La historia NO ES MIA, es una adaptación de Lisa Kleypas.
Los personajes por supuesto son de la fantástica S.M.
Historia dedicada a la linda Vane, que fue quien me hizo leer el libro y enamorarme *_* espero que les guste tanto como a mí.
También quiero agradecer a las chicas de The twilight zone que siempre están en mi corazón.
N/A: capitulo un poco largo, espero que les guste
….
No era difícil adivinar por qué el nombre de "Hampshire" deri vaba del antiguo término, "hamm", vocablo que hacía referencia a un pastizal húmedo. Ese tipo de pastizal abundaba en todo el condado, así como los brezales y las frondosas arboledas que en otro tiempo se habían distinguido como coto de caza de la realeza. Gracias al contras te, de las escarpadas colinas y los profundos y verdes valles, sumado a la existencia de ríos abundantes en truchas, Hampshire ofrecía una amplia gama de actividades para todo aquel que disfrutara del depor te. La propiedad del conde de Whitlock, estaba situada al igual, que una joya en un fértil valle fluvial que se extendía plácidamente a través de numerosas hectáreas de bosques. Siempre parecía haber invitados en Stony Cross Park, dado que Whitlock era un anfitrión consumado además de un ávido aficionado a la caza.
A simple vista, lord Whitlock, se merecía la reputación de hom bre de honor intachable y elevados principios. No pertenecía al gru po de aristócratas envueltos en continuos escándalos, puesto que no parecía tolerar ni las intrigas ni la resbaladiza moral que imperaba en la, sociedad Londinense. Al contrario, pasaba la mayor parte de su tiempo en el campo ocupado con sus responsabilidades y preocupado por las necesidades de sus arrendatarios. Viajaba a Londres en ocasiones, con el fin de vigilar sus intereses o de participar en algún asunto político que exigiera su presencia.
Fue durante uno de esos viajes cuando Isabella conoció al conde, tras ser presentados en una fiesta. Si bien no era un hombre de belleza clásica, Whitlock poseía cierto atractivo. De estatura media y con la vigorosa apariencia física de un deportista experimentado estaba rodeado por un aura de inconfundible virilidad. Si a todo ello se le sumaba la inmensa fortuna personal que poseía, por no mencionar su título -uno de los condados más antiguos del reino-, no había duda de que Whitlock era el mejor partido de toda Inglaterra. Como no podía ser de otro modo, Isabella no perdió el tiempo de y comenzó a flirtear con él durante ese primer encuentro. No obstante, Whitlock estaba más que acostumbrado a recibir ese tipo de atenciones por parte de las jóvenes más ambiciosas y la catalogo como una caza maridos de inmediato... Y eso le había dolido, aunque no fuese más que la pura verdad.
Desde el momento en que Isabella fue objeto del desaire del conde, se esforzó por evitarlo. Sin embargo, daba la casualidad de que apreciaba a la hermana pequeña de Whitlock, lady Jane, una mu chacha de buen corazón y de la misma edad que ella, estigmatizada por un escándalo en el pasado. Y fue gracias a la amabilidad de lady Jane que Isabella y Angy acabaron con una invitación a la fiesta. Durante unas cuantas semanas, no sólo las presas de cuatro patas sino también las que caminaban sobre dos, estarían sometida a un asedio en Stony Cross Park...
-Milady-exclamó Isabella, cuando lady Jane salió a recibirlas-. ¡Qué amable ha sido al invitamos! Londres resultaba de lo más sofocante durante estos días; el estimulante clima de Hampshire es justo lo que necesitábamos.
Lady Jane sonrió. A pesar de ser una joven de pequeña estatura, modesta y de rasgos corrientes, en esa ocasión parecía inusualmente hermosa: su rostro brillaba de felicidad. De acuerdo con Rosalie y Alice, lady Jane estaba prometida aun millonario americano. «¿Se trata de un matrimonio por amor?», había preguntado Isabella en la última carta les escribiera, a lo que Rosalie le había contestado que eso era lo que se comentaba. «Sin embargo», había agregado Rosalie no sin cierta ironía, «mi padre dice que la asociación entre ambas familias será del todo favorable para los intereses económicos de Lord Whitlock, motivo por el cual éste dio su consentimiento para el enlace». Para el conde, el amor no era tan importante como las cuestiones prácticas.
Devolviendo sus pensamientos al presente, Isabella sonrió cuando lady Jane la tomó de las manos para darle la bienvenida.
-Y ustedes son precisamente lo que nosotros necesitamos-replico lady Jane con una carcajada-. Este lugar está saturado de hombres ansiosos por practicar actividades deportivas; tuve que informar al conde de que necesitábamos invitar a algunas, mujeres con el fin de mantener un clima razonablemente civilizado. Vamos, déjenme que las acompañe a sus habitaciones.
Tras alzar la falda de su nuevo vestido de muselina color salmón, regalo de Rosalie, Isabella se dispuso a seguir a lady Jane, que ya subía las escaleras que conducían al vestíbulo de entrada.
-¿Cómo está Lord Whitlock?-preguntó mientras ascendía por un lateral de la majestuosa escalera doble-. Espero que goce de buena salud.
-Mi hermano se encuentra bastante bien, gracias. Pero me temo que está distraído con los preparativos de mi boda. Insiste en su pervisar todos y cada uno de los detalles.
-Un reflejo del afecto que le tiene, estoy segura de ello -dijo René.
Lady Jane dejó escapar una irónica carcajada.
-Más bien es un' reflejo de la necesidad de controlar todo lo que le rodea, Me temo que no va a resultar nada fácil encontrar una novia que posea de carácter suficiente para manejarlo.
Conciente de la elocuente mirada que su madre le lanzó, Isabella movió la cabeza de modo de disimulada negativa. No sería nada bueno alentar las esperanzas de René al respecto. Sin embargo...
-Da la casualidad de que conozco a una joven encantadora que aun está soltera-comentó-Americana, de hecho.
-¡Se refiere a una de las hermana Cullen? -Preguntó lady Jane- todavía no las conozco aunque su padre ha visitado Stony Cross con anterioridad.
-Ambas son encantadoras en todos los aspectos -informó Isabella.
-Excelente-exclamo Lady vez aún podamos encontrarle pareja a mi hermano.
Al llegar al segundo piso, se detuvieron con el fin de echar un vistazo a la gente que se arremolinaba en el vestíbulo de entrada, por debajo de donde ellas se encontraban.
-Me temo que no hay tantos hombres solteros como cabría esperar-comentó lady Jane-. No obstante, hay unos cuantos… Así de repente, se me ocurre lord Black. Si quiere, puedo presentárselo en cuanto se presente una oportunidad.
-Gracias, le estaría muy agradecida.
-Sin embargo, creo que es un tanto reservado -añadió lady Jane-. Tal vez no resulte demasiado atractivo para una persona tan llena de vida como usted, Isabella.
-Al contrario -replicó Isabella sin dilación-. Creo que un hombre reservado es de lo más atractivo. Un caballero que se comporte con decoro y reserva me resulta más agradable que aquellos que tienen por costumbre vanagloriarse y alardear de sí mismos.
«Como Edward Masen», pensó de modo sombrío; la alta estima en la que el hombre se tenía a sí mismo no podría ser más obvia.
Antes de que lady Jane pudiera contestarle, la mirada de la joven resultó atraída por la de un caballero alto y de cabello rubio que acababa de entrar en el vestíbulo inferior. Con una actitud estudiadamente descuidada, apoyó el hombro en una de las columnas y metió las manos en los bolsillos de su chaqueta. Isabella supo de inmediato que era americano. Esa sonrisa irreverente, los ojos azules y la actitud despreocupada con la que llevaba su elegante ropa lo delataban. Y para mayor confirmación, lady Jane se ruborizo y su respiración pareció alterarse por el modo en que, el hombre la observaba.
-Perdónenme, por favor -les dijo con aire distraído. -Yo... Mí prometido... Creo que me necesita para algo. -y con esa explicación, se alejó mientras les lanzaba un vago comentario por encima del hombro acerca de que su habitación era la quinta puerta a la derecha.
Al instante, apareció una doncella que las acompañó el resto del camino. Isabella exhaló un suspiro.
-La competencia por Lord Black será encarnizada -recalcó con preocupació que no lo hayan atrapado ya.
-Estoy segura de que no será el único caballero soltero que asista a la fiesta -comentó René de modo optimista-, Además, no debemos olvidar al mismo lord Whitlock.
-No te hagas ilusiones al respecto-advirtió Isabella con sequedad-. El conde no quedó lo que se dice subyugado por mi presencia cuando nos presentaron.
-Lo que denota una enorme falta de criterio por su parte -fue la indignada respuesta de su madre.
Isabella sonrió y tomó la mano de René, que aún estaba enfundada en el guante, para darle un cariñoso apretón.
-Gracias, mamá. Pero será mejor que ponga mi empeño en un objetivo mucho más asequible.
…
A medida que llegaban los invitados, eran acompañados a sus respectivas habitaciones con el fin de que disfrutaran de una peque ña siesta, en previsión de la cena y el baile de bienvenida que se celebraría esa misma noche. Las damas que querían entregarse a una sesión de cotilleo se congregaron en uno de los saloncitos y en el salón de naipes, mientras los caballeros se entretenían jugando al billar o fumando en la biblioteca. Una vez que la doncella acabó de deshacer su equipaje, René decidió echar una pequeña siesta en su habitación. La estancia era pequeña, pero encantadora, con las paredes cubiertas con papel francés de motivos florales y las ventanas adornadas con cortinas de seda azul pálido.
Isabella, que estaba demasiado nerviosa e impaciente como para dormir, llegó a la conclusión de que Angy, y las Cullen ya ha brían llegado, a esas alturas. No obstante, era probable que quisieran descansar un rato tras el viaje, por lo que decidió que, en lugar de soportar unas horas de forzosa inactividad, prefería ex plorar los alrededores de la mansión. El día era cálido y soleado y ansiaba hacer un poco de ejercicio tras el largo trayecto en carruaje. Se puso un vestido mañanero de muselina azul, adornado con hileras de diminutos frunces cuadrados, y salió de la habitación.
Se escabullo por una puerta lateral tras cruzarse con vados criados por el camino y recibió la agradable calidez de los rayos del sol. Stony Cross Park estaba envuelto en una atmósfera maravillosa. No era difícil imaginarse que el lugar era un sitio mágico emplazado en una tierra muy lejana. El bosque colindante era tan denso y profundo que tenía una apariencia prehistórica y los jardines, que se extendían a lo largo y ancho de cinco hectáreas en la parte trasera de la casa, resultaban demasiado perfectos para ser reales. Había bosquecillos, claros cubiertos de hierba, estanques y fuentes. Era un jardín variado que alternaba la tranquilidad con un tumultuoso despliegue de colores. Un jardín bien cuidado en el que cada brizna de hierba había sido cortada con meticulosidad y las esquinas de los setos se habían arreglado con una precisión admirable.
Desprovista de sombrero y guantes, pero imbuida de una repentina inyección de optimismo, Isabella aspiró una profunda bocanada de aire campestre. Rodeó los bordes de los jardines dispuestos en terrazas que había en la parte trasera de la mansión y siguió un sendero de gravilla que discurría entre los elevados parterres de amapolas y geranios. El aire no tardó en cargase con el perfume de las flores a medida que el camino dejó atrás un muro de piedra, cubierto con rosales florecidos de color rosa y crema.
Atravesó con lentitud una huerta donde crecían añosos perales a los que la edad había conferido caprichosas formas. Un poco más lejos, tras atravesar un dosel de abedules plateados, llegó a una hondonada en la que crecían una serie de bosquecillos que parecían fundirse a la perfección con el bosque que se observaba a lo lejos. El sendero de gravilla acababa en un pequeño círculo en cuyo centro había una mesa de piedra. Al acercarse, Isabella pudo ver los restos de dos velas derretidas que habían sido colocadas directamente sobre la pétrea superficie. Sonrió con cierta melancolía, consciente de que la privacidad del claro lo convertía en el lugar perfecto para un interludio romántico.
Para rematar el ambiente de ensueño, cinco rollizos patos de color blanco atravesaron el claro en fila, camino del estanque artificial emplazado al otro lado del jardín. Según parecía, los animales estaban más que acostumbrados a la multitud de visitantes que acudía a Stony Cross Park, dado que hicieron caso omiso de la presencia de Isabella. Se limitaron a graznar de modo audible, movidos por la expectativa de alcanzar el agua, y su marcha resultó de ese modo tan cómica que Isabella no pudo más que prorrumpir en carcajadas.
Antes de que la risa la abandonara por completo, escuchó el so nido de unas fuertes pisadas sobre la gravilla. Se trataba de un hom bre y resultaba evidente que regresaba de dar un paseo por el bosque. Había alzado la cabeza para contemplarla con una expresión extasiada y en esos momentos la miraba directamente a los ojos.
Isabella se quedó pasmada.
Edward Masen, pensó, incapaz de pronunciar palabra debido a la impresión que le producía su presencia en Stony Cross. Siempre lo había asociado con la vida de la ciudad; solía verloo en el interior de los edificios, por la noche, confinado entre paredes, ventanas y corbatas almidonadas. No obstante, allí, en medio de la soleada naturaleza que los rodeaba, parecía un hombre del todo diferente. Sus amplios hombros, que tan irreconciliables parecían con el corte estrecho de los trajes de etiqueta, parecían ser más que adecuados para el tejido rústico de su chaqueta de caza y para la camisa que llevaba sin corbata alguna y que, por tanto, dejaba su garganta a la vista. Estaba más bronceado que de costumbre; su piel había adqui rido un tono ambarino por haber pasado gran parte de su tiempo al aire libre. Un rayo de sol rozó su corto cabello y arrancó un destello de profundo color Rojizo en lugar del esperado cobrizo claro. Su rostro, exquisitamente delineado por la luz del sol, tenía un rictus severo que le daba un aire distinguido e impresionante. Los únicos toques de delicadeza que poseía eran las largas y curvadas pestañas marrón oscuras, junto con la exuberante curva de su labio inferior; rasgos que resultaban mucho, más fascinantes dada la inflexible expresión que los acompañaba.
Edward e Isabella se contemplaron con silenciosa perplejidad, como si alguien acabara de formular una pregunta para la que ninguno de los dos tenía respuesta.
El momento se alargó hasta rayar en la incomodidad antes de que Edward hablara por fin:
-Hermoso sonido -dijo con suavidad.
Isabella tuvo que esforzarse para que le saliera la voz.
-¿Cual? -preguntó.
-El de su risa.
Isabella sintió una aguda punzada en mitad del pecho que no fue ni dolorosa ni placentera. La sensación tuvo un efecto tan devastador que le resultó imposible recordar si había experimentado algo semejante con anterioridad. De modo inconsciente, alzó los dedos hacia ese lugar situado entre las costillas donde acababa de sentir el pinchazo. Los ojos de Masen siguieron el movimiento de su mano antes de regresar muy lentamente hasta su rostro. Comenzó a acercarse hacia la mesa de piedra, acortando de ese modo la dis tancia que los separaba.
-No esperaba encontrada aquí. -Su mirada la recorrió de arriba abajo y la sometió a un exhaustivo examen-. Pero, claro, es el lugar más lógico para una mujer en su situación.
Isabella entre cerró los ojos.
-¿En mi situación?
-Intentando pescar a un marido -aclaró él. Ella le respondió con una mirada altiva.
-Yo no trato de pescar a nadie, señor Masen.
-Coloca el cebo -prosiguió-, lanza el anzuelo y marea a su incauta presa hasta que ésta yace jadeante en el muelle.
Los labios de Isabella se fruncieron en un gesto tenso.
-Puede quedarse tranquilo señor Masen, ya que no tengo intención de separado de su preciosa libertad. Usted es el último de mi lista.
-¿Qué lista? -Masen la estudió en el incómodo silencio que se produjo mientras él mismo buscaba la respuesta-. ¡Ah!¿De verdad tiene usted una lista de posibles candidatos a marido? -Sus ojos chispearon, burlones-. Es un alivio escuchar que no formo parte de la competición, puesto que ya he decidido evitar a toda costa que me enclaustren en el mercado matrimonial. Sin embargo, no puedo evitar preguntarle una cosa: ¿Quién está a la cabeza de su lista?
Isabella se negó a contestar. Aun cuando se avergonzaba de esa tendencia a demostrar su nerviosismo, fue incapaz de contenerse y su mano se acercó a los restos de cera de una de la velas para arrancar pequeños trocitos con las uñas.
- Whitlock, con seguridad -aventuró Masen.
Isabella dejó escapar un soplido desdeñoso y se sentó en el borde de la mesa. El sol había templado la envejecida y suave superficie.
-Por supuesto que no. No me casaría con el conde aunque me lo suplicara de rodillas.
Masen soltó una sincera carcajada al escuchar la flagrante mentira.
-¿Un lord de rancio abolengo y semejante fortuna? Usted no se detendría ante nada para atraparlo.
Con un gesto despreocupado, se sentó en el extremo opuesto de mesa e Isabella tuvo que esforzarse para no demostrar el temor que le provocaba su proximidad. Por regla general, la etiqueta dictaba que en las conversaciones entre una dama y un caballero éste jamás hiciera cierto tipo de cosas..., como avergonzar a la dama, insultarla o aprovecharse de ella en cualquier sentido. No obstante, con Edward Cullen no había garantía alguna de que algo así no pudiera suceder.
-¿Por qué ha venido usted? -le preguntó ella.
-Soy amigo de Whitlock -contestó con sencillez.
Isabella era incapaz de imaginarse al conde afirmando ser amigo de alguien como Masen.
-¿Y por qué iba él a relacionarse con usted? Y no intente afirmar que tienen algo en común; ambos son tan diferentes como la noche y el día.
-Da la casualidad de que el conde y yo tenemos intereses co munes. A ambos nos gusta la caza y compartimos un buen número de opiniones políticas. Al contrario que otros nobles, Whitlock se niega a verse encadenado por las restricciones de la vida aristocrática.
-¡Dios Santo!-exclamó Isabella a modo de burla-. Pare ce considerar la aristocracia como una especie de encarcelamiento.
-Para, serle sincero, así es.
-En ese caso, estoy impaciente porque me, encarcelen y arro jen las llaves al mar.
El comentario arrastró una carcajada a Masen.
-Usted, encajaría a la perfección en el papel de esposa de un aristócrata.
Consciente de que el comentario estaba lejos de ser un cumpli do, Isabella lo observo con el ceño fruncido,
-Me pregunto por qué pasa usted tanto tiempo entre los aristócratas, si tanto le desagradan.
Los ojos verdes de Masen brillaron con malicia.
-Son de cierta utilidad y no me desagradan; simplemente no siento deseo alguno de convertirme en uno de ellos. Por si no ha notado, la nobleza (o al menos, el estilo de vida que ha llevado hasta ahora) está a punto de desaparecer...
Isabella reaccionó con una mirada atónita, realmente asombrada por semejante afirmación.
-¿Qué quiere decir?
-La mayoría de la, aristocracia rural está viendo cómo desaparece su fortuna, dividida y menguada por la cantidad de parientes cercanos que precisan de apoyo... Por no mencionar la transformación que está experimentando la economía, algo con lo que la nobleza se ve obligada a enfrentarse. La preeminencia de los grandes terratenientes está llegando rápidamente a su fin. Sólo los hombres como Whitlock (un hombre abierto a las nuevas perspectivas) podrán capear el temporal.
-Con su inestimable ayuda, por supuesto -concluyó Isabella.
-Exacto -dijo Masen con tal complacencia que hizo reír a Isabella, muy a pesar de sí misma.
-¿Alguna vez ha considerado la idea de aparentar cierto grado de modestia, señor Masen? Por simple educación.
-No creo en la falsa modestia.
-Tal vez la gente lo apreciara más si lo hiciera.
-¿Sería su caso?
Isabella hundió las uñas en la cera de suave color pastel y alzó una mirada fugaz a Masen con el fin de observar la expresión burlona que de seguro asomaría en sus ojos. Para su total asombro, ésta no apareció. El hombre parecía haberse tomado su respuesta totalmente en serio. Bajo su intenso escrutinio, Isabella sintió que un humillante rubor ascendía por su rostro. No se sentía muy cómoda en semejante situación, allí hablando a solas con Edward Masen mientras él se arrellanaba a su lado con todo el aspecto de un pirata ocioso al acecho. Bajó la mirada hasta la enorme mano que él había colocado sobre la mesa y se fijó en sus dedos: eran largos, estaban limpios y el sol los había bronceado; sus uñas estaban cortadas al máximo, sin dejar apenas opción a que se viera el extremo.
-La palabra "apreciar" tal vez resulte excesiva -puntualizó Isabella, aflojando la presión que su mano ejercía sobre los restos de la vela. Cuanto más intentaba controlar el rubor, peores eran los resultados, de modo que acabó sonrojada hasta la raíz del cabello-. Supongo que podría tolerar su compañía con más facilidad si usted intentara comportarse como un caballero.
-¿Por ejemplo?
-Para empezar... esa costumbre de corregir a la gente...
-¿Acaso la sinceridad no es una virtud?
-Sí, pero ¡hace imposible que se pueda mantener una conversación!-Ignorando la risa profunda de Masen, Isabella continuó- Y ese modo que tiene usted de hablar abiertamente sobre el dinero resulta de lo más vulgar; sobre todo para aquellos que se encuentran en los círculos más elevados. Las personas educadas fin gen no tener interés alguno por el dinero, por el modo de ganarlo, de invertirlo ni por ninguno de los temas de los que a usted le gus ta discutir.
-Nunca he comprendido por qué el empeño en hacer fortuna se contempla con tanto desdén.
-Tal vez porque ese empeño suele ir acompañado de ciertos vi cios: la avaricia, el egoísmo, la hipocresía...
-No es mi caso.
Isabella alzo una ceja.
-¿Cómo?
Masen esbozó una sonrisa y sacudió despacio la cabeza mientras el sol brillaba sobre su cabello cobrizo.
-Si fuera avaricioso y egoísta, me quedaría con la mayor parte de los beneficios que producen mis negocios. No obstante, mis socios podrán confirmarle que han acabado siendo gratamente recompensados por sus inversiones. Y mis empleados disfrutan de un sueldo digno, se mire por donde se mire. En cuanto a la hipocresía..., creo que es de lo más obvio que mi problema es justo el opuesto. Soy sincero; lo cual es casi imperdonable en la sociedad civilizada.
Por alguna razón, Isabella fue incapaz de reprimir la sonrisa que le provocaba ese maleducado granuja. Se apartó de la mesa y se sacudió el polvo de la falda.
-No pienso seguir desperdiciando mi tiempo aconsejándole que sea educado cuando es obvio que no le interesa ni lo más mínimo serlo.
-No ha desperdiciado su tiempo -contestó él, acercándose a ella desde el otro lado de la mesa-. Voy a considerar con total seriedad la posibilidad de cambiar mis modales.
-No se moleste -replicó ella, sin dejar de sonreír-. Me temo, que el suyo es un caso perdido. Ahora, si me disculpa, voy a reanudar mi paseo por el jardín. Que tenga una tarde agradable, señor Masen.
-Permítame acompañarla-le dijo en voz baja-. De ese modo, puede usted seguir aleccionándome. Incluso le prestaré atención.
Isabella arrugó la nariz con descaro.
-No, no lo hará-dijo, antes de alejarse por el camino de grava, muy consciente de la mirada de Edward clavada en su espalda, que no la abandonó hasta adentrarse de nuevo en la peraleda.
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Justo antes de la cena que tendría lugar la primera noche de la fiesta, Isabella, Rosalie y Alice se encontraron al pie de las esca leras del recibidor, una zona en la que se habían situado sillas y mesas en pequeños grupos y donde muchos de los invitados habían de cidido reunirse.
-Debí imaginarme que ese vestido te quedaría infinitamen te mejor que a mí-dijo Rosalie Cullen con desenfado al tiempo que abrazaba a Isabella y se alejaba un poco de ella para poder admi rarla-. Señor, es una tortura tener una amiga tan deslumbrante.
Isabella llevaba otro de sus vestidos nuevos, un conjunto de seda amarilla con una ondulante, sobrefalda de tul adornada con pequeños frunces sujetos por unos diminutos ramilletes de violetas de seda. Tenía el cabello recogido en la coronilla con una intrincada trenza.
-Pero tengo muchos defectos-le señaló a Rosalie con una sonrisa.
-¿En serio? ¿Y cuáles son?.
Isabella sonrió.
-Nada más lejos de mi intención admitida si ninguna de vosotras los ha notado ya.
-Rosalie le cuenta a todo el mundo cuáles son sus defectos -comentó Alice con un guiño de sus ojos claros-. Está muy orgu llosa de ellos.
-Tengo un temperamento de lo más horrible -reconoció Rosalie satisfecha-. Y soy capaz de maldecir como un marinero.
-¿Quién te enseñó? -preguntó Isabella.
-Mi abuela. Era lavandera. Y mi abuelo era el fabricante de jabón al que le compraba los suministros. Dado que trabajaba junto al puerto, la mayoría de sus clientes eran marineros y estibadores que le enseñaron palabras tan vulgares que se os rizarían las pestañas si las escucharais.
Isabella soltó una carcajada. Estaba encantada con el espíritu travieso de esas dos muchachas, que no se parecían a nadie que hubiera conocido antes. Por desgracia, costaba trabajo imaginarse que Rosalie y Alice pudieran ser felices como esposas de un par del reino. La mayoría de los aristócratas deseaban casarse con jóvenes apacibles, de porte regio y que no llamaran la atención... La clase de esposa cuyo único propósito era convertir al marido en el centro de atención y admiración. Sin embargo, disfrutando como disfrutaba Isabella de la compañía de las hermanas Cullen, la juventud pensó que sería una verdadera lástima que perdiera esa inocente audacia que las hacía tan atractivas.
De repente, se dio cuenta de la presencia de Angy, que acababa de entrar en la estancia con la misma renuencia que lo haría un ratón al que arrojan dentro de un saco lleno de gatos. El rostro de Angy se relajó al divisar a Isabella y a las Cullen. Después de murmurar algo a su adusta tía, se encaminó hacia ellas con una sonrisa.
-¡Angy! -Alice dio un gritito por la sorpresa e hizo ademán de dirigirse hacia la muchacha. Isabella la agarró del brazo por encima del guante, y le susurró al oído:
-¡Espera! Si consigues que Angy sea el centro de atención lo más probable es que se desmaye por la vergüenza.
Alice se detuvo obediente y le dirigió una sonrisa picarona. -Tienes razón. Soy una auténtica salvaje.
-Yo no diría tanto, querida... -la reconfortó Rosalie.
-Gracias -respondió Alice gratamente sorprendida. -Apenas eres una salvaje a medias -concluyó su hermana mayor.
Reprimiendo una carcajada, Isabella deslizó un brazo por la estrecha cintura de Angy.
-Estás encantadora esta noche -le dijo.
Angy llevaba el cabello recogido en una brillante cascada de rizos sobre la coronilla, sujeto por horquillas decoradas con perlas. Las pecas doradas que salpicaban su nariz no hacían más que aumentar su atractivo, como si la naturaleza hubiera sucumbido a un impulso y hubiera esparcido unas motas de luz del sol sobre ella.
Angy buscó refugio en el abrazo de Isabella, como si necesita consuelo.
-La tía Flo-Florence dice, que parezco una an-antorcha encen dida con el cabello peinado así-dijo.
Alice frunció el ceño ante el comentario.
-Tu tía Florence no debería decir esas cosas cuando ella misma parece un trasgo.
-Cállate, Alice -la amonestó Rosalie son severidad.
Isabella mantuvo el brazo enguantado alrededor de la cintu ra de Angy, mientras reflexionaba que, de acuerdo con lo que su ami ga le había contado, era evidente queja tía Florence se esforzaba al máximo por destroza cualquier resquicio de confianza en sí mis ma que Angy tuviera. Tras la muerte prematura de la madre de la mu chacha, la familia había acogido en su respetable seno a la desafortunada Angy y los años de críticas que siguieron a ese momento habían destruido por completo su autoestima.
Angy miró a las Cullen con una sonrisa ligeramente traviesa.
-No es un tras-trasgo. Siempre me la he ima-imaginado como troll.
Isabella rió de puro placer ante el jocoso comentario.
-Cuéntame -le dijo-¿has visto ya a lord Black? Me han dicho que es uno de los pocos hombres solteros de esta reunión... Además de ser el único soltero con título, aparte de Whitlock.
-La competencia por Jacob Black va a ser tremenda-señaló Rosalie- por suerte, tanto Alice como yo hemos tramado un plan que te permitirá arrastrar, a un confiado caballero hacia el matrimonio.-Y las instó a que se acercaran con un gesto de su dedo.
-Me da miedo preguntar -dijo Isabella- ¿Cómo planeáis hacerlo?
-Lo engatusarás hasta llevarlo a una situación comprometida, momento en el que nosotras tres pasaremos convenientemente por el lugar y así os pillaremos juntos. Entonces, el caballero se verá obligado por su honor a pedir tu mano en matrimonio.
-Brillante ¿no os parece? -preguntó Alice.
Angy le dirigió a Isabella una mirada dubitativa.
-Es un poco re-retorcido, ¿no?
-Nada de poco -replicó Isabella -. Pero me temo que no se me ocurre nada mejor. ¿Ya ti?
Angy negó con la cabeza.
-No-admitió-. La pregunta es si estamos tan de-desesperadas por atrapar a un marido como para emplear cualquier método a nuestro alcance, sea justo o no.
-Yo lo estoy-dijo Isabella sin vacilación.
-y nosotras también -añadió Alice con jovialidad.
Angy las contempló con expresión insegura.
-No puedo dejar de lado todos mis escrúpulos. Quiero decir que no podría sopor-soportar engañar a un hombre para que hiciera algo que…
-Evie -la interrumpió Rosalie con impaciencia-, resulta que los hombres esperan que se les engañe de esta forma. Son más felices así. Si nos comportáramos de forma honesta, todo este asunto del matrimonio les resultaría demasiado inquietante y ninguno estaría dispuesto a casarse.
Isabella estudió a la joven americana con fingida alarma.
-Eres cruel-le dijo.
Rosalie esbozó una dulce sonrisa.
-Herencia de mi familia. Los Cullen son crueles por naturaleza. Aunque también podemos mostramos diabólicos cuando la ocasión lo requiere.
Sin dejar de reír, Isabella volvió a centrarse en Angy, que las observaba con una expresión desconcertada.
-Angy -le dijo con ternura-, hasta el momento, siempre he intentado hacer las cosas de la, forma adecuada. Pero no me ha dado grandes resultados; así que, de ahora en adelante, estoy dispuesta a probar algo diferente... ¿Acaso tú no lo estás?
A pesar de que aún no parecía convencida del todo, Angy se rindió con un gesto resignado.
-Has captado la idea- la animó Isabella.
Mientras charlaban, se produjo una pequeña agitación en la multitud, que señaló la aparición de lord Whitlock. Aparentemente cómodo con el papel de organizador, comenzó a emparejar sin di ficultad a hombres y mujeres para que accedieran así al comedor. A pesar de que Whitlock no era el hombre más alto de la sala", su pre sencia emanaba cierto magnetismo que resultaba imposible pasar por alto, Isabella se preguntó por qué algunas personas poseían semejante cualidad..., ese algo indefinible que confería importancia al más mínimo gesto que realizaran o a cualquier palabra que pro nunciaba. Al mirar a Rosalie, se dio cuenta de que la joven ameri cana también se había percatado de ese detalle.
-Ahí tenemos a un hombre que está a gusto consigo mismo-dijo Rosalie con sequedad-. Me pregunto si algo... lo que sea...podría obligarlo a retroceder.
-No se me ocurre nada -replicó Isabella -. Aunque me gustaría presenciarlo si eso ocurriera.
Angy se acercó más y le dio un ligero codazo en el brazo.
-Ahí está lord Black. Allí, en el rincón.
-¿Cómo sabes que es Jacob?
-Porque está rodeado por una docena de mujeres solteras que lo acechan como tibu.-tiburones.
-Bien pensado -dijo Isabella, que miró al joven ya su asfixiante sequito.
Jacob, Lord Black, parecía aturdido por lo desmesurado de la atención femenina que estaba recibiendo. Tenía, el cabello negro y una constitución delgada. Su rostro enjuto estaba adornado por un par de relucientes gafas cuyas lentes lanzaban destellos a medida que su perpleja mirada se desplazaba de un rostro a otro. El apasionado interés que despertaba un hombre de las tímidas maneras que Black era prueba suficiente de que no había mayor afrodisíaco que la soltería al final de una temporada social. A pesar de que Black no había despertado el menor interés en aquellas jovencitas en enero, para el mes de junio había adquirido un encanto irresistible.
-Parece que es un hombre, agradable-reflexionó Isabella.
-A mi me parece de los que se asusta con facilidad-comentó Rosalie-. Si estuviera en tu lugar, aparentaría ser lo más tímida e indefensa que pudiera cuando me lo encontrara.
Isabella le dirigió una mirada cargada de ironía.
-Lo de parecer indefensa nunca ha sido mi fuerte. Puedo probar con la timidez, pero no te prometo nada.
-No creo que vayas a tener problemas para apartar la atención de Kendall de esas jovencitas y atraerla hacia ti -replicó Rosalie con plena confianza-. Después de la cena, cuando las damas y los caballeros regresemos a esta sala para tomar el té y conversar, encontraremos la forma de presentártelo.
-¿Cómo podría...? -comenzó Isabella, pero se detuvo cuando sintió un cosquilleo en la nuca, como si alguien hubiera rozado su piel con una pluma.
Preguntándose cuál sería la causa, alzó una mano para tocarse la nuca y, de repente, se encontró con la mirada fija en Edward Masen.
Masen se hallaba al otro lado de la habitación, con un hombro apoyado al descuido contra uno de los laterales de una pilastra plana mientras que tres caballeros conversaban animadamente a su alrededor. La relajación que aparentaba era una máscara, ya que su mirada reflejaba concentración, como un gato que meditando la posibilidad de atacar. Era evidente que se había percatado del interés que demostraba por Black.
"Por todos los santos", pensó irritada, antes de darle la espada con toda premeditación. No está dispuesta a dejar que Masen le causara problemas.
-¿Os habíais dado cuenta de que el señor Masen está aquí? -preguntó a sus amigas en voz baja, tras lo cual todas abrieron los ojos de par en par.
-¿Te refieres a «tu» señor Masen? -soltó Rosalie al tiempo que Alice comenzaba a mirar a su alrededor para echarle un vistazo.
-¡No es mi señor Masen!-protestó Isabella, que compuso una expresión cómica-. Pero sí, está aquí, de pie al otro lado de la habitación. De hecho, me encontré con él esta misma tarde. Asegura que es un buen amigo del conde. -Frunció el ceño y predijo con actitud sombría-: El señor Masen hará cuanto esté en su mano para arruinar nuestros planes.
-¿Sería tan ego-egoísta como para evitar que te casaras?-pre guntó Angy perpleja-. Con la intención de convertirte en su… su…
-Mantenida -terminó Isabella por ella.- Es difícil pasar por alto esa posibilidad. A juzgar por su reputación, el señor Masen no se detiene ante nada para conseguir lo que desea.
-Puede que sea cierto -comentó Rosalie, cuyos labios se en endurecieron por la determinación-. Pero desde luego que no va a conseguirte a ti. Te lo prometo.
La cena se presentó de forma soberbia, con enormes soperas de plata y bandejas que se sucedían en una interminable procesión al rededor de las tres largas mesas que se habían dispuesto en comedor. A Isabella le resultaba imposible creer que los invitados cenaran todas las noches de semejante manera; sin embargo, el caballero de su izquierda -el párroco-le aseguró que aquel despliegue era habitual en la mesa de Whitlock.
-El, conde y su familia tienen fama por los bailes y las cenas que ofrecen -le dijo-. Lord Whitlock es el anfitrión con más talento de la nobleza.
Isabella no se sentía predispuesta a discutir: hacía mucho tiempo que no le servían una comida tan exquisita. Las tibias vian das que se ofrecían en las veladas y fiestas de Londres palidecían en comparación con aquel festín. Durante los pasados meses, el hogar de los Swan apenas había podido permitirse poco más que pan, bacón y sopa, con el ocasional acompañamiento de lenguado frito y guiso de cordero. Por una vez, se alegró de que no la sentaran al lado de un orador entusiasta, ya que eso le permitía caer en largos periodos de silencio durante los que podía comer cuanto le apete ciera. Además, dado que los sirvientes no dejaban de ofrecer nuevos y atrayentes platos a los invitados para que éstos los probaran, nadie pareció darse cuenta del apetito que estaba desplegando, tan poco apropiado de una dama.
Consumió con ganas un cuenco de sopa hecha a base de champán y queso Camembert, plato que fue seguido por unas tiras de deli cada ternera recubiertas con salsa de finas hierbas y, como guarnición, una suave crema de calabacín. Después, pescado envuelto en ligeras capas de papel que dejaban escapar un fragante vapor cuan do se abrían. Luego, vino el puré de patatas servido sobre un lecho de berros. Y por último, lo más sublime de todo: crema de frutas servidas en cáscara de naranja.
Isabella estaba tan absorta en la comida que le llevó varios minutos darse cuenta de que Edward Masen se sentaba cerca de la cabecera de la mesa de lord Whitlock. Se llevó la copa de vino diluido a los labios para poder observarlo con discreción. Como era habitual Masen vestía con mucho estilo, con un traje de etiqueta de color negro y chaleco con matices grisáceos, cuya seda brillaba con un discreto lustre. Su piel bronceada ofrecía un marcado contraste con el lino níveo que adornaba su cuello; y el nudo de su corbata era tan preciso como la hoja de una espada. Su abundante cabello cobrizo necesita a un poco de loción…. De hecho, uno de sus gruesos mechones le caía sobre la frente. Ese mechón rebelde molestó a Isabella por alguna extraña razón. Sintió el deseo de apartarlo de su rostro.
No le pasó desapercibido que las dos mujeres que se sentaban a ambos lados de Edward Masen competían por atraer su atención. Isabella ya se había percatado en otras ocasiones de que las mujeres parecían encontrarlo bastante atractivo. Y sabía la razón: la combinación de encanto perverso, fría inteligencia y redomada mundanidad. Masen tenía toda la apariencia de un hombre que había visitado las camas de numerosas mujeres y que sabía exactamente lo que hacer en ellas. Semejante cualidad debería de haberle restado atractivo, no acrecentarlo. Sin embargo, Isabella comenzaba a descubrir que había una gran diferencia entre lo que se sabía que era bueno para uno mismo y lo que se deseaba de verdad. Y, a pesar de que le habría gustado poder afirmar lo contrario, Edward Masen era el único hombre por quien se había sentido atraída físicamente hasta ese extremo.
Si bien, en cierto modo, siempre había estado protegida, también estaba familiarizada con las verdades cotidianas de la vida. El escaso conocimiento que había acumulado se debía a las menciones veladas que había escuchado, menciones que fue sumando hasta completar el cuadro. La habían besado varios hombres que habían demostrado un fugaz interés por ella durante los pasados cuatro años. No obstante, ninguno de esos besos, sin importar el romanticismo que encerrara el escenario ni guapo que fuera el caballero en cuestión, había provocado la respuesta que había conseguido Edward Masen.
Por mucho que lo intentara, Isabella no podía olvidar aquel lejano instante en el diorama..., la suave y erótica presión de la boca del hombre sobre la suya, el arrollador placer de su beso. Desearía saber la razón por la que había sido diferente con Masen, pero no po día acudir a nadie en busca de consejo. Hablar con René sobre el asunto estaba fuera de toda consideración, ya que no quería confesar que había aceptado dinero de un extraño. Y, del mismo modo, tampoco iba a comentar el incidente con las otras floreros, que a todas luces sabían tan poco acerca de besos y hombres como ella misma.
Cuando su mirada se encontró con la de Masen, Isabella quedó consternada al darse cuenta de que lo había estado mirando fija mente. Observándolo e imaginando cosas. A pesar de que se sentara muy lejos el uno del otro, pudo percibir la inmediata y electrizante conexión que fluyó entre ambos... El rostro del hombre mostraba una expresión extasiada, lo que la llevó a preguntarse qué encontraría tan fascinante. Con un intenso rubor, apartó la mirada de él y hundió el tenedor en una cazuela de puerros y champiñones cubiertos con virutas de trufa blanca.
Tras la cena, las damas se retiraron a la sala para tomar té o café mientras que los caballeros permanecieron sentados a la mesa con sus copas de oporto. Según la tradición, los dos grupos volverían a unirse en el salón. Una vez que comenzaron a formarse corros de mujeres que charlaban y reían en la sala, Isabella se sentó junto a sus amigas.
- ¿Averiguasteis algo acerca de lord Black?-preguntó, con la esperanza de que hubieran recabado algún rumor durante, la cena-. ¿Hay alguien en particular por quien sienta verdadero interés?
-Hasta el momento, el terreno parece estar despejado -replicó Rosalie.
-Le he preguntado a mi madre lo que sabía acerca de Jacob-añadió Alice- y ha dicho que dispone de una considerable for tuna y no tiene deuda alguna.
- ¿Y cómo sabe ella? -preguntó Isabella.
-A petición de nuestra madre-explicó Alice- nuestro padre confeccionó un informe detallado de cuanto noble apropiado hubiera en Inglaterra. Y lo memorizó. Dice que el pretendiente ideal para cualquiera de nosotras sería un duque arruinado cuyo título proporcionara a los Cullen el éxito social y cuya cooperación para celebrar el matrimonio quedaría asegurada gracias a nuestro dinero. - La sonrisa de Alice se volvió sardónica al tiempo que estiraba una mano para darle un golpecito a su hermana mayor antes de añadir-: Compusieron un chascarrillo sobre Rosalie, en Nueva York. Decía así: «Si te casas con Rosalie, recibirás un millón.» Se hizo tan popular que fue una de las razones por las que tuvimos que venir a Londres. Nos miraban como si fuésemos una familia de idiotas torpes y ambiciosos.
-¿Acaso no lo somos? -preguntó Rosalie con amargura.
Alice puso los ojos en blanco.
-Al menos, me considero afortunada de que nos fuéramos antes de que pudieran componer una rima sobre mi persona.
-Yo la tengo -dijo Rosalie-: «Si con Alice te casas, en cuerpo y alma te relajas.»
Alice le dirigió una mirada de lo más elocuente y su hermana sonrió.
-No temas -continuó Rosalie- al final conseguiremos infil tramos en la sociedad londinense, acabaremos casadas con Lord Deudasenormes y lord Bolsillosvacíos y ocuparemos de una vez por todas el lugar que nos corresponde como señoras de la mansión.
Isabella sacudió la cabeza y esbozó una sonrisa comprensiva mientras Angy se disculpaba con un murmullo, posiblemente para atender a sus necesidades. Isabella casi sentía pena por las Cullen, ya que comenzaba a ser evidente que sus oportunidades casarse por amor no eran mucho mayores que las suyas propias.
-¿Tanto vuestro padre como vuestra madre desean que os caséis con un título? -Preguntó Isabella.-¿Qué opina vuestro padre al respecto?
Rosalie se encogió de hombros con despreocupación.
-Hasta donde alcanza mi memoria, nuestro padre nunca tuvo ni voz ni voto en lo referente a sus hijos. Lo único que pide es que lo dejemos tranquilo para poder ganar más dinero. Cuando le escribimos, ni se molesta en leer las cartas a menos que le pidamos permiso para retirar más fondos del banco. En ese caso, responde con una única línea: «Permiso concedido»
Alice parecía compartir el divertido cinismo de su hermana.
-Creo que las intenciones casamenteras de nuestra madre lo complacen, ya que la mantienen lo bastante ocupada como para no poder incordiarlo.
-Dios bendito -murmuró Isabella -. ¿Y nunca se queja porque le pidáis más dinero?
-Nunca -respondió Rosalie, que rió ante la evidente envidia de Isabella -. Somos asquerosamente ricos, Isabella... Y tengo tres hermanos mayores, todos solteros. ¿Considerarías a alguno como esposo? Si quieres, hago que uno cruce el Atlántico para que lo inspecciones.
-Tentador, pero no, gracias -replicó-. No quiero vivir en Nueva York. Preferiría ser la esposa de un par del reino.
-¿De verdad es tan maravilloso ser la esposa de un aristócrata?-preguntó Alice sin rodeos-. Y vivir en uno de esos caserones llenos de corrientes de aire y con pésimas cañerías, tener que aprender esa lista interminable de normas acerca de cuál es la manera apro piada de hacer todas y cada una de las cosas...
-Si no estás casada con un par del reino, no eres nadie -le ase guró Isabella -En Inglaterra, la aristocracia lo es todo. Determina la manera en que te tratan, las escuelas a las que van tus hijos, los lugares a los que te invitan... Determina todos los aspectos de tu vida.
-No sé si... -comenzó Alice, pero se vio interrumpida por el precipitado regreso de Angy.
Si bien ésta no mostraba señales aparentes de tener prisa, sus ojos azules brillaban por la urgencia, y el entusiasmo había puesto un toque de rubor en sus mejillas. Tras sentarse en el borde de la silla que había ocupado momentos antes, se inclinó hacia Isabella y le susurró entre tartamudeos.
-Te-tenía que regresar para contártelo: ¡Está solo!
-¿Quien? -Preguntó Isabella también en un susurro-.¿Quien está solo?
-¡Lord Black! Lo he vis-visto en la terra - terraza de atrás. Es taba sentado solo en una de las mesas.
Rosalie frunció el ceño.
-Quizás esté esperando a alguien. Si es así, a Isabella no le haría ningún favor acercarse a él como un rinoceronte en celo.
-¿Te importaría recurrir a una metáfora más favorecedora, querida?-preguntó Isabella con suavidad, lo que le valió una sonrisa de Rosalie.
-Lo siento. Pero procura actuar con cautela, Isabella.
-Entendido -dijo Isabella, que le devolvió la sonrisa al tiempo que se ponía en pie y se arreglaba las faldas con destreza- Voy a investigar la situación. Buen trabajo, Angy.
-Buena suerte -replicó Angy, tras lo cual todas cruzaron los dedos mientras la observaban abandonar la estancia.
El corazón de Isabella se disparó a medida que avanzaba por la casa. Tenía plena conciencia de que estaba obviando una maraña de reglas sociales. Una dama jamás debla buscar la compañía de un caballero; sin embargo, si sus caminos se cruzaban por accidente o se encontraban, por casualidad, compartiendo un canapé o una mesa de conversación, podían intercambiar unas cuantas galanterías. No obstante, no debían pasar tiempo a solas a menos que pasearan a caballo o en un carruaje abierto. En el caso de que una joven se topara con un caballero en los jardines, fuera de la vista de los demás, ésta debía asegurarse por todos los medios de que la situación no resultara comprometedora en ningún sentido.
A menos, por supuesto, que la joven quisiera verse comprometida.
A medida que se acercaba a la larga fila de puertas francesas que daban paso a la amplia terraza embaldosada, Isabella divisó a su presa. Tal y como Angy había descrito, lord Jacob Black estaba sentado a una mesa redonda, reclinado sobre el respaldo de su silla con una pierna extendida por delante. Parecía disfrutar de un respiro momentáneo tras haber escapado del opresivo ambiente de la casa.
En silencio, Isabella se acercó, a la puerta más cercana y la traspasó. El aire olía ligeramente a brezo y mirto, y el sonido del río que había más allá de los jardines proporcionaba un arrullo relajante. Con la cabeza baja, se frotó las sienes con los dedos como se viera afectada por un fastidioso dolor de cabeza. Cuando se encontraba a unos pocos metros de la mesa de Jacob, levantó la vista y se obligó a dar un pequeño respingo, fingiendo sorprenderse al encontrarlo allí.
-Vaya- dijo. No le resultaba difícil aparentar estar sin aliento. Estaba nerviosa, ya que sabía lo importante que era causarle la impresión adecuada-. No me había dado cuenta de que hubiera alguien aquí...
Jacob se puso en pie; sus gafas brillaron a la luz del farol de la terraza. Su silueta era tan delgada: que resultaba casi inexistente; la chaqueta le colgaba de los hombros. A pesar de ser unos ocho milímetros más alto que ella, a Isabella no le habría sorprendi do averiguar que pesaban lo mismo. Su postura denotaba timidez al tiempo que una extraña inquietud, como si se tratara de un ciervo presto para ejecutar una súbita retirada de un salto. Mientras lo cont emplaba, tuvo que admitir para sus adentros que Jacob no era la clase de hombre por la que se sentiría atraída en circunstancias normales. Aunque tampoco le gustaban los arenques en vinagre. Sin embargo, si se encontrara hambrienta y alguien le ofreciera un tarro de arenques, era poco probable que frunciera la nariz y lo re chazara.
-Hola -dijo Black; su voz era educada y suave, aunque un poco chillona-. No hay necesidad de que se asuste. Le aseguro que soy inofensivo.
-Creo que debería reservar mi opinión sobre ese asunto -respondió Isabella, que le sonrió para luego contraer la cara como si el esfuerzo le hubiera causado daño-. Le ruego que me disculpe por haber invadido su privacidad, señor. Sólo quería tomar un poco de aire fresco. -Inspiró hasta que sus pechos se apretaron con recato contra las ballenas de su corpiño-. El ambiente de la casa era un poco opresivo, ¿no le parece?
Jacob se acercó con las manos ligeramente alzadas, como si temiera que se desmayara en la terraza.
-¿Puedo traerle algo? ¿Un vaso de agua?
-No, gracias. Unos minutos en el exterior harán que me re ponga enseguida. - Isabella se dejó caer con gracia en la silla más cercana-. Aunque… -Se detuvo e intentó parecer avergonzada-.
No nos convendría que nos descubrieran sin carabina. Sobre todo cuando no hemos sido presentados.
El joven realizó una ligera reverencia.
-Lord Black a su servicio.
-Señorita Isabella Swan. - Miró la silla vacía que tenía al lado-. Siéntese, por favor. Le prometo que me iré en cuanto se me despeje la cabeza.
Black obedeció con recelo.
-No es necesario -dijo-. Quédese todo el tiempo que desee.
Eso resultó alentador. Con el consejo de Rosalie en la cabeza, Isabella meditó con mucho cuidado su siguiente comentario. Dado que Black se veía sometido al asedio de un montón de mujeres, debía encontrar una manera de resaltar entre ellas; por ejemplo, fingiendo que era la única que no estaba interesada en su persona.
-Entiendo perfectamente la razón de su presencia aquí - le dijo con una sonrisa-. Debe de desear con desesperación poder escapar de una multitud de mujeres ansiosas
Black le dirigió una mirada sorprendida.
-De hecho, así es. Debo confesar que jamás asistí a una fiesta con invitadas tan amistosas y predispuestas.
-Espere a que se acabe el mes -le advirtió-Para entonces, serán tan amistosas que tendrá que utilizar un látigo y una silla para mantenerlas a raya.
-Según entiendo, parece sugerir que soy algo así como un objetivo matrimonial-comentó con sequedad, expresando en voz alta algo que resultaba evidente.
-La única forma de que fuera un objetivo, más obvio sería pintándose una diana en la parte posterior de su chaqueta- replico Isabella, consiguiendo que el hombre riera entre dientes-. ¿Me permite que le pregunte qué otras razones tenía para escapar a la terraza, milord?
Black mantuvo la sonrisa. Parecía mucho más cómodo que al principio.
-Me temo que no soporto el licor. La cantidad de oporto que estoy dispuesto a beber en beneficio de mi vida social es muy limitada.
Isabella no había conocido a ningún hombre admitiera algo así de forma voluntaria. Para la mayoría de los caballeros, ser un hombre equivalía a beber la misma cantidad de alcohol que se necesitaría para tumbar un elefante.
-¿Le sienta mal?- pregunto, comprensiva.
-Me pone enfermo. Me habían dicho que la tolerancia mejora con la práctica, pero me temo que sea un objetivo sin sentido. Y tengo mejores formas de pasar el tiempo.
-Tales como...
Black consideró la pregunta con sumo cuidado.
-Un paseo por el campo. Un libro que cultive el intelecto. -Sus ojos reflejaron un súbito y cordial brillo-. Una conversación con una nueva amiga.
-También me agradan esas cosas.
-¿De verdad? -Black dudó, un instante, momento en que los sonidos que provenían del río y de las copas de los árboles pa recieron susurrar a través del aire-. Tal vez le apetezca unirse a mí para dar un paseo mañana por la mañana. Conozco varios senderos excelentes en Stony Cross.
A Isabella le costó reprimir el repentino entusiasmo que sintió. -Me encantaría -respondió.- Sin embargo, debo preguntar le… ¿Qué pasará con su séquito?
Black sonrió, lo que reveló una hilera de dientes pequeños e impecables.
-No creo que nadie nos moleste si salimos lo bastante tem prano.
-Da la casualidad de que me gusta levantarme temprano -min tió-. Y adoro caminar.
-¿A las seis le parece bien?
-Que sea a las seis -replicó al tiempo que se ponía en pie-. Debo marcharme. No tardarán en darse cuenta de mi ausencia. Además, ya me siento mucho mejor. Le agradezco mucho la invitación, milord-. Se permitió regalarle una sonrisa coqueta-. Y también le agradezco que compartiera su terraza.
Mientras regresaba al interior, cerró los ojos un instante y dejó escapar un suspiro de alivio. Había sido una buena presentación y había resultado mucho más fácil de lo esperado atraer el interés de Jacob. Con un poquito de suerte -y de ayuda por parte de sus amigas- sería capaz de atrapar a un aristócrata. Y, entonces, todo iría bien.
…
Graias por leer Hermosas :D
Me he portado bien! Acá está un capi súper largo ¿Qué les pareció? Parece que nuestra cazamaridos está teniendo suerte ¿o no? ¿Edward complicara las cosas? sabemos que el la desea :D pero ¿Qué hará el para conseguirla?
¿Les gusto?
