Capítulo 2

-Divórciate, si te dejan-

-¡Sssshhh! ¡Baja la voz por lo que más quieras! ¡Ron está en la cocina!

-¡Me importa un cuerno dónde esté la comadreja! Dile que venga. Veamos qué opina de que su novia me haya drogado para que me case con ella.

Hermione miró nerviosamente por encima de su hombro, como si con aquel gesto pudiera constatar que el pelirrojo no estaba cerca.

-¿Y por qué no llamas tú a Astoria? –le preguntó con furia, antes de ir hasta la cama, recoger su varita y acercarse a la puerta del dormitorio para cerrarla con un airado fermaportas. -Yo también estoy deseando saber qué opina ella.

-¿Quieres que la llame? Está aquí mismo. ¡Astoriaaaa! –gritó con todas sus fuerzas- ¿Puedes venir un minuto? Hay alguien que quiere saludarte.

-¡Malfoy!

Los labios de Draco se curvaron en una diabólica sonrisa.

-¿Te lo has creído? –preguntó muerto de risa. -¿De veras pensabas que le iba a contar que ¡ESTOY CASADO CON UNA MALDITA SANGRE SUCIA!? –dijo, cambiando su tono burlón a uno colérico.

-¿Y quién es? Porque yo no conozco a ninguna.

-Oh, muy ingenioso, Granger. Un comentario tremendamente ingenioso. Espera, que mis privilegiadas neuronas todavía están intentando encontrarle la gracia. ¡Ah, qué idiota soy! –dijo, dándose una palmada en la frente- ¡Pero si no la tiene! Así que te lo volveré a repetir, porque además de graciosa está claro que eres sorda: ¿Qué. .hecho?

-¡Te repito que yo no he hecho nada! ¡Ni siquiera recuerdo cómo llegamos a acostarnos!

-¿Así que lo admites? ¿Admites que me tendiste una trampa y luego me violaste?

-Por favor –se burló ella-, no seas ridículo. Antes preferiría restregarme contra una puerta. No tengo ni idea de lo que pasó y, sinceramente, tampoco quiero saberlo. Despertarme desnuda contigo ya ha sido suficiente tortura, gracias.

-Vamos, no disimules, Granger. Los dos sabemos que no tienes ni puñetera idea de mentir. Al menos confiesa que estabas cansada de que el inútil de tu novio no tenga un mísero sickle para pagarte la boda y pensaste: "Oh, vamos a buscar a uno que pueda mantenerme" –le espetó, pestañeando con rapidez- "Oh, ¿quién podría ser? ¡Oh, mira! ¡Ahí está Malfoy, ha venido a esta estúpida fiesta del estúpido de Potter! Ooooh, vamos a tenderle una trampa para luego divorciarme, quedarme con su dinero, y rascarme mi patética barriga el resto de mis patéticos días".

-¡Ja! No alardees, Malfoy. Ya no eres tan rico. Todo el mundo sabe que os habéis gastado una fortuna en abogados.

-En abogados que te visitarán muy pronto, sabelotodo. Vete preparando para el juicio.

Cuando ella iba a replicar con alguna otra frase ingeniosa, una voz se coló por la puerta y llegó hasta sus oídos.

-¿Hermione? ¿Estás hablando con alguien? –le preguntó Ron desde el otro lado de la casa.

-¡No, cariño! ¡Con nadie!

-Pff… cariño. Acabo de desayunar. ¿Es que quieres provocarme arcadas?

-Escucha, Malfoy, tienes que irte –le ordenó, haciendo aspavientos con las manos como si tratara de ahuyentar a un fantasma. -¡Ahora! Ya hablaremos en otro momento.

-¿Y perderme la cara que pondrá la comadreja cuando descubra el pastel de boda? Debes haber perdido el juicio…

-¡Malfoy! –Hermione dio una patada en el suelo con desesperación.

-Hermione, ¿seguro que no estás hablando con nadie?

-¡No, Ron, es la radio! –mintió ella, hablando por encima del hombro y luego girándose para encarar de nuevo al rubio. -¿Estás sordo? ¡Te he dicho que te largues!

-No pienso moverme de aquí hasta que le expliques al tortolito que ahora estamos casados –Draco agitó el papel blanco que confirmaba su matrimonio y ella lo siguió con los ojos. -Por cierto, ¿cómo me convenciste? ¿Por fin has aprendido a hacer un Imperius? Creía que tú y tus amiguitos os hacíais caquita cada vez que alguien decía ¡Imperio!

Hermione no pudo evitar dar un respingo.

-Malfoy, te lo advierto –le dijo, a punto de perder la paciencia. Hermione alzó su varita en posición de defensa y apuntó a su cabeza.

-Estoy en la red flu, sabelotodo. Aunque encontraras un ápice de valentía en la punta de tu varita, no podrías hacerme nada.

Mierda.

La madera del suelo del pasillo crujió a sus espaldas. Hermione volvió a girar la cabeza con nerviosismo. Conocía de sobra los ruidos de esa casa para saber que su novio se estaba acercando.

-¿Quieres hacer el favor de irte? –susurró a la desesperada. Draco volvió a poner aquella sonrisa de suficiencia que, afortunadamente, ella no había visto en cinco años, y gracias a eso se le ocurrió una idea: -¿Por favor? –estaba tan desesperada que con aquella súplica quemó su último cartucho.

Él apreció que se rebajara tanto, pero no tenía ninguna intención de ceder y su cabeza siguió flotando en la chimenea. El pomo de la puerta se giró y Hermione lo observó con los pelos de punta, como si lo estuviera mirando a cámara lenta.

Ron trató de abrirla, pero al ver que no podía empezó a aporrearla.

-¡Es Ron! ¡Vete!

-Hermione, ¿estás ahí dentro? –preguntó el pelirrojo, tras haber llamado unas cuantas veces.

-¡No entres Ron! ¡Me estoy duchando! –fue rápidamente hacia uno de los armarios y sacó de él una toalla. Draco observó la escena con diversión. -Escucha, nos vemos mañana a las doce, en el Caldero Chorreante. Pero ahora tienes que irte –le susurró mientras se despojaba de los zapatos y las medias.

-¿Qué es esto? ¿Una cita? Sé que lo de anoche estuvo bien, Granger, pero si piensas que voy a repetirlo es que te has vuelto loca…

Hermione no contestó. En aquel momento ya ni le importaba que estuviera delante. Le dio la espalda a la cabeza flotante de Malfoy y comenzó a desvestirse con la intención de enroscarse en la toalla antes de que Ron entrara en el cuarto.

-¿Te importaría mirar hacia otro lado?

-No tienes nada que no haya visto antes, sabelotodo.

-¿Y qué pasa si estás en la ducha? –protestó Ron desde la puerta. -¿Desde cuándo no puedo verte desnuda? –dijo para deleite y sorna de Malfoy, que no puedo evitar reírse. -Vamos, Hermione: no es nada que no haya visto antes.

Escuchar la misma expresión de burla en boca de su novio y de Malfoy hizo que le entraran escalofríos. Por si la situación no fuera suficientemente surrealista, ahora los dos se dedicaban a fanfarronear con las mismas bromas. Pero como tenía pocos segundos para quedarse en ropa interior y enroscarse en la toalla, Hermione ni se molestó en replicar. Lo único que hizo fue sisear varias veces "¡largo!" y "¡vete!".

-¿Me estás diciendo que me vaya? –A Ron aquella situación le parecía tan extraña que tenía la oreja pegada a la puerta para ver si podía escuchar algo. -Hermione, estás muy rara. Me estoy cansando ya de esperar. ¡Voy a entrar!

-¡No!

Draco se rió con todas sus fuerzas. -Oh, vamos, deja que entre. Nos divertiremos los tres juntos –dijo, tratando de contener las lágrimas de la risa.

-A la de tres. Una, dos… ¡tres!

La puerta crujió al abrirse de golpe y Hermione se giró asustada. Había conseguido enroscarse una toalla blanca alrededor del cuerpo y estaba haciendo todo lo posible para tapar el hueco de la chimenea. Ron frunció el ceño y la miró extrañado.

-Pensaba que te estabas duchando…

-Y… ¡y lo estoy! Bueno… a punto.

-¿Te encuentras bien? –los ojos de Ron bailaron alrededor de la habitación, como si trataran de encontrar algo. Hermione se inclinó ligeramente hacia la derecha cuando vio que miraba en aquella dirección. No estaba segura de estar tapando por completo el hueco de la chimenea.

-Sí, sólo estoy un poco cansada. Esta noche no he dormido demasiado bien –le dijo, todavía con la cabeza ridículamente ladeada.

-¿Has encendido el fuego? –preguntó él al observar la luz que procedía del hogar.

-Te… tenía frío –titubeó. Draco tenía razón: nunca se le había dado bien mentir y se odiaba por ello. A sus espaldas, el rubio meneó la cabeza con descrédito. Todavía se estaba riendo –Estaba destemplada… -se excusó Hermione.

Ron dio unos pasos al frente y la morena retrocedió otros tantos para cerrarle el ángulo de visión. Pudo escuchar una risa ahogada detrás de ella. El dichoso Draco estaba disfrutando como un enano.

-¿Estás escondiendo algo? –preguntó el pelirrojo.

-¿Yo? ¿Qué iba a estar escondiendo?

-No sé. Antes me pareció que hablabas con alguien.

-Ron, no seas desconfiado: ya te he dicho que no hay nadie. Era la radio. Yo… la he apagado.

Por la mirada de su novio, supo que no se estaba tragando ninguna de aquellas mentiras. Tenía que pensar y tenía que pensar rápido o todo su futuro se vería truncado por una estúpida noche que ni siquiera podía recordar.

-Hay alguien en la chimenea, ¿verdad? –afirmó con incredulidad, señalándola con el dedo.

-¿En la chimenea? Ron, ¿qué te pasa? ¡Luego dices que yo estoy rara!

El pelirrojo no contestó. Caminó con decisión hacia ella y la apartó para ver si estaba en lo cierto. Durante los cuatro segundos que duró la escena, Hermione contuvo la respiración y se quedó mirando el suelo con los ojos fuertemente cerrados. Si Draco seguía allí no sabía qué explicación iba a darle.

-¡Por todos los hechiceros! –exclamó Ron.

Estaba perdida, completa e irremediablemente perdida…

-¡Ron! ¡Puedo explicarl…

-¡Mira esto! –exclamó sin prestarle atención. -Hay que limpiar esta chimenea. Está llena de hollín…

Hermione frunció el ceño al no entender a qué venía ese comentario. Se giró y vio que la cabeza de Draco ya no estaba allí y Ron tan sólo estaba mirando con preocupación la suciedad que había en la chimenea. Sintió tal alivio que no pudo evitar respirar profundamente.

-¿Decías algo? –preguntó Ron, mientras se agachaba para inspeccionar la superficie de piedra.

-¿Hmf?

-Has dicho no sé que de explicarme algo…

-No… -se apresuró a decir. –Nada de nada. La verdad es que no recuerdo en qué estaba pensando.

-Bueno, tú dúchate y relájate, pareces agotada. Por cierto, Harry y Ginny vienen a cenar esta noche. Pero ya voy yo a comprar algo. Acuéstate si estás cansada –Ron se incorporó, se limpió el hollín de sus manos contra su vaquero usado y fue hasta la puerta. Hermione se quedó embobada, mirándole con fascinación.

-¿No ibas a darte una ducha? –le preguntó cuando observó la expresión que tenía en la cara.

-Sí…

-¡Pues venga! ¿Qué haces ahí parada?


Harry y Ginny llegaron en torno a las siete de la tarde. Hermione no había podido pegar ojo, aunque lo había intentado. El problema era que aquel papel parecía haber invadido todos sus pensamientos. "Señora Hermione Malfoy", ponía. Cada vez que lo leía, aquel nombre le sonaba más y más extraño. Durante horas había tratado de recordar qué había sucedido la noche anterior, pero su mente estaba completamente en blanco. En ella no quedaba ni un solo recuerdo que pudiera arrojar luz al lío en el que estaba metida.

En un momento dado creyó haber tenido una idea brillante. Tenían un pensadero y lo tenían en casa. Era uno de los regalos que les había hecho la tía Muriel cuando ambos habían decidido irse a vivir juntos. Probablemente, el único regalo útil que la extravagante anciana les había hecho. Porque la vajilla de porcelana pintada con espantosos gatitos persas que maullaban cuando vertías algo en ella y los cojines con forma de corazón que protestaban si no les dabas un abrazo cada mañana, no eran precisamente los objetos favoritos de Hermione.

Se escabulló por el pasillo sin hacer demasiado ruido, caminando de puntillas para ir a buscarlo. No quería que el pelirrojo descubriera que estaba despierta y con ello intentara hacerle más preguntas sobre su estado de ánimo. Lo llevó hasta la habitación y siguió el procedimiento estándar: la punta de la varita en la sien y el plateado hilillo de los recuerdos que cayó lentamente en la vasija del pensadero. Pero tampoco eso dio resultado. No había nada. Era como si alguien la hubiera desmemorizado o como si el alcohol hubiera anulado cualquier recuerdo de la noche pasada.

Así que, a pesar del cansancio que tenía y del nerviosismo que no le dejaba estar quieta, a Hermione no le quedó más remedio que posponer su investigación para otro momento y sumarse a la cena con sus dos amigos.

-¿Vino? –le ofreció Ron cuando ya habían servido el primer plato. La botella se quedó suspendida en el aire, con el morro apuntando el vaso que rápidamente Hermione tapó con su mano.

-No, creo que no volveré a beber en mucho tiempo –fue un comentario completamente en serio, pero los demás lo interpretaron como una broma que rieron sin darle mayor importancia.

-¿Una resaca muy grande? –preguntó Harry, sonriendo.

-Ni te imaginas cuánto…

-Bah, para eso están estas fiestas, Hermione –intervino Ginny, antes de llevarse un trozo de pan a la boca. –Si ya son aburridas de por sí, imagínate cómo serían sin un trago que llevarse a los labios.

-Estoy de acuerdo –la apoyó Harry. –Pero pienso que deberían borrar esa fecha. O, al menos, no pedirme que diera un discurso todos los años.

-Vamos, no disimules: todos sabemos que te encanta. ¡El héroe nacional! ¡El elegido!

Harry arqueó una ceja y miró con sorpresa a Ginny, que ahora le sonreía con dulzura para que no le reprendiera por meterse con él.

-¡No es cierto! Aunque no lo parezca, no me gusta ser protagonista de nada.

-Pues no lo parece, colega –comentó Ron, que tras cinco años de aquello del "¡Ron, por dios, mastica!" y el "¿A ti qué más te da, Hermione?" parecía haber aprendido a comportarse en la mesa. –No hay semana en la que no aparezcas en alguna revista.

-Pero ya no concedo entrevistas –se defendió Harry. –Y Rita Skeeter por fin parece haber comprendido el significado de "orden de alejamiento". Tendríamos que haberle mandado mucho antes aquel diccionario…

Los cuatro amigos se echaron a reír. Ginny pegó un sorbo al vino que acababa de servirse y entonces recordó algo.

-Hablando de Rita Skeeter, me han dicho en el Ministerio que ahora se dedica a perseguir a Draco Malfoy; por eso aparece en todas las revistas. La pobre Astoria tiene más cuernos que los Snorckacks de Luna. Es increíble ¡Os juro que no hay falda mágica que no se haya tirado!

-Sí, hay alguna. Dos, exactamente –comentó Harry con diversión.

-Tú y Hermione –puntualizó Ron, dedicándoles una sonrisa orgullosa.

Hermione se atragantó y empezó a toser como una loca. Fue una reacción instantánea provocada por una patata que se le cruzó en la garganta al escuchar el nombre del Slytherin. Empezó a toser con fuerza y Ron le dio unas palmaditas en la espalda mientras le servía un vaso de agua.

-Gracias –dijo ella, todavía medio ahogada y con lágrimas en los ojos.

-Ahora que has sacado el tema de Malfoy, ¿alguien sabe qué coño hacía ayer en la fiesta de Aniversario?

Ya estaba. Había ocurrido. Era de esperar que el tema saliera a relucir durante la cena, pero Hermione se había pasado toda la tarde rezando para que no ocurriera. Aunque, conociendo a Ron, sabía que ni ocho velas a Santa Rita la Cantaora podrían haber impedido que desperdiciara la oportunidad de destripar al rubio. Sus sospechas acababan de quedar confirmadas.

-El Ministro me ha llamado esta mañana –les informó Harry con desgana. Si no le llamaba todas las mañanas para consultarle algo, lo hacía por lo menos una vez a la semana. Suspiró y siguió hablando. –Le dejé caer el tema disimuladamente, y parece ser que llevaban años intentando que viniera. También le han propuesto ocupar un cargo en el Ministerio, pero les ha dicho que no está interesado.

-Pues debería –comentó Ginny. –Según se rumorea, su familia está al borde de la bancarrota. Me pregunto cuánto tiempo puede seguir sin pegar palo al agua.

-No creo que los Malfoy tengan tantos problemas económicos como cuentan –bufó Ron, apartándose un mechón de pelo con el aire que expulsó con enfado. –Seguro que están metidos en ni se sabe qué trapicheos. Lo que yo pienso es que la política del Ministerio ya huele. Es como si quisieran meternos a los malditos mortífagos por los ojos. Si la gente no los acepta, será por algo. Están muy pesados con eso.

-Vamos, Ron, incluso yo puedo ver que todo el mundo merece una segunda oportunidad.

-Sí, ya, Harry. A lo mejor tú eres demasiado blando, pero yo no pienso perdonarles… -el pelirrojo se limpió la boca con una servilleta y miró de refilón a Hermione, que estaba sentada a su lado. Tenía los ojos clavados en su plato y estaba removiendo la comida con un tenedor. -¿Y a ti qué te pasa? ¿Por qué estás hoy tan callada?


A la mañana siguiente, Hermione se despertó con fiebre. O eso creía Ron, que incluso llamó a su trabajo para decirles que su novia se encontraba indispuesta y que no iba a poder ir hasta que se recuperara. Él la besó en la frente, insistió en que le llamara si se encontraba mal y, antes de irse a trabajar, prometió regresar pronto para hacerle compañía.

En realidad todo había sido un montaje cuidadosamente planeado. Tan pronto Ron salió por la puerta, Hermione comenzó a vestirse con la esperanza de ir al encuentro de Draco Malfoy. Tenía dudas de que él fuera a aparecer, pero esperaba que lo hiciera por el bien de los dos. O el suyo: a ella no le importaba con tal de que apareciera. Quería resolver aquel entuerto y resolverlo cuanto antes.

Descolgó del perchero el primer abrigo que encontró (uno horrible que amablemente le había regalado Molly Weasley, con un estampado de enormes cuadros escoceses), cubrió sus ojos con unas inmensas gafas de sol y se caló un sombrero negro condonero para que nadie pudiera reconocerla durante el trayecto (se suponía que estaba convaleciente en la cama). Luego salió de casa en dirección al Caldero Chorreante. Estaba tan nerviosa y absorta en su papel de pasar desapercibida, que cuando le parecía haber visto alguna cara conocida se escondía detrás de una parada de autobús, se agazapaba tras un coche o se pegaba contra las paredes de los edificios.

Los peatones la miraban como si hubiera perdido el juicio.

Llegó exactamente a las once y media de la mañana. Se sentó en un taburete y se acodó en la barra, aunque en ningún momento se quitó las gafas ni el sombrero.

-¿Qué desea? –preguntó Tom, el dueño de la posada, que ni se inmutó al ver su extraño atuendo. Por allí pasaba gente mucho más rara.

-Zumo de calabaza –dijo Hermione. El camarero asintió. –Y póngale una pajita, por favor.

Tom arqueó una ceja con desconcierto. Sus pintas y ese abrigo hortera, cuatro tallas más grande que ella, no le habían impresionado, pero pedir un jugo de calabaza con una pajita en el Caldero Chorreante sí que era sumamente extraño.

Estaba tan nerviosa que no tardó más de dos minutos en acabarse el zumo (con pajita). Pidió entonces otro y luego otro y luego otro, mientras cada dos segundos comprobaba la hora en su reloj de pulsera. Los minutos no parecían pasar nunca. Como había bebido tanto, pronto necesitó ir al baño. Pero eran más de las doce y si Draco iba a aparecer podía hacerlo en cualquier momento.

Caminó hacia el aseo sin perder de vista la puerta del bar. Entró en aquel sucio cubículo y orinó tan deprisa que casi provoca un diluvio sobre el suelo del baño. Cuando abrió la puerta divisó una cabeza rubia y salió corriendo detrás de ella para impedir que se fuera. Luego tiró con fuerza de su manga, obligándole a que se girara.

-Malfoy –le susurró- ¡Soy yo! He venido camuflada. No digas nada. Disimula y sígueme –le dijo con el mismo sigilo que emplearía un agente secreto.

-Disculpe, señorita, ¿podría dejar de estrujarme el brazo? –le pidió un caballero de espesa barba rubia que la miraba muy sorprendido. Se fijó en sus gafas oscuras y en su sombrero y sin duda pensó que se trataba de una verdadera loca fugada de San Mungo. –Aunque no lo crea, resulta verdaderamente molesto.

Hermione se ruborizó profundamente.

-Oh, lo siento. Yo… me he confundido de persona –dijo, retrocediendo unos pasos. –De veras que lo lamento.

El caballero de la barba puso una cara de incredulidad que estaba diciendo "sí, claro" y Hermione se giró tan rápido que chocó contra algo.

-¡Granger! ¿Es que ahora vendes cupones para ciegos? ¡Mira por dónde vas, diablos! –se quejó Draco, llevándose una mano a la sien en señal de dolor. Hermione se había girado con tanto ímpetu que le había dado un cabezazo. Ella también se masajeó la frente y sintió cómo le estaba creciendo un abultado chichón.

-¡Lo siento! ¿Vale? Te he confundido con ése.

Draco miró de arriba abajo al caballero que ella estaba señalando, y que se disponía a salir del Caldero Chorreante.

-¿Con ése? ¡Granger, por favor, ve a que te gradúen la vista! ¡Yo soy mil veces más guapo!

Hermione rodó los ojos debajo de las gafas y se dirigió a una de las mesas vacías del bar. Tomó asiento y, mientras se calaba aún más el sombrero, le hizo señales nerviosas y disimuladas con la mano para que él se sentara enfrente. Draco bufó y puso los ojos en blanco, pero hizo lo que le pedía.

-Bonito atuendo, sabelotodo –le dijo, observando su ridículo intento de camuflaje. –Veo que la comadreja ni siquiera puede comprarte ropa decente.

-¡Se supone que voy de incógnito, idiota!

Draco miró hacia los lados con sorna y observó que todos los presentes no les quitaban ojo de encima. Hacían una pareja de lo más extraña.

-Claro, ¿cómo no se me había ocurrido antes? –le dijo, dándose un teatral golpe en la frente. –¡Qué gran idea! La próxima vez me traeré mi disfraz de Colacuerno Húngaro para pasar desapercibido.

Hermione gruñó entre dientes, pero comprendió que Draco tenía razón y se sacó el sombrero y las gafas de sol, que dejó sobre la mesa.

-Bueno, basta de tonterías –dijo ella-, ¿cómo lo hacemos?

-¿Hacer qué? Espero que no pienses que esto es una cita. Ya te dejé claro ayer que no eres mi tipo, Sangre Sucia.

-De acuerdo, es imposible. ¡Me rindo! No se puede hablar contigo y yo no tengo tiempo, paciencia ni ganas para tratar con un niñato que no distingue cuándo es necesario hablar en serio –Hermione se incorporó para irse. Cogió su sombrero y las gafas e hizo ademán de echar a andar, pero Draco la agarró por el antebrazo y tiró de ella, obligándole a que se sentara.

-Siéntate, Granger.

Por un momento, la Gryffindor se quedó sin habla y miró a Draco embobada. Había tanto poder en aquellas palabras… y a la vez tanta autoridad que por unos segundos olvidó con quién estaba hablando y tan sólo se perdió en los fríos ojos grises de Malfoy. Eran escalofriantemente bonitos, pensó a un nivel tan subconsciente que ni siquiera se dio cuenta. Acto seguido meneó la cabeza con fuerza y escupió con enfado:

-¿Quién te crees que eres para darme órdenes, Malfoy?

-Pensaba que querías que habláramos –dijo, sin perder la compostura ni por un momento y con una serenidad poco frecuente en él. –Dispara. Te escucho.

Hermione arqueó las cejas y le miró de refilón, como si no creyera lo que estaba sucediendo. Pero tenían que hablar, no le quedaba más remedio.

-De acuerdo, escúchame y escucha con atención porque no pienso repetirlo –Draco asintió, aunque todavía tenía una sonrisa socarrona pintada en los labios. –He estado investigando…

-…por supuesto, no esperaba menos de ti…

-Malfoooy…

-Me callo, me callo. Continúa, no pares por mí, por favor, ni se te ocurra –se burló con la voz más engolada que fue capaz de poner y provocando que Hermione rodara de nuevo los ojos.

-Como te iba diciendo, he estado investigando y, al parecer, es bastante sencillo. Sólo tenemos que enviar una carta rudimentaria al Ministerio diciendo que queremos divorciarnos y luego tiene que firmarla el Ministro. El proceso es rápido y discreto. Nada de preguntas o explicaciones, tan sólo la firma de las dos partes y el visto bueno de Martin Law. Puede que la carta tarde unas semanas en ser tramitada, pero podemos mandarla hoy mismo para asegurarnos de que lo hacemos en el menor tiempo posible ¿De acuerdo?

-Claro, parece sencillo. ¿Y ahora vas a admitir de una vez que tú eres la culpable de todo? –le preguntó. –Vamos, el daño ya está hecho. Puedes confesar y quedarte tranquila. Hoy no estoy de humor para matar a nadie.

-¿Te han dicho alguna vez que eres muy pesado? Te repito que yo no he hecho nada. Incluso estuve intentando recordar con el pensadero que tenemos en casa, pero los recuerdos de después de las cinco de la mañana están en blanco. ¡En blanco!

Draco inspeccionó su cara con sus ojos fríos y desconfiados. La miró de medio lado, como si intentara calcular si estaba mintiendo. Lo cierto es que a él ni siquiera se le había ocurrido mirar en su pensadero. Había tenido suficiente con intentar que Astoria no hiciera demasiadas preguntas ni le armara una escena por no haber dormido en casa. No era la primera vez que ocurría, pero no tenía ganas de volver a pasar el trago de otra escenita de celos. Él ya se lo había dejado claro: "Yo soy así. Si te vale, bien. Si no, ya sabes dónde está la puerta".

-¿Debemos ir entonces al Ministerio? –preguntó el rubio, cambiando de tema para que ella no notara que casi había quedado convencido con sus explicaciones.

-Sí, a la ventanilla 1.408, sección b. Registro Civil. Solicitamos la tramitación del divorcio y nos darán el formulario que debemos rellenar. Es puro papeleo.

-Pero no juntos. Lo último que quiero es que me vean con una Sangre Sucia.

Hermione rodó los ojos con desesperación. Ya estaba tardando en recordarle que era nacida de Muggles.

-Perfecto, en algo estamos de acuerdo, porque me moriría antes de aparecer contigo en esa oficina –refunfuñó, por si no quedaba claro que el sentimiento era mutuo. -Pero debemos hacerlo hoy mismo. No quiero pasar ni un día más casada contigo ¿Trato hecho? –le dijo, tendiéndole la mano para estrecharla.

Draco miró su mano extendida y puso una mueca de asco.

-De acuerdo, pero guarda esa mano –le dijo, fingiendo que le daban escalofríos. -A saber qué mierdas has estado tocando. No quiero que me pases ningún germen extraño.

Hermione arqueó las cejas, tiró diez sickles sobre la mesa, le dijo "para que luego no lloriquees por estar en la bancarrota", y se marchó sin ni siquiera despedirse o girarse para ver cómo reaccionaba ante su airada partida.


Rufus Squint era uno de los empleados más sigilosos del Ministerio. Acarreaba una cojera desde hacía muchos años, pero ni siquiera el uso de un bastón negro en el que siempre apoyaba la mitad de su cuerpo le impedía merodear por los pasillos del edificio con la misma cautela con la que lo haría un ladrón de medio pelo.

Era un experto en husmear, en enterarse de las pequeñas cosas que se cocían en los despachos del Ministerio y en tener controlados a todos y cada uno de sus trabajadores. Y aunque sufría de un estrabismo agudo, Squint no perdía ojo a sus movimientos. Sabía cuándo alguien lloraba y cuándo otro se quejaba. Era capaz de poner cara a los que fumaban a escondidas en los baños y no le había temblado la voz al despedir a dos de ellos. Si alguien arremetía contra el Ministro, era él quien se ocupaba de darle su justo merecido. Casi nada, un caramelito envenenado que consistía en una pequeña amonestación de cinco días de baja y ochenta sin sueldo, y con él se aseguraba de que la persona nunca más reincidía en su comportamiento.

Porque si las cosas funcionaban en aquel Ministerio era gracias a Squint y no por el trabajo del Ministro. Martin Law podía ser la cara amable de la política mágica, pero Squint era la mano dura de su equipo, y quien tomaba las decisiones más importantes a la hora de desarrollar una estrategia de postguerra que llevara un mensaje de esperanza a todos los ciudadanos de Inglaterra.

Aquella mañana, Squint caminó más rápido de lo habitual hasta llegar al despacho del Ministro. Entró y no cruzó palabra con su secretaria. Ella nunca preguntaba el porqué de sus visitas; era la única persona que podía entrar siempre que así lo quería. Tocó la puerta con la empuñadura plateada de su bastón negro y la abrió cuando la voz de Martin Law le invitó a que pasara.

-Oh, buenas tardes, querido consejero –saludó el Ministro amablemente, sentado en su sillón y masajeando su oronda y feliz barriga. –¿A qué debo el honor de su visita? Pensaba que aquel altercado con los gnomos de Cisjordania ocuparía todo su tiempo esta tarde.

-Lo hemos resuelto antes de lo previsto –le explicó, dejándose caer sobre una silla y reacomodando la pierna que apenas le respondía. –Tienen un Ministro que difícilmente se presta a la colaboración, pero se deja seducir por una buena suma de dinero.

-Por supuesto –asintió Law. –Arcas llenas, Ministro feliz –Squint le rió la gracia con una mueca que pretendía ser una sonrisa. –Dígame, ¿qué le trae por aquí?

-Pensé que le interesaría ver esto –le dijo, estirando su cuerpo hacia delante con dificultad y tendiéndole una carta. –Ya sabe que normalmente el procedimiento es mucho más lento, pero las trabajadoras del Registro Civil han tenido el buen juicio de entregármelo al comprobar el nombre de la solicitud.

Squint hizo una pausa teatral. Le encantaba provocar silencios cuando la noticia que tenía que dar era de suma importancia. Martin Law extrajo de aquel sobre lo que parecía un formulario rutinario y posó sus ojos directamente en la firma.

-La señorita Granger.

-Ajá…

-Pero… pero… Aquí dice que… ¡No es posible! –los ojos de Law se abrieron de par en par- ¿¡Con Malfoy!?

-Eso me temo, señor –asintió con lentitud Squint. Sus ojos brillaban con un extraño entusiasmo.

-¡Por los clavos de Circe! Esto merece nuestra inmediata atención –el Ministro plisó el papel que contenía la petición de divorcio de Hermione y con la otra mano agarró la pluma de plata que tenía al lado. Estaba tan decidido a firmarla que cuando la mojó en el tintero no se dio cuenta de que Squint había puesto su mano izquierda sobre el papel.

Martin Law elevó los con desconcierto y miró con incertidumbre a su fiel consejero.

-Señor, ¿está usted seguro de que desea hacer eso?

-¡Por supuesto que sí! –tronó el Ministro. -¿Qué otra cosa podemos hacer? Se trata de Granger, Squint ¡Es uno de los héroes nacionales!

Los ojos del Ministro siguieron el danzar de Squint, que había empezado a caminar de un lado a otro de la habitación.

-Si me permite la osadía, y con todos mis respetos, señor, tengo la sensación de que no está abordando este tema con perspectiva.

-Explíquese.

Squint entrelazó sus manos y puso una mirada maníaca.

-Veamos –prosiguió-, usted lleva años pregonando que la reinserción de los Mortífagos es posible en la sociedad. ¿Me equivoco?

-Cierto, así es. Pero no entiendo que…

-Y durante todos estos años –Squint ni siquiera le había dejado explicarse-, ¿diría que nuestros intentos han sido más bien estériles?

Law meditó un rato sobre esta pregunta, pero sabía perfectamente su respuesta:

-Ciertamente… tengo que reconocer que no han dado los frutos que todos esperábamos.

Squint sabía que había llegado el momento. Había conseguido embaucar al Ministro y conducirle exactamente adonde él quería. Posó los dos brazos sobre la mesa de roble tras la que estaba sentado Martin Law, inclinó la cabeza dejándola a dos palmos de distancia de la del Ministro y le clavó aquella mirada maníaca, sus bizcos ojos brillando con una fuerza inusitada.

-¿Y si ahora tuviera la oportunidad no sólo de demostrarle al mundo que es posible, sino también de hacerles ver que incluso el hijo de la mano derecha de Voldemort puede emparejarse con uno de nuestros héroes nacionales?

Squint dio un golpe en el suelo con su bastón y el Ministro dejó caer su pluma de plata sobre el escritorio. Law abrió mucho los ojos, luego la boca. Y se quedó así un buen rato, embobado con la idea propuesta por su astuta mano derecha.


NdA: ¿Sorprendidos por la actualización tan rápida? ¡Yo también! XD Ayer esto ni siquiera estaba escrito, pero, por circunstancias personales hoy he tenido la tarde libre y he aprovechado para darle un empujón al argumento. Espero que ya vayáis viendo de qué va todo esto y más o menos lo que puede suceder después.

Si quieres hacerme feliz, dale al "go" y dime qué te ha parecido! Se agradece mucho! : D


Vic Black: si no eres de risa floja y aun así te has reído, eso es el mayor halago posible. Gracias

Adriana: jajaja. Veo que te estás aficionando a mis historias (yo encantada, eh!, no me verás protestar por esto : D). Ya aprovecho y te respondo aquí: somos tocayas, por eso te decía que me gustaba tu nombre. Era un poco una broma. No conozco el fic que me dices. En realidad, creo que he leído tres dramiones en mi vida, por lo que no soy una experta, y por eso me da respeto escribirlo. Pero bueno… ahí queda. Gracias por seguir ahí!

Daniela: la verdad es que no me pega mucho eso de escribir cursi. No es mi estilo, por lo que no creo que encuentres demasiada cursilería en mis historias. Muchísimas gracias por los halagos, y me alegro de que te haya gustado.

Dermiel: si es entretenido, ya he conseguido algo. No pido mucho con este fic porque tampoco soy una experta en dramiones. Hay gente que lo hace mil veces mejor. En realidad sólo trato de divertirme un rato y me encantaría que vosotros también lo hiciérais!

Natt: gracias por los ánimos. Ya has visto que lo he continuado. Qué bien que te haya gustado, pero no les planees la vida tan pronto! Apenas acaban de casarse y ni siquiera saben cómo! jeje ;)