¡Buenas noches! Iniciamos con la segunda parte.


Un Secreto de Tres

Por:

PukitChan

•Segunda Parte•

"El día en el que me protegiste, deseaba desaparecer.

[…] Tengo que vivir y pelear hasta el final…

pero el placer de este encuentro me recordó…

que también tengo que amar hasta el final.

¿Lo recuerdas? Tú me dijiste… que tenía que vivir."

—Saikano.

Reconteo: La soledad de tu adiós.

En absoluto silencio, Harry deslizó una cobija caliente para depositarla sobre el cuerpo de Teddy, quien se había quedado dormido apenas un rato antes. Se inclinó lo suficiente para hundir sus dedos en esos cabellos que habían recuperado su tonalidad azul claro, señal de que, cuando menos, sus sueños parecían ser tranquilos. Sonrió melancólico, pensando en qué había llevado a su ahijado a descubrir la relación que mantenía con Draco… aunque, seguramente eso ya no importaba más, y quizá hasta era mejor dejarlo en el pasado, porque al final de cuentas todo… todo se había esfumado.

Pausado, comenzó a subir las escaleras, escuchando un suave chillido bajo sus pies al pisarlas. No se molestó en ir más silencioso porque después de todo no había nada que esconder. Ya no. Siguió avanzando por los intrincados caminos de la Madriguera hasta llegar al baño más cercano, donde simplemente se despojó de las prendas que, Morgana, todavía olían a él. Pensó en quemarlas, pero al final se decidió por desaparecerlas para transportarlas a otro lugar donde sabía estarían a salvo, pero sobre todo, lejos de sí. Para cuando comenzó a bañarse, trató de tallar con una furia inusitada su cuerpo… deseaba, maldita sea, deseaba arrancarse cada pedazo de su piel que Malfoy hubiera tocado, lastimarse hasta quitar su aroma, hasta borrar cada pequeño roce que él hubiera propiciado… Jadeando y con la piel adolorida, Harry se recargó en la pared, temblando.

"Acabó" se repitió en su mente, una y otra vez "Todo terminó."

Pero Harry sabía que aunque quisiera ahogarse en el agua que seguía cayendo, ésa no era la mejor opción que podía contemplar. Se alegró de que al terminar su improvisado baño, sus ojos rojos pudiera justificarse por éste. No tenía que explicar nada, pero nunca estaba por demás tener una buena excusa. ¿De dónde mierda habría aprendido esas tácticas? ¿De Draco?

—¡Harry!

El Gryffindor se detuvo. Vestía un pantalón deportivo húmedo y una playera ligera y rota que se pegaba a su torso, que le causaba un estremecimiento. Giró al reconocer aquella voz femenina que, en ocasiones como ésas, le recordaba a la madre con la que no había crecido.

—Hermione —saludó Potter, acercándose a su amiga para darle un fugaz abrazo. Por instinto, la mujer le respondió, lo que dejó empapada, de manera leve, parte de su pijama. Al separase, ella sonrió y lo observó de arriba a abajo, analizándolo. Harry sabía que lo hacía para detectar que, durante su ausencia —en la que supuestamente estaba ejerciendo su papel como jefe de aurores— no hubiera sido herido de gravedad.

—Bienvenido —añadió ella, luego de su exhaustiva evaluación, donde al parecer había quedado satisfecha, omitiendo el detalle de los ojos rojos de Harry—. ¡Pensábamos que llegarías mañana! —Aunque Hermione parecía emocionada, hablaba en voz baja, considerando que la mayoría en la Madriguera deberían estar dormidos—. ¡Estábamos planeando una comida sorpresa! —bufó divertida, reprochándole haber arruinado los planes—. Hasta Ron parecía dispuesto a cooperar y no sólo a comer.

Harry comenzó a reír, y su risa, era limpia y hasta dulce.

—Sí, suelo arruinar los planes —murmuró, tocando el hombro de su amiga—. Hermione, no es que no quiera platicar contigo, pero…

—¡Sí, si, cómo soy! —se reprendió a si misma—. ¡Debes estar cansado… y ansioso de ver a Ginny y a Lily! Anda, ve. No te retengo más. Buenas noches, Harry —dijo ella, inclinándose para darle un beso en la mejilla al hombre—. Es bueno que estés de vuelta sano y salvo.

—Gracias —asintió, mirando como esa mujer, su hermana, se daba la vuelta andando suavemente por el camino que la llevaría a la habitación de Ron.

Potter miró hacía el frente, donde la oscuridad lo invitaba a adentrarse en ella. Con un resoplido, invocó un lumos, para no tropezar mientras avanzaba por el pasillo. Al finalmente llegar a la habitación donde sabía que lo esperaban, se quedó mirando durante un largo el picaporte. Detrás de esa puerta, estaba su vida, toda ella por la que se supone que habían tomado la decisión. Ahí estaba él, caminando como sonámbulo en la casa, como si esperase que todo en realidad fuese un sueño… ¿un sueño? Una pesadilla…

Entre sus manos tomó el picaporte y lo giró. Con un suspiro, la puerta cedió ante él, mostrando el interior de la habitación que había aprendido a conocer hacía mucho tiempo, cada vez que se quedaban en la madriguera: la habitación de Ginny. Levantó la varita, dejando que la pequeña esfera de luz se desprendiera de la punta de la varita y reposara en el techo, para así observar mejor lo que acontecía dentro de la pieza. Sonrió con ternura, era tal y como lo había pensado.

Ginny estaba recostada sobre la cama, con los labios entrebiertos y los ojos cerrados, respirando tranquilamente. Su cabello rojo estaba esparcido por la almohada y su cuerpo estaba cubierto por una vieja sábana de color azul. Su brazo izquierdo cubría protectoramente el cuerpo que también dormía a un lado de ella echo bolita; su hija, Lily.

Lily Potter era, de sus hijos, la que más se parecía a Ginny. Al igual que su esposa, tenía el cabello rojo y los ojos color marrón. Poseía el temperamento fuerte y también una dulzura y ternura que, Harry sospechaba, era muy parecido al de su propia madre Lily, pese a que nunca llegó a conocerla como le hubiera gustado en realidad. Era su niña, la niña de sus ojos, a la que le encantaba mirar cuando dormía en sus posiciones extrañas, justo como ahora siendo protegida por su madre.

Harry se colocó en cuclillas para que pudiera apreciar perfectamente el rostro de Lily. La pequeña resoplaba soltando un pequeño ruidillo que le ocasionó a Harry la más sincera de sus sonrisas. Levantó la mano y acarició su suave mejilla sin despertarla.

Entendía, por supuesto que entendía. Draco no era el único que tenía un hijo. ¡Él tenía tres, por Merlín! ¡Estaba también Teddy! ¿Acaso Malfoy no lo sabía? Para él estaba Albus, James, Teddy y Lily… eran esas pequeñas personas a las que más amaba y había procurado lo mejor para ellos. Incluso a costa de sí mismo. ¡Maldita sea, claro que entendía lo que estaba perdiendo, a lo que se exponía! Nadie, ni siquiera Draco, podría venir a enseñarle a amar a sus hijos…

—¿Papi? —La voz susurrante de Lily provocó que Harry levantara la vista. En algún momento, parecía que su hija se había percatado de su presencia y abrió los ojos, mientras sonreía sonrojada, más dormida que despierta—. Papi… —intentó sonar muy animada por encima de su cansancio—. Hola… ¡Te extrañé! —rió bajito, apena moviéndose—. ¿Tú me extrañaste?

El auror tomó la mano que su hija le extendía y asintió, levantándose para ocupar un lugar en la cama. Inmediatamente, Lily se movió para acurrucarse contra el pecho de su padre, quien no dudó en estrecharla contra él, cerca de su corazón. La luz se había desvanecido y ahora el lugar, sumergido en las penumbras, volvía a ser intimidante… pero Harry se permitió descansar y recuperarse, porque Lily siempre tenía ese dulce efecto en él… de hacerle creer que todo estaba bien.

—Claro que te extrañé —susurró—. Mucho, mi pequeña.


La voz que se dirigía a él parecía un eco distante. Gruñó, jalando con fuerza la cobija que lo había mantenido en calor toda la noche, para cubrirse la cara en la que sentía ya el golpear de los primeros rayos del sol matutino. Escuchó una risa lejana que estaba seguro de conocerla, pero antes de que pudiera decir algo respecto a ella, los recuerdos volvieron con una rapidez impresionante: Harry, su padrino, abrazándolo, pidiéndole que no se preocupara más, los ojos verdes llenos de tristeza… la mirada vacía que le hacía temblar…

—¡¿Dónde está? —aquella pregunta fue formulada torpemente mientras se incorporaba con tanta velocidad que inclusive tuvo un mareo, logrando una nueva risa tierna. Se colocó las manos en la cabeza, maldiciendo por lo bajo mientras observaba a Lily mirarlo dulcemente, dedicándole una de sus adorables sonrisas antes de hablar.

—¿Quién?

—Nadie… —susurró.

—Qué flojo eres, Teddy —comentó ella, levantando sus cejas. No debía ser tan tarde si la pelirroja aún conservaba su pijama. El muchacho se miró a si mismo, con su ropa por demás arrugada luego de haber dormido con ella puesta.

—No todos somos una pelusa de hiperactividad, Lily —comentó, levantando una ceja, pero ella, que parecía menos disgustada que la tarde anterior, sólo hizo un mohín y corrió a la cocina.

—¡Papá dice que vengas a desayunar! —gritó antes de desaparecer.

Como un balde lleno de agua helada, Ted sintió que su cuerpo empezaba a sostener una carga que ni siquiera recordaba haber pedido. Suspiró, agitando su varita para que el cobertor quedara perfectamente doblado. Se estiró, sacudiendo su cabeza, logrando que inmediatamente su cabello azul adquiriera un tono más oscuro y quizás hasta un poco más largo. Anduvo lentamente, hasta ingresar a la cocina con cierto temor. ¿Cómo estaría Harry…? No se imaginó —y sabía que no tendría la entereza suficiente en caso de tener que soportarlo una vez más—, ver a su padrino tan destrozado. Aquella noche, Harry parecía sencillamente… perdido, fuera de sí. Agonizante. Roto.

—Buenos días, Teddy.

Sin embargo, al entrar, ésa no era la imagen que esperaba.

Sentado, Harry sostenía entre sus manos una rebanada de pan tostado a la que le untaba mantequilla. Sonreía mientras que a su lado, Lily parecía estarse peleando con el plato que Molly le había servido instantes antes. Hugo, al igual que Ron, devoraba el desayuno como si no fuera a probar alimento el resto de su vida. Hermione, por su parte, charlaba animadamente con Ginny sobre algo que le pareció relacionando al ministerio de Magia. Arthur, a quien no había visto la noche pasada, ahora desayunaba regañando de tanto en tanto a sus nietos, quienes reían con él.

—Bu-buenos días… —tartamudeó el muchacho.

Era como siempre. Todo era igual que siempre. ¿Seguía dormido… acaso habían olvidado despertarlo? ¿O quizá lo que en realidad soñó fue sentir que Harry había llorado en su hombro? Porque ese Harry, el que estaba sentado, mordiendo divertido la tostada parecía ser otro.

—¿Pasa algo, Teddy?

El muchacho se sobresaltó cuando notó que las miradas de todos los presentes estaban puestas en él. Especialmente la de Harry, quien se incorporó al ver a su ahijado parado en la puerta con aspecto de haber visto a Voldemort resucitar. Se acercó a él y tocó su hombro: Teddy buscó los ojos verdes de su padrino y ahí estaban, mirándole con preocupación.

—Harry…

—¿Qué pasa?

—¿Estás bien?

Harry entrecerró los ojos un poco y sus labios se tensaron momentáneamente.

—Lo estoy.

—¡Papá llegó anoche! —gritó Lily desde el comedor, atrayendo la atención y la sonrisas de todos los presentes—. ¡Claro que lo está!

Harry sonrió, sin duda agradecido por el comentario de su hija, pues regresó a la mesa para seguir desayunado. Teddy arrastró una silla y se sentó justamente frente a su padrino, quien ahora revolvía con ternura el cabello de Lily.

El metamorfomago murmuró un "gracias" cuando su plato de alimentos también fue servido por Molly. Desayunaba, ignorando todas las pláticas, pues su atención estaba concentrada en los gestos de su padrino. ¿Acaso había un detalle que estaba pasando por alto? ¿Había tenido una alucinación? Porque Harry estaba ahí sonriendo, intercambiado pláticas, risas, anécdotas y hasta bromas con la familia. No estaba afectado por nada e inclusive parecía dedicarle a Teddy una mirada cómplice.

—Toma, Harry —Por primera vez en todo el desayuno, Teddy prestó atención a algo más que no fuera su padrino. Hermione le extendía el mismo libro que le había enseñado noches atrás y que sabía, el moreno le había pedido para analizar. Harry miró agradecido a su amiga y tomó con suavidad aquel viejo libro.

Entonces, lo que había esperado Teddy, ocurrió.

Harry abrió el libro y leyó el inicio de éste. Y por un segundo, sólo un segundo que quizás pudo pasar desapercibido para todos, menos para él, observó cómo su padrino volvía a tener aquella expresión que vaciaba de vida a sus ojos.

Lo comprendió.

Teddy no había soñado lo que ocurrió aquella noche. Harry era el que pretendía olvidarlo.


Albus Severus Potter sabía, muy en el fondo, que sería enviado a la casa de Slytherin.

No era algo de cuál quisiera avergonzarse, pero cuando James comenzó con sus bromas pesadas sobre la casa a la que iría, su certeza se había transformado en dudas. Toda su familia había asistido a Gryffindor y quizás, que él no lo hiciera, se podría considerar una traición.

Pero aquella mañana del primero de septiembre, cuando su padre, Harry Potter, habló con él, todo se disipó. Por eso, cuando el sombrero seleccionador fue colocado sobre su cabeza por el profesor Neville, no tuvo miedo cuando le sugirió ir la casa de las serpientes.

Inclusive, cuando el sombrero gritó "Slytherin" ante la muda sorpresa del Gran Comedor, aquello se volvió una sincera diversión para él. Diversión que aumentó al paso de los días cuando lo vieron relacionarse —ante un sincero desconcierto— con Scorpius Hyperion Malfoy. Entendió que había algo en el pasado que los marcaba fuertemente a ellos. Y no, no tenía nada que ver con que su padre fuera el salvador del mundo mágico.

De alguna manera sentía que los muros de Hogwarts, no sólo habían albergado la infancia y adolescencia de sus padres, la guerra, los años felices y los difíciles, todas aquellas peleas… ahí… existía más de un secreto.

—¿Ahora lo estás dudando? —Aquella voz le hizo sonreír. Miró de soslayo y se encontró a Scorpius sentado a un lado de él, revisando el largo pergamino que le habían dejado como tarea. El rubio, pese a no mirarlo directamente, era claro que le prestaba atención.

—¿Bromeas? —Albus levantó una ceja, deteniendo el rasgueo de su pluma para observarlo.

—Tú expresión era todo un poema —aclaró, sin desapartar la vista del pergamino.

—Es… —Potter pensó un momento. ¿Qué palabra describiría aquello? —, divertido.


Las semanas pasaban de la misma manera abrumadora en la que cada día Harry Potter despertaba, preguntándose si no había cometido un error. Y si lo había cometido, ¿por qué nadie lo había detenido? Luna, Malfoy… ¿por qué lo permitieron? Pasó la mano por sus cabellos, sintiéndose irritado. ¡Pero qué estúpido estaba siendo! ¿Acaso no se suponía que debía dejar de pensar en él?

En los últimos tiempos, Harry se había limitado a seguir con su vida. Nadie lo había notado y ni siquiera Teddy le habló al respecto del asunto, pero podía ver algo diferente en la mirada de su ahijado. ¿Decepción, tal vez? Era probable. ¿Pero acaso no era eso lo que se merecía? Ser despreciado por su familia, po r al menos uno de ellos, alguien a quien quería. A pesar de lo irresponsable que podría sonar, aquello era su único consuelo. Era una tortura más, seguir siendo igual de querido y admirado pese a lo que había hecho. El esposo, el amigo, el hermano, el padre perfecto…

¡Ja! Ni siquiera de amante había servido. Herir a Draco tan profundamente, el dejarse llevar por algo tan efímero, tan estúpido como lo fue lo suyo, era como añadir sal a la herida. Decirse a sí mismo que lo olvidaría era algo tan patético que llegaba a sentir lástima por sí mismo… porque el Slytherin una vez más, le había ganado, lo había superado en su totalidad, volviéndose un recuerdo hermoso e irremediablemente cruel.

No lo olvidaría… y esa sería su eterna condena. Nunca poder sacar a Draco de sus pensamientos. Abrazaría a Ginny y pensaría en el rubio. Vivir en el dulce cielo, cuando lo que añoraba era el inferno… bendita contradicción.

—¿Jefe?

Harry desvió la mirada hacía la entrada de su despacho, el que ocupada desde que era el jodido Jefe del departamento de los Aurores. Parpadeó durante unos segundos mientras trataba de recordar que estaba en ese lugar trabajando y no maldiciendo a sus estúpidas decisiones… aunque últimamente parecía que hacía eso todo el tiempo: mirar a la ventana como si por arte de magia algo cambiara una vez más el transcurso de su vida.

—¿Qué pasa? —preguntó con fastidio, observando al hombre rubio, uno de los seis que formaban parte de su equipo de aurores. De todos ellos, Lexdrel era quien más solía acercarse a él en momentos ridículamente inapropiados, como ése.

—Llegó… esta carta —murmuró extendiéndola por sobre el escritorio de Harry, donde algunos pergaminos desordenados brillaban por la ausencia de letras, junto con un libro antiguo. Al percatarse de que su jefe apenas le había puesto atención, se aclaró la garganta para decir: —, es de su hijo, Albus.

Ahora sí lo miró. Primero a Lexdrel y luego la carta en la que reconoció la caligrafía de su hijo. Esa "L" extraña que al parecer había heredado de él.

—¿Albus? —repitió, incrédulo, fijándose por vez primera en toda la semana en la fecha: Diciembre había comenzado y con ello, se acercaban las vacaciones en Hogwarts. ¿Acaso su hijo quería pedirle quedarse en el castillo? No creía que aquello le hiciera mucha gracia a Ginny, quien seguramente ya había planeado algo con toda la familia reunida—. Eh, bien, gracias Lexdrel.

El hombre se retiró, dejando a Harry nuevamente a solas, aunque con algo más que pensar. Por alguna razón, sentía que no debía abrir esa carta y simplemente tenía que romperla y sea cual fuese el contenido, responderle a Albus con un firme "No." Pero aquello era idiota y Harry lo sabía. La soledad lo estaba trastornando y seguramente no quería, ni debía, descargar toda su frustración con su hijo, quien no merecía nada de ello.

Se reprochó su falta de consideración hacía Albus y abrió la carta. Segundos después, el pergamino ya estaba entre sus manos, gritándole en letras lo que seguramente su hijo habría querido decirle personalmente. Tembló, pero no soltó la carta, al contrario, algo en su interior le incitó a apretarla más fuerte. ¿Quería un puto castigo? ¡Ahí estaba su hijo, concediéndole su maldito capricho!

—Al… —susurró en baja voz. Cerró los ojos, sintiendo que alguien había echo más profunda la herida donde supuestamente había estado su alma. Maldita sea.

Eso… ahí estaba, justo lo que se merecía.

Vacilando, tomó otro pergamino para dar la respuesta a su hijo. ¿Eso era lo que tenía que aceptar? No huiría como cobarde… no otra vez…

Y si Albus lo sometía a esa prueba, Harry la enfrentaría.


La estación de King Cross nunca antes le había parecido tan extraña. Cuando Albus Potter bajó del tren para pasar las navidades con su familia, se adelantó a su hermano mayor, James, para acaparar la atención de Harry, quien le esperaba con los ojos entrecerrados.

—¡Papá! —saludó animado Albus, abrazando al hombre. Harry lo estrechó de igual manera, notando lo mucho que lo había extrañado. Cuando se separaron, el auror observó en los ojos verdes de su hijo, el ansia que le había transmitido en la carta recibida apenas un par de días atrás. Sabía lo que le quería decir, pero sin animarse del todo a abrir los labios.

—¿Vamos? —preguntó Harry, sonriendo con la mayor calma que pudo.

¿De verdad… iba a arrojarse así al infierno?

—Nos están esperando —respondió Albus, asintiendo y animando a su padre a seguirlo. Ginny, a pocos metros de ellos, les dedicó una sonrisa y James refunfuñaba algo que era inaudible para ellos al estar cerca de su madre.

Mierda, Harry no estaba listo. Aún no había pasado el tiempo suficiente, no aún… ¡Apenas había pasado cuando mucho un mes!

—¡Scorpius!

Harry nunca antes había visto a Scorpius Malfoy tan cerca, pero el hacerlo fue como una patada directo en los testículos. El niño se parecía tanto a Draco que le daban ganas de salir corriendo de ahí. Tenía esos ojos grises preciosos, los que tanto amaba. Y el niño lo miraba curiosidad, mas antes de que se decidiera a hablar, unos pasos, un traje elegante, un estúpido aroma que no parecía dejar su cuerpo, llegó hasta ellos.

—Potter.

Esa voz. Maldita sea. Inspiró, tratando de darse valor. Es tu castigo, se repetía, es tu maldito castigo.

Levantó la mirada, encontrándose una vez más frente a él… con sus hijos a su lado.

—Malfoy —susurró en baja voz.

¿Se supone… que debería ser así de falso?


Querido Albus:

Me gusta tu mentira.

Así que acepto la idea.

Harry Potter.


Repentinamente, el infierno se había vuelto demasiado doloroso.


En este capítulo:

-El que Albus esté en Slytherin y haga amistad con Scorpius es un cliché... que tenía su razón de ser. xD

Sobre la cronología de la historia:

-Estamos hablando de todo que sucede en el año de ingreso de Albus a Hogwarts, osea en el 2017. Claro que la relación de Draco empezó seis años antes, osea en el 2011.

-Cuando Draco y Harry tuvieron su semana de antes de decir adiós, fue a mediados de octubre del 2017. Es decir, se separaron casi inicios de Noviembre y se volvieron a encontrar, (en el capítulo de hoy) en Diciembre. Lo sé, años ocultandose para que sus mocosos lo jodan todo xD.

Cualquier duda a un review de distancia.

¡Gracias a Ruka0727, Guest, Violet Strawberry y a Adrienne Lupin por sus review!