NdA: Confieso que sufro una rara (y al parecer poco común) enfermedad que me obliga a terminar todo lo que empiezo. Así que aunque esta historia tenga ya mil años y la haya dejado zapateada en varias ocasiones, parece que por fin ha llegado la hora de ponerle punto y final. Os avanzo que el fic está terminado, aunque necesito editar un par de cosas antes de colgarlo entero. Tendrá 19 capítulos, y los iré subiendo paulatinamente, a lo largo de los próximos días. Eso es todo. Muchas gracias por leer y nos vemos al final. B.
Capítulo 10
-La conquista del Territorio Granger-
Como si se tratara de un mariscal de guerra, Draco Malfoy caminó por la habitación con determinación y cautela. Siguió con la mirada la resplandeciente raya verde que recorría el suelo y dividía la casa en dos mitades. Hasta entonces no se había dado cuenta, pero la maldita Sabelotodo la había trazado con tal minuciosidad que ahora no estaba seguro de poder alcanzar su habitación sin pisarla.
Al menos el objetivo estaba muy claro: si él no podía dormir, por Merlín que tampoco lo haría la apestosa Sangre Sucia. Tenía que atacarla, infiltrarse en su habitación para darle un susto de muerte. Quizá incluso conseguiría matarla de verdad, pensó con una sonrisa. Pero…. ¿cómo? Por más que lo intentara, no encontraba la manera de sortear la dichosa raya verde y no conocía ningún hechizo para contrarrestar un encantamiento tan potente.
Al principio estuvo un buen rato observando la raya con detenimiento. No tenía prisa, era un depredador capaz de esperar por su presa. Su intención era que Hermione se quedara lo más profundamente dormida y atacar cuando se encontrara indefensa. Luego, se atrevió a caminar un par de pasos hasta quedarse al borde de la raya, donde notó que un sudor frío empezaba a perlar su frente ante la perspectiva de otra descarga eléctrica de 11.000 vatios. A Hermione jamás se lo habría dicho, pero tenía que reconocer que ese encantamiento era infinitamente mejor que muchos de los que había visto en algunos mortífagos.
De repente, tuvo una idea. Quería probar a elevar el pie y dejarlo suspendido en el aire para ver si la trampa volvía a activarse. Así que apretó fuertemente los ojos y contó hasta tres, cuidando mucho de no desequilibrarse para no pisar el otro lado de la raya.
-Uno, dos, tres…
Suspiró con alivio cuando vio que no ocurría nada, todavía tratando de mantener el equilibrio para no activar el hechizo. Pero había un pequeño detalle con el que Draco no había contado.
-¡CRUCIAR ASÍ ES MORIR DE AMOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOORRRR R!
Hansel, el admirador de Hermione, el potencialmente peligroso mago que había perdido la cabeza por la Sangre Sucia, se arrancó en ese momento con otra de sus serenatas y cogió tan de sorpresa al Slytherin, que su pie acabó posándose en el suelo.
-¿El amo se encuentra bien?
Draco tardó unos segundos en abrir los ojos. Estaba seguro de que había perdido el conocimiento después de la segunda descarga eléctrica, pero no tenía ni la más remota idea de cuánto tiempo llevaba inconsciente. Un fuerte olor a chamusquina le puso en alerta. Cuando consiguió abrir los ojos se encontró cara a cara con Hokey, su elfo doméstico, que le miraba entre sorprendido y preocupado.
-Quizá el amo quiera algo de comer para recuperar la vitalidad. Está muy pálido –insistió la criatura.
-¿Qué hora es?
-¡HERMIOOOONE, NO MARQUES LAS HORAS, PORQUE VOY A ENLOQUECEEEEER!
-Lleva desvaído tres horas, amo.
-¿Y la Sabelotodo?
-Durmiendo, señor Malfoy.
-Bien, pues vamos a, vamos a… Un momento… –dijo, palpándose la cabeza. Algo había ocurrido, Draco no se notaba la melena como de costumbre-. Hokey, ¿qué le pasa a mi pelo?
-Perdió un poco de cuerpo tras el colegio, señor, nada grave. Recuerde lo que siempre le dice la señorita Astoria: podría ser peor, podría estar tan calvo como los señores Crabbe y Goyle.
-¡No me refiero a eso! ¡Ahora! ¿Qué le pasa a mi pelo AHORA? –Draco salió corriendo en dirección contraria, desesperado por encontrar un espejo.
-Gran parte se desvaneció cuando usted lo hizo, amo –escuchó que le decía Hokey, desde el otro lado del pasillo.
Draco reprimió un grito ahogado cuando por fin pudo verse en el espejo que había en la entrada de la casa. Su cabeza, su precioso cabello dorado… arruinado. Quizá para siempre. Lo que antes había sido una lustrosa melena se parecía ahora al pelo de una muñeca pepona. Tenía calvas por todas partes. Tras la descarga eléctrica le habían caído varios mechones, que ahora el elfo doméstico se afanaba por recoger con parsimonia del suelo del salón.
Draco se encontraba tan alterado que por un momento casi se le pasó por alto el hecho de que el elfo doméstico se estaba paseando tranquilamente por el lado de Hermione.
-¡HOKEY! ¿QUÉ HACES AHÍ DE PIE? ¡SAL DE AHÍ, INSENSATO! –dijo, gesticulando con nerviosismo.
-Me encuentro perfectamente, señorito Malfoy –replicó el elfo, enredando entre sus gordos dedos un mechón de pelo quemado. Draco reprimió un grito de dolor-. Recuerde, amo, que los hechizos de los magos no afectan por igual a las criaturas mágicas –comentó, despertando una sonrisa de oreja a oreja en su amo.
Aquella era una grandísima noticia.
La operación era hartamente complicada, pero Draco lo tenía todo bajo control. O, al menos, eso creía el Slytherin. Si su padre le viera en ese momento pensaría que había perdido el juicio y seguramente le desheredaría, pero aquello no era lo más importante ahora. Lo más importante, sin duda alguna, era VENGARSE de la Sabelotodo y solo podría hacerlo si conseguía llegar hasta su habitación, costase lo que costase.
Quizá por ello (o, mejor dicho, sin duda por ello) Draco se encontraba ahora de rodillas sobre la espalda de Hokey, su elfo doméstico, que caminaba a cuatro patas, guiando toda la operación con su varita en alto, como si se tratara del capitán que dirige a sus tropas, y viéndolas y deseándolas para no tocar el suelo con ninguna parte de su cuerpo.
-¡Hokey! ¡Te he dicho que no mires al suelo, por lo que más quieras!
-Amo Malfoy, Hokey intenta no mirar al suelo, pero a Hokey le resulta muy difícil no mirar el suelo si las rodillas del amo siguen empujando la nuca de Hokey.
Draco intentó no presionar la nuca de su elfo con las rodillas, pero entonces quedó en una posición todavía más absurda, a horcajadas sobre el elfo, con los brazos rodeando su cuello, las piernas enroscadas alrededor del pecho de Hokey.
El elfo doméstico avanzó, ahora a dos patas, con Draco abrazado a él cual Quijote sobre su Rocinante, pero no podía evitar desequilibrarse y a cada paso que daba, chocaba con un nuevo objeto de la habitación.
-¡Derecha! ¡Izquierda! ¡No! ¡Cuidado con la lámpara, que se cae! –se desgañitaba Malfoy-. ¡Accio lámpara! ¡Accio candelabro! ¡Accio libro! ¡Accio todo lo que se caiga! ¡No, no, no, espera! ¡ARMARIO! ¡HOKEY, CORRE, POR MERLÍN CORRE!
El elfo doméstico hizo lo que su amo le mandaba y comenzó a correr sin rumbo fijo por el lado del salón de Hermione, esquivando malamente el armario, que acabó estrellándose contra la pared de enfrente.
Draco se vio presa del pánico cuando vio que Hokey se dirigía hacia la ventana. Iba a tal velocidad que dudaba mucho de que pudiera detenerse a tiempo para que él no saliera despedido hacia el exterior.
-¡DETENTE, POR LO QUE MÁS QUIERAS, DETENTE! –aulló, cerrando fuertemente los ojos y aferrándose con todas sus fuerzas al cuello del elfo.
Hokey consiguió detenerse lo justo para que la mejilla de Draco se quedara pegada al cristal de la ventana. Todavía asustado por lo que podría haber ocurrido, pudo ver, desde donde estaba, la triste figura de Hansel, sentado en la acera, deshojando una margarita, pensando otra balada con la que torturar sus oídos.
-Quizá si el señor Malfoy deja de hacer accios, Hokey podría llegar a la puerta de la señorita Granger más rápido –replicó el elfo.
-Pro-prometo no hacer más accios –tartamudeó Draco, muerto de miedo.
Cuando criatura y mago, elfo y burro, alcanzaron el pomo de la puerta de Hermione, Draco no pudo evitar contener una sonrisa de triunfo porque lo único que le separaba de su objetivo era un simple giro de su muñeca. Pero al intentar abrir la puerta se dio cuenta de que Hermione había hecho un potente fermaportas para asegurarse de que nada interrumpiera su sueño esa noche. Draco gruñó con enfado. No sabía si iba a ser capaz de hacer un conjuro que anulara el fermaportas, encontrándose, como se encontraba, montado sobre un elfo doméstico. Algunos magos montaban hipogrifos; otros, escobas último modelo o incluso dragones. Y luego estaba Draco Malfoy. Draco Malfoy montaba… un elfo doméstico.
En esto me he convertido, en un montaelfos, pensó con amargura, meneando la cabeza con resignación y rezando para que ni la Sabelotodo ni nadie descubrieran esa pequeña aventura a lomos de su asistente doméstico.
-Hokey, ¿por casualidad tienes idea de cómo deshacer un fermaportas? –le preguntó al elfo, con la esperanza de no tener que hacer el conjuro.
-Oh, no, no, señorito Malfoy. A los elfos domésticos nunca se nos enseña a escaparnos de sitios cerrados.
Lógico.
Draco rodó los ojos, desesperado ante la idea de demorar su conquista y asalto del territorio Granger.
-Bien, Hokey –empezó a dar instrucciones-, tengo que mover la varita y tengo que moverla mucho, así que espero que sepas mantener el equilibrio porque, si no, todos nuestros esfuerzos habrán sido en vano y tú tendrás que recoger mucho pelo del suelo, ¿comprendido?
El elfo asintió con la cabeza, algo que casi provoca que Malfoy se diera de bruces contra el parquet de la casa.
-¡Límitate a decir que "sí", por todos los santos! –chilló Draco con voz aguda, apretándole tanto el cuello a Hokey que el elfo tuvo problemas para respirar con normalidad.
A esas alturas le parecía imposible que la Sangre Sucia siguiera despierta con tanto ruido, aunque lo cierto era que, salvo los gritos histéricos de Hansel (que ahora estaba haciendo un repaso del clásico "Como una olla, tu amor llegó a mi vida"), Draco no podía escuchar ningún otro sonido en la casa. Estaba seguro de que Hermione se encontraba dormida como el ceporro que él creía que era.
Unos segundos después, cuando consiguió calmarse y que su corazón dejara de golpear su pecho, Draco hizo la floritura de varita que necesitaba para abrir la puerta. Tratándose de la Sabelotodo esperaba un fermaportas muchísimo más potente, pero, a decir verdad, la puerta se abrió casi sin oposición, con un "clic" más sigiloso que el vuelo de una mosca.
Hermione había dejado las persianas subidas, así que la habitación quedaba iluminada por la luz de la luna, que se proyectaba directamente sobre la cama donde la morena dormía profundamente. Si no llega a ser porque su pecho subía y bajaba, acompasando su respiración, Draco habría pensado que Hermione se había muerto mientras dormía, tal era el gesto de placidez y calma que lucía su cara.
Ella se encontraba tendida de lado, con medio cuerpo dentro de unas blanquísimas sábanas y medio cuerpo fuera. Tenía la sábana enredada en una pierna y el camisón se le había subido hasta la mitad del muslo, una circunstancia que no pasó inadvertida a Draco Malfoy, que por un momento no pudo evitar recorrer con la mirada las largas piernas de la sabelotodo. Vista así, no era tan desagradable, pensó. En realidad se podría decir que la luz de la luna le favorecía y que ese mini camisón de sencillo algodón blanco le daba un aire angelical que Draco nunca antes había percibido en ella.
Draco sintió un nudo en la garganta al comprobar que uno de los tirantes del camisón se había caído hasta quedar descolocado a mitad del brazo, y que los rizos de Hermione caracoleaban por unas sábanas que, además de blancas, de repente se le antojaron tan suaves como la piel de su inquilina. Tuvo que tragar fuertemente para que la vista no se le nublara, perdida entre tanto rizo y tanta sábana, tanta sábana, piel y rizo, porque el orden de los factores no altera el producto, pero el producto había alterado profundamente a Draco Malfoy. Así que finalmente fue Hokey, no él, quien llamó su atención sobre lo que habían ido a hacer allí.
-Hokey cree que el territorio Granger ha sido conquistado, amo –escuchó que le decía.
-Ejem… sí –carraspeó Malfoy-, territorio conquistado.
-¿Qué hacemos ahora, señorito Malfoy?
Parecía tan plácidamente dormida, tan agotada por todos los acontecimientos de los últimos días, que el Slytherin se sintió tentado de dar media vuelta, cerrar la puerta con delicadeza y quizá desconectar su despertador para que nadie la interrumpiera y pudiera descansar toda la mañana.
Y eso fue precisamente lo que hizo.
-Nada, Hokey, no vamos a hacer nada. Regresemos, estoy muerto de sueño.
El elfo doméstico no hizo ademán de protestar, pero se quedó mirando a Draco con sus inmensos ojos redondos, incapaz de comprender qué era lo que le había hecho cambiar de parecer. Con la espalda dolorida por el peso de su amo, acató la orden y dio media vuelta para regresar a su lado legítimo de la casa.
Y mientras Malfoy y su tropa se retiraban, derrotados, Hermione había caído presa de otro de aquellos sueños misteriosos que le retrotraían en el tiempo, a la noche del Aniversario.
Sentada en al asiento del copiloto del Anglia de su novio, Hermione abrió poco a poco los ojos, notando cómo le dolían a medida que la luz se iba colando en ellos. Sintió la mano de Ron acariciándole el brazo, esta vez con ternura, al tiempo que le daba explicaciones de por qué la había despertado repentinamente.
-Vamos, Hermione, seguro que tu padre te está esperando. Ya sabes que siempre lo hace.
-Phmmmf –refunfuñó ella, apretando de nuevo los ojos.
-Veeenga, despierta. Tu padre se llevará un susto de muerte si no apareces.
Estas palabras parecieron calar en el cerebro medio dormido de Hermione, porque entonces la morena se incorporó lentamente en el asiento del copiloto y con un único ojo abierto observó el lugar donde se encontraban. La calle en la que vivían sus padres estaba tan desierta y silenciosa que la muchacha imaginó que debía de ser muy tarde.
-¿Qué hora es?
-Hora de irse a casa. Vamos, te acompaño –Ron pasó una mano bajo los brazos de Hermione y le ayudó a salir del viejo Anglia volador.
Entre el alcohol y que acababa de despertarse, a la morena le costaba mantener el equilibrio, así que su novio la acompañó hasta la puerta de la vivienda para asegurarse de que llegaba sana y salva a la casa de los Granger.
-¿Tienes llaves? ¿Estás bien? –le preguntó. Hermione se limitó a contestar con un afectadísimo movimiento de cabeza. Asintió tan fuertemente que su barbilla casi chocó contra su clavícula-. Bien. Entonces me voy. Nos vemos mañana, que descanses.
El pelirrojo depositó un beso en la frente de su novia y regresó al coche. Una o dos veces se giró para comprobar que Hermione estaba suficientemente lúcida para encontrar las llaves, pero se quedó más tranquilo cuando ella las sacó del bolso y las agitó en el aire para decirle adiós. Encendió el motor del coche y se fue.
Ya en la soledad de la calle, Hermione intentó controlar los efectos del alcohol para introducir la llave en la cerradura de la puerta. Entornó los ojos para que la llave volviera a ser una, en singular, y no un puñado de ellas, que era lo que veía en ese momento. Pero por más que lo intentaba, no conseguía atinar con la cerradura. Probó de nuevo, pero tampoco tuvo suerte. Probó, probó y probó, hasta que se dio cuenta de que aquellas no eran las llaves de la casa de sus padres…
-¡POR EL AMOR DE UNA MUJER JUGUÉ CON MAGIA SIN SABER QUE ERA YO QUIEN ME HECHIZABAAAAA!
Horas antes, Hermione había echado mano de una de las pociones de sueño que guardaba en el pequeño botiquín que tenía en el baño. Casi nunca tenía problemas para dormir, pero ahora que compartía casa con Malfoy y que Hansel había retomado su terrible costumbre de darle serenatas bajo la ventana, supo que necesitaría una ayuda extra si quería descansar.
Lo malo era que los efectos de la poción expiraban después de un par de horas y que Hermione era de sueño ligero, así que los gritos de Hansel la despertaron en medio de la noche, y ella se quedó frustrada al ver que una vez más se quedaba sin recordar lo que había ocurrido después de la fiesta del Aniversario.
Ahora sabía el motivo por el cual no había entrado en casa de sus padres. Al parecer, se había olvidado las llaves. Pero todavía era un misterio qué le había llevado a encontrarse con Malfoy y decidir no solo pasar la noche con él (a fin de cuentas, mentiría si dijera que Draco era desagradable a la vista), sino casarse con él.
Enfadada como estaba, fue hasta la ventana, la abrió y con un conjuro de su varita provocó una lluvia torrencial que empezó a caer sobre Hansel, que fue a resguardarse bajo uno de los árboles de la calle.
-¡AGUA PURIFICADORA, SEÑAL DE QUE SU AMOR ES CORRESPONDIDO!
-¡CÁLLATE, PESADO! –gritó un vecino-. ¡SON LAS TRES DE LA MAÑANA!
-¡MI AMOR NO TIENE HORA! ¡ES INFINITO!
-¡INFINITAS SON LAS HOSTIAS QUE TE VOY A PEGAR COMO BAJE Y NO TE HAYAS IDO! –argumentó el vecino, que cerró la ventana de golpe.
Hermione pensó que no le gustaría verse en el lugar de Hansel en ese momento. Conocía bastante bien al vecino que le había gritado y sabía que sus puños, a veces, podían ser más contundentes que cualquier hechizo. Con un poco de suerte Hansel se iría antes de que pudiera darle alcance.
Pensó en intentar conciliar de nuevo el sueño, pero cuando ya estaba sentada en la cama, un aroma muy familiar impactó contra sus fosas nasales. Se trataba de la colonia de Malfoy. Hermione podría haberla reconocido a kilómetros de distancia porque era un aroma que siempre le había gustado especialmente. ¿Pero por qué olía su habitación a la colonia de Malfoy?
Su primer instinto fue mirar debajo de la cama, pensando que a lo mejor Draco se había agazapado allí para darle un susto de muerte y por eso la habitación apestaba a su perfume. Pero no vio nada. Y en el armario tampoco estaba. Ni siquiera en el cuarto de baño u oculto al más puro estilo Psicosis, tras la cortina de la bañera.
Extrañada, fue hasta la puerta y comprobó que alguien había destruido su fermaportas.
¡Aja! ¡Te he pillado, Malfoy!
Hermione esperaba encontrárselo detrás, con la oreja pegada, pero cuando la abrió de golpe no se encontró con él, sino con su elfo doméstico, que se estaba aplicando unas compresas calientes en la espalda, solo Merlín sabía por qué.
-Hokey, ¿dónde está Malfoy? –le preguntó.
-El señorito Malfoy se encuentra descansando.
Hermione frunció el ceño. Ni por un momento se lo creyó, sobre todo ahora que Malfoy había entrado en su cuarto.
-¿Qué hay en esa bolsa, Hokey?
-El pelo del señorito Malfoy, señorita.
-¿Y por qué está el pelo de tu amo en esa bolsa?
-Porque el señorito Malfoy cruzó de nuevo la raya que trazó la señorita Granger.
-¡AJÁ! ¡Te pillé!
Hermione salió disparada hasta el despacho, dispuesta a pedirle explicaciones a Malfoy, pero cuando llegó al lugar donde la raya verde le impedía pasar, solamente pudo vislumbrar, por el hueco de la puerta, los pies descalzos del Slytherin, que colgaban cómicamente del extremo del sillón. Draco era tan alto que el minúsculo sillón de su despacho se le había quedado pequeño.
Hermione sonrió. Si no llega a ser porque se trataba de él, habría pensado que aquélla era una escena adorable. Todavía con una sonrisa en los labios, puso rumbo de nuevo a su habitación. Había sido un día muy largo y estaba cansada. Si Malfoy podía dormir, por Merlín que ella también lo haría. Ya tendría tiempo para descubrir el misterio de la puerta.
Ron Weasley se levantó aquella mañana con el pie izquierdo. A decir verdad, llevaba muchos días levantándose con el pie izquierdo desde que había descubierto el "secretito" de Hermione, que era como había bautizado el señor Weasley el matrimonio de su ex novia con uno de los Malfoy.
No había día en la que no se despertara con alguna historia nueva sobre los la que ya era la pareja de moda. Aquella mañana había desayunado con las tonterías que contaba Rita Skeeter sobre el tiempo que Hermione había estado saliendo con él y con Draco, simultáneamente. Ron sabía que muchas de estas historias no eran ciertas, pero no estaba seguro de otras y eso le ponía de muy mal humor. Intentaba llevar una vida normal, pero eran tantas las entrevistas, reportajes y artículos que hablaban de Hermione Granger y Draco Malfoy, que le resultaba imposible mantenerse al margen de todos ellos.
Además, la situación actual cambiaba mucho las cosas. Para empezar, Ron había tenido que volver a La Madriguera. Con sus padres. Por lo que tenía que soportar de nuevo que su madre intentara ponerle horarios y que su padre le diera inoportunos consejos acerca de cómo tratar a las chicas, por si existía la remota posibilidad de que algún día consiguiera hacerles abuelos. "No pierdas la esperanza, hijo, hay muchas cucharas en el caldero", le había dicho.
La ruptura con Hermione también significaba que ya no podrían quedar todos como lo hacían antes. Ahora, Harry y Ginny, así como el resto de sus amigos, tenían que repartir su tiempo para visitarles, y las reuniones sociales ya nunca volverían a ser lo mismo porque siempre faltaría alguien.
Pero Ron reconocía que estar soltero tenía sus ventajas. Por ejemplo, podía comer con la boca abierta siempre que quisiera. Y nadie le reñía por ello. O dejar la tapa del váter abierta, sin necesidad de reponer el conjuro que la cerraba después de hacer sus necesidades básicas. Pero lo mejor de todo era que, por primera vez en su vida, atraía la atención de las chicas. ¡Y de qué manera! Ron no estaba acostumbrado a pasear por la calle y que se le quedaran mirando. Era como si, de repente, por no salir con Hermione, hubiese pasado a formar parte de la lista de los solteros más cotizados y eso era algo que le encantaba. Le bastaría con chasquear los dedos para conseguir una cita. Ahora mismo no se sentía con fuerzas para probar suerte con otra relación, pero estaba bien saber que tenía la posibilidad si es que algún día se decidía.
Sonrió abiertamente al pensar todo esto, justo en el momento que su madre entró en la cocina.
-Da gusto verte sonreír, cariño, eso es señal de que estás mucho mejor –le dijo la señora Weasley, convencida de que sus cuidados habían influido significativamente en la mejoría de su hijo.
-¿Hola? ¿Hay alguien en casa?
-¡Ginny, cariño!
La señora Weasley se abalanzó sobre su hija pequeña nada más verla. Ginny, que venía acompañada de Harry, se acercó a Ron para saludarle.
-Le estaba diciendo a Ron que da gusto que sonría –comentó la señora Weasley a su hija pequeña-. ¿A que está mucho mejor?
-Tienes mejor cara, colega –confirmó Harry, estrechando la mano de su amigo-. ¿Estás listo? ¿Nos vamos?
-Casi, dejadme que coja la cartera y nos vamos. ¿Habéis pensado en algún lugar especial?
-La verdad es que no, si te parece, improvisamos.
Ron, Harry y Ginny pusieron entonces rumbo al Callejón Diagon, donde esperaban poder encontrar algo que llevarse a la boca y pasar el día en compañía unos de otros, a ser posible charlando de cualquier cosa que no fuera Hermione. Aquella era la primera vez que podían quedar tranquilamente después de todo el follón que se había montado. Harry y Ginny estaban convencidos de que lo mejor era pasar página y no sacar el tema, a no ser que Ron necesitara desahogarse.
Al principio, la conversación fue bastante fluida. Durante la primera hora los nombres de Hermione y Draco no se escucharon en ningún momento. Pero entonces Harry cometió un tremendo error, mientras estaban comentando el embarazo de Luna Lovegood.
-Yo solo digo que el hijo de esos dos va a dar más guerra que una banda de mortífagos –bromeó Ginny, tratando de imaginar qué tipo de hijo tendrían Rolf y Luna.
-A lo mejor nace más cuerdo que su madre –apostilló Ron-. Eso nunca se sabe. Hay padres que son completamente diferentes a sus hijos.
-Y ahí es cuando llegan los problemas –recapacitó la pelirroja.
-No te creas. Yo pienso que los problemas empiezan cuando es un embarazo no deseado –intervino Harry, llevándose un trago de su vaso de agua a los labios-. Al menos el suyo es un hijo deseado, no como el de Hermione.
Si en ese momento les hubiesen dicho que Ron se había convertido en una estatua de sal, se lo hubiesen creído. El pelirrojo recibió este comentario con tal asombro que durante unos segundos fue incapaz de pestañear, respirar o hacer cualquier otra función básica. Lo único que procesaba su mente era una imagen de Hermione llevando en brazos a un bebé de cabeza desproporcionada y con una melena rubia engominada hacia atrás.
-¿Hermione está embarazada? –dijo por fin, nada más salir del ensimismamiento.
-¡No, no, no! ¡No lo está!
-¿De Malfoy?
-Que no, que Harry hablaba de un caso hipotético, Ron. En el caso de que se hubiera quedado embarazada, pero no lo está, en absoluto.
-¿Está embarazada de Malfoy? Es decir, ¿embarazada de Draco Malfoy? –siguió insistiendo el pelirrojo.
-Que no, no lo flipes, Ron, que no está embarazada. En serio, respira.
Pero el pelirrojo se había levantado de la mesa del restaurante para caminar sin rumbo en un perímetro de dos metros, por lo que los otros comensales comenzaron a mirarles con curiosidad.
Ron empezó a decir cosas sin sentido, como que la culpa de todo la tenían las tazas de la tía Muriel, por haberles hecho un regalo tan penoso, o que debería haber sospechado antes que eso del "útero hostil" y los "soldaditos que tienen que ir al gimnasio" era, en realidad, la excusa que siempre ponía Hermione porque no quería tener hijos con él. Estaba tan alucinado que no prestaba ya atención a ninguna a las explicaciones de sus amigos.
-Es decir, está embarazada en el sentido de estar embarazada, con niños y todo eso, no en el otro sentido.
-¿Hay otro sentido? –se interesó Harry.
-Ron, ¿nos estás escuchando? –Ginny conjuró rápidamente un sonorus para amplificar su voz que retumbó en todo el restaurante-. ¡NO ESTÁ EMBARAZADA! Y aunque lo estuviera, eso no es lo importante.
-¿No es lo importante? –dudó Ron, tomando asiento de nuevo, todavía muy pálido.
-No, lo importante es que podría estar embarazada, pero no lo está.
-Por lo que el posible hijo de Malfoy que finalmente no fue, nunca irá a la casa Slytherin, como estaba claro que iba a ir –apostilló Harry.
-Eso es una ventaja tremenda, tienes que reconocerlo –afirmó Ginny.
-Y no conocerá a nadie que se llame Crabbe y a nadie que se llame Goyle, y por supuesto tampoco tonteará con nadie que se llame Pansy ni le hará la pelota a ningún Snape.
-Lo cual vuelven a ser buenas noticias.
-Además, creo que no hace falta decir que si finalmente no hay niño, no habrá tampoco una abuela Narcisa y un abuelo Lucius a los que pedirles dinero para donar a la causa mortífaga o para comprar gel capilar con el que peinarse el pelo hacia atrás.
-Y solo por eso, hermano, deberías estar MUY aliviado –afirmó Ginny, asintiendo a su vez con la cabeza.
Ron los miraba a los dos, anonadado, preguntándose si de verdad su mejor amigo y su hermana pensaban que algo de lo que decían tenía pies y/o cabeza.
-¡Ah! Y como no va a haber niño, nos aseguramos de que no herede la calvicie del padre –precisó Harry.
-¿Sabes que Hermione me ha dicho que ayer le cayó todavía más pelo?
-¡Buena chica! ¿Se lo arrancó ella?
-No, parece ser que cruzó la raya. Y esta vez de verdad.
-¿Otra vez se extralimitó? ¿Qué hizo ahora? ¿Tocarle el culo?
-¡NO! Cruzó la raya, ya sabes, la raya verde con la que Hermione ha dividido la casa en la que viven. Confieso que estoy deseando verlo. Recuérdame que mañana les hagamos una visita.
-Un momento, ¿Malfoy y Hermione viven ahora juntos? –les interrumpió Ron.
-Ron, Ron, Ron –Ginny se acercó sigilosamente a su hermano, esta vez cogiéndole la mano fraternalmente-, vuelves a perder de vista lo más importante.
-¿Qué es lo más importante? –preguntó, inocentemente, Harry.
-Sí, Gin, ¿qué es lo más importante? Porque si no te parece importante que Hermione esté embarazada…
-No está embarazada…
-…o que esté viviendo con el tipo con el que me puso los cuernos y que la ha dejado embarazada…
-¡NO ESTÁ EMBARAZADA! –gritaron los dos al unísono.
-Bien, vale, no está embarazada, pero me da igual. Ahora viven juntos y por lo que a mí respecta eso es una pareja. ¿Y sabes qué? Si ella y su útero hostil quieren quedarse embarazados me parece bien, pero que no espere que me quede aquí sentado, esperando.
Ron se levantó, dejó su servilleta encima de su plato y puso rumbo a la salida del restaurante.
-Ron, ¿a dónde vas? –le gritó Ginny desde la mesa.
-¡A ejercitar mis soldaditos! –le espetó, antes de salir, hecho un basilisco.
Harry y Ginny se miraron con preocupación. Cuando todo parecía indicar que estaban saliendo del túnel, se dieron cuenta de que nada más acababan de entrar.
