La historia NO ES MIA, es una adaptación de Lisa Kleypas.

Los personajes por supuesto son de la fantástica S.M.

Historia dedicada a la linda Vane, que fue quien me hizo leer el libro y enamorarme *_* espero que les guste tanto como a mí.

También quiero agradecer a las chicas de The twilight zone que siempre están en mi corazón.

- ¿De verdad vamos a hacer esto? -preguntó Isabella con voz lastimera mientras las demás floreros caminaban por el bosque con las cestas y las canastas en las manos-. Creí que todo eso de jugar al rounders en pololos no era más que una broma para reírnos.

-Las Cullen jamás bromeamos acerca del rounders-señaló Alice-. Sería un sacrilegio.

-A ti te gustan los juegos Bella -dijo Rosalie con diversión-. Y el rounders es el mejor juego de todos.

-Me gustan los juegos de mesa -replicó Isabella -. Los que se juegan con la ropa puesta, como Dios manda.

-La ropa está demasiado sobrevalorada -dijo Alice con frivolidad.

Isabella estaba aprendiendo que el precio de tener amigas consistía en que, de vez en cuando, una se veía obligada a ceder a los deseos del grupo, aun cuando fuesen en contra de las propias inclinaciones. De cualquier forma, esa mañana, Isabella había tratado de poner a Angy de su parte sin que las otras dos se percataran, incapaz de creer que la chica pretendiera realmente quedarse en calzones a la vista de cualquiera. Sin embargo, Angy estaba más que decidida a seguir los planes de las Cullen, ya que al parecer lo consideraba como parte de un programa auto impuesto para infundirse valor.

-Que-quiero parecerme más a ellas -le había confiado a Isabella -, Son tan libres y atrevidas... No le temen a nada.

Al contemplar el rostro entusiasmado de la muchacha, Isabella se había rendido con un enorme suspiro.

- Está bien, está bien. Supongo que, siempre que no nos vea na die, no tiene nada de malo. Sin embargo, no. se me ocurre en que puede ayudarnos.

-Puede que sea di-divertido, ¿no crees? -había sugerido Angy a lo Isabella había respondido con una mirada de lo más elo cuente que había logrado que la chica se echara a reír.

Por supuesto, el clima había decidido cooperar en todo con los planes de las Cullen: el cielo estaba azul y despejado; soplaba una suave brisa. Cargadas con las cestas, las cuatro chicas avanzaron por el camino y dejaron atrás prados húmedos salpicados con capullos rojo de drosera y brillantes violetas púrpura.

- Estad atentas por si veis un pozo de los deseos -dijo Rosalie con entusiasmo-. En ese punto tenemos que cruzar el prado hasta el otro lado y atravesar el bosque. Hay una pradera en la cima de la colina. Uno de los sirvientes me dijo que nadie se acerca por allí.

-Tenía que estar en la cima de la colina, ¡cómo no! -dijo Isabella sin rencor-. ¿Qué aspecto tiene el pozo, Rose? ¿Es una de esas pequeñas estructuras encaladas con un cubo y una polea?

-No, es un enorme agujero fangoso en el suelo.

- ¡Allí está! -exclamó Alice al tiempo que salía a la carrera ha cia el acuoso agujero parduzco, que se reabastecía de una ribera próxima -. Venid todas, tenemos que pedir un deseo. Incluso tengo alfileres que podemos lanzar.

- ¿Cómo sabías que debías traer alfileres? -preguntó Rosalie.

Alice sonrió de un modo travieso.

-Bueno, ayer poda tarde, cuando estaba con mamá y las demás viudas mientras cosían, hice nuestra pelota de rounders. - Sa có una pelota de cuero de su cesta y la mostró con orgullo-. Sacrifiqué un par de guantes nuevos para hacerla, y no fue tarea fácil, la verdad. No obstante, las viejas damas, me vieron rellenarla con trozos de lana y, cuando una de ellas no pudo soportarlo más, se acercó y me preguntó qué diantres estaba haciendo. Por supuesto, no podía decirles que era una pelota de rounders. Estoy segura de que mamá se lo imaginó, pero estaba demasiado avergonzada para decir nada al respecto. De modo que le dije a la viuda que estaba haciendo un alfiletero.

Todas las chicas se echaron a reír.

-Debió de pensar que era el alfiletero más espantoso del mundo -señaló Rosalie.

-Sin duda alguna -replicó Alice-. Creo que le di bastante lástima. Me dio algunos alfileres y dijo en voz baja algo sobre pobres y arrogantes chicas americanas que no tienen habilidad prácticamente para nada. -Con la punta de la uña, sacó los alfileres de la pelota de cuero y los repartió entre todas.

Isabella dejó la cesta en el suelo, cogió el alfiler entre el pulgar y el índice y cerró los ojos. Siempre que se presentaba la oportunidad, pedía el mismo deseo: casarse con un noble. Cosa extraña una nueva idea cruzó su cabeza justo en el momento en que lanzaba el alfiler al pozo.

«Desearía poder enamorarme.»

Sorprendida ante esa idea tonta y caprichosa, Isabella se preguntó cómo podía haber desperdiciado un deseo en algo que era, a todas luces, tan estúpido.

Al abrir los ojos, Isabella se dio cuenta de que el resto de las floreros contemplaban el pozo con gran solemnidad.

-He pedido el deseo equivocado -dijo con inquietud-. ¿Puedo pedir otro?

-No -afirmó Rosalie con seriedad-. Una vez que lanzas el alfiler, no hay nada que hacer.

-Pero es que no quería pedir ese deseo en particular-protestó Isabella -. Se me vino a la cabeza y no tenía nada que ver con lo que pensaba pedir.

-No te quejes Isabella -le aconsejó Angy-. No que-querrás molestar al espíritu del pozo.

- ¿A quién?

Angy sonrió al ver su expresión de perplejidad.

-Al espíritu que vive en el pozo, es él quien se encarga de llevar a ca-cabo las peticiones. Pero si lo haces enfadar, puede que decida exigirte un precio terrible por concederte tu deseo. O, quizá, te ahogue en el pozo para que vivas con él para siempre como si con-consorte.

Isabella contempló las aguas marrones. Acto seguido se colocó las manos a los lados de la boca para que su voz se escuchara alta y clara.

-No hace falta que te encargues de que mi asqueroso deseo se cumpla -le gritó al espíritu invisible-. ¡Lo retiro!

-No te burles de él, Isabella -exclamó Alice-. Y, por el amor de Dios, ¡apártate del borde!

- ¿Eres supersticiosa? -le preguntó Isabella con una sonrisa.

Alice la miró echando chispas por los ojos.

-Las supersticiones existen por una razón, por si no lo sabes. En algún momento, algo malo le ocurrió a alguien que estaba justo al borde de un pozo, igual que tú. -Cerró los ojos y se concentró intensamente antes de lanzar su alfiler al agua-. Ya está. He pedido un deseo para ti, así que no hace falta que protestes tanto por ha ber desperdiciado el tuyo.

-Pero ¿cómo sabes lo que yo quería?

-El deseo que he pedido es por tu propio bien -dijo Alice.

Isabella soltó un gruñido melodramático.

-Odio de todo corazón las cosas que otros hacen por mi propio bien.

A continuación, se produjo una discusión amistosa en la que ca da una de las chicas hizo unas cuantas sugerencias acerca de qué sería lo mejor para las demás, hasta que Rosalie les pidió que guardaran silencio porque no la dejaban concentrarse. Se callaron tan solo el tiempo necesario para que Rosalie y Ángela pidieran sus de seos y después prosiguieron su camino a través del prado y del bos que. No tardaron en llegar a una encantadora pradera, cubierta de hierba y bañada por el sol salvo en uno de sus lados, que estaba al abrigo de la sombra de un bosquecillo de robles. El aire era limpio y puro, y tan fresco que Isabella suspiró de contento.

-El aire no tiene cuerpo -se quejó en broma-. Ni humo de carbón ni polvo de las calles. Demasiado ligero para una londinen se. Ni siquiera puedo sentirlo en los pulmones.

-No es tan ligero-replicó Rosalie-. De vez en cuando, la brisa trae un claro aroma de oveja.

- ¿De veras? - Isabella olisqueó el aire para huelo nada.

-Eso es porque no tienes nariz -señaló Rosalie.

- ¿Cómo dices? -preguntó Isabella con una mueca divertida.

-Bueno, tienes una nariz normal, como todos -explicó Rosalie-. Pero yo tengo «nariz». Tengo un olfato inusualmente agudo. Dame cualquier perfume y te diré cuáles son sus componentes. Es como escuchar un acorde musical y adivinar todas sus notas. Antes de que partiéramos de Nueva York, incluso ayudé a desarrollar una fórmula para un jabón aromático de la fábrica de mi padre.

- ¿Crees que serías capaz de crear un perfume? -preguntó Isabella, fascinada.

-Me atrevo a decir que sería capaz de crear un perfume excelente-dijo Rosalie con toda confianza-. No obstante, los del ramo lo despreciarían, ya que la expresión «perfume americano» se considera como un oxímoron... y además, soy mujer, lo que deja bastante en entredicho la calidad de mi nariz.

- ¿Quieres decir que los hombres tienen mejor olfato que mujeres?

-Desde luego, ellos así lo creen -apuntó Rosalie de forma enigmática al tiempo que sacaba de su cesta una manta de picnic con una floritura-. Ya está bien de hablar de los hombres y de sus protuberancias. ¿Nos sentamos un rato al sol?

-Nos broncearemos -predijo Alice, que se dejó caer en una esquina de la manta con un suspiro de felicidad-. Y, entonces, a mamá le dará un télele.

- ¿Qué es un télele? -preguntó Isabella, que no entendía el curioso vocablo americano. Se sentó junto a Alice-. Llamadme si le da uno... Siento curiosidad por ver cómo son.

-A mamá le dan continuamente -le aseguró Alice-. No temas, estarás más que familiarizada con los téleles antes de que nos vayamos de Hampshire.

-No deberíamos comer antes de jugar-dijo Rosalie al ver que Isabella levantaba la tapadera de una de las cestas de de la merienda.

- Tengo hambre -dijo Isabella con voz triste al tiempo que echaba un vistazo al interior de la cesta, que estaba llena de fruta, paté, gruesas rebanadas de pan y distintos tipos de ensalada.

-Tú siempre tienes hambre -observó Alice con una carcajada-. Para ser una persona tan menuda, tienes un apetito considerable.

- ¿Que yo soy menuda? -replicó Isabella -. Si mides un centímetro más de metro y medio, me comeré esa cesta.

-Entonces, será mejor que empieces a masticada -afirmó Alice-. Mido un metro y cincuenta y dos centímetros, para que lo sepas.

- Isabella yo no empezaría a comerme el asa todavía, si estuviera en tu lugar -intercedió Rosalie con una sonrisa-. Alice siempre se pone de puntillas cuando la miden. La pobre modista tuvo que volver a cortar el dobladillo de casi una docena de vestidos debido a la inexplicable negativa de mi hermana a admitir que baja.

-No soy baja -murmuró Alice-. Las mujeres bajas nunca son misteriosas ni elegantes, ni las persiguen hombres guapos. Y siempre se las trata como si fueran niñas. Me niego a ser baja.

-Puede que no seas misteriosa o elegante -concedió Angy-. Pero eres muy bo-bonita.

-Y tú eres un cielo -replicó Alice, que se inclinó hacia delan te para mirar el contenido de la cesta-. Venga, alimentemos a la po bre Isabella … Puedo oír cómo ruge su estómago.

Se entregaron a la comida con entusiasmo. Más tarde, se tumbaron perezosamente sobre la manta para observar las nubes y charlar sobre todo y sobre nada. Cuando la conversación se apagó y dio paso a un silencio satisfecho, una pequeña ardilla roja se aven turó desde el bosquecillo de robles y giró hacia un lado, observán dolas con uno de sus brillantes ojitos negros.

-Un intruso -observó Isabella al tiempo que emitía un de licado bostezo.

Angy se puso boca abajo y lanzó una rebanada Angy de pan en direc ción a la ardilla. El animal se quedó inmóvil y contempló la seduc tora oferta pero era demasiado tímido para acercarse. inclinó la cabeza con el cabello brillando al sol como si estuviese cubierto por una capa de rubíes,

- Pobrecito-dijo en voz baja al tiempo que le lanzaba otra corteza a la tímida ardilla. Ésa llegó unos centímetros más cerca y la cola del animalillo se agitó con entusiasmo-. Venga, sé valiente-lo animó Angy. -Acércate y cógelo. -Con una sonrisa tolerante, lanzó una corteza más que aterrizó a escasos centímetros de la ardilla-. Venga, señor Ardilla -lo reprendió Angy-. Eres todo un cobarde. ¿No te das cuenta de que nadie va a hacerte daño?

Con un súbito estallido de iniciativa, la ardilla cogió el bocadito y salió pitando sin dejar de agitar la cola. Angy alzó la cabeza con una sonrisa triunfante y descubrió que las demás floreros la contemplaban en silencio con la boca abierta.

- ¿Qu-qué pasa? -preguntó, perpleja.

Isabella fue la primera en hablar.

-Ahora mismo, cuando hablabas con esa ardilla, no tartamudeabas.

-Ah. -De pronto, avergonzada, Angy agachó la cabeza e hizo un mohín-. Nunca tartamudeo cuando hablo con los niños ni con los animales. No sé por qué.

Las demás sopesaron ese sorprendente comentario un instante.

-También me he dado cuenta de que tartamudeas muy poco cuando hablas conmigo -comentó Alice.

Al parecer, Rosalie fue incapaz de resistirse a responder al comentario.

- ¿En qué categoría te coloca eso, querida? ¿Entre niños o entre los animales?

Alice respondió con un gesto de la mano que a Isabella le resultó completamente desconocido. Estaba a punto de preguntarle a Angy si había consultado alguna vez a un médico lo de sur tartamudez, pero la chica morena cambió rápidamente de tema.

- ¿Dónde está la pe-pelota de rounders, Alice? Si no nos ponemos a jugar pronto, me quedaré dormida.

Al darse cuenta de que Angy no quería discutir su tartamudez, Isabella secundó la propuesta.

- Supongo que si de verdad vamos a jugar, este momento es tan bueno como cualquier otro.

Mientras Alice registraba a la cesta en busca de la pelota, Rosalie sacó un objeto de su propia canasta.

-Mirad lo que he traído -dijo con aire satisfecho.

Alice levantó la mirada y soltó una carcajada de deleite.

- ¡Un bate de verdad! -exclamó al contemplar con admiración el objeto que tenía un lado plano-. Y yo que creí que tendríamos que utilizar un palo viejo. ¿De dónde lo has sacado, Rosalie?

-Se lo pedí prestado a uno de los mozos de cuadra. Al parecer, se escapan para jugar al rounders siempre que pueden... Son bastante aficionados al juego.

- ¿y quién no? -preguntó Alice de forma retórica mientras empezaba a desabrochar los botones de su corpiño-. Por Dios, con calor que hace será un placer librarse de todas estas capas.

Mientras las hermanas Cullen se deshacían de sus vestidos con la indiferencia típica de las chicas que están acostumbradas a desvestirse en público, Isabella y Angy se miraron la una a la otra con cierta incertidumbre.

-Te desafío -murmuró Angy.

-Ay, Dios -dijo Isabella con voz afligida, y empezó a de sabotonar su propio vestido.

Había descubierto que poseía una inesperada veta de modestia que hizo que se sonrojara. Sin embargo, no iba a acobardarse cuan do incluso la tímida Angela estaba dispuesta a unirse a aquella rebelión contra el decoro. Sacó los brazos de las mangas de su ves tido y se puso en pie para dejar que el pesado tejido cayera en un arrugado montoncito a sus pies. Con tan sólo la enagua, los calzones y el corsé, y con los pies cubiertos únicamente por las medias y unos finos zapatos de baile, sintió que la brisa soplaba sobre el sudor que humedecía el hueco de sus axilas y le provocaba un estremecimiento de placer.

Las demás chicas se pusieron en pie y se quitaron los vestidos, que quedaron amontonados sobre el suelo como gigantescas flores exóticas.

- ¡Atrápala! -exclamó Alice antes de lanzarle la bola a Isabella, que la cogió de forma instintiva.

Todas caminaron hacia el centro del prado, lanzándose la pelota una y otra vez. A Alice era a la que peor se le daba lo de lanzar y atra par, aunque estaba claro que su ineptitud se debía a la inexperiencia y no a la torpeza. Isabella, por su parte, que tenía un hermano pequeño que la solía buscar con frecuencia como compañera de juegos, se mostró bastante familiarizada con la mecánica del bolear.

La sensación de caminar en plena naturaleza sin sentir el peso de las faldas sobre las piernas era de lo más extraña y liberadora.

-Supongo que esto es lo que sienten los hombres -musitó Isabella en voz alta - al caminar de un lado para otro con pantalones. Una casi podría llegara envidiar semejante libertad.

- ¿Casi? -inquirió Rosalie con una sonrisa-. Sin duda alguna yo los envidio. ¿No sería maravilloso que las mujeres pudieran llevar pantalones?

-A mí no me gu-gustaría na-nada -dijo Angy-. Me moriría de vergüenza si un hombre llegara a ver la forma de mis piernas y de mis -vaciló, sin duda en busca de una palabra que describiera las innombrables partes de la anatomía femenina-… otras cosas-finalizó con un hilo de voz.

-Tu enagua tiene un aspecto lamentable, Isabella -señaló Rosalie con repentina franqueza-. No había pensado en darte ropa interior nueva, pero debería haberme dado cuenta...

Isabella se encogió de hombros con despreocupación.

-No importa; ésta será la única ocasión en que alguien la vea.

Alice echó un vistazo a su hermana mayor.

-Rosalie somos penosas a la hora de prever las cosas. Creo que la pobre Isabella cogió la pajita más corta cuando le tocaron las hadas madrinas.

-No me quejo -dijo Isabella entre risas-. Y hasta donde yo sé, las cuatro vamos montadas en la misma calabaza.

Después de unos cuantos minutos más de práctica y una leve discusión acerca de las reglas del rounders, colocaron las cestas de la merienda a modo de puestos de base y comenzó el juego. Isabella apoyó bien los pies en el lugar que había sido designado como «Castillo de Roca».

-Yo le lanzaré la pelota-le dijo Alice a su hermana mayor y tú la atraparás.

-Pero yo tengo mejor brazo que tú... -gruñó Rosalie al tiempo que se situaba detrás de Isabella.

Con el bate sujeto sobre su hombro, Isabella trató de golpear la bola que lanzó Alice. No logró atizarle y el bate silbó en el aire al trazar un arco limpio. Por detrás de ella Rosalie atrapó la pelota de una manera experta.

-Ése ha sido un buen swing - la animó Alice-. No pierdas de vista la bola cuando se acerque a ti.

-No estoy acostumbrada a quedarme quieta mientras me tiran objetos-dijo Isabella al tiempo que blandía el bate una vez más-. ¿Cuántos intentos tengo?

-En el rounders, el bateador tiene un número infinito de swings-dijo Rosalie a sus espaldas-. Prueba otra vez Bella; y, esta vez, trata de imaginar que la pelota es la nariz del señor Masen.

Isabella aceptó la sugerencia con agrado.

-Preferiría apuntar a una protuberancia que se encuentra algo más abajo que ésa -dijo y balanceó el bate mientras Alice le lan zaba la pelota de nuevo.

En esta ocasión, la parte plana del bate golpeó la bola con un sólido porrazo. Dejando escapar un grito de deleite, Alice echó a correr tras la bola mientras Rosalie, que había estado aullando de risa, gritaba:

- ¡Corre, Bella!

Isabella corrió con una carcajada de alegría, sorteando las ces tas mientras giraba hacia el Castillo de Roca.

Alice cogió la pelota y se la lanzó a Rosalie, que la atrapó en el aire.

-Quédate en la tercera base, Bella -señaló Rosalie a ver si Angy puede llevarte de vuelta al Castillo de Roca.

Con aspecto nervioso pero decidido, Angy cogió el bate y se colocó en el lugar del bateador. .

-Imagina que la pelota es tu tía Victoria -le aconsejó Bella y una sonrisa apareció en el rostro de Alice.

Alice lanzó una bola lenta y fácil al tiempo que Angy sacudía el bate. Falló, y la bola acabó con un sonido seco en las manos de Rosalie. Ésta le lanzó la bola de nuevo a su hermana y volvió a colocar a Angy.

-Separa más los pies y flexiona un poco las rodillas -murmu ró-. Ésa es mi chica. Ahora, no dejes de observar la pelota según se acerca y ya verás cómo no fallas.

Por desgracia Angy sí falló; de hecho, falló una y otra vez hasta que su cara se puso roja por la frustración.

-Es dem-demasiado difícil-dijo, con la frente arrugada por la preocupación-. Tal vez debería abandonar y dejar que probara alguien más.

-Sólo unos cuantos intentos más -dijo Isabella inquieta pero decidida a que Angy golpeara la pelota al menos una vez-. No tenemos ninguna prisa.

- ¡No te rindas! -la animó Alice-. Lo que pasa es que te esfuerzas demasiado Angy. Relájate y deja de cerrar los ojos al batear.

-Puedes hacerlo -dijo Rosalie al tiempo que se apartaba un sedoso mechón de cabello oscuro de su frente y flexionaba sus esbeltos y expertos brazos-. Casi le diste a la última. Lo único que tienes que hacer es no... apartar... la vista... de la pelota.

Con un suspiro de resignación, Angy arrastró el bate de nuevo hasta el Castillo de Roca y lo levantó una vez más. Sus ojos oscuros se entrecerraron al contemplar a Alice y se puso rígida con el in de prepararse para el siguiente lanzamiento.

-Estoy lista.

Alice lanzó la pelota con fuerza y Angy balanceó el bate con una mueca de determinación. Un estremecimiento de satisfacción atravesó a Isabella al contemplar cómo el bate golpeaba sólidamente la bola. La pelota trazó un arco en el aire para caer lejos, más allá del bosquecillo de robles. Todas empezaron a gritar de alegría ante tan espléndido bateo. Atónita por lo que había hecho, Angy comenzó dar saltos mientras chillaba:

- ¡Lo conseguí! ¡Lo conseguí!

- ¡Corre alrededor de las cestas! -gritó Isabella, que salió pitando de nuevo al Castillo de Roca.

Llena de júbilo, Angy rodeó el improvisado campo de rounders a tal velocidad que sus ropas se convirtieron en un borrón blanco. Cuando llegó al Castillo de Roca, las chicas continuaron con los saltos y los gritos de alegría, ya sin más razón que el hecho de ser jóvenes, estar saludables y sentirse bastante satisfechas consigo mismas.

De pronto, Isabella atisbó una silueta oscura que ascendía rápidamente por la colina. Se quedó en silencio de repente al descubrir que había un... -no, ¡dos!- jinetes que avanzaban hacia el prado.

- ¡Viene alguien! -dijo-. Un par de jinetes. ¡Coged vuestras ropas, deprisa!

Su susurro de alarma se abrió paso entre la alegría de las chicas. Se miraron las unas a las otras con los ojos como platos y se pusieron en acción presas del pánico. Con un chillido, Angy y Alice salieron a la carrera hacia lo que quedaba del picnic, donde habían dejado sus vestidos.

Isabella comenzó a seguirlas, pero se detuvo de pronto cuan do los jinetes hicieron un alto justo a sus espaldas. Los miró con cautela, tratando de evaluar el peligro que suponían. Al contemplar sus rostros y reconocerlos, sintió un estremecimiento de espanto. Lord Whitlock... y lo que era peor: Edward Masen.

Primero que nada Perdón por la tardanza, no tengo escusas… realmente lo siento. Ahora díganme si no es OMG ha llegado Edward en pleno juego y Bella a medio vestir :O que creen que pase?

Gracias por las Alertas, Favoritos y reviews hacen a esta pequeña chica un feliz (*_*)/

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