NOTA DE LA AUTORA: Hola a todo el mundo! Esta vez no tardé tanto como con el capítulo anterior, pero costó bastante a nivel emocional y por eso me demoré más de lo que debía xD igualmente no prometo nada para el próximo porque empieza la facultad, la vida y esas cosas que implican ser humano (?)
Creo que estoy en condiciones de advertir que, aparte de que este capítulo es fuerte, se vienen cosas mucho más fuertes. El que avisa no traiciona, dicen por ahí!
Nada, eso, espero que les guste este capítulo y de nuevo, mil gracias por los reviews!
Blaine no tuvo que soportar mucho tiempo el peso de Hummel sobre su hombro, ya que Mike apareció inmediatamente junto a él para ayudar a cargarlo.
– Traes una buena pieza –comentó el asiático mirando de refilón el rostro inconsciente del chico mientras pasaba uno de sus brazos inertes sobre sus hombros-. Vaya que lleva mierda cara sobre el rostro.
– Yo que tú no le tocaría el cabello –replicó, abriendo la puerta del edificio con la cadera y pasando de costado en dirección a las escaleras.
– Oye, ¿qué le dan de comer a este crío? No pesa nada –dijo Mike mientras zarandeaba a Hummel y lo seguía cargando sin esfuerzo escaleras arriba.
– No lo muevas mucho o se despertará antes de tiempo –le advirtió Blaine-. Apostaría que la base de su alimentación es la carne y los lácteos, ¿sabes a lo que me refiero?
Mike se rió durante un largo rato, hasta que reparó en que todavía cargaba a Hummel y guardó silencio, pero siguió riéndose por dentro.
Arrastraron al chico hasta una habitación vacía a excepción de un catre con un cabecero de metal con barrotes sobre cuyo fino colchón había unas cuerdas y un par de esposas, y un cubículo con un inodoro y un mugriento lavabo. Lo depositaron sobre el catre sin ningún miramiento y lo esposaron a uno de los barrotes. Blaine registró rápidamente al chico, revisando el saco en busca de la billetera y demás efectos personales; excepto su identificación y un grueso fajo de dinero, no había nada más. La falta de llaves le indicó a Blaine que el chico no conducía su propio auto y probablemente algún mayordomo abría la puerta cuando volvía a su hogar. Quiso abofetear al chico, pero se contuvo.
Cerraron la puerta con llave y Blaine guardó la llave dentro de su chaleco. La sonrisa de Mike de desvaneció lentamente mientras encaraba a Blaine.
– Respecto a lo de esta noche… -comenzó a decir.
– No debí haberte llamado cobarde –se adelantó Blaine-. Eso fue un golpe muy bajo.
– Debí haberte preguntado antes, ofendí gravemente tu honor esta noche –murmuró el asiático con la mirada baja.
– Colega, es la misión de mi vida –replicó Blaine presionando los hombros de Mike en un apretón amistoso-, y de no ser por ti probablemente jamás la hubiera conseguido.
– ¿Estamos en paz, entonces? –indagó Mike, alzando la vista al fin.
– Todo en orden –replicó Blaine con una sonrisa-. De todas formas, si quieres recuperar tu honor o una mierda similar, necesito una niñera para el crío. ¿Te apuntas?
– Cuenta conmigo, cuento unas historias estupendas.
– Cuéntame una mientras vamos por un trago, ¿quieres? –sugirió Blaine pasándole un brazo por los hombros a Mike.
– Bueno, conozco una de un asiático y un italiano que descubrieron que las tripas de un irlandés y un norteamericano tienen el mismo color una vez afuera…
El italiano en cuestión le dio un golpe amistoso en la nuca al asiático y bajaron en dirección al bar intercambiando batallitas. Cuando llegaron a la barra, el cantinero Rory los esperaba con sus bebidas ya preparadas. Era una noche concurrida en el Golden Glass, pero se las arreglaron para encontrar una mesa. La chica Fabray (Blaine creía recordar que se llamaba Quinn) cantaba en el escenario pavoneándose como una artista de verdad; usualmente esto fastidiaba sobremanera a Blaine, pero por una vez no le importó porque estaba cantando una de las canciones favoritas de Blaine. No se lo veía a Puckerman por ningún lado.
La vida le sonreía, pensó Blaine bebiendo satisfecho un largo trago de gin con vodka y haciéndole una seña a Rory para que le trajera otro.
Ya se sentía un paso más cerca de casa.
Cuando Kurt Hummel se despertó en una superficie áspera y dura con un mareo espantoso, se dio a sí mismo una reprimenda por haber bebido tanto y haberse desmayado sobre la alfombra de Eugene. No, de Martin, no había visitado a Eugene esa noche. "Espera", se dijo a sí mismo, mareado. "No estuviste con ninguno de ellos esta noche. ¿Dónde y con quién estás?", se preguntó.
El alma se le cayó a los pies cuando abrió los ojos y vio que la habitación en la que estaba distaba muchísimo de las lujosas dependencias de sus amantes. Las paredes estaban al desnudo, sin siquiera una capa de pintura, y el cubículo parecía no haberse aseado nunca. Vio con creciente horror que estaba esposado al cabezal de la cama y no había forma de zafarse, al menos no sin sufrir un dolor insoportable.
Sentándose a duras penas, con el cuerpo agarrotado, hizo memoria de todo lo que había la noche anterior. Había cenado con su familia a las siete de la noche; ninguna cena del otro mundo, platos exquisitos y conversaciones banales como siempre. A las nueve había pasado brevemente por la casa de Adam para decirle amablemente que ya no podría salir con él. Recordó con claridad la expresión de su rostro en el segundo exacto en el que rompió su corazón, sintiendo una leve punzada de remordimiento. "Ya llevaba demasiado tiempo saliendo con él… Seis semanas seguidas, ya iban a comenzar a pensar que estaba sentando cabeza", se decía a sí mismo para no sentirse mal. Se decía que había actuado con justicia para que sus demás pretendientes… "No, concéntrate, tenemos que averiguar dónde estamos metidos, Hummel", se reprendió a sí mismo sacudiendo la cabeza.
Así que había ido de la casa de Adam directo al Golden Glass por una copa y, si tenía suerte, por un reemplazante para Adam. ¿Lo había encontrado? Recordaba que le habían invitado un Martini de cereza, pero ¿había sido invitación de la casa o alguien se lo había invitado? "Te lo invitaron; la casa siempre te invita champaña", razonó. Se estrujó el cerebro en busca de más recuerdos, apretando los párpados con fuerza para concentrarse mejor. ¿No había un auto también? Un Mustang… no, un Cadillac.
El conductor de ese coche sí que era atractivo, con aquél cuerpo musculoso y cálido debajo de él, de manos hábiles, cuyos dedos tenían un tacto áspero… ¡El italiano!, recordó de repente. Sí, el italiano de ojos almendrados del Golden Glass, que le había invitado el Martini y decía llamarse Gianni Bugiardo. Kurt se preguntó con despreocupación si aquél atrevido italiano no le había dejado alguna marca en algún sitio visible que tendría que ocultar luego para ir a clase, pero tuvo que volver a reprenderse por pensar como un libertino orgulloso al bajar la vista y ver dónde había acabado luego de su última andanza.
Haciendo otro esfuerzo, intentó recordar qué había hecho luego de terminar con el italiano, pero sólo encontró un hueco negro en su memoria y nada que lo vinculara con los recuerdos faltantes, excepto una persistente sensación de frío e incomodidad. Kurt frunció el ceño, sintiendo de pronto una extraña sensación en su cuerpo. Estiró una pierna para probar. Había cierta rigidez, pero carente de ese entumecimiento dulce posterior al sexo. Lo intentó con la espalda. Nada, de nuevo solo rigidez, y particularmente molesta. Hizo un último intento levantando levemente sus posaderas del colchón y volviendo a sentarse. No había ninguna molestia, ni un ligero escozor.
No había tenido relaciones sexuales esa noche.
Con un escalofrío, recordó de pronto que Gianni había aparcado el coche en un callejón junto al New Directions. Ese local tenía una reputación horrible, según había oído. Prostitución, drogas, sede de reunión de la mafia de Chicago… ¿Y si alguno de aquellos mafiosos había aprovechado que Gianni y él estaban… ocupados, y los hubieran secuestrado? Gianni no estaba en la habitación, tal vez estaba encadenado a otra celda en aquél establecimiento…
Comenzó a temblar de miedo. Aquello podría ser más serio de lo que pensaba, si su teoría era cierta.
Escuchó un sonido del otro lado de la puerta, como si alguien estuviera tambaleándose por el pasillo. Una pequeña parte de su cerebro deseó que no hubiera nada caro en ese pasillo que se pudiera romper, ya que quien sea que se estuviera tambaleando bien podría haberlo echado todo al suelo. Para su horror, el sonido iba creciendo en volumen, amenazador y siniestro, hasta que lo escuchó justo sobre la puerta de su celda. Un cuerpo pesado se estampó contra la puerta. Dicho cuerpo refunfuñaba palabras ininteligibles y se reía socarronamente cada pocas palabras.
La voz masculina le sonaba reciente, familiar.
Se escuchó una serie de clicks metálicos que, en primera instancia, desconcertaron a Kurt, pero luego cayó en la cuenta de que el hombre intentaba encajar la llave en la cerradura. El click final hizo que el corazón de Kurt diera un vuelco.
El hombre que entró en la habitación a trompicones estaba contento como solo los ebrios pueden estarlo. Incluso desde su posición Kurt podía percibir el olor a vodka que emanaba. Cuando se volvió hacia él, hubo un atisbo de reconocimiento en su mirada avellana, y una sonrisa arrogante asomó a sus labios carnosos. Su camisa estaba fuera de lugar, abierta hasta la mitad y con un faldón fuera de la cintura del pantalón, no llevaba corbata y su cabello, hasta hacía pocas horas perfectamente peinado, estaba desalineado y ondulado. Y era joven, acaso tanto o más que Kurt mismo.
Con la sonrisa arrogante pegada a su rostro, el joven cerró de un portazo y comenzó a acercarse a él. Con el corazón encogiéndosele de miedo, Kurt reunió todas las piezas del rompecabezas sin atreverse a despegar la mirada del otro chico.
No habían sido secuestrados por ningún mafioso. Gianni era quien lo había secuestrado a él.
Blaine se alegró de encontrar a su prisionero despierto.
Estaba de un humor excelente teniendo en cuenta que el piso no dejaba de moverse y las paredes se doblaban en un ángulo extraño cada vez que daba un paso. Sabía que no debía haber jugado ese estúpido juego de bebidas con Mike; el muy cabrón se las ingeniaba para que perdiera en cada ronda, así que al final de la noche estaba borracho como una cuba. Pero se había divertido tanto que aguantaría la resaca al día siguiente.
Sólo quería divertirse un rato más.
Fue dando tumbos hasta estar a escasos centímetros de Kurt Hummel. El chico estaba tan asustado que parecía una caricatura. Se rio de él agarrándole la mandíbula con mano de hierro, y quiso reírse aún más cuando hizo una mueca de dolor ante su agarre.
– Oye, no tienes que tenerme miedo, chico –le dijo con la lengua algo torpe a causa de la embriaguez-. A que no soy tan distinto de tus clientes regulares, ¿eh?
– ¿Perdón? –exclamó Hummel una octava más alta de su tono normal, a pesar de que Blaine aún lo tenía firmemente agarrado.
– Hasta soy más bonito, ¿no lo crees? –continuó haciendo caso omiso a Hummel-, y te haré disfrutar en serio, no tendrás que fingir que gritas de placer, gritarás de verdad.
– Estás muy equivocado si piensas que voy a dejarte… –comenzó a decir el chico, furiosamente ruborizado, pero fue interrumpido por la poderosa mano de Blaine sobre su boca. El italiano se había acercado tanto que prácticamente estaba tendido sobre él, por lo que las manos esposadas de Kurt quedaron sobre su cabeza y el aroma a vodka comenzó a marearlo.
– Es de mala educación interrumpir a un cliente –susurró sobre el rostro arrebolado de Hummel- ¿Qué no has oído eso de que el cliente tiene la razón?
El rostro del chico se había puesto de un rojo brillante, y había lágrimas luchando por no desbordarse en esos enormes ojos azules. "Vaya, en serio me tiene miedo", pensó el lado racional de Blaine que yacía ahogado bajo múltiples capas de alcohol. Aflojando la presión de su mano logró erguirse, no sin una horrible espiral dentro de su cerebro. Logró apoyar una mano en la pared antes de darse de bruces contra el suelo, y allí se quedó un largo rato inhalando y exhalando por la boca. Pasado temporalmente el mareo, vio que el chico seguía mirándolo fijamente con el horror reflejado en todo su semblante.
– Oh, vamos, Hummel, no puedo dar dos pasos sin caerme, ¿qué te hace creer que te haría algo? –le dijo burlón Blaine.
– ¿Dónde estoy? –balbuceó el chico- ¿Por qué me has traído aquí?
– Eso no es de tu incumbencia, niño –le espetó entrecerrando los ojos. Las lágrimas finalmente cayeron por las mejillas de Hummel.
– Por favor, déjame ir Gianni, te daré dinero si es necesario…
– ¿Gianni? ¿Qué clase de nombre es ese? ¿Quién fue el idiota que te dijo que…? –se carcajeó Blaine-. Oh, cierto, te lo dije yo, ¿no es así? Gianni Bugiardo. Menudo fiasco, hasta un crío menos inteligente que tú lo hubiera adivinado.
– ¡No me importa cómo te llames, déjame ir! –imploró Hummel con voz quebrada. Un ramalazo de odio atravesó a Blaine como un relámpago. Estuvo de nuevo sobre el chico en un parpadeo, a escasos centímetros de su rostro. Estuvo complacido de sentir el temblor del chico; no había nada más divertido que una presa asustada.
– A las de tu tipo jamás les interesa, ¿a que no, puta cara? –le escupió con la voz agravada por el odio.
– ¡Cómo te atre-!
– ¡Cállate de una maldita vez, puta! –vociferó Blaine dándole una fuerte bofetada de revés-. Son todas iguales, todas ustedes, andan exhibiendo sus culos como carne fresca en el mercado y después se ofenden cuando uno las llama por su nombre. ¿Siquiera cobras por dejar que esos peces gordos te dejen el culo chorreando, preciosa?
El llanto de Hummel cobró intensidad, al igual que el temblor de su cuerpo. Blaine se sentó a horcajadas sobre él, sintiendo como su miembro se endurecía ante la sensación de su presa asustada presintiendo lo que se avecinaba. El labio inferior era lo que más le temblaba, ahora magullado y sangrando por la bofetada. Los brazos también le temblaban descontroladamente, por lo que las esposas tintineaban contra los barrotes metálicos de la cama. Aquellos ojos azules se abrieron horrorizados ante la visión del enorme miembro endurecido de Blaine, que luchaba por escapar de los pantalones.
Blaine se rio socarronamente, inclinándose sobre Hummel y rozándole el rostro con su aliento.
– ¿Apreciando la mercancía, cielo? –susurró, ronco por la excitación.
– N-no… no, p-por favor no… -tartamudeó el chico, más y más aterrorizado a cada segundo.
– Si la quieres, es tuya, cielo –lo provocó, frotándose contra Hummel-. Pero no pienso pagarte.
– Aléjate de mí –rogó en un hilo de voz.
Blaine sólo sonrió. Le acunó el rostro en una mano, rozándole la mejilla con el pulgar.
– Vaya, sí que eres apuesto –murmuró echándole encima su aliento a vodka-. Creo que voy a follarte.
– ¡No! ¡No! ¡Por lo que más quieras, no lo hagas! –logró articular entre gritos, sufriendo violentos espasmos y llorando aún más violentamente.
– Sí, voy a follarte –declaró Blaine poniéndose de pie.
Con un violento empujón tumbó a Hummel, que había intentado incorporarse una vez liberado del peso de Blaine.
– Como se te ocurra moverte, estás muerto –le advirtió-. De espaldas, perra. Y sobre tus rodillas. De seguro estás familiarizado con esa posición, ¿o no?
El chico obedeció con lentitud, sollozando miserablemente. Blaine se deleitó un momento con la visión de su pequeño pero bien formado trasero. Lo palmeó una vez con fuerza, arrancándole un grito de dolor que hizo pulsar su erección. Se sintió muy satisfecho.
No pensaba perder tiempo en delicadezas. Tanteó su zapato izquierdo hasta que encontró la navaja, y con ella rasgó el pantalón lo suficiente como para agarrarlo y terminar de romperlo con las manos. Lo que había sido un elegante pantalón de diseñador quedó reducido a jirones inservibles en cuestión de segundos, al igual que la camisa. Los faldones eran muy largos y se interponían en su camino.
Se tomó su tiempo para bajarle los boxers al chico, deleitándose en los temblores adicionales que sufrió. Acarició la tersa piel blanca del trasero de Hummel, pellizcándolo en la zona más carnosa. Soltó un grito ahogado cuando Blaine le separó las nalgas sin ningún miramiento.
– Mira qué pequeño es ese agujero, Hummel, ¿cómo haces para mantenerlo rosado como cuando eras virgen?
El chico emitió un sonido desesperado, hundido en la humillación. Blaine no quiso esperar más. Desabrochó el cinturón, se bajó el cierre del pantalón y se lo bajó junto con los boxers. Le volvió a separar las nalgas y escupió sobre su entrada, ya que no tenía intención de ninguna otra preparación. Presionó la punta de su pene contra el apretado anillo de músculos apenas haciendo presión. Se inclinó sobre el oído del chico, mordiéndole el lóbulo con fuerza.
– Pronto, cuando San Pedro te pregunte cuáles fueron tus pecados sobre esta tierra, puedes decirle que el peor de ellos fue intentar aprovecharte de Blaine Devon Anderson –le dijo, y lo penetró de una sola y poderosa embestida.
El grito que dio fue largo, un grito roto y desesperado, magnífico. Esperaba que lo hubieran escuchado todos los bastardos de sus compañeros. Esperaba que lo hubiera escuchado Santana López, la bimbo de Rachel Berry, Schuester, y sobre todo el canalla de Puckerman. El grito de Kurt Hummel era un grito de guerra y de victoria, una bandera de advertencia para todo aquel que se atreviera a dudar de sus capacidades a partir esa noche.
Las penetraciones eran cada vez más rápidas y más profundas. La necesidad de eyacular crecía en urgencia. Tomó a Hummel con ambas manos por las caderas, empujándolo hacia sí al ritmo de sus embestidas, sin preocuparle la presión que ejercía sobre sus huesos de apariencia frágil, ni sus sollozos desesperados. Esperaba con toda su alma que le dejara unas buenas marcas.
Lo embistió por última vez con un gruñido. El orgasmo fue glorioso, violento, abundante. Cuando salió del interior del chico, un fino hilo de semen se deslizó por su pierna izquierda. Se encogió en una bola y siguió llorando, esta vez en silencio. Blaine no le prestó atención; mientras se acomodaba los pantalones, cayó en la cuenta de que estaba más despejado que cuando había entrado. Pero el dolor de cabeza ya comenzaba a punzarle las sienes, así que decidió que ya era hora de ir a su habitación.
Miró brevemente al cuerpo encogido de Kurt Hummel, cuyos hombros seguían moviéndose producto de su llanto. Durante un microsegundo, se odió por lo que acababa de hacer. Sintió suciedad sobre él, y un recuerdo antiguo lo sacudió. Pero lo bloqueó inmediatamente y volvió a sentirse satisfecho. Cerró la puerta con llave y entró a su habitación, que estaba exactamente a la izquierda.
Solo se quitó los zapatos antes de acostarse; necesitaba dormir con urgencia.
Había sido una noche memorable.
Hubiera sido perfecta si hubiese podido acallar el sonido de los sollozos de Hummel, perfectamente audibles a través de la fina pared de su habitación.
Apretó los párpados y se obligó a dormir.
