La historia NO ES MIA, es una adaptación de Lisa Kleypas.
Los personajes por supuesto son de la fantástica S.M.
Historia dedicada a la linda Vane, que fue quien me hizo leer el libro y enamorarme *_* espero que les guste tanto como a mí.
También quiero agradecer a las chicas de The twilight zone que siempre están en mi corazón.
Demasiado mareada para notar lo que estaba sucediendo a su alrededor, Isabella aceptó el pañuelo limpio que le pusieron en la mano. Por suerte, carecía dé cualquier olor que no fuera un ligero toque de almidón. Tras enjugarse el sudor de la cara y limpiarse después la boca, consiguió incorporarse y enfrentarse al recién llegado. Su dolorido estómago se retorció de forma lenta y agonizante al ver A Edward Masen. Al parecer, la había seguido al exterior, a la terraza, Justo a tiempo para presenciar sus humillantes náuseas. Quería morirse. Le hubiera encantado expirar de forma conveniente en aquel, mismo momento con el fin de desterrar para siempre el conocimiento de que Edward Masen la había visto devolver los buñuelos sobre el lecho de flores.
El rostro de Edward no mostraba expresión alguna, salvo el ceño fruncido que le arrugaba la frente. En un instante, se acercó a su lado y la sujetó mientras ella se tambaleaba ante él.
-A la luz de nuestro reciente acuerdo -murmuró el hombre- esto resulta muy poco halagador, señorita Swan.
-Por el amor de Dios, lárguese -gimió Isabella; sin embargo se descubrió apoyada contra el fuerte soporte que le brindaba su cuerpo al tiempo que otra oleada de náuseas la sacudía.
Apretó el pañuelo contra su boca y respiró por la nariz hasta que, felizmente las nauseas remitieron. No obstante, se sintió estremecida por la debilidad más acuciante que hubiera experimentado en su vida y supo que si él no hubiera estado allí, se habría desplomado sobre el suelo. Dios Bendito, ¿qué le ocurría?
Edward ajustó de inmediato su sujeción para aferrarla con suavidad.
-Me pareció que estaba algo pálida -señaló mientras apartaba con suavidad un mechón de pelo que le había caído sobre la frente húmeda-. ¿Qué pasa, cariño? ¿Es sólo el estómago o te duele algo más?
En algún lugar bajo la inmensa mortificación que la embargaba, Isabella se sorprendió al escuchar el apodo cariñoso, por no mencionar el hecho de que un caballero jamás debía hacer referencias a las partes internas de una dama. De cualquier forma, en aquel momento estaba demasiado enferma como para hacer otra cosa que, no fuera aferrarse a las solapas de su chaqueta. Concentrándose en su pregunta, evaluó el caos que reinaba en el interior de su inhóspito cuerpo.
-Me duele todo -susurró-. La cabeza, el estómago, la espalda... Pero, sobre todo, el tobillo.
Mientras hablaba, notó que empezaban a dormírsele los labios. Se los humedeció, alarmada por la falta de sensibilidad. De haber estado algo menos desorientada, se habría dado cuenta de que Edward la contemplaba como nunca antes lo había hecho. Más tarde, Alice le describiría con todo detalle la forma tan protectora con la que Edward Masen la había rodeado con los brazos. En aquel momento, no obstante, Isabella se sentía demasiado maltrecha para percibir algo que no fuera su propio y abrumador malestar.
Rosalie habló con brusquedad y avanzó para arrancar a Isabella de los brazos de Edward.
-Gracias por prestarle su pañuelo, señor. Ahora puede marcharse; mi hermana y yo somos muy capaces de cuidar de la señorita Swan.
Sin hacer caso a la joven americana, Edward mantuvo su brazo alrededor de Isabella mientras contemplaba su pálido rostro.
-¿Cómo te hiciste daño en el tobillo? -preguntó. -Jugando al rounders, supongo... No te vi beber nada durante la cena.- Edward colocó la mano sobre su frente en busca de signos de fiebre. El gesto resultó sor prendentemente íntimo y familiar-. ¿Has tomado algo antes?
-Si se refiere a licores o a vino, no. -El cuerpo de Isabella parecía colapsarse con lentitud, como si su mente hubiera renunciado a todo control que tuviera sobre sus miembros-. Bebí un poco de infusión de corteza de sauce en mi habitación.,
La mano cálida de Edward se deslizó hacia un lado de su cara y se amoldó con suavidad a la curva de su mejilla. Isabella tenía tan to frío que temblaba en el interior de su vestido, húmedo por el sudor, y tenía la piel de gallina. Al notar la acogedora calidez que irra diaba el cuerpo del hombre, estuvo a punto de ceder al impulso de acurrucarse bajo su chaqueta como un animalillo dentro de su madriguera.
-Est-toy congelada -susurró y sintió que el brazo de Edward se tensaba a su alrededor.
-Agárrate a mí -murmuró y, con suma habilidad, logró taparla con su chaqueta al tiempo que sujetaba su trémulo cuerpo.
La arropó con la chaqueta, que aún conservaba el calor de su piel, y ella respondió con un incomprensible sonido de gratitud.
Ofendida al ver el modo en que sujetaba a su amiga aquel detestable adversario, Rosalie dijo con impaciencia:
-Mire, señor Isabella, mi hermana y yo...
-Vaya a buscar a la señora Swan-la interrumpió Edward, cuyo tono de voz, si bien suave, resultó bastante autoritario-. Y dígale lord Whitlock que la señorita Swan necesita un médico. Él sa brá a quién hay que buscar.
-¿Y qué va a hacer usted? -preguntó Rosalie, que, obviamen te, no estaba acostumbrada a recibir órdenes de semejante manera.
Edward entrecerró los ojos al responder.
-Voy a llevarme a la señorita Swan por la entrada de la servi dumbre, que se encuentra en uno de los laterales de la casa. Su hermana vendrá con nosotros para solventar cualquier posible falta de decoro.
-¡Eso demuestra lo poco que sabe acerca del decoro! -le es petó Rosalie.
-No pienso discutir ese asunto ahora. Trate de ser de utilidad, quiere? Vaya a hacer lo que le he dicho.
Después de una pausa furiosa y cargada de tensión, Rosalie se dio la vuelta y caminó a grandes zancadas hacia las puertas del salón de baile.
Era obvio que Alice estaba perpleja.
-Creo que nadie se había atrevido a hablarle a mi hermana de esa manera jamás. Es usted el hombre más valiente que he conocido, señor Masen.
Edward se inclinó con cuidado para colocar el brazo bajo las rodillas de Isabella. La levantó con facilidad y aferró el revoltijo de miembros temblorosos y crujiente seda entre sus brazos. A Isabella jamás la había llevado así ningún hombre... No podía creerse lo que estaba ocurriendo.
-Creo... que podría caminar parte del camino -consiguió decir.
-No llegarías ni a bajar los escalones de la terraza -dijo Edward con sequedad-. Sé indulgente conmigo y permíteme mostrarte mi lado caballeroso. ¿Puedes rodearme el cuello con los brazos?
Ella obedeció, agradecida por no tener que apoyarse sobre el tobillo dolorido. Rindiéndose a la tentación de colocar la cabeza sobre el hombro de Masen, enroscó el brazo alrededor de su cuello. Mitras él bajaba los escalones embaldosados de la terraza trasera, pudo sentir el agradable movimiento de los músculos bajo el tejido de su camisa.
-No creía que tuviera un lado caballeroso -dijo, apretando los dientes cuando otro escalofrío la estremeció-. Lo te-tenía por un completo granuja.
-No sé de dónde saca la gente esas ideas sobre mí- replico él mientras la miraba con un brillo de diversión en los ojos-. La tragedia de mi vida es que nadie me comprende ni lo más mínimo. -Sigo creyendo que es un granuja.
Edward sonrió y la colocó de forma más cómoda entres sus brazos.
-Es obvio que la enfermedad no te ha enturbiado el juicio.
-¿Por qué me ayuda después de haberle dicho que se fuera al infierno? -susurró Isabella.
-Tengo un especial interés en que conserves un buen estado de salud. Quiero que estés en buena forma cuan me cobre la deuda.
Mientras Edward descendía los escalones con rapidez y facilidad, Isabella percibió la gracia y elegancia con que se movía: no como un bailarín, sino como un felino al acecho. Al estar sus rostros tan cerca, pudo percatarse de que el escrupuloso apurado de su afeita do no lograba ocultar los gruesos puntos de barba que se dibujaban bajo su piel. Aferrándose con más fuerza a él, colocó mejor los bra zos alrededor de su cuello, hasta que sus dedos acariciaron la parte del cabello que se ondulaba ligeramente contra la nuca.
«Qué lástima que me encuentre tan mal-pensó-. Si no tuvie ra tanto frío y no estuviera tan mareada, quizá podría disfrutar de verdad de que me lleven así.»
Cuando alcanzó el sendero que rodeaba el lateral de la mansión, Edward se detuvo un momento para dejar que Alice los adelantara y encabezara la marcha.
-Por la entrada de la servidumbre -le recordó Edward, ante lo que la joven asintió con la cabeza.
-Sí, sé cuál es. – Alice echó un vistazo por encima el hombro mientras los guiaba por el sendero-. Nunca había visto que una torcedura de tobillo le provocara vómitos a nadie -comentó.
-Sospecho que esto es algo más que una simple torcedura de tobillo -replicó Edward.
-¿Cree que ha sido la infusión de corteza de sauce? -preguntó Alice.
-No, la corteza de sauce no causaría una reacción semejante. Tengo una idea acerca de cuál es el problema, pero no podré confir marlo hasta que lleguemos a la habitación de la señorita Swan.
-¿Y cómo tiene pensado «confirmar» su idea? -preguntó Isabella con cautela.
-lo único que quiero hacer es echarle un vistazo a tu tobillo.- Edward sonrió al mirada-. Estoy seguro de que me merezco eso después de llevarte en brazos tres tramos de escaleras.
Como quedó bien claro, las escaleras no le supusieron el más mínimo esfuerzo. Cuando alcanzaron el final del tercer tramo de escaleras, su respiración ni siquiera se había alterado. Isabella sospechaba que habría podido llevada diez veces más lejos sin ponerse a sudar. Cuando se lo dijo, él replicó con tono indiferente:
-Pasé la mayor parte de mi juventud llevando carne de ternera y de cerdo hasta la tienda de mi padre. Llevarla a usted es mucho más agradable.
-Qué encantador -musitó Isabella con debilidad y con los ojos cerrados-. Toda mujer sueña con que le digan que la prefieren a una vaca muerta.
La risa retumbó en el pecho de Edward mientras se giraba para evitar que el pie de Isabella se golpeara contra el marco de la puerta. Alice abrió la puerta para ellos y se quedó allí de pie, contemplando con ansiedad cómo Edward llevaba a Isabella hasta la cama cubierta de brocado.
-Ya hemos llegado - dijo el hombre al tiempo que la dejaba sobre la cama; estiró el brazo para colocar un almohadón más, a fin de que ella pudiera permanecer medio incorporada.
-Gracias -susurró Isabella, que no podía dejar de mirar esos ojos verdes de abundantes pestañas que la contemplaban desde lo alto.
-Quiero verte la pierna.
El corazón de Isabella pareció detenerse ante aquella escandalosa declaración. Cuando su pulso volvió a la normalidad, era débil y demasiado rápido.
-Yo preferiría esperar a que llegara el doctor.
-No te estoy pidiendo permiso. -Haciendo caso omiso de sus protestas, Edward estiró la mano hacia el dobladillo de las faldas.
-¡Señor Masen!-exclamó. Alice con indignación al tiempo que se apresuraba a alcanzarlo-. ¡No se atreva! La señorita Swan está enferma y si usted no aparta sus manos del ella ahora mismo…
-No se encrespe tanto -replicó Edward con ironía-. No voy a abusar de la virtuosa doncellez de la señorita Swan todavía, al menos. -Su mirada se posó sobre el rostro pálido de Isabella -. No te muevas. Por encantadoras que sean tus piernas, no van a incitarme a un frenesí de... -Se detuvo con una súbita inhalación al levantar las faldas y ver el hinchado tobillo-. Maldición. Hasta ahora siempre había creído que eras una mujer razonablemente inteligente. ¿Por qué demonios has bajado en semejantes condiciones?
- ¡Dios mío, Isabella! -murmuro Alice-. ¡Tu tobillo tiene un aspecto horrible!
-Antes no estaba tan mal- dijo Isabella a la defensiva-. Se ha puesto mucho peor en la última hora y... -Dio un alarido mezcla de alarma y de dolor cuando sintió que Edward le subía un poco más las faldas-. ¿Qué está haciendo? Alice, no le permitas...
-Voy a quitarte las medias -dijo Edward-. Y si estuviera en tu lugar, le aconsejaría a la señorita Cullen que no interfiriera.
Alice lo miró con el ceño fruncido y se acercó a Isabella.
-Y yo le aconsejaría a usted que procediera con cautela, señor Masen -replicó la aludida con impertinencia-. No voy a quedarme de brazos cruzados mientras usted incomoda a mi amiga.
Edward le dirigió una mirada de ardiente socarronería al tiempo que encontraba la liga de Isabella y la desabrochaba con pericia.
-Señorita Cullen, dentro de unos minutos nos veremos invadidos por los visitantes, incluyendo a la señora Swan, lord Whitlock y su testaruda hermana, seguidos en breve por el susodicho medico. Incluso yo, un experimentado violador, necesito algo más de tiempo para incomodar a alguien. -Su expresión cambió cuan do Isabella jadeó de dolor ante su suave caricia. Con destreza, le bajó las medias con unos dedos tan suaves como plumas, pero la pierna de la joven estaba tan sensibilizada que incluso la más delicada de sus caricias le causaba un dolor insoportable-. Quédate quieta, cariño -murmuró mientras retiraba la seda de su pierna dolorida.
Sin dejar de morderse el labio, Isabella contempló cómo esa oscura cabeza se inclinaba sobre su tobillo. Edward lo hizo girar con mucho cuidado, preocupándose de no tocarla más de lo necesario. Acto seguido, se quedó inmóvil, con la cabeza morena todavía inclinada sobre su pierna.
-Justo lo que pensaba.
Alice se echó hacia delante y observó la zona de su tobillo que Edward señalaba.
-¿Qué son esas pequeñas ¡parcas?
-La mordedura de una víbora -dijo Edward sin miramientos. Se remango las mangas de la camisa, dejando al descubierto unos musculosos antebrazos cubiertos de vello oscuro.
Las dos muchachas lo miraron con asombro.
-¿Me ha mordido una serpiente?- preguntó Isabella con incredulidad.-, Pero ¿cómo? ¿Cuándo? No puede ser cierto. Habría sentido algo... ¿O no?
Edward metió la mano en el bolsillo de la chaqueta, que todavía estaba colocada alrededor de los hombros de Isabella, en busca de algo
-En algunas ocasiones, la gente no se da cuenta de la mordedura. Los bosques de Hampshire están plagados de víboras en esta época del año. Lo más probable es que ocurriera durante el paseo de esta tarde. -Tras encontrar lo que andaba buscando, sacó una pequeña navaja y la abrió.
Los ojos de Isabella se abrieron como platos a causa del miedo. - ¿Qué está haciendo?
Edward cogió su media y la cortó limpiamente en dos.
-Un torniquete.
-¿Si-siempre lleva esa cosa consigo? -Siempre había creído que era un poco pirata y, en aquel momento, al verlo con la camisa remangada y una navaja en la mano, la imagen se vio poderosamente reforzada.
Edward se sentó junto a su pierna estirada, le alzó las faldas hasta la rodilla y le ató un trozo de seda alrededor del tobillo.
-Casi siempre -dijo con sequedad, concentrándose en su tarea-. Ser el hijo de un carnicero me condenó a una vida de fascinación por los cuchillos.
-Jamás he creído... - Isabella se detuvo y jadeó de dolor al sentir el suave apretón de la seda.
Los ojos de Edward volaron hacia los suyos, cargados de una nue va tensión en su expresión.
-Lo siento -dijo mientras enrollaba con cuidado la otra mi tad de la media bajo la herida. Habló para distraerla al tiempo que apretaba el segundo torniquete-: Esto es lo que pasa por llevar esos malditos zapatos de baile tan debiluchos para andar por el campo. Debes de haber pisado a una víbora que tomaba el sol... y cuando vio uno de estos preciosos tobillitos, decidió darle un mordisco. -Hizo una pausa y dijo algo en voz baja que sonó como: «No pue do culparla.»
El dolor y el palpitar de la pierna llenaron de lágrimas los ojos de Isabella. Sin dejar de luchar contra la mortificación de dejar escapar un sollozo, la joven hundió los dedos el grueso brocado del cubrecama que tenía debajo.
-¿Por qué me ha empezado a doler el tobillo tanto ahora si me mordieron esta mañana?
-A veces puede tardar varias horas en hacer efecto. -Edward miró a Alice-. Señorita Cullen, toque la campanilla para llamar al servicio y dígales que necesitamos que hiervan presera de inmediato.
-¿Qué es la presera? -preguntó Alice con suspicacia. -Una hierba. El ama de llaves guarda un puñado seco en su alacena desde que el jardinero jefe sufriera una mordedura el año pasado.
Alice se apresuró a hacer lo que le habían ordenado y los dejó a ambos a solas por un instante.
-¿Qué le ocurrió al jardinero? -preguntó Isabella, que no podía controlar el castañeteo de los dientes. Se veía sacudida por estremecimientos constantes, como si la hubieran sumergido en agua helada-. ¿Murió?
La expresión de Edward no cambió, pero ella pudo darse cuenta de que su pregunta lo había sorprendido.
-No -dijo con amabilidad y se acercó un poco más-. No, ca riño... -Tomó su trémula mano entre las suyas y le entibió los de dos con un cálido apretón-. Las víboras de Hampshire no tienen veneno suficiente para matar a nada que sea más grande que un gato o un perro pequeño. -Su mirada era cariñosa cuando conti nuó-. Te pondrás bien. Te sentirás espantosamente mal los próxi mos días, pero después todo volverá a la normalidad.
-No estará tratando de ser amable, ¿verdad? -preguntó ella con inquietud.
Edward se inclinó sobre ella y le retiró unos cuántos mechones de pelo que se le habían pegado a la frente, empapada en sudor. A pesar del tamaño de su mano, su toque era liviano y tierno.
-Jamás miento por amabilidad -murmuró con una sonrisa-. Es uno de mis muchos defectos.
Después de darle las instrucciones pertinentes a uno de los sir vientes, Alice se apresuró a regresar junto a la cama. A pesar de que había arqueado las cejas oscuras y elegantes al ver a Edward inclinado sobre Isabella, se abstuvo de hacer comentario alguno. En cam bio, preguntó:
-¿No deberíamos hacer un corte en la picadura para dejar que salga el veneno?
Isabella le dirigió una mirada de advertencia y soltó un gemido.
-¡No le des ideas, Alice!
Alice miró hacia el techo un instante antes de replicar. -Eso no debe hacerse en las picaduras de víbora. -Entrecerró los ojos al mirar a Isabella y darse cuenta de que respiraba de forma rápida y superficial-. ¿Te resulta difícil respirar?
Ella asintió al tiempo que se esforzaba por introducir aire en unos pulmones que parecían haberse reducido a un tercio are tamaño habitual. Cada vez que tomaba aliento, le daba la sensación de que estuvieran comprimiéndole el pecho con un vendaje, hasta que sus costillas amenazaron con partirse a causa de la presión.
Edward le acarició el rostro con suavidad y pasó el pulgar sobre la superficie seca de sus labios.
-Abre la boca. -Al contemplar el interior, señaló:- No tienes la lengua hinchada... Te pondrás bien. De cualquier forma hay que quitarte el corsé. Date la vuelta.
Antes de que Isabella pudiese responder, Alice protestó con indignación.
-Yo me encargaré de ayudar a Isabella can el corsé. Salga de la habitación, por favor.
-Ya he visto a otras mujeres en corsé con anterioridad - le dijo con sarcasmo.
Alice puso los ojos en blanco.
-No se haga el tonto, señor Masen. Es obvio que no es usted quien me preocupa. Los hombres no les quitan los corsés a las jóvenes damas por ninguna razón, a menos que su vida corra peligro..., cosa que, como usted acaba de señalar no es el caso. Edward la miró con una expresión torturada.
-¡Maldita sea, mujer...!
-Maldiga cuanto le venga en gama-dijo Alice de forma implacable-. Mi hermana mayor sabe maldecir diez veces mejor que usted. -Se irguió en toda su estatura, si bien un metro y cincuenta y dos discutibles centímetros a duras penas podían impresionar a nadie-. El corsé de la señorita Swan se quedará donde está hasta que usted salga de la habitación.
Edward le echó un vistazo a Isabella, quien de repente necesitaba tanto respirar que apenas le importaba quién le quitara el cor sé con tal de que lo hiciera alguien.
-Por el amor de Dios -dijo Edward con impaciencia y caminó a grandes pasos hasta la ventana para darles la espalda-. No voy a mirar. Hágalo ya.
Alice obedeció a toda prisa al darse cuenta de que, al parecer, aquélla iba a ser la única concesión que Edward se mostrara dispues to hacer. Retiró la chaqueta del cuerpo rígido de Isabella.
-Desataré los lazos de la espalda y te dejaré el vestido encima le susurró a su amiga-. De ese modo estarás decentemente cu bierta.
Isabella no pudo reunir el aliento suficiente para decirle que cualquier preocupación que pudiese haber albergado con respecto a la decencia palidecía al compararla con el acuciante problema que suponía no poder respirar. Sin dejar de jadear con fuerza, se giró hacia un lado y notó cómo los dedos de Alice se introducían tras la empapada espalda de su vestida de baile. Sus pulmones se contorsionaban en frustrados intentos por introducir el preciado aire. Dio un afanoso gemido y comenzó a jadear con desesperación.
Alice soltó unas cuantas maldiciones.
-Señor Masen, me temo que debo pedirle prestada su navaja... Los cordones del corsé están anudadas y no puedo... ¡Ay!
La última exclamación se produjo cuando Edward se acercó como una exhalación a la cama, la apartó a un lado sin muchas ceremonias y se dispuso a encargarse él mismo del corsé. Tras unas cuantas y prudentes aplicaciones de la navaja, la obstinada prenda de vestir li beró las costillas de Isabella de su férrea constricción.
Isabella notó cómo separaba la rígida prenda de su cuerpo, de jando tan sólo el delgado velo de la enagua entre la mirada del hombre y su piel desnuda. Debido al estada en que se encontraba aquella exposición no representaba una preocupación acuciante. No obstante, sabía muy bien que más tarde se moriría de vergüenza.
Edward se inclinó sobre ella después de tumbarla de espaldas como si no fuera más que una muñeca de trapo.
-No aspires con tanta fuerza, cielo. -Colocó la mano, sobre la parte superior de su pecho. La miró a los ojos fijamente y empezó a frotada en relajantes círculos-. Despacio. Tienes que relajarte un poco.
Sin apartar la mirada del oscuro resplandor de sus ojos, Isabella trató de obedecer, pero se le cerraba la garganta con cada jadeante aliento. Iba a morirse de asfixia en aquel mismo momento.
Él no permitió que apartara los ojos.
-Te pondrás bien. Deja que el aire entre y salga con suavidad. Despacio. Eso es. Así. -De alguna forma, el cálido peso de su mano sobre el pecho pareció ayudada, como si tuviese el poder de lograr que los pulmones recuperaran su ritmo normal-. Lo peor pasara dentro de nada -dijo Edward.
-Vaya, qué alivio. -Trató de responder de forma sarcástica, pero el esfuerzo hizo que se atragantara y que empezara a tener hipo.
-No intentes hablar... Sólo respira. Otro de los largos, muy despacio... y otro más. Buena chica.
A medida que Isabella recuperaba poco a poco el aliento, el pánico empezó a desvanecerse. Aquel hombre tenía razón: era más fácil si no luchaba por respirar. El sonido de sus jadeos quedaba amortiguado por la fascinante suavidad de su voz.
-Eso es -murmuró Edward-. Así es como hay que hacerlo.
La mano seguía moviéndose en círculos suaves y lentos sobre su pecho. No había nada sexual en sus caricias... De hecho, bien podría haber sido una niña a la que él tratara de tranquilizar. Isabella estaba perpleja. ¿Quién se habría imaginado que Edward Masen podía mostrarse tan dulce?
Movida a partes iguales por la gratitud y la confusión, busco a tientas la enorme mano que se movía con tanta gentileza sobre su pecho. Estaba tan débil que ese gesto consumió todas sus fuerzas. Edward comenzó a retirar la mano al asumir que ella pretendía apartarla, pero cuando sintió que los dedos de la joven se curvaban alrededor de los suyos, se quedó muy quieto.
-Gracias -musitó Isabella.
El contacto hizo que Edward se tensara de forma obvia, como si el hecho de que ella lo tocara hubiese enviado una especie de descarga a su cuerpo. La miró, pero no a la cara; contemplo los delicados dedos que estaban entrelazados con los suyos como lo haría un hombre que tratara de resolver un complejo rompecabezas. Todavía inmóvil, prolongó el instante mientras bajaba los pár pados para ocultar su mirada.
Isabella se humedeció los labios secos con la lengua y descu brió que aún no podía sentirlos.
-Tengo la cara dormida -dijo con un hilo de voz al tiempo al tiempo que soltaba la mano del hombre.
Edward la contempló con la sonrisa irónica de alguien que acaba de descubrir algo sobre sí mismo que no esperaba.
-La presera ayudará. -Colocó la mano en uno de los lados de la garganta de Isabella y deslizó el pulgar a lo largo del borde de la mandíbula en un gesto que sólo podía calificarse como una caricia. - Eso me recuerda... -Echó un vistazo por encima del hombro, como si acabara de recordar que Alice se encontraba en la habita ción-. Señorita Cullen, ¿ha traído ya ese maldito sirviente...?
-Está aquí -dijo la chica de pelo oscuro mientras se acercaba desde la puerta con la bandeja que acababan de llevar. Al parecer, ambos habían estado demasiado absortos el uno en el otro como para notar la llamada a la puerta del sirviente-. El ama de llaves ha enviado una infusión de presera, que huele fatal, y también una bo tellita que el sirviente dijo que era «solución de ortiga». Y parece que el doctor acaba de llegar y que estará aquí arriba en cualquier momento...lo que significa que usted debe marcharse, señor Masen.
El hombre apretó la mandíbula.
-Todavía no.
-Ahora mismo-dijo Alice con urgencia-. Al menos, salga ahí fuera. Por el bien de Isabella. Su reputación quedará arruina da si lo ven aquí dentro.
Edward miró a Isabella con el ceño fruncido.
-¿Quieres que me vaya?
En realidad, no quería; sentía un irracional deseo de rogarle que se quedara. ¡Dios Santo! ¡Qué mal debían de estar las cosas para que ella sintiera semejante anhelo por la compañía de un hombre al que detestaba! Sin embargo, durante los pasados minutos, se había establecido una frágil conexión entre ellos, y se descubrió en el extraño aprieto de ser incapaz de decir, «sí» o «no».
-Seguiré respirando -susurró al final-. Sería mejor que se marchara.
Edward asintió.
-Esperaré en el pasillo -anunció de mala gana antes de levantarse de la cama. Le hizo un gesto a Alice para que se acercara con la bandeja y volvió a mirar a Isabella -. Bébete la infusión de, presera sin importar lo horrible que sea su sabor o yo veré aquí y te la haré tragar. -Cogió su chaqueta y salió de la habitación.
Con un suspiro de alivio, Alice dejó la bandeja en la mesita que había junto a la cama.
-Gracias a Dios -dijo-. No estaba segura de cómo iba a lograr que se marchara si se negaba a hacerla. Espera..., deja que te ayude a incorporarte un poco y te pondré otro almohadón por detrás. -La joven la levantó con eficiencia, demostrando una sorprendente competencia. Alice cogió una enorme taza de barro que contenía un líquido humeante y presionó el borde contra sus labios-. Toma un poco de esto, querida.
Isabella tragó el amargo líquido marrón y apartó la cara. -¡Puaj!
-Más -dijo Alice de forma implacable al tiempo que lo incli naba sobre su boca una vez más.
Isabella bebió de nuevo. Tenía la cara tan dormida que no fue consciente de que parte de la medicina se había derramado de sus labios hasta que Alice cogió una servilleta de la bandeja y le limpió la barbilla. Con mucho cuidado, Isabella levantó la mano y exploró con la punta de los dedos la hormigueante superficie de su piel.
-Es una sensación de lo más extraña -dijo con voz mal articulada-. No puedo sentir la boca. Alice..., no me digas que he estado babeando mientras el señor Masen estaba aquí... .
-Por supuesto que no -respondió Alice de inmediato-. De haber sido así, yo habría hecho algo. Una amiga de verdad no permite que otra amiga babee cuando hay un hombre presente. Ni quiera si ese hombre es alguien a quien no se desea atraer.
Aliviada, Isabella se esforzó por tragar un poco más de la infusión de presera, que tenía un sabor muy parecido al del café quemado. Tal vez fueran imaginaciones provocadas por una esperanza absurda, pero comenzaba a sentirse un poquito mejor.
-A Rosalie debe de haberle costado sudor y lágrimas encontrar a tu madre -comentó Alice-. No puedo imaginar qué las está re trasando tanto. -Se echó un poco hacia atrás para mirar a Isabella, y sus ojos Azules resplandecieron-. En realidad, me alegro, la verdad. Si hubiesen venido enseguida, no habría podido ver cómo el señor Masen se transformaba de un lobo grande y malo en... Bueno..., en algo parecido a un lobo bueno.
A desgana, Isabella soltó una pequeña carcajada. -Todo un espectáculo, ¿no es cierto?
-Sí, desde luego que sí. Tan arrogante y autoritario... Como lino de los personajes de esas tórridas novelas que mamá siempre me quita de las manos. Menos mal que estaba aquí, o es muy pro bable que él hubiese dejado a la vista todas tus partes innombrables.
-Continuó parloteando mientras ayudaba a Isabella a beber más infusión y le limpiaba la barbilla una vez más-. ¿Sabes? Jamás habría creído que diría esto, pero el señor Masen no es tan horrible como pensaba.
Isabella frunció los labios de forma experimental al percibir que había recuperado parte de la sensibilidad y compuso un mohín.
-Al parecer, tiene sus méritos. Sin embargo..., no esperes que la transformación sea permanente.
…
Hola, estoy de vuelta! Pensaba actualizar antes, pero Word no me había guardado mis modificaciones así que tuve que hacerlo de nuevo… vaa lo importante es que acá estoy!
Era una mordedura de víbora co que tenia Bella, y ahora si díganme si no se engancharon con Edward? Fue de lo más hermoso cuidándola, ya yo quisiera que me cuidara así…
Bien tratare de actualizar mañana, no os prometo nada pues tengo que estudiar para mis finales en la Uni
Las quiero un abrazo grande, gracias por leer, por sus alertas, favoritos y Reviews que me alegran mucho, x cierto ya me voy a contestarles, veo que hay muchas dudas rondando ;)
Nos leemos pronto.
XoXo
