Capítulo 13
-El escuadrón de Malfoy Manor-
La casa de Malfoy se encontraba en alguna pradera perdida del extrarradio londinense, una circunstancia que inquietaba bastante a Hermione, al tratarse de una casa de campo, completamente alejada de toda vida inteligente.
Para una bruja no era difícil acceder hasta allí. Solamente tenía que Aparecerse. Pero si esa bruja temía por su integridad física a manos de un mago potencialmente peligroso, aquél no era el mejor de los destinos.
Hermione atravesó el jardín de entrada por el camino de grava que conducía al interior de la casa. Gracias a un simple locomotis pudo conducir sus pertenencias hasta la puerta de entrada sin estar molesta por la carga.
El primero en recibirla fue Hokey. El elfo parecía muy contrariado con su presencia, pero aún así le regaló una reverencia nada más verla.
-Adelante, señorita Granger, el amo la está esperando –anunció el asistente doméstico.
A Hermione no le hizo falta mucho tiempo para descubrir que la casa de Malfoy era la casa más presuntuosa que había visto en su vida.
Por cada rincón asomaban paredes tapizadas con papeles estilo barroco. Mármoles y dorados. Esculturas sacadas del pozo de los horrores, pensó nada más verlas, que evocaban complejas escenas de mago torturando a diversas criaturas mágicas. Hermione estaba convencida de que la mansión de Drácula era más acogedora que aquel museo del horror. Comprendía ahora lo complicado que le iba a resultar encontrarse a gusto en una mansión como aquélla.
Hokey guiaba el camino. Atravesaron un pasillo especialmente desagradable, en cuyas paredes figuraban unas acuarelas cuyo artista había representado diferentes torturas con las que castigar a un elfo doméstico. La colección era de muy mal gusto, pero Hokey no parecía ofendido en absoluto.
-El pintor local Augustus Pincelius, realizó esta colección en 1878, recibiendo el aplauso del público de su época –le explicó el elfo, que iba comentando cada uno de los cuadros con todo detalle-. Ese que ve ahí con la cabeza colgando es mi bisabuelo. Y el que aparece representado con un cepo en el pie era mi tatarabuelo.
La siguiente estancia de la casa no era mucho más agradable. En ella la decoración consistía en una serie de cabezas disecadas de elfos domésticos colgadas de la pared que, por lo que supo después, habían servido al dueño anterior de la casa.
-La mansión Grunner perteneció al regidor local Amadeo Grunner, el mayor impulsor de la esclavitud de los elfos domésticos –informó Hokey, con un deje de admiración en su voz-. Llegó a tener más de doscientos noventa elfos a su servicio.
Hermione estaba horrorizada. Por todas partes veía elfos decapitados, quemados, pisoteados o salvajemente torturados. La idea de estar a punto de mudarse a la antigua casa del esclavizador de los elfos domésticos atentaba contra toda su filosofía de vida. Tenía el estómago revuelto y eso que solamente llevaba allí cinco minutos.
Por fin Hokey la condujo al estudio de la casa, donde Malfoy la estaba esperando, con una sonrisa de oreja a oreja y los brazos abiertos con dramatismo. Parecía encantado de verla.
-¡Granger! –exclamó-. ¡Bienvenida a mi humilde morada!
-Hola –respondió ella con sequedad.
Le veía y ya se sentía agotada. Las horas que había pasado sola, recogiendo sus cosas, habían sido una bendición, pero insuficientes del todo. Definitivamente, necesitaba unas vacaciones de Draco Malfoy.
Malfoy, por el contrario, se encontraba exultante.
-¿A qué viene esa cara tan larga? –le preguntó-. Bueno, ya sé que no es el barrizal con el que soñabas, pero soy de los que piensan que incluso seres como tú tienen capacidad para acostumbrarse rápidamente a lo bueno-. Hokey, ¿le has enseñado ya su habitación?
-Hokey todavía no ha tenido ocasión, señorito Malfoy –se excusó el elfo.
-Entonces haré yo mismo los honores. Sígueme, Granger.
Hermione caminó hacia donde Draco le indicó. Tenía clarísimo lo que iba a pasar después. Seguramente, el maldito bastardo le asignaría la peor habitación de la casa. Si tenía suerte. Porque si no la tenía era muy probable que diera con sus huesos en las caballerizas o un armario ropero. Tratándose de Malfoy, cualquier cosa era posible.
Continuaron andando por una serie de pasillos ensortijados que Hermione no estaba completamente segura de cómo desandar. Un hecho que le llevó a pensar que, quizá, lo que buscaba Malfoy era que se perdiera en la casa y que nadie fuera capaz de encontrarla jamás. Hermione se dio cuenta entonces de que estaba siendo un poco paranoica, así que trató de centrar sus pensamientos en cosas más agradables, como las anchas y fuertes espaldas de Draco, que ahora tenía delante y que observaba con admiración. Aunque, mejor pensado, aquel era un sendero mental que a Hermione no le convenía recorrer, así que trató de ignorar completamente ese pequeño lapsus que había tenido, aunque la delatara el rubor de sus mejillas.
-¿Te ruborizas? –preguntó Malfoy-. Caramba, Granger, yo pensaba que los minusválidos mentales como tú eran inmunes a mis encantos. Me alegra saber que no he perdido mi toque.
-Para tu información, estaba pensando en otra cosa.
-Menos mal, porque por un momento pensé que me habías mirado el culo. Eso te gustaría, ¿eh?
-¿Pateártelo? Mucho –replicó ella-. Y, ahora, ¿has acabado ya? Algunos tenemos cosas mejores que hacer que escucharte.
-Tranquila, ya hemos llegado –Draco empujó la puerta que tenía delante, que se abrió de par en par, revelando su contenido.
Para sorpresa de Hermione, aquella no era una habitación mala ni mucho menos una caballeriza. Más bien era todo lo contrario. Se trataba de una habitación impresionantemente grande, decorada con unos muebles sobrios pero elegantes y una cama en la que podría haber dormido todo el equipo de quidditch de Gryffindor.
La cara de Hermione se iluminó nada más ver las sábanas y los almohadones de seda con los que había sido vestida la cama. Dejó caer su equipaje en el suelo y miró a Draco con la misma expresión que pondría un niño pequeño fascinado con un juguete nuevo.
-Por favor, no seas tímida, entra –le invitó él con un gesto de su mano.
Hermione dio unos pasos al interior y caminó hasta la ventana, desde donde se podía ver una inmensa extensión de praderas verdes que se confundían con el cielo azul.
-¡Por Merlín! ¡Es una habitación preciosa! –exclamó.
-¿Sí? –Draco parecía encantado-. ¿De veras te gusta?
-¿Bromeas? ¡Es perfecta!
-Genial, me alegro mucho de que te guste mi habitación. Sígueme, te enseñaré la tuya.
La Gryffindor sintió deseos de estrangularle allí mismo. Le había puesto en total y completo ridículo. Le dedicó una mirada airada y recogió su maleta del suelo para salir de allí cuanto antes. De nuevo le había hecho caer en una trampa. ¡Cómo le odiaba!
La morena creía que, ahora sí, Draco la iba a conducir a la caballeriza o en el mejor de los casos a un torreón en donde la ataría a una cadena para que se muriese de hambre. Pero en lugar de eso, se limitó a dar un par de pasos y abrió la puerta que daba a la habitación contigua a la suya. La cercanía entre ambas despertó la señal de alarma en Hermione, que se puso en guardia.
-Ésta sí que es tu habitación – Draco le hizo un gesto para que se acercara.
Por lo que pudo comprobar con un simple vistazo, se trataba de un cuarto muy parecido al de Malfoy, pero un poco más pequeño y menos suntuoso.
-Vale, ¿dónde está el truco? –preguntó ella.
-No hay truco, este es tu cuarto.
-No me creo que me des esta habitación porque sí.
-Pues créetelo –afirmó el rubio-. Hasta que consigamos tramitar el divorcio, es tuya.
-¿Has encerrado un boggart en el armario? –insistió Hermione-. ¿Quizá has planeado algún numerito nocturno con un ánima errante?
Draco se rió con la sugerencia. Y esta vez a Hermione le dio la sensación de que había sido una sonrisa bastante sincera, no como las sonrisas de plástico, cínicas, a las que la tenía acostumbrada.
-Aunque reconozco que no me importaría haberte puesto una trampa, esta vez vas a poder dormir tranquila –aseguró el muchacho-. Nada de trucos ni de trampas. Soy de los que creen a pies juntillas eso de "mantén a tus amigos cerca y a tus enemigos más cerca" y, por desgracia, no dispongo de una porqueriza al lado de mi habitación. Si la tuviera, ten por seguro que ya estarías en ella.
Draco dio entonces la conversación por zanjada y se fue sin mediar palabra. Hermione, que todavía no se lo creía, permaneció un rato de pie, en el quicio de la puerta. Luego se encogió de hombros y entró en la que ya era su habitación, con la intención de analizar todos y cada uno de sus rincones, por supuesto. Pero nada más entrar se encontró con un agregado que antes no estaba.
-Buenos días, señora Granger. El señor Granger nos ha mandado aquí para servirle.
Un batallón de elfos domésticos la miraba con ojos anhelantes. Eran decenas. ¡Cientos de elfos domésticos! Con un simple golpe de vista Hermione contó por lo menos cuarenta cabezas. Le miraban todos expectantes, como un batallón infernal, esperando ser ordenados, humillados y esclavizados. El que seguramente era el líder le dedicó una sonrisa. Los demás se cuadraron a un chasquido de sus dedos.
Furiosa, Hermione salió disparada en busca de Malfoy. Ni siquiera se molestó en llamar a la puerta.
-¿Qué se supone que hacen todos esos elfos en mi habitación?
Draco sonrió.
-Ah, ¿no te lo había dicho? Son tu nuevo servicio doméstico. Espero que no te importe que haya contratado a tantos. Pensé que alguien como tú necesitaría una ayuda extra en las tareas domésticas, aunque ya sabemos que hay cosas que no se limpian, Sangre Sucia –dijo, guiñándole un ojo-. Hey, no te lo tomes como algo personal. Solo Intento evitar que dejes tus gérmenes ni alguna enfermedad contagiosa cuando te vayas. He de cuidar de mi salud y la de los míos.
La Gryffindor se puso de color incandescente. Pegó un portazo en la puerta y despareció, furiosa, tal y como él había previsto.
Ah… la vida podía ser maravillosa...
Ahora que estaba de vacaciones forzadas, Hermione pasaba mucho rato con sus amigos. Para ella cualquier plan era bueno con tal de evitar la compañía de Draco Malfoy, que obligatoriamente soportaba más de lo humanamente recomendable.
Por este motivo, el mismo día de la mudanza, Hermione se había comprometido a acompañar a Luna a la inauguración de una exposición en el Museo de criaturas mágicas porque su marido, Rolf, trabajaba y le iba a ser imposible asistir con ella.
A Hermione no le apetecía demasiado el plan, sobre todo porque se sentía como el gladiador que está a punto de saltar a la arena. Ir a un museo de criaturas mágicas con Luna era el segundo peor castigo que se le podría imponer a un ser humano. Pero como el primero era soportar la compañía de Draco, Hermione hizo de tripas corazón y se acercó a la taquilla para comprar las entradas.
La morena estuvo esperando varios minutos por Luna, que llegó tarde y cuando apareció lo hizo ataviada con uno de sus modelitos de verano. Aunque estaba embarazada de varios meses, Luna no se privaba de nada. Camisetas de colores chillones, enormes sombreros confeccionados con objetos extraños y gafas de sol de formas geométricas formaban ya parte de su fondo de armario. Desde que se habían graduado en Hogwarts y habían metido el uniforme del colegio en el armario, Hermione no recordaba haberla visto vestida con ropa normal.
De todos modos, a Luna el embarazo le sentaba realmente bien. Se encontraba más feliz y resplandeciente que nunca, aunque Hermione sospechaba que las hormonas estaban afectando al poco juicio que le quedaba a su amiga. Si es que todavía le quedaba algo.
-¡Hola! –la saludó efusivamente Luna, que se tuvo que quitar las gafas de sol con sombrillas incrustadas en la montura para darle dos besos a Hermione sin producirle una lesión.
-¡Hola! –exclamó Hermione, contagiada de la energía de Luna-. Ya tengo las entradas, así que nos podemos poner a la cola.
-¿Has cogido tres?
-No, dos. ¿Por qué? ¿Quién es el tercero? –se extrañó.
-Oh, verás, se trata de un amigo mío con el que me mando correspondencia sobre las innovaciones botánicas en los países del Este. ¿No te lo había contado? ¡Es una eminencia de los bubotubérculos! Ya verás, te va a encantar.
Hermione, que tenía experiencias no demasiado gratificantes con otras amistades de Luna, podía imaginar cómo sería ese encuentro con el señor de los bubotubérculos y le dieron ganas de salir corriendo en dirección contraria. A fin de cuentas, si Luna tenía compañía para asistir a la inauguración, ella podía irse sin causar una escena. Pero le parecía poco educado irse ahora, por lo que no le quedó más remedio que suspirar hondo y prepararse para el que seguramente sería un día muuuuy largo.
Se estaba dirigiendo ya hacia la taquilla, cuando vio que Luna saludaba a alguien efusivamente con la mano. El chico al que hacía gestos para que se acercara estaba bastante lejos y Hermione, que era miope y aquel día no había conjurado un hechizo para corregir su problema, no era capaz de distinguirle. Por eso, cuando el muchacho se acercó y vio que se trataba de Viktor Krum, casi se desmaya de la impresión.
-Hermione, éste es Viktor Krum, el amigo del que te hablaba –les presentó Luna.
-¡VIKTOR!
-¡MIONE!
-¿Os conocíais? –se sorprendió Luna, que, por supuesto, había olvidado por completo la relación que unía a Krum y a Hermione.
-Sí, claro, ¿no lo recuerdas, Luna? Durante el Torneo de los tres magos –trató de refrescarle la memoria su amiga.
Luna asintió con la cabeza. –Sí, de eso me acuerdo, pero no sabía que vosotros dos teníais tanta confianza.
Luna debía de ser la única persona de todo Hogwarts que no se había enterado de la relación que había surgido entre ellos, pero Hermione no se mostró en absoluta sorprendida por este detalle. Se trataba de Luna.
Hermione sonrió, aliviada. Si Viktor estaba allí y era el amigo de los bubotubérculos, la cosa cambiaba mucho. De repente la idea de visitar el museo de criaturas mágicas no le pareció en absoluto desagradable.
Al principio Hermione y Krum no hablaron demasiado entre ellos. Se limitaron a seguir las instrucciones de Luna, que se había estudiado con detalle el mapa de la exposición y les iba guiando por las diferentes salas. Los dos estaban muy tímidos. Hermione sorprendía de vez en cuando a Krum, mirándola. Y a él le pasaba lo mismo con ella. La Gryffindor pensó que Viktor apenas había cambiado desde el colegio. Estaba un poco más hombre, claro, pero él siempre había sido un fornido muchachón del norte, así que la diferencia apenas se notaba. Si acaso, le hacía parecer todavía más atractivo, algo que preocupaba a Hermione, porque no estaba segura de que él pensara lo mismo de ella.
Después de dos salas y varias exposiciones que a Hermione le daban exactamente igual, Krum y ella se quedaron repentinamente solos, mirándose uno al otro sin saber qué decir. Luna se había perdido inexplicablemente, y no eran capaces de encontrarla.
Hacía tantos años que no se veían que era muy complicado sacar un tema de conversación que les durara más de cinco minutos. Hermione no sabía cómo romper el hielo, así que se sintió muy aliviada cuando Krum fue el que dio el primer paso.
-¿Y cómo es que estás porr aquí? Pensaba que trrrabajabas en el Ministerio –comentó.
-Yo estaba a punto de preguntarte lo mismo –afirmó ella.
-Tú primero.
-No, tú primero.
-Insisto, porr favorrr.
-Bueno, trabajo en el Ministerio –comentó Hermione, mirándose por el rabillo del ojo en uno de los ventanales del museo. No estaba teniendo su mejor día, pero al menos estaba presentable-. Lo que ocurre es que estos días estoy de vacaciones y como Luna estaba tan interesada en esta exposición, no quería que viniera sola. Te toca.
-Mi equipo y yo vinimos a jugarr contrra los Chudley Cannons. Un parrrtido de exhibición –le explicó él.
-¡Cierto! Leí en algún sitio que os enfrentabais en el estadio de los Cannons.
-Luna me comentó lo de la exposición y… ya sabes el resto.
-No sabía que eras amigo de Luna. Ni tampoco que te gustase la botánica –dijo Hermione, atusándose el pelo con coquetería. Una mujer que pasó con su hijo a su lado había reconocido a Krum.
-Ella y yo compartimos el gusto por algunas especies –se explicó-. En mi mundo me es muy difícil encontrrrar perrrsonas aficionadas a la botánica.
-Claro, ¡el misterioso señor de los bubotubérculos!
-¿Perrdona?
-Oh, no es nada, solo una pequeña tontería mía.
Habían pasado… ¿cuántos? ¿Ocho años desde la última vez que había visto a Viktor Krum? Posiblemente, más. Y, a pesar de todo, Hermione seguía poniéndose nerviosa en su presencia. Era como regresar a la tontería de la adolescencia.
Quería agradarle del mismo modo que le había agradado durante sus años en Hogwarts, pero se sentía tan patosa que no dejaba de decir tonterías. Después de la última, un molesto silencio empezó a caer entre ellos, lentamente, como las gotas de un rocío nocturno.
-¡Y te has casado! No hablan de otrrra cosa en las rrevistas –comentó Krun para romper el hielo. Hermione, que puso la misma cara que pondría si le hubieran asestado un puñetazo en el estómago-. Oh, perrrdona, veo que he metido la pata, no tienes porrr qué hablarrr de ello si no quierrres.
-Oh, no, tranquilo, la culpa es mía –se apresuró a decir ella-. Es que todo el mundo me habla de lo mismo, ¿sabes? Como si fuera una cosa rara.
-Ya, casarrrse no es tan rarro.
-¡Eso mismo digo yo!
-Lo que es rraro es que un miembro de la Orrden del Fénix se case con un morrtífago.
-Ex morrtífago –puntualizó Hermione.
Krum se encogió de hombros. Era un hombre bastante simple, lo suyo no era entrar en detalles.
-Pero la verdad es que no estamos casados –dijo ella.
El búlgaro, que hasta el momento parecía más interesado en los objetos del museo que en Hermione, cambió su actitud repentinamente.
-¿No lo estáis? –preguntó, con los ojos muy abiertos, expectante.
-Legalmente, sí, pero no en espíritu. Hace varios días que pedimos el divorcio.
-Entonces…
-¿Sí?
-Nada. Perdona, iba a decirr una tontería –afirmó Krum, rascándose la cabeza con timidez.
-Dime, a lo mejor no era ninguna tontería –comentó Hermione con coquetería, cruzando los dedos para que fuera lo que ella estaba pensando.
-Bueno, había pensado que a lo mejorr te apetece quedarr mientrrras esté en la ciudad –le propuso-. Nada complicado, un café o un helado, si quierrres.
-O podíamos ir a cenar –propuso ella con descaro y una sonrisa radiante.
Krum sonrió, complacido.
-Clarro, lo que tú quierras.
El encuentro con Krum puso de un humor excelente a Hermione. Regresó a la casa de Malfoy cantando, encantada del interesante giro que de repente había tomado su vida y haciendo planes mentales para la que aquella fuera la mejor cita de su vida. Quizá no estaba preparada todavía para olvidar a Ron, pero si él era capaz de salir con adolescentes recién graduadas en Hogwarts, no existía ningún impedimento para que ella se citase con sus ex novios.
Nada más verla, Draco supo que algo muy importante había sucedido. Hermione cruzó el salón canturreando y dando saltitos. Le saludó con una sonrisa y siguió directa hasta su habitación. Normalmente, la sabelotodo entraba en la casa mustia y gris, como le gustaba a él verla, pero hoy era como si alguien le hubiera dado una sobredosis de piruletas.
Tanta alegría le daba ganas de vomitar.
Escamado, Draco se deslizó sigilosamente por el pasillo que conducía a la habitación de ambos, siguiendo el rastro del canturreo de Hermione. Ella se había dejado la puerta entreabierta, algo que, hasta el momento, jamás había sucedido porque solía cerrarla a cal y canto, así que Draco pudo observarla con libertad. Estaba buscando algo en el armario. En menos de cinco segundos la cama se llenó de faldas, blusas y vestidos, que formaban una peculiar montaña de ropa femenina. Draco carraspeó para indicarle que estaba allí, apoyado en el marco de la puerta.
-Sé que estás ahí, entra o sal, pero no incordies –refunfuñó ella.
-¿Te ocurre algo?
-¿A mí? Nada en absoluto –comentó, todavía con aquella estúpida sonrisa pintada en sus labios.
-Entonces, ¿a qué viene que estés destripando tu armario?
Hermione frunció el ceño y se detuvo un momento. –No es de tu incumbencia. Pero ya que lo preguntas, tengo una cita.
Draco quedó francamente impresionado por sus palabras. Aquello sí que no se lo esperaba.
-¿La comadreja se ha arrastrado para que vuelvas con él?
-No.
-¿Potter ha dejado a la comadreja pequeña?
-Pffff… ¡No!
-Ah, ya sé, por fin has comprado una correa para Hansel y piensas sacarlo de casa.
-¿Desde cuándo eres tan cotilla? Cualquiera diría que ahora te importa con quién salgo o dejo de salir –se burló Hermione.
Draco se enderezó, intranquilo. Hasta este momento había estado muy cómodo apoyado en el marco de la puerta, fingiendo desinterés. Ahora ya no se sentía tan relajado.
-Pffff… No me hagas reír –se burló-. Es solo que pensaba que tú y yo teníamos un acuerdo.
-Y lo tenemos –Hermione se estaba probando un vestido por encima de la ropa, frente al espejo. Le sentaba tan bien que Draco se alegró cuando lo descartó y lo devolvió a lo alto de la montaña de ropa-. Ya te lo dije: los Gryffindor siempre cumplimos nuestras promesas. Pero eso no tiene nada que ver con esto.
-¿No crees que los periodistas se enterarán de tu pequeña aventura con el señor misterioso?
-No necesariamente. Además, pienso llevarle a un lugar discreto. ¡Y ahora vete! ¡Necesito vestirme!
Hermione le cerró la puerta en las narices, por lo que a Draco no le dio tiempo de protestar ni de incordiarle para que le dijera con quién se disponía a salir esa noche. Pero la cosa parecía seria. Draco estaba preocupado.
Se decía a sí mismo que era absurdo estar intranquilo, porque a fin de cuentas le había obligado a realizar un fidelio con la promesa de que se ayudarían mutuamente; no había ninguna razón para estar nervioso. Y aún así… Draco no podía dejar de merodear. De repente todo le quedaba pequeño. La camisa se le pegaba al cuerpo y le ahogaba en la zona del cuello. Y la casa le quedaba pequeña porque por más zancadas que daba no era capaz de calmarse. Fue un momento hasta el minibar para echarse una copa de algo, pero nada le parecía suficientemente fuerte para un momento así.
La sabelotodo se le estaba escapando de las manos y si no podía tenerla controlada… ¿qué? ¿Qué era lo peor que podía ocurrir? A su padre, con suerte, le caería una pena de dos años en Azkaban. Si tenía mala suerte, sería una condena de por vida. Pero esa no era la vida de Draco, sino la de su padre, y él no quería pagar por sus errores.
Decidió no preocuparse más por lo de su padre, pero seguía intranquilo, dándole vueltas a quién sería el misterioso personaje que se había interesado por la sangre sucia. Ella no era tan guapa, así que no podía tratarse de alguien interesante. Seguramente se trataría de otro Hansel al que había decidido darle una oportunidad por pura desesperación y pena.
La verdad es que últimamente la sabelotodo ya no era lo que había sido. Ni siquiera se había enfadado por la decoración de la casa. Y eso que Hokey y él habían estado trabajando hasta altas horas de la mañana para sacar todas las reliquias y antigüedades del desván de sus padres y colocarlas antes de la llegada de Hermione. Pero nada le había impactado demasiado. Ni la horrible colección de cuadros en donde se ilustraban a elfos torturados ni aquella historia falsa sobre el expropietario de la casa que le ordenó a Hokey que le contara.
¡Era el colmo!
Le había perdido tanto el respeto que ahora de vez en cuando la sabelotodo era hasta amable con él. Sobre todo cuando la pillaba con la guardia baja, como acababa de suceder hacía un rato, aunque no hubiera sido capaz de descubrir quién era su cita.
Estuvo un par de minutos dándole vueltas, consultando posibilidades con su elfo doméstico, que proponía candidatos imposibles, algunos de ellos literalmente muertos. El retrato del salón, cuyo propietario era desconocido para Malfoy porque también lo había sacado del desván de Malfoy Manor, se sumó a la lotería de posibles nombres, pero ninguno de ellos parecía factible. Casi todos estaban casados o seriamente comprometidos. Así que Malfoy se estaba desesperando y al final no le quedó más remedio que pedir la ayuda de la persona que más cotilleos conocía en el mundo.
-¡Pansy! ¿Estás ahí?
Pansy Parkinson se estaba pintando las uñas tranquilamente cuando advirtió la presencia de Malfoy flotando. Pansy era una comerciante de información. Vendía chismes a cambio de dinero o de cosas. Así que no le sorprendió demasiado ver la cabeza de su amigo del colegio, flotando en su chimenea.
-¿Draco? ¿Qué milagro tú, a estas horas?
-Escucha, tengo que preguntarte algo importante, es urgente.
-Serán 20 coronas de oro.
-Me da igual, te pagaré lo que me pidas.
-Dispara –le animó Pansy ahora que el tema del dinero había quedado zanjado.
-¿Has oído algo acerca de una cita que tiene Hermione Granger?
Pansy se sopló una uña y puso una sonrisa maliciosa. –¿Hablas en serio? ¿Llevas una semana casado y tu mujer ya te pone los cuernos?
-¡Sssssh! No bromees, es importante.
-Pues no, la verdad es que no he escuchado nada de nada –confirmó-. ¿Estás seguro de que no se lo ha inventado? Un rumor así lo habría escuchado muy rápido.
-¿La sabelotodo? –preguntó él con sarcasmo. Pansy se encogió de hombros-. Lo dudo mucho, es socialmente retrasada.
-Entonces no sé, como no se trate de un forastero…
¡Mierda! ¿Quién podía ser?
-Está bien, Pansy. Gracias de todos modos.
Si Pansy no lo sabía era porque, a lo mejor, se lo había inventado. Pero Draco no podía encontrar un motivo por el cual necesitara contarle esa mentira, a no ser, claro, que… ¡La sabelotodo se había enamorado de él! ¡Ahora lo comprendía todo! Estaba enamorada de él y por eso quería hacerle pensar que tenía una cita.
Draco, convencido de que había encontrado la respuesta, consiguió por fin relajarse. Su mundo volvía a tener sentido gracias a su hiper desarrollada inteligencia. Ufano y lleno de confianza, se dejó caer sobre su butaca y entonces…
… sonó el timbre de la puerta de entrada. Draco frunció el ceño.
-¡Ya voy yo! ¡Es para mí! –escuchó que decía Hermione.
Unos zapatos de tacón recorrieron a gran velocidad los pasillos que la separaban de la puerta de entrada. Draco se levantó de su asiento y corrió hasta allí. No quería perderse el momento.
A medida que se acercaba podía escuchar una voz muy varonil y profunda, una voz que le sonaba familiar pero que no sabía de qué. Cuando llegó a la puerta vio, antes de nada, la silueta de Hermione delineada por un vestido que le sentaba como un guante. Se había puesto guapísima, más guapa de lo que Malfoy jamás recordaba. Además de guapa, Hermione estaba radiante y sonreía con tanto entusiasmo que Malfoy sintió ganas de colgarse.
Después de este momento de realización, Malfoy descubrió por fin quién iba a ser su acompañante y fue como si un trueno estallara en el interior de su cerebro.
-Buenas noches, Malfoy –le saludó Viktor Krum, ataviado con americana y camisa, preparado para sacar a Hermione a cenar.
Draco estrechó la mano del jugador de Quidditch con desgana. Ahora entendía la alegría de Hermione y por qué Pansy no se había enterado de aquella cita. Krum sonrió pero él se negó a devolverle la sonrisa. En lugar de entablar una conversación inocente y anodina, probablemente sobre el buen tiempo, Draco hizo una mueca de desprecio a ambos, se dio la vuelta y pegó un portazo antes de desaparecer en el interior de la casa.
-¿Siemprrrre es así? –preguntó Krum, asombrado por el desplante que les había hecho el Slytherin.
-La mitad del tiempo, sí. La otra mitad es mucho peor.
A Krum le hizo gracia el comentario. Sonrió, ahora que estaba mucho más relajado tuvo tiempo para observar con detenimiento lo radiante que estaba Hermione. A lo mejor porque había tomado la determinación de que aquella sería una noche memorable.
NdA: Poco a poco voy actualizando esto. Pido un poco de paciencia por temas de edición, pero espero que la historia esté terminada muy pronto. Gracias a tod s l s que habéis retomado la lectura de este fic. La verdad es que después de tantísimo tiempo sin actualizarlo no esperaba que nadie se acordara de él. Ha sido una súper agradable sorpresa ver que sí. Nos vemos en el siguiente capítulo! B.
