Capítulo 18

-Granger VS Malfoy-

La cabeza de Ginny apareció en el hueco de la chimenea seguida por la de Harry.

-¡Nos acaban de dar las buenas noticias! –exclamó la pelirroja.

-¿Cómo no nos lo habías dicho antes? –protestó Harry, que había tenido que enterarse por sus contactos en el Ministerio de magia.

Hermione pestañeó un par de veces e intentó recobrar la compostura. Tenía la cara demudada y una expresión de profunda tristeza en los ojos, y lo último que deseaba ahora era que sus amigos notaran la súbita congoja que se había apoderado de ella. Sonrió y se acercó lentamente a la chimenea.

-En realidad, también acabo de enterarme.

-¿Y por qué estás tan decaida? ¡Deberías estarlo celebrando! –protestó Ginny.

-¡Sí! –exclamó Harry-. Oye, ¿esto significa que volverás con Ron, verdad?

Hermione se encogió de hombros. Aquella pregunta era la última que le apetecía contestar en aquel preciso momento –La verdad es que no lo sé –afirmó con sinceridad-. Tendremos que esperar.

-¡Ay, Harry, ya la estás agobiando! ¿No ves que la estás agobiando?

-Pero yo no…

-Deja en paz a la pobre Hermione, que ha tenido un par de semanas muy duras –insistió Ginny, dándole un golpe seco en la nuca al pobre de Harry-. Bueno, nos vamos y te dejamos descansar. ¿Quieres que vayamos a buscarte mañana?

-No, creo que iré sola hasta casa. Gracias.

-Como tú quieras. ¡Hasta mañana! –se despidió su amiga.

-¡Hasta mañana! –repitió Harry.

En seguida, las dos cabezas desaparecieron de la chimenea y Hermione no pudo evitar suspirar con cierto alivio. Caminó un par de pasos y se dejó caer sobre la cama, con la mirada perdida en el techo. Entonces frunció el ceño, extrañada.

Era la primera vez que reparaba en que el techo de su habitación estaba pintado con una horrible escena de elfos domésticos siendo torturados. Hermione sonrió para sí misma. Hasta en eso había pensado Malfoy con tal de hacerle pasar un mal rato. Solo que esta vez, en lugar de molestarle le pareció un gesto sumamente adorable.

Draco tampoco se encontraba demasiado bien en el interior de su habitación. La Sangre Sucia se iría al día siguiente. Eso significaba que él recuperaría su vida, su rutina. Y ahora era un hombre soltero, así que ya no tendría que dar incómodas explicaciones a nadie. Podía entrar y salir a la hora que quisiera. Podía ir a bares hasta las tantas de la madrugada o cortar las plantas del jardín sin ropa si así lo deseaba. Era un hombre libre. ¡Libre! Y sin embargo… sentía aquel pesar en el fondo de su pecho, como si alguien hubiera colocado allí un puñado de piedras que le estuvieran indigestando. Aporreó la almohada con el puño e intentó despejar su cabeza, dejarla vacía de pensamientos para conciliar el sueño.

La luz de la mañana se deslizó bajo las cortinas y Hermione supo que había llegado la hora. No consiguió pegar ojo en toda la noche, así que posponer la marcha era bastante absurdo. Se incorporó en la cama, y aguardó unos segundos, por si podía escuchar algún ruido. Malfoy Manor estaba en silencio. Probablemente, Draco todavía no estaba despierto.

Pensó que quizá fuera mejor así. Ya no había ninguna orden del Ministerio que la obligara permanecer en aquella casa. Podía irse y, sin embargo, era como si tuviera piedras en los zapatos. Un peso invisible la anclaba a aquella habitación, a aquella casa, a Draco.

Hermione tuvo que recopilar hasta el último miligramo de su voluntad para moverse. Recogió su maleta a pulso y cerró la puerta con sigilo para salir al pasillo en donde se encontraba la habitación de Malfoy. Dio un par de pasos inseguros, intentando que la madera del suelo no crujiera. Lo último que quería era enfrentarse a una incómoda despedida con él. Además, tampoco estaba segura de poder soportarlo. Al llegar a la altura de la puerta, Hermione la miró con ojos tristes, casi deseando que se abriera un agujerito muy pequeño que le permitiera observar lo que él estaba haciendo en su interior. Si hubiera existido, podría haber visto que Draco se encontraba justo al otro extremo, con la espalda apoyada en la puerta, la cabeza echada hacia atrás. Hacía varios minutos que estaba pendiente de todos los movimientos de Hermione. Cada paso que ella daba era como una saeta que se ensartara con saña en su corazón. Finalmente, escuchó sus pasos en las escaleras y la puerta de entrada cerrarse detrás de ella.

Draco, simplemente, suspiró.


La noticia no se publicó hasta varios días después. Pero esta vez no solo se hicieron eco de ella las revistas del corazón, sino también algunos de los periódicos más prestigiosos del mundo mágico. El Profeta dedicó varios números a interpretar el verdadero significado de esta ruptura para la comunidad mágica internacional. Algunos vieron en su ruptura la prueba final de que exmortífagos y héroes de guerra nunca podrían llegar a un entendimiento. Sin quererlo, el romance de Draco y Hermione se había convertido en un símbolo de paz para toda la sociedad mágica. Ahora, esa idea se tambaleaba.

A Draco y Hermione les perseguían los periodistas allá donde iban. Ella incluso se encontró con un fotógrafo esperándole en la ducha y tuvo que poner una denuncia para preservar su derecho a la intimidad. De todos modos, ninguno de los dos se prodigó en sus apariciones mediáticas. Más bien lo contrario. Se sabía poco o nada de ellos, y Hermione decidió hacer una vida discreta hasta que pasara la tormenta.

Ella intentó retomar inmediatamente su trabajo, pero se tuvo que enfrentar a incómodos episodios con compañeros que intentaban sonsacarle información para venderla a los periódicos. La presión era tanta que no tuvo más remedio que aceptar los consejos de los asesores del Ministro de Magia y pedir una baja laboral, que aprovechó para retomar el contacto con sus amigos, sobre todo con Ginny.

Aquella mañana se había acercado hasta su casa para comer con ella. Harry estaba de viaje y a Ginny no le gustaba comer sola, así que decidieron cocinar algo sencillo y pasar un rato agradable juntas.

Hermione intentó ayudarla con la comida, pero la pelirroja insistió en que se relajara mientras ella ponía un pollo al horno. Se sirvieron dos cervezas de mantequilla y Hermione le contó las últimas noticias de Krum. Ginny era todo oidos, sobre todo cuando se trataba de historias sobre guapos jugadores búlgaros de Quidditch. Esas eran sus favoritas.

-¿Recuerdas que te conté que me había mandado varias lechuzas pero que no me apetecía contestar ninguna?

Ginny asintió.

-Pues ayer me contactó por la red flu.

La pelirroja abrió los ojos. Krum tenía que estar muy desesperado para hacer algo así, se dijo a sí misma.

-¿Y qué le dijiste?

-Nada. Intenté ser sincera. Le dije que no me apetecía demasiado discutir el tema, que no estaba enfadada con él y que entendía que lo que dijeran sus compañeros de equipo no tenía por qué ser lo que él pensaba.

-¿Y él qué te dijo?

Hermione enrojeció un poco ante esta pregunta. Siempre le costaba hablar de temas personales, aunque la interlocutora fuera su mejor amiga.

-Me propuso que saliéramos juntos.

-¡Míralo! Y parecía tonto, el búlgaro. ¿Te lo estás pensando?

Hermione negó con la cabeza, ante la mirada de reproche de su amiga. –Ya lo sé. Ya sé que tengo que empezar a rehacer mi vida, pero todavía no estoy preparada para salir con nadie.

Lo que les llevó al siguiente tema de conversación que la pelirroja se había propuesto sacar aquel día. Aunque supiera la respuesta y en su fuero interno estuviera convencida de que no era la mejor de las ideas, se lo había prometido a su hermano y una promesa era una promesa. Además, Ginny se sentía en deuda con Ron. Aquello era lo mínimo que podía hacer, después de haberle electrocutado.

-Herms, ya sé que no quieres hablar de esto, pero… estoy preocupada por él.

Hermione se removió incómoda en su asiento. Realmente pensaba que aquel tema había quedado zanjado.

-¿Qué quieres que te diga, Gin? ¿Que me he olvidado de todo?

-Ya sabes que no –replicó su amiga - y también sabes que entiendo que estés enfadada con él. Se portó como un gilipollas. Pero no podéis estar así toda una vida…

-Quizá no toda una vida, pero por el momento te aseguro que estoy muy bien sola. Créeme que entiendo a Ron. Os entiendo a todos –insistió, recordando lo raras que se habían vuelto las noches con sus amigos, ahora que siempre faltaba alguien-. Solo… Supongo que necesito más tiempo.

Ginny hizo una mueca de tristeza. Todos habían intentado que se reconciliaran, sobre todo después de que Ron hubiera recobrado el juicio y admitiera que deseaba volver con ella. Sin embargo, Hermione estaba muy reacia a la idea. Ginny la conocía muy bien y sabía que no iba a ser fácil.

Además, la actitud de su amiga era muy extraña. Se encontraba distante y permanentemente triste, como si algo se hubiera roto en su interior. Al principio lo achacó a la ausencia de Ron. Llevaban tantos años juntos que tenía que ser muy duro para ella rehacer su vida de cero. Pero la pelirroja llevaba más de dos semanas observando a su amiga y cada vez tenía más claro que el motivo era algo muy diferente. Algo de lo que ella se negaba en redondo a hablar.

-También le pedí disculpas a Krum por lo que pasó –dijo Hermione, retomando el tema de su conversación con el búlgaro-. No entiendo que Draco se pusiera como un loco y casi pegara a uno de sus amigos.

Draco, pensó Ginny.

Ni siquiera Malfoy o retrasado mental o imbécil o minusválido o engreído.

No, no, no.

Simplemente, "Draco".

Ginny arqueó las cejas, sorprendida por la idea que la asaltó en ese momento. ¿Cómo no se le había pasado por la cabeza? ¿Cómo había podido estar tan ciega? Harry nunca había sido demasiado perceptivo y no esperaba que cambiara ahora. ¿Pero qué perdón tenía ella para no haberlo notado antes?

Sabía que tenía que hilar muy fino si quería ir por ese camino, así que se tomó su tiempo. Ginny se secó las manos en el delantal para fingir un desinterés que en realidad no sentía, antes de hacer aquella pregunta.

-¿Has vuelto a tener alguno de esos sueños? –le dijo sin mirar a Hermione a los ojos. Solo colocando distraidamente una de las sartenes en el armario-. Ya sabes, los de la noche del Aniversario.

Hermione negó con la cabeza, la tristeza entrando en su sistema.

El último sueño lo había tenido en Malfoy Manor. Desde entonces, no había sido capaz de recordar absolutamente nada. Lo había intentado con todas sus fuerzas, pero nada daba resultado. Ni los baños de agua caliente, ni la música relajante, ni el hecho de que cada noche, antes de meterse en la cama, se concentrara en pensar solamente en la fiesta. Se sabía de memoria cada una de las escenas que había soñado, pero el sueño nunca avanzaba.

Su única esperanza era encontrar el hechizo que estaba buscando, pero tampoco la búsqueda estaba dando los frutos esperados. Hermione tenía un permiso especial para utilizar la sección prohibida de la biblioteca de Hogwarts, el único sitio en el que podría encontrar una información tan delicada, pero ninguno de los cientos de libros que consultó había sido útil.

"¿Para qué sigues buscando? Ahora ya tienes el divorcio. ¿Qué más da si te hechizó o no? Todos sabemos de lo que es capaz Malfoy", le insistía Ginny. Y quizá su amiga tuviera razón. Harry tampoco entendía que se esforzara tanto en descubrir la verdad. Pero Hermione estaba segura de que había algo más, algo que Draco no le había contado.

Además, ellos no podían entenderlo.

Buscar aquel hechizo era lo único que le quedaba de él. Probablemente, lo único que seguía uniéndoles. Hacía apenas unos días que se había reconocido a sí misma lo mucho que lo echaba de menos y Hermione todavía se estaba acostumbrando a la idea.

Extrañaba la presencia del estúpido, petulante, egocéntrico, clasista, engreido y egoista de Draco Malfoy.

Ea, ya lo había dicho.

Se había acostumbrado a él. Se había acostumbrado a que tensara la cuerda de su paciencia hasta dar con límites de sí misma que la propia Hermione desconocía. Se había acostumbrado a que la abocara a hacer cosas que nunca pensó ser capaz de hacer. Se había acostumbrado a cosas tan futiles como buscar con la mirada el bol de su desayuno, siempre enfrente del suyo, el olor de perfume y las pantuflas gigantes que se ponía para estar por casa.

Cada minuto que pasaba con él era un desafío. Y a Hermione siempre le habían encantado los desafíos.

Lo echaba de menos.

Echaba de menos sus burlas, la manera en que a veces la miraba, entre extrañado, muerto de miedo y fascinado. Hasta echaba de menos sus apestosos y malolientes calcetines, que siempre dejaba colgados en el borde de la bañera, o que dejara la tapa del váter abierta cada vez que necesitaba aliviar su vejiga.

Echaba de menos tantas cosas que Hermione se estremecía al pensar en lo honda que era la huella que Draco había dejado en ella…

Se dijo a sí misma que sería una fase, un estado pasajero, como el secuestrado que sufre síndrome de Estocolmo cuando por fin se libra de su secuestrador. Eso se decía a sí misma Hermione. Entonces, ¿para qué preocuparse? Era solo cuestión de tiempo. Y, mientras tanto, esperaba que ninguno de sus amigos lo notase.

-¿Y Malfoy?

-¿Qué pasa con Malfoy? –dijo Hermione, dando un respingo.

Su voz sonó nerviosa, como si inmediatamente se pusiera a la defensiva. Ginny frunció el ceño para disimular lo contenta que estaba de haber dado con la nota correcta.

-Nada –replicó-, simplemente me preguntaba si habías sabido algo más de él.

Hermione bajó la vista y se miró las manos, que estaba retorciendo con nerviosismo. –No, qué va, no tengo ni idea. ¿Tú sí? ¿Le has visto?

Los ojos de Hermione brillaron con esperanza. Era de un color muy leve, pero aún así Ginny pudo notar el rubor, extendiéndose por las mejillas de su amiga.

La pelirroja negó con la cabeza, pero no le hizo falta mucho más para comprender. Aquello era todo lo que necesitaba. Ahora… bueno, ahora solo tenía que pensar cómo ir mentalizando a su hermano. También, cómo le diría a Harry que, después de todo, había una remota posibilidad de que los cuatrillizos asesinos dejaran de ser simplemente una pesadilla y se convirtieran en una realidad.

Cualquiera que fuera la reacción de ambos, Ginny tenía claro una cosa: las cosas estarían bien. Lo único que necesitaban eran tiempo. Se acercó a su amiga y acarició cariñosamente su melena intentando transmitirle exactamente este mensaje.


Tras aquella visita, Hermione regresó a la biblioteca de Hogwarts. Aunque a regañadientes, Madame Pince le había dado un permiso especial para visitarla siempre que quisiera, sin límites de horarios. Esa era una de las pocas ventajas de ser uno de los héroes de guerra.

Como todavía era temprano, hizo una parada técnica en el despacho de Neville, y lo encontró corrigiendo unos exámenes. Él ya se había acostumbrado a las visitas de Hermione, así que esta vez no se sorprendió al verla. Le hizo un gesto con la mano para que entrara y se pusiera cómoda.

-¿Y qué tal van las cosas por aquí? ¿Madame Pomfrey sigue tan atareada como siempre?

Neville rio con ganas. Desde luego, no era como en los tiempos en los que Harry estaba en Hogwarts, pero le confesó que los críos seguían dando mucho trabajo.

-¿Qué tal tú? ¿Todavía andas buscando el encantamiento misterioso? –se interesó Neville.

Hermione soltó un bufido de desesperación. Por desgracia, seguía buscándolo, aunque era como intentar encontrar una aguja en un pajar.

-Tómatelo con calma –le sugirió él-. Estas cosas llevan su tiempo.

Ella asintió. Poco después, se despidieron. Neville recogió sus cosas para encontrarse con su novia Hannah y Hermione puso rumbo a la biblioteca de Hogwarts, uno de los lugares en los que más tiempo había pasado durante su estancia en el colegio.

El olor de los libros, el crujir de las hojas al pasar, los pasos entre aquellas antiguas mesas, las reprimendas susurradas de Madame Pince… todo era familiar para Hermione. Daba igual los años que pasaran. Hermione nunca se sentiría una extraña en la biblioteca de Hogwarts.

Se dirigió directamente al fondo de la biblioteca, bajo la mirada curiosa de las cabezas que rápidamente se despegaron de los libros. Los estudiantes emperaron a susurrar a su paso. Todos sabían quién era Hermione Granger y se ponían nerviosos con su presencia. Una muchacha que estaría en el primer o segundo año se acercó a ella corriendo. Llevaba coletas y se ruborizó cuando Hermione le dedicó una sonrisa. Con prisas, le tendió un pergamino en blanco para que se lo firmara con su autógrafo, y salió disparada en dirección contraria, con una sonrisa de oreja a oreja.

Los murmullos cesaron cuando entró en la sección de libros prohibidos. Los alumnos no podían verla desde donde estaban y tampoco podían entrar allí, así que por fin podría gozar de la tranquilad que tanto había anhelado durante aquellos días.

Al principio, tuvo la sensación de ser la única persona en la sección de libros prohibidos, pero al doblar una esquina se encontró con una figura conocida, una mujer de pelo blanco, con gafas de luna en la punta de la nariz, que sostenía un grueso libro de encantamientos. Hermione sonrió nada más verla. Cada vez que veía a Minerva McGonagall la invadía un reconfortante sentimiento de ternura.

-Buenas tardes –le deseó.

Ella cerró el libro de golpe y posó sus acerados ojos sobre su antigua pupila.

-Granger -le dijo, sonriendo-. Me complace mucho encontrarla por aquí. Me habían dicho que últimamente nos visitaba con frecuencia, pero prometí no creérmelo hasta comprobarlo con mis propios ojos. ¿Es que ha pensado regresar a Hogwarts? Le advierto que es posible que el año que viene tenga una vacante en Defensa Contra las Artes Oscuras.

-¿Todavía? –preguntó Hermione, fascinada de que la maldición perdurara.

Minerva McGonagall puso los ojos en blanco.

Hermione se rio. –En realidad, estoy buscando algo.

Los ojos de Minerva McGonagall se estrecharon con interés. -¿Algo en lo que podamos ayudarla?

La muchacha barajó las posibilidades. Podía intentar describirle lo que estaba buscando y confiar en que no dijera nada. Pero para ello tendría que dar muchas explicaciones, y lo cierto es que no deseaba darlas. En esta ocasión prefirió permanecer callada, pero se dijo a sí misma que Minerva McGonagall era su mejor opción si las cosas se torcían.

-Le agradezco la ayuda, pero me temo que con esto nadie me puede ayudar.

La directora permaneció unos segundas observándola, en silencio, tal y como había hecho mil veces Dumbledore cuando ocupaba su puesto al frente del colegio. Inmediatamente después le espetó:

-¿Sabe, señorita Granger? A menudo encontramos lo que estamos buscando cuando regresamos al origen de las cosas. Y si usted se lo permite, estoy segura de que Hogwarts le ayudará. Tan solo tiene que desearlo –afirmó-. Bueno, será mejor que me vaya. Todavía tengo muchas cosas que hacer. Que pase un buen día.

-Lo mismo le deseo, directora McGonagall.

Estuvo un buen rato recopilando tomos que pudieran ser interesantes. Pero algunos títulos no tenían ni pies ni cabeza. Hermione se preguntaba, por ejemplo, qué hacía El catálogo de especias indias en la sección de libros prohibidos, a no ser que estuviera terminantemente prohibido matar de acidez de estómago a alguno de tus comensales. Por si acaso, lo puso también en la pila.

Cuando regresó a la zona de mesas con todos los tomos, la mayoría de los estudiantes ya se habían ido. Era ya la hora de la cena. Después casi todos regresarían a sus respectivas casas. Hermione agradeció poder disfrutar de más privacidad. Estuvo un par de horas revisando textos, la mayoría de los cuales no servía para nada. Era una búsqueda tediosa y aburrida, porque casi toda aquella magia estaba descatalogada, o prohibida, o era demasiado peligrosa siquiera para intentarlo. Las horas fueron pasando, hasta que se hizo tan tarde que Hermione no fue consciente de se había quedado dormida con la cabeza apoyada sobre la portada de El catálogo de especias indias.

Siguieron charlando. Ella intentando apartar de su cabeza la conversación que habían tenido antes, él absolutamente desconocido, más encantador de lo que jamás le había visto.

Las cosas iban bien entre ellos. Hermione estaba extrañamente a gusto. Había perdido la noción del tiempo un par de copas atrás, pero no le importaba. El mañana y sus consecuencias se habían diluido en el fondo de su última copa, y por primera vez en su vida Hermione se permitió pensar en el AQUÍ y el AHORA. Y, por Merlín, se sentía francamente bien. Mejor que bien. Se sentía increíble.

Estuvieron hablando otra media hora y empezaba a amanecer, aunque ninguno de ellos lo notó. Estaban demasiado ocupados charlando sobre anécdotas del pasado, del destino de unos y otros nada más salir de Hogwarts, y, por si acaso, evitaron abordar el único tema que podía arruinar la noche: la guerra.

Hasta ahí, bien.

Hasta que de pronto los dos recordaron quiénes eran.

-No me creo que estés intentando defender que la Casa Slytherin es la más valiente de todas. ¿En serio? ¿Has perdido el juicio? –protestó ella.

Draco negó con la cabeza. –Es algo evidente. Que no tengamos complejo de héroes, no significa que no seamos valientes.

-Oh, por favor, los Gryffindor no tenemos complejo de héroes. Y Slytherin es la casa más cobarde de todo Hogwarts. Dime una, una sola hazaña épica de un Slytherin que aparezca en "Hogwarts, una historia". ¡Hasta los Hufflepuff tienen más agallas que vosotros!

-Vamos, no me sueltes ahora el rollo del libro, Granger. Solo porque haya cosas que no se cuenten en un viejo libro, no significa que no existan –se defendió Draco.

-Por favor, no me hagas reir.

-De acuerdo, te propongo un trato. –Draco se acomodó en su asiento para ponerse más cómodo. Sus ojos estaban muy abiertos, parecía más despierto y lúcido que antes, pero era perfectamente consciente de que el alcohol hablaba por él.

-Adelante –se envalentonó Hermione.

-Dime algo, una sola cosa, que un Slytherin jamás tendría agallas de hacer y te demostraré aquí y ahora que no es verdad.

Hermione arrugó la frente, al principio sin comprender. Luego su cerebro se activó como siempre hacía, trabajando a miles de revoluciones, buscando la idea que le permitiera ganar aquel reto. Pensó en fuego, hechizos, ingesta de pociones extrañas… pero todo lo que pensaba era absurdo o muy complicado. No encontraría los ingredientes a tiempo, antes de que tuviera que regresar a casa.

Entonces lo vio, y aunque no tuviera sentido, en ese momento tuvo todo el sentido del mundo. Con su barriga colgando, el bigote despeinado, la mirada vidriosa perdida en los pechos de aquellas camareras. Ella era la hija de dos muggles. Una sangre sucia. Algo vil. Lo intocable. ¿Qué podía hacer un Slytherin que fuera más valiente que aquello?

¡Hermione pensó que era perfecto! Hermione pensó que había tenido la mejor idea de su vida. Estaba a punto de vencer a Draco Malfo. Estaba a un "NO" de demostrarle que Gryffindor era la mejor casa y no había nada comparable al valor de los leones.

Lejos de detenerse a pensar y darse cuenta de que posiblemente había bebido demasiado alcohol para tener una idea brillante en aquel momento, le señaló a uno de los clientes de la barra. Malfoy giró la cabeza y lo miró por encima de su hombro.

-¿Ves a aquel señor de allí?

Draco asintió.

-Es un agente del Ministerio.

Draco frunció el ceño, sin entender.

-En concreto, es el agente del Ministerio encargado de oficiar los matrimonios mágicos –le explicó. Después Hermione dio un sorbo a su vaso, que le sirvió para esconder la sonrisa que se estaba formando en sus labios.

Al principio, Malfoy no comprendió qué significaba aquello y por ello permaneció impasible, dedicándole su característica sonrisa de suficiencia. Pero a medida que su mente empezó a atar cabos, el terror se apoderó de él. La sangre abandonó su rostro, su boca se abrió con terror y una sonrisa aún más ancha se dibujó en la cara de Hermione.

Draco se aclaró la voz. -No estarás pensando…

Ella asintió.

-Granger, has perdido el juicio.

-Quizá. Pero para que veas que tengo buen corazón, te daré dos opciones. Puedes decir que Gryffindor es la mejor y más honorable casa de cuantas haya habido en Hogwarts o… ir hasta allí y decirle a ese hombre que quieres casarte conmigo. -Hermione sintió un cosquilleo tan pronto estas palabras salieron de su boca. ¿Podía ser verdad? ¿Podía ser que la idea no le disgustara del todo? Meneó la cabeza, consciente de que el alcohol era un malísimo consejero. De todos modos, estaba segura de que él no lo haría ni por todo el oro de Gringotts.

Ese es el jodido problema de todos los Gryffindor: confundís valentía con enajenación mental.

Hermione solamente sonrió y Draco comprendió hasta qué punto estaba disfrutando con aquello. Sabía que el orgullo estaba hablando por él. Y también el alcohol. Y puede que incluso un poco la mirada que se le escapó al escote de la sabelotodo. En cualquier caso, las palabras salieron de su boca antes de darse un tiempo para meditarlas.

-De acuerdo -dijo.

-Bien, me alegro de que hayas entrado en razón. –Ella esperó su respuesta, aunque lo hizo con una sonrisa de suficiencia, convencida de que por nada del mundo Draco Malfoy aceptaría casarse con una Sangre Sucia. Había ganado, estaba segura de ello-. Ahora, dilo y quedaremos en paz.

Malfoy dio un sorbo rápido a lo que le restaba de copa. El vaso hizo un ruido seco cuando lo plantó de golpe sobre la mesa. Él no la miró. Ni siquiera hizo comentario alguno. Solo respiró hondo y se dirigió a la barra, ante la mirada alucinada de la Gryffindor, que abrió tanto los ojos que por poco se le salen de las cuencas.

Rápidamente salió corriendo tras él, pero cuando consiguió tirar de la manga de su túnica, Draco ya se encontraba a menos de un metro de distancia del agente del Ministerio de Magia.

-Malfoy, ¿qué se supone que estás haciendo?

-¿Tú qué crees? ¡Pedirle que nos case!

Hermione palideció.

El agente los miró de refilón, confundido. Seguramente lo había imaginado, pero le pareció que aquellos dos estaban hablando de él. Otro par de borrachos intentando darle la tabarra, pensó el agente. Era tan tarde y había bebido tanto que ni siquiera consiguió enfocar sus ojos lo suficiente para fijarse que se trataba Draco Malfoy y Hermione Granger.

-¿En serio vas a decírselo? –La voz de Hermione tembló perceptiblemente.

Draco asintió con la cabeza, deleitándose al ver cómo el terror se apoderaba de ella.

-¿Seguro?

-¿Acaso te están entrando dudas? –se burló Draco, esta vez en un tono mucho más parecido al que ella estaba acostumbrada. De alguna manera, había vuelto a ser el Draco de siempre-. ¿Qué ha sido de la valentía de los Gryffindor, Granger?

Hermione sintió que le hervía la sangre. Estaba claro que no quería casarse con Draco Malfoy, aunque él hubiese estado encantador aquella noche, aunque le hubiese dicho cosas que ni siquiera se confesaba a sí misma, aunque sus rodillas todavía flojearan cuando pensaba en que cabía la remota posibilidad de que siempre hubiera existido una atracción entre ellos dos.

Pero su orgullo era más grande. Su orgullo Gryffindor rugió como un león, procedente del rincón más oscuro de su interior, cuando Draco le dedicó aquella mirada socarrona… la boca torcida hacia un lado en una sonrisa de burla, los ojos brillando de emoción al verla atrapada en aquel dilema, las palabras siseando en su lengua como la serpiente que era… No. Hermione no pensó en Ron ni en sus amigos ni en lo que diría el mismísimo ministro cuando viera el acta de matrimonio.

Hermione solamente dijo:

-Malfoy, ¿quieres casarte conmigo?

Y muchas camareras del bar estallaron en "ohs" y "ahs", absolutamente confundidas por la motivación de aquellos dos.

Draco notó un nudo en la garganta que le impedía tragar con normalidad. La maldita sabelotodo siempre salía ganando. Lejos de aprender la lección, caía una y otra vez en la misma piedra. Pero esta vez no, esta vez no iba a dejar que ella ganara. Su orgullo de Slytherin estaba en juego y si bien había mentido al decir que era valiente, de orgullo Draco Malfoy sabía un rato largo.

La dueña del bar intentó detenerle, pero Malfoy ya no podía oir sus comentarios de "te arrepentirás" o "piénsatelo bien, muchacho, hay mucha gente que estaría encantada de sacar tajada por una cosa así". Él tan solo escuchaba el latir de su corazón en sus oidos, palpitando a todo meter cuando le ofreció el brazo para que ella lo tomara.

El agente del Ministerio se giró cuando notó dos dedos, solo dos, golpeándole rítmicamente el omóplato. Con mucho esfuerzo, consiguió enfocar su borrosa visión y no pudo evitar dar un paso hacia atrás al ver que se trataba de Draco Malfoy.

Él le sonrió de oreja a oreja.

-Disculpe, si no es demasiado inconveniente para usted, a esta… -Draco miró de arriba abajo a Hermione, como intentando encontrar el adjetivo perfecto que la definiera- señorita y a mí nos encantaría casarnos.

El agente del Ministerio pestañeó varias veces, hasta que su cerebro se cercioró completamente de que la persona que colgaba del brazo de Draco Malfoy y con la que pretendía casarse era Hermione Granger.

Ella también le sonrió de oreja a oreja.

Aquello era una jodida pesadilla. Estaba seguro de que solo había bebido alcohol, pero a lo mejor alguien había puesto alguna sustancia extraña en su bebida.

El agente miró con dificultad las manillas de su reloj. -No estoy en horas de trabajo –bufó.

-Le daré 100 galeones de oro si nos casa en seguida –dijo Malfoy.

-¿Perdona?

-He dicho que le daré 100 galeones de oro si nos casa en seguida.

-Que sean 200.

-Trato hecho.

Draco estrechó su mano y el trato quedó sellado. El miedo se apoderó de Hermione. Estaba pálida.

-No te preocupes, sabelotodo, te prometo que mañana no recordarás nada –le dijo.

Hermione se despertó empapada en sudor, un poco desorientada al principio, ya que creía estar en su casa. Se sorprendió al ver que todavía estaba en la biblioteca de Hogwarts. Tenía la mejilla estampada con la tinta del libro en el que se había quedado dormida y el pelo completamente enmarañado. Pero no había tiempo para coqueterías. Eran las cuatro de la madrugada, pero Hermione solo podía pensar en una cosa.

Por fin había soñado otra vez con la noche del Aniversario. Por fin había descubierto cómo se habían casado. Era un "método" muy típico de ellos, pensó, la única forma en la que Draco y Hermione podían acabar con un certificado matrimonial en sus manos.

Pero ni siquiera aquello era lo más importante en aquel momento. Lo que obsesionaba a Hermione era la última frase de Malfoy. Sus palabras resonaron con fuerza en su cabeza:

"No te preocupes, sabelotodo, te prometo que mañana no recordarás nada".

¡Él sabía por qué no podía recordar! ¡Él le había hecho esto!

ÉL.

Sintió el corazón latiéndole desbocado en el pecho. Con dedos temblorosos agarró el libro de especias indias y lo colocó despreocupadamente sobre la pila. Por primera vez en su vida Hermione no tenía tiempo de colocar los libros. Tenía que descubrir la verdad y tenía que descubrirla ahora. Y solo había una persona que tuviera todas las piezas de aquel puzzle: Draco Malfoy.


NdA: Muchas cosas que comentar de esta actualización. Primero: pido clemencia para que no me lancéis piedras porque no haya habido beso. Prometo que se avecinan cosas buenas. No puedo decir mucho más, pero ahí queda. Y segundo, sorprendida me hallo de que os guste tanto el Harry/ Ginny de este fic. ¿En serio os los imaginabais de otra manera? En mi cabeza siempre han sido hilarantes, no sé… Aunque, claro, siempre cabe la posibilidad de que todo sea invención mía. Es la opción más probable. En cualquier caso, todo un halago.

Mil gracias por la tanda de reviews del último capi. Me alegro de que os haya motivado para dejarme vuestras impresiones! Y creo que esto es todo. ¿Nos vemos en el siguiente? B.

Heines: ¿Fan de Cómo conocía a vuestra madre? Yo también! xD Lo digo por lo de "legendario". Muchas gracias por el piropo. Lo mejor de una historia es que enganche. Si lo he conseguido con ésta, ya me doy por satisfecha.

Mechame: yo creo que en las historias de amor hay que sufrir un poquito, no? Es que si no, no hay historia. Me ha encantado lo de Grangerlocamente Malfoyhisterica. Mary Poppins lo diría si estuviera en Harry Potter xD Me lo guardo para futuras ocasiones ;) Gracias por el review!

Love Always: sabes? El capi anterior también es mi favorito jeje Supongo que por el momento romántico y todo eso. Los pobres no tienen mucha suerte y yo soy malísima con ellos, pero juro que ya no falta mucho. Lo prometo solemnemente xD Un besito!

Andrea: ya queda menos, lo juro! Y más vale que los bese pronto, antes de que empecéis a lanzarme piedras o a buscar mi dirección en la agenda telefónica xD Gracias por el review!

Ann: en un día? Wow. Gracias. Imagino que eso significa que te ha gustado! Me alegro!

Luna-maga: se re-casarán (en matrimonio, claro). Tienes mi palabra. Me encantan los finales felices y este fic no va a ser menos ;)

Emma Felton: Sí, la verdad es que las fechas han sido muuuy complicadas. Especialmente estas dos últimas semanas, que no he podido ni respirar con tanto evento social y familiar. Pero ahora que todo ha vuelto a la calma, aquí estoy. Arf. Espero que te haya gustado el sueño de Hermione? Para mí fue uno de los más divertidos de escribir. Un besote.

Nikki: jajaja. Sí, vale, he sido mala con lo del beso! Qué se le va a hacer. Podría haberlo metido en el anterior, pero no sé por qué, no me salió. Krum ya no va a aparecer más. Solo en esta conversación que acaba de tener Ginny con Hermione. Espero que no sea un problema. ¿Los dramiones? Wow… no sé por dónde empezar. No soy dramionera. Confieso que he leido muuuy poquitos dramiones, casi todos super escogidos y en el fandom inglés. Pero me encantan las parejas amor/odio y soy una MEGA fan de los retos. Si juntas ambas cosas, aquí me tienes, escribiendo un dramione sin saber muy bien cómo acabé en esto. Cuando lo empecé a escribir me creaba mucha inseguridad porque, bueno, las dramioneras sois exigentes. Queréis lo que queréis y punto. Además, hay muy buenas historias por ahí. Sin embargo, poco a poco me ha ido enganchando más el tema y no descarto leer (dudo que escribir) alguna otra historia de esta pareja. Tengo que reconocer que están geniales juntos. Ahora me toca a mí preguntar: ¿qué te impulsó a preguntarme mi motivación para escribir este fic? xD Gracias por el review. Un besote

Norma: noooo, no te pongas triste, que no es un fic triste! Jaja Las hormonas reprimidas son terribles. Hay que dejarlas salir de vez en cuando, estoy de acuerdo xD No quiero hacer spoilers, pero os prometo que se avecinan curvas. Y hasta aquí puedo leer. Un beso