La historia NO ES MIA, es una adaptación de Lisa Kleypas.
Los personajes por supuesto son de la fantástica S.M.
Historia dedicada a la linda Vane, que fue quien me hizo leer el libro y enamorarme *_* espero que les guste tanto como a mi
N/A: Pido disculpas x los crecientes errores en los capítulos anteriores, FF me separa las palabras y trato de corregirlo pero no me lo permite y eso me da ganas de llorar y tirar la pc hahahah pero luego respiro profundo y me calmo… De veras disculpen… más tarde puede que suba el otro cap, espero q les guste.
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Simón Masen había aprendido a una edad temprana que, dado que el destino no lo había bendecido con sangre azul ni con riquezas ni con algún don extraordinario, tendría que labrarse su propia fortuna en un mundo que, a menudo, resultaba ser poco caritativo. Era diez veces más combativo y ambicioso que un hombre normal y corriente. A la gente solía resultarle más fácil permitir que se saliera con la suya que enfrentarse a él. Si bien era una persona domi nante, tal vez incluso implacable, su sueño no se veía perturbado por ninguna crisis de conciencia. La ley de la naturaleza dictaba la supervivencia de los más fuertes y, en cuanto a los más débiles, era mejor que corrieran a esconderse.
Su padre había sido carnicero y había conseguido sacar adelan te a una familia de seis miembros; Edward había trabajado como su ayudante desde que tuvo la edad suficiente para blandir la pesa da hacha de la carnicería. Esos años de trabajo en la tienda de su padre lo habían dotado de los brazos musculosos y los fornidos hombros de un carnicero. Su familia siempre había esperado que él continuara con el negocio, pero cuando cumplió los veintiún años, Edward había desilusionado a su padre al abandonar la tienda para abrirse camino de un modo diferente. Tras invertir sus pequeños ahorros, se dio cuenta de que acababa de descubrir su verdadero talento en la vida: hacer dinero.
Edward adoraba el lenguaje de la economía, los factores de ries go, la interacción del mercado con la industria y la política..., y no tardó en percatarse de que, en un corto espacio de tiempo, la cre ciente red de ferrocarril británica proporcionaría los ingresos bási cos que asegurarían la eficiencia de la actividad bancaria. Los envíos de dinero en metálico y de las acciones, así como la creación de oportunidades de inversión a corto plazo, dependerían en gran me dida del buen funcionamiento del ferrocarril. Simón siguió sus instintos e invirtió hasta el último chelín en acciones ferroviarias; poco después, fue recompensado con unos enormes beneficios que rein virtió en un diversificado abanico de intereses. En esos momentos, con treinta y tres años de edad, poseía el control de tres fábricas diferentes, de una fundición de más de dos hectáreas de superficie y de un astillero. Era invitado -si bien de mala gana- a los bailes de la aristocracia y se codeaba con los pares del reino en las juntas directivas de seis compañías.
Tras años de incesante trabajo, había conseguido casi todo lo que se había propuesto. No obstante, si alguien le hubiera pregun tado si era un hombre feliz, no habría tenido más remedio que resoplar en respuesta. La felicidad, ese efímero resultado del éxito, era una señal segura de la autocomplacencia. Y, por naturaleza, Edward jamás podría ser auto complaciente, como tampoco se daría nunca por satisfecho; ni quería llegar a estado. .
De todos modos... en el rincón más oculto y profundo de su desatendido corazón, había un deseo que Edward parecía incapaz de sofocar.
Se aventuró a lanzar una mirada encubierta al otro lado del salón de baile y, como era habitual, sintió la punzada dolorosa y peculiar que lo asaltaba cada vez que descubría la presencia de Isabella Swan. A pesar de las muchas mujeres disponibles -y había un buen número de ellas-, ninguna había logrado acaparar su aten ción de un modo tan efectivo y excluyente. El atractivo de Isabella iba más allá de la mera belleza física, aunque bien sabía Dios que había sido bendecida con, un injusto exceso en ese aspecto. Si hubiera una pizca de poesía en el alma de Edward, podría haber compuesto docenas de versos arrebatadores que describieran, sus en cantos, No obstante, era plebeyo hasta la medula de los huesos y le resultaba del todo imposible encontrar las palabras precisas para plasmar la atracción que la muchacha ejercía sobre él. Lo único que sabía era que la visión de Isabella a la vacilante luz de las velas conseguía aflojarle las rodillas.
Edward nunca había olvidado la primera vez que la había visto, de pie en la entrada del diorama, rebuscando en su monedero mientras fruncía el ceño. El sol arrancaba destellos de oro y cham pán a su cabello castaño claro y lograba que su piel resplandeciera. Había visto en ella algo tan delicioso... tan tangible... Tal vez se tratara del aspecto aterciopelado de su piel junto con esos ojos marrones, sumados al ceño ligeramente fruncido que él había deseado aliviar.
Entonces habría jurado que, a esas alturas, Isabella ya estaría casada. La evidencia de que los Swan habían caído en desgracia no era un factor significativo para él, ya que asumía que cualquier aristócrata con cerebro vería su valor y no tardaría en reclamada. Sin embargo, según pasaban los años y Isabella seguía soltera, había comenzado a albergar una débil esperanza. La valentía que ella mostraba en su decidida búsqueda de marido le resultaba enternecedora, la seguridad con la que volvía a ponerse sus desgastados ves tidos…, el valor que se otorgaba a sí misma, a pesar de la falta de do te. El modo tan ingenioso con el que abordaba el proceso de atrapar un marido le recordaba a un jugador experimentado que jugara sus cartas en una baza que había perdido de antemano. Isabella era inteligente, precavida e inflexible, además de hermosa, si bien en los últimos tiempos la amenaza de la pobreza le había conferido cierta dureza a su mirada y a sus labios. Desde un punto de vista egoísta, Edward no lamentaba las dificultades económicas de la joven; en rea lidad, éstas le proporcionaban una oportunidad que jamás habría tenido de otro modo.
El problema residía en su incapacidad para descubrir el modo de conseguir que Isabella lo aceptara, cuando era más que obvio que ella sentía repugnancia por todo lo que él representaba. Edward era muy consciente de que su carácter carecía de refinamientos y lo que peor, tenía tantos deseos de convertirse en un caballero como un tigre de ser un gato doméstico. No era más que un hom bre que poseía una enorme cantidad de dinero y que carga con la frustración de saber que no le serviría de nada a la hora de conse guir lo que más deseaba.
Hasta ese momento, su estrategia había consistido en esperar pacientemente, ya que sabía que la desesperación acabaría llevando a Isabella a hacer cosas que ni siquiera habría considerado en un principio. Las penurias económicas tenían la virtud de presentar las situaciones bajo una nueva luz. En poco tiempo, el juego de Isabella llegaría a su fin. No le quedaría más remedio que elegir entre dos opciones: casarse con un pobre o ser la amante de un rico. Y, si era la última opción la elegida, la cama en la que acabaría no sería otra que la suya.
-Un bocadito sabroso, ¿no es cierto? -fue el comentario que alguien hizo cerca de él.
Cuando Simón se giró, vio a Riley Burdick, hijo de un vizcon de que, según los rumores, estaba en su lecho de muerte. Atrapado en la interminable espera previa a la muerte de su padre para poder disponer tanto del título como de la fortuna familiar, Burdick pa saba la mayor parte de su tiempo apostando y persiguiendo faldas.
Siguió la mirada de Edward hasta Isabella, que estaba inmersa en una animada conversación con las floreros que la rodeaban.
-No sabría decirle -contestó Edward, con un profundo rama lazo de antipatía hacia Burdick y todos los de su ralea: privilegiados a los que les habían ofrecido todos los caprichos en bandeja de pla ta desde el día en que llegaron al mundo y que, por regla general, no hacían nada que justificara la imprudente generosidad del destino. Burdick sonrió, con el rostro rubicundo a causa del exceso de bebida y la abundante comida.
-Tengo la intención de descubrirlo muy pronto -comentó.
Riley no era el único con semejantes aspiraciones. Un considerable número de hombres había puesto la mirada en Isabella, con la misma expectación que sentiría una manada de lobos duran te la persecución de una presa herida. En cuanto ella tocara fondo y, por tanto, no pudiera ofrecer la más mínima resistencia, uno de ellos se adelantaría para lanzar el ataque mortal. N o obstante, tal y como sucedía en la naturaleza, el macho dominante siempre sería el ganador.
Un amago de sonrisa se abrió paso en el severo rictus de Edward.
-Me sorprende usted -murmuró-. Siempre he asumido que las dificultades de una dama tendrían que inspirar la caballerosidad de un hombre de su categoría; y, por el contrario, descubro que es tá considerando las irrespetuosas ideas que se atribuyen a los de mi clase.
Riley dejó escapar una breve carcajada, ajena al brillo salva je que apareció en los ojos verdes de Edward.
-Sea una dama o no, tendrá que elegir a uno de nosotros cuan do sus recursos se agoten.
-¿Ninguna de sus señorías le ofrecerá matrimonio? -preguntó Edward con voz indolente.
-¡Dios Santo! ¿Y para qué? -Riley se humedeció los labios, movido por las imágenes que su mente ya anticipaba-. No hay ne cesidad alguna de casarse con la muchacha cuando dentro de muy poco tiempo estará disponible por un precio adecuado.
-Tal vez tenga demasiada dignidad para eso.
-Lo dudo -replicó el joven aristócrata con jovialidad-. Las mujeres pobres que poseen ese tipo de belleza no pueden permitir el lujo de mostrarse dignas. Además, circula el rumor de que ya han estado entregando sus favores a lord James Hodgeham.
-¿A Hodgeham? -Si bien la noticia lo sobresaltó, el rostro de Edward permaneció impasible-. ¿Y en qué se basa ese rumor?
-¡Vaya! Pues el carruaje de James ha sido visto en los establos situados tras la residencia de los Swan a extrañas horas de la noche... Y, de acuerdo con algunos acreedores, es él quien se ha ce cargo de pagar las cuentas de la familia de vez en cuando. -Riley se detuvo para reírse sin disimulo-. Una noche entre esos pre ciosos muslos bien se merece pagar la cuenta del tendero, ¿no le parece?
La inmediata respuesta de Edward fue el impulso asesino de se parar la cabeza de Riley del resto de su cuerpo. No podía decir con seguridad qué había despertado su ira en mayor medida: la ima ginación d Isabella Swan en la cama con el cerdo de James o el despectivo regodeo de Riley ante un rumor que posiblemente fuese incierto.
..Me atrevería a señalar que, puestos a difamar la reputación de una dama, es mucho mejor contar con pruebas fehacientes de lo que se está diciendo -advirtió Edward con un tono de voz que no por apacible era menos peligroso.
-¡Diantres! Los chismes no requieren de prueba alguna -contestó el joven al tiempo que guiñaba un ojo-. Además, el tiempo se encargará de revelar el verdadero carácter de la dama en cuestión. Hodgeham no tiene recursos suficientes para mantener a una be lleza como ésa, y ella no tardará mucho en exigir cosas que él no podrá darle. Vaticino que para el final de la temporada, la dama se acercará al caballero que tenga los bolsillos más abultados.
-Que serán los míos -replicó Edward sin necesidad de alzar la voz.
Burdick parpadeó a causa de la sorpresa, al tiempo que su sonrisa desaparecía mientras se preguntaba si habría oído bien.
-¿Qué….?
-He estado observando mientras usted y esa manada de imbé ciles con la que se relaciona olisqueaban sus talones durante dos años -explicó Edward con los ojos entrecerrados-. A partir de este momento, han perdido toda oportunidad de conseguida.
-¿Que he perdido qué? ¿Qué quiere decir con eso? -pregun tó, indignado, Riley.
_Quiero decir que infligiré todo el daño posible, ya sea mental, físico o económico, al primer hombre que se atreva a poner un pie en mi territorio. Y la próxima persona que repita cerca de mí un solo rumor infundado sobre la señorita Swan, descubrirá que se le queda atascado en la garganta... junto con uno de mis puños.-La sonrisa de Edward dejaba entrever cierta amenaza sanguinaria mientras contemplaba la atónita expresión de Riley-. Puede de círselo a cualquiera que esté interesado -le advirtió antes de ale jarse del pomposo y boquiabierto pipiolo.
Una vez que su prima, una mujer mayor que en ocasiones actuaba como su carabina, la hubo acompañado de regreso a su casa de la ciudad, Isabella recorrió a grandes zancadas el vacío vestíbulo embaldosado. Al advertir el objeto que habían dejado sobre la mesa semicircular que se apoyaba contra la pared, se detuvo en seco. Era un sombrero masculino de copa alta, de color gris y decorado con una banda de satén borgoña. Un sombrero muy peculiar, sobre todo si se lo comparaba con los sombreros negros que solían lucir la ma yoría de los caballeros. Isabella lo había visto en demasiadas oca siones sobre aquella misma mesa, como una serpiente enroscada.
Un elegante bastón con el mango en forma de diamante se apoyaba contra la mesa. Isabella experimentó el intenso deseo de utilizar el bastón para aplastar la copa del sombrero..., a ser posible, mientras estuviera sobre la cabeza del propietario. En su lugar, subió las escaleras con el corazón en un puño y el entrecejo fruncido.
Cuando se aproximaba a la segunda planta, donde se encontra ba las habitaciones de la familia, apareció un hombre corpulento en el descansillo. Este la observó con una insoportable sonrisa burlona dibujada en un rostro de tez rosada y sudorosa por el reciente esfuerzo físico, mientras un mechón de pelo, que llevaba peinado hacia atrás, colgaba hacia un lado como la creta de un gallo.
-Lord Hodgeham -saludó Isabella con rigidez al tiempo que luchaba contra la vergüenza y la ira que se atascaban en su garganta.
James era una de las pocas personas a las que odiaba de verdad. Como supuesto amigo de su difunto padre, James visitaba con frecuencia la casa, pero nunca a las horas normales para tal fin. Llegaba bien entrada la noche y, contra todo lo que dictaba el decoro, pasaba gran cantidad de tiempo a solas con la madre de Isabella, René, en una habitación privada. Además, a Isabella no se le había pasado por alto que, en los días posteriores a sus visitas, algunas de las facturas más acuciantes se pagaban de forma misteriosa y que algún que otro airado acreedor quedaba apaciguado. En cuanto a René, se mostraba más sensible e irritable que de costumbre y poco dispuesta a hablar.
A Isabella le resultaba casi imposible creer que su madre, que siempre había huido de las conductas indecorosas, permitiera que alguien usara su cuerpo a cambio de dinero. Sin embargo, era la única conclusión razonable a la que podía llegar, cosa que colmaba a Isabella de una irremediable vergüenza y de ira. Su rabia no iba dirigida únicamente contra su madre: estaba furiosa por la situación en la que se encontraban e, incluso, consigo misma por no ha ber sido capaz de encontrar todavía un marido. Le había costado mucho tiempo darse cuenta de que, por muy hermosa y encantadora que fuera y por mucho interés que le demostrara un caballero no iba a recibir una proposición. Al menos, no una respetable.
Desde su presentación en sociedad, se había visto obligada, a aceptar, poco a poco, que sus sueños acerca de un pretendiente apuesto y educado que se enamorara de ella e hiciera desaparecer todos sus problemas no eran más que una fantasía ingenua. La desilusión había calado hasta el fondo durante la prolongada decepción en la que se había convertido su tercera temporada. Y, en esos momentos, cuando se encontraba en la cuarta, la poco atractiva idea de convertirse en "Isabella, la esposa de un granjero", estaba inquietantemente cerca de hacerse realidad.
Con una expresión pétrea, Isabella trató de pasar junto a Hodgeham sin decir palabra, pero éste la detuvo al ponerle una mano rolliza en el brazo. Ella retrocedió con tal aversión que el movimiento estuvo a punto de hacerle perder el equilibrio.
-No me toque -dijo con la vista clavada en el rubicundo ros tro del hombre.
Los ojos de James lucían muy azules en contraste con el rubor de su tez. Con una sonrisa, el hombre dejó la mano sobre la barandilla, impidiendo así que Isabella alcanzara el descansillo.
-Qué poco hospitalaria -murmuró con esa voz de tenor tan incongruente que mortificaba a muchos hombres altos-. Después de todos los favores que he hecho a esta familia...
-No nos ha hecho ningún favor -respondió Isabella de modo cortante.
-De no ser por mi generosidad, hace mucho que estaríais en la calle.
-¿Acaso sugiere que debo mostrarme agradecida? -Preguntó, ella, y su tono destilaba odio-. No es usted más que un detestable carroñero.
-No he tomado nada que no se me haya ofrecido voluntariamente. -Hodgeham extendió la mano para tocarle la barbilla, pero el húmedo roce de sus dedos la hizo retroceder con repulsión-.A decir verdad, ha sido un juego muy aburrido. Su madre es demasiado dócil para mi gusto. -Se inclinó hacia ella, de modo que el olor que emanaba su cuerpo, un sudor rancio sofocado por la colonia, inundó las fosas nasales de Isabella con un hedor insoportable-. Tal vez lo intente la próxima vez contigo -murmuró.
Sin duda alguna, esperaba que Isabella se pusiera a llorar o a suplicar, o que se ruborizara. Sin embargo, ésta se limitó a dirigirle una mirada fría.
-No es más que un viejo estúpido y presumido -dijo con tranquilidad-. Si estuviera dispuesta a convertirme en la amante de alguien, ¿no cree que elegiría a alguien mejor que usted?
Al final, James consiguió esbozar una sonrisa, si bien Isabella tuvo el placer de comprobar que no le había resultado fácil hacerlo.
-No es muy inteligente que me tenga por enemigo. Con algunas palabras vertidas en los oídos adecuados, podría arruinar a su familia más allá de cualquier posibilidad de redención. -Desvió la vista hacia la tela de su corpiño y sonrió de modo despectivo-. En su lugar, yo no me mostraría tan desdeñosa mientras llevara esos andrajos y esas joyas falsas.
Isabella se ruborizó y le golpeó la mano sin miramientos cuando el hombre hizo amago de tocar el corpiño. Riendo para sí James bajó las escaleras mientras Isabella aguardaba en el silencio más absoluto. En cuanto escuchó el sonido de la puerta al cerrarse, corrió escaleras abajo y echó la llave. Con la respiración agitada a causa de la ansiedad y la indignación, apoyó las manos y, la frente contra la pesada puerta de roble.
-Se acabó -murmuró en voz alta, temblando de furia.
No más Hodgeham, no más facturas sin pagar... Ya habían sufrido bastante. Todos. Tendría que conseguir a alguien con quien casarse de inmediato: encontraría al mejor candidato que pudiera en la fiesta campestre en Hampshire y acabaría de una vez por todas con ese asunto. Y si no resultaba...
Deslizó las manos muy despacio por la superficie de la puerta y sus palmas dejaron un rastro de líneas sobre la nudosa madera. Si no encontraba a alguien con quien casarse, se convertiría en la amante de un hombre. A pesar de que ninguno parecía inclinado a aceptarla como esposa, al parecer había un número infinito de caballeros deseosos de arrastrarla al pecado. Si jugaba bien sus cartas, po dría ganar una fortuna. No obstante, le repugnaba la mera idea de no poder regresar jamás a la buena sociedad..., de ser despreciada y re legada al ostracismo, de que sólo la valoraran por sus habilidades en la cama. La alternativa, que no era otra que vivir una pobreza virtuosa y ganarse la vida como costurera o lavandera, o convertirse en institutriz, era mucho más peligrosa: una mujer joven en semejante posición quedaría a merced de cualquiera. Además, el sueldo no alcanzaría para mantener a su madre ni a Seth, que también debe ría ponerse a trabajar. Al parecer, ninguno de los tres podía permitirse que Isabella se aferrara a su moral. Vivían en un castillo de naipes..., y cualquier movimiento brusco podía echado abajo.
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A la mañana siguiente, Isabella estaba sentada a la mesa del desayuno con una taza de porcelana entre sus dedos helados. Aunque ya había acabado su té, la cerámica todavía conservaba e. calor del fuerte brebaje. Tenía una pequeña muesca en el borde que ella acaricia ba repetidamente con el pulgar y no se molestó en levantar la vista cuando escuchó el ruido que su madre hizo al entrar en la estancia.
-¿Quieres té? -preguntó con una voz meticulosamente mo nótona, tras lo cual escuchó a René murmurar una respuesta afirmativa. Llenó otra taza con la tetera que tenía delante, la endul zó con una cucharadita de azúcar y rebajó el brebaje con una bue na cantidad de leche.
-Ya no lo tomo con azúcar -dijo René-. He llegado a preferirlo sin él.
El día en que a su madre dejaran de gustarle las cosas dulces, se ría el día en que se sirviera agua helada en el infierno.
-Aún podemos permitimos echarle azúcar al té -replicó Isabella mientras removía el líquido con un par de enérgicas vueltas de cucharilla.
Levantó la vista y deslizó la taza y su platillo por encima de la mesa en dirección a René. Tal y como esperaba, su madre tenía un aspecto malhumorado y ojeroso, y llevaba la vergüenza escrita bajo esa máscara de amargura. Hubo un tiempo en que creyó imposible que su enérgica y alegre madre -que siempre había sido más hermosa que cualquier otra madre- pudiera lucir se mejante expresión. Fue en ese momento, mientras contemplaba el tenso rostro de René, que Isabella se dio cuenta de que su pro pia cara mostraba un cansancio muy parecido al de su madre y de que su boca se fruncía con el mismo rictus de desencanto.
.¿QUé tal fue el baile? -preguntó René, que acercó tanto la cara a la taza de té que el vapor le veló el rostro.
-El desastre habitual-respondió Isabella, que suavizó la honestidad de su réplica con una suave carcajada-. El único hombre que me invitó a bailar fue el señor Masen.
-Por, todos los cielos -murmuró René antes de tomar un sorbo de té abrasador-. ¿Y aceptaste?
-Por supuesto que no. No hubiera tenido sentido alguno. Resulta evidente que, cuando me mira, piensa en cualquier cosa me nos en el matrimonio.
-Hasta los hombres como el señor Masen acaban por casar se- argumento René, que la miró por encima del borde de la taza-. Y tú serías una esposa ideal para él... Incluso podrías suavi zado y ayudado a que fuera aceptado en la sociedad decente...
-Por Dios, mamá... Cualquiera diría que me alientas para que acepte sus atenciones.
-No... -Rene cogió su cucharilla y removió el té en un ges to innecesario-. Al menos, no si de verdad encuentras alguna ob jeción al señor Masen. Sin embargo, si fueses capaz de pulido un poco, no tendríamos más problemas económicos...
-No es de los que se casan, mamá. Todo el mundo lo sabe. Hi ciera lo que hiciese, jamás conseguiría una proposición honesta por su parte.
Isabella hurgó en el azucarero con un par de pequeñas pinzas de plata de aspecto deslustrado, en busca del terrón más pequeño que pudiera encontrar. Sacó un pedacito de azúcar moreno, lo echó en la taza y después se sirvió más té.
René dio un sorbo a su taza y, poniendo mucho cuidado en mantener la vista apartada, pasó a otro tema de conversación que, según sospechabaIsabella, tenía una desagradable relación con el, anterior.
-No podemos permitimos que Seth siga en la escuela el próximo semestre. Hace dos meses que no pago el sueldo a los cria dos. Algunas facturas...
-Sí, ya estoy al tanto de todo eso -replicó Isabella, que se ruborizó ligeramente a causa de una súbita oleada de enojo-. Encontraré un marido, mamá. Muy pronto. -De algún modo, consi guió esbozar una sonrisa-. ¿Qué te parecería una excursión a Hampshire? Ahora que la temporada está a punto de concluir, se rán muchos los que dejen Londres en busca de nuevas diversiones.., Me refiero a la cacería que lord Whitlock dará en su propiedad.
René la observó con renovado interés.
-No estaba al tanto de que hubiéramos recibido una invitación del conde.
-Y no nos ha llegado -respondió Isabella-. Todavía. Pero llegará... y tengo el presentimiento de que nos esperan unas cuantas sorpresas en Hampshire, mamá.
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Dos días antes de que Isabella y su madre partieran hacia Hampshire, llegó un enorme montón de cajas y paquetes. Al cria do le costó tres viajes llevados desde el vestíbulo de la entrada hasta la habitación de Isabella, en la planta superior, donde los api lo en una montaña junto a la cama. Isabella los abrió con mucho cuidado y descubrió al menos media docena de vestidos que jamás habían sido utilizados: tafetanes y muselinas de ricos colores; cha quetas a juego forradas de gamuza suave como la mantequilla; y un vestido de baile confeccionado con una pesada seda de color marfil y adornado con chorreras de delicado encaje belga en el corpiño y las mangas. También había guantes, chales, pañoletas y sombreros de tal calidad y belleza que casi sintió ganas de echarse a llorar. Los vestidos y los complementos debían de haber costado una fortuna; sin duda, aquello no significaba nada para las chicas Cullen, pero para Isabella ese regalo resultaba abrumador.
Cogió la nota que habían entregado junto con los paquetes, rompió el sello de cera y leyó las decididas líneas escritas a mano:
De tus hadas madrinas, también conocidas como Rosalie y Alice. Para que tengas una caza exitosa en Hampshire.
P.D.: No irás a perder el coraje ahora, ¿verdad?
Les respondió:
Queridas Hadas Madrinas:
Lo único que me queda es el coraje. Os agradezco inmensamente los vestidos. No os imagináis lo mucho que me emociona poder vestir al fin ropas bonitas de nuevo. Que me gusten tantísimo las cosas hermosas es uno de mis muchos defectos. Con todo mi afecto,
Isabella
P.D.: Os devuelvo los zapatos, no obstante, ya que son de masiado pequeños para mí. ¡Y yo que siempre había oído que las chicas americanas tenían los pies grandes!
…
Querida Isabella:
¿De veras es un defecto adorar las cosas hermosas? Debe de ser un concepto inglés, porque estamos seguras de que jamás se le habría ocurrido a nadie de Manhattanville. Y sólo por ese comentario acerca de los pies, te obligaremos a jugar al rouhders con nosotras en Hampshire. Te encantará atizar las pelotas con los bates. No hay nada tan satisfactorio.
…
Queridas Rosalie y Alice:
Estoy dispuesta a jugar al rounders sólo si conseguís persuadir a Angy de que se una a nosotras, lo que, para ser honesta, dudo mucho. Y, a pesar de que no lo sabré hasta que lo practique, se me ocurren un montón de cosas más satisfactorias que golpear pelotas con bates. Por ejemplo, encontrar marido..
A propósito, ¿qué hay que ponerse para jugar al rounders? ¿Un vestido de paseo?
…
Querida Isabella:
Nosotras jugamos con pololos, por supuesto. No se puede correr bien con faldas.
…
Queridas Rosalie y Alice:
La palabra «pololo» me resulta del todo desconocida. ¿No os estaréis refiriendo por casualidad a la ropa interior?¡No es posi ble que estéis sugiriendo que retocemos por el campo en calzones, como salvajes...
…
Querida Isabella:
La palabra procede de un, estrato de la sociedad neoyorqui na del que nosotras estamos virtualmente excluidas. En Améri ca, los «calzones» son algo que llevan los hombres. Y Angy ha di cho que sí.
Querida Angy:
No podía creer lo que veían mis ojos cuando las hermanas Cullen me escribieron para informarme de que habías acep tado jugar al rounders en pololos. ¿De verdad lo has hecho? Es pero, que tu respuesta sea negativa, ya que yo he dado mi con sentimiento en función del tuyo.
…
Querida Isabella:
Comienzo a creer que esta asociación con las hermanas Cullen me ayudará a curarme de la timidez. Jugar al rounders en pololos es sólo una forma de empezar. ¿Te he dejado asombrada? ¡Jamás había asombrado a nadie antes! Al menos, no por mi misma. Espero sinceramente que estés sorprendida por mi disposición a adentrarme de lleno en las cosas.
Querida Angy:
Impresionada, divertida y, de algún modo, asustada al pen sar en los apuros que en los que nos meterán las Cullen. Te ruego que me digas dónde vamos a encontrar un lugar en el que jugar al rounders en pololos sin que nadie nos vea... Y sí, estoy total mente asombrada, picarona desvergonzada.
Querida Isabella:
Estoy comenzando a creer que existen dos tipos de personas: las que eligen ser dueñas de su propio destino y las que es peran sentadas mientras los demás bailan: Yo prefiero ser una de las primeras y no de las últimas. Y, con respecto al lugar donde tendrá lugar el Juego de rounders, me conformo con dejar esos detalles a las Cullen. Con todo mi cariño,
ANGY LA PICARONA
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Durante el intercambio de estas y otras divertidas notas que fueron enviadas de acá para allá, Isabella comenzó a experimentar algo que había olvidado mucho tiempo atrás: las delicias de tener amigas. A medida que sus anteriores amistades habían adoptado la vida de las parejas casadas, la habían dejado atrás. Su estatus de florero, por no mencionar su carencia de medios económicos, había creado un abismo que la amistad parecía incapaz de sortear. Durante los años anteriores, se había vuelto cada vez más independiente, e incluso se había esforzado por evitar la compañía de las chicas con las que una vez había hablado, reído y compartido secretos.
No obstante, de un plumazo, había conseguido tres amigas con las que tenía algo en común, a pesar de que sus orígenes fuesen radicalmente diferentes. Todas eran mujeres jóvenes con esperanzas, sueños y temores..., y cada una de ellas estaba más que familiarizada con la visión de los zapatos negros de los caballeros caminando por delante de su fila de sillas en busca de una presa más prometedora. Las floreros no tenían nada que perder al ayudarse las unas a las otras, pero sí mucho que ganar.
-Isabella -escuchó que la llamaba su madre desde la puerta, mientras empaquetaba con cuidado las cajas de guantes nuevos en la maleta-. Tengo una pregunta que hacerte, y quiero que la respondas con sinceridad.
-Siempre soy sincera contigo, mamá -replicó Isabella, apartando la mirada de lo que estaba haciendo.
La embargó un sentimiento de culpa al contemplar el encantador rostro de René fatigado por las preocupaciones. ¡Por el amor de Dios!, estaba tan harta del sentimiento de culpa de René como del suyo propio. La llenaba de lástima y desesperación el sacrificio que su madre había hecho al acostarse con lord Hodgeham. Aun así, en lo más profundo de su mente bailoteaba la impertinen te idea de que si René había elegido hacer algo semejante, ¿por qué al menos no se había establecido adecuadamente como la amante de alguien en lugar de conformarse con las migajas que le daba lord Hodgeham?
-¿De dónde han salido esas ropas?, -preguntó René, que estaba pálida, pero parecía decidida a enfrentar la mirada de su hija.
Isabella frunció el ceño.
-Ya te lo he dicho, mamá, me las ha regalado Rosalie Cullen. ¿Por qué me miras así?
-Te las ha dado un hombre? ¿El señor Masen, quizás?
Isabella se quedó con la boca abierta.
-¿De verdad me estás preguntando si yo...? ¿Con él? ¡Dios mío mama! Aun si hubiese estado dispuesta a hacerlo, no habría tenido la más mínima oportunidad. En nombre del cielo, ¿de dónde has sacado una idea semejante?
Su madre la miró a los ojos sin pestañear.
-Esta temporada has mencionado al señor Masen bastante a menudo. Mucho más que a cualquier otro caballero. Y es obvio que esos vestidos son bastante caros...
-No los ha pagado él-replicó Isabella con firmeza.
René pareció relajarse, pero en sus ojos aún se adivinaba la incertidumbre. Como no estaba acostumbrada a que nadie la mira ra con suspicacia, Isabella cogió un sombrero y se lo colocó dándole una elegante inclinación sobre la frente.
-No lo ha hecho –repitió.
La amante de Edward Masen... Al girarse hacia el espejo, Isabella, vio una extraña y fría expresión en su rostro. Suponía que su madre tenía razón: había mencionado bastante a menudo a Masen. Ese hombre tenía algo que conseguía que los pensamientos acerca de el se demorara en su mente mucho después de que se hubieran visto. Ningún otro hombre entre sus conocidos poseía ese carisma ni ese atractivo perverso que tenia Masen; y ningún otro hombre había mostrado jamás de una forma tan abierta su interés por ella. En ese momento, durante las últimas semanas de una temporada fallida, se descubría meditando cosas que ninguna joven decente debería pensar siquiera. Sabía que no le resultaría muy complicado convertirse en la amante de Masen y, de ese modo, todos sus problemas acabarían. Era un hombre rico: le daría todo lo que deseara, pagaría' las deudas de su familia y le proporcionaría bonitos vestidos, joyas, un carruaje propio; una casita propia... Todo a cambio de acostarse con él.
La idea hizo que un súbito estremecimiento recorriera su vientre. Trató de imaginarse cómo sería estar en la cama de Edward Masen, las cosas que le exigiría, esas manos, sobre su cuerpo, esa boca…
Con un intenso sonrojo, se obligó a desechar esas imágenes y jugueteó con los adornos de seda rosada del lazo de su sombrero. Si se convertía en la amante de Edward Masen, éste la poseería completamente, tanto dentro como fuera de la cama, y el mero hecho, de imaginarse por entero a su merced le resultaba aterrador. Una voz burlona en su cabeza le preguntó: ¿Tan importante es tu honor? ¿Más importante que el bienestar de tu familia? ¿O incluso que tu propia supervivencia?
-Sí -respondió Isabella con un susurro mientras contemplaba su pálido y decidido reflejo-. En estos momentos, lo es.
No sabía si más tarde seguiría pensando lo mismo, pero hasta que se hubieran agotado todas las posibilidades, aún le quedaba su, autoestima... y lucharía por conservarla.
…
Como dije al principio, mis más sinceras disculpas! Se hace lo que se puede. Y de verdad soy muy mala con el manejo de FF .
Bueno ahora si, ya vieron a mi adorable Edward Cullen defendiendo a Bella ¿les gusto? Yo lo amo lol y Bella parece que está considerando algo seriamente… posiblemente veamos que pasa a continuación hehehehe ¿subo capi? Soy una chica que cumple órdenes y ustedes mandan ;)
Muchicimas gracias x leer, x las alertas, favoritos y los rr sois todas maravillosas :D un abrazo graaaande a todas… Nos leemos prontitooo *_*
XoXoXo
