Capítulo 11

-Juegos mentales-

Al igual que el pelirrojo, Draco tampoco había empezado el día con buen pie. Por la noche había tenido una horrible pesadilla en la que una nueva descarga eléctrica le despojaba de su fantástica melena y, como represalia, había decidido cabalgar a lomos de su elfo doméstico, cual jinete de las llanuras, para conseguir asesinar de una vez por todas a Granger.

Durante la pesadilla, le había costado un gran esfuerzo recorrer todo el salón y abrir la puerta a lomos de Hokey, pero cuando por fin lo consiguió la pesadilla se había vuelto más absurda que nunca porque resultó que la sabelotodo estaba bastante buena embutida en su escaso camisón de algodón blanco y eso le había hecho sentir compasión por ella.

¡Compasión! (durante la última consulta que había hecho en el diccionario esa palabra ni siquiera aparecía listada).

Con estas y otras imágenes todavía más perturbadoras, Draco Malfoy recogió la toalla que había traído el día anterior junto al resto de sus pertenencias, y se dispuso a Aparecerse en su casa. Quería pegarse una ducha y estaba convencido de que la maldita sabelotodo no había modificado el trazado de la raya para que él pudiera usar el baño.

Estaba tan dormido que cuando llegó a su casa, todavía legañoso, no advirtió la presencia de otra persona. Abrió el grifo, se quitó la ropa y empezó a canturrear una canción de las Weird Sisters justo antes de escuchar esa voz femenina a sus espaldas:

-Veo que el pelo que pierdes arriba rápidamente lo recuperas abajo –dijo la voz.

Draco giró en redondo, hasta encontrarse cara a cara con su ex prometida. Astoria Greengrass le estaba observando con desdén, de arriba abajo. Él se encontraba desnudo, pero ni siquiera se molestó en cubrirse con una toalla.

-Astoria, ¿qué haces aquí? –le preguntó, mientras el vaho de la bañera empezaba a inundar la habitación.

-Vine a recoger un par de cosas que me dejé durante la mudanza –contestó ella, con la frialdad que la caracterizaba.

-Bueno –carraspeó él-, ¿y qué tal te va?

-Veo que la vida de casado tampoco te respeta a ti. No has ganado peso, pero has perdido pelo, ¿tanto tiempo ha pasado, Draco?

El Slytherin se palpó la cabeza confundido por las palabras de Astoria. Cuando sintió que allí arriba había mucho menos pelo de lo normal, se miró corriendo en el espejo, y puso la misma cara de espanto que el día anterior. Después de todo, parecía que lo de anoche no había sido un sueño.

-Fue un accidente, lo arreglaré más tarde –comentó, tratando de restarle importancia a su aspecto, aunque ahora ya no se sintiera tan seguro como antes. Astoria, que sabía que nunca se le habían dado bien los hechizos de estética, arregló el desaguisado de la cabeza de Malfoy con un simple giro de su varita. El Slytherin recuperó su cabello nada más finalizar el encantamiento.

-Ya que lo preguntas, te diré que me va fantásticamente bien. Blaise y yo damos una fiesta la próxima semana –anunció con una sonrisa-. Por supuesto, estás invitado. A ella la puedes traer también. Ya sabes que estamos en tiempos pacíficos, una sangre sucia arriba o abajo no lo notará nadie.

-¿Blaise? –Draco frunció el ceño.

-Blaise Zabini. Te acuerdas de él, supongo.

-Perfectamente. Lo que no recuerdo es que fuerais tan cercanos.

-Bueno… –Astoria caminó unos pasos hacia el frente, se estaba acercando peligrosamente-, he pensado que ya que no podía tener al más rico, al menos podía tener al más guapo –le susurró-. Además, ya era hora de hacerlo público, ¿no crees?

Malfoy enarcó las cejas, sorprendido.

-Vamos, Draco, ¿de veras creíste que solo tú tenías amantes? Oh, qué ricura… -dijo Astoria, acariciándole la mejilla muy despacio-. En fin, nos vemos la semana que viene, entonces. Te mandaré una lechuza con la invitación. ¡Au revoir!

Y Astoria simplemente se fue, dejándole en su baño con la mayor cara de imbécil que jamás había puesto.

Así había empezado su día, descubriendo que no solamente era un cornudo sino también un idiota. Y el resto del día no pintaba mejor, porque ahora estaba en aquella consulta, en compañía de la apestosa Sangre Sucia, que estaba leyendo una patética revista femenina en la que había una foto de ellos dos en la portada.

Hermione parecía contenta y relajada. Él, sin embargo, se encontraba deprimido y aburrido, por lo que no tardó mucho tiempo en entregarse a su deporte favorito:

-Granger –la llamó, desde donde estaba sentado, al lado del revistero.

-Malfoy.

-No me arrepiento de lo que pasó.

Hermione cerró la revista y le miró con cansancio.

-¿Te refieres a la boda? ¿O al divorcio?

-Me refiero a haber dicho que tenías una personalidad fálica. Después de haber visto tu ropa interior, creo que eso queda bastante claro.

Hermione puso los ojos en blanco y siguió a lo suyo. Cuando Malfoy se ponía así lo mejor era ignorarle. Eso lo había aprendido con los años. Aunque el muchacho podía ser persistente.

-Granger.

-Malfoy.

-Alguien está un poco gruñona esta mañana. ¿Quizá es que no has dormido bien esta noche?

-Mis hábitos nocturnos no son de tu incumbencia. Además, no soy yo quien anda haciendo excursiones al filo de la medianoche.

La maldita Granger lo sabía. ¿Acaso le habría visto cabalgando sobre Hokey? Y si le había visto, ¿por qué no había aprovechado para burlarse de él? Los ojos de Malfoy brillaron con astucia.

-¿Por qué tienes problemas para dormir, Granger? –comentó para desviar el tema-. A lo mejor la próxima vez te apetece hacerme una visita nocturna. Te aseguro que tengo un par de remedios fantásticos para el insomnio. –Hermione volvió a poner los ojos en blanco.

-Permítame que tenga mis dudas.

-De todos modos, sabes que solo tienes que soñar conmigo y todos tus problemas desaparecerán. Dime, Granger, ¿sueñas mucho conmigo?

-El día que yo sueñe contigo será el día que tú cocines para un elfo doméstico.

La señora que estaba sentada a su lado les miró ahora con cierta sorpresa. La consulta del sexólogo estaba vacía aquella mañana, pero junto a ellos se encontraba otra paciente de mediana edad, que parecía más interesada en su conversación que en la revista que estaba hojeando.

Al escucharles debió de pensar que estaban realizando un ejercicio de su terapia sexológica porque le guiñó un ojo con complicidad a Draco, provocando que el Slytherin se removiera con incomodidad en su asiento.

-Da igual, lo mejor es que dejemos este tema para cuando tengamos menos audiencia –prosiguió Malfoy, sintiéndose observado-. Yo solo digo que ya sé que hoy teníamos cita con el sexólogo, pero no hacía falta que contrataras a un actor para impresionarme. Venga, Granger, confiesa, ¿cuánto le pagas a Hansel?

-Lo mismo que tú a Astoria.

-Aunque Astoria cobrase, no podrías permitírtela y lo sabes. Además, no eres su tipo. Le gustan más rubios y que tengan algo más fálico que su personalidad, tú ya me entiendes...

-Piensa lo que quieras –replicó ella-, pero te sorprendería saber que no eres el único que tiene admiradores.

-No sabía que hubieras oído hablar de mi club de admiradores gay.

-Pobres diablos. Cómo se nota que no han visto tu reciente alopecia.

-Debo admitir que me haces mucha gracia, Granger. Ahora te necesito, pero cuando haya terminado contigo, por favor no vengas llorando a buscarme. Sería demasiado patético, incluso para ti.

-Descuida, tú y tu ego podéis iros ahora mismo si os apetece. Eso, si cabéis los dos por la puerta, claro.

-¡Ah, Granger! Disimula todo lo que quieras. Pero te advierto que disfrutarás mucho más si te relajas conmigo –comentó, reclinándose en el asiento de la consulta y poniendo sus brazos tras la cabeza-. Sé lo que estás pensando, además de rematadamente guapo, soy un genio.

-No, solo un completo gilipollas.

-En serio, ¿cuál es tu problema?

-Yo no tengo ningún problema. Excepto tú, claro.

-Ya sé lo que te pasa –reflexionó Draco-. Creo que te molesta no estar a la altura de las circunstancias. Pero no te preocupes, en cuanto a sexo se refiere ser arrebatadoramente guapo no siempre es lo más importante. Ahora que sabes tus limitaciones ya tienes media terapia realizada.

En ese momento una mujer vestida con una bata blanca entró en la sala de estar en la que aguardaban su turno.

-¿Los señores Malfoy? –los llamó la enfermera-. Pueden pasar, la doctora los está esperando.

Draco se puso en pie, pero Hermione permaneció sentada, leyendo su revista. Se negaba a darse por aludida si le llamaban por el apellido del Slytherin.

-¿No son ustedes los señores Malfoy? –dudó la enfermera al ver que ella no se movía.

La señora que se encontraba en la sala de espera se encogió de hombros, desconcertada.

-Vamos, cuchicuchi, nos llaman –intentó animarla Draco, que de nuevo volvía a ser el mejor marido del mundo. El Slytherin estaba dispuesto a lo que fuera con tal de demostrar que eran una pareja bien avenida. Cada día faltaba menos para que se conociera la sentencia de su padre, ahora no iba a echarlo todo por la borda.

-Dile a la enfermera de mi parte que podéis entrar tú y tu ombligo. Hacéis una pareja fantástica, no me necesitáis –respondió ella, sin levantar la mirada de la revista que estaba leyendo.

Draco se quedó inmóvil. Si no hubiera estado esa enfermera delante la habría obligado a levantarse. Pero tenía que disimular, así que no le quedaba más remedio que ser amable con Hermione.

-¡Cómo es! Discúlpela, la alegría por nuestro matrimonio la tiene embriagada y la pobre ya ni sabe lo que dice. Venga, cariño, no te hagas de rogar, que hay más pacientes esperando –comentó, en clara alusión a la señora que le había guiñado un ojo minutos antes.

A Hermione le hubiese gustado postergar un poco más la agonía de Malfoy, pero era preferible acabar con ello cuanto antes, por lo que finalmente se puso en pie y siguió los pasos de la enfermera.

La consulta de la sexóloga era todo lo contrario a la de la psicóloga que habían visto días antes. La doctora Allegra Tease era una muchacha mucho más joven y mil veces más atractiva, que se decantaba por un mobiliario contemporáneo para recibir a sus pacientes. Las paredes de su consulta eran lisas, casi quirúrgicas, y de ellas solamente colgaba el título que la acreditaba como Psicóloga de la conducta sexual y postural en las parejas mágicas.

Los recibió con una sonrisa cálida, indicándoles que podían tomar asiento en las dos butacas que había frente a su escritorio. Draco y Hermione así lo hicieron.

-Bueno, bueno, bueno, ¡qué tenemos aquí! ¡Los Malfoy! –exclamó la sexóloga, sin duda para romper el hielo-. Les confieso que tenía curiosidad por conocerles. Por aquí no suelen venir parejas tan famosas como ustedes.

Draco recibió sus palabras con una mueca contrariada de sus labios, Hermione se limitó a dedicarle una sonrisa tímida.

-Y, díganme, ¿qué les trae por aquí? –se interesó la doctora-. Veo que están intentando tramitar el divorcio, así que me pregunto ¿puedo ayudarles en algo?

-Puede ayudarnos a divorciarnos –replicó escuetamente Hermione, con un tono de voz bastante cortante.

La doctora arqueó las cejas, sorprendida, y escribió algo en un cuaderno que tenía delante. Por lo que a ella respectaba, si así era como estaban las cosas entre ellos, lo mejor iba a ser que se divorciaran cuanto antes. Pero Malfoy parecía tener otros planes.

-No le haga caso, doctora –le dijo, contrariado-, comprobará usted misma que mi mujer se encuentra muy estresada estos días. Después de la boda apenas hemos tenido tiempo para estar solos, con todos esos periodistas y la gente llamándonos…

-Entiendo… -afirmó la doctora-, la falta de intimidad puede ser un gran foco de estrés en la pareja.

Draco asintió con dinamismo. Hermione se limitó a bufar con incredulidad.

-Bueno, si les parece, como apenas llevan unos días casados y todavía no han experimentado el desgaste que acarrean años de matrimonio, pienso que deberíamos empezar la terapia con unos ejercicios de reeducación sexual. Si no funciona, siempre podemos intentar otro tratamiento.

-¿Y en qué consisten exactamente esos ejercicios? –se interesó Hermione.

-Son solamente unas tablas básicas de caricias y juegos preliminares que les ayudarán a restablecer la confianza perdida entre ustedes –Draco y Hermione intercambiaron miradas de pánico-. Oh, por Merlín, no se preocupen. Les aseguro que no es nada que no hayan hecho antes. Se trata solo de pequeñas caricias y arrumacos que toda pareja debe hacer para no perder la llama del amor.

Draco carraspeó antes de hablar, no sabía cómo decir aquello.

-Le aseguro, doctora, que a mí no me hace falta ejercitarme más –se pavoneó.

-No lo dudo –afirmó ella-, la fama le precede –comentó, despertando una sonrisa en Malfoy y la irritación de Hermione, a quien le importaban un verdadero comino las conquistas de Draco-. Aunque debo advertirle que si se ejercita mal, el placer nunca es el mismo –apostilló la doctora.

Draco intentó replicar, pero Hermione no tenía intención de entrar en detalles sobre las relaciones que tuviera o dejara de tener Malfoy, por lo que intentó reconducir el tema a los ejercicios que quería imponerles la sexóloga. Le preocupaba mucho aclarar ciertas cosas.

-Y, pongamos, doctora, que esos ejercicios nunca los hayamos hecho antes por los motivos que sea. ¿Resultarían muy incómodos entre una pareja, digamos, novata?

-La inexperiencia no debería ser un inconveniente, señora Malfoy –afirmó la sexóloga-. Además, ustedes dos ya sabrán que esto es como montar en bicicleta: una vez aprendido, nunca se olvida.

Era la segunda vez que una mujer le guiñaba el ojo aquella mañana y ninguna de las dos le había gustado. Definitivamente, hoy no era el día de Malfoy.

-Está bien, empecemos por algo práctico. Pónganse de pie –ordenó la doctora-. Haremos unos ejercicios de calentamiento previo para asegurarnos de que los ejecuten bien en sus casas.

-¿Aquí? –se asustó Hermione.

-¿Ahora? –protestó Draco.

-¿De veras es necesario? –Hermione estaba dispuesta a apelar a la lógica de aquella sexóloga-. Porque yo creo que ambos tenemos bastante claro que queremos el divorcio.

-Y sin embargo, su marido parece más receloso –puntualizó la doctora.

-No, créame, me lo he pensado mucho mejor: firme el divorcio, quiero el divorcio, de verdad, no sabe CUÁNTO lo quiero.

-Oh, vamos, no sean tímidos, dense una oportunidad. Los ejercicios son realmente fáciles y los haremos con ropa, no es como si necesitaran desnudarse en medio de la consulta. Eso ya lo harán cuando lleguen a casa –bromeó, poniéndose en pie.

La doctora Tease se acercó hasta ellos y tiró de ambos por la muñeca para que se pusieran en pie. Luego los colocó frente a frente, hasta que quedaron separados por unos escasos centímetros. Draco estaba muy pálido. Momentos antes su mente le había traicionado y se había puesto a pensar en el camisón blanco de Hermione, y estaba claro que aquella no era la mejor manera de abordar una situación como ésta. Su cerebro le traicionaba cuando más lo necesitaba. Vaya día de mierda…

Hermione, por su parte, tampoco se sentía demasiado cómoda. De repente era muy consciente de su cuerpo y el de Draco, que estaba muy cerca, demasiado cera. Hermione tuvo la sensación de que el mundo empezaba a girar bajo sus pies. La simple idea de tener que tocar a Draco, aunque solo fuera por causas médicas, le daba pánico. ¿Y si ejecutaba allí mismo un Avada Kadavra? ¿Y si la mataba después, tan pronto llegaran a casa? La bruja no quería tentar a la suerte, pero si deseaba obtener el divorcio rápido (y, oh, vaya si lo deseaba), no le quedaba escapatoria posible.

-Lo primero que quiero es que sean conscientes de las posibilidades de sus cuerpos –comentó la doctora, obligándoles a que se acercaran todavía más-. El cuerpo de la mujer, curvilíneo y suave fue hecho para encajar con el cuerpo rectilíneo y recio del hombre, así que veamos cómo lo hacen.

Draco puso los ojos en blanco para suavizar un poco la incomodidad del momento. Tenía a la sabelotodo demasiado cerca, tan cerca que intentaba por todos los medios no mirarle a los ojos para que ella no intuyera su nerviosismo.

La sexóloga siguió hablando sobre alguna basura sobre los cuerpos que Draco ya no estaba escuchando. Había desconectado hacía rato porque estaba demasiado ocupado esquivando los ojos de Hermione, que de vez en cuando se clavaban casi por equivocación en los suyos y salían corriendo en dirección contraria.

De repente la sexóloga cogió una de las manos de Draco.

-¡Siéntala, señor Malfoy! –gritó con emoción-. Sienta las curvas de su mujer bajo sus manos –le dijo, mientras trazaba círculos concéntricos imaginarios en el aire para rodear los pechos de Hermione.

Draco sintió un ataque de pánico, aunque no más que Hermione, que tenía los ojos clavados en las manos de Malfoy. Las tenía tan cerca, rozando con las yemas su camiseta, que tuvo que apretarse el labio con fuerza para no gritar con horror.

Pero la sexóloga interpretó este gesto de una manera muy diferente.

-¿Ve su cara de placer? ¿Nota su deseo, señor Malfoy?

-¡Lo noto y lo correspondo! –aseguró teatralmente Draco.

-¿Y usted, señora Malfoy? ¿Se siente deseada? ¿Arde en deseos de tomarle entre sus brazos?

Pero Hermione ya había tenido suficiente. Algo había hecho "clic" en su cabeza, algo de lo que no se había dado cuenta hasta entonces porque había estado demasiado concentrada en sentir autocompasión. Ahora, sin embargo, lo veía todo muy claro.

Y es que, desde que todo aquello había empezado, se había citado con dos terapeutas y en ninguna de las ocasiones Draco había mostrado el más mínimo interés por tramitar rápidamente el divorcio. Es más, daba la sensación de que el Slytherin hacía todo lo posible por sabotear sus terapias y retrasar el papeleo. Se mostraba encantador delante de la gente, colaboraba con los médicos y, ahora, en el colmo de la hipocresía, estaba fingiendo una excitación que no sentía.

Allí había gato encerrado.

Pero si eso es lo que él quería, ella no se iba a quedar de brazos cruzados. Draco Malfoy iba a pasar un rato muy malo. Allí y ahora.

-Si le digo la verdad, doctora, no me siento demasiado deseada en este momento –afirmó Hermione.

Estas palabras decepcionaron por completo a la sexóloga, para alivio de Draco, cuyas manos empezaban a temblar de tenerlas tanto tiempo suspendidas en el aire y no estaba seguro de poder seguir así mucho tiempo. Unos segundos más y las habría dejado caer en… en… no quería ni pensarlo. Por suerte, las palabras de Hermione hicieron que doctora se detuviera en seco y le obligara a bajar las manos. Parecía desconcertada.

-Es decir –prosiguió la morena-, estos ejercicios están muy bien, pero mi marido y yo siempre hemos sido un poquito más pasionales y eso es lo que más echo de menos –aseguró, haciendo un gesto con su dedos índice y meñique.

-¿Pasionales? Podemos ser más pasionales si quiere. ¿A qué se refiere?

-A que nos gustan otro tipo de cosas, cosas más… carnales.

Draco frunció el ceño, no le gustaba nada el rumbo que estaban tomando las cosas. Hermione tenía esa mirada. La mirada que ella siempre ponía cuando estaba a punto de convertir su vida en un puñetero infierno. La muy maldita siempre lo conseguía.

-¿Me podría poner un ejemplo?

-Puedo enseñárselo, si quiere –respondió la Gryffindor con coquetería.

Una gran bola de saliva cruzó con dificultad la garganta de Draco. Podía oler el peligro a lo lejos. Notó que la temperatura del despacho de la doctora Tease había subido varios grados. De repente empezaba a tener mucho calor.

-Adelante –concedió la doctora-, todo lo que sea mejorar es bienvenido. Ese es nuestro objetivo.

Hermione jugó muy bien sus cartas en esta ocasión. Se acercó sigilosamente a Draco, muy despacio, como la serpiente que podía llegar a ser si se lo proponía. Lo primero que hizo fue coger una de las manos del muchacho, mientras narraba la escena y le aseguraba a la doctora que "a él le gusta muchísimo que yo le dirija porque sabe que me vuelvo loca cuando hace lo que deseo". Luego hizo que las manos de Malfoy viajaran hasta su cintura, y las dejó allí, de manera que se quedaron todavía más juntos que antes. Hermione casi podía sentir la respiración de Malfoy, más alto que ella, agitándose sobre el puente de su nariz.

Durante toda la operación, la Gryffindor se negó a subir la mirada para ver el efecto que estaba teniendo todo esto sobre Draco. Pero notaba que el Slytherin se había quedado sin recursos porque su cuerpo estaba rígido, completamente petrificado sobre la baldosa del suelo que ocupaban sus pies.

-Luego siempre suelo acercar mi boca a su oreja –comentó Hermione, por supuesto deslizando su boca muy lentamente por la mejilla de Draco, hasta que su labio inferior quedó a escasos milímetros del lóbulo de su oreja-, porque cuando estamos en la cama le encanta que le susurre cosas al oído.

Draco no pudo evitar sentir un potente escalofrío recorriendo su espina dorsal.

-Y, finalmente, suelo acercarme con mucha lentitud hasta su boca para indicarle que ya puede besarme.

Hermione subió por fin sus ojos para posarlos con ternura en los de Malfoy, como retándole a que la besara. Hizo una caída de pestañas y posó una de sus manos en el pecho del muchacho, sin que él se enterara apenas porque estaba embobado en la profunda mirada de deseo que le estaba dedicando ella.

Casi involuntariamente, Malfoy se inclinó ligeramente hacia delante. Estaba perdido. Si nadie lo impedía iba a besar a Hermione Granger. Apenas quedaban unos milímetros para que sus labios se encontraran, un suspiro les separaba del beso, pero en el último segundo Hermione se echó para atrás.

-¡Pero él nunca me besa! –protestó, alejándose de su lado.

Si las miradas mataran, la que Draco Malfoy le dedicó en aquel momento habría sido un Avada Kadavra.

-Eso es… –la doctora dudó un segundo-… es altamente interesante, la verdad. Si tras ese cortejo tan pasional, usted, señor Malfoy, todavía no siente deseos de corresponder a su esposa es que tenemos mucho trabajo por delante.

Draco, que todavía estaba furioso con ella, bufó socarronamente para mostrar su descontento. Quería matar a la sabelotodo por haberse atrevido a seducirle, pero sobre todo por haberlo conseguido. Había estado a punto de besar a una Sangre Sucia. A la mayor Sangre Sucia de todo el mundo mágico. Notaba que su cara todavía ardía de la humillación.

Hermione, sin embargo, estaba sonriendo. Parecía extasiada con lo que acababa de ocurrir. Si Malfoy quería jugar sucio, ella también podía hacerlo. Estaba ansiosa por saber cuál iba a ser la próxima propuesta de la sexóloga. Por ahora ella iba ganando.

La doctora regresó a su silla, retomó el cuaderno de notas que antes había dejado sobre la mesa, y les invitó a tomar asiento de nuevo en las dos sillas.

-Antes de continuar con la terapia práctica, y en vista de lo que acaban de contarme, creo que es importante que sentemos las bases fundamentales de la teoría sexual. Por ello me gustaría medir el conocimiento que tienen de sus zonas erógenas y las de su pareja. Señora Malfoy, por favor, sea usted la primera –pidió la señorita Tease.

-Me parece que no he comprendido. ¿Qué es lo que quiere que haga?

-Dígame las zonas erógenas de su esposo.

Hermione fingió que recapacitaba un poco. –Quiere decir, ¿aparte de su ego? –ironizó, ganándose una mirada furiosa de Draco.

-Sí, aparte de su ego, señora Malfoy –contestó la doctora-. La verbalización y personalización de los sentimientos es un factor muy importante en las relaciones sexuales, pero en este caso me refería a las zonas erógenas físicas.

-Créame, a mi marido le bastan un par de piropos y ya tiene la tienda de campaña montada, no sé si me comprende... Él es así de fácil.

Draco frunció el ceño.

-Eso es porque no todos tenemos nuestras zonas erógenas localizas en partes que muchos considerarían más propias de la raza porcina.

-Interesante… –dijo la doctora, ajustándose las gafas y haciendo un par de anotaciones en su cuaderno-. Señor Malfoy, ¿le gustaría ahondar un poco en la afirmación que acaba de hacer?

-Verá, doctora, es algo bastante personal, así que es mejor que no lo diga.

Hermione no podía creer que estuviera haciendo tanto teatro. Le asustaba pensar hasta dónde podía llegar Draco con tal de hacerse la víctima.

-No se preocupe, recuerde que estoy aquí para ayudar. Me gustaría que se sintieran cómodos para compartir conmigo cualquier cosa, como si estuviéramos en familia –le animó la sexóloga. Señora Malfoy, ¿calificaría usted sus zonas erógenas de peculiares?

-Depende de lo que entienda usted por peculiares, para mí son de lo más normal.

-Vamos, Hermione –intervino Malfoy-, la doctora está aquí para ayudarnos –dijo, ganándose un par de miradas asesinas de la Gryffindor. Creo que deberías contarle el tema de tu verruguilla.

-¿Verruguilla?

-Verá, doctora, mi esposa tiene una verruga muy especial.

-¿La tengo? –cuestionó ella. Hermione no daba crédito.

-Vamos, cariño, no hace falta que disimules.

-¿Y cómo es esa verruga, señor Malfoy?

-¡Es enorme! Un poco marrón y rugosa. Está situada, ya sabe, muy cerca de sus –Malfoy trazó dos círculos concéntricos en el aire. Dos círculos enormes, objetivamente desproporcionados si lo que pretendía era hacer referencia a los pechos de Hermione.

-¡Oh, por Merlín Santo! –protestó la morena-. ¿De verdad se va a tragar eso? ¿Pero es que no ve que está mintiendo?

-Por favor, señora Malfoy, deje que su marido se desahogue. Creo que estamos tocando la fibra sensible de su problema. Dígame, señor Malfoy, ¿a ella le produce placer que usted acaricie esa protuberancia?

-Muchísimo. Es el único sitio que le gusta que le toquen.

-Interesante…

-Me pide a todas horas que se la acaricie y juguetee con el pelito que sobresale en la punta, ¿sabe doctora?

La pluma de la doctora volaba sobre su cuaderno de notas.

Draco aprovechó una pausa para sacar de nuevo el pañuelito de puntillas que llevaba en el bolsillo interior de su túnica. Luego fingió secar una lágrima inexistente.

-¿Y usted no quiere hacerlo?

-No –afirmó en un susurro, lloriqueando.

-¿Le resulta repugnante?

-Mucho.

-Pero lo hace por ella –apuntó la doctora-, es decir, acaricia la verruguilla para que ella llegue al orgasmo.

-Es la única manera...

-¡Oh, por favor!

-¿Diría usted que sufre cuando le acaricia la verruga?

-¡Sufro muchísimo! –se quejó Draco, dejándose caer teatralmente sobre el sillón que tenía la doctora en la consulta. Se había tapado la frente con una mano.

La doctora se sentó a su lado, visiblemente apenada por el sufrimiento del Slytherin. Él, que la estaba observando por el rabillo del ojo, no pudo evitar repasarla con la mirada.

La doctora está buena, pensó. ¡No está buena, está tremenda! Podía hacérselo allí mismo, daba igual que la sangre sucia delante. ¿Podía hacerlo? ¿Debía hacerlo?

Hermione contemplaba la escena, incrédula. Se sentía un poco molesta por la falta de profesionalidad de aquella doctora, más empeñada en coquetear con Malfoy que en escuchar sus problemas, pero le fastidiaba todavía más la actitud de Draco. ¿Es que nunca dejaba de coquetear? El muchacho no perdía comba, ni siquiera en las consultas de los doctores, y Hermione empezó a sentir muy ignorada cuando él se empeñó en susurrarle sus problemas al oído de la doctora, que ahora se reía tontamente, encantada con la situación. Era como si Hermione se hubiera vuelto invisible.

Pero había algo más. Si antes solamente tenía una sospecha de que estaba intentando sabotear su tramitación del divorcio, ahora las sospechas se habían confirmado. No era normal que Draco Malfoy hiciera ese teatro si no tramaba algo. Tenía en sus manos la oportunidad de zanjar el tema, divorciarse rápidamente de ella, pero una y otra vez parecía dispuesto a presentarse ante los doctores como el marido fiel que ha sido víctima de un engaño. Allí había gato encerrado y ella iba a descubrir de qué se trataba.

Furiosa por la escenita que estaba montando, agarró a Draco por la manga de la túnica, puso la varita en ristre y le obligó a caminar hacia la salida del despacho. Si no fuera porque aquellos dos eran el matrimonio peor avenido que había visto, la doctora Tease habría pensado que Hermione tenía un ataque de celos.

Draco, que siempre tenía un respeto reverencial por la sabelotodo después del puñetazo que le había asestado en tercer curso, acató sus instrucciones solícito, dispuesto a hacer todo lo que le pidiera.

-Nos vamos –ordenó ella, pinchando a Draco en la espalda con su varita para que pusiera rumbo a la puerta-. Doctora, ha sido una terapia muy interesante, pero mi marido y yo debemos irnos, se nos ha hecho tarde. Le enviaremos una lechuza con nuestros datos para que nos haga saber el resultado de la evaluación. Muchas gracias.

Hermione bajó las escaleras de la consulta de dos en dos, todavía pinchando a Draco en la espalda, que se dejó empujar hasta que llegaron a la calle. El muchacho no habló hasta que estuvieron en el exterior.

-¿Qué prisas tienes, Granger? –le preguntó con un tono de voz que ya anunciaba la fanfarronada que venía después-. ¿Tanto hablar de sexo te ha abierto el apetito? Bueno, no te culpo por desearme, sé el efecto que tengo en las mujeres. Pero creía haberte dicho que no me gustan las cosas usadas.

-¿Qué estás tramando, Draco? –era la primera vez que se dirigía a él por su nombre de pila.

-Nada, eres tú la que tienes prisa por llevarme a la cama –contestó él sin darle mayor importancia.

-Cada vez que intento que nos divorcien, parece que tú intentas que no lo hagan.

-Pfffff, no digas tonterías –se jactó él, intentando disimular sus verdaderas intenciones-. Cada segundo que paso casado contigo es un segundo menos de vida.

-¿Entonces por qué te empeñas en sabotear mi estrategia?

-Yo no saboteo tu estrategia, sabelotodo, por la simple razón de que no tienes ninguna. Si tuvieras alguna ya estaríamos divorciados –protestó Draco-. Tienes amigos capaces de provocar una segunda guerra mágica. Así que, dime, ¿dónde está el todopoderoso Harry Potter y el muerto de hambre de Weasley cuando se les necesita?

-Te recuerdo que Harry intentó hablar con el Ministro y que aún así no consiguió nada -le espetó Hermione.

-¡Pensaba que era un héroe nacional!

-¡Y yo que tú habías cambiado!

-Bueno, pues te equivocaste en algo, sabelotodo: la gente como yo nunca cambia, pero la sangre sucia tampoco se limpia.

Hermione sintió las lágrimas subiendo por su garganta y golpeando contra sus ojos. Se quedó unos segundos observando con frialdad a Draco, con la misma mirada que emplearía para observar a un monstruo, y luego salió corriendo en dirección contraria.

Malfoy, enfadado consigo mismo, pegó una patada a una piedra que había en el camino.