Cuando Blaine volvió al cuartel, encontró a un muy arrepentido Mike esperándolo en la puerta de su –por llamarla de alguna manera- habitación.

- Lo siento amigo, no tenía opción – dijo apresuradamente aquél, con el arrepentimiento surcando sus afilados rasgos.

- ¿Sientes qué? – contestó secamente - ¿Haberme mentido o haberme puesto en el catálogo oficial de putas de Schuester?

Al asiático se le encogió el rostro bajo el peso del arrepentimiento y la vergüenza.

- No quería causarte un disgusto – replicó en voz trémula, mirando al suelo.

- Disgusto – soltó Blaine entre risas amargas -. Mi vida es un disgusto, Mike. ¿Qué es otro poco de mierda en el pozo de todas maneras?

- ¡Sabía la cantidad de mierda que te iba a sumar esto, por eso no te lo dije! – explotó Mike, con la vergüenza desfigurando su rostro aún más que antes.

- Pues entonces eres un cobarde aparte de un mentiroso – continuó Blaine con el mismo tono seco -. Hay algo que odio más que los mentirosos, Mike, y son los paños calientes. Deberías saberlo a esta altura.

- Oh, lo siento, intentaré recordarlo la próxima vez que Schuester te elija para una misión en base a lo que te follas – contestó Mike, con la ironía fluyendo densa con cada palabra -. Sí, sabía de la misión, y sí, Schuester me preguntó a mí acerca de ti, y lo siento por haberlo hecho. Llámame cobarde, pero querer evitarle un dolor innecesario a un amigo no me convierte en uno.

Blaine miró a su amigo con gesto imperturbable, aunque su estómago dio un desagradable vuelco por el remordimiento de haber llamado cobarde a Mike. Había sido un golpe bajo.

- Gracias por pensar en mí, Mike, pero puedo cuidarme solo. Siempre lo he hecho – espetó, mientras introducía la llave en la puerta de su habitación y la abría bruscamente -. ¿Y para que sepas? Oírlo de labios de Puckerman fue como ser apuñalado por la espalda. No me hubiera molestado tanto oír de tus labios que la misión de mi vida consistiría en ser una puta.

Y dejando a Mike con sus disculpas atascadas en la garganta, Blaine cerró de un portazo y arrojó el sobre marrón sobre una cama sin sábanas, quitándose el saco y dejándolo sobre la única silla de la habitación, por lo demás casi vacía. Sólo había un averiado aparador de madera y un tocador de corista aparte de la cama y la silla, con un pequeño cuarto de baño contiguo.

Blaine intentaba ignorar el hecho de que su habitación solía ser un camerino de corista.

El cuartel general de la mafia era, en realidad, un viejo teatro en ruinas que había sido reformado y vuelto a abrir como un bar de jazz donde se ofrecían, además, números musicales y de burlesque. Todo aquel que visitaba el bar New Directions lo abandonaba con una sonrisa, y generalmente volvía. Nadie mencionaba, por supuesto, la extensa red de negocios ilegales que allí se realizaban, la mayoría a la vista de todos. Prostitución y venta de drogas eran solamente la punta del iceberg; había otros negocios mucho más turbios que no se veían.

De vuelta a la habitación de Blaine, ésta era solo una de las muchas habitaciones reformadas a partir de viejos camerinos de coristas, con la salvedad de que el de Blaine estaba casi en su estado original, excepto que la mayoría de los muebles habían sido eliminados.

Blaine aún se recordaba a sí mismo con dieciséis años, recién llegado de Italia, con todas las miradas lascivas de los secuaces de Schuester –que entonces eran más- sobre él, ansiando convertirlo en bailarín para que todos pudieran deleitarse con su belleza. Recordaba cómo había agarrado el bastón que pusieron en sus manos durante el primer ensayo y había comenzado a repartir golpes certeros a diestra y siniestra, matando a dos de los secuaces de Schuester e hiriendo de gravedad a seis miembros del elenco, entre ellos Mike.

Luego del incidente muchos exigían su expulsión e incluso su muerte, pero, increíblemente, un maltrecho Mike Chang intercedió por él alegando que un muchacho con sus capacidades no debía ser desperdiciado, que al fin y al cabo era un adolescente recién arrancado de su hogar, que sólo necesitaba tiempo para adaptarse. El joven Blaine había decidido entonces que el asiático era una persona digna de confianza, y a medida que los años pasaban, demostró tener razón. Jamás volvió a confiar en otra persona que no fuera Mike y esto, sumado a que realizaba su trabajo extraordinariamente bien, hacía que los demás no perdieran oportunidad en intentar rebajarlo. Fue así como terminó viviendo en el único camerino de corista no reformado para hombres.

Blaine se dirigió al baño y se mojó el rostro, demorándose en frotarse los ojos cansados con agua fría.

Ahora que tenía la cabeza relativamente en calma, tenía que reconocer que había tratado injustamente a Mike. Había proyectado su odio hacia los canallas de sus colegas en él, en lugar de reconocer que su amigo había actuado de buena fe al ocultarle lo relativo a la misión. Demonios, incluso le había dicho todo lo que podía permitirse sin revelarle la cuestión conflictiva. Le debía una gran disculpa; él no tenía la culpa de toda la mierda que ocurría en su cabeza.

Con un suspiro cansado, Blaine desabotonó su camisa con una mano y se mojó la nuca con la otra, volviendo lentamente hacia la cama. Se recostó contra el cabezal de caoba, tomando el sobre marrón e inspeccionando con más cuidado el contenido del mismo, ya que ahora era su misión y debía conocer cada detalle de la misma.

La ficha de información básica decía que Kurt Hummel, de veinticuatro años, vivía en el penthouse del 285 del Washington Boulevard con su padre, Burt Hummel, dueño de la corporación Hummel Motors, la esposa de éste, Carole, y su hijo, Finn. Con muy poco interés siguió leyendo la información extra que había sobre el chico: posgrado de diseño en Parsons, graduado de artes dramáticos en NYADA, miembro honorario de la asociación de críticos de Broadway, entre otras cosas que no podían haberle importado menos a Blaine. Desechó la hoja en cuanto comenzó la enumeración de sus apariciones en desfiles y musicales locales.

La segunda hoja le interesaba más, allí había una descripción detallada de las rutinas del chico. De lunes a viernes, de siete de la mañana a tres de la tarde, oficiaba de profesor de historia de la moda en el Instituto de Arte de Illinois; los martes, asistía al teatro; los miércoles, alrededor de las seis de la tarde, realizaba una visita al Centro Cultural de Chicago que duraba cerca de una hora; y de jueves a sábado, pasadas las diez de la noche, frecuentaba el bar Golden Glass, localizado a un par de bloques de su edificio. Había una nota respecto a sus concurrencias al bar: siempre flirteaba con desconocidos adinerados que le compraban tragos, y luego se iba con ellos. Nunca era visto con el mismo dos veces.

Blaine se rio socarronamente del chico. Era el típico niño rico y mimado que vivía la vida glamorosa. Lo tenía en sus manos.

El mapa señalaba con puntos rojos los lugares clave: el cuartel, el edificio de los Hummel, el Instituto de Arte, el centro cultural, el teatro, y el Golden Glass, así como las rutas más rápidas para llegar a cada uno. Blaine decidió que el mejor lugar para secuestrar al chico sería en el bar, ya que de ninguna manera se haría pasar por un citadino rico en una noche de teatro, ni mucho menos por un estudiante. Además estaba la cuestión del secuestro en sí. Schuester había mencionado que el secuestro requería "persuasión", lo cual implicaba seducir al chico y que todo pareciera un encuentro casual con un desconocido. Ni siquiera rompía con los patrones normales del chico.

Ni los de Blaine, para el caso.

Sintiéndose ligeramente más animado, abandonó la cama y se dirigió al pequeño y abarrotado clóset en busca de una camisa y un pantalón limpios, a los que añadió un chaleco que había tomado de una de sus víctimas hacía unas semanas.

Eran los trofeos de Blaine; por cada víctima tomaba una prenda que le agradara y la tomaba para su propio uso. Era una tradición que había adoptado luego de su primer mes en la mafia, primero surgida como una necesidad. Al ver que las pocas prendas que había traído de su hogar se deterioraban con rapidez y nadie se molestaba en proveerle nueva indumentaria, comenzó a llevarse la ropa de la gente que asesinaba. Primero fue una camisa, luego un pantalón, luego un abrigo. En las primeras dos semanas había logrado completar un traje. Para fines del mes, ya tenía otros dos. Y luego de seis años, por decir algo, su guardarropa era variado, abundante, y renovado completamente con una regularidad sorprendente.

Dejó las prendas sobre la cama y se terminó de desvestir para darse una ducha rápida.

Como el cubículo de la ducha no tenía cortinas y este quedaba frente al espejo, Blaine podía apreciar su cuerpo en todo su esplendor. No era tan alto como otros, pero era de lejos el mejor formado. Su piel no había perdido el bronceado mediterráneo a pesar de los largos años viviendo en la noche, una piel tersa que se extendía sobre miembros de puro músculo, excepto allí donde las cicatrices de entrecruzaban unas con otras, algunas casi difuminándose entre el dorado tostado, otras casi frescas. Y a pesar de las múltiples secuelas del campo de batalla, el cuerpo de Blaine seguía teniendo el aspecto de un antiguo dios pagano de la belleza.

No es que su aspecto le importara a Blaine en lo más mínimo. Para él, su cuerpo era meramente funcional y cuanto más tiempo se mantuviera en buenas condiciones, mejor; implicaba pasar menos tiempo confinado en recuperación y más tiempo masacrando a sus víctimas.

Terminó de ducharse y se secó mecánicamente, vistiéndose con el mismo automatismo. Luego se sentó frente al tocador y allí sí se tomó su tiempo para arreglarse el cabello. Sus rulos eran indomables luego de una ducha, de modo que aplicó generosamente una capa de gel sobre ellos y los moldeó a la forma de su cabeza con mucho esmero. Le gustaba ver su cabello libre de toda onda, o más precisamente, no toleraba la visión de las gruesas ondas.

Eran un recordatorio constante del animal que lo había engendrado.

Le sonrió un poco a su reflejo en cuanto terminó de arreglar su cabello; con sus enormes y brillantes ojos avellana y sus masculinos rasgos despejados de toda interferencia de cabello, se parecía un poco más a su hermano. Sólo un poco, se dijo a sí mismo. Nadie jamás podría evocar una mínima parte del atractivo de su hermano, sobre todo no él.

Echándole una ojeada a su reloj de pulsera, otra cortesía de sus víctimas, decidió que era lo bastante temprano como para pasar a tomar una copa real antes de ir a la caza del chico Hummel. También de informarle a Schuester que estaba por ponerse manos a la obra, para evitar que aquél decidiera a último momento secuestrar al chico de la manera tradicional y borrarlo de la misión.

Atravesó el pasillo desierto y bajó un solo tramo de escaleras hasta la casi escondida puerta de la oficina del jefe, que se ubicaba exactamente detrás del New Directions. Golpeó la puerta y aguardó. Un amortiguado "adelante" le llegó desde adentro, así que abrió con cuidado y cerró de nuevo sin hacer ruido. Vaya, quién lo diría, estaba nervioso en presencia de Schuester.

- Buenas noches, señor – dijo con un respeto que en realidad no sentía, pero que ocultaba con bastante eficacia el ligero temblor de su voz.

- Blaine, hijo, buenas noches – le respondió aquel con una sonrisa mucho más genuina que la que le había dirigido a Puckerman más temprano -. Siéntate, por favor. ¿Puedo ofrecerte un whisky escocés?

- No se moleste señor, planeaba pedirle algo más fuerte a Rory antes de irme de todas maneras – se apresuró a decir, delatando sus nervios. Demonios, ¿a qué venía tanto rollo?

- Cuida la cantidad de alcohol, hijo, ese Cadillac que conduces es de por sí un peligro. ¿Me complacerías pidiéndole el coche a Mike esta noche? Me sentiría mucho más tranquilo sabiendo que conduces un trasto seguro.

Blaine tragó saliva, sus nervios incrementándose con cada palabra. Era fácil odiar a Schuester en su papel de líder absoluto que no dudaba en pisotear a nadie para obtener su objetivo, ¿pero aquí, solo y en privado? Veía al hombre que seguía apostando por él, y era jodidamente difícil odiar a un hombre así.

- Con todo respeto, señor, me sentiría más cómodo si usara mi propio auto esta noche – contestó finalmente.

- Entiendo, entiendo – dijo el hombre entre risas, risas que a Blaine le dieron escalofríos por el tono paternalista implícito en ellas -. Tengo que asumir entonces que puedes recitar de memoria los pasos del chico.

- Sí señor – dijo Blaine, la mentira casi oculta por su convicción de que la información básica del chico contaba como todo.

- ¿Debo dejar alguna instrucción?

Blaine dudó por un instante. Jamás había considerado la posibilidad de que él pudiera tomar decisiones, y no había planeado nada. Improvisó rápidamente cuestiones básicas para no parecer un incompetente.

- Necesitaré que preparen la habitación junto a la mía. Dejen un catre o alguna mierda similar para el chico, algo con barrotes. Tengo un par de esposas en mi auto, pero necesitaré cuerda. Encárgueselo a Mike, él sabe de cuerdas. Y dígale que me espere en la entrada del callejón a partir de… - consultó de nuevo su reloj - medianoche. Creo poder arreglármelas en dos o tres horas.

- Creí haber dicho que el chico no sería secuestrado de la manera habitual, Blaine. ¿Para qué necesitas esposas y una cuerda? – interrogó Schuester frunciendo el ceño.

- Puedo hacerlo venir, pero nadie garantiza que se quede… excepto un par de buenas esposas – apuntó Blaine con un ligero toque de humor.

Schuester rompió en carcajadas.

- De acuerdo, de acuerdo. Ve, hijo, no te retrases más. Lo harás de maravilla, estoy seguro – le aseguró el jefe, levantándose de su alto sillón de terciopelo para presionarle el hombro a modo de apoyo.

- Esto… gracias, señor – respondió temblorosamente Blaine, levantándose de su propio asiento y apresurándose a salir.

- Por cierto, ¿Blaine? – agregó Schuester antes de que el muchacho abandonara la oficina- Quiero que sepas que tengo una cantidad considerable de espadas pendiendo sobre mi cabeza en este momento, y tú estás justo al lado mío, sosteniendo la cuerda que las deja caer a todas juntas. Tal vez deberías tenerlo en cuenta a partir de ahora cuando tengas que tomar una decisión.

Blaine asintió, repentinamente rígido.

Y mientras los sonidos de la intensa actividad del New Directions lo rodeaban a medida que pasaba por entre las mesas en dirección a la barra, llegó a una macabra conclusión.

Saldría de esa misión en un barco rumbo a Italia o en un cajón de pino.

Vaya incentivo.