La historia NO ES MIA, es una adaptación de Lisa Kleypas.

Los personajes por supuesto son de la fantástica S.M.

Historia dedicada a la linda Vane, que fue quien me hizo leer el libro y enamorarme *_* espero que les guste tanto como a mí.

También quiero agradecer a las chicas de The twilight zone que siempre están en mi corazón.

Durante el camino de vuelta a la mansión de Stony Cross, Isabella comenzó a inquietarse por el intenso dolor que sentía en el tobillo. Debía de habérselo torcido mientras jugaban el partido de rounders, aunque no recordaba el momento preciso en el que había sucedido. Con un hondo suspiro, alzó la cesta que llevaba en la mano y apresuró el paso para mantenerse junto a Rosalie, que caminaba con aire pensativo. Alice y Angy las seguían un tanto, a la zaga, entusiasmadas con la conversación que mantenían.

-¿Qué es lo que te preocupa? -le preguntó Isabella a Rosalie en voz baja.

-El conde y el señor Masen... ¿Crees que le contarán a alguien que nos han visto esta tarde? La historia dejaría nuestra reputación por los suelos.

-No creo que Jasper diga nada -contestó Isabella tras meditar un instante-. Me resultó bastante convincente cuando hizo el comentario sobre la amnesia. Además, no parece un hombre dado al cotilleo.

-¿Y el señor Masen?

Isabella frunció el ceño.

-No lo sé. No se me ha pasado por alto el hecho de que no prometiera guardar silencio. Supongo que mantendrá la boca cerrada si cree que puede obtener algo a cambio.

-En ese caso, deberás ser tú la que se lo pida. En cuanto veas al señor Masen esta noche en el baile, debes acercarte y conseguir que prometa no contarle a nadie los detalles de nuestro partido de rounders.

Al recordar el baile que tendría lugar en la mansión esa misma noche, Isabella gimió para sus adentros. Estaba casi segura -no, completamente segura- de que no sería capaz de enfrentarse a Edward después de lo que había sucedido un rato antes. Sin embargo, Rosalie tenía razón: no podían asumir sin más que el hombre iba a guardar silencio. Tendría que tratar el tema con él, por poco que le agradara la perspectiva.

-Y ¿por qué yo? -preguntó, aunque conocía la respuesta.

-Porque le gustas a Edward. Todo el mundo lo sabe. Se mostrará mucho más dispuesto a hacer algo que tú le pidas.

-Pero no la hará sin recibir algo a cambio -murmuró Isabella, que sintió que el dolor pulsante del tobillo empeoraba por momentos- ¿Y si me hace alguna proposición de mal gusto?

A la pregunta siguió una pausa larga y contrita, tras la cual Rosalie contestó:

-Debes ofrecerle algún premio de consolación.

-¿Qué tipo de premio de consolación? -inquirió Isabella con suspicacia.

-Bueno, permítele que te bese si así se compromete a guardar silencio.

Atónita al descubrir que Rosalie era capaz de realizar semejante afirmación con tal indiferencia, jadeó antes de exclamar:

-¡Dios Bendito, Rose! ¡No puedo hacer eso!

-¿Por qué no? Ya has besado a algún hombre antes, ¿no?

-Sí, pero... Todos los labios son iguales. Sólo tienes que asegurarte de que nadie los ve y hacerla con rapidez. De ese modo, el señor Masen quedará satisfecho y nuestro secreto estará a salvo.

Isabella meneó la cabeza al tiempo que soltaba una carcajada ahogada y su corazón comenzaba a desbocarse ante la idea. No podía evitar recordar ese beso secreto que había tenido lugar tanto tiempo atrás, en el diorama; esos segundos de devastadora conmoción sensual que la dejaron estremecida y sin habla.

-Solo tendrás que dejarle muy claro que lo único que obtendrá de ti será un beso -prosiguió Rosalie-, y asegurarle que no volverá a suceder nunca.

-Perdóname si pongo tu plan en entredicho, pero... apesta como el pescado al sol. ¡No todos los labios son iguales, y mucho menos si da la casualidad de que van unidos a Edward Cullen! Además, nunca se dará por satisfecho con algo tan insignificante como un beso y no podría ofrecerle nada más.

-¿De verdad te parece tan repulsivo el señor Masen?- pregunto Rosalie sin darle la mayor importancia- En realidad, no es desagradable. Yo incluso diría que es guapo.

-Me resulta tan insoportable que jamás me he fijado en su físico. Pero debo admitir que es... - Isabella cayó en un confuso silencio mientras sopesaba la pregunta con una nueva e inquietante minuciosidad.

Si era objetiva -en el hipotético caso de que pudiera ser objetiva en lo referente a Edward Masen-, debía admitir que el hombre era, en realidad, atractivo. El calificativo «guapo, se usaba para aquellas personas de rasgos esculturales y proporciones esbeltas y elegantes. Sin embargo, Edward Masen redefinía la palabra con un semblante de líneas bruscas y audaces, unos descarados ojos verdes una nariz de fuerte personalidad, sin duda muy masculina, y una boca de labios generosos, eternamente curvada en una sonrisa su irreverente sentido del humor. Incluso su inusual estatura y esa fuerza muscular parecían sentarle de maravilla, como si la naturaleza hubiera reconocido que era una criatura incapaz de conformarse con las medias tintas.

Edward Masen había conseguido que se sintiera incómoda desde su primer encuentro. A pesar de no haberlo visto nunca de otro modo que no fuera impecablemente ataviado y controlado siempre había tenido la sensación de que no estaba del todo domesticado, por decirlo de un modo delicado. Los instintos más profundos de Isabella le decían que, bajo esa fachada burlona, había un hombre capaz de sentir una pasión tan profunda que podría resultar alarmante o, incluso, dar rienda suelta a su crueldad. No estaba ante un hombre dispuesto a ser domado.

Intentó imaginarse el rostro de Edward Masen sobre ella, la ardiente sensación de su boca, sus brazos cerrándose a su alrededor..., exactamente igual que en aquella ocasión, salvo que en ese momento ella sería una participante más que dispuesta. Sólo era un hombre, se recordó con nerviosismo. Y un beso era algo muy efímero. No obstante, mientras el beso se prolongara, ella estaría unida de modo muy íntimo a él. Y a partir de ese momento, Edward Masen se regodearía por dentro cada vez que se encontraran. Eso sí sería difícil de soportar.

Isabella se frotó la frente, que sentía de súbito tan dolorida como si acabaran de darle un golpe con un bate de rounders.

-¿No podríamos olvidamos del asunto y esperar que tenga el buen gusto de mantener la boca cerrada?

-Sí, claro -replicó Rosalie con ironía- el señor Masen y la frase "buen gusto» suelen ir de la mano muy a menudo. Por supuesto, también podríamos cruzar los dedos y esperar..., si tus nervios son capaces de soportar la incertidumbre.

Mientras se masajeaba las sienes, Isabella exhaló un suspiro angustiado. -Está bien. Me acercaré a él esta noche. Yo -hizo una pausa más larga de lo habitual-...incluso lo besaré si es necesario. ¡Pero pienso considerarlo como pago más que suficiente por todos los vestidos que me has regalado!

La boca de Rosalie se curvó en una sonrisa satisfecha.

-Estoy segura de que podrás llegar a algún acuerdo con él.

Una vez que se separaron al llegar a la mansión, Isabella se dirigió a su habitación para descansar durante lo que quedaba de tarde hasta la hora de la cena y el baile, momento para el que esperaba estar recuperada. Su madre no aparecía por ningún lado, de modo que dio por hecho que estaría tomando el té con algunas damas en el salón de la planta baja. Agradecida por su ausencia, se cambió de ropa y se lavó sin necesidad de enfrentarse a incómodas preguntas. Si bien René era una madre cariñosa y, por regla general, permisiva, no habría reaccionado bien ante la noticia de que su hija había estado involucrada en algún tipo de escándalo junto a las hermanas Cullen.

Tras ponerse ropa interior limpia, se deslizó entre las sábanas recién planchadas. Para su frustración, el molesto dolor del tobillo le impidió conciliar el sueño. Cansada e irascible, llamó a una doncella con el fin de que ésta le preparara un baño frío para el pie y así se mantuvo, sentada y con el pie en el agua fría, durante más de media hora.

Era evidente que se le había hinchado el tobillo, lo que la llevó a la malhumorada conclusión de que aquél había sido un día particularmente desafortunado. Lanzó una maldición cuando el tejido le rozó la piel pálida e inflamada del tobillo al ponerse la media limpia, y acabó de vestirse sin demasiadas prisas. Volvió a llamar a la doncella una vez más, ya que necesitaba ayuda para ceñirse el corsé y abrocharse la hilera de botones que descendían por la espalda del vestido de seda amarilla.

-¿Señorita? -murmuró la doncella con los ojos entornados por la preocupación al ver la expresión tensa de Isabella -Parece un poco sofocada... ¿Quiere que le traiga algo? El ama de llaves guarda en su armarito un tónico para las molestias femeninas...

-No, no se trata de eso -le aseguró Isabella con una débil sonrisa-. Es que siento un ligero pinchazo en el tobillo.

-En ese caso, ¿le traigo una infusión de corteza de sauce? -sugirió la muchacha al tiempo que se colocaba tras Isabella para abotonarle el vestido de noche-. Bajaré en un momento y no tardaré nada en preparárselo, así se lo podrá beber mientras la peino.

-Sí, gracias. -Se mantuvo firme mientras los hábiles dedos de la criada abrochaban los botones y, después, se dejó caer sobre la silla del tocador. Contempló su tenso semblante en el espejo estilo Reina Ana-. No recuerdo cómo pude hacerme daño. Por lo general no soy tan torpe.

La doncella ahuecó el tul de suave color dorado que adornaba las mangas del vestido de Isabella.

-Volveré en un instante con la infusión, señorita. Cuando se la tome, se sentirá mucho mejor.

René llegó justo en el momento en que la doncella salía de la habitación. Sonrió al ver a su hija ataviada con el vestido de color amarillo y se detuvo tras ella para mirarla a los ojos a través del espejo.

-Estás preciosa, querida.

-No me siento muy bien- le contestó Isabella con sequedad-. Me torcí el tobillo esta tarde, durante mi paseo con las floreros.

-¿Por qué os empeñáis en usar ese calificativo? -preguntó René, visiblemente molesta-. No creo que os resulte muy difícil buscar un nombre más favorecedor para vuestro grupo...

-La verdad es que ése nos sienta bien -contestó Isabella con una sonrisa-. A partir de ahora pronunciaré el nombre con cierta ironía, si eso hace que te sientas mejor. René suspiró.

-Me temo que he agotado todas mis reservas, de ironía. No me resulta fácil verte luchar y conspirar mientras otras chicas de tu misma posición social lo tienen tan sencillo; verte utilizar vestidos prestados y pensar en la carga que llevas sobre los hombros... Cuántas veces he pensado que si tu padre estuviera vivo o si tuviéramos un poco más de dinero...

Isabella se encogió de hombros.

-Como dice el refrán, mamá: «Si los nabos fuesen relojes, todo el mundo llevaría uno en el bolsillo.»

René le acarició el pelo con suavidad.

-¿Por qué no te quedas esta noche descansando en la habitación? Te leeré algo mientras tú reposas con el pie en alto...

-No me tientes -replicó Isabella con voz acongojada-. Me encantaría poder hacerlo, pero no puedo permitírmelo. No puedo desaprovechar ni una sola oportunidad de impresionar a lord Black «Y de negociar con Edward Masen», pensó, al tiempo que sentía una punzada de aprensión.

Tras beber una gran taza de infusión de corteza de sauce, Isabella fue capaz de bajar las escaleras sin una sola mueca de dolor, a pesar que la hinchazón del tobillo se negaba a desaparecer. Una vez abajo, tuvo tiempo de intercambiar unas cuantas palabras con Rosalie antes de que los invitados fuesen conducidos al comedor.

El sol había dejado las mejillas de Rosalie sonrosadas y lustrosas, y, a la luz de las velas, sus ojos claros tenían un aspecto aterciopelado.

-Hasta ahora, los esfuerzos de Lord Whitlock por evitar a las floreros han sido obvios -comentó Rosalie con una sonrisa-. Tenías razón; por esa parte no tendremos que preocupamos. Nuestro problema es el señor Masen.

-No será ningún problema -le aseguró Isabella firmeza-. Tal y como te he prometido, vaya hablar con él.

Rosalie le respondió con una sonrisa aliviada.

-Eres un cielo, Isabella.

En cuanto se sentaron a la mesa, Isabella se quedó desconcertada al descubrir que la anfitriona había ubicado a lord Black muy cerca de ella.

En cualquier otra ocasión, hubiera sido un regalo llovido del cielo, pero esa noche en particular no estaba en su mejor momento. No se sentía capaz de mantener una conversación inteligente con ese dolor punzante en el tobillo y la cabeza a punto de estallar. Para colmo de infortunios, Edward Masen estaba sentado casi enfrente de ella y su aspecto era de lo más autocomplaciente. Y por si todo eso fuera poco, una especie de náusea le impedía hacer justicia a la magnífica cena. Privada de su habitual y sano apetito, se descubrió picoteando con indiferencia los manjares de su plato. Cada vez que alzaba la vista, descubría los perspicaces ojos de Edward Masen pendientes de ella, por lo que se preparaba para recibir algún tipo de sutil provocación. Sin embargo, gracias a Dios, las pocas observaciones que éste le dirigió fueron insípidas y triviales, y consiguió acabar la cena sin padecer incidente alguno.

Cuando la cena llegó a su fin, la música flotó hasta ellos procedente del salón de fiestas y Isabella celebró el inminente comienzo del baile. Por una vez, agradecería poder sentarse en la fila de floreros y descansar el pie mientras las demás bailaban. Supuso que había tomado el sol en exceso durante el día y que ése era el motivo de su malestar y del dolor de cabeza.

Rosalie y Alice, en cambio parecían más saludables y llenas de vida que nunca. Por desgracia la pobre

Angy había recibido una reprimenda por parte de su tía, que la había castigado sin mostrar compasión alguna.

-El sol hace que le salgan pecas -le comentó Alice a Isabella con tristeza-. Victoria le ha dicho a Angy que, después del día que hemos pasado al sol, le van a salir más motas que a un leopardo y le ha prohibido volver a reunirse con nosotras hasta que su cutis vuelva a la normalidad..

Isabella frunció el ceño al tiempo que la invadía una oleada de compasión por su amiga.

-Esa horrible tía Victoria -murmuró-. Está claro que su único propósito en la vida es conseguir que Angy sea desdichada.

-Pues lo hace muy bien -admitió Alice. De repente, vio algo por encima del hombro de Isabella que la hizo abrir los ojos como platos-. ¡Cielos! El Señor Masen viene hacia aquí. Me muero de sed, voy a acercarme a la mesa de los refrescos y os dejaré para que...esto...

-Rosalie te lo ha contado -le dijo Isabella de malhumor.

-Sí, y tanto ella, como Angy y como yo te agradeceremos durante toda la vida el sacrificio que vas a hacer por todas nosotras.

-Sacrificio -repitió Isabella, a la que no le gustaba en lo más mínimo el sonido de esa palabra-. Eso es exagerar un poco las cosas, ¿no crees? Tal y como dijo Rosalie: «Todos los labios son iguales.»

-Eso fue lo que te dijo a ti -corrigió Alice con gesto travieso- Pero a Angy y a mí nos dijo que preferiría la muerte antes de permitir que la besara un hombre como el señor Masen.

-¿Cómo que...? -comenzó a decir Isabella, pero Alice se escabulló entre risas, antes de que pudiera concluir la pregunta.

Con la sensación de ser una virgen arrojada en sacrificio al infierno Isabella se sobresaltó cuando escuchó la profunda voz de Edward Masen muy cerca de su oído. La serena burla que traslucía su voz de barítono pareció recorrerle el cuerpo de arriba abajo.

-Buenas noches, señorita Swan. Veo que está conveniente vestida..., para variar.

Isabella se giró para mirarlo frente a frente mientras apretaba los dientes.

-Debo confesar, señor Masen, que me ha sorprendido mucho verlo can comedido durante la cena. Había esperado una diatriba de comentarios insultantes y, muy al contrario, ha logrado comportarse como un caballero durante toda una hora.

-Ha supuesto un esfuerzo titánico -concedió él con semblante serio-. Pero se me ocurrió que debía dejarle a usted los comportamientos escandalosos -hizo una circunspecta pausa antes de añadir-...ya que últimamente parece que se le dan de maravilla.

-¡Mis amigas y yo no hemos hecho nada malo!

-¿He dicho yo que desaprobara el partido de rounders en su conjunto?-preguntó con inocencia-. Al contrario; secundo la idea de todo corazón. De hecho, creo que deberían jugar todos los días.

-Mi «conjunto» era de lo más decente -replicó Isabella en un cortante susurro-. Iba vestida con mi ropa interior.

-¿Eso que llevaba era ropa interior? -preguntó con indolencia. El rostro de Isabella se sonrojó al comprender que él había notado el lamentable estado de sus prendas íntimas.

-¿Le ha contado a alguien que nos vio en el prado? -inquirió con voz tensa. Obviamente, ésa era la pregunta que él había estado esperando. Sus labios dibujaron una lenta sonrisa.

-Aún no.

-¿Planea decírselo a alguien?

Edward meditó la pregunta con gesto reflexivo, si bien no lograba disimular en absoluto la diversión que todo el asunto le provocaba -No es que lo planee, no... -Se encogió de hombros, fingiendo arrepentimiento-. Pero ya sabe cómo son las cosas. En ocasiones, este tipo de asuntos suelen mencionarse por descuido durante una conversación...

Isabella lo observó con los ojos entrecerrados. -¿Qué puedo hacer para garantizar su silencio?

Edward fingió horrorizarse por su franqueza.

-Señorita Swan, debería aprender a manejar estas cuestiones con un poco más de diplomacia, ¿no cree? Siempre había supuesto que una dama de su refinamiento utilizaría el tacto y la delicadeza...

-No tengo tiempo para diplomacias -lo interrumpió Isabella, ceñuda-. Y es obvio que no podremos asegurarnos su silencio hasta que no le ofrezcamos algún tipo de soborno.

-La palabra «soborno» tiene, unas connotaciones tan negativas... -musitó-. Yo prefiero llamarlo «incentivo».

-Llámelo como quiera -le contestó ella, cediendo a la impaciencia-. Pasemos a las negociaciones, ¿le parece?

-De acuerdo. - La actitud de Edward no podía ser más seria; sin embargo, sus profundos ojos color café brillaban a causa de la risa contenida-. Supongo que podría persuadirme para que guardara silencio sobre sus escandalosas cabriolas, señorita Swan. Con el incentivo necesario.

Isabella guardó silencio y bajó la mirada mientras sopesaba lo que estaba a punto de decir. Una vez que pronunciara las palabras, no habría vuelta atrás. ¡Dios Santo! ¿Por qué le había tocado a ella persuadir a Edward Masen de que guardara silencio acerca de un estúpido partido de rounders al que ella ni siquiera había querido jugar en un principio?

-Si fuera un caballero -musitó-, esto no sería necesario.

El esfuerzo por contener una súbita carcajada hizo que la voz de Edward sonara con un timbre más grave.

-No, no soy un caballero. Pero me veo obligado a recordarle que no era yo el que corría medio desnudo por el prado esta tarde.

-¿Quiere callarse? -susurró con brusquedad-. Podría oírle alguien.

Edward la estudió, fascinado, y sus ojos adquirieron una mirada oscura y elocuente.

-Haga su mejor oferta, señorita Swan.

Sin dejar de mirar la extensión de pared que se alzaba por encima del hombro de Edward, Isabella comenzó a hablar con voz ahogada, y el sonrojo, que le llegó hasta las orejas, fue tan intenso que temió que su cabello acabara chamuscado.

-Si promete guardar silencio acerca del partido de rounders... dejaré que me bese.

El inaudito silencio que siguió a su proposición le resultó insoportable. Se obligó a alzar la mirada y vio que Edward Masen estaba genuinamente sorprendido. La miraba como si ella hubiera hablado en un idioma extraño y no estuviese del todo seguro acerca del significado de sus palabras.

-Un beso -puntualizó Isabella con los nervios destrozados debido a la tensión que se había instalado entre ellos-. Y no asuma que, por el hecho de permitírselo una vez, vaya a repetirse en el futuro.

Edward contestó con una inusual cautela y pareció escoger sus palabras con sumo cuidado.

-Había pensado que me ofrecería un baile. Un vals o una contradanza.

-Pensé en eso -confesó ella-. Pero un beso me parece mucho más oportuno, por no mencionar que también es mucho más breve que un vals.

-Mis besos no lo son.

Semejante declaración, hecha en voz muy baja, provocó que las rodillas de Isabella comenzaran a temblar.

-No sea ridículo -replicó al instante-. Un vals normal y corriente dura al menos treinta minutos. Es imposible que usted pueda besar a alguien durante tanto tiempo.

La voz de Edward se tornó imperceptiblemente más ronca al contestar:

-Usted debería saberlo mejor que nadie, por supuesto. Muy bien; acepto su oferta. Un beso a cambio de guardar su secreto. Yo decidiré cuándo y cómo.

-El «cuándo» y el «cómo» se decidirán de común acuerdo -contraatacó Isabella -. El motivo de todo esto es que mi reputación no se vea comprometida; no estoy dispuesta a arriesgarme, permitiéndole a usted elegir un momento o un lugar inapropiados.

Edward la miró con una sonrisa burlona.

-Menuda negociadora es usted, señorita Swan. Que Dios nos ayude si en el futuro se le ocurre tomar parte en el mundo de los negocios.

-No. Mi única ambición es convertirme en lady Black -rebatió Isabella con venenosa dulzura, y se sintió enormemente satisfecha al ver que la sonrisa de Edward se desvanecía.

-Eso sería una lástima -contestó él-. Tanto para usted como para Jacob.

-Váyase al infierno, señor Masen -le dijo con un hilo de voz antes de alejarse de él, ignorando el intenso dolor de su dañado tobillo.

De camino a la terraza posterior, comprendió que la herida de su tobillo había empeorado. Las punzadas de dolor ascendían hasta la rodilla.

-¡Por las campanas del infierno!-musitó.

En esas condiciones, le iba a resultar imposible hacer avance alguno en su relación con lord Black. No era nada fácil adoptar una actitud seductora cuando una estaba a punto de gritar de dolor. Sintiéndose exhausta y derrotada de repente, Isabella decidió regresar a su habitación.

Ya que el asunto con Edward Masen estaba zanjado, lo mejor que podía hacer era descansar el tobillo y rezar para que estuviera mejor a la mañana siguiente.

El dolor se hacía más intenso a cada paso que daba, hasta el punto de que comenzó a sentir que unos hilillos de sudor frío corrían por debajo de las rígidas ballenas de su corsé. Nunca había sufrido una herida semejante. No sólo le dolía la pierna, sino que también la cabeza había empezado a darle vueltas y el dolor se había extendido por todo el cuerpo.

De repente, el contenido de su estómago comenzó a revolverse de forma alarmante. Necesitaba tomar un poco de aire... Tenía que refugiarse en la fresca oscuridad de la noche y sentarse en algún sitio hasta que las náuseas desaparecieran. La puerta que daba á la terraza trasera parecía estar demasiado lejos y se preguntó, en una especie de sopor, cómo iba a lograr alcanzarla.

Por fortuna, las hermanas Cullen se acercaron a ella en cuanto se dieron cuenta de que la conversación con Edward había concluido. La sonrisa expectante del rostro de Rosalie desapareció al contemplar la expresión de sufrimiento de Isabella.

-Tienes un aspecto horrible -exclamó Rosalie-. Dios mío, ¿qué te ha dicho el señor Masen?

-Ha accedido a lo del beso -contestó Isabella sin dar más explicaciones, mientras continuaba cojeando hacia la terraza. Apenas distinguía la música de la orquesta debido al intenso zumbido de sus oídos.

-Si la idea te resulta tan terrible... -comenzó Rosalie.

-No se trata de eso -dijo Isabella, presa de la exasperación y la angustia-. Es el tobillo. Me lo torcí esta tarde y ahora me resulta casi imposible caminar.

-¿Y por qué no lo mencionaste antes? -exigió saber Rosalie, preocupada de inmediato. Su delgado brazo resultó ser sorprendentemente fuerte cuando rodeó la cintura de Isabella -. Alice, acércate a esa puerta de ahí, y mantenla abierta mientras nos escabullimos.

Ambas hermanas la ayudaron a salir a la terraza y, una vez allí, Isabella se enjugó el sudor de la frente con uno de sus guantes

-Creo que vaya vomitar -gimió al sentir que la boca se le llenaba de una desagradable saliva y la bilis le irritaba la garganta. Por el dolor que sentía en la pierna, bien podría haberla atropellado un carruaje-. ¡Dios mío! No puedo. No puedo vomitar ahora.

-No pasa nada -la tranquilizó Rosalie, que la acercó hasta un macizo de flores situado junto a los escalones de la terraza-. No va a verte nadie, querida. Vomita todo lo que quieras. Alice y yo te cuidaremos.

-Cierto -agregó Alice, que estaba detrás de ellas-. A las verdaderas amigas no les importa sostenerse el cabello mientras echan los buñuelos.

Isabella se habría reído de buena gana de no haber estado tan doblegada por las continuas náuseas. Por fortuna, no había comido demasiado durante la cena, por lo que el proceso acabo con rapidez su estómago entró en erupción y ella no tuvo más remedio que rendirse.

Jadeó y escupió sobre el macizo de flores sin dejar de repetir entre gemidos:

-Lo siento. Lo siento muchísimo, Rose...

-No seas ridícula -fue la relajada respuesta de la americana-. Tú harías lo mismo por mí, ¿no es cierto?

-Por supuesto... Pero tú no serías nunca tan tonta como...

-Tú no estás siendo tonta -la corrigió Rosalie con suavidad-. Estás enferma. Venga, coge mi pañuelo.

Todavía inclinada hacia delante, Isabella agradeció el detalle y cogió el pañuelo de lino ribeteado de encaje, pero lo alejó de ella al percibir el perfume.

-¡Uf! No puedo -susurró-. El olor. ¿No tienes uno que no esté perfumado?

-¡Vaya por Dios! -exclamó Rosalie, con aire de , ¿dónde está tu pañuelo?

-Olvídalo -fue la somera respuesta de la muchacha.

-Tendrás que usar éste -le señaló Rosalie a Isabella -. Es el único que tenemos.

En ese momento una voz masculina se unió a la conversación.

-Tome éste.

Ta DAN…. Ta DAN… hahaha soy muy mala? Por dejarlo hasta ahí… bn para que me perdonéis les dire que la voz masculina comienza por un nombre que inicia con la letra E y termina con un apellido que comienza por la letra M ¿? Alguna ya unió las pistas? Hhahahaha

Más tarde subiere el siguiente capítulo, ¿Qué creen que pase? ¿Creen que sea grave lo que tenga Bella? Yo ya hice trampa y les diré que no es una simple torcedura de tobillo.

Creo que a Edward le encanta fastidiar a Bella lol yo honestamente lo amo. 3

Bien heheh adivinen quien estuvo de cumple el martes?... ehhh si fui yo! xD ¿me regalas Reviews? Me hacen muy feliz! :D

Gracias por leer, por sus favoritos, alertas y comentarios *_*

Nos leemos más pronto de lo que imaginan. Un abrazo grande a todas.

XoXo