Capítulo 17

-La chaqueta de Malfoy-

Tras la misión en casa de Lavender, lo único que podían hacer era esperar. Conociéndola, Hermione estaba convencida de que Lavender sucumbiría al engaño y no tardaría mucho en firmar los papeles que les permitirían tramitar el proceso de divorcio.

Inicialmente, la idea le hizo sentir muy animada. Por fin recuperaría su vida normal. Sería capaz de regresar a su casa, estar con sus amigos, volver al trabajo y dejar de ser el tema de conversación de todas las revistas. Hermione nunca había llevado bien la fama, y sabía que jamás se acostumbraría a que sus relaciones personales fueran el principal tema de conversación en El Caldero Chorreante.

Le pidió a Harry que mantuviera los ojos abiertos. Sus contactos en el Ministerio de Magia les permitirían enterarse de primera mano de cualquier cambio que se produjera en su expediente de divorcio. Sin embargo, habían pasado ya dos días y lo único que sabía Harry era que, efectivamente, Lavender Brown había mantenido una larga reunión con el Ministro de Magia y su principal asesor. El contenido de la misma todavía era desconocido. También se rumoreaba que tras esa reunión Lavender había tenido que ingresar en una clínica para tratar una severa crisis nerviosa, pero Harry en ningún momento sospechó hasta qué punto ella y Draco eran culpables de la crisis que sufría Lavender.

Así que aquellos dos días, Hermione los pasó leyendo revistas en su habitación, haciendo visitas cada vez más frecuentes a sus amigos e ignorando, en la medida de lo posible, a Malfoy y a sus incómodos elfos domésticos.

Lo cierto era que él le estaba poniendo las cosas bastante fáciles. Sorprendentemente, Malfoy apenas intentaba ya incomodarla. Sus amigos Crabbe y Goyle le habían visitado en un par de ocasiones, pero lo único que hicieron fue saludarla con un gruñido y acto seguido se encerraron en el despacho de Draco, dejándola tranquila, en el salón principal.

Hermione tenía muchos problemas. Todavía necesitaba hablar las cosas con Ron, y echaba de menos la intimidad de su casa. Pero hasta cierto punto podría haber dicho que era feliz. La presencia de Draco se había vuelto tolerable e incluso se sorprendía a sí misma encontrándose muy a gusto con él en algunas ocasiones. Como aquella mañana, cuando se encontraron en la cocina y no había tenido que rogarle que le pasara la leche, porque él lo hizo tan pronto ella realizó el gesto de levantarse para ir a la nevera. Y tampoco tuvo que buscar un bol, porque Draco se lo había dejado listo, encima del mantelito de su lado de la mesa.

Era extraño, pero muy agradable.

Aquella noche, sin embargo, su paz se quebró por completo. Había llegado la hora de cumplir su parte del trato con Draco y estaba tan nerviosa que tuvo que dar una gran bocanada de aire antes de girar el pomo de la puerta. Salió de su habitación con pasos inseguros. Hacía tanto tiempo que no se ponía tacones que sintió que caminaba sobre unos zancos nada más dar los primeros pasos. La última vez había sido la noche del Aniversario y a Hermione le parecía que habían pasado años desde entonces.

Caminó hacia la escalera y comprobó que Draco ya estaba abajo, esperando. Estaba vestido con su túnica de gala y caminaba de un lado a otro del vestíbulo, como si estuviera tan nervioso como ella.

Nada más escuchar sus pasos, él se giró y alzó la vista en dirección a lo alto de la escalera. No hizo ningún gesto al verla, aunque a Hermione le pareció ver un brillo de apreciación en sus pupilas mientras la observaba bajando las escaleras. Quizá solo se lo había imaginado.

-¿Lista? –preguntó Draco, todavía sin mirarle a los ojos.

Hermione asintió y dio unos pasos más para acercarse. Draco abrió la puerta y, sorprendentemente, se hizo a un lado para dejarla pasar primero.

-Gracias –afirmó ella.

El caserón al que se dirigían era una de las propiedades más importantes de Londres. Se trataba de una de esas fortalezas medievales de muros empedrados, coronada por dos torreones verticales desde los que parecían vigilar su entrada varios pares de ojos.

Hermione y Draco atravesaron la puerta de hierro forjado que daba entrada a la finca y caminaron por el empedrado que conducía a la puerta. Ella se detuvo un momento, fingiendo tener dificultad para dominar sus tacones, aunque en realidad estaba intentando dominar los nervios que le atenazaban el estómago. Draco se detuvo a su lado, y frunció el ceño.

-¿Te pasa algo?

-No –negó Hermione-. ¿Por qué?

Malfoy se encogió de hombros. –No pareces muy convencida.

-¿Y tú? ¿Estás seguro de que quieres hacer esto?

Él asintió con la cabeza. -¿Por qué lo preguntas?

-Bueno, no sé, llevas todo el camino callado. Ni siquiera te has burlado de mí, de mi vestido o de mi pelo. Tienes que reconocer que es extraño.

Draco reprimió una sonrisa. Se encontraba tan nervioso como ella, pero no estaba seguro de querer compartir sus sentimientos en aquel momento.

-Pensé que no te gustaba que te tratara mal.

-Sí –admitió Hermione-. Pero cuando me tratas bien es casi más preocupante que cuando me tratas mal… –bromeó, sonriendo con nerviosismo-. Escucha, Malfoy, tú dijiste que esto era importante para ti. Mi parte del trato, ¿recuerdas?

La sabelotodo tenía razón, pero eso había sido antes. Ahora ya no estaba seguro de querer continuar con el trato. En realidad, tras el juicio había dejado de tener importancia. Quizá la idea era demasiado radical, y de todos modos no estaba seguro de que su padre mereciera aquel sacrificio.

-¿Y bien? –se impacientó Hermione.

Él se limitó a mirar fijamente el suelo, incapaz de encontrar una respuesta. Hermione suspiró, incómoda con la situación. Que Malfoy no estuviera convencido provocaba una mayor inseguridad en ella, y Hermione necesitaba desesperadamente un poco de apoyo si iba a seguir con aquella farsa.

Quería resolver la extraña situación en la que estaban estancados, pero Draco seguía mirando el empedrado del suelo, y eso no ayudaba. Antes de que pudiera valorar la idea que acababa de tener, Hermione hizo algo muy temerario. Extendió su brazo hasta encontrar la mano de Draco y entrelazó los dedos con los suyos. Cuando se dio cuenta de lo que acababa de hacer ya era demasiado tarde para echarse atrás, y Hermione no pudo evitar morderse el labio con nerviosismo.

Esperó a ver la reacción de Draco. Estaba segura de que él iba a reaccionar de manera brusca, liberándose con rapidez de su mano, puede que asqueado de haberla tocado. Pero no fue así. Draco simplemente la miró, primero con sorpresa y después con un gesto que no pudo descifrar. Le pareció que estaba un poco más pálido que de costumbre, aunque no había nada en él que denotara incomodidad. De hecho, tras pasar unos segundos con los dedos entrelazados en los suyos, Hermione se sorprendió al comprobar lo bien que se acoplaban sus manos. Eran dos moldes que encajaban perfectamente, y sentir la mano grande y masculina agarrando la suya le provocó un extraño sentimiento de protección.

-¿Estás listo? –le preguntó ella, buscando una mirada de aprobación en Draco. Él le sonrió y los dos echaron a andar con naturalidad, como si fueran una pareja más.

El jardín estaba radiante, lleno de rosales en flor y de enredaderas que trepaban por las paredes de piedra del caserón. El fuego de dos gigantescas antorchas rielaba en el agua de la fuente que había en la entrada, a cuyas puertas aguardaban dos gigantes cuya tarea era anunciar la llegada de los invitados.

-¡El señor y la señora Pucey!

-¡La señorita Bulstrode!

-¡El señor y la señora Arneros!

Cuando llegó su turno, Hermione sintió el corazón galopando en su pecho. Seguía sin hacerle gracia estar allí con Malfoy, pero un trato era un trato y aquel ya no podía romperlo.

-¡El señor y la señora Malfoy! –anunció uno de los gigantes.

Un sonoro murmullo retumbó en el interior del castillo tan pronto la concurrencia escuchó sus nombres. Estaba claro que nadie esperaba que Malfoy se atreviera a llevar a Hermione Granger a la fiesta de la familia Zabini, mucho menos ahora que su exprometida era la pareja del anfitrión.

Así se lo había hecho saber Hermione tan pronto descubrió lo que él quería a cambio de que le ayudara a despertar los celos de Ron. Aquel día estaban sentados en la mesa de la cocina de Malfoy Manor. Acababan de terminar su desayuno y a Malfoy le había parecido un buen momento como cualquier otro para sacar el tema.

-¿Has perdido el juicio? –le espetó ella, nada más saberlo.

-En absoluto. Es la mejor idea que he tenido en toda mi vida.

-Veamos –recapituló Hermione-, si he entendido bien, lo que pretendes es que te acompañe a una fiesta que dará tu exprometida, llena de mortífagos…

-Exmortífagos –puntualizó Draco.

-…de mortífagos –insistió Hermione- y allí ¿me haga pasar por tu esposa? ¿Por tu esposa de verdad, como si estuviéramos casados… en matrimonio?

-¡Exacto! Para ser mentalmente limitada no te ha costado demasiado entenderlo.

-Y aún pretenderás que sea cariñosa…

-Antes preferiría acostarme con un hipogrifo, la verdad. Así que con que intentes estar todo lo presentable que te permita tu mediocridad, finjas que te mueres por mis huesos y pases la noche calladita, me vale –le espetó Draco.

-¿Y qué ganas tú con todo esto? –se interesó Hermione, alzando una ceja con peligroso recelo.

-Eso, a ti, no te incumbe. Un trato es un trato, ¿no? Dijiste que harías lo que quisiera. Pues, bien, esto es lo que quiero. ¿Trato hecho?

Hermione sopesó sus opciones, que eran pocas, por no decir inexistentes. Si él quería quedar como un auténtico tonto delante de sus excompañeros y amigos, no iba a ser ella quien se lo impidiera. Se encogió de hombros y le estrechó la mano al Slytherin, que en seguida se la limpió en el borde de la camiseta y desapareció entre alaridos histéricos que pedían un desinfectante a los elfos domésticos.

Eso había sido al principio de todo, ahora las cosas eran diferentes. Hermione observó a Draco de refilón, sorprendida con su cambio de actitud. Seguía esperando encontrar un gesto de duda en él. Todavía estaban a tiempo de dar media vuelta, de regresar a Malfoy Manor. Pero el Slytherin ni siquiera se inmutó. Permaneció inhiesto como el palo de un velero y esperó a que la gente se echara a un lado para empezar a bajar con la cabeza bien alta la escalinata de entrada. Malfoy aferró su mano con fuerza, y le dedicó una sonrisa que despertó un inmediato pinchazo en el estómago de Hermione. Confundida por la situación, se dejó llevar por él mientras las cabezas de los invitados se giraban con interés a su paso.

Todos los asistentes iban vestidos de gala, y Hermione se sintió aliviada de no desentonar. La gente charlaba distendidamente mientras degustaba algunas de las delicatessen que los camareros habían servido en unas mesas redondas que ocupaban el centro de aquel salón de techos altos. Algunos la miraban de refilón, con disimulo, pero sobre todo con cara de pocos amigos, y esto la hacía sentir muy incómoda.

-¿Por qué me miran así? –le susurró a Malfoy.

-Por tu belleza no es, está claro.

-Lo pregunto en serio, Malfoy.

-Bueno, supongo que es porque tú y tus amigos habéis metido en Azkaban a casi toda la familia de esta gente.

-No es culpa mía que hayan delinquido.

-Cierto, pero no pretenderás que vengan a darte las gracias –le espetó Draco, acercándose a una de las mesas, mientras saludaba con la cabeza a un conocido.

-Sigo sin entender por qué me has pedido que viniera contigo aquí. Sabías que toda esta gente iba a venir y me traes a mí, entre todas las personas. Vas a tener que editar un manual con instrucciones para que te entienda –protestó Hermione, esperando que el rubio le diera una explicación.

Pero Draco fingió no escucharla. ¿Cómo iba a explicárselo? Ella no lo entendería. No entendería que solo así podría hacer creer a la comunidad mágica que lo suyo iba en serio. Después de todo lo que habían publicado las revistas y los periódicos tras el juicio de su padre, la única manera de limpiar definitivamente el nombre de su familia era llevando a Hermione a aquella fiesta y demostrarle al mundo entero que los Malfoy podían ser tan honorables como para mezclarse con una heroína nacional. Aquella aparición callaría muchas bocas.

Draco dio un sorbo a su copa de champán y sonrió. Lo cierto era que cada vez le daba más igual lo que pensaran los demás. Solo pretendía demostrarle a su padre que podía sentirse orgulloso de él, que era digno de su apellido. Así que lo que aquellos fracasados opinaran de su relación con la Sangre Sucia le daba exactamente igual, pero eso no iba a admitírselo jamás a ella.

La primera en acercarse a saludarlos fue Astoria Greengrass. Lo hizo acompañada del anfitrión, Blaise Zabini, que permaneció en todo momento unos centímetros por detrás de ella, con cara de pocos amigos. Draco hizo una genuflexión y saludó a Astoria con un beso en la mano.

-La señorita Greengrass, tan guapa como siempre –dijo, con su tono más adulador. Astoria se ruborizó levemente-. Permíteme que te presente a mi esposa, Hermione Gran… Malfoy –se corrigió.

Hermione dio un paso al frente y estrechó la mano de Astoria, que estaba fría como la nieve.

-Nos conocemos –aseguró sin emoción alguna la Slytherin-, aunque hacía muchos años. Ciertamente, nunca imaginé que nos veríamos de nuevo.

Draco sonrió ante el comentario. Astoria podía ser más punzante que el cuchillo mejor afilado y no desaprovechó la ocasión para demostrar su rechazo a Hermione, tal y como él había esperado.

Blaise Zabini chasqueó los dedos e inmediatamente un batallón de elfos domésticos acudió a su llamada.

-Pedid lo que queráis. Estáis en vuestra casa –les dijo, antes de desaparecer y llevarse a Astoria del brazo, para saludar a otros invitados que acababan de llegar.

Hermione analizó a Astoria Greengrass desde la distancia. Se trataba de una mujer de una despampanante belleza clásica, pero resultaba demasiado estirada y terriblemente fría para el tipo de persona con el que solía relacionarse Hermione.

-Hum, es mona… -admitió.

-Granger, creía haberte dicho que no eres su tipo. De verdad, no insistas –se burló Draco, casi por primera vez en todo el día.

Hermione rodó los ojos e intentó contener una sonrisa, feliz de que las cosas volvieran a ser como antes. Por un momento había pensado que no volvería a tener la atención de Draco. Se alegró de que no fuera así.

El Slytherin se distrajo unos minutos hablando con un grupo de personas que Hermione solo conocía de oidas. Él trató de hacerla partícipe de la conversación, pero no pudo evitar mostrar su falta de interés cuando empezaron a hablar de la guerra. Para ella ese era un tema zanjado, que procuraba no recordar, sobre todo en un salón repleto de exmortífagos que estarían encantados de hacerle pagar por todos los males que habían sufrido sus familias tras la desaparición de Voldemort.

Hermione prefirió dar buena cuenta de los canapés que cada pocos segundos aparecían en la mesa, cada uno de diferentes y exquisitos sabores. Se dijo a sí misma que sería preferible que dejara de comer antes de que le estallara aquel vestido en el que se había embutido.

Una o dos veces observó que Malfoy la miraba y le dedicaba una sonrisa, y entonces notaba como se expandía en su interior una agradable y placentera sensación de calor que recorría su cuerpo hasta ruborizarle las mejillas. Draco estaba irresistiblemente guapo aquella noche y Hermione se sentía incapaz de apartar la vista de él. Cada pocos segundos sus miradas se encontraban y cuando lo hacían, era como si en su interior estallara una pequeña lluvia de fuegos artificiales.

Hermione estaba furiosa consigo misma, sobre todo por las reacciones físicas que Malfoy le hacía sentir. Hacía días que se había rendido al hormigueo que la sonrisa de Draco le provocaba en la boca de su estómago, pero la fascinación que despertaban en ella los perfilados labios del Slytherin era algo totalmente diferente. Malfoy acababa de mojarse el labio inferior con la lengua y casi se había vuelto absolutamente loca con un movimiento tan sencillo como aquél. Hermione se negaba a admitir que pudiera sentirse remotamente atraida por Draco Malfoy. Por él, entre todas las personas.

Dio un generoso trago a su copa de vino y la dejó en una de las bandejas que transportaban los elfos domésticos.

Decidida a permanecer en control, se recordó a sí misma que aquello era solamente un trato, parte de un plan bien orquestado como todos los que diseñaba Malfoy. Él estaba encantador porque aquella noche tocaba estar encantador. Dudaba que tuviera que ver con el hecho de que hubiera cambiado o que empezara a respetarla como bruja y como persona, aunque a veces él bajara la guardia y ya no sabía qué pensar.

Decidida a no dejarse engañar por el teatro que ambos estaban poniendo en escena aquella noche, Hermione desvió la vista hacia otro lado, hacia la multitud que había en el otro extremo de la sala, en donde la gente reía, bebía, comía y parecía estar charlando de temas mucho más agradables que la guerra. Se fijó en un grupo de hombres altos y fuertes, entre los que destacaba sobre todo aquel muchacho de espaldas anchas y pelo negro ligeramente ensortijado en la nuca. Había algo familiar en él…. Si no fuera porque era imposible estaba casi segura de que se trataba de…

-¿Viktor?

El muchacho abrió los ojos con sorpresa nada más verla y caminó en su dirección. Se saludaron con un cariñoso abrazo.

-¡Viktor!

-¡Herrrmione!

-¿Cómo no me dijiste que venías a esta fiesta?

-¡Porrque no lo sabía! El entrrrenadorr lo decidió esta mañana. Zabini y Astorrria insistieron mucho en que viniéramos.

Por supuesto. No todos los días se tiene a estrellas de quidditch en casa. Los padres de Zabini habían sido unos clasistas. No resultaba ninguna sorpresa que su hijo se desviviera por tener a lo más granado de la sociedad en su fiesta.

Hermione estaba encantada de tener por fin alguien con quién hablar. Krum insistió en presentarla a los otros jugadores de su equipo y ella aceptó encantada. Le siguió hasta la otra punta del salón, aunque sin perder de vista a Draco, que parecía demasiado ensimismado en su conversación para notar su ausencia.

-¿Has venido sola? –le preguntó, ofreciéndole una copa de vino.

-No, he venido con Draco.

Krum arrugó el entrecejo.

-Como amigos –puntualizó Hermione-. Hacía tiempo que le prometí que le acompañaría, y no podía faltar a mi palabra.

¿Qué estaba haciendo? ¿Acaso le interesaba ligar de verdad con Viktor Krum? La noche que habían quedado había sido estupenda, pero ella no había permitido que ocurriera nada. ¿Estaba cambiando ahora de opinión?

-¿Y qué harrás después? ¿Te apetece darr una vuelta? –sugirió Krum mientras la rodeaba por la cintura, atrayéndola ligeramente hacia él.

Hermione se ruborizó. Si tenía alguna duda del interés del búlgaro por tener algo más que una platónica relación de amistad, ahora todas esas dudas quedaron disipadas. Hermione dio un generoso sorbo a su copa de vino y la cercanía del muchacho le ayudó a darse cuenta de que en realidad no quería involucrarse románticamente con él.

Su abrazo le estaba haciendo sentir incómoda, y que cada vez la atrajera más hacia él tampoco ayudaba. Hermione buscó con la mirada a Draco, pero no le vio. Enfadada, supuso que el Slytherin seguramente habría aprovechado su ausencia para irse con la pubertosa hija de algún exmortífago para seducirla en cualquier rincón oscuro. Un familiar sentimiento de celos se apoderó inmediatamente de ella, aunque pronto quedó mezclado con la rabia que le provocaba que Draco la hubiera dejado sola en la fiesta. Habían hecho un trato. De cara a la galería, aquella noche eran una feliz pareja. En su opinión, "pareja feliz" era un término incompatible con seducir a otra mujer en su ausencia.

-¿Ocurrrre algo? –preguntó Krum al advertir la cara demudada de Hermione. Su brazo todavía rodeaba firmemente su cintura.

Ella iba a contestar que sí, que ocurrían muchas cosas, pero que la peor de todas era que su marido la había dejado tirada en la fiesta, cuando sintió aquel cosquilleo en su oreja y una voz que conocía perfectamente bien, diciéndole:

-Creía que teníamos un trato, sabelotodo.

Nunca la palabra "sabelotodo" le había resultado tan erótica.

Nada más girarse se encontró con Malfoy, a escasos centímetros de ella. Estaba tan cerca que Hermione podía sentir su pesada respiración y el pecho del Slytherin subiendo y bajando con enfado. Draco le dedicó una mirada furiosa a Krum, que rápidamente captó la indirecta. El búlgaro aflojó el abrazo, se despidió de Hermione y regresó con el grupo para dejarlos a solas.

-Y tenemos un trato –protestó Hermione-. Pero no creo que lo esté rompiendo por estar hablando con un amigo.

-¡Ja! ¿Un amigo? Si todos mis amigos me miraran así, tendría que suicidarme.

-Eso es porque tus únicos amigos son Crabbe y Goyle. Yo también me suicidaría si ellos me miraran así.

-Muy graciosa, Granger. Lo único que digo es yo no tengo citas con mis amigos.

-Y yo tampoco, Malfoy.

-Entonces, ¿qué fue lo del otro día? Porque no me dirás que quedaste con Krum para echar una partida de Quidditch.

Hermione se detuvo un momento, el tiempo justo para calmarse y analizar lo que él acababa de decir. Frunció el ceño, extrañada de no haberse dado cuenta antes.

-¿Estás celoso?

-Oh, por favor, Sangre Sucia, recuerda con quién estás hablando.

-¡Estás celoso! –repitió ella, esta vez con una radiante sonrisa.

-¿Pero tú has visto cómo te miraba? –insistió Malfoy, tratando desesperadamente de llevar el tema a su terreno.

-No, ¿cómo me miraba?

-Pues te miraba como… te miraba…

Draco se detuvo porque había estado a punto de decir como te miro yo, y claramente eso significaba que había bebido demasiado. De lo contrario, no tendría tentaciones de decir algo tan absurdo. Pero eso no le impidió agarrar otra copa de vino de una de las bandejas con las que paseaban los elfos domésticos y bebérsela de un trago.

Hermione esperó su contestación con impaciencia, con las manos apoyadas en la cintura.

-Y bien, dime, ¿cómo me miraba?

-¡Con deseo! –se exasperó Draco.

Si la noche continuaba por aquellos derroteros, tenía toda la intención de emborracharse. Tuvo que hacer el esfuerzo de recordarse a sí mismo que disponía de un certificado matrimonial que constataba que beber no era la mejor de las ideas cuando se encontraba en compañía de Hermione Granger.

-Vaya, esto es nuevo –ironizó la Gryffindor-. Pensaba que tenía la sangre demasiado sucia para que alguien pudiera mirarme así. Y el trasero demasiado gordo. Y por lo visto también tengo un problema genético que me impide concebir hijos de manera adecuada. ¿Se me olvida algo?

-Sí, se te olvida que todavía usas bragas que descatalogaron en la época de los dinosaurios.

Hermione rodó los ojos. -Eres insoportable. Me voy a casa.

Pero Draco inmediatamente dejó su copa sobre la mesa y la agarró con rapidez de la mano para impedirle que se marchara. Ella le miró con el ceño fruncido. Estaba todavía enfadada pero los preciosos ojos azules de Malfoy le dedicaron una mirada tan tierna, que fue incapaz de moverse.

-Vamos, Granger, sabes que eres preciosa. ¿De veras necesitas que yo te lo diga para creértelo?

Las mejillas de Hermione se encendieron inmediatamente. Guardó silencio unos segundos, convencida de que Draco contraatacaría con algún comentario socarrón de los suyos, pero no lo hizo. Y por la forma en que la estaba mirando, supo que Malfoy no bromeaba. Sus pupilas estaban más dilatadas que de costumbre, seguramente debido a las copas de vino que había bebido, y la miró con tanta intensidad que Hermione movió los labios con desconcierto, pero fue incapaz de contestar. Con la boca partida en dos, como si intentara tomar una amplia bocanada de aire, sus ojos viajaran sin querer hacia los labios de Malfoy, todavía humedecidos por el último sorbo que le había dado a su copa de vino. Listos para ser devorados.

Ninguno de los dos se dio cuenta, pero la orquesta había empezado a tocar y como estaban en el centro del salón varias parejas habían empezado a rodearles.

-¿Bailas?

Si él no se hubiera disculpado con aquel piropo, Hermione habría estado demasiado enfadada para decir que sí. Pero ahora se sentía completamente rendida y los ojos de Draco mirándole de aquella manera no le permitieron dudar ni un minuto. Aceptó la mano extendida del Slytherin y sus brazos se colocaron casi de manera automática sobre sus hombros. Se sentía tan natural que tuvo que recordarse a sí misma que todo aquello no era más que una farsa, un plan para impresionar a la comunidad mágica y probablemente para incomodar a la exnovia de Draco.

Sus cuerpos comenzaron a moverse al ritmo de la música. Hermione sentía flotar sus pies y en pocos segundos fue como si la presencia de Malfoy la absorbiera por completo. A su alrededor ya no había nadie. Ni orquesta ni elfos domésticos ni parejas bailando al compás de la música. Todo se había esfumado para dejar paso a los brazos del Slytherin, que rodeó con determinación su cintura, como si ella pudiera caerse si él dejaba de sujetarla.

Hermione bajó su mano izquierda y la dejó reposar sobre el pecho de Malfoy, mientras con la derecha las puntas de sus dedos acariciaban ligeramente la parte de atrás de su cuello; podía sentir la suavidad de su camisa de hilo y su corazón latiendo acompasadamente bajo el tejido. Bailaron con naturalidad, meciendo sus caderas de un lado a otro como los barcos acunados por las olas, casi sin enterarse de qué canción estaban tocando. En aquel momento eran solo ellos dos, daba igual que estuvieran en una fiesta rodeados de exmortífagos y de personas que lo último que deseaban era verles juntos.

Cuando Draco la atrajo gentilmente hacia él y provocó que sus cuerpos estuvieran todavía más cerca, Hermione contuvo a duras penas el suspiro que nació directamente en su pecho. Su corazón empezó a latir con fuerza y de repente fue muy consciente de que la boca de Malfoy estaba a apenas unos centímetros de distancia. Se encontraba tan cerca de Draco que a él le baría con inclinarse un par de centímetros para que sus labios se encontraran.

Los ojos de Malfoy no se habían separado de sus labios desde que habían empezado a bailar, y Hermione necesitó reunir toda su fuerza de voluntad para contener aquel irrefrenable deseo de besarle.

Quería besarle, quería besarle con todas sus fuerzas, y si él seguía mirándola de aquella manera no estaba segura de poder controlarse. Cuando Draco bajó la mano hasta el final de su espalda, Hermione sintió que sus talones empezaron a separarse del suelo sin su consentimiento. Por la forma en la que él la estaba mirando… los ojos entrecerrados, los labios partidos en dos, la lengua humedeciendo inconscientemente su labio inferior… Hermione supo que Draco no tardaría mucho en besarla si ella no lo hacía primero. Cerró los ojos dispuesta a dejarse llevar por el momento, pero justo cuando él se inclinó para reducir la escasa distancia que los separaba, los interrumpió un elfo doméstico.

—¿Les apetece un canapé?

Draco desvió inmediatamente la mirada, confundido con lo que acababa de ocurrir. Sacudió la cabeza con desconcierto, todavía con aquel nudo en la garganta producto del nerviosismo que sentía. Sin mirarla directamente, comprobó que Hermione se había ruborizado y se preguntaba ahora si sus mejillas estarían tan rojas como las de ella.

Contrólate, Malfoy.

Vale que se trataba de la sabelotodo, vale que aquella noche estaba tan sugestiva que tendría que haber estado ciego o ser muy tonto para no sentir deseos de besarla, pero no necesitaba saber también que él la consideraba guapa, inteligente, agradable y sexy. Porque aquello era una nimiedad, ¿verdad? Un simple capricho producto del alcohol y de la falta de sexo a la que se había visto sometido aquellas semanas por culpa de la maldita Sangre Sucia. En apenas unos días, volvería a ser libre y todo aquel sinsentido dejaría de existir.

Solo por llenar el incómodo silencio que se estaba formando entre ellos, Hermione aceptó uno de los canapés que le ofrecía el elfo doméstico. Y luego empezó a mostrar una extraña fascinación por las baldosas del suelo. No sabía qué decir ni cómo explicar lo que había ocurrido o el rubor que sentía ahora mismo en las mejillas. Había estado a punto de besar a Malfoy. Pero eso no era lo peor. Lo más preocupante era que, a pesar de todo, seguía queriendo besarle. Mirar fijamente las baldosas del suelo era lo único que podía salvarla en ese momento.

Entonces se acercó a ellos Pansy Parkinson.

Hermione jamás creyó que se alegraría tanto de verla.

-¿No vas a presentarme a tu esposa, Draco?

-Como si no os conocierais...

-Sí, nos conocemos –terció Hermione-, pero hay veces en que es mejor empezar de cero. Hola, soy Hermione, encantada de conocerte –bromeó, estrechando la mano de Pansy Parkinson. Ésta hizo una mueca con la boca que se convirtió casi en una sonrisa.

-El gusto es mío, Granger. ¿O a partir de ahora debería llamarte señora Malfoy? –se burló.

-Como prefieras. Aunque creo que de todos modos conservaré mi apellido de soltera.

-¿Lo harás? –se sorprendió Draco.

-En eso habíamos quedado, ¿no?

Y los dos se enzarzaron en una nueva discusión sobre el apellido de soltera de Hermione. Aburrida con la pelea, Pansy Parkinson desapareció por donde había venido.

Cuando se fueron de la fiesta, Draco seguía dándole vueltas al asunto. Hermione trató de explicarle que ahora su apellido era tan importante como el suyo, pero Draco se negaba a consentir que "el linaje de la familia Malfoy se perdiera en manos del exagerado feminismo de su esposa".

De ello estaban hablando cuando se encontraron con un grupo de hombres en la puerta del castillo. Eran todos altos y fornidos, y a Hermione no le costó demasiado esfuerzo darse cuenta de que se trataba de los compañeros de equipo de Krum. Hermione estiró la cabeza para ver si conseguía ver a Viktor. Delante de Malofy no le apetecía demasiado hablar con él, pero le parecía de buena educación despedirse. De todas formas, Krum no estaba en el grupo, así que ella y Malfoy les desearon buenas noches educadamente y los pasaron de largo.

-¿Quiénes son? –preguntó uno de los jugadores.

-Él es uno de los exmortífagos de Voldemort. Y ella es la zorra que ha estado calentando a Krum desde que llegamos. La muy puta… -le contestó otro.

Hermione no escuchó ninguno de estos comentarios. Estaba demasiado enzarzada, retomando la conversación sobre los apellidos, y pendiente solo de sus propias palabras. Pero Draco los oyó perfectamente, y no le gustó nada lo que había escuchado. Extrañada, Hermione se detuvo, aunque apenas le dio tiempo para comprobar la cara de asesino de Malfoy, justo antes de que saliera despedido hacia el grupo de jugadores y agarrara a uno de ellos por el cuello. El jugador de Quidditch era considerablemente más alto que Malfoy, y sin embargo, parecía haber encogido varios centímetros al vérselas cara a cara con el exmortífago.

-Repite lo que acabas de decir si tienes agallas –le exhortó Malfoy, aplastándole la cara contra la verja de hierro que cerraba la propiedad.

-Vamos, colega, tranquilízate, tampoco es para tanto. ¡Harrison solo estaba de coña! –dijo otro de los jugadores, intentando meterse en la discusión. El muchacho trató de dar un paso al frente, pero Malfoy le dedicó una mirada de odio tan intensa que en seguida se lo pensó dos veces.

-¿Qué ha pasado? ¡Malfoy, para, que lo vas a ahogar! -. Hermione acababa de acercarse al lugar donde estaba Draco. La cara del jugador de Quidditch estaba adquiriendo un tono púrpura muy preocupante.

-Este saco de pulgas te ha llamado puta –le informó el Slytherin, aflojando un poco el apretón-. Pero se lo ha pensado mejor y estaba a punto de disculparse, ¿verdad?

El jugador asintió rápidamente con la cabeza.

-Dile a la señora lo mucho que lo sientes -. Malfoy apretó su varita contra el cuello del jugador.

-Lo siento, lo siento muchísimo –dijo, casi al borde de las lágrimas.

Hermione estaba claramente impresionada. Por un lado, no podía creer que Malfoy la estuviera defendiendo de aquella manera. Por el otro, resultaba patético ver a un hombretón de casi dos metros sometido de aquella manera.

-Malfoy, no hace falta que… -intentó decir.

-Sssssshhhh, ya le has oido. Lo siente muchísimo y no lo va a volver a hacer nunca más, ¿verdad? –el jugador negó con la cabeza.

-¡Jamás, no volveré a hacerlo nunca, lo prometo! –tembló.

Malfoy se inclinó para susurrarle algo al oido, le dio un empujón hasta que la espalda del jugador chocó contra la verja y le hizo una señal a Hermione para que se fueran. La Gryffindor dudó unos instantes, abrumada por lo que acababa de suceder, pero al final no opuso reparo y caminó en silencio, al lado de Malfoy.

Permanecieron callados varias manzanas. Ella demasiado en shock para decir nada, él demasiado preocupado por las reacciones que tenía últimamente en torno a la Sangre Sucia. Solo cuando estaban ya en el barrio en donde se ubicaba la Mansión Malfoy, Hermione se atrevió a hacerle aquella pregunta.

-¿Qué le dijiste al oido? –le dijo.

-Que si quería conservar sus partes pudientes, en el futuro se cuidaría mucho de llamar zorra a mi esposa.

-Ya –titubeó Hermione, impresionada-. Supongo que te debo una. Gracias.

-Sangre Sucia, no lo hice por ti –le explicó Malfoy-, lo hice por mí. Nadie llama puta a mi esposa… aunque seas tú.

-Aún así –insistió Hermione-, gracias.

Se encogió un poco a causa del frío, a pesar de que Malfoy le había prestado su chaqueta al ver que estaba temblando. Al principio, ella la había aceptado con recelo, temerosa de que estuviera encantada o que aquel gesto tan caballeroso escondiera algún tipo de trampa. Pero ya estaban en la casa y no había sucedido nada. Hermione estaba francamente sorprendida.

Malfoy abrió la puerta y vieron que el escuadrón de elfos domésticos les estaba esperando, alineados todos en formación, en el vestíbulo de entrada. Draco les saludó con la cabeza y Hermione les dio las buenas noches muy educadamente. Era como tener una comuna élfica en casa.

Caminaron juntos hacia las escaleras, pero al intentar subir el primer escalón, sus hombros chocaron por intentar subir a la vez. Como consecuencia, los dos trastabillaron y dieron con sus posaderas en el suelo, tal y como lo habían hecho en el sueño de Hermione.

Draco miró el techo y no pudo reprimir la sonrisa irónica que se formó en sus labios. -¿Sabes, sabelotodo? Cuando bebes no eres tan aburrida.

-Y tú cuando bebes no tienes el ego tan grande.

-Oh, no, créeme: mi ego sigue siendo igual de grande. ¿Quieres verlo?

Hermione le golpeó el pecho cariñosamente. Todavía ninguno se había levantado del suelo. Estaban hombro con hombro y Hermione podía sentir juguetonas cosquillas en donde sus cuerpos se pegaban, pero lo atribuyó al momento de la noche y siguió con los ojos firmemente clavados en el techo. Draco se puso de lado y ella sintió su respiración, cálida, haciéndole cosquillas en la mejilla. A lo mejor eran imaginaciones suyas, pero cada vez sentía su aliento más cerca, como si Draco se estuviera acercando a ella.

-¿Sabes? –dijo Hermione, tratando de que la conversación le hiciera olvidar la cercanía de Malfoy y el nerviosismo que esto le producía-. En mi sueño estábamos así la noche del Aniversario. Y tú me proponías que nos tomáramos otra copa.

-¿En tu sueño? –preguntó él, intentando esconder la nota de pánico que se había apoderado de su voz.

Hermione suspiró. -Tengo sueños recurrentes sobre aquella noche. Es el mismo sueño, pero no se repite, solo continúa.

-Bah, serán imaginaciones tuyas –dijo Draco para restarle importancia. Se había incorporado y parecía bastante agitado-. Es imposible que tengas un sueño por episodios. ¡No hay ningún hechizo para eso!

Malfoy se arrepintió en seguida de haber dicho esto. Sabía que había sido un error muy grave, que pondría a Hermione sobre una pista muy importante. Aunque esperaba, de corazón, que el alcohol no le hiciera procesar la información con la rapidez con la que lo hacía habitualmente. Por supuesto, fue una esperanza inútil.

-¡Un hechizo! ¡Claro! ¿Cómo no lo habré pensado antes? –dijo ella, poniéndose en pie con excitación y dirigiéndose escaleras arriba hacia su habitación.

-¡Oye, Granger!

-¿Qué?

-Quiero dejar claro que lo de hoy no significa que seamos amigos.

Hermione sonrió desde lo alto de la escalera.

-¡Por supuesto que no! ¿Por quién me has tomado?

Él le correspondió la sonrisa. Inmediatamente, Hermione desapareció tras la puerta de su habitación, aunque sabía que iba a ser incapaz de dormir correctamente hasta que encontrara aquel hechizo.

Draco escuchó la puerta cerrarse de golpe. Después de todo, lo había pasado bien con la Sangre Sucia, incluso después de aquel patético intento del pulgoso de Krum. ¿Quién se habría creido?

Draco no tenía sueño, así que puso rumbo a su estudio, en donde pretendía encontrar una explicación al hecho de que hubiese estado a punto de besar a la sabelotodo. ¿En qué estaría pensando? Aquellos días le costaba reconocerse a sí mismo, pensó meneando la cabeza con desconcierto, aunque recordando con claridad la mirada que tenía Hermione justo antes de que el elfo les interrumpiera. Ella tampoco se había opuesto en ningún momento. Draco estaba casi seguro de haber visto tanto deseo en ella como el que había sentido él, pero no sabía hasta qué punto aquello formaba parte del trato que habían hecho. No sabía por qué, pero pensar que ella estaba fingiendo le hacía sentir terriblemente miserable.

Agarró el pomo de la puerta de su despacho, con este pensamiento cayendo con fuerza sobre sus espaldas, y entonces se escuchó el sonido de una puerta abriéndose en el piso superior. Draco se detuvo de inmediato. Su corazón empezó a golpear con fuerza contra su pecho.

-¡Malfoy, tu chaqueta!

Miró hacia arriba y sus ojos se iluminaron al ver a Hermione, sonriéndole. Todavía llevaba puesta su chaqueta, que era varias tallas más grande que ella. Estaba descalza y el hecho de que sus manos se hubieran perdido en algún lugar de las inmensas mangas le daban un aire tan desvalido que Draco no pudo evitar notar lo adorable que estaba.

Malfoy subió todos los peldaños en apenas unos segundos y ahora estaban uno frente a otro, quizá un poco más cerca de lo que acostumbraban estar. La cercanía de Draco le hizo recordar el momento en la fiesta, cuando había estado a punto de besarle, y Hermione carraspeó para intentar aflojar el nudo que sentía en la garganta. Sintió que las palabras se le atascaban.

-Se me ha olvidado devolvértela, perdona –consiguió decir finalmente.

-Podías habérmela devuelto mañana –replicó él, también con timidez, sus ojos evitando mirarla directamente. Aquello era algo nuevo para Draco. ¿Cuántas veces había estado en una situación como aquélla? Cientos de veces. ¡Miles de veces! Y nunca, nunca, se había sentido incapaz de mirar a la chica.

Pero ahora era diferente. Se trataba de la Sangre Sucia… Era la sabelotodo… La maldita sabelotodo, que seguía oliendo jodidamente bien, y estaba descalza, y llevaba aquel vestido de color champán que hacía juego con sus ojos de color avellana y le sentaba… oh, qué bien le sentaba, y el viento había enmarañado su pelo de una manera muy graciosa, casi adorable, y ahora que estaba sin tacones, él era infinitamente más alto que ella, tenía que mirar hacia abajo y le daban ganas de rodearla con sus fuertes brazos y abrazarla toda la noche hasta que se quedara dormida.

-Ya, pero quería dártela, que luego me acusas de ladrona –dijo Hermione, riéndose con su dentadura blanca y aquellos labios húmedos que había estado a punto de besar unos minutos antes.

Draco se sintió atrapado. Más atrapado que cuando su madre le dijo que se tenía que casar con Astoria Greengrass, por el bien de su familia. Más que cuando mataron a Voldemort y supo que a él y a todos sus seres queridos les esperaban los años más oscuros de todos. Se sentía un prisionero de la Sangre Sucia, como si pudiera sentir el líquido rojo correr por las venas de Hermione y él fuera un vampiro sediento.

Sintió su corazón latiendo fuertemente en algún lugar de su pecho y rezó para que ella no pudiera escucharlo. Las rodillas habían dejado de ser hueso, se habían convertido en gelatina, pero con un poco de suerte, Hermione no lo notaría.

Ella empezó a quitarse la chaqueta y todo sucedió lentamente. Draco la rodeó hasta quedar a sus espaldas, para ayudarle a quitársela. Fue un gesto inocente, caballeroso, y él de veras pensaba que todavía estaba a salvo. Le quitaría la chaqueta, se daría media vuelta y eso sería todo. Se iría a dormir y olvidaría que aquella noche la sabelotodo le había intoxicado con sus encantos.

Pero entonces Hermione se giró, y Draco solo recuerda que estaban muy cerca. Tan cerca que al principio no fue consciente de que ella le había agarrado la muñeca y luego la mano, lo que provocó que la chaqueta cayera al suelo, sin que a ninguno le importara realmente.

-Oye –le dijo, con su mano todavía en la suya-, ya sé que no lo has hecho por mí y todo lo demás, pero lo de antes ha sido… Simplemente, gracias.

Draco quería responder, pero no sabía qué decir. Podía haber dicho "no hay de qué", porque era verdad que lo había hecho por ella, o sacar fuerzas de flaqueza para insultarla una enésima vez, pero ya nada sonaba real. Cualquier insulto sonaba ahora a teatro de feria, a farsa, porque hacía ya tiempo que no le sentaba bien insultar a la sabelotodo. Además, estaba demasiado ocupado pensando en la mano de Hermione, que seguía sujetando la suya, sin ningún motivo, al parecer únicamente porque se sentía muy bien así. Se sentía perfecta así.

Hermione le sonrió para hacerle ver que no tenía por qué decir nada, y le miró como si tampoco quisiera que aquella noche acabara allí. Quizá no tuviera que acabar, pensó Draco, a lo mejor podía… tirar suavemente de la mano de Hermione hasta que quedó tan cerca de él que no tuvo más remedio que apoyar las manos en su pecho. Draco la miró para comprobar que estaba bien, quería ver en sus propios ojos que esta vez no había ni un leve rastro de miedo por encontrarse tan cerca de él, en sus brazos. Comprendió entonces que de lo único que Hermione tenía miedo era de sí misma y se sintió satisfecho de ver que también compartían aquello.

Iba a besarla.

Iba a besarla sin ningún motivo y con todos los motivos del mundo. Iba a besarla porque si no lo hacía al menos una vez en la vida, no sería capaz de vivir tranquilo.

Se inclinó hacia ella lentamente. Hermione había cerrado los ojos y su corazón latía ahora casi tan fuerte como el suyo. Solo un poco más, unos centímetros más y por fin sabría qué se sentía al besar a la Sangre Sucia.

-Señor Malfoy, esta tarde una lechuza ha traido esto. Hokey le recuerda que el amo le pidió que se la entregara cuanto antes.

Draco interrumpió el beso, y se apartó de Hermione, sobresaltado.

Su maldito elfo doméstico, Hokey, se encontraba al lado de ellos, sosteniendo una carta en sus manos. Hermione percibió el gesto de reproche en la criatura y no pudo evitar ruborizarse. Aprovechó que Draco estaba distraido abriendo la carta para pasarse las manos por la cara y recomponer un poco su peinado. ¿Qué acababa de pasar? ¿Había estado a punto de besar a Malfoy? ¿Había estado a punto de querer besar a Malfoy como nunca había querido besar antes a nadie? Hermione estaba muy confundida, pero no era el momento para pensarlo. Aquello parecía importante. Se esforzó para olvidar cuanto antes lo que acababa de suceder y miró a Draco para comprobar de qué se trataba.

-¿Malas noticias? –preguntó.

La mirada de Malfoy se oscureció, y a Hermione le pareció notar que sus hombros se hundían ligeramente. Hubo unos tensos momentos de silencio que el elfo doméstico aprovechó para retirarse. Finalmente, el Slytherin recobró el habla.

-Es del Ministerio. Han aceptado nuestra solicitud de divorcio –dijo, tendiéndole la carta.

Hermione la leyó con atención, pero con cada palabra que leía se iba sintiendo más y más miserable. Por alguna razón completamente ajena a su entendimiento se sintió absolutamente incapaz de alegrarse. Aquello era el final. Significaba que tenía que hacer las maletas. Releyó su contenido varias veces con el objetivo de hacer un poco de tiempo y poner sus pensamientos en orden, pero fue en vano. Estaba hecha un lío.

-Enhorabuena –le dijo Malfoy, aunque con un tono demasiado triste para que sonara real. Él también tendría que estar dando saltos de alegría, pensó Hermione. Los dos tendrían que estarlo.

-Malfoy…

No tenía muy claro qué era lo que quería decirle, pero de repente Hermione sintió la imperiosa necesidad de hablarlo con él, de compartir con él lo que había estado sintiendo. Sin embargo, Draco no parecía sentirse de la misma manera.

-Creo que me voy a ir a la cama –la interrumpió, incapaz de mirarla a los ojos-. Ha sido un día muy largo.

-Sí, creo que yo también lo haré –afirmó ella, doblando la carta en varios pliegues y caminando con lentitud hacia su habitación, apenas a unos pasos de distancia.

Se dieron las buenas noches en el pasillo, Draco en la entrada de su puerta, Hermione en la entrada de la suya. Les separaban apenas unos metros, pero había como una muralla invisible que los mantenía a cada uno en un extremo.

Hermione fue la primera en entrar en su cuarto. Lo hizo lentamente, con la mirada fija en el suelo. Después recostó la espalda contra la puerta, tratando de descifrar qué era aquel nudo que sentía en la garganta, aquel agujero que se había instalado en algún lugar de su pecho. Suspiró, intentando reprimir las lágrimas que ya asomaban a sus ojos.

¿Y si…?

No.

Pero aquello era imposible, ¿no?


NdA: simplemente… FELIZ NAVIDAD :)

Love Always: hola otra vez! En teoría (solo en teoría) son 19 capítulos. Lo que ocurre, y para ser francos, es que no me gusta el final y suelo ser muuuuy quisquillosa con los finales. Como no me guste… tenemos un problema xD Así que estoy esperando a darle una vuelta para tenerlo listo. Total, que a lo mejor se alarga un capítulo más y acaban siendo 20, pero no lo creo. Ya veremos.

Emma Felton: gracias! En el siguiente capítulo prometo que habrá sueño de Hermione ;)

Nikki: eso es que has leido poquitos, porque hay fics muy muy buenos por ahí! Aunque muchas gracias por el piropo! Me hace especial ilusión que os guste cómo está escrito.

Luna-Maga: Draco tira la piedra y luego esconde la mano xD A ver si el chiquillo se nos envalentona un poco en los próximos capis jeje

Norma: la fase negación-aceptación suele ser de mis favoritas en este tipo de historias, aunque ésta va a durar poquito por culpa de que es un fic más cómico que romántico, pero de todos modos he disfrutado escribiéndola. Siempre le he tenido mucha rabia al personaje de Lavender, no sé por qué. Supongo que sin querer me he tomado la revancha con ella en este fic xDDD

Mechame: Hola, Melisa, y bienvenida al fic! Gracias, gracias, gracias por haber salido de las "sombras" para dejarme tu opinión. No suelo pedir reviews porque ya se me ha pasado esa etapa, pero me agrada mucho que os comuniquéis conmigo y supongo que los reviews son la manera más fácil y rápida… así que genial. Un beso y me alegro de que te guste la historia.