Capítulo 9
-¡Crucio, crucio, crucio!-
En el instante en el que Hermione estaba ya preparándose la comida (y Draco estaba todavía en el suelo, tratando de recobrar la consciencia), la cabeza de Ginny Weasley hizo su aparición en la pequeña chimenea que la pareja había instalado en la cocina de su apartamento.
-Harry me ha contado lo que ha pasado.
Hermione, que estaba cortando unas cebollas, levantó la cabeza para ver quién se dirigía a ella.
-Entonces ya te lo ha contado todo. Te juro que me dan ganas de matar al Ministro.
Ginny miró con aprensión el cuchillo que estaba sujetando. Hermione siguió cortando las cebollas, ahora incluso con más ahínco que antes, pues sentir la afilada hoja desmenuzando las capas aliviaba su enfado.
-He pensado que podíamos hacer planes. Ya sabes: para que no tengas que estar todo el rato con Malfoy.
-Claro, yo también lo había pensado. ¿Qué tal el fin de semana? Podíamos hacer un viaje al Norte. Hace mucho que no vamos –propuso Hermione, cortando una cebolla a la mitad de un tajo limpio.
Ginny miró la hoja y sintió que tragaba con dificultad.
-Hemos… el fin de semana hemos hecho planes con Ron.
Hermione detuvo el cuchillo en el aire durante unos segundos, pero inmediatamente siguió cortando (tac, tac, tac), aparentemente sin darse cuenta de que parecía estar destripando un pollo en lugar de picar cebolla.
-Ajá –comentó distraída-. Mañana entonces. ¿Venís a cenar?
-Bueno… mañana… -. El cuchillo trituraba a tal velocidad las cebollas que Ginny tuvo que detenerse y respirar hondo. Era difícil prever si Hermione pensaba hacer algo más con él (algo como rebanarle la cabeza si volvía a mentar a Ron en su presencia)-. Mañana… hemos quedado también con Ron, ja, ¡qué coincidencia! –comentó con una risita nerviosa.
Su amiga no dijo nada esta vez. Siguió pela que te pela la cebolla, cada vez con tajos más certeros, tan rápidos que Ginny empezaba a dudar de que no fuera a cortarse una mano. Todavía no entendía por qué su amiga se negaba a usar la varita para estos menesteres Muggles.
-Ya. Bien –replicó Hermione con sequedad, apretando los dientes mientras el tac, tac, tac del cuchillo retumbaba en la cocina-. Entonces supongo que podemos dejarlo para otro momento –Una lágrima resbaló por su mejilla.
-¡Oh, por Merlín! ¡Estás llorando! ¿Quieres que vaya ahora? ¿Necesitas algo?
-Ginny: ¡estoy.picando.cebolla!
-Cierto, perdona… Es que todo este tema… Me estresa, ¿vale? ¡No puedo evitarlo!… Pero si quieres podemos cancelar lo de Ron. Siempre podemos decirle que teníamos otros planes y que no nos habíamos acordado…
-No –le atajó Hermione, todavía con los dientes muy apretados. Las capas de cebolla se habían convertido en virutas de cebollas y aunque a la morena no parecía importarle, lo cierto es que Ginny se estaba poniendo histérica-. No te preocupes: buscaré otros planes.
-¡Podrías quedar con Luna! Ella y Rolf vuelven esta noche de su excursión por los bosques noruegos –sugirió la pelirroja lo más rápido que pudo.
-Ginny: por más que Luna me parezca una chica entrañable, todavía no entra en mis planes pasar un alucinado fin de semana con ella y su marido.
La cabeza de Ginny se inclinó hacia un lado, síntoma de que estaba intentando pensar una solución que pudiera satisfacerlos a todos. Podía cancelar los planes con Ron y quedar con Hermione, pero eso no habría sido justo: desde la noche del Aniversario tanto ella como Harry habían estado volcados en su amiga, pensando que el comportamiento de su hermano había sido injusto. Pero tras la visita que Ron le había hecho aquella mañana, era evidente que él necesitaba tanto apoyo y consuelo como la morena.
Todavía quedaba la posibilidad de que Neville y Hannah no hubieran hecho planes para ese fin de semana, aunque esos dos solían tener prácticamente todo el año reservado y era imposible quedar con ellos sin previo aviso de una lechuza meses antes.
En esto estaba pensando cuando escuchó un golpe seco más allá de la puerta de la cocina. Ginny se sobresaltó tanto que su cabeza botó hacia arriba.
-¿Qué ha sido eso? ¿Crookshanks?
-Más bien Malfoy.
-¡Por Merlín santo! ¿Está ya en tu casa?
Un elfo doméstico hizo su aparición en la cocina de Hermione y sin mediar palabra o dignarse a saludar a cualquiera de las dos muchachas, la criatura comenzó a colocar los utensilios de cocina con los que planeaba preparar la comida a su amo.
Al verle aparecer, Hermione extendió el brazo en el que tenía asido el cuchillo para señalar al elfo doméstico. Y lo hizo con tal brusquedad que a punto estuvo de arrancarle la cabeza de cuajo a la pequeña criatura.-Ahí tienes la respuesta.
-¡Hokey! Recuerda que los quiero muy hechos –se escuchó la voz de Malfoy desde el otro lado de la casa.
Ginny Weasley meneó la cabeza con desconcierto. Ahora entendía el mal humor de su amiga.
-¿Has dividido la casa?
-De cabo a rabo. Y no he dividido sus calzoncillos porque no me interesa ni siquiera la mitad de un Malfoy –comentó Hermione, arrancando una sonrisa a su amiga y un bufido de reprobación del elfo doméstico.
La morena sacó una sartén y puso la cebolla (pulverizada) en ella. Pero cuando quiso abrir la nevera para coger algo, comprendió que se había precipitado. Ginny siguió el movimiento de su cuerpo con la mirada y vio que a los pies del aparato eléctrico brillaba una raya verde que Hermione evitaba pisar con todas sus fuerzas.
-¡Oh, maldita sea!
-¿Has puesto la nevera en su lado? –se escandalizó Ginny.
Hokey, el elfo doméstico de Malfoy, acababa de cascar unos huevos y había empezado a batirlos. Se los había traído de la mansión del Slytherin, tal y como él había indicado que hiciera para no tener que tocar nada de una Sangre Sucia, pero, aún así, la visión de comida era descorazonadora sabiendo que la nevera se encontraba ahora en el otro lado de la casa. En el lado de la casa de Malfoy.
-¿Y ahora qué se supone que voy a hacer para comer? –Hermione le lanzó una mirada asesina al pequeño elfo doméstico.
-Puedes deshacer el conjuro y volver a ponerlo –propuso la cabeza de Ginny, asintiendo.
-No. Eso sería como admitir que me he equivocado.
-Bueno, Hermione, es que te has equivocado…
Si las miradas pudieran asesinar, la cabeza de Ginny ya estaría rodando ahora por el suelo de la cocina. Sin embargo, le consolaba pensar que Hermione había dejado el cuchillo sobre la encimera, aunque eso no iba a impedir que se Apareciera en su casa para rebanarle la cabeza. Bien pensado, la pelirroja estaba segura de que esa noche tendría pesadillas con la imagen de Hermione y su cuchillo asesino.
-O puedes comprar una nevera nueva –comentó, tratando de suavizar su afirmación anterior.
-¡Hokey! ¿Qué pasa con esos huevos? –se escuchó de nuevo la voz de Malfoy.
Hermione rodó los ojos con desesperación. Ni siquiera 11.000 vatios eran suficientes para tumbar al Slytherin y dejarlo calladito durante un par de horas. Cuando regresó la mirada a Ginny, comprobó enfadada que su amiga estaba masticando algo mientras contemplaba los movimientos del elfo doméstico como si estuviera en el cine. Tenía tanta hambre que su estómago empezó a rugir con estruendo y le molestó especialmente que la pelirroja estuviera comiendo en su presencia como si nada.
-Podríamos convencerle para que te pasara algo de la nevera –sugirió Ginny con la boca llena, señalando al elfo doméstico con los ojos.
Hermione resopló con todas sus fuerzas. La idea le desagradaba muchísimo, pero estaba tan hambrienta que empezó a pensar que podría ser una buena solución temporal. Así que se agachó y caminó arrodillada hasta el límite de la raya verde para poder negociar con el elfo doméstico de Malfoy.
-Hokey, te pido disculpas por haberte dicho esas cosas tan horribles antes –comenzó a decir, dispuesta a lo que fuera con tal de conseguir algo de la nevera. El elfo doméstico ni siquiera se dignó a mirarla. Ginny le hizo un gesto para que siguiera dorándole la píldora. Hermione rodó los ojos de nuevo-. He sido muy desconsiderada y…
-…el señorito Malfoy no me permite hablar con sus enemigos. Si quiere algo de la nevera, cójalo usted misma, señorita Hermione.
La morena se mesó el pelo con nerviosismo y volvió a ponerse en pie, tentada a agarrar el cuchillo de cocina y amenazar al dichoso elfo hasta que éste decidiera acatar sus deseos. ¡Aquella era su casa, maldita sea! Pero no: ella era pro-derechos de los elfos domésticos aunque este se estuviera ganando una tortura tibetana.
-¿Eres consciente de que esta es tu casa, ¿verdad? –preguntó entonces Ginny, empeorando su humor.
-Ginny, ¡no me estás ayudando!
-Vale, vale. Pero yo sólo digo que si deshicieras el hechizo divisorio y lo volvieras a poner…
-¡No! ¡No voy a dejar que Malfoy gane esta guerra!
-¿Guerra? –inquirió la pelirroja.
-¡Hokey! ¿Qué coño estás haciendo? ¿Estás incubando el huevo?
-¡Cállate, Malfoy! –ordenó Hermione, perdiendo la poca paciencia que le quedaba.
-¿Sabes qué? –Ginny estaba asustada-. Creo que os voy a dejar con vuestros problemas conyugales y volveré más tarde. Si necesitas algo, llámame.
Cobarde.
-Y recuerda lo que te he dicho de la nevera: creo que las de Carrefour están de oferta –propuso la pelirroja, antes de desaparecer de la chimenea lo más rápido que pudo cuando vio la reacción de Hermione a su sugerencia.
Cuando decidió regresar al salón (sin la cebolla picada y nada que llevarse a la boca, salvo un paquete de galletas que estaba ingiriendo a dos carrillos y con avidez), vio que Malfoy estaba degustando ya el apetitoso y suculento almuerzo que su elfo doméstico le había preparado.
Pero Hermione era tan orgullosa que se limitó a mirarlo de reojo, con cierta envidia, antes de tumbarse en su parte del salón a leer una revista y comer galletas, tratando de ignorar su presencia completamente.
No había pasado ni la novena hoja cuando Malfoy empezó a hacer aquellos ruiditos sólo para molestarla.
Como su elfo doméstico le había dicho que Hermione ya no tenía acceso a la nevera, ahora el Slytherin se dedicaba a emitir gemidos de placer cada vez que daba un sorbo a su bebida o degustaba un nuevo trocito de su comida.
-Hmmm… delicioso, Hokey, esta vez te has superado –afirmaba, mirando con intención a Hermione, que estaba sentada justo enfrente y se esforzaba en no despegar los ojos de la revista.
En la página diez, Malfoy paladeó hasta cuatro veces seguidas el vino que su elfo había traído de su mansión.
-Estupendo… este vino te hace sentir lleno, satisfecho, saciado. ¿No crees, Hokey? Aunque todavía tengo hambre.
En la once, Malfoy emitió un gemido de placer tan parecido a un orgasmo que Hermione se revolvió en su asiento y estrujó la página con manos crispadas.
En la página doce, Malfoy empezó a masajearse la barriga y a combinar sus "hmmms" con sus "aaamms" tan asiduamente que Hermione empezó a imaginar cosas terribles. Cosas como a Malfoy en plena sesión de ejercicio con una de esas brujas a las que se llevaba a casa. Y esto la sulfuraba sobremanera porque, claro, él sólo lo estaba haciendo para cabrearla. Parecía disfrutar muchísimo con ello. Lo peor es que no tenía escapatoria posible a no ser que se encerrara en su cuarto y eso era lo último que quería hacer: ¡ella no se rendiría!
-Granger, deberías probarlo. Dado tu linaje, comprendo que te vaya el forraje para caballos –dijo, señalando las virutitas de galleta desperdigadas por el jersey de Hermione-, pero ahora que te dejan ser bruja deberías aprovechar para descubrir la comida para humanos.
Cuando en la página trece (siendo Hermione incapaz de leer una sola letra, pues estaba pasándolas por inercia, sólo para armar ruido y no tener que escucharle) Malfoy se reclinó en el sofá y empezó a palpar su barriga, Hermione no pudo aguantar más y le lanzó un cojín directo a la cara con tanta fuerza que la cabeza del rubio salió despedida hacia atrás y luego hacia delante como si se tratara de un muelle.
-¡Que aproveche! –le deseó. Se levantó de golpe, caminó enfadadísima hasta su cuarto y cerró la puerta de golpe.
-Mestizos, Hokey. No hay quien los entienda –afirmó Malfoy, llevándose el último sorbo de vino a los labios.
Hermione pasó el resto de la tarde encerrada en su cuarto. Las galletas no habían saciado su apetito y su estómago seguía emitiendo quejidos con fuerza. Había tratado de no pensar en ello, pero la verdad era que llevaba toda la tarde intentando buscar una solución a su problema. Estaba la posibilidad de bajar a comprar algo o ir hasta algún bar, pero a ojos de Malfoy eso era una rendición y Hermione no quería darle más motivos de burla.
También podía hacer lo que le había sugerido Ginny y comprar otra nevera para colocarla en su lado de la casa, pero esta solución parecía incluso peor: ella estaba en SU casa. Ni siquiera quería imaginar lo mucho que se burlaría Malfoy si compraba otra nevera con tal de no admitir que se había equivocado al dividir la casa.
Y sí, se estaba comportando como una cría, pero ¡aquello era la guerra! Malfoy no se iba a salir con la suya… sin embargo, tampoco podía pasar quince días alimentándose del aire. Hermione sabía que en algún momento tendría que dar su brazo a torcer.
Por eso después de tres horas se levantó y fue hasta la puerta, dispuesta a tragarse su orgullo y bajar a la calle para comprar algo que llevarse a la boca. Estaba tan ansiosa y abrió la puerta tan rápido que al principio no vio a Draco. Tenía el brazo levantado, como si estuviera a punto de llamar a la puerta, y su precipitada salida también le había cogido por sorpresa porque había retrocedido al verla.
Sus ojos se encontraron durante un instante. Y aunque intentaron sostener la mirada del otro con enfado, descubrieron que lo único que estaban haciendo era estudiarse, que el silencio que se había interpuesto entre ellos resultaba incómodo y que sus respiraciones enfadadas, entrecortadas, no ayudaban a aliviar la tensión del momento.
-Baño –ordenó tajantemente Draco con la intención de quebrar el silencio.
-¿Qué pasa con el baño? –preguntó Hermione.
-Que dónde está el baño –insistió el rubio con cierta urgencia.
-En mi cuarto.
Draco miró el suelo. Sus pies estaban casi rozando la raya verde que atravesaba horizontalmente la puerta de entrada a la habitación. Había un espacio de unos cuarenta centímetros en donde estaba Hermione. Después venía la raya y a apenas un palmo de ella estaba Draco.
-¿Y cómo quieres que pase con esto en medio? –protestó el Slytherin, señalando la raya que dividía el espacio entre ellos.
-Simple: no quiero que pases.
Dicho esto, la morena empezó a andar de puntillas, con la espalda pegada a la pared para caminar por el escaso margen que había entre la puerta y la raya. No quería pisarla y que le sucediera lo mismo que a Draco.
Malfoy emitió un bufido de superioridad.
-Muy bien, genio, si no quieres que entre en tu habitación y el único baño de toda la casa está en ella, dime: ¿dónde pretendes que mee? –comentó de malas maneras, pues las ganas de orinar empezaban a agotar su poca paciencia.
-¿Sabes Malfoy? Puede que estemos casados, pero te aseguro que no es de mi incumbencia lo que hagas para expulsar tus fluidos corporales. Además, tú te has quedado con la nevera. Yo me quedo con el baño. Es un trato justo.
Hermione cogió su abrigo y salió de la casa pegando un portazo.
Malfoy arqueó las cejas con sorpresa, pensando qué demonios debía hacer ahora que el histerismo de la sabelotodo los había colocado en esta situación en la que ni siquiera tenía consentimiento para ir al baño.
Se encaminó hacia la ventana y sintió tentaciones de abrirla para orinar por ella. Con un poco de suerte, conseguiría empapar a un Muggle en plena calva. Y lo cierto es que habría sido capaz de hacerlo de no ser porque Hermione se había ido y, si ella no estaba, aquel comportamiento infantil no le reportaba placer alguno, aunque sí era cierto que hubiese pagado por ver la cara de la Sangre Sucia cuando tuviera que explicarle a su vecino Muggle que su marido le había orinado encima.
Decidió guardar esta idea por si más adelante la necesitaba. Por el momento, lo más apremiante era resolver su urgencia como fuera y, por desgracia, parecía incapaz de encontrar una idea satisfactoria.
Volvió a mirar por la ventana, hacia la calle, y vio a Hermione cruzándola tan rápido que casi le atropella un coche. Pensó que bien podría dar rienda suelta a su vejiga entre aquellos cachivaches Muggles, pero él era un Malfoy, diantre, y los Malfoy no hacían sus necesidades en las calles (mucho menos en las calles Muggles: a saber la suciedad que respiraban esos seres inferiores).
Quedaba la opción de Aparecerse en su casa, pero la maldita descarga eléctrica le había dejado tan débil que no estaba seguro de poder reunir fuerzas suficientes para hacerlo. Así que simplemente salió al rellano de la casa, un poco desorientado y carente de recursos para aliviar su cada vez más desbordante vejiga. Entonces escuchó el crujir de unos pasos en las escaleras. Los pasos se detuvieron y unas llaves comenzaron a tintinear en la mano de alguien. Draco corrió escaleras abajo, dispuesto a hablar con aquella persona para que le permitiera usar su baño, pero, cuando llegó al rellano, la puerta ya se había cerrado.
Sin duda debía de tratarse de una vivienda Muggle, porque había una alfombra en el suelo y el gato que estaba dibujado en ella ni siquiera se movía ni tampoco le había saludado. Así que Draco sacó un pañuelo del bolsillo interior de su túnica, se cubrió el dedo índice con él y llamó al timbre tratando de que ni siquiera un centímetro de su piel tocara la superficie redonda.
En un primer momento no hubo respuesta. Luego las bisagras chirriaron molestamente y cuando la puerta se abrió, Draco se quedó con la boca abierta.
Una Muggle de una belleza impresionante le estaba mirando. Draco desplazaba su peso de una pierna a otra tratando de reprimir las ganas de ir al baño.
-No quiero ninguna enciclopedia, gracias –dijo la vecina, cerrándole la puerta en las narices.
Draco se quedó sorprendido, pero aquello era urgente, así que llamó de nuevo.
La vecina volvió a abrir, esta vez un poco más enfadada.
-Vende enciclopedias, ¿verdad? –comentó, señalando su túnica de color púrpura-. Lo siento, pero no estoy interesada.
Draco no tenía ni idea de qué coño le estaba hablando esa muchacha o de qué era una enciclopedia (de eso no había en el mundo mágico), pero como la Muggle estaba bien buena y tenía una gran urgencia, decidió ser amable.
-¿Me permitiría usar su baño? –preguntó con toda la cortesía que pudo.
La muchacha frunció el ceño.
-Verás, vivo en el piso de arriba, pero… -titubeó en búsqueda de la mejor explicación posible-, la puerta se ha quedado atascada.
Sorprendentemente, a la chica pareció divertirle la explicación del Slytherin, porque sonrió abiertamente y se hizo a un lado.
-Es la segunda puerta, a la derecha –le indicó.
Hermione regresó de comer justo cuando Draco se estaba despidiendo de la vecina. Al principio, al subir la escalera, no daba crédito a lo que estaba escuchando. Le parecía estar oyendo la voz de Malfoy y la de su vecina, departiendo sobre algo, riéndose animadamente. Pero aquello era imposible, ¿no?, porque Draco era un maldito bastardo imbécil que nunca se juntaría con un Muggle. Y, sin embargo, cuando subió el último tramo de escaleras hasta llegar al piso de su vecina, descubrió que no había estado soñando.
Malfoy estaba hablando con Marlene. No sólo estaba hablando con Marlene, sino que, con un brazo apoyado en el marco de la puerta y su cuerpo encarando el de la muchacha no dejaba lugar a dudas: estaba ¡flirteando!
Hermione frunció el ceño y comenzó a sentirse tremendamente molesta. Vale, él no era su marido, pero legalmente sí lo era. Ya había tenido que pasar suficiente bochorno delante de toda la comunidad mágica al carecer de explicación posible para su matrimonio. Si ahora Malfoy se dedicaba a seducir a toda falda Muggle hasta que consiguieran el divorcio, la humillación iba a ser doble. Además, ¿desde cuándo Malfoy prestaba atención a los Muggles? Vale que Marlene era espectacular, pero seguía siendo impura para él. ¿A qué venía que ahora actuara como si fueran amigos de toda la vida?
Caminó con decisión hasta donde se encontraban ambos. Malfoy la vio por el rabillo del ojo y Marlene levantó la mano en señal de saludo. Al pasar a su lado, Hermione apretó mucho los dientes y, aunque Malfoy le dijo "hola" sólo para fastidiarla y que notara que estaba hablando con su vecina (nada podía reportarle más placer que enojar a la Gryffindor por amor al arte), ella siguió subiendo las escaleras con enfado, causando un estruendo a su paso.
Cerró la puerta de golpe, aunque no le dio tiempo ni de encerrarse en su cuarto porque Malfoy apareció en el apartamento a los pocos segundos.
-¿Has encontrado comida humana o sigues con el forraje? –preguntó el rubio, dejándose caer sobre una orejera de su lado de la casa.
Hermione no contestó. Empezó a acomodar los cojines que estaban sobre el sillón.
-¿Ya no me ladras? Vaya, Granger, cualquiera diría que te has puesto celosa de la vecina.
-¡Ja! Sigue soñando, Malfoy. Tengo cosas mejores que hacer que interesarme por tus flirteos de escalera con la calentorra de Marlene. No eres nada especial, ¿sabes? Marlene se acostaría con una escoba si le diera placer restregarse contra sus cerdas.
-Es lógico: eso hacen todas las Sangre Sucia como ella.
Fue un golpe bajo. Hermione se detuvo un instante, dolida por la pulla que le acababa de asestar Malfoy, y luego se volvió a cámara lenta, dispuesta a lo que fuera, incluso a cruciarle, con tal de que mantuviera la boca cerrada. Había ido demasiado lejos. Pero entonces sucedió algo, como venía siendo habitual aquellos días.
-¡MI VIIIIIDA ERES TUUUUUUUUUUUUUUUU! ¡Y SOLAMENTE TUUUUU!
Draco levantó las cejas y giró la cabeza. El sonido parecía proceder de la ventana. -¿Qué coño ha sido eso?
-Oh, no, por favor, dime que no. Hoy no. –Hermione salió corriendo hasta la puerta, dispuesta a rodear la raya verde y cruzar hasta la zona en la que se encontraba Malfoy, pero el rubio sacó su varita y la apuntó con ella:
-Ah, no. De aquí no pasas, Granger.
-¡VOLARÉ, VOLARÉ, EN MI ESCOBAAAA HASTA LLEGAR A TIIIII! ¡CRUCIO, CRUCIO, CRUCIO AL QUE ME APARTE DE MI AMOR!
-No lo entiendes, Malfoy. Es importante. Si no voy ahí…
-Si no vienes aquí, ¿qué? ¿Quién es? –preguntó el Slytherin, señalando la ventana con la cabeza.
Hermione vaciló. Lo último que quería era explicarle lo que estaba sucediendo.
-¡DÉJAME ADMINISTRARTE UNA Y OTRA VEZ MI POCIÓN DE AMOOOOOOOOR! ¡YEEEESSSS!
Draco miró a Hermione. Hermione miró a Draco. Y luego ella gritó "¡No!" porque el Slytherin se acercó rápidamente a la ventana, con el brazo en el que sostenía la varita extendido para evitar que ella se acercara.
-¡Eh, tú! –le dijo a alguien tras haber abierto la ventana-. ¿Qué te pasa? ¿Qué quieres?
-¡Aléjate, espíritu del mal! ¡Aléjate de ella, Satanás! ¡Sé quién eres! ¡Sé dónde vives!
Rápidamente, Hermione se zafó de la varita de Draco y se colocó junto a él para asomarse a la ventana-. Oh, Hermione, ¿acaso un caballero de las fuerzas del mal te tiene secuestrada en tu torre?
-¡Hansel! ¿Qué habíamos hablado tú y yo de la orden de alejamiento? –le gritó la morena al chico que estaba bajo su ventana-. ¡Ya sabes que no puedes estar aquí! ¡El juez te lo prohibió!
-¿Acaso niegas que ese rufián –gritó Hansel, apuntando a Draco con su varita- te ha administrado un potente filtro amoroso para alejarte de mí?
-Tiene toda la razón: yo administro un filtro de lo más potente –se jactó el Slytherin, provocando que Hermione rodara los ojos con enfado.
-¡No te preocupes, mi amor, yo te salvaré! –Hansel se subió a la farola que había en la calle de enfrente-. ¡MI AMOOOOR SURCARÁ LOS VIENTOS POR TIIIIII!
-¡HANSEL! ¡O TE VAS O TENDRÉ QUE LLAMAR A LOS AURORES! –le amenazó la morena.
-¡LOS AURORES NO ME ALEJARÁN DE TI! ¡CRUCIO, CRUCIO, CRUCIO A LOS AUROREEEES!
Hermione sacudió la cabeza y cerró la ventana de golpe. Pero Draco la estaba mirando. Draco la estaba mirando entre divertido y desconcertado, y aunque intentara ignorarlo, él estaba allí y era muy tarde ya para irse a ningún lado.
-¿Tienes un admirador? –le preguntó con una sonrisa de medio lado-. ¿Granger tiene un admirador?
-¡No! Bueno, sí. Es sólo Hansel, ¿vale? El juez le prohibió venir, porque se estaba volviendo muy pesado, pero de vez en cuando aparece. Desde que acabó la guerra se ha obsesionado conmigo porque dice que soy su héroe.
Una sonrisa se dibujó en los labios de Draco, hasta que el rubio no pudo contenerla más y estalló en carcajadas.
-¡Granger tiene un acosador! -Su tronco se dobló en dos y empezó a reírse con todas sus fuerzas, tratando de contener las lágrimas de risa mientras más allá de la ventana se escuchaban los ladridos del perro del vecino, las protestas del propio vecino y los gritos de Hansel, que ahora estaba entonando otra canción.
-¡TÚ ME ROBASTE A MI BRUJAAAAAAAA, AHORA EL ARISTÓCRATA DEBE MORIIIIR! ¡CRUCIO, CRUCIO, AVADA KEDAVRA POR ALEJARLA DE MIIII!
-¿Morir? –aulló de repente Draco. Se incorporó de golpe, asustado-. Ese lunático es inofensivo, ¿no?
Entonces Hermione tuvo una idea.
-Oh, no –negó con la cabeza-. ¡Nada inofensivo! A veces se pone tremendamente violento. Y ahora que sabe que estamos casados, la verdad es que no tengo ni idea de lo que podría hacer. A Ron estaba ya acostumbrado, pero a ti…
Estas palabras fueron suficientes para que el rubio palideciera. Al principio parecía haberle hecho gracia la idea de que una Sangre Sucia pudiera tener un acosador. Pero ahora que un mago potencialmente violento, obsesionado con ella, estaba bajo la ventana blandiendo su varita mientras se subía a una farola para declarar su amor, la idea había dejado de hacerle gracia.
Hermione parecía encantada con la reacción de Draco. Sonrió abiertamente, caminó hasta su lado de la casa y fue hasta su habitación. Cuando cerró la puerta, fue ella la que estalló en carcajadas. Después de todo, tener allí a Hansel no iba a ser tan malo, y aunque sabía que iba a pasarse toda la noche entonando aquellas insoportables (y desafinadas) canciones de amor, le importaba bien poco estar desvelada si con ello le hacía pasar un mal rato al Slytherin.
Draco, por su parte, se ocupó de que el elfo doméstico se quedara haciendo guardia toda la noche junto a la ventana. Cuando llegó la hora de acostarse, se dirigió hacia la puerta en donde él pensaba que estaba su habitación, la puerta que quedaba justo al lado de la ventana en la que se escuchaba a Hansel desgañitarse:
-¡RITA SKEETER NO TENÍA RAZOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOON! ¡MUERE, MUERE, MUERE SKEETER, MUERE, DEJA EN PAZ A MI HERMIONEEEE!
Pero al abrir la puerta se encontró con un despacho. Ni cama ni colchón ni nada en lo que pudiera echarse una cabezadita. Lo único que la maldita sabelotodo le había dejado era aquel mugriento sillón de dos plazas del salón.
Enfadado como nunca había estado, Draco cerró los puños hasta que los nudillos se le quedaron blancos. La Sangre Sucia se había salido con la suya hasta entonces. Pero ya iban dos que conseguía ridiculizarle y Draco tenía claro que no le iba a consentir ponerle en ridículo de nuevo.
Dio una patada a la silla de estudio de Ron, y caminó a grandes zancadas hasta el salón.
-¡GRANGER!
NdA: Ok, este fic se está haciendo laaargo laaargo. Y no sé si lo siento o me alegro, jaja. Lo siento por las que sois impacientes. Y me alegro (en parte) porque hacer que se interesen uno por otro rápidamente me resulta del todo imposible. Me encantaría, pero soy lenta XDDD y necesito mi tiempo con esto del Dramione. Lo bueno es que quedan muchísimas cosas por venir: visita al sexólogo, reaparición de Lavender Brown, apariciones de los Malfoy, quizá incluso de los Granger (lo estoy meditando, jaja) y muchas más aventuras que no quiero desvelar por ahora para no arruinar sorpresas. Bueno, me voy y volveré pronto (espero). Muchas gracias por los reviews. Me habéis despertado varias sonrisas!! (L)
Ratita: pues hoy. Hoy he actualizado. No llores más! XD
Adriana: hola, preciosa. Qué cerdada que te hayas quedado sin esa clase! La verdad es que me ha encantado ese comentario jaja. Bueno, si mis fics te dan suerte, yo encantada. Ya sabes: te mando todos los ánimos del mundo para los exámenes y las nuevas asignaturas. Un besazo.
xiiomi: ya está! Actualizado! :)
Claudia: hola, niña! El placer es mío por tenerte siempre por aquí. Eso me hace sentir muy afortunada. Gracias, de verdad.
Edna: es cierto! Una rayita Slytherin XDDDDDDDDDDDDD A Hermione le está bien empleado. Será algo subliminal que la haya puesto verde? Jejeje
Carla Gray: ¡Te debo la contestación a tu review! Pero es que es tan largo que quiero dedicarle un tiempo XD No me olvido!
