Capítulo 5

-El mejor marido del mundo-

Ginny Weasley dio unas palmaditas en la espalda a su amiga y la condujo hasta el salón con la esperanza de que las cabezas de sus familiares se hubieran evaporado. En su mano llevaba la carta del Ministerio, aunque dudaba de que aquel fuera un buen momento para enseñársela. En su lugar, se cercioró de que estaban solas y sentó a Hermione en un sofá mientras ella iba a la cocina a preparar una tila.

La morena parecía estar un poco mejor, pero lo cierto es que todavía estaba en un preocupante estado de shock. Entre pucheros, ollas y sartenes, Ginny preparó la infusión y fue entonces cuando se le ocurrió una desagradable idea.

-Hmm… ¿Hermione? –gritó desde la cocina.

-¿Sí? –respondió ella con un hilillo de voz.

Ginny apareció en la puerta del salón con la taza de tila en la mano.

-Cuando dices que te despertaste con él… mmm… -vaciló-… es porque sólo te despertaste con él, ¿no?

Hermione frunció el ceño.

-Bueno, quiero decir, recuerdas si… ¿hicisteis algo más? –Ginny bajó la voz en la última parte de la frase como si fuera una información altamente secreta.

-¿Algo más? –repitió su amiga, desconcertada.

Su amiga dio cabezazos hacia un mismo lado mientras ponía una cara que decía "ya sabes, algo MÁS".

Tras dar un sorbo a la infusión, que dejó al instante porque estaba demasiado caliente, Hermione se encogió de hombros.

-¿¡No sabes si hicisteis algo más!?

-No, Ginny, no lo sé, no seas pesada.

La pelirroja la miró con la boca abierta. Aquello no era posible. Era una pesadilla, eso estaba claro. Pero rápidamente se acomodó en la butaca donde se había sentado y agarrando firmemente los reposabrazos, le espetó:

-Sí, soy una pesada –Hermione asintió con tranquilidad, dando otro trago-, ¿pero entonces cómo sabes que no estás embarazada? –y a la morena escupió la tila que acababa de beber.


Conocía aquellos pasillos de sobra. Los tenía prácticamente memorizados. Y la gente que trabajaba allí también le conocía de sobra. No había quien no le saludara. A cada paso que daba, Harry tenía que devolver una sonrisa, un apretón de manos, un guiño o una charla banal que sólo le hacía perder aún más tiempo. Pero así eran las cosas, y precisamente por su fama había tardado más de lo normal en llegar al despacho del Ministro. Cuando asomó la cabeza, la voz de Judi llegó hasta sus oídos.

-¡Señor Potter, cuánto tiempo! –exclamó ella, jugando con un mechón de pelo rizado, envolviendo sus largas uñas en él.

En algún momento todos pensaron que Judi, la secretaria del Ministro, era una squib. Pero durante su estancia en Hogwarts había demostrado que algo sí sabía hacer. Al menos era una verdadera maestra realizando encantamientos de organización de archivos. Y no había nadie más rápido con el vuelapluma en todo el Ministerio. Además de que tampoco se le daba mal memorizar la agenda del día de Martin Law.

Judi se levantó y estrechó la mano de Harry con efusividad.

-Buenos días, Judi, ¿el Ministro está? –preguntó él, tratando de desprenderse de su mano. Pero la secretaria seguía agita que te agita con entusiasmo. Pasaba siempre lo mismo. Era como si no quisiera terminar el contacto, y le miraba con ojitos de enamorada, Harry estaba seguro de ello.

-Para usted siempre está, señor Potter –le dijo ella pestañeando muy rápido.

Harry se ayudó con la otra mano a desprenderse del apretón de Judi. Le dio unas palmaditas cariñosas en el dorso y se dirigió hacia la puerta mientras ella le miraba y emitía un suspiro de adoración. Llamó tres veces y miró a Judi por encima del hombro, nervioso porque ella aún le estaba inspeccionando. A veces hasta pensaba que ella aprovechaba estos momentos para mirarle el culo, pero acababa desechando la idea rápidamente.

-Pase –escuchó en el interior. Harry le dedicó una sonrisa nerviosa a la secretaria y abrió la puerta del despacho.

-¡Harry, muchacho! –exclamó Martin Law nada más verle, levantándose para ir a recibirle. Caminó con su pesada barriga hasta allí y le dio un golpe de los que siempre le quitaban la respiración en la espalda. -¡Qué alegría verte de nuevo! ¿Qué te trae por aquí?

-El pla… placer… es…mi…mío –dijo Harry, tratando de retomar el aire y tosiendo levemente con cada palmada.

-¡Pero ven! ¡Siéntate! –la mano de Law señaló una butaca frente a su mesa. Harry hizo lo propio y se sentó. –Cuéntame –le pidió, tomando también asiento.

-Pensaba que ya sabía por qué estoy aquí.

Martin Law arqueó una ceja.

-Oh, ya veo… -dijo, ligeramente desilusionado.

Harry decidió ir directamente al grano:

-Y si me permite la osadía, señor, y siendo enteramente francos, creo que lo que están haciendo es una aberración.

-¿Aberración? –repitió Law, jugando con la punta de su tupido mostacho. –Yo no veo ninguna aberración en este tema. Había una ley injusta y se cambió, ¿dónde está la aberración?

-Usted y yo sabemos el motivo por la cual la han cambiado. No se haga el tonto conmigo, por favor –pidió Harry con toda la amabilidad que pudo. Podría haber sido grosero, agresivo o amenazante, pero conocía a Martin Law. Era preferible hilar fino con él, y Harry tenía toda la intención del mundo de aprovechar el cariño que el Ministro parecía profesarle.

-No, Harry, no sé de qué me estás hablando. El motivo es muy simple: la ley se había quedado obsoleta y decidimos modernizarla.

-¿Llama obsoleta a una ley que no restringía las libertades de los magos de Inglaterra? Esta nueva ley intenta monitorizar los matrimonios de nuestra comunidad –protestó Harry. Estaba perdiendo la paciencia.

-No, no te confundas. Lo único que intenta es que la gente no se divorcie por las razones equivocadas.

-¿Y qué me dice de casarse por las razones equivocadas? ¿Acaso eso no le importa al Ministerio?

Martin Law empezaba a estar nervioso. Se le notaba porque siempre que estaba inquieto jugaba con sus tirantes, los estiraba y encogía con sus pulgares.

-¡Y por supuesto que nos importa! –exclamó con su mejor sonrisa, casi riendo. –Pero quiero pensar que la gente se casa por los motivos adecuados y no por una absurda noche de borrachera, ¿tú no?

El Ministro entornó la mirada y se reclinó sobre la mesa para buscar la de Harry.

-¡Usted lo sabe y aún así va a permitirlo! –la paciencia se le había agotado. Harry se había levantado. -¡Hermione es un héroe nacional! Ha hecho mucho más por esta comunidad de lo que pueden hacer sus estúpidas leyes. Si no fuera por ella, Voldemort seguiría vivo y usted lo sabe. ¡No puede hacerle esto!

Law se revolvió en su asiento, un poco asustado. Pero sabía cómo tratar estos asuntos. Él era la Ley y no Harry. Él era quien tenía que decidir lo que estaba bien y lo que estaba mal. Recordándoselo a sí mismo, respondió:

-Yo no le he hecho nada, Harry. Ella se lo ha hecho a sí misma. Y por más que me pese, la ley no puede ser diferente según con quién trate. Ha de ser la misma para todos, incluida la señorita Granger. Si realmente ella quiere el divorcio, tendrá que someterse a las mismas pruebas que el resto. Lo que me estás pidiendo es que haga la vista gorda por tratarse de la señorita Granger y eso, tú más que nadie lo sabe, sí que sería una injusticia.

Harry se quedó pálido al escuchar estas palabras. Tenía razón. Por más que ambos supieran que la habían cambiado para aprovecharse políticamente de las circunstancias, la ley era la ley y debía medir por el mismo rasero a todos. Su carácter justiciero y democrático sabía que el Ministro tenía razón. Martin Law observó la cara que había puesto Harry y supo que había ganado.

-¿Eso es todo? –preguntó entonces, sin saber muy bien qué decir.

-Eso es todo, Harry, a no ser que pueda hacer algo más por ti. ¿Puedo hacer algo más por ti?

-No –dijo, enfadado consigo mismo por haber caído en su trampa. –Buenos días, señor Ministro –le deseó, dirigiéndose a la puerta.

-Buenos días, Harry –contestó él, viendo como se iba. Cuando ya estaba a punto de salir, le llamó:

-Ah, y…¿Harry?

-¿Sí? –preguntó él, dándose la vuelta.

-Llámame Martin. Hay confianza, muchacho –el Ministro le guiñó un ojo. Cómo odiaba que hiciera aquello... Harry puso en blanco los suyos y salió de allí, derrotado y más enfadado de lo que se había sentido en años.


-Madre.

Draco Malfoy, todavía medio somnoliento, estiró los brazos para tomar las manos de su madre. Se inclinó y le dio un casto y frío beso en la frente al comprobar que estaban solos. Él era un Malfoy, y los Malfoy nunca daban muestras públicas de afecto, pero en la intimidad podían llegar a ser bastante cariñosos con los suyos.

-¿A qué debo esta visita inesperada? –preguntó el rubio, ajustándose el cinturón de su bata de satén negro. Draco todavía estaba en pijama cuando el elfo doméstico le había anunciado la llegada de su madre.

Narcissa Malfoy no contestó de inmediato. Miró a su hijo con cierto recelo y caminó para tomar asiento, al tiempo que le hacía un grácil gesto con la mano para que él hiciera lo mismo. Draco obedeció.

-He leído el periódico de esta mañana –afirmó ella sin más dilación. -¿Deduzco que tú también lo has leído?

Draco, que sabía perfectamente de qué estaba hablando, hizo un gesto de aprobación con la cabeza y dijo:

-Supuse que vendrías tan pronto te enteraras.

-Hijo, tú y yo convenimos en que no harías esto. ¿Qué bien puede reportar a nuestra familia? Sabes perfectamente que…

-Un momento –la interrumpió él-, no estarás pensando que…

-¿Qué otra cosa podría ser? –Narcissa entornó los ojos para mirarle.

-Madre, no lo hay ninguna razón por la cual podría hacer cosa semejante..

-¿No lo has hecho para vengarte de Potter y de sus amigos?

-¡Por supuesto que no!

-Entonces, ¿la amas?

-¡No!

Narcissa Malfoy arqueó las cejas. Ahora sí que ya no comprendía nada.

-Draco, tendrás que explicarte porque no estoy comprendiendo el motivo de todo esto.

Draco se levantó y empezó a caminar por la habitación.

-¿Has visto a Astoria? Se ha ido –preguntó, con la intención de cambiar el tema de conversación. Su madre no protestó. Sabía que él se lo contaría cuando llegara el momento adecuado. Cuando estuviera preparado. Los Malfoy tenían ese don y esa paciencia.

-Lo sé. Vino a verme.

Una leve esperanza prendió en el pecho de Malfoy, que miró a su madre con ansiedad, pero sin decir nada.

-Quiere romper vuestro compromiso –le anunció ésta con pesadumbre.

Draco meneó la cabeza y fue hasta el minibar. Agarró la botella de whisky de fuego con una mano, pero cuando el líquido marrón estaba a punto de caer en el vaso, vio la mirada reprobatoria de su madre y se detuvo. No eran horas para beber nada, ella tenía razón.

-Fue un error –explicó él, quitándose un peso de encima al decirlo. –Ni siquiera sé lo que pasó. Creo que bebimos demasiado.

Narcissa asintió, complacida de que hubiera dejado el vaso vacío y se lo estuviera contando.

-Me desperté con ella el día después de la fiesta del Aniversario y no recuerdo nada de lo que ocurrió. Y luego el Ministro y esos politicuchos del tres al cuarto remodelaron la Ley del Divorcio.

-Está claro que les interesa que sigáis casados –convino su madre, que era más lista que el hambre.

-¿Padre ha dicho algo?

Narissa negó con la cabeza. Se plisó la túnica con elegancia en un gesto de nerviosismo que Draco conocía de sobra y entonces supo que su madre estaba mintiendo. Por supuesto que su padre había dicho algo, otra cosa es que ella quisiera contárselo.

-Sólo está preocupado por el juicio –aseguró ella. –Recuerda que es dentro de nada. No podemos permitirnos el lujo de cometer fallos.

-Lo sé, madre.

Le molestaba que sus padres no confiaran en él. Draco sabía mejor que nadie lo mal que lo había pasado su familia para restaurar su honor y el nombre de los Malfoy. Y no pretendía ser él quien lo arruinara todo ahora que estaban tan cerca de conseguir que su padre quedara libre de toda culpa.

Lucius Malfoy había pasado cinco años en el ojo del huracán, apelando una y otra vez la sentencia que lo había enviado a Azkaban durante un año, antes de salir en libertad condicional y vigilada. En poco tiempo sería el juicio definitivo, el que decidiría si Lucius era condenado de por vida a pudrirse hasta su muerte entre rejas, o si, por el contrario, quedaba libre, como Mortífago arrepentido y reintegrado en sociedad.

Tras recapacitar sobre ello por enésima vez, y a pesar de la aflicción mental que no le dejaba pensar con claridad, Draco tuvo una idea. Sus ojos chispearon de emoción cuando este tren de pensamientos cruzó su frente, y su madre lo notó.

-¿Hijo? –preguntó ella, curiosa.

-¡Madre! ¡Es perfecto!

Narcissa arqueó una ceja, pero sonrió.

-Si la gente realmente se traga que Granger y yo estamos casados, eso podría limpiar para siempre la mala fama de padre y de toda la familia. Será sólo un tiempo, hasta el juicio de padre, y luego podré divorciarme cuando el Ministerio vea que nuestro matrimonio no va a ninguna parte.

La sonrisa de Narcissa se ensanchó aún más.

-Veo que por fin has pensado como un Malfoy, hijo. ¿Qué piensas hacer ahora?

Draco le devolvió la sonrisa de complicidad.

-Ser el mejor marido del mundo, por supuesto. De cara a la galería, al menos. Con Granger ya es otra cosa…


Cuando Harry salió del Ministerio, una horda de periodistas le estaba esperando en la puerta. Al verlos, comprendió que no iba a ser fácil. Si ya el problema era complicado de por sí, estos elementos añadidos lo hacían aún más difícil. Decidió entonces que lo mejor era hacerse el tonto, aunque no era sencillo intentar abrirse paso cuando ellos se lo cortaban con sus cámaras y con aquellos vuelaplumas asesinos que amenazaban con estrellarse contra su ojo y dejarle ciego.

-Señor Potter, ¿qué opina del matrimonio de la señorita Granger?

Harry no respondió.

-¿Fue usted el padrino de su boda?

Tampoco a esto.

-¿Qué opina el señor Weasley del matrimonio de su ex novia?

Ni a esto.

-¿Tendrán un hijo pronto?

Harry meneaba la cabeza con descrédito, pero lo único que decía era aquello de "sin comentarios", "sin comentarios". Le costó dios y ayuda librarse de ellos, pero lo consiguió y se Apareció frente a la casa de Hermione, donde seguramente Ginny estaría esperándole para que le contara su encuentro con el Ministro. Llamó una vez a la puerta y escuchó la voz de su novia dentro.

-¡Ya voy! –Ginny salió escopetada a abrirle. -¡Ya has vuelto! Qué pronto, ¿no? ¿Cómo te ha ido?

Derrotado, Harry entró en la casa, se dejó caer sobre un sofá y suspiró.

-Así de mal, ¿hum? –le dijo la pelirroja, arqueando una ceja y poniendo sus brazos en jarra.

-Es un auténtico gilipollas –se quejó Harry. Y alzó las manos –No piensa cambiar la ley porque dice que no puede hacer excepciones con nadie, ni siquiera con Hermione. Que, por cierto, ¿dónde está?

Ginny echó un vistazo por encima de su hombro y señaló una puerta.

-En el baño –y puso tal cara de aprensión que Harry la miró con curiosidad.

-¿Y debería estar preocupado por que esté en el baño? –preguntó, medio divertido por su ocurrencia.

Ginny se sentó a su lado, frustrada.

-Es posible –dijo, mirándole-, se está haciendo una prueba de embarazo.

-¿Una QUÉ? –Harry se levantó de un salto.

-Sssshhhh, por lo que más quieras, baja la voz –le pidió Ginny. –Ya está bastante preocupada para que ahora le hagas alucinar aún más.

-Pero… yo… ella… -su cabeza iba de Ginny a la puerta del baño, de la puerta del baño a Ginny. -¿¡No se suponía que sólo se habían casado!? –dijo, meneando los brazos como un loco.

La pelirroja movió los suyos para que bajara la voz.

-Ya, pero no recuerda si llegó a… ya sabes…

-No, no sé.

-¡A consumar, Harry, a consumar! –se exasperó su novia.

-¡Ya sé a qué te refieres! ¿Pero cómo?

-¿De veras hace falta que te explique cómo se consuma, Harry? Porque la última vez me dio la sensación de que lo tenías bastante claro.

Harry rodó los ojos e hizo aspavientos con las manos, como si tratara de apartar varios fantasmas de su cabeza.

-Pues bien, te lo explicaré: el chico siembra una semillita en el campo de flores de la chica, (una semillita muy placentera, debo reconocer) y entonces…

Harry se había metido los dedos en los oídos, tratando de no escuchar a su novia. Pero ella le estaba persiguiendo por la habitación y seguía explicándole los misterios de la copulación:

-…ella nota cómo la bendita semilla entra en su tierra y se instala en su barriguita y…

-¡Basta, por dios! –suplicó Harry- Creo que ya me ha quedado claro, g-r-a-c-i-a-s por la explicación –comentó entre dientes.

Ginny, que estaba tan nerviosa como él pero disimulaba mejor, intentaba desahogar tensiones de esta manera. Pero se echó a reír con la reacción de Harry y desistió. Los dos estaban ahora de pie, echando miradas furtivas a la puerta del baño. ¿Por qué Hermione tardaba tanto?

-¿Y si está embarazada, eh? ¿Qué demonios vamos a hacer?

Ginny se encogió de hombros. Harry parecía presa del pánico porque empezó a merodear por la habitación. Cuando llegaba a una pared, regresaba a donde estaba la pelirroja. Y así sucesivamente.

-Porque, claro, será el hijo de Hermione y de Malfoy. Será un completo y absoluto bastardo. Un bastardo muy inteligente, eso sí. Pero bastardo. Se dedicará a torturar a los niños de Hogwarts, se pondrá esa asquerosa gomina en el pelo e irá por ahí con aires de suficiencia, hablando de sangres sucias y sabe dios qué más. Y luego se follará a todas las faldas que se encuentre a su paso, sin tener en cuenta si tienen enfermedades o algo, claro, porque será un Malfoy…Aunque por otro lado está bien, porque podría jugar con Ted. Bueno, no, Ted seguramente le patearía el trasero por ser un bastardo desagradable con el pelo relamido, lleno de esa gomina extraña…

Ginny le miraba embobada pero también medio divertida por el ataque que le había dado. Parecía completamente fuera de sí.

-¡Y le transformarán en hurón, Gin! ¡En un feo, pequeño, apestoso hurón! Oh, sí, ya lo estoy viendo. Luego vendrá corriendo a lloriquear para que lo devolvamos a su estado normal. ¿Pero y si por error lo pisamos, eh? ¿Y si aplastamos al hurón que resulta ser nuestro ahijado?

-¿Nosotros seremos los padrinos? –preguntó la pelirroja, tratando de contener la risa.

-Sí, claro, ¿no?

Ginny arqueó las cejas.

-Bueno, no, pero yo pensé que si ella… y Ron… Oh, déjalo… ¡Ya ni siquiera seremos los padrinos! ¡Y será rubio! ¡Rubio, Gin! Como su padre y su abuelo…

-Bueno, entonces será guapo.

-¿Guapo? –Harry se detuvo para mirarla con sorpresa.

-Ya sabes: Hermione es muy atractiva y Draco es bastante guapo.

Harry arqueó una ceja, sorprendido.

-¿Desde cuándo piensas eso? –preguntó.

-Oh, vamos, Harry –le dijo ella, agarrándole del brazo-, no te pongas celoso ahora. Es una tontería.

-¿Desde cuándo? –insistió, agravando la voz.

-Hmmm… ¿creo que desde siempre?

-¡Oh, genial –dijo, alzando los brazos-, esto es genial! ¡Tras cinco años de noviazgo me entero ahora de que mi novia siempre ha pensado que Draco Malfoy es guapo!

-Nunca me lo preguntaste.

-¡Porque nunca pensé que te pudiera gustar Malfoy!

-¡No me gusta Malfoy! Sólo pienso que... es guapo –dijo Ginny, con una sonrisa pícara. –Pero creo que no saldría con un Slytherin.

-¡Eso es! –dijo Harry, señalándola maníacamente y con los ojos desorbitados. -¡Ahí tienes otro problema! ¡El niño irá a Slytherin!

-No, será un Gryffindor.

-No, no, ¡será Slytherin!

-Gryffindor.

-Slytherin.

-¡Es hijo de Hermione!

-¡Y de Malfoy!

-¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAH!

Los dos escucharon aquel grito atronador que procedía del baño. Ginny salió corriendo hacia la puerta para pegar la oreja:

-Hermione, ¿estás bien?

-¡Oh, dios! ¡Ya está aquí!

La pelirroja miró a su novio desconcertada.

-¡Harry! ¡Es una prueba de embarazo, no un parto!

-Da igual ¡llama a un medimago!

-Harry, te juro que o te calmas o te hago un Impedimenta. ¡No estás ayudando! –Harry se quedó inmóvil donde estaba. –Hermione, cariño, ¿va todo bien?

La puerta del baño se abrió de golpe y tras ella apareció Hermione, sonriendo. La morena se lanzó sobre Ginny y la abrazó con fuerza.

-Está bien, sssh, está bien –dijo la pelirroja, acariciándole el pelo con ternura. –Tú no te preocupes por nada, criaremos a este niño con todo el cariño del mundo y… y…

-Sí, Hermione, estamos contigo, aunque sea rubio –trató de apoyarle Harry, consiguiendo únicamente que Ginny le dedicara una mirada asesina.

Hermione rompió el abrazo y miró a sus dos amigos con enfado y los brazos en jarra:

-¿Niño? ¡¡No estoy embarazada!!

Ginny y Harry intercambiaron miradas.

-¿Te has vuelto loca? ¡Por todos los cielos, nos has dado un susto de muerte! ¿Se puede saber por qué gritabas? –le regañó su amiga, pinchándole un hombro con el dedo.

-¡Porque estaba contenta! –aclaró. -¡Era obvio!

-Sí, era tan obvio que casi morimos del susto –ironizó Ginny.

-Entonces… -las dos se giraron para mirar a Harry-, ¿no voy a tener un ahijado?

Era como si Harry se hubiera hecho tanto a la idea que ahora estuviera levemente decepcionado al enterarse de que Hermione no estaba embarazada. Ellas rodaron los ojos simultáneamente y el muchacho se encogió de hombros. Y justo en ese momento sonó el timbre de la puerta.

Fue él quien abrió la puerta porque las dos amigas se estaban abrazando con alivio al haber descubierto que, al menos, ese problema no lo tenían.

-¡Lavender! –oyeron que saludaba Harry.

Hermione y Ginny se habían agazapado convenientemente para poder espiar a hurtadillas. Estaban escuchando con atención todo lo que se decía en la puerta y se quedaron sorprendidas al escuchar aquel nombre. Hacía mucho tiempo que no veían a su compañera de casa y era verdaderamente extraño que, justo en ese preciso momento, les hiciera una visita. Por el tono familiar de Harry no creyeron que fuera posible, pero siempre quedaba la esperanza de que se tratara de otra Lavender...

-Hola, Harry. Cuánto tiempo –dijo ella, saludando con frialdad.

No. Era ella. No quedaba duda de que se trataba de Lavender Brown.

-Sí, mucho. ¿Qué haces? ¿En qué estás? –preguntó él por cortesía, no porque tuviera verdadero interés.

-¿Está Hermione por aquí? –respondió Lavender sin ni siquiera tratar de entablar conversación. Sin embargo, sacó un papel de la carpeta que llevaba en sus manos.

-Sí, está, pero…

-¿Podrías decirle que su asistente del Ministerio ha llegado? Cuanto antes empecemos con esto, mejor.

En la otra punta de la casa, Hermione frunció el ceño y miró a Ginny, por si ella sabía qué demonios estaba ocurriendo:

-¿Asistente del Ministerio?

La pelirroja se dio una palmada en la frente y sacó el papel que previamente había metido en el bolsillo interior de su túnica.

-Sí, se me olvidó decírtelo. Creo que Lavender venía con esto –le tendió la citación que había llegado aquella mañana.

-¿Cómo se te ha podido olvidar? –protestó la morena. -¡Ginny!

-Lo sé, lo sé, ¡lo siento! Estaba preocupada pensando que ibas a tener gemelos o algo así. Imagínate si te salen dos rubios como Fred y George. Eso es mucho peor que engendrar al hijo de un Slytherin...

Por más absurda que fuera la contestación, a Hermione pareció convencerle porque no protestó.

-¿Y ahora qué? ¡Es Lavender!

-Eso nos puede dar una ventaja –trató animarla Ginny. Pero, en respuesta, Hermione sólo arqueó una ceja.

-Vale, no, no va a ser una ventaja. Todos sabemos que es una cotilla insufrible y que te odia con toda su alma por haberte ligado a Ron. ¡Pero a lo mejor ha cambiado! ¡Hace ya muchos años que acabamos el colegio!

Era genial que su amiga fuera tan positiva a veces, pero otras... Hermione tenía ganas de matarla.

-¡Hermione, está aquí el asistente del Ministerio! –anunció Harry a voz en grito.

-¡Voy! –la morena gruñó y caminó hasta allí, seguida de Ginny.

-Oh, hola, Hermione –saludó Lavender con sequedad. Y si no estaba loca, le pareció que hasta con una sonrisilla maligna. Su antigua compañera de casa le tendió una carta.

-¿Qué es esto? –preguntó la morena, abriendo el sobre para leerlo.

-Vuestro horario de terapia de pareja –respondió Lavender, que seguía actuando como si no los conociera de nada. -¿Está por aquí el afortunado novio? -¿Y aquello era sarcasmo?. –Él también deberá ir, por supuesto.

-No, se ha ido a comprar tabaco –bromeó Ginny, tratando de romper el hielo. –Dicen que los que se van, nunca vuelven.

Lavender levantó una ceja y puso una mueca de asco. Era evidente que la broma no le había gustado, y más evidente aún que la compañía tampoco le agradaba en exceso. Hermione, que no quería complicar aún más las cosas, le dio un codazo a su amiga.

-Allí estaremos, no te preocupes –respondió con retintín, deseando que Lavender desapareciera cuanto antes.

-Bien, pues nos veremos esta temporada. Te indico que soy yo quien deberá seguir todo el proceso y evaluar el estado de vuestra relación con los especialistas que van a tratar el tema.

-¿Especialistas? –preguntó Harry, que no comprendía, al igual que tampoco las otras dos muchachas.

-Sí, especialistas. Deberán pasar varias sesiones en manos de profesionales, por supuesto. Terapia de pareja y psicólogo creo recordar que son las primeras, pero no me hagáis mucho caso.

-¡Hermione no necesita ningún psicólogo! –protestó Ginny, que había pasado de la mofa al cabreo.

-Eso deberá juzgarlo un profesional, Ginevra. No nos compete a ti ni a mí asegurarlo –respondió Lavender con prepotencia. –Bien, si eso es todo, mi trabajo ha concluido por hoy. Nos vemos.

Lavender dio media vuelta y desapareció, dejándolos a todos estupefactos por su repentina aparición. Cuando Harry iba a cerrar la puerta, se encontró con que algo se había interpuesto en su recorrido. Volvió a abrirla y vio a Malfoy sujetando el pomo para que no la cerrara.

-Hola, Potter, ¿me echabas de menos? –preguntó con diversión.

-Oh, ¡el que faltaba! El padre de la criatura –ironizó Ginny, suspirando.

Draco frunció el entrecejo.

-¿Criatura? –preguntó, desconcertado.

-Déjalo, Ginny está divagando –trató de excusarla Harry.

-Es un gen familiar, por lo que veo.

Hermione rodó los ojos con desesperación. ¿Qué más podía pasar aquella mañana? Primero los Weasley en su chimenea, Ron se había llevado los malditos gatitos, luego la prueba del embarazo, Harry pidiendo un ahijado, Lavender como asistente del Ministerio y, ahora, el estúpido de Malfoy en la puerta de su casa.

-¿Qué quieres Malfoy? –preguntó, irritada.

-Ver a mi flamante esposa, por supuesto –bromeó. -¿A qué crees que vengo? También ha estado en mi casa esa retrasada de Brown y me ha puesto al tanto de lo de la terapia que, por otro lado, Granger, veo que te hace falta –dijo, mirando significativamente los pelos de loca que Hermione llevaba esa mañana.

Estaba cansada. Tan cansada que no tenía ganas ni de responderle, así que ignoró las bravuconadas de Malfoy y le dio la espalda, para ir a la otra habitación. El rubio se quedó en la puerta, observando la escena y vio que Harry y Ginny la seguían. Entonces empezó a investigar la casa con curiosidad morbosa, y echó un vistazo en derredor:

-Bonita choza, Granger –gritó para que lo escuchara. –Me alegra ver que no está hecha con ramitas de paja; pensaba que Hagrid os habría regalado algunas…

-Escucha, Hermione –le dijo Ginny, ignorando deliberadamente los insultos de Malfoy-, si quieres podemos quedarnos, podemos ir contigo a las terapias y…

-Oh, preciosa taza de gatitos –gritó Malfoy cuando se encontró la única taza que había olvidado llevarse Ron. –Muy distinguida, sí señor. Me tienes que decir la tienda de segunda mano en la que la compraste, Granger. Siempre he querido tener una linda vajilla de saldo…

-No, vosotros iros, tenéis cosas que hacer y esto es cosa mía.

-¡Una barredora 234! ¡La más lenta del mercado! ¡Lo mejor para barrer el polvo! Mi elfo doméstico la usa a diario…

-La verdad es que deberíamos ir a ver a Ron –dijo Harry, mirando a Ginny. –Quiero saber cómo está e incluso dónde está.

Al oír el nombre de Ron a Hermione le entraron ganas de llorar, pero se contuvo.

-¡Ja! Este cepillo de pelo es para tu gato, ¿no?

-Sí, id a ver cómo está.

-¿Estás segura? –Ginny no dejaba de mirar por encima de su hombro para ver si veía a Malfoy, que no dejaba de inspeccionar la casa.

-Oh, qué entrañable retrato. La comadreja, Harry Popotas y la sabelotodo. ¿Acaso no hacéis un trío sobrecogedor? Los hijos que toda madre querría tener bajo sus faldas…

-Sí, Gin, yo… estaré bien. No te preocupes, de verdad –dijo, poco convencida de sus palabras.

-¡De abuela! Oh, mi vida, ahora sé que vamos a ser muy felices juntos. No puedo esperar a quitártelas en nuestra luna de miel…

-¡MALFOY, SUELTA AHORA MISMO MIS BRAGAS! –estalló Hermione, cansada de tanta burla del rubio. Ahora se sentía mortificada por haberse olvidado de recoger la colada. Harry reprimió una sonrisa –Iros, yo me ocupo –les dijo a sus amigos.

Harry y Ginny se miraron uno a otro, pero no trataron de convencerla. Ambos le dieron un beso y se fueron sin despedirse de Malfoy.


NdA: sé que dije que actualizaría primero el de Hermione/Oliver, pero para ese necesito sentir cierto grado de sensibilidad y la verdad es que esta semana tengo la sensibilidad en la planta de los pies. Pero, bueno, simplemente decir que no me he olvidado y que actualizaré lo antes posible.

Sobre este capítulo… no sé qué decir ¿Que espero realmente que os haya gustado? ¡Reviews wanted! (Se ofrece recompensa a quien los deje, como en el oeste) Yo soy feliz cada vez que me dejáis uno y puedo ver quién anda por ahí. Decidme qué os ha parecido, ¿sí?

Dra. Hermione Malfoy: yo creo que no está enamorado, pero eso sólo lo puede saber él, así que tendrá que contárnoslo en los siguientes capítulos jeje. Gracias por dejarte caer por aquí!

-bonii: sí, supongo que llegarán a llevarse bien (si antes no se matan uno a otro). XD Me ha gustado eso del nuevo significado de "cásate en matrimonio", la verdad es que yo le estaba buscando significado y creo que personalmente lo he encontrado.

Ninajanemalfoy: intentaré hacerlo cada semana, pero no lo puedo prometer. Esa es mi intención

Boni: ¡Joder! ¡Qué ilusión! Quería contestarte el review, pero no lo has firmado y luego se me olvidó (cabecita loca, como siempre; hay cosas que nunca cambian). Me gustan las palabras nuevas, pero ¿seguro que peluca no me lo habías dicho antes? ;p A ver si te veo algún día conectada y me cuentas que tal te va la vida, que ya te he perdido el rastro, niña!

Paula: cuál es tu teoría sobre lo que ha pasado? Me crea curiosidad. Besitos!

Claudia: le tengo un cariño especial a la tía Muriel, eso seguro. Pero no me gustaría que me hiciera ningún regalo. Espero poder dosificar el humor con el romance y otras cosas, pero ya se verá.

Daniela: a mí Ron también me dio un poco de pena, pero ¡piensa que es en aras de un bien mayor (el Dramione)! La escena de la chimenea fue ridícula completamente, pero me alegro mucho de que te gustara.

artePop: yo no me imagino a Draco pidiendo disculpas a su novia (ni siquiera por esto), pero a lo mejor sí, no se… pobre astoria!

Adriana: ¡claro que te extrañé! Y me encanta que te lo leas en clase! Solo espero que no te pillen los profesores porque entonces seguro que vienen a por mi ;P La guerra de las bromas es la cosa mas hilarante que yo he leído en mucho tiempo. Lo de Snape… ni idea (aunque yo también lo pensé), y lo de si va a haber dramione… ¡hombre! Digo yo que si lo habrá porque entonces no tendría sentido haber escrito tanto para que luego no lo haya, no? Al menos ya ha ido dejando algún guiño que otro, que es de agradecer. Algo es algo! Espero verte pronto!