La historia NO ES MIA, es una adaptación de Lisa Kleypas.

Los personajes por supuesto son de la fantástica S.M.

Historia dedicada a la linda Vane, que fue quien me hizo leer el libro y enamorarme *_* espero que les guste tanto como a mí.

También quiero agradecer a las chicas de The twilight zone que siempre están en mi corazón.

Cuando la charla posterior a la cena hubo concluido, la mayo ría de los huéspedes se retiró a sus habitaciones. Cuando Isabella atravesó uno de los arcos de entrada al salón, vio que las demás floreros la estaban esperando. Respondió con una sonrisa a la expectación que reflejaban sus rostros y luego se encaminó con ellas un lugar en el que pudieran intercambiar unas cuantas palabras en privado.

- ¿Y bien? - preguntó Rosalie.

-Mamá y yo iremos a dar un paseo con lord Black mañana por la mañana –dijo Isabella.

- ¿A solas?

-A solas -confirmó Isabella -. De hecho, nos encontraremos al alba para evitar la compañía de una horda de cazadoras de maridos.

De haberse encontrado en un lugar más privado, bien podrían haber gritado todas de alegría. En cambio, se conformaron con intercambiar unas exultantes sonrisas mientras Alice movía los pies en una pequeña y eufórica danza de la victoria

- ¿ Có-cómo es? -preguntó Angy

-Tímido, pero agradable -contestó Isabella -. Y parece tener sentido del humor, algo que no me habría atrevido a esperar.

- ¡Y encima tiene dientes!-exclamó Rosalie.

-Tenías razón al decir que se asustaba con facilidad-dijo Isabella -. Estoy segura de que Jacob no se sentiría atraído por una mujer de carácter fuerte. Es circunspecto y de voz suave trato de comportarme con timidez..., aunque es muy probable que acabe sintiéndome culpable por semejante engaño.

-Todas las mujeres hacen eso durante el cortejo... y los hombres también, si a eso vamos -dijo Rosalie de forma prosaica-. Tra tamos de ocultar nuestros defectos y de decir las cosas que creemos que el otro quiere escuchar. Fingimos ser siempre encantadores y de temperamento dulce y pasamos por alto las pequeñas y asquerosas costumbres del otro, como si no nos molestasen. Y después de la boda, nos quitamos el disfraz.

-No creo que los hombres finjan tanto como las mujeres, la verdad -replicó Isabella -. Si un hombre es corpulento o tiene los dientes manchados, o si resulta de algún modo aburrido, continúa siendo un buen partido mientras siga siendo un caballero y tenga algo de dinero. Sin embargo, se espera que las mujeres se atengan a modelos mucho más elevados.

-Razón por la cual todas so-somos floreros -dijo Angy.

-No lo seremos por mucho tiempo -prometió Isabella con una sonrisa.

Florence, la tía de Angy, llegó desde el salón de baile ataviada con un vestido negro que la hacía parecer una bruja y que no le sentaba nada bien a su tez cetrina. Había poco parecido familiar entre Angy, con su cara redondeada, su cabello rojo y su cutis pecoso, y su malhumorada tía, que era un alfeñique.

-Ángela -dijo con brusquedad al tiempo que dirigía al grupo una mirada de desaprobación mientras le hacía un gesto a la chica-, te he advertido que no desaparecieras de esa manera… he estado buscándote por todas partes, al menos durante diez minu tos, y no recuerdo que pidieras permiso para reunirte con tus amigas. Y de todas las muchachas con las que habrías podido relacionarte... - sin dejar de parlotear con desprecio, la tía Victoria se encaminó hacia la majestuosa escalera mientras Angy; comenzaba a caminar tras ella.

Como sabía que la estaban mirando, Angy colocó la mano tras su espalda y agitó los dedos para despedirse. -Angy dice que su familia es muy rica -señaló Alice- Pero también dice que son todos infelices, del primero al último. Me pre gunto por qué será...

-Dinero viejo -replicó Rosalie-. Padre dice que no hay nada como toda una vida de opulencia para hacerle a uno consciente de lo que no posee. -Entrelazó su brazo con el de Alice-. Vamos querida, antes de que madre se dé cuenta de que hemos desaparecido. -Miró a Isabella con una sonrisa interrogante -. ¿Quieres, pasear con nosotras, Bella?

-No, gracias. Mi madre se reunirá conmigo a los pies de la es calera dentro de un momento.

-Buenas noches, entonces. -Los ojos claros de Rosalie res plandecieron cuando añadió-: Para cuando nos despertemos mañana, ya habrás salido a pasear con Jacob. Espero un informe completo durante el desayuno.

Isabella se despidió de ellas con un gesto alegre y contempló cómo ambas se alejaban. A continuación, se encaminó muy despacio hacia la escalera principal y se detuvo entre las sombras que había junto a la base de la estructura curva. Parecía que a René, como era su costumbre, le estaba costando muchísimo dejar la conversación del salón. Sin embargo, a Isabella no le importó esperar. Tenía la cabeza llena de ideas que iban desde los temas de conversación que podrían interesarle a Jacob durante el paseo siguiente, hasta la forma de asegurarse su atención a pesar de las muchas chicas que lo perseguirían durante las próximas semanas.

Si era lo bastante lista como para conseguir gustarle a lord Black, y si las floreros tenían éxito con el plan de seducción ¿qué se sentiría al ser la esposa de semejante hombre? instintivamente, estaba segura de que jamás podría enamorarse de alguien como Jacob, pero juró que haría todo lo posible por ser una buena esposa para él. Lo más probable era que, con el tiempo, llegara a tomarle cierto cariño. El matrimonio con ese hombre podría resultar muy agradable. La vida sería confortable y segura, y jamás tendría que volver a preocuparse de si había o no comida suficiente en la mesa. Y, lo más importante de todo, el futuro de Seth quedaría asegurado y su madre jamás tendría que volver a pasar por las repugnantes atenciones de lord James Hodgeham.

Se escucharon unos fuertes pasos cuando alguien comenzó a descender los escalones. De pie junto a la barandilla, Isabella alzó la mirada con una ligera sonrisa y, de repente, se quedó helada. Por increíble que pareciera, se encontró frente a frente con un gordo rostro, coronado por un mechón colgante de cabello canoso. James? ¡No podía ser!

El hombre llegó a los pies de las escaleras y se detuvo ante ella con una reverencia formal y una presunción insufrible. Cuando Isabella contempló los gélidos ojos azules de James, la comida que había tomado durante la cena pareció formar una espino sa bola que comenzó a rodar por su estómago.

¿Cómo era posible que estuviera allí? ¿Por qué no lo había visto antes? Al pensar en su madre, que pronto se reuniría con ella en aquel mismo lugar, la embargó la furia. Aquel hombre rudo e insolente, que se había nombrado a sí mismo su benefactor, y que sometía a su madre a sus repugnantes atenciones a cambio de sus mugrientas y míseras monedas, las había perseguido en el peor mo mento posible. No podría haber un tormento peor para René que la presencia de James durante esa fiesta. Él podría revelar la relación que existía entre ellos en cualquier momento... Podría arruinarlas sin más, y no tenían modo de obligarlo a guardar silencio.

-Vaya, señorita Swan -murmuró James, cuyo rostro gordinflón se sonrojó con malévola satisfacción-. Qué placentera coincidencia que sea usted el primer invitado que me encuentro en Stony Cross Park.

Isabella sintió unos nauseabundos escalofríos cuando se obligó a enfrentar su mirada. Trató de hacer desaparecer cualquier emoción de su rostro, pero James sonrió de forma perversa, como si fuera consciente del pánico y la hostilidad que la atena zaban.

-Después de los inconvenientes del viaje desde Londres - continuó- decidí tomar la cena en mis aposentos. Siento muchísimo no haberla visto antes. De cualquier forma, habrá muchas oportunidades para reunirnos durante las semanas venideras. Supongo que su encantadora madre está aquí con usted, ¿me equivoco?

Isabella habría dado cualquier cosa por poder contestarle que no. El corazón le latía tan rápido que parecía succionar el aire de sus pulmones... Se esforzó por pensar y decir algo a pesar del incesante martilleo de su pecho.

-No se acerque a ella -dijo, asombrada por la firmeza de su propia voz-. Ni se atreva a dirigirle la palabra.

-Pero bueno, señorita Swan, me hiere con sus palabras... Yo que he sido el único amigo de su familia en las épocas difíciles, cuando todos los demás los han abandonado,

Ella lo observó sin pestañear, sin moverse, como si estuviese delante a una serpiente venenosa dispuesta a atacar.

-Una feliz coincidencia que hayamos acudido ambos a la misma fiesta, ¿no le parece? -preguntó James. Rió en voz baja y el repentino movimiento hizo que su repeinado cabello se deslizara como un grasiento estandarte sobre su frente. Lo echó hacia atrás con una sus rollizas manos-. De hecho, la fortuna me sonríe al concederme la posibilidad de estar cerca de una mujer a la que tengo en tan alta estima.

-No habrá proximidad alguna entre mi madre y usted - dijo Isabella, que apretó el puño con fuerza para evitar asestarle un puñetazo en esa cara sebosa-. Se lo advierto, milord, si la molesta de de alguna forma...

-Querida niña, ¿cree que me refiero a René? Es usted demasiado modesta. Me refiero a usted, por supuesto Isabella. Hace mucho tiempo que la admiro. En realidad, estoy ansioso por demostrarle la naturaleza de mis sentimientos. Al parecer, el destino nos ha proporcionado la ocasión perfecta de llegar a conocemos mejor.

-Antes dormiría en un nido de serpientes -replicó Isabella con frialdad; sin embargo, había miedo en su voz y el hombre son rió al escucharlo.

-Estoy seguro de que al principio protestará, por supuesto, Las muchachas como usted siempre lo hacen. Pero luego hará lo más sensato..., lo más inteligente..., y descubrirá las ventajas de convertirse en mi amiga. Puedo ser un amigo muy valioso, querida mía. Y, si me complace, la recompensaré con generosidad.

Isabella trató con desesperación de pensar en una manera de destruir cualquier esperanza que tuviese el hombre de convertirla en su amante. El miedo a entrometerse en territorio de otro hombre era la única cosa que mantendría a James lejos de ella. Isabella se obligó a esbozar una sonrisa de desprecio.

- ¿Acaso le parece que necesito su supuesta amistad? -Pre guntó al tiempo que jugueteaba con los pliegues de su elegante ves tido nuevo-. Se equivoca. Ya tengo un protector..., uno mucho más generoso que usted. De modo que será mejor que me deje en paz, y a mí madre también, o tendrá que responder ante él.

Observó las emociones que atravesaron, una tras otra, el rostro de James la incredulidad inicial, seguida por la furia y después por la suspicacia.

- ¿Quién es él?

- ¿Y por qué iba a decírselo? -replicó Isabella con una son risa condescendiente-. Prefiero que se quede con la duda.

- ¡Estás mintiendo, zorra del demonio!

-Piense lo que quiera -murmuró ella.

Las gordas manos de James se cerraron a medias, como si el hombre deseara ponérselas encima y arrancarle una confesión. Sin embargo, se contuvo y la miró con el rostro arrebolado por la furia.

-Todavía no he acabado contigo -murmuró, y la saliva salpi có sus carnosos labios-. Ni mucho menos.

Se alejó de ella con brusca precipitación, demasiado encendido como para molestarse en mostrar la más mínima cortesía.

Isabella se quedó allí de pie sin moverse. La furia había de saparecido y en su lugar se había instalado una ansiedad que le llegaba hasta la médula de los huesos. ¿Sería suficiente lo que le había dicho a James para mantenerlo a raya? No, sólo era una solu ción temporal. En los días venideros, estaría observándola de cerca, escudriñando cada palabra que dijera y todo lo que hiciera con el fin de averiguar si había mentido o no con respecto a lo de tener un protector. . Y habría amenazas y observaciones mordaces destinadas a sacarla de quicio. No obstante, sin importar lo que sucediera, no podía permitirle a ese hombre que revelara el arreglo que tenía con su madre. Eso mataría a René y, sin duda, arruinaría las posibilidades de matrimonio de Isabella.

Su mente siguió dándole vueltas de modo frenético a aquel asun to y permaneció inmóvil y tensa hasta que una voz profunda le dio un susto de muerte,

-Interesante. ¿Sobre qué discutían lord Hodgeham y usted?

Pálida, Isabella se giró para contemplar a Edward Masen, que se había acercado a ella con un sigilo felino. Sus hombros bloqueaban la profusión de luces que llegaban desde el salón. Con ese increíble autocontrol que poseía, parecía infinitamente más amenazador que Hodgeham.

- ¿Qué es lo que ha oído? -barbotó Isabella, que se maldijo para sus adentros al escuchar la actitud defensiva que reflejaba su propia voz.

-Nada-respondió él con suavidad-. No vi más que la cara de ambos mientras hablaban. Resultaba obvio que usted estaba molesta por algo.

-No estaba molesta. Ha malinterpretado usted mi expresión, señor Masen.

El sacudió la cabeza y la sorprendió al estirar una mano para acariciarle con un dedo la parte superior del brazo que no quedaba cubierta por el guante.

-Le salen manchas cuando se enfada.

Isabella miró hacia abajo y vio una mancha de color rosa pálido, una señal de que su piel, como de costumbre, tenía una tonalidad desigual cuando se alteraba.

Sintió un escalofrío al contemplar cómo la acariciaba su dedo y se apartó de él.

- ¿Tiene problemas Bella? -preguntó Edward en voz baja.

No tenía derecho alguno a preguntar algo así con tanta amabilidad, casi como si le preocupara..., como si él fuera alguien a quien ella pudiese acudir en busca de ayuda..., como si ella pudiera permitirse alguna vez hacerlo.

-Eso le gustaría, ¿verdad? -replicó-. Cualquier dificultad que tuviera lo deleitaría a más no poder, ya que así podría ofrecerme su ayuda y sacar provecho de la situación.

El hombre entornó los ojos y la miró fijamente.

- ¿Qué tipo de ayuda necesita?

-De usted, ninguna -le aseguró con sequedad-Y no utilice mi nombre de pila. Le agradecería que se dirigiera a mí con propiedad de ahora en adelante... O, mejor aún: que no me dirija la palabra en absoluto. -Incapaz de soportar su mirada escrutadora ni un momento más, se alejó de él-. Ahora, si me disculpa, debo encontrar a mi madre.

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René se sentó en la silla que había junto a la mesita del toca dor al tiempo que contemplaba la palidez del rostro de Isabella. La joven había aguardado a estar a salvo en la intimidad de su dormito antes de contarle a René las horribles noticias. Al parecer, a su madre le había costado todo un minuto asimilar el hecho de que el hombre al que más detestaba y temía era uno de los invitados de Stony Cross Park. Isabella casi había esperado que su madre esta llara en lágrimas, pero René la había sorprendido, ya que no ha bía hecho otra cosa que inclinar la cabeza hacia un lado y contemplar el rincón oscuro de la habitación con una sonrisa extraña y resigna d. Era una sonrisa que Isabella jamás había visto en su rostro con anterioridad, una sonrisa de la que emanaba una extraña amargura que indicaba que no tenía ningún sentido tratar de mejorar la situa ción de uno, porque el destino siempre se salía con la suya.

- ¿Quieres que nos marchemos de Stony Cross Park? -Mur muró Isabella - Podemos regresar a Londres de inmediato.

La pregunta pareció flotar en el aire durante incontables minu tos. Cuando René respondió, parecía confusa y meditabunda.

-Si hacemos eso, no tendrás esperanza alguna de obtener una oferta de matrimonio. No, tu única oportunidad es acabar con esto. Pasearemos con lord Kendall mañana por la mañana; no permitiré que James arruine tus oportunidades con él.

-Será una fuente constante de problemas -dijo Isabella en voz baja-. Si no regresamos a la ciudad, la situación se convertirá una pesadilla.

En aquel momento, René se giró hacia ella con esa inquie tante sonrisa.

-Querida mía, si no encuentras a alguien con quien casarte, cuando regresemos a Londres comenzará la verdadera pesadilla.

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Abrumada por la preocupación, Isabella durmió, a lo sumo dos o tres horas. Cuando se despertó aquella mañana, tenía bolsas oscuras bajo los ojos y el rostro pálido y demacrado.

- Por todos los santos -murmuró al tiempo que empapaba un trapo en agua fría y se lo llevaba a la cara-. Esto no puede ser. Parece que tenga cien años esta mañana.

- ¿Qué has dicho querida? - fue la adormilada pregunta de su madre.

René estaba de pie detrás de su hija, vestida con un ajado camisón y unas zapatillas deshilachadas.

-Nada, mamá. Hablaba sola. - Isabella se frotó la cara con fuerza para recuperar cierto color en las mejillas.

René se acercó a su hija y la estudió con detenimiento.

-Es cierto que pareces un poco cansada. Pediré que nos suban un poco de té.

-Que sea una tetera bien grande. -dijo Isabella. Mientras contemplaba sus ojos enrojecidos en el espejo, añadió-: Mejor que sean dos.

René retorció el paño antes de dejarlo sobre el lavamanos.

-Los vestidos más viejos que tengamos, supongo, ya que algu nos senderos del bosque pueden estar bastante embarrados. Aunque podremos cubrirlos con los nuevos chales de seda que nos dieron Rosalie y Alice.

Después de beberse una taza de humeante té y darle unos cuan tos mordiscos apresurados a la fría tostada que había subido una de las doncellas, Isabella terminó de vestirse. Se estudió en el espejo con ojo crítico. El chal de seda azul que había anudado alrededor del corpiño escondía a la perfección el ajado tejido del vestido color vainilla que había debajo. Además, su nuevo bonete, también obsequio de las Cullen, resultaba muy favorecedor, ya que el forro azulado resaltaba su nívea piel.

Sin dejar de bostezar, Isabella bajó con su madre hasta la te rraza posterior de la mansión. Era lo bastante temprano como para que casi todos los invitados de Stony Cross siguieran en la cama. Solo unos cuantos caballeros decididos a pescar truchas se habían molestado en levantarse. Un reducido grupo de hombres desayu naban en las mesas del exterior mientras los criados aguardaban en las cercanías con las cañas y las cestas de pesca. Ese tranquilo escenario se vio asaltado por un clamor de lo más molesto y en absoluto habitual a una hora tan temprana.

- Por el amor de Dios -oyó exclamar a su madre. Siguió su mirada estupefacta hasta el otro lado de la terraza, que se había visto invadida por una cacofonía de frenéticos parloteos, grititos, carcajadas y el agresivo despliegue de los encantadores modales de un grupo de jovencitas. Rodeaban algo que permanecía oculto en el centro de tan apiñada congregación-. ¿Qué hacen aquí? -pregun tó, asombrada, René.

Isabella suspiró y dijo con resignación:

-Van de caza matutina, me figuro.

René abrió la boca de par en par mientras contemplaba el es candaloso grupo.

-No querrás decir que... ¿Acaso crees que el pobre lord Black se haya en mitad de eso?

Isabella asintió.

Y, a juzgar por la situación, no creo que vayan a dejar mucho de él cuando terminen.

-Pero... pero él acordó salir a pasear contigo -protestó René-. Única y exclusivamente contigo, conmigo como carabina.

Cuando algunas de las jovencitas se percataron de la presencia de Isabella al otro lado de la terraza, la multitud cerró filas alrededor de su presa, como si quisieran evitar que lo viera. Isabella sacu dió la cabeza ligeramente. O bien Jacob había contado a alguien sus planes sin pensar en las consecuencias o bien la locura por encontrar marido había alcanzado tales cotas que ni siquiera podía aventurarse fuera de su habitación sin atraer a una caterva de mujeres, por muy intempestiva que fuera la hora.

-Bueno, no nos quedemos aquí -la urgió René-. Ve y únete al grupo. E intenta atraer su atención.

Annabelle le dirigió una mirada indecisa.

-Algunas de esas chicas parecen fieras. No me gustaría acabar con un mordisco.

Molesta por una risa sofocada que le llegó desde algún lugar cercano, se giró hacia el sonido. Como ya debería haber esperado, Simón Hunt se apoyaba contra la balaustrada de la terraza; la taza de porcelana quedaba casi oculta en su enorme mano mientras bebía distraídamente su café. Llevaba el mismo tipo de ropa tosca que el resto de los pescadores, confeccionada con tweed y sarga, y una desgastada camisa de lino con el cuello abierto. El brillo burlón de sus ojos proclamaba el interés que demostraba en la situación;

Isabella se descubrió acercándose a él de modo totalmente inconsciente. Se aproximó hasta quedar a un metro de distancia y descansó ambos codos sobre la balaustrada, con la mirada perdida en el amanecer envuelto en bruma. Masen, en cambio, estaba apoyado de espaldas, encarando así los muros de la mansión.

Con la necesidad de aguijonear esa irritante seguridad de la que hacía gala, Isabella murmuró:

-Lord Black y lord Whitlock no son los únicos solteros en Stony Cross, señor Masen. Cualquiera podría preguntarse el motivo de que usted no se encuentre sometido a la misma persecución que ellos dos.

-Es evidente-contestó con tranquilidad al tiempo que se llevaba la taza a los labios y vaciaba su contenido-. No tengo título y además, sería un pésimo marido. -Le dirigió una perspicaz mirada de reojo-. En cuanto a usted..., a pesar de la simpatía que me despierta su causa, no le aconsejaría que entrara en la pugna por Kendall.

- ¿Por mi causa? -repitió Isabella, que se sintió ofendida por esa palabra-. ¿Cómo definiría usted mi causa, señor Masen?

-Bueno, es usted misma, por supuesto -dijo en voz baja-. Desea lo mejor para Isabella Swan. Sin embargo, Jacob no entra en esa categoría. La unión entre usted y ese caballero acabaría en desastre.

Ella giró la cabeza para mirado con los ojos entrecerrados.

- ¿Por qué?

-Porque es demasiado agradable para usted. -Masen sonrió ante su expresión., -. Eso no pretendía ser un insulto. No me atraería tanto si fuera una mujer apacible. Además, usted tampoco sería buena para Jacob... Ni él le sería de mucha utilidad, en todo caso. Lo aplastaría sin miramientos hasta que su alma de caballero quedara hecha jirones a sus pies.

Isabella deseaba con todas sus fuerzas borrar la sonrisa de su perioridad de su rostro. Ella, que nunca había considerado siquiera la posibilidad de herir físicamente a alguien. La furia que sentía se vía apenas mitigada por el hecho de que él tuviera razón. Isabella sabía que era demasiado fogosa para un hombre tan dócil y civilizado como Jacob. Sin embargo, nada de eso era asunto de Edward Masen... Además, ¡ni Massen ni ningún otro hombre tenían la intención de ofrecerle una alternativa mejor!

-Señor Masen -le dijo con dulzura, aunque su mirada era venenosa-, ¿por qué no se marcha y...?

- ¡Señorita Swan! -La exclamación ahogada llegó desde unos metros de distancia y fue seguida por la delgada silueta de lord Black, que emergía en ese momento del grupo de féminas. Tenía un aspecto desaliñado y parecía algo molesto mientras se abría camino hasta ella-. Buenos días, señorita Swan -Hizo una pausa para colocarse el nudo de su corbata y enderezar las gafas torcidas-. Parece que no somos los únicos que han tenido la idea de pasear esta mañana. -Le dirigió a Isabella una mirada tímida al preguntar-: ¿Le parece que lo intentemos de todas formas?

Isabella dudó, gimiendo para sus adentros. Poco podía sacar ella de un paseo con Jacob si iban a estar acompañados por un numeroso grupo de mujeres. Sería lo mismo que intentar mantener una conversación tranquila en medio de una bandada de urracas. Sin embargo, tampoco podía permitirse desairar la invitación, ya que incluso el menor de los rechazos podría desanimado y traducirse en que nunca más volviera a invitada.

Le dedicó una brillante sonrisa.

-Será un placer, milord.

-Excelente. Hay unos ejemplares fascinantes de flora y fauna que me gustaría mostrarle. Como soy un horticultor aficionado, he llevado a cabo un cuidadoso estudio de la vegetación autóctona de Hampshire...

Las siguientes palabras quedaron acalladas cuando unas jovencitas entusiasmadas lo rodearon.

-Adoro las plantas-barbotó una de ellas-. No hay una sola planta que no encuentre absolutamente encantadora.

-y el campo sería tan, pero tan poco atractivo sin ellas... - dijo otra con fervor.

-Por favor, lord Black-intervino otra más-, sólo tendría que explicamos la diferencia entre una flora y una fauna...

La multitud de jovencitas alejó a Jacob como si lo arrastrara una corriente marina imposible de detener. René se fue tras ellas con arrojo, decidida a defender los intereses de Isabella.

-Sin duda, la extremada modestia de mi hija le impedirá contarle la intensa afinidad que siente con la naturaleza:..- comenzó a decirle a Jacob.

Jacob le dirigió una mirada impotente por encima del hombro mientras se veía arrastrado sin remedio hacia las escaleras de la terraza.

- ¿Señorita Swan?

-Ya voy -le contestó Isabella a voz en grito, colocando ambas manos junto a la boca para hacerse oír.

Su respuesta, si es que la emitió, resultó imposible de oír.

Despacio, Edward Cullen depositó la taza vacía en la mesa más cercana y le musitó algo al criado que sostenía su equipo de pesca. El sirviente asintió y se retiró al tiempo que Masen alcanzaba a Isabella, quien se tensó al darse cuenta de que caminaban el uno al lado del otro.

- ¿Qué hace?

Masen metió las manos en los bolsillos de su abrigo de pesca.

-Voy con usted. Lo que suceda en el río, sea lo que sea, no será ni la mitad de interesante que ver cómo compite por la atención Jacob. Además, carezco por completo de conocimientos sobre horticultura. Puede que aprenda algo.

Tragándose una respuesta airada, Isabella siguió con resolu ción a Jacob y a su séquito. Bajaron los escalones de la terraza y tomaron un sendero que conducía hacia el bosque, donde hayas y robles enormes presidían la escena por encima de los gruesos man tos de musgo, helechos y líquenes. Al principio, Isabella ignoró la presencia de Edward Masen a su lado y se limitó a caminar con ac titud fría tras el cortejo de admiradoras de Jacob, que se veía obli gado a realizar un notable ejercicio físico, ya que debía ayudar a una joven tras otra a sortear los más nimios obstáculos. El tronco de un árbol caído, cuyo diámetro no sobrepasaba el del brazo de Isabella, se convirtió en un impedimento insalvable para el que todas requirieron la ayuda de Jacob. Las muchachas se volvían cada vez más desvalidas, hasta el punto de que el pobre hombre se vio prác ticamente obligado a cruzar en brazos a la última mientras ésta chillaba y fingía un pequeño desmayo al tiempo que le rodeaba el cue llo con los brazos.

Bastante alejados del grupo, Isabella se negó a aferrarse al brazo que Edward le ofreció y pasó por encima del tronco sin ayuda. Él esbozó una media sonrisa, absorto en su perfil.

-A estas alturas, sería de esperar que se hubiera abierto cami no hasta la cabeza -señaló.

Isabella emitió un resoplido desdeñoso.

-No voy a desperdiciar mis energías luchando con un puñado de cotorras. Esperaré un momento más oportuno para que Jacob me preste atención.

-Ya le ha prestado atención. Debería estar ciego para no hacerlo. La pregunta es ¿Por qué cree que tendrá la suerte de que Black le haga una proposición cuando no ha conseguido que nadie más lo haga en los dos años que hace que la conozco?

-Porque tengo un plan - replicó sucintamente.

- ¿Y en qué consiste ese plan?

Isabella le dirigió una breve y desdeñosa mirada.

-Como si se lo fuera a contar a usted.

-Tengo la esperanza de que sea algo retorcido y poco limpio-dijo Masen con seriedad-. Ya que parece que el acercamiento propio de una dama no le ha dado resultado alguno.

-Sólo porque carezco de dote -contestó Isabella -. Si tuviera dinero, llevaría muchos años casada.

-Yo tengo dinero-dijo él, servicialmente-. ¿Cuánto quiere?

Isabella lo miró con cinismo.

-Me hago una idea bastante clara de lo que querría a cambio, señor Masen, así que puedo contestarle con toda honestidad que no quiero ni un chelín de su bolsillo.

-Es agradable saber que se muestra tan selectiva en lo concerniente a las amistades que mantiene. -Edward extendió una mano para apartar una rama de modo que ella pudiera pasar-. Dado he escuchado algunos rumores en sentido contrario, me alegra comprobar que no son ciertos.

- ¿Rumores? - Isabella se detuvo en mitad del sendero y se giró para mirarlo a la cara-. ¿Sobre mí? ¿Y qué podrían decir sobre mí?

Masen contempló su expresión preocupada en silencio mientras ella adivinaba el significado por sí sola.

-Selectiva... -murmuró-. En lo concerniente a las amistades que mantengo... ¿y se supone que eso implica que he hecho algo inapropiado...? -Se detuvo de golpe cuando la imagen de la repugnante y rubicunda cara de James se abrió paso en su cabeza.

A Masen no le pasaron desapercibidas la súbita palidez de sus mejillas ni las pequeñas arrugas que se le formaron en el entrecejo. Tras dedicarle una mirada gélida, Isabella se dio la vuelta y comenzó a andar por el sendero cubierto de hierba con pasos medidos y seguros.

Edward se puso a su altura, mientras escuchaban de nuevo la lejana voz de Jacob, que seguía dándoles una clase a sus atentas oyentes acerca de las plantas que dejaban atrás. Raros ejemplares de orquídeas, celidonias, algunas variedades de hongos... El discurso se veía salpicado de tanto en tanto por las exclamaciones de sorpresa provenientes del encandilado público.

-… Estas plantas bajas -decía Jacob, que había hecho una para señalar un grupo de musgo y líquenes que cubría un desafortunado roble- se clasifican como briofitas, y requieren cier tas condiciones de humedad para proliferar. Si se vieran privadas de la protección de las copas de los árboles, en campo abierto, perece rían sin duda alguna...

-No he hecho nada malo -dijo Isabella sin más, preguntán dose porqué le importaba en lo más mínimo la opinión de Masen. Sin embargo, le molestaba lo bastante como para preguntarse quién le ha bía contado ese rumor y, más concretamente, cuándo se lo habrían contado. ¿Acaso alguien había presenciado las visitas nocturnas de James a su casa? Aquello no era una buena señal. No había defensa alguna contra un rumor como ése, que era capaz de destruir la reputación de una dama-. Y tampoco me arrepiento de nada.

- Una lástima -le dijo Edward con despreocupación-. Arrepentirse de algo es la única muestra de que se ha hecho algo intere sante en la vida.

- ¿y de qué se arrepiente usted, por ejemplo?

-Bueno, yo tampoco me arrepiento de nada. -Un brillo per verso iluminó sus ojos oscuros-. Aunque no crea que no lo he intentado. Sigo empeñado en hacer cosas innombrables con la esperanza de arrepentirme más tarde. Pero, hasta el momento... nada.

A pesar de la agitación que sentía, Isabella no pudo reprimir risa nerviosa. Una rama larga cruzaba el camino, por lo que estiró el brazo para apartarla.

-Permítame -intervino Edward, que se adelantó para sujetarla en su lugar.

-Gracias. -Pasaba al lado de Edward con la vista perdida en Jacob y las demás, cuando sintió, de repente, un pinchazo en el interior del pie-. ¡Ay! -Se detuvo en mitad del sendero y se levantó el bajo del vestido para averiguar el origen del malestar.

- ¿Qué sucede? -Edward estuvo a su lado de inmediato y la sujetó por el codo con una de sus grandes manos para ayudarla a mantener el equilibrio.

-Me he clavado algo en el zapato.

- Déjeme ayudarla -le dijo al tiempo que se agachaba y se apoderaba de su tobillo.

Era la primera vez que un hombre le tocaba la pierna, por lo que el rostro de Isabella adquirió un rubor escarlata.

-Ni se le ocurra tocarme ahí -protestó con un áspero susurro. Apunto, estuvo de perder. El equilibrio al retroceder. Edward no soltó su presa, con el fin de evitar caerse, Isabella se vio obligada a aferrarse a sus hombros-. Señor Masen...

-Ya veo cuál es el problema -murmuró. Ella sintió como tiraba del fino algodón de la media, que cubría su pierna-. Debe de haber pisado algún helecho con espinas. -Sostuvo algo en alto para que lo inspeccionara: una ramita de aspecto parecido a una espiga se había colado por el algodón hasta llegar al empeine.

Con el rostro arrebolado, Isabella siguió aferrada a su hombro para mantener el equilibrio. El contorno de su hombro era sorprendentemente duro; el hueso y el fuerte músculo no quedaban suavizados por ninguna capa de relleno del abrigo. Su mente, estupefacta, tenía serios problemas para aceptar el hecho de que se encontraba en mitad del bosque con la mano de Edward Masen en su tobillo.

Al darse cuenta de su mortificación, Masen esbozó una repentina sonrisa.

-Hay más espigas en su media. ¿Quiere que se las quite?

-Que sea rápido - le replicó con voz agraviada-, antes de Jacob se dé la vuelta y le vea con la mano metida bajo mis faldas.

Con una risa ahogada, Masen se dedicó a la tarea y sacó con destreza la última espina del tejido de sus medias. Mientras trabajaba, Isabella se quedó absorta en ese lugar de su nuca donde los mechones Broncíneos se rizaban contra la tersa y banquina piel.

Tras coger el zapato que le había quitado, Masen volvió a ponérselo con una floritura.

-Mi Cenicienta campestre -le dijo al tiempo que se ponía de pie. Mientras paseaba la mirada por las ruborizadas mejillas de Isabella, sus ojos chispearon con un brillo burlón, pero amistoso- ¿Por qué utiliza un calzado tan ridículo para caminar por el campo? Siempre supuse que tendría el buen tino de calzarse un par de botines.

-No tengo botines -respondió Isabella, molesta por la insinuación de ser una inconsciente incapaz de elegir el calzado adecuado para un simple paseo-. Los que tenía se hicieron pedazos y no puedo permitirme comprar otro par.

Para su sorpresa, Edward no aprovechó la oportunidad para bur larse más de ella. Su rostro adquirió una expresión pétrea mientras la observaba con detenimiento.

-Será mejor que nos unamos a los demás -dijo al fin-. A es tas alturas, puede que hayan descubierto alguna variedad de musgo que todavía no hayamos visto. Oh que Dios nos ayude, una seta.

La opresión que Isabella sentía en el pecho disminuyó.

-Por mi parte, tengo la esperanza de que se trate de un liquen.

El comentario obtuvo por respuesta la sombra de una sonrisa. Edward extendió una mano para apartar una rama que sobresalía por encima del sendero. Con valentía, Isabella se levantó las faldas tratar de seguirlo mientras trataba de no pensar en lo bien que estaría en esos momentos sentada en la terraza de la mansión, tomando una taza de té con pastas. Alcanzaron la cima de una suave pendiente y se vieron recompensados por la sorprendente visión que un manto de campanillas ofrecía sobre el suelo del bosque. Era como caer de cabeza en un sueño, con esos destellos azules que fluían entre los troncos de los robles, las hayas y los fresnos. El aroma de las cam panillas llegaba desde todas partes, y sus pulmones se llenaron con el aire perfumado.

Al pasar junto al tronco de un árbol delgado, Isabella lo rodeó con un brazo y se detuvo a contemplar los ramilletes de campanillas con placentera sorpresa.

-Encantador -murmuró con el rostro brillante bajo las som bras que proyectaban las copas de aquellas antiguas ramas entrela zadas.

-Sí.

Sin embargo, Edward la miraba a ella, no a las campanillas, y un breve vistazo a su expresión hizo que la sangre de Isabella comenzara a vibrar en sus venas. Había visto la admiración en los rostros de otros hombres, e incluso había llegado a reconocer el deseo, pero ninguna mirada había sido tan íntima y perturbadora como esa…, como si lo que él anhelara fuera mucho más complicado que el mero uso de su cuerpo.

Desconcertada, se apartó del tronco y se acercó a Jacob, que charlaba con su madre aprovechando que el grupo de jovencitas se había dispersado para recoger enormes ramos de campanillas. Los tallos de las flores acabaron pisoteados y destrozados mientras las saqueadoras reunían su tesoro.

Jacob pareció aliviado al ver que Isabella se acercaba, impresión que se intensificó al percatarse de la espléndida sonrisa que ésta le dedicaba. Por su actitud, parecía haber esperado que Isabella se mostrara petulante, tal y como lo habría hecho cualquier mujer a la que se invitara a dar un paseo para luego ser ignorada a favor de una compañía más exigente. La mirada del hombre se posó sobre la figura oscura de Edward Masen y su expresión pasó a ser de incertidumbre. Los dos hombres intercambiaron saludos con la cabeza: Edward trasuntaba confianza en sí mismo; Masen, en cambio, se mostraba en cierta forma cauteloso.

-Veo que hemos atraído más compañía -murmuró Jacob.

Isabella le dedicó su sonrisa más encantadora.

-Por supuesto que sí -le dijo-. Es usted como el flautista de Hamelín, milord. Allá donde va la gente lo sigue.

El hombre se sonrojó, agradecido por el comentario, y musitó:

-Espero que haya disfrutado del paseo hasta el momento, señorita Swan.

-Desde luego que sí -le aseguró-. Aunque debo admitir que me he tropezado con un helecho espinoso.

René emitió una suave exclamación, movida por la inquietud.

-Santo cielo... ¿Estás herida, querida?

-No, no, no fue más que una insignificancia -replicó Isabella de inmediato-. Un par de arañazos nada más. Y la culpa fue mía: me temo que no llevo el calzado adecuado. -Adelantó un pie para mostrarle a Jacob sus zapatos, asegurándose de mostrar también una buena porción de su esbelto tobillo al mismo tiempo.

Jacob chasqueó la lengua con preocupación.

-Señorita Swan, necesita algo mucho más resistente que esos zapatos para dar un paseo por el bosque.

-Tiene razón, por supuesto - Isabella se encogió de hombros sin perder la una estupidez de mi parte no prever que el terreno fuera tan accidentado. Intentaré medir mis pasos con más cuidado en el camino de vuelta. Aunque las campanillas son tan maravillosas que creo que atravesaría un campo lleno de helechos espinosos con tal de alcanzarlas.

Tras agacharse para recoger un ramillete de campanillas, Jacob separó un tallo y lo prendió del lazo de su bonete.

-No son ni la mitad de hermosos que sus ojos -le dijo, Su vista bajó hasta el tobillo, que había vuelto a quedar oculto tras el dobla dillo de las faldas-. Durante el camino de vuelta, apóyese en mi brazo y así evitaremos más contratiempos.

-Muchas gracias, milord. - Isabella le dirigió una mirada de admiración-. Me temo que me he perdido alguno de sus comenta rios acerca de los helechos. Dijo algo acerca de... culantrillos, ¿no es así?... Me ha fascinado por completo...

Jacob se apresuró de buena gana a explicarle todo lo que cualquiera desearía saber acerca de los helechos... Más tarde, cuando Isabella se arriesgó a mirar hacia Edward Masen, éste había desapa recido.

Hola *coco saluda tímidamente* hahhaahah lo siento no pude actualizar antes… no entrare en detalles de mi aburrida vida hahaha lo importante es que aquí estoy!

Yo no sé ustedes pero a mi Edward me tiene enamorada *_* tonta Bella, ya veremos hasta cuándo será este tira y afloja, a todas las que le dan una oportunidad a esta adaptación un abrazo grande, sois las mejores xD

Cuéntenme que les pareció? Que esperan del próximo capitulo?... apenas pueda les contestare sus comentarios lol

Nuevamente gracias por leer, por sus alertas y favoritos, y por sus hermosos comentarios.

XoXo