Capítulo 14
-Fafifa fafe fufia-
Hermione regresó a casa de madrugada. Era tan tarde que muchas calles de Londres se habían quedado vacías. Se Apareció en las inmediaciones de Malfoy Manor y como no quería que Draco se enterara de la hora a la que había llegado, se quitó los tacones tan pronto cruzó la puerta.
Draco, que no había pegado ojo en toda la noche. Algo muy parecido a los celos (aunque por supuesto que en ningún caso podía tratarse de eso) no le había dejado dormir. Y como tenía un oído super desarrollado, la escuchó entrar de todas maneras, y estuvo tentado de salir a su encuentro cuando percibió sus pasos descalzos recorriendo sigilosamente el pasillo que separaba sus habitaciones. Pero no lo hizo. En su lugar, apretó los dientes con fuerza y fijó la vista en el techo, tratando de poner orden a sus pensamientos y canalizar toda la rabia que sentía.
Mientras tanto, la escuchó entrar en la habitación y darse un golpe contra algo por no haber encendido la luz. E imaginó el sonido de su vestido al caer sobre el suelo y luego el de las sábanas al abrazar su cuerpo. Había tanto silencio en la casa que incluso escuchó el suspiro que dio antes de abrazarse a la almohada, en la antesala de su sueño.
Y tras un buen rato de absoluta ineficacia para desterrar de su mente cualquier pensamiento relacionado con Hermione Granger, Draco la escuchó reír. Y se reía tan alto que hubo un momento en el que pensó que a lo mejor había hecho un agujerito en la pared y le estaba observando para reirse de él. Se incorporó en la cama, asustado, inspeccionando con detenimiento cada metro de pared. Sintió un gran alivio al ver que no había agujero. Sin embargo, ella no dejó de reir, aunque ahora estaba casi seguro de que lo hacía en sueños.
Lo que Malfoy no sabía era que Hermione estaba soñando con la noche del Aniversario, concretamente con el momento en el que Draco y ella se habían encontrado.
Hermione estalló en carcajadas cuando se dio cuenta de que las llaves que tenía en la mano eran las de su casa, no las de sus padres. Durante la guerra Hermione había reforzado la casa de sus padres con encantamientos protectores, así que Aparecerse en el interior no era una opción. Si hubiera estado un poco más lúcida, habría barajado la posibilidad de llamar al timbre o de romper el encantamiento que ella misma había hecho, y abrir la puerta. Pero como no lo estaba, la idea ni siquiera se le pasó por la cabeza. En su lugar, comenzó a merodear por la calle mientras meditaba cómo podía recuperar las llaves, pues estaba casi segura de que se le habían caído en alguna parte.
El alcohol había mellado sus habilidades mágicas, pero no tanto como para no poder Aparecerse en la carpa en la que había tenido lugar la fiesta del Aniversario, donde esperaba encontrarlas.
La ingesta de alcohol le hacía estar menos fina que de costumbre, así que la primera vez que lo intentó se Apareció en un barrio completamente desconocido para ella, en el que unos muchachos muy extraños le preguntaron si vendía caballo. Hermione les contestó que no estaba familiarizada con el comercio de animales. La segunda vez que intentó Aparecerse fue a parar a los alrededores de la Madriguera, donde vivían los padres de su novio Ron, por lo que se cuidó mucho de no hacer demasiado ruido, temerosa de que Molly Weasley estuviera ya despierta. La tercera vez, sin embargo, funcionó correctamente y Hermione se dirigió a un grupo de magos, que acababan de llegar al lugar para desmontar la carpa.
-¿Hola? –les saludó-. ¿Alguno de vosotros ha visto mis llaves?
Los cuatro hombres detuvieron su trabajo con intención de ayudar, pero al cabo de unos minutos de búsqueda infructuosa, se encogieron de hombros y regresaron a su tarea.
Hermione conjuró entonces un ¡Lumus! y, apuntando el suelo con su varita mágica, inspeccionó entre vasos de plástico y basura que se había caído durante la fiesta, pero su búsqueda no estaba teniendo resultados, así que, derrotada, decidió que lo mejor sería irse de nuevo a su casa. Al día siguiente les explicaría lo ocurrido a sus padres.
Se Apareció entonces una cuarta vez, con tal desatino que, en lugar de hacerlo con precisión en algún lugar discreto de la calle donde estaba situada el apartamento que compartía con Ron, se Apareció sobre alguien, llevándose a esa persona por delante.
-Debedía udted mirad por dónde va. ¡Edto es un adropello!
Draco Malfoy, que había acudido a la fiesta del Ministerio solamente porque su madre se lo había pedido para suavizar la opinión del tribunal que juzgaría a su padre, no podía creer que hubiese tenido tan mala suerte para terminar la noche de aquella manera, tendido en la acera, con un doloroso chichón en la frente producto de aquel atropello protagonizado por la sabelotodo.
Se puso en pie, enfadado y dispuesto a cantarle las cuarenta a Hermione. Y lo hubiera hecho, de no ser porque ella estaba tendida en el suelo, carcajeándose como una loca. Por lo visto, le parecía muy gracioso haberse tropezado con Malfoy, entre todas las personas del mundo, tras una mala Aparición.
Él se quedó un rato observándola, sin saber si debía darse o no por ofendido. Pero al final tuvo que admitir que la situación era bastante cómica. Nunca antes había visto borracha a la sabelotodo y tenía que confesar que le divertía verla en aquel estado, quizá porque él también había bebido mucho.
Al final se decantó por tenderle la mano para ayudarle a incorporarse. Hermione la tomó en un primer momento, pero luego tiró fuertemente de ella e hizo que Draco también acabara en el suelo.
El Slytherin aterrizó justo a su lado. Sorprendido con lo que acababa de hacer Hermione, la miró con cara de pocos amigos. Estaba a punto de decirle algo, pero entonces sus ojos se encontraron y no pudieron evitar que les entrara una sonora carcajada, conscientes de que estaban tendidos en la acera, ataviados con sus mejores trajes de fiesta y borrachos como piojos. Era una situación ridícula.
-Buenas noches, señor Draco Malfoy, que descanse udted bien –le deseó Hermione.
Hermione puso la cabeza en el hombro del muchacho, agarró fuertemente su brazo como si se tratara de una almohada y cerró los ojos para echarse a dormir.
-Ah, no, no. ¡Despiedta, Hedmione, despiedta! –protestó Draco.
-¿Pod qué? –preguntó ella-. ¡Sssssshhhh, maldito Slytherin! ¡Cállate y duedme!
-Pedo si todavía no ha amanecido –protestó Draco, poniéndose en pie y tirando de ella para que le siguiera también-. ¡Podemos id a tomad la údtima!
-¿Du crees? ¿Es una buena idea?
-¡Pues clado! Sedá duestra alcohólica decladación de paz.
Hermione frunció el ceño, confundida. ¿Malfoy quería hacer las paces? ¿Allí? ¿Ahora? Sonaba algo extraño, pero ¡qué demonios! Estaba demasiado intoxicada para pensar con claridad... No tardó ni dos segundos en convencerse de que se trataba de una grandísima idea.
-¿Y a dónde vamos?
-Sé el sitio pedfecto. Sígueme.
Si no fuera por la actitud de Draco, aquella mañana habría sido perfecta. Todos los planes de Hermione se estaban cumpliendo. Había tenido una noche maravillosa con Krum, sus sueños se acercaban cada vez más al momento en el que descubriría la verdad y la convivencia en Malfoy Manor estaba resultando más o menos normal. La vida le sonreia y Hermione estaba casi segura de que si lograba salir airosa de aquel día, volvería a recuperar su vida muy pronto.
Sin embargo, todavía tenía que sortear aquel pequeño inconveniente. Algo nimio, que apenas le importaba. O al menos eso se había dicho a sí misma.
Malfoy no le hablaba.
En otro momento su indiferencia le habría hecho la mujer más feliz del mundo, pero ahora no podía dejar de sentir un pesar en el fondo de su estómago, como si una nube negra se cerniera sobre su presente y su futuro. Necesitaba que Draco estuviera despierto y activo. Él, sin embargo, le correspondía con una grave apatía. Eso le hacía sentir que no las tenía todas consigo.
Se habían visto en la cocina, a la hora de la comida. Hermione se había despertado tarde y él estaba allí, con cara mustia y la cuchara sumergida en un plato de cereales. Draco tenía la mejilla hundida en su mano derecha mientras se suministraba cucharadas con la mano izquierda. Hermione entró en la cocina, lentamente. En su cabeza ya tenía varias respuestas preparadas para las burlas que, casi seguro, él le haría de su cita con Krum. Las estaba esperando. Tenía mil balas preparadas en la recámara de su lengua. Pero Draco no hizo nada. Siguió con el codo bien plantado en la mesa de la cocina, una mejilla aplastada contra la palma de su mano, la otra rumiando sus cereales. Ni siquiera se inmutó al verla en albornoz, con las pantorrillas desnudas y los pies descalzos. Allí estaba pasando algo.
-Buenos días –saludó ella, tentativamente. Él solo le correspondió con un gruñido. Dejó su plato en el fregadero y hasta ese momento no había vuelto a saber de él.
Se encontraban sentados codo con codo, en unas sillas plegables que alguien había puesto a la entrada de aquel pasillo. Draco seguía sin hablar y evitaba mirarle a los ojos, lo notaba. Se armó de valor para preguntarle cuál era el problema, pero justo cuando estaba a punto de hacerlo, un chico se acercó a ellos. Era un hombre joven. Llevaba una gorra roja y unos inmensos auriculares colgados del cuello.
-¿Son ustedes los Malfoy? –les preguntó.
Hermione y Draco, acostumbrados a ser reconocidos allá donde fueran, tardaron un poco en reaccionar, pero asintieron con la cabeza.
-Pasen por aquí, por favor. La señorita Chang les está esperando –les indicó, haciendo un gesto con una mano.
Siguieron al muchacho de la gorra roja, que se adentró en un pasillo lleno de cajas e iba unos pasos por delante de ellos. Hermione pensó que aquel era el momento.
-¿Te pasa algo? –le preguntó.
-No, ¿por qué?
-Estás muy callado.
-Pensaba que eso era lo que querías –contestó él.
-Si, bueno… No… Malfoy, esto es importante para mí, ¿comprendes? Necesito que estés concentrado.
-Tranquila, sabelotodo -le dijo, todavía recordando vivamente la noche anterior y su cita con Krum-. Un trato es un trato, y a diferencia de muchos de los de tu raza, los Malfoy siempre cumplimos lo que prometemos, pero eso no quiere decir que tenga que mantenerte entretenida todo el día.
Hermione sonrió, aunque la actitud de Draco le hiciera sentir incómoda. Desde que había tenido su cita con Krum, el Slytherin estaba más huraño que nunca. Pensó que le desagradaba menos el Malfoy altivo e incapaz de callarse. De todos modos, estaba demasiado preocupada para tener que afrontar ahora ese problema. Con tal de que cumpliera con su parte del trato, se daba por satisfecha. A medida que se adentraban más y más en aquellos pasillos, sentía los nervios martilleando su estómago. Ahora sí, la suerte estaba echada. Recordó la escena en el Callejón Diagon, cuando apareció con aquellas mocosas repugnantes y apretó los puños con furia. Si aquello no era capaz de hundir a Ron, nada lo haría.
Harry y Ginny habían tenido otra noche espantosa. De nuevo habían sido incapaces de conciliar el sueño en toda la noche. Ginny había soñado con bebés de gigantescas cabezas rubias que flotaban en el aire, como si sus testas estuvieran rellenas de helio, y Harry había tenido una pesadilla en la que tenía que cuidar de los cuatrillizos Malfoy, unos minidracos infernales que le perseguían por el pasillo de su casa agitando su varita y gritando "¡Crucio al caracortada, crucio al caracortada!". Harry los había bautizado como los cuatrillizos asesinos.
El romance de Hermione y Draco no les había dejado descansar en toda la semana. Día y noche tenían a los paparazzi haciendo guardia en la entrada de su casa por si alguno de los dos decidía visitarles. A veces los periodistas cometían el error de llamar al timbre e inmediatamente caían fulminados sobre el felpudo, por culpa del hechizo electrocutante que Ginny había puesto en el botón. A Harry no le parecía la manera más ética de ahuyentarles, y se había negado al principio, pero la vigésima vez que llamaron a la puerta decidió hacer la vista gorda y permitió que la pelirroja diera rienda suelta a sus más básicos genes Weasley.
-¿Le has dicho a mi hermano lo del hechizo electrocutante? –le preguntó Ginny a voz en grito desde la cocina.
La pelirroja estaba en pijama, y se estaba limpiando las legañas de los ojos. Harry había insistido en lo importante que era que quedaran con su hermano. Tenía la sensación de que su mejor amigo pensaba que ellos se habían puesto de parte de Hermione en aquel sinsentido de su matrimonio con Malfoy. Harry necesitaba dejar claro a su amigo que podía contar con ellos para lo que necesitara. A regañadientes, Ron al final había aceptado hacerles una visita a primera hora de la mañana.
-Hffffmmmmmf… -protestó Harry, todavía envuelto en las sábanas de su cama.
-¡Vale, me lo tomaré como un sí!
Pero eso fue antes de escuchar el chispazo que retumbó al otro lado de la puerta. Justo antes de que Ginny la oyera aquel espantoso alarido y viera a Ron, desmayado sobre el felpudo, con su cabello pelirrojo encrespado y el dedo incrustado en el botón del timbre.
La pelirroja reprimió un grito de terror nada más verle. Iba a agacharse para asistirle, pero algo llamó su atención.
-¡HARRY, SE HAN IDO! –gritó, presa de la euforia-. ¡CORRE, VEN, SE HAN IDO!
Harry se personó inmediatamente en el quicio de la puerta y vio, con satisfacción, que los periodistas se habían marchado. Lo único que quedaba cerca de su casa era Ron, seriamente perjudicado por la descarga eléctrica que le había dado el timbre.
-¿¡Has electrocutado a tu hermano!?
-¿Yo? ¿A quién se le olvidó advertirle lo del hechizo?
-¡Pero Ginny! ¡Que ahora va a pensar que le hemos tendido una trampa! ¿No ves que está paranoico?
-Vamos, vamos, no dramatices y ayúdame a ponerle en pie –dijo Ginny, pasando su mano por debajo de los brazos de Ron-. Nos llevará un rato reanimarle.
Lo pusieron en pie entre los dos y lo condujeron hasta un taburete de la cocina, en donde intentaron sentar a Ron, que tenía un preocupante gesto de terror en los ojos. Harry le dedicó una mirada asesina a Ginny.
-¡Tranquilo! Si ninguno de los periodistas se ha muerto de esto, él tampoco lo hará…
Pero Harry no estaba tan seguro. Conocía los instintos asesinos de su novia y lo peligrosa que se podía volver cuando la enfadaban. Sacó una barra de hielo del congelador y se la puso en la frente a Ron para intentar reanimarle.
En ese momento sonó un ¡pop! en la chimenea de la cocina y la cabeza de la señora Weasley apareció flotando en ella.
-¡Rápido, poned la televisión! –les dijo, muy excitada.
-¿Por qué? ¿Qué ha pasado?
-Esa a la que llamas tu amiga está confesándolo todo, la muy bruja-. La señora Weasley tardó unos segundos, pero pronto reparó en el estado en el que se encontraba su hijo Ron. Miró a Ginny enfurecida. -¿Otra vez ha estado empinando el codo con las pelanduscas de Hogwarts? ¡Esta juventud ya no es lo que era! –dijo, señalando a Ron.
-A… algo así –respondió Harry.
La señora Weasley rodó los ojos y su cabeza se esfumó en el aire.
Desde hacía varios años los magos habían empezado a utilizar la televisión con una retransmisión mágica. Tenían varios programas, aunque el más popular de todos era "Palabra de Cho", un espacio de cotilleo conducido por Cho Chang, la exestudiante de Ravenclaw que había tenido un intercambio salival con Harry durante su quinto curso. Harry tenía prohibido ver su magazín bajo amenaza de dormir eternamente en el sofá, pero Ginny pensó que la ocasión merecía hacer una excepción.
-Pero no pienses que esto cambia nada –le advirtió, sintonizando el canal.
Harry se encogió de hombros y le dio unas palmadas a Ron en la cara para intentar reanimarle. El pelirrojo seguía con la mirada perdida, aunque ahora había empezado a balbucear algo acerca de su tía Muriel. Harry no quiso preguntar, por si acaso. Las historias relacionadas con la tía Muriel casi siempre le ponían los pelos de gallina. La última que le contaron de ella con su novio escandinavo le había quitado el sueño durante una semana.
En la pantalla apareció un plano de Hermione sentada junto a Cho Chang. Su amiga estaba muy guapa, aunque era muy difícil ensombrecer a Cho, que, como siempre, estaba espectacular. Ginny rechinó los dientes. Tenía un cuchillo muy afilado en la mano. Harry miró en otra dirección, mostrándose vagamente interesado en el programa.
-Y, dinos, Hermione, ¿entonces es definitivo? ¿Malfoy y tú no os divorciáis?
Hermione sonrió y dedicó una caida de pestañas a Malfoy.
-Por el momento, creo que no –dijo, buscando con su mano la de Draco. Este gesto provocó que Harry sintiera pánico solo de recordar a los cuatrillizos de su sueño. Ginny volvió a pensar en bebés de cabezas llenas de helio-. Lo hemos estado pensando y vamos a dar a lo nuestro una oportunidad, ¿verdad, cariño?
Draco sonrió.
-¡Está sonriendo! –chilló Harry, señalando temblorosamente la pantalla de la televisión.
-Es aterrador –reconoció Ginny, que sintió un escalofrío al ver la sonrisa de Malfoy.
-Ha sido todo una locura –intervino Draco-. La boda, los periodistas, nuestros amigos… todo ha pasado demasiado rápido y no hemos sabido soportar la presión.
-Pero ahora las cosas se van calmando y, bueno, ¿quién no querría estar con Draco Malfoy? Es decir, ya veis que yo no me lo tuve que pensar demasiado –afirmó Hermione.
El público del plató enloqueció. Las mujeres aplaudieron, los hombres silbaron. Cho Chang parecía encantada de haber dado la exclusiva. Y Draco seguía sonriendo.
-¡Sigue sonriendo!
-Lo sé, Harry, lo sé, ¡cálmate, por Merlín! –protestó Ginny, anonadada con lo que acababa de escuchar.
-¿E hijos? ¿Os lo planteáis? –preguntó Cho.
-Bueno, todo a su debido tiempo –replicó Hermione, agarrando con fuerza la mano de Draco, como si fuera a ordeñar sus nudillos y de ellos pudieran salir un par de churumbeles rubios.
-Todavía es muy pronto, pero seguro que en el futuro nos lo planteamos –aseguró el Slytherin, sonriendo.
La cara de Harry se ensombreció, una mueca de terror en sus labios. Miró a Ginny, en busca de apoyo.
–Lo sé, cariño, lo sé. Es aterrador –repitió la pelirroja, acariciándole la espalda para intentar calmarle.
-Bueno, pues ahí los tienen: ¡Los Malfoy! –coreó Cho. El público volvió a enloquecer y estalló en aplausos-. Y recuerden que esto ha sido una exclusiva de Palabra de Cho. Hasta el próximo programa, chorazones.
La retransmisión se acabó ahí. Ron no se había enterado de nada, por suerte para todos. Estaba todavía inconsciente cuando el programa terminó. Ginny miró a Harry. Harry miró a Ginny. Ambos supieron que solo había una solución posible para todo aquello.
Era hora de hacer una intervención.
-Chicos, ¿qué hacéis vosotros aquí?
Fue Hermione la que abrió la puerta. Se negaba a que Hokey o cualquiera de los otros cientos de elfos domésticos hiciera estas tareas. Mientras ella estuviera allí, abriría personalmente la puerta, aunque ello implicara dar largos por los inmensos pasillos de la casa de Malfoy o pelearse con alguna de aquellas infernales criaturas, como acababa de ocurrir. Hermione había tenido que vérselas con un elfo doméstico especialmente rebelde que se negaba a que la señora abriera la puerta. Al final no le quedó más remedio que utilizar un hechizo tranquilizante para dejar insconsciente al elfo. Para su desasosiego, se había visto obligada a utilizar muchos de estos encantamientos en los últimos días.
-Hemos venido a hacerte una intervención –replicó Harry.
-¿A las once de la mañana? ¿Un domingo? ¿En pijama? –protestó Hermione, observando el atuendo de sus dos amigos.
-¡Precisamente! –intervino Ginny.
-Yo la verdad es que no sé qué hago aquí –se excusó Neville, más para el cuello de su camisa que para la concurrencia.
-Yo… yo tampoco –se sumó Hannah.
-¡A mí me dijeron que era un desayuno sorpresa! –alegó Luna, que por alguna razón humanamente incomprensible llevaba un buen rato agitando un cartón de leche en el aire.
-¿Y vosotros? –preguntó Hermione con mirada enfurecida.
-A mí no me preguntes, Hermione –se excusó Bill en nombre de todos los Weasley, que también estaban allí-. Nos amenazaron con llenarnos la casa de cagadas de dragón y a Fleur no le hizo ninguna gracia –dijo, dirigiéndole una mirada asesina a su hermana.
-Esos bichos huelen muy mal –se explicó la veela.
Hermione no daba crédito a lo que veían sus ojos. Harry, Ginny, Luna, Rolf, Neville, Hannah, George, Charlie, Bill, Fleur, Percy, Penelope, el señor y la señora Weasley y un alucinado Ronald Weasley… todos se encontraban en la puerta de entrada de Malfoy Manor con cara de pocos amigos. Hermione pestañeó con fuerza.
-Yo propuse invitar también a Cho Chang, pero la idea no cuajó –puntualizó Harry, encogiéndose de hombros ante la mirada asesina de su novia.
Ginny entró en la casa, hecha un basilisco e hizo una señal para que todos la siguieran.
-¿Tú estás detrás de esto? –le reprochó Hermione, enfurecida, mientras los otros pasaban en batallón al interior de la casa.
-A grandes males hay que poner grandes remedios, querida amiga. En el amor y en la guerra, todo vale. Yo no sé cuál de los dos es esto, pero espero por tu salud y la nuestra que sea la guerra.
-¿Ginny, es que has perdido el juicio?
-No, Hermione, ya es hora de que hablemos. Todos. Como adultos. Aquí y ahora.
Los demás se habían acomodado en dos sillones del salón principal de Malfoy Manor y estaban inmersos en un debate muy diferente al que mantenían las dos muchachas.
-¡Qué bien se lo monta el amigo Malfoy! –dijo George con un silbido, comprobando la calidad de los sillones.
-Ya te digo, no me extraña que Hermione haya plantado a Ron.
-¡Charlie, un respeto, que estás hablando de tu hermano!
-Madre, no está diciendo nada que no sea absolutamente cierto y contrastable. Si es dinero lo que busca Hermione, ha elegido correctamente entre sus opciones. Te lo puedo asegurar, he visto la cuenta del banco –repuso Percy.
-Y Draco es más guapo –opinó Fleur. Penélope asintió recatadamente.
-Pero sus hijos no. Serán cabezones y tendrán la cabeza llena de helio. Lo digo con conocimiento de causa –explicó Harry, sosteniendo la cabeza de Ron, que a veces todavía se caía hacia los lados. Los hechizos que habían probado para reanimarle no habían dado resultado.
Hermione no daba crédito a lo que estaba oyendo. Miró enfurecida a Ginny, como preguntándole a qué venía ahora aquella conversación sobre su vida privada, pero la pelirroja se encogió de hombros y solo se le ocurrió dar un silbido para poner orden.
-Está bien, ¿de qué queréis hablar? –preguntó Hermione con tono de pocos amigos. Se dirigió especialmente a Ginny, pues estaba convencida de que su amiga se encontraba detrás de aquella extraña visita y sabía que no se daría por vencida fácilmente. Lo más recomendable era acceder a sus deseos e intentar capear el temporal de la mejor manera posible.
-Hermione, tienes que volver a tu vida normal –dijo Ginny-. Por nuestro bien, antes de que sea demasiado tarde.
-¿Por vuestro bien? ¿Qué tiene esto que ver con vosotros?
-¿Es que no lo ves? ¡Tu romance con Draco nos está destrozando la vida! Harry y yo no podemos dormir, nuestra casa es como un campamento gitano de periodistas. Y para colmo, los dos tenemos terribles pesadillas con tus cuatrillizos asesinos de cabezas llenas de helio.
-¿Mis cuatrillizos asesinos? –preguntó Hermione, confundida.
-Sí, Hermione. Tus cuatrillizos asesinos. Son escalofriantes, casi tanto como cuando Malfoy sonríe –afirmó la pelirroja-. ¡Y Neville! Cuéntale lo que te ocurre, Neville.
-Estoy siendo acosado por las alumnas de Hogwarts –comentó el muchacho, en voz muy baja-. Todas dicen que quieren conocer al profesor tan guapo (eso dicen) que es amigo de la esposa del peligroso exmortífago Malfoy.
-¿Lo ves? ¡Terrible! ¿Cuándo has visto tú que alguna mujer en su sano juicio (Hannah no te ofendas, cariño) –dijo, dirigiéndose a la pobre muchacha- y con las hormonas correctamente controladas se interesase por Neville Longbottom? ¡Nunca! –exclamó Ginny-. Y a mi madre le han publicado un libro de recetas y ahora es el recopilatorio más vendido en las librerías mágicas de toda Inglaterra.
La señora Weasley no pudo evitar sonarse la nariz ruidosamente. -¡Ya no podré decir que mis platos son únicos! –lloriqueó-. ¡Lo han llamado "Las recetitas de la abuela Weasley"! ¡Abuela! ¿Tan vieja me ven?
-Pues a mí me han ascendido –dijo de repente Luna.
-¿Y eso qué tiene que ver? –protestó Ginny.
-¿Pero no estamos poniéndonos al día de las novedades en nuestras vidas? Ginny, a veces no hay quien te entienda –argumentó Luna.
-Oh, pues entonces yo he hecho una fusión de bubotubérculos con mantícora que ha dado muy buenos resultados –se sumó Rolf, animadamente.
Ginny rodó los ojos con desesperación.
–Lo que quiero decir –comentó, tomando la mano de Hermione-, es que tienes que poner freno a este sinsentido. ¿No ves lo miserables que nos está haciendo tu relación con Malfoy? ¡Nos estás haciendo más famosos de lo que ya éramos! Es insoportable, Herms, tienes que detenerlo cuanto antes.
-Tu hermano es quien ha empezado esta guerra. Primero él se fue de casa dejándome tirada con las tazas y los apestosos cojines de tu tía Muriel cuando yo no había hecho absolutamente nada. Y luego decidió irse de fulanitas –afirmó Hermione, con entusiasmo-. Pero ya se acabó. ¿No habéis visto la tele hoy? Yo he ganado, él pierde. Le he humillado públicamente.
-En la tele decían que habías decidido estar con Malfoy –protestó Harry.
-Sí, bueno, ha sido una buena actuación. Quería devolverle la humillación a Ron. Seguro que ahora estará hecho una furia y no tendrá más remedio que recapacitar sobre todo lo que ha hecho.
-Ron, ¿este Ron? –preguntó George, subiendo la cabeza de su hermano, que seguía con la mirada perdida en el infinito y un reguero de baba que empezaba a caer por la comisura de los labios-. La única furia que va a sentir éste cuando vuelva en sí es el dolor de cabeza que se le va a despertar por la descarga eléctrica.
-¡Por Merlín! ¿Qué le habéis hecho?
-Pregúntale a tu amiga y sus instintos asesinos –le indicó George.
Ginny se encogió de hombros. –Te juro que fue un accidente. Se suponía que era solo para los periodistas.
Hermione no procesó la información de manera inmediata. Primero se quedó pálida, comprendiendo que Ron no había visto ni un solo minuto del programa de Cho Chang, y luego pasó al rojo escarlata y las ganas de asesinar.
-¿Me estás diciendo que he hecho el ridículo en la televisión y Ron no ha visto ni un minuto del programa?
-Sí, algo así… ¿Pero no ves que esta guerra entre vosotros no tiene sentido? -titubeó Ginny, temerosa de la reacción de la morena.
-¿Y que he echado por la borda cualquier posibilidad que alguna vez haya tenido de que den por válido mi divorcio sin que se convierta en un torturoso infierno?
-Creo que ahora sería un buen momento para desalojar la casa. Yo la agarro y tú los sacas a todos fuera –le susurró a Harry en el oido.
Y así fue. Ginny sujetó todo lo que pudo a Hermione, que pataleó y soltó todo tipo de improperios por la boca mientras su varita se agitaba en el aire maniacamente. Los demás salieron despavoridos de la casa, George y Bill carretando a Ron como pudieron, uno cogiéndolo por los pies y otro por las manos.
-¡Por el amor de Circe, cálmate, Hermione! ¡Ha sido un accidente!
Pero la morena era incapaz de calmarse. Llevaba demasiados días estresada. Primero el ministro y su apestoso perro faldero que le habían arruinado la vida. Luego la dichosa nueva Ley del divorcio y Lavender Brown, husmeando en su vida privada con sus informes y sus amenazas. Los psicólogos, los periodistas y todas sus mentiras, el imbécil de Draco, primero siendo un imbécil y luego mostrándose absolutamente encantador para acabar de volverla majara. Y, por supuesto, el inútil de Ron, que era incapaz de entender que ella era una víctima de todo esto, una mera víctima de las circunstancias y ni siquiera podía aguantar una pequeña descarga eléctrica para ver el programa que les conduciría de vuelta a la cordura. Era demasiado. Hermione explotó y su varita con ella. De su punta empezaron a brotar chispas muy parecidas a los fuegos artificiales que se desperdigaron rápidamente en todas direcciones, hasta el punto de que Draco, que acababa de despertarse y en aquel momento se dirigía a la cocina adormilado, no pudo evitar que una de ellos impactara de lleno en su pecho.
-Hermione, ¿qué has hecho? –chilló Ginny.
Hermione miró en dirección adonde estaba Draco y vio, con horror, que la cabeza del Slytherin empezaba a crecer como si se tratara de un globo aerostático y sus pies poco a poco dejaban de tener contacto con el suelo. Ginny se llevó las manos a la cara, horrorizada, porque era exactamente como en el sueño. Sus peores pesadillas se estaban haciendo realidad ante sus ojos. Lo siguiente serían los cuatrillizos asesinos y aquello, estaba segura, acabaría para siempre con su relación con Harry porque él no podría apadrinar a esas criaturas del infierno. La pelirroja se dejó caer en el suelo, víctima del pánico que sentía, y Hermione solo pudo observar toda la escena, paralizada.
-OFFffff –escuchó que se quejaba Draco mientras su cabeza se hinchaba más y más, y subía hasta tocar el techo de la Mansión Malfoy. -FUANCANLH FU, FU, FAfff -El Slytherin estaba intentando hablar, pero con la altura y la presión de su cabeza eran incapaces de entenderle.
-¡Pero haz algo! ¡Se va a ahogar! –protestó Ginny, angustiada.
-¿Y qué quieres que haga? ¡No sé el hechizo con el que le he impactado!
-¿Un hechizo agrandacabezas? –sugirió la pelirroja.
-¿En qué libros has visto algo así? –protestó Hermione, intentando secarse el sudor de la frente.
-¡FU FU FAME FA FI!
-Mira, está intentando decirnos algo –sugirió Ginny, apuntando con su dedo índice-. ¿Fúmame? ¿Malfoy fuma?
Hermione rodó los ojos con desesperación.
-La señora Sangre Sucia ha hinchado al amo. Hokey se lo va a decir a los amos Malfoy-. El elfo doméstico de Draco, aparecido de la nada, les dedicó una mirada enfurecida a ambas.
Hermione intentó negociar con él para que no les fuera con la historia a los padres de Draco, pero Ginny fue mucho más contundente.
-Escucha, criatura deleznable, o cierras el pico o te prometo que harás compañía a tu amo en menos de lo que dura uno de mis pestañeos, ¿entendido?
El elfo desapareció por una puerta y no volvieron a saber más de él.
La cabeza de Malfoy había adquirido ya por lo menos un metro y medio de grosor y seguía engordando como si le hubieran puesto un tubo de oxígeno en una oreja. Sus facciones, normalmente afiladas y masculinas, habían adquirido la redondez de un globo terráqueo.
-Por lo menos haz que se detenga. Me niego a seguir soñando con las cabezas flotantes de Malfoy.
-¡Lo estoy intentando! –protestó Hermione, nerviosa.
-Gin, ya he hecho que todos se vayan a casa y ¡POR MERLÍN! ¿QUÉ ES ESO?
Harry, que acababa de entrar de nuevo en la casa y se disponía a recoger a Ginny, se quedó petrificado, mirando el techo.
-Eso, cariño, es la cabeza de Malfoy. O puede que sea una cabeza que se ha tragado a Malfoy: todavía no lo sabemos –contestó con sarcasmo la pelirroja.
-Ha sido un accidente, ¿vale? –se excusó Hermione, que no paraba de probar un hechizo tras otro para ver si conseguía bajarlo. Por lo menos la cabeza había dejado de crecer. Ahora calculaban que solo medía dos metros de diámetro.
-¡FAFIFA FAFE FUFIA! –se encolerizó Malfoy al ver que Harry se encontraba allí.
-¿Creéis que eso significa maldita sangre sucia? –preguntó Ginny.
-¿Y en qué idioma? ¿En helio?
-Wow. Incluso en otros idiomas es capaz de insultarte, Hermione. Debes admitir que para eso hace falta mucha habilidad –opinó Harry.
Aunque tentados de dejarle reposar en las alturas de Malfoy Manor, los tres amigos decidieron hacer lo correcto y se esmeraron con diferentes hechizos, por si alguno funcionaba para conseguir que la cabeza de Malfoy se deshinchara. Hasta el momento, ninguno había dado resultado. Harry se dejó caer sobre el sofá, rendido. Ginny llevaba un buen rato acuclillada mirando al techo. Hermione era la única que después de varias horas lo seguía intentando.
-Es inútil, Hermione –sugirió Harry-. La única de bajarlo es esperar a que se deshinche y esto va para rato. Déjalo ya.
-FOOOOOOOOOOOOOOO –protestó Draco.
-De todos modos, así tendrás un momento de paz. No tener que escuchar a Draco en todo el día. ¡El paraíso! –exclamó Ginny.
Hermione barajó sus opciones y tuvo que admitir que no eran muchas. Lo único que se le ocurría era llamar a los medimagos, pero con ello se exponía a otra sesión de artículos aireando su vida privada y, probablemente, distorsionándola. Ginny tenía razón. Lo mejor era esperar.
-Sí. Os agradezco el esfuerzo, pero es tarde. Será mejor que os vayáis. A ver si consigo recordar algún hechizo esta noche.
-Y si no, te vas a dormir y tan contentos –propuso su amiga, acercándose al marco de la puerta. Hermione sonrió ante la sugerencia, pero sabía que su conciencia no la dejaría dormir tranquila. Después de todo, se suponía que ahora era cuando mejor estaba con Draco. Le miró de refilón, casi con pena, y él le devolvió una superdesarrollada mirada cargada de furia.
Harry se despidió de su amiga y abrió la puerta, pero justo cuando estaban saliendo se toparon con alguien.
-¡Señora Malfoy, qué sorpresa verla por aquí! –exclamó Hermione, que no pudo evitar ruborizarse al instante.
Quizá, después de todo, las amenazas de Ginny a Hokey no habían dado el resultado esperado…
Narcissa Malfoy miró de arriba abajo a Ginny y a Harry. Les dedicó una mirada fría pero serena, y su saludo consistió en un leve movimiento de su cabeza y una sonrisa hierática, absolutamente carente de vida. Después se dirigió directamente a Hermione.
-Buenos días, querida. Me complace ver que te has instalado correctamente. El sitio será de tu agrado, ¿espero?
-Sí, sí, sí, sí. Es muy agradable.
-Correcto. Me alegro.
Hermione entornó disimuladamente la puerta a sus espaldas para que la señora Malfoy no pudiera ver la cabeza hiperdesarrollada de su hijo, flotando junto a la lámpara del salón.
-¿Es este un buen momento? –inquirió la señora Malfoy-. Si lo prefieres, puedo volver más tarde.
-¡Oh, no, este es un buen momento como otro cualquiera! –exclamó Hermione con una sonrisa nerviosa. Por detrás podía escuchar todavía los quejumbrosos fa, fu, fa, fu de Draco-. Estábamos –Hermione dudó unos segundos-, haciendo una fiesta de pijamas. ¡Eso es! Haciendo una divertida e inocente fiesta de pijamas.
Narcissa Malfoy reparó en la indumentaria de Harry y Ginny, que todavía estaban vestidos con su pijama (y Harry tenía unas pantunflas con orejas de elefante absolutamente adorables) y no pudo evitar poner una mueca de asco.
-Ya veo –replicó con sequedad.
-Bueno, Hermione, nosotros nos vamos ya –les informó Ginny-. Si necesitas algo, ponnos una lechuza, aparécete, ven por la red flu o lo que quieras, ¿vale? Estamos para lo que sea.
Hermione asistió con nerviosismo y se quedó un poco más aliviada cuando vio a sus dos amigos caminando hacia la salida de la Mansión Malfoy. Ahora que había resuelto un problema ya solo tenía que resolver el más importante de todos, aunque intuía que iba a ser muy difícil explicarle a la madre de Draco por qué su hijo estaba flotando en la habitación con una cabeza de más de dos metros de diámetro.
-Y dígame, señora Malfoy, ¿en qué puedo ayudarla? –comentó Hermione, más por intentar calmar sus nervios que porque sintiera verdadero interés por lo que tuviera que decir.
La madre de Draco reparó en el tirante del pijama de Hermione, que se había deslizado hasta la mitad del hombro y dejaba al descubierto buena parte de la piel de su escote.
-Querida, no creas que estoy poco familiarizada con el desenfreno de los recién casados, por eso te robaré solamente unos segundos –afirmó Narcisa Malfoy. Hermione se ruborizó profundamente-. Tan solo quería recordarle a Draco que el juicio es mañana, y que le esperan a las nueve en el Ministerio. ¿Serás capaz de transmitirle este mensaje por mí?
Hermione palideció. Se había olvidado por completo del juicio de Lucius Malfoy. Asintió con la cabeza, intentando que con el movimiento la sangre llegara a su cara, pero sin conseguirlo.
-Estupendo. Me quedo más tranquila –afirmó la señora Malfoy-. ¡Hasta luego, hijo! –gritó en dirección a la puerta para que su hijo le oyera. Draco solo emitió un farfullo ininteligible en contestación. Inmediatamente después, se fue.
Hermione cerró la puerta con lentitud, y la bisagra oxidada chirrió quejumbrosamente. Caminó hacia el interior de la casa como lo haría un fantasma, todavía sorprendida por la noticia que acababa de recibir. Dio un par de pasos más y miró al techo, en donde Malfoy seguía flotando, esta vez en círculos, como si su cabeza fuera un satélite que girara alrededor del planeta lámpara. El escuadrón de elfos domésticos habían acudido en ayuda de su señor. Extendían los brazos y daban vueltas en círculos, alrededor de él, como si Draco fuera a caer de un momento a otro. Pero Malfoy seguía firmemente pegado al techo. Los elfos estaban tan alterados que se movían sin dirección concreta y algunos habían colisionado entre ellos. Como resultado, había por lo menos cinco elfos domésticos desmayados sobre la gigantesca alfombra del salón y en sus frentes empezaban a percibirse enormes chichones amoratados.
Hermione los miró y no pudo evitar sonreir. Entonces tuvo una idea. Una idea hilarante.
-Malfoy, ¿a lo mejor tus elfos podrían encontrar una correa o una cuerda en el desván? –le preguntó, todavía sonriendo-. Si quieres ir al juicio, creo que mañana la vas a necesitar.
Draco pataleó y sus farfullos volvieron a retumbar en la estancia. Hermione se limitó a apagar la luz, subió las escaleras, le deseó buenas noches a Malfoy y se metió en su habitación, todavía sonriendo. Después de todo, aquello no iba a matarlo. Y mañana sería otro día.
NdA: Gracias por seguir ahí, apoyando este fic. Me hace muy feliz ver que esta historia todavía sigue despertando interés en muchos de vosotros. Un abrazo y hasta el siguiente capítulo, que espero que sea pronto.
Guest: si tengo que ser completamente sincera yo tampoco tenía claro que la fuera acabar. Ha sido una sorpresa también para mí. Pero de veras que odio dejar cosas a medias, por más tiempo que pase. Eso sí, espero poder acabar los fics que tengo pendientes, pero dudo que me embarque en uno nuevo. Gracias por el recibimiento! No esperaba que nadie se acordara!
Luhamdo: hola (de nuevo)! Me parece increible que todavía te acuerdes del fic. No sabes la alegría que me llevo cuando me dicen esto. Lo seguiré, prometido.
Dlell Black: bueno, el título no es precisamente muy claro (soy consciente), y la sinopsis tampoco da lugar a grandes esperanzas salvo que seas alcohólica (también soy consciente), pero me alegro de que la historia te haya sorprendido (para bien) y espero conseguir que no decaiga vuestro interés a medida que llega a su final. ¿Cuándo voy a actualizar? Pues no lo sé… Por desgracia, no puedo ponerme un día fijo a la semana porque voy editando aquí y allá según me da la vida. Pero el ritmo de actualización está siendo de dos-tres días por capítulo. Voy a intentar que siga siendo así. Gracias por el review.
Love Always: la ilusión es mía también! Bailemos juntas! xD
Emma Felton: gracias! Me alegro muchísimo de que te guste
