Capítulo 16

-El rastro de su perfume –

Aquella noche Lavender Brown se encontraba especialmente contenta. Era cierto que el trabajo había aumentado con las modificaciones en la Ley del Divorcio, y ahora tenía cientos de peticiones amontonadas encima de la mesa. Pero el incremento de trabajo había llegado de la mano de un incremento de poder. Por eso a veces, Lavender no podía evitar mirar aquella pila de papeles e imaginarse a las parejas, tan frágiles, tan desvalidas, tan absolutamente desesperadas, esperando su veredicto. Eran como indefensas marionetas en sus manos. Una sola firma suya podía condenarlos a entrar en un laberinto de frustración, obligándoles a prolongar la agonía de permanecer casados. Cada vez que lo pensaba, no podía evitar sentir cierta excitación sexual.

Lavender vivía a escasos bloques de las oficinas del Ministerio. Se había alquilado un pequeño apartamento en el centro de Londres para poder ir andando al trabajo. Vivía sola, salvo por la compañía de sus dos gatos, y tenía intención de seguir haciéndolo. A la Lavender coqueta y pizpireta de Hogwarts la había reemplazado una Lavender solitaria y vengativa, incapaz de superar la amargura de no haber encontrado un novio.

Pensaba pocas veces en ello, pero cuando lo hacía y tenía que buscar el origen de sus frustraciones, siempre las databa en un momento concreto. Exactamente en el instante en el que Ronald Weasley decidió dejarla. Todo cambió a partir de entonces. Lo de Hermione había sido después, por supuesto, pero ella los culpaba a ambos.

Su amiga Parvati, con la que todavía mantenía el contacto aunque ahora se vieran menos, pasó años sugiriéndole que fuera a terapia. Pero Lavender sabía que para lo suyo solamente había un tratamiento, una cura, y que ésta consistía en hacer añicos la felicidad de Ron y Hermione. Llevaba años esperando pacientemente, como el depredador agazapado en la sombra esperando su presa. En realidad, no tenía prisa. En su fuero interno sabía que ese día acabaría llegando y cuando sucediera, estaría preparada. Nada más ver la carta del Ministerio y la petición de divorcio denegada por el mismísimo ministro, supo que había llegado su oportunidad. Lavender estaba dispuesta a retrasar todo lo legalmente posible el divorcio de Hermione. Y, mientras tanto, se sentaría y disfrutaría del espectáculo.

Eso era exactamente lo que se disponía a hacer aquella noche. Abriría una cerveza de mantequilla, se pondría cómoda en el sofá y vería la reposición del programa de Cho. Llegó a su casa sobre las siete de la tarde. Estaba hambrienta y lo primero que hizo fue escarbar en el fondo de la nevera. Cogió lo primero que encontró, una loncha de queso que había mutado de color en los bordes y un poco de embutido. Lo atrapó todo en una rebanada de pan y pegó el primer bocado. Sus dos gatos se acercaron a ella, maullando con nerviosismo. Estaban un poco más alterados de lo normal, pero Lavender no le dio mayor importancia. Lo achacó al hambre que seguramente sentirían ellos también. Se calzó unas zapatillas de andar por casa y se dejó caer sobre el sofá. El programa estaba a punto de empezar y ella todavía no había podido verlo, por exceso de trabajo. Oh, aquello era vida, pensó. Uno de los gatos se sentó a su lado, en el sillón, el otro se quedó haciendo guardia en el armario, justo delante.

-Bigotes, ¿qué haces? –lo reprendió Lavender, desde el otro extremo de la habitación-. ¡Ven aquí!

Pero el gato no se movió. Había estado arañando la madera del armario, aunque Lavender era incapaz de distinguir los nuevos arañazos de los viejos. Casi todos los muebles de la casa estaban igual de viejos y destrozados.

-¡Gato tozudo! –protestó, levantándose. Fue hasta él, lo agarró por el lomo y lo devolvió al sillón.

Hermione Granger y Draco Malfoy, que estaban observando toda la escena por la estrecha rendija del armario, dieron un discreto salto en el interior. Hermione llevaba varios segundos conteniendo la respiración y Draco estaba más pálido que nunca.

-¿Y ahora qué, lumbreras? ¡Pensaba que tenías todo el plan previsto! –susurró Draco.

Hermione estaba de mal humor. Llevaba varias horas dándole vueltas a su último sueño sobre la noche del Aniversario, era incapaz de sacárselo de la cabeza. Las palabras de Malfoy le habían impactado tanto, que ahora analizaba todas las conversaciones que tenía con el Slytherin, preguntándose hasta qué punto eran verdad.

Por supuesto, se trataba solo de un sueño. Hermione era una mente analítica, y hasta el momento no tenía ninguna prueba fehaciente de que aquellos sueños tuvieran una base sólida, científica, para considerarlos reales. Pero lo que sí estaba claro era que los dos interactuaban siempre de la misma manera. Él la insultaba, ella le devolvía el insulto, y vuelta a empezar. Llevaban tantos años así que Hermione no conocía otra forma de relacionarse con Draco Malfoy. Así que quizá él tuviera razón, y detrás de todo aquello se encontrara una atracción mutua de la que no había sido consciente… al menos, hasta ese momento.

Algo estaba cambiando, Hermione podía notarlo.

Llevaba ya varios minutos muy cerca de Malfoy, insufriblemente cerca. Sus hombros estaban pegados y la temperatura en el interior del armario había subido varios grados. Hermione podía sentir el aliento del Slytherin haciéndole cosquillas en el cuello y lo peor era que no resultaba ni remotamente desagradable. Draco olía rabiosamente bien, y eso no ayudaba a que se sacara de la cabeza la pesada respiración del Slytherin, que aunque estuviera muy lejos de tener un origen sexual, le inspiraba tórridas escenas con Draco en aquel armario. A Hermione le bastaría con darse lentamente la vuelta y sus narices quedarían separadas apenas unos milímetros y entonces...

¿Y entonces qué? ¿Te has vuelto loca? Céntrate, Hermione, céntrate.

Era realmente desconcertante.

-¿Qué quieres que haga? No es culpa mía si hoy ha llegado temprano –protestó -. No debería haber llegado hasta las ocho o las nueve.

-Pues ya está aquí.

-Lo sé, tengo ojos en la cara.

-¿Y qué sugieres que hagamos ahora? ¿Salimos y le gritamos "¡SORPRESA!"? –se burló el Slytherin-. Si me hubieras dejado hacer a mí las cosas…

-Ssssshhhhhh… Habla más bajo, ¡nos va a oir!

Draco puso los ojos en blanco. Él era un maldito exmortífago. Así que le daba exactamente igual si mataba a la estúpida de Lavender Brown de un susto. Ella ni siquiera se merecía algo mejor, después de cómo los había tratado. En Hogwarts ya no le caía demasiado bien (¿Quién en su sano juicio podía considerar atractiva a la comadreja?), y ahora tenía ganas de ahogarla con sus propias manos. Lo único que quería Draco era largarse de allí para no tener que compartir un espacio tan pequeño con la Sangre Sucia. Extremadamente pequeño.

La muy maldita se había puesto falda aquel día y Draco no era ajeno al trozo de piel que dejaba al descubierto la posición que había adoptado. El espacio del armario era minúsculo, pero al parecer no tanto para que una rendija de luz se colara por el hueco de la cerradura e iluminara directamente el muslo de la sabelotodo. Aquello era una tortura. Incluso Azkabán sonaba más apetecible que tener que obligarse a sí mismo a no mirar la suave piel de Hermione. Una o dos veces ella le había cazado mirando, estaba seguro, y aunque él retiró los ojos al instante, al parecer no había sido suficientemente rápido.

Además, olía asquerosamente bien. Hermione se había puesto de nuevo aquel perfume que tantos problemas le estaba dando esos días y allí dentro era imposible escapar de él. Malfoy no estaba seguro de poder aguantarlo mucho más tiempo. Tenía que salir de aquel armario como fuera.

-Tú haz lo que quieras, yo me voy. –Draco hizo el ademán de empujar la puerta para salir, pero Hermione agarró su túnica y tiró con fuerza de él hacia atrás.

-¿Te has vuelto loco? Nos mandarán a Azkaban por allanamiento de morada. Y encima a un trabajador del Ministerio. Si sales de aquí, despídete de nuestro divorcio.

Malfoy hizo una mueca de hastío, pero permaneció quieto. La Sangre Sucia tenía razón. Estaban a punto de conseguirlo. Si la fastidiaban ahora, el Ministerio nunca les dejaría divorciarse. Tendría que aguantarla a ella y a su cochino perfume para lo que le restara de vida.

-Bueno, ¿y por qué no intentamos Aparecemos fuera del piso y ya está?

Cualquier cosa empezaba a sonar mejor que quedarse allí dentro. Incluso Azkaban.

-Ya te lo he dicho: Lavender ha puesto un encantamiento de seguridad. Pero, vamos a ver, ¿por qué te crees que hemos tenido que entrar por la ventana? ¿Qué tienes en la cabeza, aparte de una evidente calvicie?

Aún ahora, solo con recordarlo, se le revolvía el estómago. Lo que no le había permitido hacer ni a Harry ni a Ron se lo había consentido a Draco Malfoy, entre todas las personas. La culpa la había tenido el maldito encantamiento de Lavender. Habían probado varios tipos de fermaportas, pero nada había dado resultado.

-Pensaba que eras una bruja todopoderosa y que te querían dedicar un capítulo en Historia de Hogwarts y aburrido, aburrido, aburrido –se burló Draco, después de que el undécimo fermaportas fallara. Estaba apoyado en el marco de la puerta y tenía esa sonrisa suya de suficiencia que tan nerviosa ponía a Hermione.

-Prueba tú a abrirla, ya que tanto sabes.

-Oh, no, por favor, las damas primero.

-¿Ahora soy una dama?

-Bueno, tú ya me entiendes…

-¿No tenías que estar vigilando que no viniera nadie? –le recordó ella, mirando por encima de su hombro para cerciorarse de que los vecinos no les vieran.

-Lo tengo todo controlado. Y si aparece algún vecino, lo único que tengo que hacer es un simple Imperius y mandarle de vuelta a su casa.

Hermione decidió no contestarle. Se le ocurrían mil maneras mejores de lidiar con un inocente vecino Muggle, pero a Draco en ese momento tenía cosas más importantes que hacer que discutir con Malfoy.

Nada. No había ningún hechizo ni encantamiento que funcionara con aquella puerta. Entrar en el piso de Lavender era más complicado que entrar en la cámara acorazada de Gringotts.

-¿Y ahora qué? –preguntó él, sonriendo. Parecía que estaba contento de que los planes de Hermione fallaran.

-Sugiere tú algo. ¿No eras el maestro de los planes y la estrategia? ¿El Sun Tzu del mundo mágico? Demuéstramelo. Estoy esperando.

¿El Tzu qué? Draco frunció el ceño con enfado. No sabía quién era Sun Tzu, pero le sonaba a insulto Muggle y no le hacía ni pizca de gracia que la sabelotodo se burlara de él.

-Pues sí. Te lo voy a demostrar, sabelotodo.

Miró hacia los lados en busca de inspiración, pero no se le ocurrió nada. La Sangre Sucia seguía mirándole, con aires de suficiencia, cambiando el peso de una pierna a otra. La miró de arriba abajo y por un segundo pensó en levantarla a pulso y lanzarla contra la puerta. Lo había visto hacer antes, en peleas de bares, pero sabía que ni siquiera eso funcionaría. Por mucho que se metiera con su culo, Hermione no pesaba suficiente para derribar una puerta. Caminó entonces hacia el portal, intentando encontrar algo, cualquier cosa que le diera una idea. Podía sentir la mirada de la sabelotodo, observando todos sus movimientos. Sabía que ella estaba esperando que fracasara. Entonces abrió una puerta. Era un espacio pequeño, de apenas un metro cuadrado. Estaba oscuro y olía a algún producto Muggle de limpieza. Se suponía que era así como tenía que oler la apestosa Sangre Sucia, pero nooo, ella tiene que oler maravillosamente bien y esta mierda de armario tiene que oler al producto que usaba el elfo doméstico de mi tía Bella.

Hay que joderse.

La vida era una mierda para Draco Malfoy.

-¡Lumus! –Malfoy se inclinó para ver lo que había dentro. Cuando se giró, Hermione sintió pánico al ver sus ojos enloquecidos, abiertos de par en par, y aquella sonrisa perversa.

-LO TENGO –anunció pletórico. Tenía algo en la mano.

-Ah, no –se negó Hermione de inmediato, haciendo aspavientos con las manos-. Estás loco si piensas que voy a aceptar.

-¿Acaso se te ocurre algo mejor?

Hermione se mordió el labio. Trató de pensar con velocidad. Pero no, no tenía ninguna otra idea.

-Da igual, no pienso subir en ese trasto –afirmó con terquedad.

-Está bien. Iré yo. Tú quédate aquí y vigila.

Pero esta opción era todavía más aterradora. Hermione no era muy partidaria de los métodos que utilizaba Malfoy. Si le dejaba ir solo a intentar coaccionar a Lavender Brown, solo Merlín sabía lo que podía ocurrir. La Gryffindor imaginó terribles torturas, un par de Cruciatus y algún que otro Imperius. Tendrían suerte si Lavender no salía de aquel encuentro con un billete directo para San Mungo y ellos con una orden de detención del Ministerio.

-¡Espera! –gritó, ya cuando Draco estaba abriendo la puerta del portal. Él sonrió, sin duda encantado con la idea. Ella simplemente palideció. No podía creer que estuviera a punto de hacer aquello.

Y para colmo llevas falda. Bien hecho, Hermione.

Lo más complicado fue arrancar. En un principio ella se puso detrás. Pero cada vez que Draco pateaba el suelo y quería elevar aquel trasto, se encontraba una y otra vez con Hermione tendida en la acera, con el trasero magullado, mientras él salía disparado con la escoba del conserje entre las piernas. No era que él no disfrutara de aquella escena. Ver cómo la Sangre Sucia se caía de culo una y otra vez resultaba un gran entretenimiento. Pero el tiempo apremiaba y cada vez había más gente en la calle. Si continuaban así iba a ser muy difícil controlar que algún peatón los viera.

Al final no les quedó otra opción que cambiar. Hermione se puso delante y Draco detrás de la escoba, de manera que no le quedó más remedio que rodear a la sabelotodo con sus brazos y hundir la cabeza en su cuello. ¡Y olía tan bien! Tan jodidamente bien que una o dos veces Draco estuvo tuvo que hacer un esfuerzo mental para no posar los labios sobre su piel y besarla.

Hermione podía notar la respiración de Malfoy, acariciándole el cuello. También era capaz de sentir lo que sin duda creía que era su corazón, latiendo con fuerza a su espalda y no pudo ignorar el escalofrío que se apoderó de ella cuando sin querer agarró la mano de Draco en lugar del palo de la escoba.

-¡Esas manos, Malfoy!

-¿Qué? ¡No soy yo quien te ha tocado! –protestó él-. Granger, ¿podrías quitar la melena de fregona de delante? Me estoy comiendo todos tus pelos.

Hermione se apartó el cabello a un lado, lo cual fue todavía peor porque la piel de su cuello quedó completamente al descubierto y una nueva vaharada de su perfume se coló en el cerebro de Malfoy.

-¿Qué tufo es ese? ¿Lo hueles?

La muchacha frunció el ceño. –No, no huelo nada.

Draco olisqueó alrededor de su cuello y puso una mueca de asco.

-¡Por Merlín, Sangre Sucia! La próxima vez que te compres un perfume pídele a la dependienta que no huela a boñiga de mantícora.

-Vaya… Y yo que pensé que te gustaría.

-¿Qué te hizo pensar esa bobada?

-Tu madre. Usa el mismo perfume.

Draco se ruborizó tanto que se alegró mucho de que la sabelotodo no pudiera verle la cara. Enfadado, pateó el suelo y la escoba salió disparada hacia delante.

Fue un vuelo sobresaltado. Aunque hay que admitir que los gritos histéricos de Hermione no ayudaron y que el volumen de su melena estaba impidiendo a Draco conducir apropiadamente la escoba. Una y otra vez los rizos de Hermione le pinchaban en los ojos y el Slytherin acabó ladeando la cabeza hacia la derecha, de manera que la escoba se escoraba cada dos por tres hacia ese lado.

-¡Voy a morir, voy a morir, voy a morir! –gritaba Hermione sin cesar, agarrándose con toda su alma a la escoba.

-¡Contrólate, mujer! –le ordenó Draco, enfadado por lo difícil que estaba poniendo las cosas. El apartamento estaba en un segundo piso. No podía ser tan complicado llegar hasta allí.

-¡El árbol, Malfoy, el árbol! -. Al pasar raseándolo La Gryffindor aulló cuando una de las ramas arrancó de cuajo uno de los mechones.

Hermione parecía un histérico copiloto, en medio de un accidente aéreo, y su preocupación por mantener la díscola falda a raya desequilibraba cada dos por tres la escoba.

-¡La farola, Malfoy, la farola!

-¡La paloma, Malfoy, la paloma!

-¡LA VENTA- na…

Estampados contra el cristal, Draco apoyó uno de los pies en el alféizar para evitar que se cayeran. Hermione podía sentir un chichón formándose en su frente y el peso del cuerpo de Draco, aplastándola contra el cristal de la ventana de Lavender.

-¡Misión cumplida! ¡Vamos! –exclamó él, jocoso. Hizo una floritura con su varita y la ventana se abrió inmediatamente-. Ya te dije que la mayoría de los magos siempre se olvidan de asegurar las ventanas.

Hermione, que se encontraba un poco aturdida por el impacto, comprobó con su lengua que todavía conservaba todos los dientes. Draco apoyó el pie en su espalda y la saltó por encima para entrar en el interior de la vivienda.

La casa estaba vacía, tal y como habían planeado. Draco controló a los gatos con un Imperius y Hermione decidió hacer la vista gorda. El plan consistía en entrar en el piso de Lavender y dejarle un escrito amenazador y sanguinolento en las paredes. La idea había sido de Draco. Hermione optaba por una carta anónima, pero él insistió en darle un toque más mortífago al asunto.

Malfoy estaba apuntando su varita hacia la pared donde dejarían el mensaje cuando ella escuchó los pasos en el descansillo.

-¡Es ella! ¡Corre! –le apremió.

Los dos muchachos miraron en derredor, buscando el sitio perfecto donde esconderse. Draco optaba por salir por la ventana y volver cualquier otro día, pero Hermione se negó a realizar otro vuelo temerario en aquella escoba asesina. En su lugar, insistió en que se metieran en aquel pestilente armario que olía a naftalina y a pelo de gato.

-Oye, no sabía que salía tan favorecido por la tele –afirmó Draco, contento de cómo habían quedado las tomas del programa de Cho Chang-. Quizá debería hacerme presentador.

-De algún programa de terror –se burló Hermione.

-¿Cho estaba tan buena cuando estábamos en Hogwarts? No la recordaba así –exclamó Malfoy, antes de dar un silbido de apreciación.

Hermione no contestó. Intentó acomodarse lo máximo que le permitía aquella falda sin que él pudiera ver nada. Aún así, no pudo evitar que un pinchazo de celos castigara su estómago. ¿Por qué todos reaccionaban así con Cho? La verdad, ella no creía que fuera para tanto.

Lavender se movió en el sillón y sus ojos viajaron en dirección al armario en donde estaban escondidos. Hermione le dio un codazo para que permaneciera lo más quieto posible. Unos segundos después, Lavender volvió a centrar su atención en la televisión.

-¿Quieres hacer el favor de no ser tan crío? –le reprendió en susurros -. Como sigas así nos vas a crear un problema.

-Vale, vale, ya me callo.

Draco puso una mueca de cansancio, pero estaba aburrido allí dentro y el único entretenimiento eran las piernas de la sabelotodo, a las que de nuevo echó otra mirada de apreciación.

Al principio ella se había sentido muy incómoda por la escasa iluminación que había allí dentro, pero descubrir los ojos de Malfoy recorriendo sus piernas con deseo le hizo ruborizarse tanto que al final se sintió muy agradecida de lo oscuro que estaba.

Hermione se llevó las manos a las mejillas. Estaban ardiendo.

-Además, tampoco es tan guapa –comentó sobre Cho, más por olvidarse de lo que estaba pensando que por verdadero interés en seguir hablando de la Ravenclaw.

La verdad es que tú me gustas más.

-Dijo el hipogrifo de la sirena…

Hermione rodó los ojos con desesperación.

Draco se sentía atrapado, pero no por estar en aquel armario, sino porque se daba cuenta de que su opinión sobre la Sangre Sucia estaba cambiando. No sabía en qué momento, por qué ni cómo, pero al parecer era un sentimiento imparable. Hacía días que era incapaz de controlar pensamientos como el que acababa de tener. ¿Qué era eso de que "tú me gustas más"?, se reprendió internamente. ¿Acaso era verdad?

Aquello era nuevo. Todo parecía nuevo para Draxo. Ahora, cada vez que miraba a la Sangre Sucia, sus ojos ya no la taladraban con odio, sino que la miraban con deseo. Buscaba redimirse de estos sentimientos con sus habituales comentarios sarcásticos, pero de alguna manera ya no eran tan efectivos. Insultar a la sabelotodo había dejado de ser una fuente de diversión, y sus comentarios ya ni siquiera era tan incisivos.

A menudo se dejaba llevar sin más por el momento, y entonces se daba cuenta de que había pasado varios segundos mirándola, sumido en sus pensamientos, que casi implicaban una pared, una cama o un lugar en el que la Sangre Sucia estaba con mucha menos ropa de la que llevaba ahora. Los comentarios hirientes ayudaban a paliar la tensión, pero ella siempre los recibía con un gesto de hastío y entonces Draco se odiaba a sí mismo por haberse excedido de nuevo.

Mierda.

Definitivamente, necesitaba ayuda psicológica. Se estaba volviendo loco.

Esperaron allí hasta que Lavender Brown se fue a dormir. No fue fácil. Malfoy no dejaba de revolverse y ella tenía que ensortijarse para que a él no se le durmieran las piernas. Fueron las dos horas más largas de la vida de Hermione, y se sintió muy agradecida de poder salir de allí porque la cercanía de Draco se estaba haciendo insoportable.

Cuando Lavender por fin apagó la televisión y se dirigió hacia su habitación, esperaron una media hora más, antes de asomar la cabeza para cerciorarse de que se había quedado dormida.

Ella fue la primera en salir. Notó cómo le crujían los huesos y volvían a la vida sus articulaciones. Luego lo hizo Draco, que no pudo evitar trastabillar y caerse al suelo porque se le habían quedado dormidos ambos pies. Hermione se llevó la mano a la boca para evitar una carcajada.

-Muy graciosa, Granger. Al menos yo he sido un caballero y no me he reido las veces que te has caido de la escoba –protestó en un susurro.

-Ssssshhh, cierra la boca, nos va a oir.

-Venga, acabemos de una vez por todas con esto –protestó Malfoy, poniéndose en pie. El Slytherin se arremangó la manga de su túnica. Cogió su varita y apuntó a la pared en la que inicialmente iban a dejar el mensaje. Pero Hermione le detuvo, inesperadamente.

-¿Se puede saber qué haces?

-Calla, ven, he tenido una idea mejor.

-Pero…

-Sssshhh. ¿Confías en mí?

Era una pregunta extraña, procediendo de la sabelotodo. Pero la verdad era que sí confiaba en ella. Como no quería decirlo, simplemente se limitó a seguirla hasta el pequeño vestíbulo que precedía a la habitación de Lavender. La puerta estaba entornada y aunque el cuarto se encontraba oscuro, había luz suficiente para ver los cuatro ojos resplandecientes de los gatos y a Lavender, profundamente dormida, con la almohada enroscada en la cabeza.

Roncaba como un marinero ruso.

-Toda una dama –afirmó Draco con sarcasmo, ganándose un codazo de la morena.

-Tú calla y ocúpate de los gatos –le ordenó.

Acto seguido sacó su varita de su bolsillo e hizo una floritura con la muñeca. De la punta de la varita empezaron a brotar unos hilillos plateados que flotaron en el aire hasta colarse en el interior de la habitación de Lavender. Los hilillos se hicieron cada vez más gruesos, hasta que tomaron suficiente volumen y se partieron en dos. Draco estaba bastante seguro de que estaban empezando a tomar una forma humana, pero no podía afirmarlo con certeza. Los gatos, sometidos a la varita del Slytherin, miraban embobados el encantamiento que estaba haciendo Hermione.

Los hilos, primero irreconocibles y amorfos, fueron tomando forma hasta que se convirtieron en dos copias exactas de Draco y Hermione. Parecían dos hologramas, flotando fantasmagóricamente en el aire, hechos de alguna sustancia plateada. Malfoy asistió a todo el proceso con la boca abierta, fascinado por la clase de magia que era capaz de hacer la sabelotodo. Miró a Hermione y vio que estaba murmurando algo. Movía los labios, pero de ellos no salía ningún sonido. Entonces uno de los hologramas, el que la representaba a ella, empezó a hablar y Malfoy casi se cae de culo.

-Laveeeeeender –dijo la copia fantasmagórica de Hermione Granger con una voz que habría puesto los pelos de punta al mismísimo Salazar Slytherin-. Laveeeeeender, despieeeeeerta.

Lavender se incorporó en la cama de inmediato. Al principio miró a las dos figuras fantasmagóricas asustada. Luego, simplemente, gritó como una colegiala.

-¡CONTRÓLATE, LAVENDER! –le ordenó el holograma de Draco-. Hemos venido en son de paz. Si nos escuchas, no te haremos daño.

-¿Quiénes sois? –preguntó la muchacha, claramente confundida-. ¿Qué queréis de mí?

-Somos las almas errantes de Draco Malfoy y su mujer Hermione.

-¿Las… las almas? –se extrañó Lavender.

-Sí, las almas –replicó el holograma de la Gryffindor-. Hemos venido del futuro para advertirte. Si continúas por este camino, Hermione y Draco morirán por tu culpa y tu alma quedará condenada al infierno para siempre.

-¡Pero yo no he hecho nada! ¡Yo no les he matado! –protestó Lavender, todavía horrorizada.

El holograma de Draco se desplazó rápidamente hasta quedar a escasos centímetros de la nariz de Lavender. Flotaba encima de la cama.

-¡Insolente! –le gritó-. ¿Acaso niegas que has estado pasando información confidencial a las revistas del corazón?

-Yo… ¡Yo no quería! ¡Me obligaron a hacerlo!

-Si no le pones remedio pronto a la situación, ellos dos morirán. Irremediablemente. Tendrán un terrible accidente al ser perseguidos por los paparazzi como le ocurrió a Lady Di y entonces tú nunca podrás salvar tu alma –afirmó con voz de ultratumba el holograma de Hermione.

-¡Por Merlín no! Decidme, ¿qué debo hacer? ¿Cómo puedo resolverlo? ¿Quién es Lady Di?

-Arregla su divorcio en el Ministerio. Antes de que sea demasiado tarde. ¡Salva tu alma, Lavender! –remató el fantasma plateado de Draco.

Acto seguido, las figuras se fueron disolviendo en el aire hasta convertirse de nuevo en hilillos y desaparecer para siempre. Lavender perdió a continuación el conocimiento.

-¿Crees que estará muerta? –preguntó Malfoy, que sentía tanta fascinación como miedo a acercarse a Hermione.

-Lo dudo mucho –replicó ella-. Solo está muerta del miedo. Espero que con esto sea suficiente. Venga, volvamos a casa –dijo, metiendo de nuevo la varita en el bolsillo y dirigiéndose hacia la puerta.

Draco estaba tan impresionado con lo que la sabelotodo acababa de hacer que todavía tardó unos segundos en reaccionar. Luego meneó con desconcierto la cabeza y puso rumbo a la puerta. Esta vez conocía el camino: solo tenía que seguir el rastro del perfume de Hermione.


NdA: Hola otra vez. Ya queda menos para que la Navidad se nos eche encima, así que por si acaso no puedo actualizar antes, os deseo lo mejor en estas fechas. Yo pasaré estos días con mi familia recordando a los que ya no están, pero sobre todo disfrutando de la compañía de los que siguen aquí.

Feliz Navidad a todos y un besazo. B.

Norma: jejeje Gracias por volverlo a leer desde el principio! Y también por los comentarios sobre los diferentes capítulos. Me gusta mucho cuando me dais vuestro punto de vista. Me ayuda a saber qué partes son vuestras favoritas, cuáles os han gustado menos, etc. Un beso.

Emma Felton: ¡No te puedes quejar! Las esperas están siendo cortitas, ¿no? (y por supuesto, me niego a contar los 3 años que pasé sin actualizar. Memoria selectiva! xDDD)

Nikki: a mí me encanta que os recomienden el fic, porque eso significa que os gusta, y eso ya es mucho. Me alegro de que lo estés disfrutando. Ese era el objetivo: pasar un buen rato escribiéndolo y haceros pasar un buen rato leyéndolo. Gracias por el review!

Love Always: ¿Estás enganchada? ¡Bien! ¡Me encanta que estéis enganchadas!

Silbandoalaluna: yo soy la primera sorprendida! xDD Pero como he dicho, tengo manía persecutoria y necesito acabar las cosas. De lo contrario, me paso la vida recordando que tengo esto pendiente o esto otro, y, créeme, es una sensación muy desagradable xD Aunque solo sea un fic, me alegro mucho de poder acabarlo. Muchas gracias por el review y por retomar la lectura, a pesar de la tardanza.