial, dejó su vaso en la mesa, se levantó y se dirigió a su hermana con los brazos abiertos.
-Rosalie -dijo mientras la abrazaba. Tras apartarse para mirarla un momento, volvió a abrazarla-. ¡No me has avisado de tu llegada!
Rosalie sonrió tímidamente.
-Hace muy poco que he decidido venir, y cuando lo hice pensé en darte una sorpresa -carraspeó y miró a su hermana atentamente-. Has cambiado. Has perdido peso, o algo. ¿Recuerdas lo regordeta que solías ser?
Bella se sintió repentinamente catapultada atrás en el tiempo, a la época en que sus papeles habían estado perfectamente definidos, con la bella Rosalie recibiendo todas las aclamaciones por su físico. Se ruborizó y asintió.
-Si me hubieras avisado con tiempo, habría... te habría preparado una cama. Ya no vivo aquí, pero he alquilado un apartamento bastante cerca.
Rosalie ya se había sentado en el sofá junto a Edward y estaba mirando a su alrededor con expresión encantada.
-Es una pena. Este piso es una maravilla, como ya le he dicho a Edward al llegar.
Bella parpadeó ante la imagen que tenía ante sí. Su preciosa y rubia hermana, más bonita de lo que ella podría llegar a ser nunca por muchas dietas que hiciera, sentada junto a Edward...
Sintió que se ruborizaba. Los celos estaban tratando de apoderarse de ella, y tuvo que esforzarse para no sucumbir a ellos. Como para añadir leña al fuego, Rosalie se volvió hacia Edward y empezó a hablar tic las maravillas de su piso.
Bella ocupó una silla mientras su hermana seguía hablando, y no pudo evitar notar lo concentrado que estaba Edward en ella. Era todo oídos... y probablemente también ojos, pensó Bella, aturdida.
Cuando finalmente logró hacer notar su presencia, preguntó a su hermana por qué había decidido tan repentinamente ir a Londres. ¿Estaba de vacaciones? ¿Había vuelto para quedarse?
Pero, al parecer, Rosalie estaba agotada. En lugar de contestar, bostezó delicadamente y luego se levantó y se estiró. Fue un movimiento lleno de elegancia que hizo pensar a Bella en alguna clase de coreografía ensayada... y utilizada para atraer la atención de Edward hacia sus pechos y hacia la porción de liso y moreno estómago que asomó bajo su blusa cuando alzó los brazos.
Reprimió aquel pensamiento y también se levantó.
-¿Dónde están tus bolsas? -conociendo a su hermana, estaba segura de que habría más de una-. Voy por ellas. Lo siento. Debes estar agotada. Iremos directamente a mi apartamento, donde puedes quedarte todo el tiempo que vayas a estar aquí, por supuesto -sonrió, pero la sonrisa fue forzada, y no quiso mirar a Edward por si éste estaba mirando a su hermana. Los hombres siempre lo hacían. Era una reacción natural que no podían evitar-. Será estupendo poder charlar mañana por la mañana, Rosalie -así estaba mejor. De vuelta a su habitual papel apaciguador, siempre facilitándole las cosas a su hermana-. Tendrás que ponerme al día de lo que has hecho últimamente.
-Querida Bella -Rosalie dedicó a Edward una mirada de niña ingenua-. Siempre ha sido tan atenta... Sé que yo he sido horrible... -se volvió hacia su hermana con expresión contrita-... que apenas me he puesto en contacto contigo. Pero sabía que no te importaría. Tenía sueños... -añadió en un tono que sugería que Bella era demasiado anodina para tenerlos.
-Yo también tengo sueños, Rosalie -afirmarse ante su hermana supuso todo un esfuerzo para Bella.
-¿En serio? Bueno... Sólo he traído dos bolsas y, para responder a tu pregunta, sí, planeo quedarme en Londres.
-Qué bien.
-Necesitaré algún lugar en el que quedarme hasta que alquile algo...
-Puedes quedarte conmigo todo el tiempo que quieras... aunque mi apartamento es muy pequeño.
-Será divertido compartirlo... a menos que aparezca algún buen tipo dispuesto a rescatarme -añadió Rosalie con voz ligeramente ronca a la vez que dedicaba a Edward una pícara sonrisa.
Bella contuvo el aliento mientras esperaba la inevitable oferta de Edward, que no podía haber pasado por alto la elocuente mirada de Rosalie.
Edward se levantó, asegurándose de que su mirada no revelara el profundo desagrado que sentía, e hizo un gesto con la cabeza en dirección al baño.
-Tu hermana ha tomado un baño al llegar -dijo a Bella-. Supongo que tienes cosas que recoger... -miró a Rosalie y notó el mohín que transformó su sugerente expresión en la de una niña enfurruñada.
-Montones de cosas. Gracias por recordármelo -dijo mientras se encaminaba hacia el baño.
Edward la contempló pensativamente mientras se alejaba y luego miró a Bella.
-Siento que Rosalie te haya interrumpido -dijo ella rápidamente-. No había llegado a mandarle un correo electrónico con mis nuevas señas.
Lo cierto era que los correos de Bella a su hermana se habían ido espaciando más y más con el paso del tiempo. Rosalie casi nunca le contestaba y Bella había acabado por enviarle tan sólo alguno ocasionalmente.
Y, por supuesto, en aquellos momentos se sentía terriblemente culpable. Tuvo que recordarse que ya no eran niñas. Ambas eran adultas, y Rosalie tenía tanta responsabilidad a la hora de mantener su relación como ella. Pero las costumbres de toda una vida hicieron que Bella se sintiera de pronto hecha un lío. Quería volver a ser la Bella de antes, la que se escondía tras sus ropas, la que tenía un cuerpo poco agraciado que no merecía ser expuesto...
-¿Siempre ha sido así? -preguntó Edward con suavidad, deseando que Bella lo mirara.
Pero Bella siguió mirando al suelo mientras se encogía de hombros.
-¿Cómo?
Edward apoyó un dedo bajo la barbilla de Bella para hacerle alzar el rostro.
-Tu hermana se dedica a afirmar su superioridad ante ti, a hacerte de menos, y no muestra el más mínimo interés por lo que puedas estar haciendo. Hemos tenido una sustanciosa charla antes de que llegaras y me ha hablado de la «pobre» Bella, de cómo se había mantenido siempre en segundo plano, siempre dispuesta a ayudar...
Bella sintió una intensa humillación al escuchar las palabras de Edward.
-No hace falta que sientas lástima por Mí-replicó con furia contenida.
-Yo no siento lástima por ti. Eres tú la que siente lástima por sí misma.
Bella retrocedió como si la hubiera abofeteado. ¿Cómo se atrevía Edward a ser tan preciso analizándola? Seguro que Rosalie había tenido muchas cosas que contarle sobre ella. Se preguntó si se habrían reído a su costa. ¿Le habría puesto al tanto Edward sobre su breve aventura?
-¡Eso no es cierto! -dijo sin convicción-. Y Rosalie no puede evitar ser como es.
-He visto el baño después de que lo ha utilizado. ¿Cómo vas a vivir con todo eso en tu apartamento?
-¿Es ésa tu forma de decirme que estás dispuesto a hacerme el favor de dejar que se quede aquí? -como un caballo sin riendas, la imaginación de Bella galopó haciendo caso omiso de los obstáculos y se lanzó hacia una conclusión que le hizo sentirse enferma. No podía soportar la idea de Edward y su hermana juntos.
Fuera cual fuese la respuesta que iba a darle Edward, fue interrumpida por el regreso de Rosalie.
-Mis bolsas están en esa esquina. ¿Serías tan encantadora de ir por ellas? ¡Estoy tan cansada que podría tumbarme aquí mismo y quedarme dormida!
Bella suspiró. No le iba a quedar más remedio que decirle a su hermana que no iba a poder quedarse mucho tiempo en su apartamento. No iba a haber sitio suficiente para el montón de cosas que Rosalie parecía haber llevado consigo... ¿y quién sabía qué más
estaría viajando hacia allí por el Atlántico, con destino a un minúsculo apartamento que apenas bastaba para contener sus escasas posesiones?
-Mi chófer se ocupará de llevaros. Y deja las bolsas, Bella. El mismo las bajará.
-¿Tienes chófer? -preguntó Rosalie con los ojos abiertos de par en par.
-Edward es muy, muy, muy rico -dijo Bella con una falta de tacto que la dejó asombrada.., aunque cuando miró a Edward vio que éste sonreía.
-Puede que tres «muy» sean demasiados -dijo, divertido.
-Uno nunca puede ser demasiado rico ni demasiado delgado -dijo Rosalie-. Por citar a alguien -añadió con una coqueta sonrisa mientras Bella los evitaba plantándose con firmeza ante la puerta, con la mano en el pomo.
-Eso dicen -dijo Edward, que a continuación sacó el móvil para llamar a su chófer.
-Gracias de nuevo -dijo Bella cuando Edward y Rosalie se acercaron a la puerta.
Edward dio la espalda a Rosalie para inclinarse hacia ella.
-¿Estás bien? -murmuró. Tras haberse pasado la vida viviendo en un solo y manejable plano emocional, estaba resignado a aceptar la variedad de sentimientos que aquella mujer despertaba en él. En aquellos momentos, el afán de protegerla era casi una necesidad física-. Te veré pronto -prometió, y Bella lo miró con expresión incrédula.
-¿Podemos irnos ya? -dijo Rosalie en tono lastimero.
Edward se apartó de Bella mientras mascullaba una maldición.
-El coche ya estará listo. Bajo con vosotras.
-No hace falta que te molestes -dijo Bella animadamente-. ¡Rosalie y yo tenemos muchas cosas que contarnos!
Rosalie aceptó a regañadientes la sugerencia de su hermana, pero la abordó en cuanto estuvieron a solas en el ascensor.
-¡Cielo santo, Bella! ¡No me habías dicho que era un hombre tan guapo y atractivo!
-Si te gusta esa clase de hombres...
-Desde luego. Sé que a ti te gustan más aburridos, pero te aseguro que ése es mi tipo... ¡y si hubiera sabido el aspecto que tenía me habría puesto alguna otra cosa!
Bella se quedó un momento pensando en lo de que a ella le gustaban los tipos aburridos. ¿Desde cuándo dejaba que su hermana se saliera con la suya diciendo cosas como ésa?
-Un momento -dijo unos segundos después, mientras entraban en el coche-. ¿Desde cuándo piensas que sólo me gustan los hombres aburridos? -necesitó hacer acopio de todo su coraje para defenderse y notó que el cuello empezaba a cosquillearle incómodamente.
Esperó a que Rosalie sacara a relucir su famoso genio, pero se sorprendió al ver que su hermana la miraba boquiabierta y ruborizada.
-No pretendía decir que sólo te gustan los aburridos... Pero... bueno... ya sabes...
-¿Qué es lo que sé? ¿Que sólo un hombre aburrido podría sentirse atraído por mí?
-¡Debes reconocer que los hombres dinámicos y sexys nunca te habrían echado un segundo vistazo en los viejos tiempos! -espetó Rosalie, y Bella miró con frialdad a la extraña junto a la que estaba sentada. Le habría encantado ponerle al tanto de su aventura con Edward, pero aquello habría sido un abuso de confianza y, ya que parecía evidente que Edward no le había dicho una palabra al respecto, ella tampoco pensaba hacerlo.
-No es que ahora no tengas un aspecto fantástico -concedió Rosalie-. Lo cierto es que me he quedado sorprendida al verte.
Si aquello era una oferta de paz, Bella decidió aceptarla de inmediato. Rosalie era la única familia que le quedaba en el mundo... y además, ¿qué sentido habría tenido guardarle rencor?
-Pero volviendo a Edward... ¿hubo algo entre vosotros mientras vivías en su piso y trabajabas para él?
Bella trató de pensar frenéticamente en una mentira que se acercase bastante a la verdad.
-Eso habría sido una locura...
-En ese caso, ¿te importaría que volviera a ponerme en contacto con él? Sólo para darle las gracias por haber sido tan cortés y hospitalario cuando me he presentado en su piso sin avisar. Los hombres pueden ser unos auténticos cerdos. En serio. ¡Se te erizaría el pelo si te contara algunas cosas de las que me han pasado!
-Bueno, no...
-Me alegro -dijo Rosalie de inmediato , porque Edward está fuera de tu alcance... y no pretendo decir esto como un insulto, Bells. Admito que ha sido una tontería decir que sólo puedes atrapar, a tipos aburridos, pero lo cierto es que Edward es un auténtico dios del sexo, y los dioses del sexo no miran a... a chicas como tú.
-No, no lo hacen. Miran a las chicas como tú -y tal vez Rosalie tenía razón después de todo, pensó Bella. A fin de cuentas, Edward no había tardado mucho en cansarse de ella. La realidad seguía siendo un cubo de agua fría que no podía evitar. Sin duda, Rosalie era franca hasta el punto de la grosería, pero la verdad era la verdad.
Durante el resto del trayecto se dedicó a dar distraídamente las respuestas adecuadas mientras su hermana se dedicaba a especular sobre sus posibilidades con Edward.
Los Estados Unidos se habían hecho cargo de la arrogancia de Rosalie y la habían transformado en un arma letal. Bella tuvo visiones de su hermana desmantelando gradualmente la confianza en sí misma que tanto le había costado alcanzar y tuvo que poner freno a su imaginación.
Pero cada vez le costaba más recordar los motivos por los que en otra época admiró a su deslumbrante hermana, los motivos por los que se mostró tan leal a alguien que en aquellos momentos le parecía totalmente superficial y un tanto cruel.
