Capítulo 15
-Cuando Malfoy dijo "Sí, quiero"-
El juicio contra Lucius Malfoy era uno de los juicios de guerra más esperados. Malfoy había apelado tantas veces que solo le quedaba esta oportunidad para no dar con sus huesos definitivamente en Azkaban y toda la sociedad mágica estaba pendiente. El juicio iba a ser retransmitido incluso en canales internacionales y se esperaba que tuviera casi tanta audiencia como una final del mundial de Quidditch.
Los amigos habían decidido reunirse en casa de Harry y Ginny. Estaban todos, salvo Ron, que había decidido no ir para no tener que encontrarse con Hermione.
-Intentamos convencerle –le explicó Harry a Hermione, tan pronto ella entró por la puerta-, pero todavía sigue muy enfadado por lo de ayer-. Harry omitió prudentemente todos los insultos que había empleado su amigo para excusarse por su ausencia.
-Se piensa que le invitamos a casa para tenderle una trampa. ¡Cree que estamos de tu parte! –protestó Ginny.
-Al menos nos ha dicho que estemos pendientes de la tele. Dice que nos vamos a llevar una sorpresa –les informó Harry, mientras levitaba el abrigo de Hermione hacia un perchero cerca de la puerta.
-¡Me encantan las sorpresas! –exclamó Luna, que aquel día había optado por unas gafas de sol hechas con palillos de madera que pinchaban cuando te acercabas a ella. Rolf tenía la cara enrojecida por los pinchazos. Neville quería advertírselo, pero Ginny acabó convenciéndole de que lo mejor era dejarles ser felices en su rareza.
Hermione tomó asiento en uno de los sillones del salón. Estaba visiblemente nerviosa, pero disimulaba lo mejor que podía. Una parte de ella estaba preocupada por Draco. ¡Preocupada por Malfoy! Cada vez que lo pensaba, sentía ganas de reir histéricamente. Tal vez de arrancarse la piel a tiras. Además, estaba el asunto de su cabeza. Hermione desconocía en qué estado había llegado el Slytherin al Winzengamot, aunque no era la única interesada.
-¿Y qué pasó al final con nuestro amigo, el traductor de helio? –le preguntó Ginny, guiñándole un ojo.
Ninguno había querido dar demasiadas explicaciones a los demás sobre el lamentable episodio que había tenido lugar el día anterior, en la casa de Malfoy. Harry y Ginny tenían la esperanza de que su cabeza se hubiera desinflado a tiempo para el juicio, aunque por la cara que puso su amiga ya no estaban tan seguros.
-Lo descubriréis muy pronto –aseguró Hermione, en un tono misterioso.
-¿Tenéis un amigo que habla helio? –se interesó Luna-. ¡Siempre he querido aprenderlo! ¿Creéis que podría darme clases?
Ginny rodó los ojos con desesperación. Hermione simplemente sonrió con disimulo. Solo a Luna se le podía ocurrir una cosa así. Harry les informó de que la retransmisión estaba a punto de empezar y todos guardaron silencio. Neville estaba tan inquieto que no pudo evitar apretar con fuerza la mano de su novia Hannah.
Un presentador de gafas de pasta negra estaba haciendo una explicación preliminar a las intervenciones del juez. Junto a él se encontraban una serie de tertulianos entre los que estaba Percy Weasley, a quien habían invitado como entendido en banca, posiblemente para explicar todo el dinero público que se había invertido en contener las actividades delictivas de Voldemort y sus mortífagos. Era un tema que salía mucho en las tertulias sobre la guerra.
La sala en donde se iba a llevar a cabo consistía en una habitación circular, ocupada por hileras de escaños de madera, en la que se sentaban indiscriminadamente jurado y público, que se encontraban enfrentados. Se trataba de una sala fría y sombría, muy típica de los juicios de guerra. La cámara hizo un barrido por ella y pudieron ver a Narcissa Malfoy y a algunos de sus familiares. La señora Malfoy tenía un gesto compungido, como si se encontrara sumida en una profunda pena. Junto a ella había otra señora rubia y con el mismo porte delicado y altivo que ella. Hermione estaba casi segura de que se trataba de su hermana. Narcisa estaba sujetando una cuerda. Al principio ninguno se dio cuenta de qué se trataba, pero cuando la cámara abrió el plano y vieron la cabeza de Malfoy, suspendida en el aire, y la cuerda enroscada en su tobillo, Harry y Ginny no pudieron reprimir las carcajadas.
Resultaba francamente cómico, a la vez que trágico, ver a Narcissa Malfoy sujetando a su hijo como si se tratara de un globo infantil que un niño paseara por el parque.
-Ahí tienes a tu profesor de helio, Luna –afirmó Hermione.
El presentador explicó que el hijo de Lucius Malfoy había tenido un percance antes de que se celebrara el juicio y no le había quedado más remedio que asistir con una cabeza hiperdesarrollada y una cuerda que lo anclara a tierra. Puntualizó que Draco ya se encontraba en disposición de hablar, aunque todavía tuviera las cuerdas vocales hinchadas por el accidente.
Hermione podía dar buena fe de ello. Desde primera hora de la mañana Draco se había dedicado a torturarla con sus gritos en aquel tono antinatural que le recordaba a los pitufos que veía en la tele, durante su infancia Muggle. Tras dos horas y media de soportar los cánticos de Malfoy –que se había decantado por entonar baladas de las Weird Sisters solo para atormentarla- se sintió muy aliviada cuando su madre llegó a la mansión y se hizo cargo del tema.
-No quiero explicaciones de nada –le advirtió Narcissa Malfoy, con el dedo índice en alto-. Lo que hagáis tú y mi hijo en la cama, me tiene sin cuidado.
-¡Madre! –protestó Draco en su peor voz apitufada. Hermione sonrió, aliviada.
-¡Silencio! No quiero oir ni una palabra más. Solo a ti se te ocurre arriesgarte a probar hechizos sexuales extraños el día antes del juicio de tu padre. Vístete o llegaremos tarde.
Draco hizo aspavientos con las manos para quejarse. Su madre comprendió.
-Hokey, trae una cuerda, baja al señorito y vístele. Hoy es un día importante y no podemos permitirnos la desfachatez de llegar tarde. Te espero fuera –le dijo. Intentó saludar fríamente a Hermione, aunque a ésta le pareció ver un brillo jocoso en sus helados ojos azules, y salió.
Después de todo, Hermione se alegraba de cómo se habían desarrollado los acontecimientos. Ahora solo tenían que esperar a que Draco se deshinchase y al ritmo que iba era muy probable que para aquella tarde ya casi hubiera recuperado el tamaño normal de su cabeza.
El tribunal se puso en pie y Lucius Malfoy entró en la sala. El silencio podía cortarse con unas tijeras. El señor Malfoy se dirigió al juez, que le hizo jurar sobre el libro del Ministerio que yacía encima de la mesa. Juró, y por el tono helado de su voz, Hermione supo que aquel juicio no iba a ser, después de todo, del agrado de ella y sus amigos.
Fueron demasiados recuerdos, demasiados momentos que todos tenían olvidados. Lucius Malfoy describió con todo detalle los capítulos de la guerra que también habían sufrido ellos, pero desde el otro lado.
-¿Por qué seguían las instrucciones de Voldemort? ¿Acaso no podían elegir? –le preguntó el fiscal en un momento de máxima tensión.
-¿Podíamos? –preguntó, a su vez, Lucius Malfoy. Se trataba de una pregunta claramente retórica. Había un peligroso tono de sorna en su voz y sus labios se curvaron en una mueca irónica-. ¿De veras cree que podíamos?
-¿Acaso no eran hombres libres? ¿Quién se lo impedía? –se burló el fiscal.
-Sí, lo éramos –afirmó Lucius-. Éramos libres siempre y cuando estuviéramos dispuestos a morir. La muerte quizá sea considerado por algunos el acto más liberador, pero, créame, no todos la deseamos. Contésteme a esto: ¿Usted habría tenido el coraje, la valentía, para decirle que no a Voldemort? –le preguntó con voz cavernosa. Clavó los ojos con furia en los del fiscal y los nudillos blancos de apretar los bordes del atril.
Fue la primera vez que Hermione comprendió. La primera vez que sintió compasión por un mortífago. Pudo ver el miedo en los ojos de Narcissa Malfoy, ahora que una cámara hizo un zoom a la cara de la madre de Draco. Comprendía perfectamente el miedo a oponerse, el vértigo a decirle que no a Voldemort. Lo había visto antes, en muchas de las personas que habían perecido por la causa. Algunos habían decidido morir a tener que decir que sí. Otros… simplemente tendrían que vivir acusados de cobardes o traidores toda la vida. Pero están vivos, reflexionó Hermione, y eso ya no se lo podía quitar nadie. Pensó que le hubiese gustado ver la cara de Draco en ese momento, ver su reacción a las palabras de su padre. Lamentablemente, su cabeza se encontraba todavía tan hinchada que aún tenía ese aire artificial, carente de todo gesto humano, y el plano de la cámara no les permitía verlo.
El jurado se retiró a deliberar. En apenas unas horas se conocería el veredicto. Hermione estaba tan nerviosa que no había podido evitar morderse las uñas de la mano derecha. Lo había hecho inconscientemente, royendo hasta casi hacer sangre, y ahora tendría que hacer un hechizo si quería que volvieran a lucir como antes.
Los demás estaban hablando del juicio, de lo intenso que había sido, de los sentimientos y rencores que se palpaban en aquella sala. Estaban convencidos de que Lucius saldría imputado. Casi lo celebraban. Hermione, en cambio, se sentía en una encrucijada. Algo había cambiado dentro de ella y ahora podía sentirlo. Caminó inquieta, de un lado a otro de la habitación, sin que los demás se percataran. Luego salió al pequeño patio trasero de la casa, con la esperanza de respirar un poco de aire fresco y aclarar las ideas.
Pero de lo único en lo que era capaz de pensar era el sueño de aquella mañana. Cada vez estaba más cerca. Cada noche las piezas del puzzle iban encajando, como si estuviera construyendo una maqueta gigante y tuviera que tener paciencia para encontrar la pieza exacta si quería acabarla. Había días en los que no soñaba en absoluto con la noche del Aniversario y entonces se desesperaba, porque tampoco había sido capaz de encontrar el hechizo que, estaba segura, Draco había empleado para borrarle los recuerdos. Aquella velada, en cambio, el sueño había sido más nítido que nunca.
Ella y Draco caminaron un poco desequilibrados hasta la siguiente esquina. Él le había dicho que conocía el lugar perfecto para tomarse la última copa, antes de que los dos regresaran a casa. A ella le había parecido buena idea, con todo lo estúpido que sonaba aquello.
De vez en cuando pestañeaba muy fuerte para cerciorarse de que el alcohol no la estaba confundiendo y que, en efecto, era Draco Malfoy quien estaba a su lado, saltando ahora sobre el charco que habían dejado los pasados días de lluvia, amenazándola con empaparla si no se daba prisa y caminaba. No parecía el mismo Draco de siempre. Éste era gracioso, amable, incluso alegre. Se había quitado la chaqueta en un arranque de galantería para que la pisoteara como si fuera una alfombra y no se manchara los pies en una zona de obras. Draco giró la varita disimuladamente y la chaqueta quedó limpia, borrando las pruebas de la evidencia como si aquello nunca hubiera pasado.
Pero, igualmente, ella tampoco podía decir que fuera ella misma. Aquella noche se sentía más viva que nunca y, tenía que reconocerlo, en aquel momento se habría ido al fin del mundo si él se lo hubiera pedido. Era como si no fueran Draco y Hermione. Los dos se habían evaporado en algún momento de aquel choque, en aquella carpa donde se había celebrado la fiesta del Aniversario.
-Por aquí, señorita heroína nacional –dijo él, ofreciéndole su brazo-. Permítame que la conduzca hasta su próxima parada.
-Pero tiene que ser en un lugar donde no nos conozca nadie –repuso ella, todavía con la lengua un poco torpe por el alcohol que habían ingerido aquella noche.
-No se preocupe. En este bar le aseguro discreción absoluta.
Y así fue. Acabaron en un burdel. Concretamente, en el burdel al que acostumbraba ir Malfoy y algún pez gordo del Ministerio que hacía la vista gorda con las horas de apertura por miedo a que la matrona le contara a su mujer sus frecuentes visitas al local.
Ocuparon la mesa más alejada de la barra, también la más sombría. Estaba tan oscuro que a veces Hermione no podía distinguir el intenso azul de los ojos de Draco. Porque mira que eran azules, y preciosos, además, pensó en aquel momento, aunque sacudió la cabeza rápidamente para sacarse aquel pensamiento tan extraño e inesperado de la cabeza.
-¿Te ocurre algo? –preguntó él, divertido por las muecas que Hermione había puesto.
-No, nada, estaba pensando.
-¿Algo prohibido? Me encantan los secretos –repuso él, dedicándole la mejor de sus sonrisas. Ella no pudo evitar mirarle, concretamente a la boca, a los labios que ahora se encontraban un poco humedecidos, en el punto justo para ser besados.
Sonrió. Y luego se ruborizó. Y entonces la camarera llegó para preguntarles qué tomaban. Justo a tiempo, pensó Hermione. Dejó que él pidiera por ella.
-Un sickle por tus pensamientos –dijo él, ahora mucho más sereno que cuando se habían encontrado. Draco puso una brillante moneda sobre la mesa.
Hermione hizo aspavientos con los brazos. Estaba desarmada, quizá él lo había notado ya.
–Es solo que… -sus bebidas llegaron. La camarera les sonrió, si es que a alguien vestido solo con un salto de cama se le podía llamar camarera, claro-. ¡Te imaginaba diferente! –dijo, por fin.
-¿Diferente? ¿En qué sentido?
-Oh, vamos, no me obligues a recordar cómo eras en el colegio.
-¿Es eso? –Draco se rio con ganas-. ¿Y ya está?
-Sí, ¿qué esperabas?
-Bueno, no sé –Draco dio un sorbo a su bebida, intentando arañar un momento más, un segundo más-, éramos unos críos. Si todos nos quedáramos como en el colegio, si no evolucionáramos, ¿qué sentido tendría? ¿Tú eres la misma que cuando estábamos en Hogwarts?
Hermione recapacitó un momento. Frunció el ceño. No. Desde luego que no era la misma. Pero nunca se había parado a pensar en ello. ¿Era Harry el mismo? ¿Ginny? ¿Y Ron? ¿Seguía siendo Ron el mismo de siempre? Sí, definitivamente, pensó, sonriendo con ternura. Se imaginó a su novio con once años, comiendo con la boca abierta, y recordó el codazo que le había dado en la mesa, apenas unas horas antes, para recordarle que en actos así era de buena educación comer con la boca cerrada.
-¿Sería tan malo? ¿Qué no hubiera cambiado?
-No lo sé –Draco se encogió de hombros-. En mi caso, sí. En el tuyo… dímelo tú.
Pero Hermione solo permaneció en silencio. Bebió de su copa, miró a Draco. Volvió a beber de su copa, volvió a mirar a Draco. Él le sonrió. Ella le correspondió la sonrisa. Y de nuevo se produjo la misma secuencia, solo que esta vez Hermione sentía las mejillas incandescentes.
Tenía a Draco Malfoy delante, tal y como lo habían tenido muchas alumnas de Hogwarts antes. El Draco Malfoy encantador, por el que suspiraban muchas, para desconcierto de todas las alumnas de Gryffindor, que no lo comprendían. Oh, sí, aquello era un mundo nuevo. Era algo inexplorado. Y Hermione quería ir más allá. Se trataba de una persona curiosa por naturaleza y no iba a dejar escapar la oportunidad de interrogar a Draco Malfoy.
-¿Por qué me odiabas tanto en Hogwarts?
Draco se carcajeó. Echó la cabeza un poco hacia atrás y Hermione percibió su nuez, subiendo y bajando en su garganta. Desechó el irrefrenable impulso de besarla.
-¿Me estás haciendo esta pregunta en serio? –dijo él, fascinado. Era como volver a estar en el jardín de infancia.
-Totalmente en serio.
-Bien –Draco se reacomodó en el asiento. Se inclinó un poco hacia delante para estar más cerca de ella. Hermione casi podía sentir su aliento haciéndole cosquillas en la comisura de sus labios-, ¿sabes esos niños pequeños, pesados, que tiran de las coletas a las niñas que les gustan?
Hermione asintió con la cabeza.
-Pues tú eras la niña y yo el pesado que te tiraba de las coletas. Eso es todo. Fin del misterio. Creía que ya lo sabías.
-Estás diciendo… –Hermione se detuvo un instant para calmar el latido de su corazón y tomar aliento. Aquello era demasiado extraño-. ¿Estás diciendo que me martirizaste todos esos años porque yo te gustaba?
-Más o menos, sí –replicó él sin pudor. Luego dio un sorbo despreocupado a su copa. Hermione no sabía si tenía ganas de abofetearle o de sacar la varita y acabar con él para siempre.
-¿Pero por qué? –protestó.
-Bueno, por supuesto siempre estaba la presión familiar, ¿sabes? –intentó explicarse él, al verla ofendida-. Mis padres no dejaban de hablar de ti. Ya sabes. Toda esa mierda de la Sangre Sucia y todo lo demás.
-Pero esa no es razón para…
-¡Yo era un crío! ¿Qué querías que hiciera? ¿Decirle a mis padres que me gustaba la mayor de las Sangre Sucia que había pisado Hogwarts? ¿Decírselo a mi tía Bella? Hermione, piensa.
Así lo hizo. Y la idea estuvo un buen rato dando vueltas en su cabeza. ¿Qué habría hecho ella?
-Luego, simplemente, entré en negación. Fuimos creciendo y se convirtió en una rutina hacerte la vida imposible. Además, prácticamente era lo que todo el mundo esperaba, ¿no?
-¿El qué?
-Que tú y yo nos odiáramos. Nadie hubiese entendido lo contrario. Cuando estás en el colegio, vives mucho en base a lo que la gente espera de ti. Haces lo que los demás esperan de ti –razonó Draco, encogiéndose de hombros.
Sí, aquello era cierto. Ella nunca se había dejado llevar demasiado por los estereotipos que se establecían en Hogwarts, pero sabía de mucha gente que lo había hecho.
-Por supuesto, sabes que después de esto tendré que someterte a una horrible tortura y desmemorizarte para siempre, ¿verdad? –bromeó Draco.
Hermione sonrió con coquetería, pero no pudo evitar que se apoderara de ella una sombra de duda.
¿Y si había sido así? ¿Y si después de todo no había sido una broma? El sueño acababa ahí. Hermione se había despertado con una gruesa capa de sudor en la espalda, angustiada por lo que acababa de descubrir. Sentía el corazón acelerado en su pecho, las palabras de Draco todavía muy frescas en su mente para descartarlas de inmediato. Sorbió un poco de agua del vaso que había dejado la noche anterior en la mesita de noche e intentó ordenar sus pensamientos.
Quizá ella se había dejado desmemorizar. Pero no. Hermione sabía que eso era imposible. No se podía desmemorizar solo una parte de la vida, solo una pequeña fracción de una noche. Tenía que ser otra cosa. Había habido casos en los que los mortífagos habían torturado a una persona hasta conseguir borrar de su mente varios pasajes de su vida, pero Hermione nunca había oido hablar de que esas personas los hubieran recuperado después, durante el sueño. Si Draco había empleado algún tipo de magia sobre ella, tenía que ser una magia antigua, casi perdida. Estaba casi segura de ello.
Respiró profundamente, intentando no pensar en el resto del sueño, sobre todo en la parte que sí importaba, la que sí tenía muchísimo significado y con la que no había hablado con nadie hasta ese momento. Ni siquiera con Ginny. ¿Cómo decirlo? ¿Cómo confesarle que ahora sabía que había estado tonteando con Draco la noche del Aniversario? O peor aún: ¿Cómo explicarle que le había gustado muchísimo? Eso la hacía parcialmente responsable de lo ocurrido, ¿no?
La voz de Harry llegó hasta sus oidos por la puerta entreabierta del patio.
-¡Hermione, ven! ¡Te estás perdiendo a Ron en la tele!
¡Ron!
Ron, Ron, Ron.
¡Se había olvidado de Ron! ¿Pero qué tipo de novia estaba hecha? Se acercó corriendo al salón, donde seguían todos sentados, y vio a Ron en la pantalla de televisión. Por lo visto estaba anunciando un reality show en el que iba a participar muy pronto. Se llamaba "Todas para Ron" y básicamente consistía en que tenía que ligar con todas y al final del programa, elegir a una de ellas.
-¿En serio, Ron? –se escandalizó Ginny-. Ha perdido el norte, definitivamente. Y os aseguro que ni una brújula del tamaño de Escocia nos lo va a traer de vuelta. Esta vez no.
Hermione meneó la cabeza, con descrédito. Quizá era verdad que sí había perdido la cabeza, después de todo. Pensó que si esta era la manera que tenía Ron de hacerle rabiar, estaba muy lejos de conseguirlo. Para Hermione la guerra había acabado casi antes de empezar, y ya no le quedaban ganas ni fuerzas para enzarzarse en juegos de niños con Ron. Ya había sido suficiente error haber accedido a hacer aquella entrevista con Cho.
Quería quedarse un rato más en casa de Harry y Ginny, pero las órdenes del Ministerio eran estrictas y si aspiraba a conseguir el divorcio, debía poner rumbo a Malfoy Manor cuanto antes, para pasar allí la cuota de tiempo que le exigían.
El problema era que Hermione tenía miedo de enfrentarse a Malfoy. Sentía pánico, tras aquel sueño. Era como si ya no se fiara de sí misma. Pensó en el rencor que había acumulado contra él durante años, pero era extraño. Ni siquiera eso era ya una garantía de poder mirarle a los ojos y no pensar inmediatamente en aquel sueño, en lo que se habían dicho, en lo que había significado para ella descubrir aquella faceta del Slytherin.
Abrió la puerta con inseguridad, esperando no tener que encontrarse con él y poder escabullirse hasta su habitación. Pero Draco estaba en casa. Tenía la cabeza de tamaño más o menos normal, y los pies posados cómodamente sobre la mesa. En su mano, un vaso de algún licor fuerte. Cualquiera diría que la había estado esperando.
-Buenas tardes, Granger. Ahora que mi cabeza es de una tamaño normal, te agradará saber que el medimago me ha dicho que no me van a quedar secuelas –le dijo, con un peligroso tono de sarcasmo.
Hermione había visto muchas escenas así en películas muggle de suspense. El esposo esperaba a la esposa tranquilamente en una habitación en sombras, idéntica a la que se encontraban ahora, y luego la mataba. Sintió su corazón pulsando fuertemente contra su pecho. Por lo menos volvía a hablarle. Era más de lo que había hecho los últimos días...
-¿Ahora me hablas?
-¿Cuándo he dejado de hacerlo? Eres tú la que ladra, Sangre Sucia. Los humanos, hablamos – replicó Malfoy.
-¿Y qué celebramos? –le preguntó la muchacha, señalando el vaso.
-El juicio de mi padre desde luego que no –afirmó él.
-¿Le han condenado?
-No. El maldito bastardo ha quedado libre como un pájaro. Falta de pruebas. Aunque si quieres saber mi opinión, yo diría que más bien se trató de falta de ética. Lo creas o no, mi padre sigue siendo un hijo de puta, pero un hijo de puta muy poderoso –dijo él, vertiendo un poco más de licor en su vaso.
-Al menos tu madre estará contenta.
-Te garantizo que la amante de mi padre lo estará más. ¿De dónde iba a sacar la pensión si a él lo ponían entre rejas? –preguntó con fingido interés.
-Me alegro de que nuestro pequeño teatro haya funcionado –comentó Hermione, recordando la parte del juicio en la que el abogado defensor basaba las buenas intenciones de los Malfoy en el hecho de que su hijo se hubiera casado con una heroína nacional.
-¿Me has echado de menos?
-Malfoy, de verdad, hoy no tengo ganas de juegos.
-Te iba a decir que yo sí te he extrañado –y era cierto-, pero ya que no estás de humor, iré al grano: Granger, ¿cuánto deseas divorciarte?
Los ojos de Hermione se iluminaron. Por la manera en la que lo había dicho, inclinándose hacia delante, los ojos brillando con expectación, sabía que Malfoy había tocado hueso.
-¿Qué sabes? –le preguntó.
-¿Sobre el divorcio o la vida en general? Sobre el divorcio, poco, la verdad. Tengo el disgusto de que seas la primera.
-Draco, no bromees, esto es importante.
-Eh, eh, ¿qué son esas confianzas? Mientras estés bajo mi techo deberás dirigirte a mí como señor Malfoy.
-Mientras esté bajo tu techo tienes suerte de que no te asesine con mis propias manos cuando duermes. ¡Habla! –le ordenó, acercándose peligrosamente a él-. ¿Qué sabes?
Draco sonrió con malicia. Le encantaba cuando la sabelotodo sacaba a relucir su carácter. Cuando lo hacía, por momentos se olvidaba de su Sangre Sucia y su triste origen Muggle, y la veía como lo que realmente era: una poderosa bruja que podía acabar con él solo con desearlo, con el simple giro de su varita. Cuando Hermione estaba delante, apenas unos segundos le separaban de una muerte segura y Draco no pudo evitar que le entraran escalofríos. Le parecía endemoniadamente sexy.
Esta vez Hermione percibió un brillo diferente en los ojos de Draco, pero no supo interpretarlo. Supuso que se trataba de la excitación que le producía la antesala de uno de sus planes malignos, el momento en el que estaba a punto de anunciar que tenía un plan. No podía sospechar lo que el Slytherin estaba pensando realmente, pero le resultó muy difícil controlar los nervios al ver cómo le miraba Draco. Nadie le había mirado así antes. Ni siquiera Ron.
Draco extendió la mano, alzó la botella de licor que había en la mesa y le tendió la revista que había debajo.
-Lee, y llora de emoción.
MALFOY CONFIESA QUE FUE ÉL QUIEN DIO EL "SÍ, QUIERO"
(Una exclusiva de ¡Corazón de Bruja!)
Fuentes consultadas por esta revista nos confirman que la señora Malfoy (antaño, señorita Granger) fue quien hizo LA pregunta y le propuso matrimonio al señor Malfoy (antaño, señor Malfoy). Al parecer, el Ministerio de Magia continúa con sus investigaciones, entre las cuales ha tenido que incluir métodos peligrosos aunque altamente efectivos, como el uso de Veritaserum a la hora de valorar el estado de su relación. "Tras comprobar las respuestas de ambos, está claro que entre ellos existe una compatibilidad mucho más alta que lo que quieren hacer ver al público", dice la fuente consultada. "Sin duda, están hechos el uno para el otro, aunque quizá todavía no lo saben". La misma fuente asegura, además, que el señor Malfoy sintió una fuerte atracción por su esposa "desde el momento en que la vio" y que solo la presión de social y su propia familia impidieron que se declarase a ella desde los tiernos años de Hogwarts. ¡Seguiremos informando!
-Pero esto solo lo ha podido filtrar una persona –afirmó Hermione, haciéndose una nota mental para meditar más tarde sobre el artículo y sobre las otras cosas que decía-. Nadie sabía lo del Veritaserum. Es información confidencial.
-Exacto. ¿Has pensado lo mismo que yo? –preguntó Draco, consultando su reloj y dándole el último sorbo a su vaso-. ¿Crees que será demasiado tarde para hacerle una visita personal a la señorita Lavender Brown?
El timbre sonó y ambos muchachos fruncieron el ceño. Cada vez que alguien llamaba a la puerta, Hermione rememoraba el terrible episodio que habían sufrido antes de que la cabeza de Malfoy se inflara como un globo terráqueo. Sentía que le temblaban las rodillas solo con recordarlo.
-¿Estás esperando a alguien?
-Yo no –negó Draco-. ¿Tú?
Los dos escucharon cómo se abría la puerta y la voz de una mujer, explicando algo. Poco después, un elfo doméstico se acercó a ellos. Aclaró la voz y anunció ceremoniosamente de una visita.
-Los señores Granger desean ver a su hija, señorito Malfoy.
La cara de Hermione cambió en cuestión de segundos. ¿Sus padres? ¿Sus padres estaban allí? ¿En Malfoy Manor? Aquello no podía ser. Tenía que tratarse de una pesadilla, de una terrible pesadilla de la que despertaría de un momento a otro. Buscó en los ojos de Draco la confirmación de que estaba soñando, pero solo encontró un brillo de emoción en el Slytherin. El maldito estaba disfrutando con la idea. Un incómodo sudor frío perló su frente. Sentía el corazón en la garganta. Tenía que haber un error.
-Tiene que ser un error. Mis padres no conocen este barrio.
-Bueno, pues parece que ahora sí –afirmó Draco, con diversión. A diferencia de ella, estaba verdaderamente encantado con las noticias. Se anudó con fuerza el cinturón de su batín y pidió al elfo doméstico que los hiciera pasar cuanto antes-. ¡Vamos! ¡Muévete! No debemos hacer esperar a los padres Muggle de mi adorada esposa.
-Malfoy, como te propases con mis padres…
-Oh, ten piedad, Sangre Sucia, que tengo un estómago delicado… si tuviera que propasarme con alguien no sería con tus padres.
-¡Malfoy! –protestó Hermione. Pero era demasiado tarde. El muchacho ya se dirigía a la puerta, todo sonrisas, para recibir a los Granger.
-¡Queridos suegros! ¡Qué alegría tenerles por aquí! –exclamó Draco, extendiendo los brazos con afectación y luego envolviéndolos a ambos en un gran abrazo.
Definitivamente, Hermione estaba viviendo su peor pesadilla.
-Su…. Su… ¿suegros? –se extrañó Jean Granger, asiendo firmemente la mano de su marido y mirando a su hija por encima del hombro de Malfoy.
-¿Pero de veras no se lo has contado? Hermione, cariño… ¿cuándo tenías pensado decírselo a tus padres?
-E… e… ¡era una sorpresa! –improvisó Hermione. Su madre seguía con el ceño fruncido-. Y… ¡SORPRESA!
Draco chasqueó los dedos. Inmediatamente, el escuadrón de elfos domésticos rodeó a los Granger.
-¿Les apetece quitarse el abrigo? -Los señores Granger se encogieron, incómodos por la cercanía de aquellas extrañas criaturas a las que no estaban acostumbrados. A Hermione le pareció ver a su padre dar un paso atrás.
-¿Son estos elfos domésticos, hija?
Hermione asintió apesadumbradamente.
-¿Pero tú no decías que odiabas a los que los esclavizaban?
Hermione volvió a asentir con la cabeza. Aquello iba a acabar mal. Muy mal.
-¿Y qué les apetece tomar? ¿Cava, agua, quizá tengan antojo de ron? –preguntó Malfoy, remarcando la palabra "ron" y mirando con malicia a Hermione. Ella puso los ojos en blanco. Aquello era tan típico de Malfoy... Dispuesta a ignorarle, les hizo un gesto con su mano para indicarles el camino hasta el salón principal de la casa, donde tomaron asiento.
Draco dio instrucciones a uno de los elfos domésticos e inmediatamente empezaron a aparecer canapés en la mesa de café y una rica variedad de bebidas. Hermione sintió tentaciones de darse al alcohol.
-¿Y cómo es que estáis aquí? –preguntó, aunque sabía perfectamente que la culpa era suya. Conociendo a sus padres, no debería haber pasado tantos días sin darles noticias. Seguramente se habían preocupado.
-Como no llamabas ni sabíamos nada de ti, fuimos a hacerte una visita a tu casa, pero el portero nos dijo que te habías mudado –explicó la señora Granger, que todavía estaba un poco desconcertada.
-Nos dio esta dirección y como estábamos preocupados… Yo pensé que lo mejor era esperar a que tú te pusieras en contacto con nosotros, pero tu madre insistió en que era extraño que no nos hubieras contado la mudanza –puntualizó el señor Granger.
-¡Por supuesto que es extraño! ¡Estaba preocupada!
-Querida, la niña ya es mayor… -intentó hacerle razonar el padre, que parecía el más comprensivo de los dos.
-Bueno, ¿y cuándo tenías pensado decirnos que te habías casado? La última vez que hablamos, todavía estabas con Ronald.
-Sí, cariño, ¿qué ha sido de Ronald? –se interesó el padre.
-Sí, Hermione, ¿qué ha sido de él? –preguntó socarronamente Malfoy.
Hermione prefirió ignorar esta pregunta.
-Mamá, ya sabes que no quiero preocuparos con mis tonterías.
-Difícilmente llamaría yo "tonterías" a que dejemos de saber de ti durante una semana, volvamos y te hayas casado –refunfuñó la señora Granger.
-No, hija, no son tonterías. Es un asunto muy serio –afirmó el padre.
-Reconozco que ha sido todo un poco precipitado. Una locura… tenía intención de contároslo, pero se pasaron los días y…
-Dime la verdad, Hermione –le suplicó la madre, agarrando maternalmente las manos de su hija-. ¿Estás en estado?
-¿En estado? –se extrañó ella.
-De veras, cariño, puedes contárnoslo. Esperábamos que no fuera hasta dentro de unos años, pero a tu madre y a mí nos haría mucha ilusión tener un nieto.
-O una nieta –puntualizó la señora Granger.
-¿Nietos? ¡NO! –se escandalizó Hermione. Draco intentó que los padres no notaran la sonrisa que se estaba formando en su cara-. Es decir, quizá algún día, pero no con… -Hermione miró a Draco. Un gesto de terror se dibujó en su cara cuando él le guiñó un ojo seductoramente-, creedme: no estoy embarazada.
-Como la boda ha sido tan precipitada… Pensamos que… -trató de explicarse el padre.
-No, no, esto es algo solamente temporal. Se trata de un tema del Ministerio –les explicó Hermione. Draco alzó las cejas, impresionado con su capacidad de improvisación-. Pero no os puedo contar nada. Ya sabéis cómo son estas cosas, cuanto menos sepáis, más seguros estaréis.
-¡Claro, como cuando nos desmemoriaste sin nuestro consentimiento!
-Querida, creo que se dice desmemorizaste –corrigió a su esposa el señor Granger.
-¿Hiciste qué?
-Desmemoricé a mis padres durante la guerra y los envié a Australia para protegerlos de… de los mortífagos y Voldemort -había estado a punto de decir "gente como tú", pero en el último momento había recordado que sus padres conocían de oidas el nombre de los Malfoy.
-Oh, veo que lo de desmemorizar se ha convertido en algo más que en un pasatiempo –afirmó maliciosamente Draco, dándole un mordisco a su canapé.
El maldito Malfoy sabía algo sobre la noche del Aniversario que ella desconocía, cada vez lo tenía más claro. Pero no podía preguntárselo allí, delante de sus padres. Además, Hermione estaba segura de que él no se lo contaría por voluntad propia. Tendría que torturarle para sonsacárselo y eso requería muchos días de planificación previa. Malfoy podía ser incómodo y petulante, pero no era ningún tonto, y jamás bajaba la guardia.
-Imagino que para ustedes tuvo que ser todo un drama….
-Bueno, ¡como no nos enteramos de nada! –bromeó el señor Granger.
-Fue un poco confuso a la vuelta. Hermione nos lo tuvo que explicar todo. Éramos incapaces de recordar –se sinceró la señora Granger.
-Demasiados nombres, demasiadas historias. Nuestra hija intentó ocultarnos el peligro en el que se encontraba, pero al final se hizo bastante evidente.
-Yo confieso que me enfadé un poco. Por lo menos podía haber contado con nosotros antes de tomar una cesión así.
-Afortunadamente, todo salió bien y después de la guerra pudimos recuperar la vida normal –explicó el padre.
Draco miraba a los padres de Hermione y se quedaba admirado con cómo relataban las historias. Continuamente uno recogía el hilo donde el otro lo había dejado. Era como asistir a un partido de tenis. Le resultaba fascinante.
-¿Y a qué se dedican ustedes? –se interesó Malfoy.
-Son dentistas –le informó la Gryffindor.
-¿Eh?
-Medimagos de los dientes.
-¡Ah! Sí, alguien me contó que los Muggles necesitan medimagos para eso. Qué curioso. Si con un simple golpe de varita y ¡voilá! –Draco hizo una floritura con su varita y los incisivos de la señora Granger comenzaron a crecer desproporcionadamente.
-¡DRACO! –protestó Hermione, apresurándose para revertir el hechizo antes de que los dientes de su madre rozaran la alfombra.
-Cariño, no te tomes las cosas tan a pecho –trató de calmarla su padre-. A tu marido le gusta jugar, sois jóvenes, es normal.
-Discúlpeme, señora Granger, a veces puedo ser un poco impulsivo con mi varita. Sobre todo en lo que se refiere a hacer crecer cosas, usted ya me entiende –aseguró Draco, guiñándole un ojo seductoramente.
Hermione se revolvió incómoda en su asiento. Trató de ofrecer un poco de agua a sus padres para cambiar el rumbo que estaba tomando la conversación, pero ninguno de los dos parecía interesado. Si las cosas seguían así, no tenía ni idea de cómo iba a acabar la visita.
-Te entiendo perfectamente, Draco –afirmó la señora Granger-. Todavía recuerdo cuando a Hermione le gastaron aquella broma en el colegio y le hicieron crecer tanto los dientes. Tuvo un disgusto durante una semana. ¿Cómo se llamaba aquel chico? –preguntó, dirigiéndose esta vez a su marido. Él negó con la cabeza, como si no recordara-. Sí, hombre, el que le hacía la vida imposible.
-¡Malfoy! –exclamó su padre-. Draco Malfoy, ¿no era así, cariño?
Hermione miró el suelo. Draco sonrió, complacido. Y lo señores Granger simplemente palidecieron mientras la realización caía sobre ellos como una losa. Su hija, su pequeña… se había casado con…
Hermione trató de hacerles gestos de tranquilidad, pero en vano. Sus miradas iban de ella a Draco y de Draco a ella, como harían los espectadores de un partido de ping pong. Se habían quedado mudos.
-Bueno, pues ahora que estamos todos reunidos, ¿por qué brindamos? –preguntó Draco, rompiendo el hielo y poniéndose en pie-. Por la familia, ¿no? Para que estemos muchos muchos muchísimos años juntos…
Oh, cómo le odiaba…
NdA: uno más! Ya falta menos, gente. Gracias a todos lo que dejaron review. También a los que no lo hicieron, aunque cuando alguien escribe y ve que hay respuesta, es algo que no se puede agradecer suficiente. Nos vemos en el próximo capítulo.
Love Always: gracias! Imaginación sí que tengo bastante, aunque a veces sea muy complicado plasmarla en el papel exactamente como se quiere. Pero, bueno, el caso es que lo intento. Espero que sigas disfrutando de la historia. Un besote
Emma Felton: ¡Sí, tan pronto! De veras tengo intención de acabar este fic cuanto antes. Ya sé que a veces se dice por decir, pero mis intenciones son definitivamente ésas ;) Los flashbacks son una de las partes que más me gustan de esta historia. Creo que añaden el contrapunto al fic, como si a través de ellos pudieras saber lo que sienten realmente Draco y Hermione, porque está claro que en el día a día les cuesta aceptar la atracción que sienten. No sé, está siendo divertido escribirlos. Otro beso para ti.
Luli: me alegro mucho! Creo que esta vez he cumplido el deseo con la rápida actualización, ¿no?
